Retorno a casa

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA


La llovizna parecía más abundante en los conos de luz de las viejas lámparas del alumbrado público. Era otra noche fría y lluviosa en Montehondo. La madre abrió la puerta de calle y vio la expresión aterida de Joaquín emparamado.

–Pase, hijo, pase –dijo, casi con premura.

Joaquín entró y la gélida intemperie desapareció en un abrazo. Afuera, la insolidaria Montehondo acogía en las sombras que se apiñaban en sus calles y recovecos las huestes de bergantes, proxenetas, hipócritas, marfuces y malandrines que la poblaban cada noche.

–Serán solamente unos días, mamá –se disculpó Joaquín, a manera de saludo, sacándose la húmeda chaqueta.

Las mejillas arrugadas de su madre eran sedosas, y su cuello fláccido. Tenía la mirada llorosa. A Joaquín también se le aguaron los ojos, como si la ausencia hubiera sido una forma de traición.

–Ya sabe, hijo, que esta es su casa –dijo ella, sin jamás tutearlo.

La había telefoneado para pedirle asilo, y ahora entre sus brazos, como un pájaro atónito, le susurró “mamá” en el vano de la puerta.

Reconoció los objetos presentes: el espejo redondo con marco de yeso labrado, el reloj de madera que daba con exactitud atómica la hora, con sus manecillas girando de derecha a izquierda, como si el tiempo fluyera hacia atrás –una curiosidad que Tateo, su padre, le compró al suizo Hedinger, un inmigrante que había recalado en el centro de Montehondo, donde instaló un restaurante diminuto de tres mesas en las que servía Hafenchabis casero y vendía sus relojes en reversa, con uno en la pared del fondo que se promocionaba solo–, la mesa Isamo Noguchi que le encantaba, traída un día de octubre por Guadalupe, y el alto tallo del florero de cristal celeste coronado con un solo girasol.

–Pasa el tiempo –dijo ella.

–Pasa –asumió Joaquín, pareciéndole una buena expresión para admitir la ingratitud de algunos hijos, sin importar los pretextos.

–Sí –confirmó ella.

Joaquín sintió devoción en aquel apartamento conocido y buscó con la mirada la misma silla del comedor que ocupó desde la adolescencia para sentarse ahí un momento. Los domingos, la familia se juntaba en esa habitación para saciarse con las delicias que preparaba Sara, y después hacían siesta o veían televisión. En aquella silla había estado muchas veces a solas con Sara, escuchándole historias remotas de cuando era joven y todavía no había llegado a vivir en Montehondo, de percances con algunas de sus clientas, de noticias que oía en la radio o de las infidelidades de Tadeo que Joaquín nunca percibió, a pesar de las cuales vivieron juntos hasta la muerte de él. Otras veces, se sentaban en silencio, comían y miraban el barrio por el ventanal.

–¿Un cafecito? –ofreció Sara.

–Sí, mamá, gracias.

Sentado en la misma silla le había dicho que amaba a una joven llamada Matilda, y unas semanas después le había anunciado ahí mismo su intención de casarse con ella. Joaquín fue incapaz de leer un leve gesto en la cara de su madre en aquella ocasión, una seña de inconformidad o eso le pareció, que no acompañó de palabras porque Sara no era dada a confrontar a nadie. Era más bien una manera de expresar con su silencio compasión por los demás. Pero una vez le dijo:

–Los actos de la gente emanan de una zona de sus personas que ignoramos –y con ello indicaba que nadie tenía derecho de anticipar un juicio sobre los demás. Y no lo haría sobre Matilda ahora.

Pero cuando Joaquín compartió el anuncio con su padre, este replicó:

–¿Estás seguro?

Y Joaquín se sintió inseguro. Sin embargo, dijo:

–Sí, señor.

–¿Entonces lo has decidido?

Aunque avivaba su duda, no había otra intención en Tadeo que advertirle sobre las contrariedades que habría de encontrar en el camino y debía seguir adelante. Joaquín afirmó con la cabeza, echándole así candado a un designio que seguía sin demasiadas elaboraciones. Y con el mismo arrojo hizo el anuncio a sus suegros, algo ruborizado, amasándose las manos transpiradas.

Les dijo que habían decidido casarse, y lo dijo con tal convicción que hubiera resultado mal vista una desaprobación. Antes de que los padres de Matilda pudieran replicar, añadió intrépido:

–Prometo cuidarla el resto de la vida.

Los padres de Matilda sonrieron, y Joaquín tomó esa sonrisa como de aprobación. El suegro le sirvió una copa de brandy, que era lo único que él bebía, y esa fue su manera de aceptar la responsabilidad que tendrían los jóvenes enamorados. Estuvieron así un rato, en silencio, suegro y yerno, calentando las copas entre sus palmas. Al rato se miraron, las levantaron y bebieron. El suegro le preguntó si sabía las dos clases de matrimonios que había. Joaquín se intrigó.

–No, señor.

–Los matrimonios que sobreviven y los que fracasan –dijo el suegro riéndose. Joaquín encontró gracioso el dogma, y el suegro añadió:

–Y los que sobreviven, lo hacen el tiempo justo antes de fracasar.

Joaquín pensó en que siempre mediará una última esperanza de que las cosas puedan mejorar. Con esta convicción llegaba al apartamento de su madre, aunque su cara y su cuerpo no lo dijeran. Intentó la conciliación y el perdón con Matilda, sin éxito. Ahora, derrotado, llegaba lamiéndose las escoceduras dispuesto a cerrar este ciclo. La lluvia había arreciado y tamborileaba en el ventanal.

–Quizás no fui generoso con mi futuro –dijo Joaquín.

Sara trajo café y galletas.

–¿A qué se refiere, mijo?

–A que uno se queja cuando las cosas salen mal, pero no siempre está lo suficientemente atento antes de que eso ocurra. Si uno lo estuviera tal vez pudiera evitarse tanto divorcio y separación. Es como si confiáramos en que, si algo sale mal, después lo vamos a arreglar, y eso llega a ocurrir.

–Hum.

–Siempre es tarde.

–…

–No somos conscientes de las cosas que hacemos, la mayor parte de las veces. Creemos serlo, pero no es así. Por eso salen mal las cosas que salen mal, porque cuando lo notamos ya están fuera de nuestro alcance.

–Sí, hijo, a veces las cosas no funcionan.

–No funcionan.

–Pero uno no lo sabe, sino al final.

–Seguro.

Sara creía entender de qué le hablaba.

–Desearía no quedarme mucho tiempo, mamá –dijo después.

–Pero si acaba de llegar, ¿y ya está hablando de que se va?

–No quiero ser un estorbo, mamá.

Y en cuanto lo dijo, Joaquín sintió ganas de llorar.

–No diga eso, hijo. Usted nunca será un estorbo. Al contrario, soy feliz con su compañía.

Bebieron a sorbos en silencio, comieron los pretzeles.

Sara había estado refugiada en aquel apartamento desde el día en que Tadeo salió una mañana de noviembre para hacer un trámite en la Cámara de Comercio en el centro de Montehondo y no logró hacer pie en el siguiente escalón de entrada al edificio, se desplomó y rodó gradas abajo hasta el estrecho y sucio andén.

Ya estaba muerto cuando intentaron auxiliarlo los peatones.

El reporte de Medicina Legal, que acudió por tratarse de una muerte en un espacio público, reportó “infarto agudo de miocardio”. Joaquín vivía en ese momento en Ciudad de los Valles, con Matilda, casados el año anterior, y en cuanto se enteró quiso partir a Montehondo, atravesar esa misma noche en bus la sinuosa cordillera que los separaba, pero llegó tarde. El séquito fúnebre había salido una hora antes hacia el cementerio cuando él llegó a la ciudad, y no fue suficiente que tomara un taxi porque ya todo había ocurrido.

Puso un ramo de claveles que compró en las pérgolas de ingreso al cementerio en el sitio donde le indicaron que estaba recién hecho el entierro, todavía sin lápida, y eso fue todo. El episodio se sumó a algo más que incubaba de antes, y constituyó una sensación de culpa que lo acompañó mucho tiempo después. Hubiera querido, cuando menos, asomarse por la ventana del ataúd y decirle: “No tienes deudas conmigo, papá”.

Guadalupe fue la primera de la familia que lo vio muerto.

Contó que estaba bocarriba en un mesón de granito donde hacían las autopsias en Medicina Legal, desnudo como jamás imaginó que tendría que verlo, con una etiqueta de identificación atada al dedo gordo del pie. De esto hacía trece años.

Sara le mostró a Joaquín su cama y le deseó felices sueños. Joaquín durmió sin sobresaltos, como no ocurría en los últimos días cuando despertaba desorientado una o dos veces cada noche. Y en la mañana, antes de abrir los ojos, decidió que debía encarar los motivos que lo llevaron de vuelta donde su madre. No debía dar largas en confesarle que su matrimonio con Matilda había fracasado.

La palabra fracaso le resultaba humillante. La asociaba con ser incapaz, falto de personalidad o dejadez, cualidades que no creía que lo reflejaran, pero asumiría esa vergüenza delante de Sara quien, a pesar de sus callados reclamos por algún desliz de Tadeo, honró el matrimonio hasta el día en que este murió. Así eran esos tiempos, de modo que fueron pareja durante muchos años. ¿Cuántos?, ¿cuarenta o cincuenta años? En contraste, Joaquín Bermeo, a tirones, había sido incapaz de coronar dos lustros. Las pequeñas desavenencias con Matilda se fueron acumulando en un montón de reproches y gritos hasta un punto en que consideró mejor partir. Lo hizo no solo para ponerse a resguardo, sino evitarle a Ismaelito ver mayor degradación en la relación de sus padres. Se le partía el corazón ver al niño enroscarse como un gusano cuando ellos levantaban la voz en otra discusión inane.

Joaquín supo un día que era imposible restablecer su desgarrado matrimonio y consideró marcharse. Pensó que no era bueno seguir atrapados en hirientes recriminaciones. Y entonces todo terminó. Ahora sentía vergüenza confesárselo a su madre. Lo intimidaba, egoístamente, destruir la imagen que ella tenía de él, y decepcionarla. Porque en verdad no son las cosas propias las que más perturban a las personas, sino las opiniones que los demás tengan de ellas, en especial la madre.

Aún sin abrir los ojos oyó a Sara al otro lado de la puerta encender la radio en el cuarto de las costuras, lugar que ya no albergaba el bullicio de las clientas sino las baladas y boleros que flotaban en la soledad del apartamento. En los días de plena actividad el cuarto de las costuras recibía a las mujeres que llegaban de diferentes puntos de Montehondo y deseaban ponerse la ropa que veían en las revistas de modas, hecha a la medida. Sara tenía cerros de esas revistas y prácticamente la totalidad de las clientas llegaban tras la voz de que “Sara cosía preciosuras”, con el incentivo de hacerlo “a buen precio”.

Si alguna de ellas entraba cuando estaba al aire la radionovela del momento, les pedía silencio hasta terminar el capítulo, que duraba media hora. Después, procuraba amenizarles el rato con pasajes graciosos de su mocedad en Mostazal, donde nació, alternándolos con chistes subidos de tono del Diccionario de Escatología y Vulgaridades con que las clientas morían de la risa, mientras daban sorbos a las tazas de café que el joven Joaquín les servía, valiéndose de una charola. En el cuarto de las costuras Joaquín también reforzó sus primeras urgencias adolescentes: en más de una ocasión entró con los cafés en equilibrio y alguna clienta estaba justo en el momento en que se había despojado de sus prendas para probarse el vestido pespuntado por su madre, y la veía desnuda en ropa interior. El hecho de ruborizarse por invadir sin proponérselo la intimidad de esa mujer no anulaba un principio de erección refleja. Le temblaban las manos en la confusión de sus sensaciones, tintineaban las cucharillas contra la loza y la mujer sonreía benignamente, casi invitándolo a disfrutar a centímetros de sus ojos la dimensión de sus senos atrapados en las copas de raso del brasier, mientras le ponía azúcar. Joaquín procuraba, en un relámpago de disimulo, ver también su prominencia púbica y luego terminaba encerrado en el cuarto de baño sobándose el pene tieso, ayudado con el recuerdo de las imágenes recientes. Primero respondía “de nada” a los agradecimientos de la mujer, y salía fingiendo indiferencia para terminar teniendo sexo idiota con su mano derecha.

Joaquín se sentó en el borde de la cama y aspiró profundamente como si estuviera en la campiña. Lo primero que pensó fue en enfrentar a Sara con su desagradable primicia. Lo irritaba tener que referirse a Matilda, decir su nombre siquiera, y además admitir que había sido atolondrada su decisión de casarse con ella. O eso creía entonces. Lo hizo embebido de sexo, como lo leyó después en Cervantes: “el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, llegando a alcanzarlo se acaba y ha de volver atrás aquello que parecía amor”. Ambos actuaron como jóvenes enamorados: despreocupados por el mañana, o sin importarles mucho; construyendo sobre arena. Ya estaba visto que había sido ilusa esa pretensión sublime, porque la cotidianidad los erosionó día con día y llevó de la mano al fracaso en pocos años.

Cuando sobrevino la hecatombe, Joaquín se deprimió a tal punto en que la vida real lo asustaba, también lo irritaba y además le inspiraba angustia.

Una envolvente ansiedad se apoderó de su ser, y un temor por la vida y las personas. No podía concentrarse en nada: sus pensamientos eran constantemente interceptados por imágenes de Matilda besándose con otro hombre, y ella recibiéndolo entre sus piernas. Eso erosionaba su altivez varonil, y al mismo tiempo lo llenaba de rabia.

La existencia para Joaquín perdía sentido. Necesitaba huir, llegar a un sitio seguro donde refugiarse y no había otro mejor que donde su madre. Sin embargo, lo mortificaba el hecho de que no llegaba como alguien que caminara hacia el éxito, como se esperaba de él en esa época, hacia donde presuntamente debía dirigirse, sino derrotado.

Era evidente que no había sido protegido contra el mal de ojo, pero también el hecho de que nada hacía presagiar, en la ceremonia en que el casamiento sería el primer eslabón de una sucesión de eventos tal vez felices, que habría de terminar en el fracaso.

Oyó que su madre se acercaba, y en un acto reflejo y abyecto se zambulló en las mantas, como cuando era niño y quería huir de los fantasmas. Sara entornó ligeramente la puerta para ver si había despertado y ofrecerle desayuno, pero él se quedó quieto, sin casi respirar. Sara ajustó la puerta y se alejó hacia la cocina. Joaquín oyó después que abría y cerraba la puerta de calle.

Sintió que fue pueril haber fingido que dormía; cobarde. Pero aprovechó que estaba solo en el apartamento para ir al baño. Entró y terminó de orinar con un breve trueno de sus nalgas, y luego abrió la ducha para bañarse con agua fría para despejarse y estar dispuesto para abordar a su madre cuando volviera.

Le diría:

–Madre, fracasé –lapidariamente.

Y con esas dos palabras resumiría los años precedentes. Sabía que antes que un reproche vería la sonrisa benigna de su madre, diciéndole que no se precipitara, que los problemas nunca faltan en los matrimonios, hijo. Joaquín sabía que eran expresiones socorridas, pero en los labios de Sara adquirían nueva dimensión y veracidad.

–No hay vuelta atrás, mamá –diría.

Y en cuanto lo dijera volvería el recuerdo desagradable de Matilda diciéndole estúpido, dándole la espalda, y gritándole:

–¡Ya no te amo!

Recuerda que cuando la escuchó quedó helado, con una sensación de mareo por lo súbito, y solo atinó a balbucear una sandez:

–¿Acaso hay otro?

Aunque fuera mentira, Matilda gritó iracunda:

–¡Sí, y qué!

Y Joaquín se vio añadiendo otra necedad:

–¿Hace cuánto?

No recuerda qué siguió a eso, porque la sangre lo aturdía, excepto que Ismaelito asomó con ojos hinchados, arrastrando su manta de apego por el marco de la puerta, lloriqueando.

–¿Ves lo que haces? –recriminó Matilda. Con destreza tomó al niño en sus brazos, que de inmediato enmudeció. Así empezó su ruina.


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