Diablo cojo

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMO


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de ser diablo pobre y no ángel rico. Diablo de pies a cabeza. No un diablo cualquiera. Diablo único. De pie izquierdo torcido y pierna derecha en arco. Diablo gambado. Diablo de herrería forjado a golpes de martillo y yunque. Diablo ígneo de fragua y chispas. Diablo de cañón y metralla. Diablo de vapores de infierno. Diablo de utilería de cartón y papelería. Diablo de oscuridades y resplandor de fogones. Diablo de alcantarillas y aguas albañales. Diablo de cloacas y mojones celestiales. Diablo de diques y alambiques. Diablo de edictos y pergaminos. Diablo de erudición y grimorios. Diablo de incunables y anales. Diablo de pesebre de Belén y pastores. Diablo de Alejandría y magos del Oriente. Diablo de granero y pacas de heno. Diablo de establo y boñigas de vacunos. Diablo de alquimia con redomas y retortas. Diablo de botica con frascos y ungüentos. Diablo Cojuelo nació el día en el que José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto, bautizó con mi nombre Diablo Cojuelo las cuatro páginas un diario clandestino. Diablo latino: “Parturient montes diávolo, nascetur ridiculus mus”. Diablo que por mal arte resbaló entre las manos de la comadrona en el parto. Diablo singular fue a dar al suelo envuelto en el agua seminal de la placenta materna. Diablo sumergido en líquido espeso como orine de gato. Diablo fetal sin padre ni madre conocidos. Diablo anónimo en casa prestada. Diablo inquilino de Casa Cuna. Diablo pío en vetusto convento del Paseo del Prado. Diablo vástago de mujer de parto de cara al mar. Diablo anónimo de referente natal una nota en el pañal:

“Nacido 7 de julio 1853. San Fermín. Sin bautizar”.


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Hubo en el cielo sin autorización de San Pedro un concilio secreto de ángeles. Una reunión clandestina que se aprovechó de un día gris y tormentoso en el que las nubes cubren el cielo para realizar la convocatoria. No a trompetazos de heraldos negros como era usual en los llamados dominicales al Juicio Final si no con silbatos de policía que controlaban la velocidad de vuelo de los ángeles entre las nubes de las autopistas del cielo. Los pitazos remedaban susurros y cánticos de aves en el bosque. Al primer llamado de alerta acudieron en oleadas las diferentes legiones de ángeles. En orden jerárquico estuvieron presentes serafines, querubines y arcángeles. En primera línea los serafines, de tres pares de alas rosadas, al frente de la comitiva celestial, murmuraban todo el tiempo. Con el primer par de alas desplegadas en abanico, todo rubor, se cubrían el rostro; con el segundo par, como si fuera velo de vestal púdica, el cuerpo mientras que el tercer par, en lugar de colgar a ambos lados del tronco, les brotaba de las axilas que batían el aire sin cesar y los mantenían flotando como ingrávidas libélulas. Votaron contra mi presencia en el coro celestial. Había dejado de ser: ¿serafín?, ¿querubín?, ¿arcángel? ¡Que se jais! No era un ángel. Era un puti. Figlio de putana. Un pobre diablillo al que nunca le crecieron las alas y de recuerdo le quedaron un par de muñones con plumas. Estuvieron de acuerdo en apartarme tras pronunciarse el coro de serafines, puestos de pie en la primera línea celestial. En segunda línea, apoyaron el voto los querubines –a cuyo linaje pertenecí–, los únicos de aspecto humano dentro del coro celestial: cuatro caras y cuatro alas cuya misión era guardar la entrada del Paraíso. Asomados entre las nubes, al verme derribado en tierra, mis antiguos camaradas me gritaban hijo de puti, apestas a azufre y no eres ángel sino diablo infiltrado. En tercera línea, los arcángeles –ruedas aladas del carro de Dios que se desplaza sobre ejes sembrados de ojos que vigilan al universo al andar por el cielo–, no me creían hijo de Satanás que quedó huérfano al arrojarse mi padre al abismo y cometer suicidio al fallar en el homicidio en grado de deicidio de destronar a Dios, sino que mis alas quedaron rotas al caer sobre la tierra y ya no era ángel sino puti, un ángel fementido ¡Val a farta dar nel culo! Del cuello, me dejaron colgado un letrero que advertía quién era en el pasado y quién sería en el eterno presente.

“Estabas en el Edén, el jardín de Dios; toda piedra preciosa te adornaba: rubí, topacio, esmeralda, crisólito, ónice, jaspe, zafiro, turquesa y berilo. En ti había orfebrería de panderos y de flautas. En el día en que fuiste creado fueron preparados. Tú eras el querubín ungido que cubre: y yo te puse, para que estuvieras en el monte de Dios; has andado arriba y abajo en medio de las piedras de fuego. Fuiste perfecto desde el día en que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad y fuiste desterrado…”


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de bastardo. Diablo expósito: el clérigo de guardia tiraba del badajo de la campana y recogía el fardo anónimo. Diablo en depósito: en el costado derecho si era niño y del lado izquierdo si era niña. Diablo preceptor: pellizcaba la oreja si no sabía la lección. Diablesa preceptora: jalaba el pito y brotaba como amapola la cabeza pelona del glande. Diablo prepucio: en ceremonia laico–religiosa recibía el apellido Valdés como gratuidad cristiana de parte de fray Gerónimo Valdés, rector de la Casa Cuna. Diablo anónimo: a cambio del apellido Valdés, ayudaba a los monjes a limpiar excusados y las niñas Valdés a las monjas a planchar uniformes. Diablo auditivo: oía los gritos que salían de la vecina Plaza de Toros. Diablo ambulante: iba al Palacio de los Capitanes Generales a dar vuelta de organillero al bombo del sorteo de la Lotería. Un diablillo de nombre Eusebio Valdés, seis años mayor que yo, con venda en los ojos que lo hacía parecer ciego, extraía la bola ganadora y se la pasaba al diablillo vidente, Fermín Valdés –ese era yo–, su hermano postizo que voceaba ¡66 mil pesos! Eusebio y Fermín, el par de diablillos expósitos –a propósito–, voceaban como diabólicos hermanos: ¡se invita al público a comprobar la bola! Diablo de la suerte: espulgaba en la lista de diablos del Índex del infierno un nombre. Diablo confundido: ante legiones de diablos de pie. Diablo diabólico: los iba nombrando. Abadón, Amón y Alcocer, diablos egipcios. Diablo diabólico: los iba descartando. Baal y Balan, diablos babilonios. Belcebú sonaba bien, pero era harto diabólico. Foros y Vual, diablos hebreos. Diablo fantasma: sin tótem animal ni vínculo con un clan diabólico. Carnero. Cerdo. Cuervo. Sapo. Lobo. Rata. Diablo sin efigie.  Araña. Serpiente. Gato. Lagarto. Mono. ¿Qué tal Belisario? Diablo bestiario: bestia y saurio. Belisario en primavera: camisa de pechera. Belisario en invierno: abrigo tierno. Belisario en otoño: rabo y moño. Belisario en verano: abanico de guano. 


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Fue durante un vuelo nocturno de entrenamiento en el que probábamos las nuevas alas recibidas de manos de San Francisco –santo protector de Objetos Volantes y Aves Desconocidos (OVAD)– en la ceremonia de graduación del primer pelotón de pilotos angelicales de altura. Iba de guía. Por error que da horror, al atravesar una gorda nube oscura, quedé a la zaga del resto de los ángeles que junto a mi volaban en delta. Caí al suelo y sobre mí los ángeles desorientados y atropellados me dejaron abandonado, mal herido y confundido. Señalado por la mano de Dios como infiel. De ahí me vino el apodo de Cojuelo, no por cojo menos ágil y envidiado por el resto de los ángeles, quienes al ver que no podía remontar el vuelo por tener las alas quebradas (diablo cojuelo sin consuelo), siguieron volando en bandada. Melquisedec al atardecer desde la boca de la cueva, observaba el oscurecimiento del planeta Venus en el cielo. Me vio derribado en el suelo, roto y desvencijado y se apiadó de mí siempre que le sirviera de lazarillo a un viejo ciego por legañas y encorvado por arte de mala maña que me explotó sin piedad. La cueva en la que habitaba fue mi nueva morada. Al cruzar el umbral de piedra, dejé de ser el ángel que volaba libre en el cielo y pasé a ser un esclavo de la catacumba. Un reo del subterráneo. Condenado por la eternidad a vivir bajo tierra por decreto de un tribunal desconocido. Sin posibilidad de defensa de los cargos ni de apelación de la sentencia. La cueva era un espacio desconocido en el que por años como un niño anduve ciego y a gatas mientras que para Melquisedec –que en la realidad era cegato– era un reino en el cual se sentía monarca, el espacio sagrado en el cual podía entregarse libremente como vidente a la meditación y a la ensoñación. La cueva de Melquisedec no era una cueva cualquiera, la única con lugar fijo en el espacio, no en el tiempo. Una cueva en la que al entrar perdías la memoria del tiempo vivido afuera. Una cueva sin almanaques ni relojes de arena. Una cueva en la que se derretía a fuego lento la memoria. Una cueva en la que el tiempo goteaba de estalactitas y estalagmitas como arena fina del desierto. Una cueva en la que se diluía el tiempo. La cueva de Melquisedec, al que en siglos nunca vi salir de ella y vivía fascinado con el recuerdo de las pequeñas cosas que conoció en el exterior reflejadas como gigantescas sombras en la pared del fondo. Una cueva que se le antojaba el único refugio posible contra el caos del tiempo que asolaba afuera. Una cueva que para él era una caja de resonancia de muchas cosas: ser, conciencia, infinito, creatividad, imaginación, poesía, memoria y experiencia Una cueva puro espacio: si echabas a andar hacia atrás por una interminable y oscura galería llegabas a Jerusalén el día de la crucifixión. Una cueva puro tiempo: si echabas a correr hacia delante en busca del pórtico rocalloso de la entrada de la caverna entrabas en Roma por la Via Appia a la cola del Papamóvil. Una cueva a la que seguía otra cueva, y otra, y otra más hasta el infinito de las cuevas, en cuyos recovecos, en lugar de murciélagos, reinaba un raro animal, mitad ave y mitad lagarto: Somnus yacía aletargado, con las alas plegadas y el sueño protegido por un quinteto de raros especímenes, igual de híbridos, aburridos y perezosos. La cueva era su hogar, no la cambiaría por todo el oro del mundo. Dentro de la cueva tenía lugar la transmutación de su alma, algo que tardé siglos en comprender. Encerrado entre cuatro paredes, se relamía de gusto en la exhibición para goce propio de su alma atormentada que reencarnaba en la de un hereje proscrito al margen de la ley eclesiástica. Al ver la falta de orientación que padecía por el encierro subterráneo de siglos al que me había sometido contra mi voluntad, trató de explicármelo lo mejor que pudo. No sé si le entendí bien o traduje mal, y al final no sabría decir si la fábula era de él o mía. La cueva de Melquisedec, o tal vez mía, no era tal. Además de recinto espiritual, tenía un origen material. Era un gusano de la Edad de Piedra de dimensiones colosales que trataba de escapar a las heladas de la última glaciación del pleistoceno, se arrastraba por el piso de la caverna y quedó comprimido entre las rocas. Al morir de asfixia, los miles de anillos membranosos de que constaba el centrípeto, se petrificaron y dieron lugar a un espacio subterráneo inagotable que se expandía en el tiempo en múltiples direcciones, en una de las cuales habitábamos. En realidad, aunque Melquisedec lo negara, no vivíamos en una caverna de la Edad de Piedra sino en una cápsula de tiempo de paredes rocosas que eran las antiguas fibras y nervios de un gigantesco gusano fosilizado. Una cueva sometida por siglos a erosiones que debilitaron gradualmente al gusano que en ella habitaba, se fue consumiendo entre las rocas y expiró comprimido entre ambas fuerzas, una de color negro que empujaba desde atrás, y la otra de color blanco que se proyectaba hacia delante a partir de la pared del fondo en la que se reflejaban las sombras chinescas a las que Melquisedec miraba con devoción, en cuclillas y con el fuego a sus espaldas. Créanlo o no, eso era todo. Melquisedec me empleaba de mensajero en los momentos en los cuales creía necesario establecer contactos con “el mundo de afuera”. Un mundo exterior de sol y luces al cual había renunciado voluntariamente para vivir dentro de la cueva en un universo de sombras que extrañamente reverenciaba. Del mundo exterior solo le interesaban las cosas que los humanos estimaban inútiles por no reportar ganancias su existencia, como los nidos de cuervos y las conchas marinas conocidos los primeros por la perfección de la construcción de su hábitat y las segundas por las emociones estéticas que despertaban en los observadores sus cubiertas de nácar, incluyendo sentimientos de protección, seguridad, soledad e infinito. A solas en la cueva, Melquisedec rendía culto no a un dios en particular sino a elementos naturales conocidos. Al despuntar el alba, tras asegurarse de que no podría escapar, encadenado como estaba de cuello y piernas a la punta de una estalactita, corría a ubicarse en el centro de la cueva, se arrodillaba detrás de un fuego que ardía en medio de un círculo de piedras y pasaba el día, ora leyendo un manuscrito encuadernado en piel de oveja, ora mirando al fondo oscuro de la cueva como un telón tras el cual vivía somnoliento Somnus, su carcelero de la catacumba, igual que él era para mí el alguacil de la caverna. Al final de la tarde, al terminar de leer, rendía culto a otro elemento natural de su preferencia. Se levantaba del suelo rocoso y se colocaba estratégicamente debajo de una de las estalagmitas de afiladas puntas que colgaban del techo de la cueva y esperaba paciente a que se descolgaran las gotas de agua para atraparlas al vuelo con la punta de su lengua rasposa. Mi relación con Melquisedec no era la de padre e hijo pródigo sino la de amo y criado. Él era el hombre libre que había adoptado a la cueva como lugar de residencia eterna, yo era el siervo que contra su voluntad se veía forzado a vivir prisionero en una cárcel de rocas. Dialéctica de los tiempos medievales: Melquisedec dentro de la cueva se sentía rey, yo dentro de la gruta era esclavo. Dialéctica de los tiempos medievales: Melquisedec creía firmemente que una cueva en invierno se volvía más acogedora por la presencia del frío que venía del exterior, mientras que el exterior se volvía más salvaje y feroz por la presencia del fuego que provenía del interior de la caverna. Las dualidades y contradicciones en el diseño de la vida en el exterior y en el interior eran necesarias, incentivaban la imaginación y refinaban las experiencias. Para reforzar la servidumbre humana en la que vivía sin consentimiento, hizo que le jurara fidelidad eterna. Selló el pacto al pasar alrededor del cuello una cadena cuyo extremo colgante me mantenía sujeto por las piernas todo el tiempo. Bastaba que tirara de la punta para que me tuviera a su merced, e hiciera lo que pidiera, desde guisar chorizos a limpiarle el culo con una esponja adosada a la punta de una estaca. Con prohibición expresa de que no se la encajara en el culo –solo frotar el vértice oscuro de las nalgas– y de que nunca saliera de la cueva a menos que lo ordenara. Todo eso a cambio de tener seguro, como el santo Marcelino, pan y vino.


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de conspirar contra España. Con mi amigo del alma, José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto, fundé un periódico de un solo número de existencia: Diablo Cojuelo. Un diario que tomó su nombre a préstamo de otro igual, una novela escrita en 1641 en España, en tiempos de Felipe IV, el Rey Planeta, por el escritor Luis Vélez de Guevara. A Vélez lo tomamos de veleta, de guía espiritual al saber que escondía en su pasado orígenes de judío converso y ocultaba la existencia de un tío quemado en la hoguera de la Inquisición para no manchar la gloria ecuestre de otro tío capitán de la armada de 300 caballeros que rescataron al rey Alfonso X el Sabio en el sitio de Ávila. En su nueva vida de converso, Vélez, pícaro, estimó que era conveniente olvidarse del apellido original Santander –carente de hidalguía– por él tomado a préstamo de Vélez de Guevara, sin dudas de mayor linaje y medrar en la corte con facilidad. Alentados por la conversión religiosa de Vélez dos siglos antes, intentamos nuestra conversión política de hijos de españoles en Cuba a criollos nacidos en la isla y fundamos un periódico que las autoridades coloniales tildaban de libelo, periodiquito o periodicucho. Diablo Cojuelo, el diario cubano vio la luz en 1869, durante el gobierno provisional del general Serrano, tras el derrocamiento por la “Revolución Gloriosa” de Isabel II, la reina Castiza. Un periódico de un solo número de existencia. Un hijo bastardo de la prensa colonial en Cuba de cuatro páginas de extensión que los censores se encargaron de secuestrar y el Cuerpo de Voluntarios de incinerar. A medianoche, de clandestino en la imprenta, entre cenizas, pude sacar el editorial que redactamos José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto y yo, un Valdés cualquiera. Un diario que costeé con el dinero que legó en herencia Don Mariano Domínguez, mi padrastro, capellán militar del ejército español en Cuba, guatemalteco de origen y vecino de La Habana y del que fuimos únicos y universales herederos del remate de sus bienes, derechos y acciones que le correspondieron por mitad a Eusebio Hipólito María Valdés Domínguez, expósito de la Real Casa de Maternidad de La Habana (…) que como a mí, Fermín Valdés Domínguez; Don Mariano recogió en su casa a propósito a dos expósitos de la Real Casa de Maternidad y puso en ellos el afecto que en sus propios hijos hubiese puesto y cuidó de ellos como ellos de su vejez y (…) así complace a sus afectos y goza acabando el bien que comenzó a hacer el testador. (…)” Un diario de un día de vida que en el juicio de las autoridades españolas se adjudicó como único autor José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto:

“Nunca supe lo que era público, ni lo que era escribir para él, más a fe de diablo honrado, aseguro que ahora como antes, nunca tuve miedo de hacerlo. Poco me importa que un tonto murmure, que un necio zahiera, que un estúpido me idolatre y un sensato me deteste. Figúrese usted, público amigo, que nadie sabe quién soy: ¿qué me puede importar que digan o que no digan? Dirán que en nada me ajusto a la costumbre de campear por mis respetos, —que nada más significa esta comezón de publicar hojas anónimas con redactores conocidos, — dirán que soy un mal caballero; amenazarme con romperme los brazos, ya que no tengo piernas, mas, a fe de osado y mordaz escribidor, prometo que a su tiempo se verá que este Diablo, no es un diablo, y que este Cojo no es cojo”.


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Melquisedec era considerado por la Iglesia de Roma un hereje tras declararse fan de los cátaros. Un sujeto dominado por las pasiones que anidaban en el bajo vientre, las de la gula y la lujuria. En sus desvaríos heréticos, aseguraba ser a la vez dios y sacerdote de un nuevo credo. En la realidad, era un auriga del tiempo de los césares incapaz de dominar al par de caballos –uno blanco y el otro negro–, que tiraban del carromato de fuego que recorría el circulo de muerte del foso del Coliseo romano. Melquisedec padecía de frecuentes accesos de ira y por momentos de arrebatos de cólera que lo hacían blasfemar y dudar de que el mundo fuera realmente una creación de Dios, si no un simple desplazamiento de estrellas fugaces en el cielo. En los días en los cuales el caballo negro de los malos pensamientos se desbocaba, el trote veloz dejaba a la zaga al corcel blanco de la cordura que corría distante detrás de él. Melquisedec soberbio aseguraba que provenía de un linaje divino carente de genealogía, sin padre ni madre materiales. No se creía obligado a rendir culto a ningún dios sino a él mismo: el verdadero dios. La cueva era la gran caja de resonancia para sus ideas, el lugar apropiado para ensoñarse: soñar despierto. De no existir las paredes rugosas de la caverna que las amplificaban, sus palabras, en interminable soliloquio de loco solitario, se hubieran perdido para siempre como la arena que impulsa el viento en el desierto. El desenfreno y la falta de control de sus palabras hicieron que la Curia Vaticana al saber de sus desafueros de alquimista encerrado en una distante cueva, lo ubicaran como un ente peligroso y susceptible de ser sometido a proceso inquisitorial como presunto hereje que había abrazado la idolatría cátara. Además, dijeron que era orate al decir que con el advenimiento de los cátaros en Europa no eran necesarias más disputas teológicas. Se acabaron las herejías, la Curia Vaticana podía otorgar licencia a los gestores del Santo Oficio. La herejía cátara era el non plus ultra del universo heresiarca. Melquisedec aplaudía y reverenciaba a los cátaros. Los cátaros eran partidarios de una ecuación inflexible que desafiaba los límites de la geometría. Dios es el Diablo. El Diablo es Dios. Uno es el Otro y el Otro es Uno. Fundamentaba su herejía en una argumentación nominalista de equívocos gramaticales. Premisa I: Dios es Sustantivo. Premisa II: El Diablo es Adjetivo. Premisa III: El sustantivo precede al adjetivo. Premisa IV: Los adjetivos expresan cualidades distintas y opuestas a la vez. Corolario I: Dios es bueno. Corolario II: El Diablo es malo. Axioma I: Dios Sustantivo es Dios. Axioma II: Diablo Adjetivo es Diablo. Hipótesis: ¿Dios es Diablo a la vez?  El Papa al saber de la herejía palabrera de Melquisedec, histérico, apostólico y romano, lo desterró. Melquisedec debía huir de los mastines de la Inquisición y de la guardia suiza vaticana cambiando de aspecto y nombre. Los lunes era Ireneo de Lyon, hablaba en provenzal y vestía túnica púrpura de cardenal. Los martes era Hipólito de Verona, hablaba como lombardo y se hacía acompañar de pájaros en jaulas que piaban para que no lo creyeran impío sino pío devoto de Asís. Los miércoles se convertía en Cesáreo de Arán y predicaba en catalán por los montes Pirineos. Los jueves era Ludovico de Sajonia, vestía de húsar y hablaba en lengua eslava. Los viernes se transmutaba en Vladimiro de Novosibirsk y oficiaba misa en arameo. Vagaba de un lado a otro huyendo de la persecución papal y por azar encontró una cueva en la cima de una montaña. Desde allí, como Moisés, hizo formal renuncia del mundo. Se hizo vidente estando casi ciego por una telaraña de legañas que le nublaba la visión y comenzó a predicar un culto sedicioso basado en apócrifos bíblicos escritos en lengua árabe entre cuatro paredes oscuras. Fui testigo del entrenamiento al que se sometía para perfeccionar su condición de vidente. Para Melquisedec existía una clara división entre el mundo de afuera y el de adentro. El interior de la cueva –aunque a oscuras– era luminoso como el de una casa mientras que el mundo exterior –aunque claro– era como la selva oscura de Dante. Ambos aportaban valor agregado al otro. El mundo exterior hacía que la casa se sintiera más íntima y protegida. El mundo interior añadía salvajismo y ferocidad al exterior. Mirando hacia el fondo de la cueva, vio brotar de detrás de él a la distancia una sombra corpulenta de aspecto desconocido y pavoroso. Como era cegato y no distinguía qué tipo de animal era, intentó reconocerla al tacto. Su mano se posó sobre una forma larga, sinuosa y rugosa que creyó era una serpiente mientras que yo, en silencio, sonreí al ver que era una trompa. Palpó otra zona desplegada entre sus dedos como un abanico, y de nuevo sonreí: era una oreja. Le tocó el turno a una pierna que al tacto le pareció un tocón de árbol derribado. Siguió en orden la panza, tan dura y voluminosa como el muro de un castillo roquero de piedra. Al deslizar la mano sobre la cola nudosa, pensó equivocadamente que era una soga. Tras finalizar la inspección a ciegas del bicho raro que tenía frente a él, meditó un instante antes de exclamar alborozado ¡Un elefante! Quedó agotado tras la práctica de vidente a ciegas, y pasó el fin de semana ocupado en descifrar papiros en lengua egipcia y a su alrededor aleteaban los murciélagos. Fue en uno de esos descansos dominicales que descubrí cuál era el voluminoso pergamino que leía en cuclillas con la hoguera detrás calentándole el culo y delante como una pantalla oscura el fondo de la cueva. La República Volumen VII con una hoja de trébol de marcador encajada entre las páginas del Diálogo de Crátilo que ofrece a los lectores como novedad una vida similar a la que durante siglos ha llevado Melquisedec, atorado entre las paredes rocosas de una cueva que busca una salida y cree ver al fondo un idílico paisaje de árboles y fuentes y se trata de monjes penitentes que trasiegan baldes de agua para el saneamiento de establos atestados de boñigas. Melquisedec hizo de mí una pitonisa en sus conjuros maléficos y un adivino en las consultas espirituales a domicilio. Me llevaba de casa en casa con los ojos vendados y la cadena alrededor del cuello como mico de feria, no me soltaba para que no escapara en raudo vuelo a ciegas. De regreso a la cueva, pese a tener las alas quebradas, me encerraba en un recipiente de cristal de embocadura en punta llena de aceite. En un descuido, al derramar una gota sobre el vientre de una dama de la corte a cuya alcoba había acudido a curarla de empacho de gases por severa ingestión de col, escapé a los montes, rehuyendo las ciudades entre cuyas murallas como las de Toledo hubiera sido presa fácil de los vecinos. Desde entonces, El Diablo Cojuelo es un personaje legendario, preferido de escritores malditos como el tal Vélez de Guevara, de estudiantes libertarios como Cleofás Zambullo, de aprendices de matasanos como Fermín Valdés y de poetas noctámbulos como José Martí. Recién llegados el par de cubanos a Madrid, tras ser condenados al destierro en un juicio político con sentencia dictada de antemano, en ceremonia secreta, uno de ellos que conocía el conjuro diabólico –el tal Fermín–, pidió que apareciera a medianoche al derramar un par de gotas de tintillo. Por mandato de la eternidad, al derramar alcohol en mi nombre, se me liberaba de las tinieblas y se me permitía regresar a la tierra con una condición: el Diablo Cojuelo debía pagar la deuda de libertad con sumisión. Temporalmente, tendría un nuevo amo, no el Melquisedec de los siglos medievales. Ese nuevo amo, por el solo hecho de invocar mi nombre, quedaría sujeto a mi arbitrio por la eternidad. Ya se sabe: no hay Dios que libre a un humano de un pacto con el Diablo; solo un milagro, al final del tiempo eterno, podría dejarlo libre de un pacto de cuya extensión temporal era yo el único fiador. Así de onerosos eran los tratos con el Diablo: una apuesta de todo o nada. Pese a todo, en lugar de ser una forma maligna, al Diablo Cojuelo se le quería y representaba en dibujos como el espíritu más travieso del infierno. Un diablo pillo que traía de cabeza a sus congéneres con músicas y bailes, y no me canso de decir a quién me quiera oír:

“Diablo bien vestido, por ángel es tenido y así, tras vestimentas de lujo, escondo mi fea y aberrante condición de diablillo que solo yo, de noche ante el espejo, reconozco como tal : un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas, sembrado de chichones mayores de marca, calabacino de testa y badea de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos —que no tenían más muela ni diente los desiertos de las encías—, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Irania, los pelos de su nacimiento ralos, unos aquí y otros allí, a fuer de los espárragos, legumbre tan enemiga de la compañía que si no es para venderlos en manojos no se junta”


DIABLO COJO

Me confieso, padre, de prevaricación y evito mencionar a José Julián, el Martí (r) apóstol de adulto. En verdad debía decir José Julián Martí y Pérez, pero ese fue el iniciador de la independencia de adulto, no el amigo de la niñez. Ambos, teníamos muchas cosas en común. Éramos hijos de funcionarios españoles en Cuba, el mío Mariano, capellán militar, se hizo rico en la compraventa de bienes raíces en la tierra cubana, el suyo Mariano, un valenciano que maldecía la mala suerte que no le permitió ser rico y conformarse con ser guardián nocturno de palacios de Capitanes Generales hispanos y celador diurno de mansiones de negreros hispanófilos. Mariano Martí era conocido en La Habana no por su figura sino por su voz pregonera, el encargado de vocear a medianoche ¡las doce y sereno!  Su hijo José Julián, el Martí (r) Apóstol de adulto, un chico listo, triste y pobre que desesperaba porque sus padres lo habían educado en el amor a España, la Madre Patria cuya presencia colonial en Cuba aborrecía. Su padre Mariano quería que siguiera sus pasos y fuera celador diurno y guardián nocturno, es decir, representante de la Ley al servicio de la Corona de España: huele–bragas de gordas hispanas, lame–culo de gallegos cagones y cuida–braguetas de negreros hispanófilos. José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto, un muchacho listo, triste y pobre al que mi padre educó y con él compartía meriendas escolares de barritas de coco con cubierta de derretido de caramelo y cucuruchos de maní tostado. Iba a cumplir dieciséis años. Por sus venas circulaba como un torrente el clamor de independencia. Era el nueve de enero de 1869, el Capitán General de la Siempre Fiel Isla de Cuba, Domingo Dulce, mediante decreto, puso en vigor en la isla a la tan clamada libertad de imprenta y el joven José Julián, el Martí(r) Apóstol de adulto al que ya se le advertían en las palabras ademanes de independencia política, tomó en serio la honestidad del Capitán General y pensó en la Cuba del presente como Vélez de Guevara en la España del pasado –poeta de la corte madrileña con admiradores y sin enemigos–, las autoridades coloniales en Cuba no se enojarían si ponía en solfa las libertades concedidas. Dijo en el editorial de El Diablo Cojuelo:

“Esta dichosa libertad de prensa, que por lo esperada y negada y ahora concedida, llueve sobre mojado, permite que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica; pero también permite que vaya usted al Juzgado o a la Fiscalía, y de la Fiscalía o el Juzgado lo zambullan a usted en el Morro, por lo que dijo o quiso decir. Y a Dios gracias, que en estos tiempos dulces hay distancia y no poca de su casa al Morro”. 

– ¿Qué nombre tendrá la política de Dulce?

–Dulcifica Dora.

– ¿Dulcificará?

– ¿Qué es menester para que la isla de Cuba sea menos amarga?

–Que esté Dulce.


LA VERDADERA HISTORIA DEL DIABLO COJO

Melquisedec temeroso tras leer una nota al pie de página de un papiro con escritura bustrofedon: “el Anticristo nacerá en 1403”. Si el Anticristo ya está aquí, el fin del mundo anda cerca. Se apresuró a asomarse a la entrada de la cueva y ser testigo del desplome del universo que se le antojaba sería como un mar de fuego de olas impetuosas que a su paso arrasaría bosques y montañas, o un viento de furia milenaria que arrancaría de cuajo torres y almenas de fortificaciones medievales. La existencia de días tormentosos como el que era testigo asomado a la boca de la cueva reafirmaba en él la duda de que ese mundo de caos y sombras, hecho de sonido y furia fuera en realidad la obra perfecta de Dios. Más que de Dios, el mundo era obra de un hábil artesano como los que dirigían los gremios medievales y ejecutaban generación tras generación por un siglo o más la edificación de las catedrales góticas. Un Dios supremo e impaciente como el de los cristianos: ¡izas! con un golpe de varita mágica hubiera creado el mundo de una sola vez. Pero no ocurriría igual con un dios con membresía en uno de los gremios de artesanos medievales que se deleitaban en dar forma a la materia lentamente. Un artesano para él que nada existía antes, todo siempre estuvo presente. No había nada que crear en el universo solo dar forma a la arcilla que ya existía apilada en el mundo. Melquisedec me arrastró con él fuera de la cueva para que ambos fuéramos testigos del Apocalipsis, tirando de la cadena. Afuera, el fin del mundo se vaticinaba oscuro y lúgubre, precedido por una tempestad de rayos y truenos en medio de la cual haría su entrada apocalíptica El Anticristo. Melquisedec no quería ser sorprendido dentro de la cueva. Aunque ermitaño, en lo más íntimo de su alma, deseaba morir de cara al sol. Era lunes. Vestiría la púrpura cardenalicia. Sería Ireneo de Lyon, a la búsqueda del Anticristo, el doble de Satanás, Lucifer, Belcebú, Luzbel, Mefistófeles, o Samael. Tendría forma de serpiente, dragón, dios negro, padre de la mentira y como bestia llevaría por encima piel y cuernos de cabra, orejas y nariz de cerdo y por debajo patas y pezuñas de chivo. Por mucho disfraz que se echara encima, el Anticristo seguiría siendo el mismo diablo que, apóstata y ladrón, sería adorado como Dios y se proclamaría rey, siendo un siervo. Tras recibir el poder del diablo, vendría no como rey justo o legítimo sujeto a Dios, sino como impío, injusto y sin ley. Como apóstata, inicuo y homicida y sería un ladrón que recapitularía en sí la apostasía del diablo. Derribaría a los ídolos para persuadirnos que era el verdadero Dios, poniéndose a sí mismo como el único ídolo que resumiría en sí a los distintos ídolos, a fin de que, aquellos que adoran al diablo, mediante muchas maldades, lo sirvieran a él como único ídolo. Esto es lo que el Anticristo haría cuando reinara: trasladaría su reino a Jerusalén y se asentaría en el templo de Dios, seduciendo a aquellos que lo adoran como a Cristo. Atormentado con las metamorfosis que asumiría Cristo y duplicará El Anticristo, Melquisedec en sueños, comenzó a tener visiones de su llegada al mundo. Si Cristo ruge como león, el Anticristo tendrá melena. Si Cristo es rey, el Anticristo llevará corona. Si Cristo bala como cordero, el Anticristo mugirá de becerro. Si Cristo vino al mundo circunciso, el Anticristo tendrá el pene liso. Si Cristo envió apóstoles a las ciudades, el Anticristo enviaría profetas a las naciones. Si Cristo reunió a las ovejas en corral, el Anticristo encerró al pueblo en un morral. Si Cristo grabó un pez en la frente a los creyentes, él Anticristo grabará una cruz en el culo a los disidentes. Si Cristo predicó como hombre, el Anticristo se proclamará zombi. Si Cristo se levantó del polvo y edificó un templo, el Anticristo se erguirá del fango y levantará el Cabaré Fandango. Su mansión oficial, en Jerusalén, en lo alto del monte de Sion, la residencia de mayor prestigio y la otra, como una casa de campo, para solazar su corazón, estaría en Nicópolis. Pobre Melquisedec, daba pena verlo. Vivía en un mundo de miedos y profecías, a cuál más terrible. De día andaba con disfraz, de noche en oscuras cuevas componía cábalas que serían descifradas por sus seguidores como presagios milenaristas del fin del mundo. Según un texto herético de San Jerónimo de Rueda que ocultaba de la vista de otros astrólogos, cuando el Imperio Romano sea destruido, habría diez reyes que se dividirían el territorio. Surgiría un undécimo rey que prevalecería sobre tres de los diez. Este rey recibiría la sumisión de otros siete y resonarían las trompetas del Juicio Final, en lugar de la Aurora vendría el Anticristo, a lomos de una mula por las lomas de Belén. Por ser desconocido, asumiría diversas formas y pasaría inadvertido hasta el día en que, sintiéndose seguro, revelaría su identidad que era la imagen que mostraba un grabado del texto herético de San Jerónimo de Rueda: un monstruo horrible de siete cabezas, diez cuernos (y por cada cuerno, diez diademas), con cuerpo de leopardo, patas de oso y fauces de león.


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