DEL POEMARIO CEREZAS EN EL CIELO
MANUEL GONZÁLEZ BUSTO (Sancti Spíritus, Cuba, 1957). Poeta y crítico. Ha publicado los libros Caramba, Manuel (1994), Testamento del loco (1998), Adán, evidencia de los límites (2007) y El reino de los dilemas (2013), todos por Letras Cubanas. En Ediciones Luminaria, de su provincia natal, han visto la luz Magio, la rotura de mis flautas (1991), Confesiones de un loco descreído (1993), Ebriedad de los credos (2005), Delirios del aprendiz que quiso ser rey (2006), Nueces para una añoranza (2008), Cartas a Giselle (2010), Mítico segundo (2012) y El invierno de la novia (2015, publicada también en España por Ediciones Samarcanda, en 2016). En otros sellos editoriales cubanos han aparecido Último incendio en la memoria (Casa Editora Abril, 1993), La noche del visionario (Editorial Capiro, 2002), Poemas de cuando el hombre pudo razonar (Editorial Oriente, 2005) y Parábola del triste (Ediciones Unión, 2007). Su poesía y su obra crítica ha sido incluida en numerosas publicaciones y antologías cubanas y extranjeras.
I
La lejanía, Inocencio, es un barco que parte, un sábado apenas, una página en el desasosiego de una ciudad ensortijada y melancólica. La lejanía solo se tiene a sí misma: cifrada va en un mar de páginas que aún esperan por Virgilio. La lejanía degusta el amor como si fuese un verso náufrago, una epístola cómplice, un rumor añejado. ¿Serán sus destellos los monarcas del sol? ¿Serán sus predicciones una isla —dígase: el boleto que todos añoramos? ¿Será el tranvía que aguarda en cada esquina? Ideas no esperan. Ideas insisten: imposible la postergación. Entonces, escribes. De un modo tristemente absurdo, pero escribes:
Es como si hubiesen quitado un país y puesto otro. Ni deseos de salir te dan: gente, mucha gente, y colas, infinitas colas cuyo nacimiento ya no encuentras. ¿A qué se juega? ¿A qué se está jugando? Por favor, con un país no se juega. Con la esquizofrenia de los olvidados tampoco. Es como si los reinos del país ya no tuviesen nombre: esa estatua irreverente. Es como si la docilidad tuviese iris: miradas que rasgan y profundizan. El país tiene almendras que no aceptan la postergación. El país tiene labios donde la noche ancla su redondez extasiada y fugitiva. Amemos la noche, amémosla: tiene lunas que reescriben la cadencia de los relojes y el tibio recinto de la espera. Un país necesita la febrilidad del ritmo, su prontitud en los acordes. Al país, como al amor, le urge un nuevo nacimiento: los sueños siguen despeñándose como copla enamorada: ola transgresora. Hay reclamos, silbatos en el óleo de la tarde. Oh, Dios, ya la nulidez tiene nombre: comensales que buscan y no encuentran, actores que transgreden. ¿Tendrán trono, los ordenamientos? ¿Reinará, airoso, El Pequeño Príncipe? Sabedlo de una vez: hay rituales como estrellas: rituales martes, rituales números: directivos rituales y una hoguera en el mismísimo centro del cónclave donde el inquisidor se sienta y ordena… Ah, no esperes nunca de la realidad lo que la realidad nunca podrá darte: certezas que se fugan: las tardes son iguales salvo el modo en que las miras. Con las voces del país sucede igual: siempre reclaman: el dólar es una góndola huidiza y trasnochada. Lejanísima. Es cierto: Es como si hubiesen quitado un país y puesto otro. Ni deseos de salir te dan…
II
Te sientes ahora más calmado: nada hay como escribir. Es una magia que no logras detallar y nunca cesa. Es como un sortilegio de nieve que echas a rodar y se despeña en infinitas aguas que son como cristales de una febrilidad taciturna y recurrente. Es como si escribieras nuevas historias hasta conformar una historia real y convincente. Ah, Inocencio, la vida es el pliego que todos escribimos antes de partir y nunca estamos conformes. Te sientes como el payaso que no puede. Entonces, y solo entonces, estacionas tus inviernos en el iris de la emperatriz como si fuese la más divina reencarnación. Y huyes de las despedidas. Y te deslizas por la nieve como en una secuencia fílmica donde sigue nevando a pesar de las voces y los reclamos del país. ¿Será madre, la balada suprema? ¿Dónde está el país? ¿Dónde la ciudad? ¿Dónde el ademán imantado, el iris cómplice, la voz de madre como un concierto en las noches invernales? Antes la ciudad te esperaba en cada esquina, en cada rostro, en cada casa que ofrecíase como un happybirthday y en cada pulsación que aún nombran los misterios de una isla bendecida. ¿Dónde está mi ciudad?, repites, y nadie responde. Tal vez debiste preguntar: ¿dónde está mi país?, ¿dónde las promesas y los sueños y las esperanzas y los acuerdos y los por cuanto y las utopías que aún siguen derramándose mar adentro, isla afuera, hasta ser un concierto en las noches invernales? Dónde, dónde, dónde…
III
El farolero, el único farolero lúcido del reino, quebró con su voz la cuerda más doliente:
—Yo tenía un país pero un cóndor pasó demasiado cerca y del país aún ruedan lágrimas que nombran los mares más lejanos. Yo necesito creer en mi país. Por favor, dejadme creer en mi país…
Los moradores, asombrados de tanta geometría, así preguntaron:
—¿Por qué miente el fabulador? ¿Por qué vientre en popa el orador si un país no lo hacen los historiadores ni las ciudades ni los oradores ni las casualidades ni las puras verdades ni la suerte ni la geografía ni los rezos carnales, ay, ni las urgibles necesidades?… ¿Por qué?
Sabrá Dios, Inocencio, quiénes hacen un país. ¿Se habrá fugado? ¿Acaso airoso el que no encuentras en las colas que de tan largas no logras precisar? ¿Será el país esa aparición que se derrama en los caminos y en los tronos y en las aldabas y en las almas que desempolvan la desmemoria? ¿Qué melancolía habrá cenado su quietud de ciervo triste? Hoy lo sabes: hay que evadir la densidad para comprender las esencias. Evadir la densidad es el secreto. Onírico vas hacia una originalidad que cuestiona y propicia el equilibrio: escribir es la gravedad, fuerza que nos salva de toda densidad. Hoy lo sabes: la vida es una sucesión de sonidos, imágenes y gestualidades. La vida es sonreír, sonreír siempre. Ya lo dijo el polvo cansado de ser el huésped eterno:
—Fácil olvida la historia lo que descifra el misterio. Fácil borda la palabra cuando sin ventura nace. Fácil, muy fácil, derrama el corazón sus miserias: rumores que sobrevuelan la inquietante quietud: luna en los temblores fugitivos de la alcoba: sueños de siempre…
IV
Procurando sigues, Inocencio, un vaso de agua desvergonzado y mínimo como si El reino del agua fuese tangible y promisorio. ¿Será el fin? ¿Será el agua la procesión definitoria? ¿Habrá olvidado Dios su isla país que es como decir su casa himno, su vaso de agua desvergonzado y mínimo? Ah, si el dolor pudiera cortarse, dárselo de comer a las palomas. Pero nadie merece este dolor que de tan vasto se ha vuelto universal. Ah, si pudiésemos enrejarlo. Si pudiésemos…
No lo piensas más y escribes:
Yo quiero una patria. Yo siempre quise una patria, una esperanza, un beso cósmico, un cuerpo mar. Hay una tristeza múltiple, un corazón sepultado. Hay también unos caballos que quieren decir, irse de caballos a pastar las delicias vedadas de la patria pero hay quienes dan órdenes como si fuesen soldados prestos al disparo, al galope ensordecedor, a la sangre fluidora de los que hunden bayonetas y se van. El que va delante increpa a los caballos: —No miren, no giren, no respiren, simplemente corran y cáiganse y vuélvanse a caer y pórtense como caballos, simplemente caballos que deleitan…
¿Habrá olvidado Dios su isla país que es como decir su casa himno, su vaso de agua desvergonzado y mínimo para un éxtasis crepuscular?
Es cierto, Inocencio, la lejanía es un barco que parte, un sábado apenas, una página en el desasosiego de una ciudad ensortijada y melancólica. La lejanía solo se tiene a sí misma: cifrada va en un mar de páginas que aún esperan por nosotros.
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