A negativo

CUENTO DEL LIBRO LA VIGÍA


A todos los médicos cubanos, por su entrega a pesar de las circunstancias.

Entro en pánico cuando se enferma alguno de mis seres queridos. Y no es únicamente porque no soporto los hospitales por un montón de razones: siempre están sucios, muy sucios, los baños están tremendamente asquerosos, casi nunca hay agua y las camas y las paredes permeadas por una mugre de sangre, fluidos y polvo. Todo ello, me asquea hasta virarme el estómago al revés. Sin embargo, puedo soportarlo estoicamente tomando medidas de higienes imprescindibles para la ocasión.

Pero a lo que me refiero, es al estado de desesperación que se apodera de mí. De solo escuchar la noticia soy presa de un terror repentino que no me permite pensar en otra cosa que en ver restablecido al enfermo y para que sea más rápido, hago todo lo que el caso requiera: acompañarlo al hospital, comprar medicamentos, alimentos nutritivos, buscar en internet una cura alternativa o natural.

En fin, mi vida y mi cabeza se ponen patas arribas. Pero como soy muy reservada, nadie se entera de lo que está pasando por mi mente y creen que lo hago porque tengo tendencia a ayudar al prójimo.

Cada vez que alguien se enferma, es a mí a la primera persona que llaman. Incluso, algunos dicen: le dije a mi mamá, o mi esposa, o a mi hijo, que no se preocupara que hablé contigo para que me acompañaras al médico. Como si estuvieran dándome gusto y haciéndome un favor.

Cuando me enteré de que mi hermano estaba enfermo de la próstata, me aterré. Lo acompañé al médico, gestioné los medicamentos, fui a buscar las yerbas que recomiendan para estos casos, sequé semillas de calabazas y las tosté, según recomendaciones del propio médico. Mejoró bastante con el tratamiento, pero finalmente se determinó intervenir quirúrgicamente.

Preparé todo lo necesario para el ingreso: ventilador, cubo, jabón de baño, detergente y lejía para asear los baños y las paredes, papel sanitario, sábanas y almohadas, cubiertos, vaso, termo con agua hervida, y nos fuimos con todos los bultos a internarnos en el Hospital Emergencias. Por suerte, la muchacha de la administración fue amable y rápida y por lo que no tuvimos que esperar mucho para instalarnos en la sala indicada.

Repartí café y merienda para las enfermeras que estaban hambrientas y agotadas. Le di el frasco de legía, detergente y un CUC a la persona de limpieza para que hiciera su trabajo con esmero. Al día siguiente sería la cirugía de próstata de mi hermano, y todo debía estar en orden para que él pudiera recuperarse pronto y mi mente consiguiera la paz.

Después que el empleado de limpieza terminó su labor, me dediqué a los detalles, pasé un paño con detergente y legía por las paredes, restregué con fuerza el colchón, las viejas manchas de sangre, aunque no salieron del todo, pero se pusieron más claras y eso me consoló, cuando conseguimos cierto grado de higiene, en los hospitales cubanos no se puede aspirar a más, puse las sábanas, acomodé todos los trastes y me senté frente a mi hermano a conversar. 

Llevábamos un rato de parloteo, yo le daba ánimos, que iba a salir bien, que al día siguiente ya sería hombre nuevo, él parecía estar bien, deseoso de operarse para poder viajar, su visa de cinco años USA, era su mayor motivación. En medio de la conversación apareció una mujer rubia y dirigiéndose a la cara de mi hermano, dijo:

—El paciente de la cama 17. —Mencionó su nombre y preguntó enérgicamente—. ¿Dónde está la sangre?

Mi hermano y yo nos miramos con cierta duda.

—¿La sangre?

Musitó mi hermano con cierto temor.

—Sí, la sangre.

Enfatizó la rubia.

Mi mente, que es capaz de imaginarse las cosas más raras, comenzó a ver personas haciendo cola en la panadería y en lugar del pan salían con un frasco de sangre. Los dependientes abrían una llave que estaba conectada a un tanque y ponían debajo el envase que le ofrecía el comprador.

Del otro lado había muchas personas en una larga fila para recibir el dinero y luego entregar su brazo a una mujer de largos colmillos que después de una mordida, enchufaba al donante al inmenso tanque de sangre. ¡Vampiros! Pensé y me sonreí.

Cuando salimos del desconcierto, mi hermano le preguntó a la rubia de qué sangre hablaba. Y ella dijo:

—La tuya. Eres A negativo y no puedes operarte si no tienes al menos tres bolsas de sangre. Esa sangre es muy difícil.

Acentuando mucho la última palabra.

—La sangre está aquí.

 Le dije con mucho cuidado. En los hospitales hay que ser muy cuidadoso para no molestar al personal que nos atiende porque en ello nos puede ir la vida.

—¡Aquí! —gritó la rubia.

—Sí, aquí.

Musité.

La rubia movió negativamente la cabeza con mucha fuerza. Levantó el dedo índice y con rítmicos movimientos circulares, y dijo:

—¡No! Yo soy la jefa del Banco de Sangre del hospital y vengo precisamente porque ahí no está la sangre. —Y repitió la palabra con mucho énfasis-: Sin sangre, no se puede operar. Si la sangre no está aquí se tiene que ir para su casa. La A negativo es muy complicada y nadie se va a arriesgar.

Miré a mi hermano, su expresión me dio pena e intercedí por él.

—Mire, por favor, déjeme explicarle —dije muy suavemente para que se volviera hacia mí porque ya la rubia estaba de espaldas en la puerta—. El Banco provincial, nos aseguró que tenían la sangre y que el hospital debía de ir a buscarla.

La rubia me miró enfurecida.

—No. Ellos tienen que traerla. No tengo transporte para ir a buscarla. Así que ahora mismo se le digo al médico para que le dé el alta.

Y dicho esto, salió con rapidez. Mi hermano me miró con disgusto y me dijo que le dolía la cabeza. Lo animé diciéndole que seguro el médico no iba a permitir que se fuera. Ya había programado su cirugía y no era lógico que la operación se cancelara. 

A la media hora llegó el médico y le explicó con mucha amabilidad, que no podía arriesgarse a operarlo teniendo el grupo sanguíneo A Negativo, porque si en medio de la operación se presentaba un imprevisto… Ese tipo de cirugías tiene el riesgo de sangrar, no tenían cómo evitar una complicación. Como profesional responsable no expondría la vida de un paciente.

—Sí, doctor. Eso lo sabemos y se lo agradecemos. Pero ya el Banco tiene la sangre.

Dijo mi hermano con la voz en un hilo.

El médico miró a su alrededor, le dio unas palmadas por el hombro y habló en tono de confidencia:

—Eso no lo puedo solucionar yo porque no está en mis manos. Te tengo que dar el alta. —Volvió a mirar para los lados y le dijo—. Resuelve tú la sangre y en cuanto la tengas aquí, programamos otra vez la operación sin problema ninguno.

Sin opción, comencé a recoger y nos fuimos callados de la más limpia de las habitaciones de la sala.

Desde que salimos del hospital mi mente daba vueltas una y otra vez en cómo resolver, la sangre. El médico había dicho resolver, y para nosotros significa conseguir algo fuera de las reglas, por la izquierda, dicen algunos. En fin, resolver, es resolver sea como sea. Y el pánico se apoderó de mí.

Después de una larga noche de insomnio, desperté dispuesta a resolver la sangre. Me dirigí al Banco de Sangre del hospital cercano a la casa. Allí conocía a mucha gente que veía a diario en el barrio.

Cuando llegué me di cuenta de que conocía a la muchacha del Banco, nos habíamos visto varias veces en la cola de la panadería y algunas veces en el mercado. Así que fue más fácil de lo esperado. La hice una seña para que saliera y le conté muy bajito la situación. Ella aseguró que era cierto, A negativo, es una sangre muy difícil de conseguir. Escasea mucho. Me dijo que estaba dispuesta a ayudarme pero que la vida estaba muy cara, que tenía una niña pequeña, y solo ganaba 300 pesos cubanos. Entendí el mensaje y le di la seguridad que, si ella me ayudaba, yo también. Y el acuerdo quedó tácitamente pactado. Salí a prisa con un papel donde estaban anotadas las indicaciones a seguir: llamar a Manuel a partir de las ocho de la noche de parte de Martica, hacer la mayor cantidad de hielo posible y tenerlo a mano.

En cuanto llegué a la casa comencé a preparar las cubetas de hielo y a la hora indicada llamé a Manuel.

—Es de parte de Martica.

—Sí, venga para acá ahora mismo. Y no se olvide de traer el hielo.

—¿Para dónde?

—Para el Banco de Sangre Provincial.

Cargué mi mochila con hielo y salí a prisa. Manuel me recibió con mucha amabilidad. Ya eran casi las 10 de la noche y estaba solo en el Banco porque tenía guardia. Me dijo que debía de esperar ya que la sangre A negativo es muy difícil de conseguir y tenía solo una bolsa y yo necesitaba tres. Él iba a localizarlas en otros bancos.

Ya pasaba la media noche y mi desesperación iba en aumento. Me levanté de mi asiento para decirle a Manuel que me iba y que trataría de conseguirla por otra vía, pero Manuel se acercaba con una sonrisa.

—Ya la conseguí.

Dijo alzando una de las bolsas como si fuera un trofeo. Me pidió que sacara el hielo. Extraje el paquete de mi mochila y vi que estaba empapada. Se había derretido una buena parte del hielo en la larga espera. Pero Manuel me animó diciendo que ese servía, que lo importante era que la sangre se mantuviera fría y que no se congelara. Le agradecí y se quedó mirándome en espera de algo. Comprendí de lo que se trataba y le dejé caer un billete de 10 CUC en el bolsillo. Martica me había advertido del riesgo que él corría por hacerme ese favor, dijo enfatizando la última palabra para que entendiera que había un precio.

Despejada y casi contenta salí del Banco de Sangre. La calle 23 estaba oscura y solitaria y de pronto me estremecí. A esa hora casi no pasaban carros y el transporte estatal es más demorado aún. Cuando llegué a la parada de la guagua no había nadie. Me quité la mochila de la espalda para que cogiera aire y se secara un poco la blusa. Estaba empapada. El agua corría por el canal que llega hasta el orificio trasero, dejándome una picosa incomodidad. Comencé a moverme y abrir un poco las piernas para que el líquido corriera fácil y se secara pronto. Di unos salticos con las piernas flexionadas mirando hacia abajo para ver el agua, cuando levanté la vista tenía un hombre frente a mí. Me sonrió con malicia. Enseguida me erguí y me puse muy seria. El hombre se paró muy pegado a mí y me dijo en susurro:

—Muévete otra vez, dale, mami, muévete.

Le dije que se apartara, que era una falta de respeto. Y en medio de los insultos que le propinaba me di cuenta que estaba sola en la madrugada con aquel hombre. Me paralicé, cogí la mochila y cuando iba a ponerla en la espalda él la haló, me dio una nalgada durísima y salió corriendo. Fui tras él, gritando a todo lo que daba mi garganta.

—¡!!Párate ahí, ladrón, ladrón!!!

Un carro patrullero que pasaba por la avenida muy despacio se detuvo ante mí y le expliqué atropelladamente que era un asaltante. Me abrió la puerta, indicándome que me sentara detrás y salió a tremenda velocidad tras el agresor. Por la avenida solitaria fue muy fácil toparse con el hombre. Lo distinguí en breve y respiré aliviada cuando vi que todavía tenía mi mochila en su mano.

Los policías actuaron con rapidez, detuvieron de inmediato el auto, que quedó ladeado entre la avenida y un matorral que colindaba del otro lado de la calle interrumpiéndole el paso al agresor. Y de pronto, con movimientos muy ágiles, esposaron al hombre sobre el capó del auto.  Cuando lo vi tan indefenso, salí inmediatamente a reclamar mi mochila.

—No, la tenemos como evidencia de un asalto. Tienes que acompañarnos a la estación de policía para que hagas la denuncia.

Dijo el policía, y la puso en el asiento trasero. Quedé inmóvil sin poder articular palabra, quise la que tierra se abriera y me tragara. ¿Qué iba a decirles cuando abrieran la mochila? ¿Que soy una vampira? ¿Qué podía contarles sin tener que comprometerme? Sin duda, estaba cometiendo un delito. Y el riesgo de cárcel me rondaba por la mente. Un sudor frío corrió por mi pecho.

No se me ocurría ningún argumento creíble. Estaba perdida, totalmente perdida y se me salieron las lágrimas.

Pero de pronto pensé que no podía llorar como una mujercita indefensa delante de mi agresor, tragué en seco y me dije: no, no le voy a dar el gusto de que me vea asustada ni llorosa, y ese pensamiento removió mi orgullo de mujer temeraria.

Me detuve ante la puerta del auto, mi vista quedó frente al matorral, pero bajé la cabeza para encontrarme con los ojos del policía y le pregunté como si la autoridad fuera yo:

—¿Tengo que ir allá atrás sentada junto a él?

El policía me miró con aprobación. Aprovechándome de su gesto de consentimiento, mostré con firmeza mi desacuerdo:

—No, no me voy a sentar a su lado. ¡Prefiero irme a pie!

Di la vuelta y me quedé mirando el tupido matorral.

El policía se acercó y me dijo amablemente que entendía que estuviera nerviosa, sabía el susto que había pasado, pero ellos no tenían otra opción, ese era el único transporte que estaba libre en la Estación. Lo escuché en silencio como una mujer obediente y orgullosa de serlo. Bajé la cabeza con un gesto de mansedumbre. La voz del policía sonó tierna:

—Vamos, que ya es muy tarde.

Continué en silencio, pero no me moví. Puso su mano en mi hombro y le agradecí con una palmadita sobre ella, miré de soslayo al agresor, y la mochila a su lado me tentó.  El hombre miraba hacia adelante con cara de pocos amigos. El policía me condujo hacia el auto y me dejé llevar suavemente. Se sentó al timón, y su acompañante se acomodó.

Me incliné en la puerta trasera como si fuera a abrirla, halé la mochila y con ella apretada contra mi pecho, salí corriendo por el matorral a todo lo que daban mis pies. La voz del policía: Alto, deténgase, me insufló más velocidad. Cuando se apagó de mis oídos, me detuve, respiré profundamente y sentí que estaba empapada, sin duda no quedaba ni un trozo de hielo, el agua rodaba por mis senos hasta los muslos, los pies estaban pegajosos y mojados.

No sé cómo llegué ante la puerta que toqué insistentemente.

—¿Estás herida? ¿Qué te pasó? ¡Vamos para el médico ahora mismo!

Dijo asustado mi hermano cuando abrió la puerta:

Hablaba atropellando las palabras y mirando con angustia mi talante. En la luz de la sala vi que no era agua sino sangre, las bolsas de A negativo se habían reventado. Le entregué la mochila. Sus preguntas no tuvieron respuesta. No podía hablar, había algo dentro de mí que me paralizaba, no sé si era dolor, decepción, miedo, cansancio, o todo a la misma vez.

A la mañana siguiente, fui la primera en la fila del Banco de Sangre. Le entregué mi brazo a la enfermera, cuando la muchacha introdujo la aguja en mi vena, miré para el otro lado, me impresiona ver sangre. No me importa si es A negativo o positivo, sería raro que se pudiera adivinar a simple vista, cuando veo A negativo me desmayo, sin embargo, el O positivo me da ánimos. Pensé, y me reí de mis ocurrencias, no estaba tan triste, al menos una de las bolsas de A negativo, quedó intacta.


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