ENTREVISTA CON EL POETA Y NARRADOR CUBANO RAFAEL VILCHES PROENZA
¿Cómo definirías Salón del Reino?
Salón del Reino es, probablemente, el libro que más tiempo me acompañó y el que más se resistió a existir. Durante años lo fui escribiendo sin saber del todo que estaba armando un volumen; era más bien una respiración paralela, una suerte de cuaderno secreto que iba creciendo al margen de todo lo demás y de mis andanzas por un país roto que se resistía a mi voz y a mi canto de libertad e independencia.
Es también el libro que más cerca estuvo de desaparecer. Fue el último manuscrito que la Seguridad del Estado logró sacar de una editorial en Cuba antes de mi salida del país. Permaneció inédito durante años, hasta que uno de mis hijos, en diciembre de 2022, logró sacarlo de la isla vía Serbia-Madrid. Tal vez por eso acabó convirtiéndose en otra cosa: no solo en un poemario, sino en el registro íntimo de una metamorfosis.
En él hay algo del diario, algo de la elegía y algo del testimonio personal y de una nación. Están mis amores y mis pérdidas, mis arrestos, mis secuestros, la devastación de un país y, también, la obstinación de seguir creyendo en la dignidad humana cuando todo parece derrumbarse.
No sabría definirlo como un libro de poemas en el sentido convencional. Lo siento más bien como un territorio donde las voces de una vida fueron entrando poco a poco hasta encontrar una música común. Si alguien quisiera entender no solo mi poesía, sino la temperatura moral y emocional desde la que he escrito, quizá tendría que empezar por aquí.
He leído en algún sitio, y confieso que no me ha gustado, que estos poemas “sobraron” en otros libros. Eso haría pensar a un hipotético lector que no es una unidad, que es un Frankenstein poético, una simple recopilación de retazos poéticos dispersos… ¿Quiero que cuentes, o precises, si lo crees necesario, si eso es cierto y qué razones te llevaron a reunir todos estos poemas “sobrantes” en un libro?
No, de ninguna manera son poemas sobrantes. Y quizá esa idea nació de algo que expliqué mal hace años.
Recuerdo un episodio decisivo: un día llegué a la casa de mi madre, busqué todos los cuadernos inéditos de poesía que tenía guardados y los rompí. Todos, menos uno. Ese cuaderno era Salón del Reino. No porque yo supiera ya lo que iba a ser, sino porque había algo ahí que se resistía a desaparecer.
Ese manuscrito me acompañó por toda Cuba: Bayamo, Holguín, Santa Clara, las casas de mis hijos… las estaciones de una vida bastante rota y bastante obstinada. Mientras escribía novelas o publicaba otros libros —muchas veces fuera de Cuba, cuando ya me habían censurado por completo—, estos poemas seguían apareciendo con una música distinta. No entraban en otros libros; parecían reclamar un espacio propio.
Yo suelo escribir un libro de poesía y luego pasar mucho tiempo sin escribir un poema, hasta que un nuevo universo verbal empieza a llamar y a cantar dentro de mí. Pero con Salón del Reino ocurrió algo raro: mientras soñaba otros libros, algunos textos nacían con otra respiración, como si pertenecieran a un mismo clima moral y emocional sin que yo lo hubiera decidido.
Por eso nunca lo he visto como una suma de fragmentos, sino como un organismo que tardó años en reconocerse a sí mismo. Hay poemas muy tempranos, incluso anteriores a Dura silueta, la luna, y otros que llegan hasta 2014, con las máscaras finales del libro. Sin embargo, el lector advertirá que hay una dramaturgia interna, una secuencia emocional y una música persistente que sigue acompañándome y golpeándome.
Quizá porque fue, sin yo proponérmelo, una larga bitácora de confesión. O quizá porque en él terminó entrando, de una forma u otra, el sufrimiento de un país y la vida de alguien que intentaba sobrevivir a ese derrumbe sin renunciar del todo a la esperanza y al amor.
Si miras ahora a Dura silueta, la luna (2003)… ¿qué ha cambiado en tu mirada poética, además de los más de veinte años transcurridos?
Quizá en Dura silueta, la luna había todavía una forma de candor. Lo ha dicho alguna vez José Alberto Velázquez: ese era, acaso, mi libro más inocente y hermoso. También el dolor era otro, y el país desde donde escribía todavía no había terminado de revelar todos sus mecanismos de devastación y humillación.
Ese libro lo escribí en Vado del Yeso, el lugar donde crecí. Años después entendí algo que entonces no podía nombrar: cuando llegamos allí, el 20 de mayo de 1970, nos estaban conduciendo a uno de los llamados “pueblos cautivos”, levantados por la revolución cubana por mandato del ser más nefasto de cuantos he conocido, Fidel Castro, para aislar a familias consideradas incómodas o desobedientes.
La poesía cambia cuando cambian las heridas, pero también cuando cambia la conciencia de lo vivido. Después de Dura silueta, la luna, quien escribió fue alguien más roto, más triste; alguien que había comprendido que vivir bajo un sistema totalitario no solo afecta la biografía, sino que también modifica el lenguaje interior, lo modifica todo.
Desde entonces he intentado escribir desde una honestidad radical, incluso cuando lo contado resulta incómodo. Quizá toda mi poesía posterior sea el intento de dejar un testimonio sin traicionar la complejidad humana ni la fragilidad de quien escribe un poema.
Eras conocido como narrador por una rara novela, Ángeles desamparados (2001), cuando empezaste a publicar poesía. ¿Recuerdas las circunstancias en las que ocurrió ese salto?
La verdad es que la poesía llegó primero. Escribía poemas desde los catorce años —o antes— sin saber muy bien de dónde venían. Lo curioso es que entonces no había leído prácticamente poesía ni conocía poetas. Sucedió como ocurren algunas obsesiones tempranas: algo empezó a hablar dentro de mí antes de que yo tuviera un lenguaje para explicarlo.
La narrativa apareció después, por necesidad. Hay experiencias que el poema no siempre permite contar del modo en que uno necesita ser escuchado.
Recuerdo un momento decisivo. Durante el Periodo Especial (en 1993 o 1994) coincidimos en Bayamo un grupo de escritores. Los únicos que no éramos de la ciudad éramos Guillermo Vidal y yo. Después de un evento literario, fuimos a almorzar al antiguo Hotel Central. O a intentarlo: terminamos sin comer, pensando más bien qué estaría comiendo nuestra familia en casa.
Guillermo me preguntó por un cuento que acababa de leer. Le hablé de aquella experiencia de infancia y adolescencia en las becas cubanas, esos espacios de internamiento y adoctrinamiento que marcaron profundamente a varias generaciones. Me escuchó un rato y me dijo una frase que no he olvidado: “Ahí tienes una novela”.
Tres meses después estaba escrita Ángeles desamparados. En el año 2000 la despojaron de un Premio Nacional de Novela y en 2001 fue finalmente publicada; sin embargo, meses más tarde fue recogida y convertida en pulpa por el Instituto Cubano del Libro y la Literatura. A veces basta que alguien vea la herida antes que tú para entender que llevabas años intentando contarla.
Hace un tiempo escuché este reto… era de algún modo la clásica discusión entre Sartre y Camus sobre la participación del intelectual en la política, trasladada a la poesía: “entre el escapismo de John Keats y el tribunalismo poético de Mayakovski…”. ¿Cuál eliges?
Nunca me ha convencido esa falsa disyuntiva entre el escapismo de Keats y el tribunalismo de Mayakovski. La poesía no tiene por qué escoger entre la torre de marfil y el panfleto.
Keats no huía del mundo: intentaba salvar algo de él a través de la belleza, y la belleza no es evasión, sino otra forma de conocimiento. Mayakovski, por su parte, convirtió el poema en plaza pública y terminó revelando, incluso trágicamente, las fracturas entre la utopía y el individuo.
A mí me interesan más los escritores que sostienen esa tensión sin resolverla del todo: Mandelstam, Celan, Vallejo, Cavafis, Brodsky, Milosz, Pasolini… poetas capaces de mirar de frente la historia sin entregar el poema a la propaganda, pero también de defender la complejidad estética sin desertar de la tragedia humana.
No creo en una literatura neutral; he vivido demasiado para creer en esa comodidad. Pero tampoco creo en la literatura subordinada a consignas: un poema convertido en cartel político envejece rápido.
Durante años intentaron convencerme de que los escritores, artistas o religiosos no debían mezclarse con la política. Aprendí exactamente lo contrario: no podemos dejarles la política únicamente a los políticos y a la policía. La tarea del escritor quizá sea otra: defender la conciencia crítica sin convertir el arte en obediencia.
Por eso no elijo del todo entre Keats y Mayakovski. Prefiero una poesía que no huya del mundo, pero que tampoco se arrodille ante él.
“La maldita circunstancia del agua por todas partes”, Piñera dixit. Escribir en la isla, escribir en el exilio… ¿qué ha cambiado en la escritura de Rafael Vilches Proenza desde tu escape de esa maldita circunstancia?
La libertad modifica incluso la respiración de quien escribe.
Durante años escribí bajo vigilancia: coches de policía frente a mi casa, vecinos convertidos en informantes, la sensación de estar permanentemente observado. Uno termina interiorizando el miedo, incluso cuando cree haber aprendido a convivir con él.
El exilio no elimina las heridas, pero cambia la relación con ellas. Aquí he podido revisar lo que logré salvar de Cuba —manuscritos, notas, libros— gracias a personas que arriesgaron mucho para sacarlos, y también he podido reconciliarme con partes de mí que habían quedado suspendidas en la supervivencia.
Escribir fuera de Cuba me ha dado distancia. Y la distancia, aunque dolorosa, también ilumina. Uno empieza a comprender que el trauma no era solo individual, sino histórico.
Pero el precio es alto. El exilio siempre tiene algo de amputación. Todos los días pienso en quienes quedaron atrás, en mi familia, en los presos políticos, en los amigos a quienes todavía no sé cuándo volveré a abrazar. De modo que, aunque ahora escriba desde la libertad, Cuba sigue entrando todos los días a mi mesa de trabajo, a mi vida.
¿Por qué Salón del Reino?
No es un libro religioso en el sentido convencional, aunque la espiritualidad atraviesa muchas de sus páginas.
El título nace también de una memoria personal. La primera religión que conocí de cerca fue la de una familia de testigos de Jehová. De niño me impresionó algo profundamente: la obstinación con que defendían sus creencias incluso bajo la humillación. No usar la pañoleta escolar, no saludar la bandera, no cantar el himno nacional, no bajar la cabeza ante las imposiciones ideológicas de un sistema que exigía obediencia absoluta.
Aquella dignidad silenciosa me enseñó algo esencial: la fe —religiosa, moral o política— solo tiene sentido cuando alguien está dispuesto a sostenerla incluso en condiciones adversas.
Quizá Salón del Reino también dialogue con eso: con la resistencia íntima, con la idea de que el ser humano puede ser golpeado, vigilado, expulsado, pero, aun así, conservar una zona totalmente inviolable de sí mismo.
Llevas tiempo utilizando las redes sociales para promover una idea que difiere de lo que muchos otros opositores esgrimen: cambiar la visión con la que se aplicaría el poder en una Cuba futura. En tu caso, insistes en que el soberano sea el ciudadano y no el pueblo. ¿Podrías explicar por qué esa insistencia?
Mi insistencia nace de una larga experiencia de vida como ciudadano en un régimen totalitario, donde no se reconocen los derechos ciudadanos, de mi condición de abogado, perseguido y preso político, de mi sensibilidad de escritor, de mi condición de académico, de mi convicción jurídica, filosófica y espiritual.
Una tradición literaria cubana me ilumino: la metáfora como creadora de realidades. En Jesus, Ignacio Agramjonte, José Marti y José Lezama Lima las encontré: Dios hizo a su imagen y semejanza, el individuo es soberano de sí mismo, y la ley primera de la republica como culto a la dignidad plena del hombre.
Los peregrinos que arribaron al continente americano no eran únicamente aventureros económicos. Muchos de ellos constituían comunidades religiosas perseguidas que concebían la libertad de conciencia como atributo esencial de la dignidad humana. Esa experiencia espiritual marcaría decisivamente el desarrollo posterior de nuestros patricios. La idea de que existen derechos anteriores al Estado, derechos que no dependen de la voluntad del gobernante, hunde sus raíces precisamente en esa tradición religiosa y jurídica.
Ahí aparece una diferencia esencial entre el pacto social y el contrato social desarrollado posteriormente por gran parte de la tradición revolucionaria francesa. Parte de la tradición americana, basado por el pacto social de la cristiandad, e influido por pensamiento protestante, por el Common Law y por la filosofía política inglesa, concibió los derechos individuales como anteriores al Estado. El poder político no crea esos derechos; apenas los reconoce y debe protegerlos. La Revolución Francesa, en cambio, aunque proclamó los derechos del hombre, terminó organizando la soberanía alrededor de la nación abstracta representada por el Estado. La Asamblea Nacional se convirtió entonces en intérprete suprema de la voluntad general y el ciudadano quedó progresivamente subordinado al aparato político encargado de representar esa soberanía nacional.
La Constitución norteamericana siguió un camino distinto. La expresión “We the People” posee una profundidad filológica y filosófica extraordinaria que frecuentemente se pierde en las traducciones convencionales al español. El problema no es meramente lingüístico. Es civilizatorio, jurídico y político. En buena medida, dos concepciones distintas de la soberanía permanecen ocultas detrás de dos estructuras gramaticales diferentes.
En inglés, la fórmula “We the People” comienza con el pronombre personal “We”: “nosotros”. Y ese detalle aparentemente simple resulta decisivo. Porque el “nosotros” anglosajón no funciona exactamente igual que la noción abstracta de “el pueblo” desarrollada posteriormente por gran parte del constitucionalismo continental europeo influido por la Revolución Francesa. En la tradición política inglesa y norteamericana, el plural conserva una fuerte carga individualizante. “Nosotros” significa una pluralidad concreta de sujetos determinados que actúan conjuntamente sin desaparecer completamente dentro de una masa colectiva indiferenciada. Ahí reside una diferencia filológica fundamental.
El inglés político heredero de la tradición anglosajona mantiene una relación mucho más estrecha entre pluralidad y personalidad individual. “We” no absorbe al individuo dentro de una entidad metafísica superior. Al contrario: presupone sujetos concretos que permanecen reconocibles dentro del conjunto. Por eso “We the People” puede entenderse, desde una lectura filológica profunda, como “Nosotros, cada uno de los ciudadanos que integramos el cuerpo político”. Ese matiz transforma completamente el problema de la soberanía. La soberanía deja entonces de residir en una abstracción colectiva separada de las personas reales y pasa a concebirse como algo distribuido entre ciudadanos concretos que pactan limitar el poder político mediante una Constitución.
Ello condujo a que los Padres Fundadores de la Nacion Cubana procuraran un proyecto de país basado el la soberanía del ciudadano, la incviolabilidad de los derechos inalienables y la justicia como fin del derecho.
En la tradición francesa revolucionaria, “el pueblo” tendería progresivamente a adquirir una dimensión abstracta susceptible de ser interpretada por una asamblea, un partido, una vanguardia revolucionaria o incluso un Estado centralizado que afirma actuar en su nombre. El individuo termina subordinado a la voluntad general. En cambio, la estructura lingüística de “We the People” conserva mucho más claramente la idea de pluralidad operativa. No habla una masa homogénea. Hablan ciudadanos concretos. Desde el punto de vista filológico, incluso puede observarse algo todavía más profundo: el sujeto sintáctico verdadero de la frase no es “People”, sino “We”. El núcleo activo de legitimidad permanece entonces vinculado a la persona y no exclusivamente a la colectividad abstracta.
Esa diferencia filológica termina produciendo consecuencias jurídicas enormes. El Estado queda limitado; los derechos son anteriores al poder; la Constitución funciona como pacto y no simplemente como contrato social; el juez adquiere centralidad protectora; y la soberanía permanece distribuida en la ciudadanía. Las civilizaciones también organizan el poder mediante el lenguaje. Precisamente por eso la diferencia entre “We the People” y “La soberanía reside en el pueblo” no constituye únicamente una cuestión semántica. Es una diferencia de antropología política.
La soberanía deja entonces de residir en una abstracción colectiva llamada pueblo o nación y se traslada hacia el ciudadano concreto. El individuo aparece como sujeto primario de derechos inviolables frente al Estado. La función del gobierno deja de ser únicamente administrar la voluntad colectiva y pasa además a garantizar espacios de libertad personal que el poder político no puede legítimamente destruir.
Pueblo es una categoría colectiva; el ciudadano es una persona concreta. Cuando se dice que “el pueblo” es soberano, siempre aparece alguien que pretende hablar en nombre de ese pueblo: el partido, la revolución, el caudillo, la mayoría circunstancial o el Estado. En cambio, cuando afirmamos que el soberano es el ciudadano, colocamos el poder político bajo la autoridad moral y jurídica de cada ser humano, creado por Dios a su imagen y semejanza, titular de derechos inalienables que ningún Estado, partido ni mayoría puede confiscar.
En esa Cuba futura, ¿qué peligros implicaría continuar con el modelo (que, por cierto, también es asumido por el gobierno de la isla desde 1959) que establece al pueblo como soberano?
El peligro de mantener la soberanía popular, la soberanía residiendo en el pueblo, que es la gran muchedumbre donde el ciudadano se diluye, como fórmula, permite convertir una abstracción en instrumento de dominación, que las castas políticas y económicas usurpen ilegitima, pero legalmente, la soberanía de los ciudadanos. En Cuba, desde 1959, Fidel Castro, decía en sus maratónicos discursos, una y mil veces, “nosotros el pueblo”, y era una gran mentira. Era solo él; Fidel Castro, el poder, invocando constantemente al pueblo para su obra mesiánica, para reprimir al ciudadano. En nombre del pueblo se ha encarcelado, confiscado, exiliado, censurado y vigilado. Por eso sostengo que la futura República no puede limitarse a cambiar gobernantes; debe cambiar el fundamento mismo del poder, debe cambiar el sujeto político. Si el pueblo sigue siendo una masa manipulable, el ciudadano volverá a quedar indefenso ante quienes digan representarlo.
¿Crees que los líderes de la oposición que ahora mismo encabezan el entorno político en la isla y la diáspora son conscientes de la necesidad de tener en cuenta esta diferencia entre el ciudadano como soberano y el pueblo como soberano?
Todos los líderes opositores al castrismo. tanto los que están dentro de la isla como los del exilio y la diáspora, intuyen la necesidad de la democracia, los derechos humanos y las elecciones libres, pero no siempre advierten la profundidad conceptual de esta diferencia. La democracia, por si sola no es suficiente. Muchos déspotas han ganado las elecciones. La democracia popular puede convertirse en una casta corrupta. No basta con sustituir una dictadura por un sistema electoral. La pregunta esencial es: ¿quién será el verdadero soberano al día siguiente de la transición? Si la respuesta sigue siendo una entidad colectiva superior al individuo, entonces no habremos fundado plenamente una República de todos y para bien de todos, donde el soberano sea el ciudadano, porque Dios nos hizo a su imagen y semejanza, donde los derechos inviolables sean los inalienables, por la dignidad humana y donde el fin del derecho sea la justica, que es lo armónico, lo equilibrado, lo que se merece cada quien teniendo en cuenta la totalidad de las circunstancias, sino apenas una democracia vulnerable a nuevos autoritarismos.
Una frase que suele escucharse en el mundo de la política es “los políticos siempre llevarán el timón, porque siempre alguien deberá asumir la voz del ciudadano y tomar las decisiones en su nombre”. En esa Cuba futura, ¿cómo puede el soberano (el ciudadano) fiscalizar que el poder que deposita en manos de los políticos se adecue a lo que él, en tanto ciudadano, determine.
El ciudadano soberano debe ser la primera y última fuente de poder. Los políticos, desde las instituciones no deben ser más que servidores públicos, un servidor del ciudadano, el verdadero soberano. En consecuencia, debe elegir a sus servidores públicos, a sus políticos, fiscalizar el poder mediante instituciones, pero también mediante una cultura constitucional. Debe existir separación, división e independencia real de los poderes públicos: tribunales independientes, prensa libre, acceso a la información pública, revocación de mandatos en determinados casos, elecciones periódicas, control judicial de la constitucionalidad, transparencia administrativa y responsabilidad civil y penal de los funcionarios. Pero, sobre todo, debe existir la conciencia de que el político no es dueño del poder: es apenas un depositario temporal de una autoridad delegada por el soberano, el ciudadano.
Y ya que estamos en el tema: ¿qué papel jugarían los políticos y sus partidos en un escenario donde el soberano sea el ciudadano?
Los políticos y los partidos que, en la nueva Era de la Revolución Digital, más que partidos deben corriente de pensamiento respetuosa de la pluralidad, son necesarios, pero no pueden convertirse en nuevos soberanos. Deben estar al servicio de los ciudadanos. Su función debe ser organizar propuestas, articular intereses legítimos, formar gobiernos y ofrecer caminos de administración pública, Pero en una República fundada sobre la soberanía ciudadana, los partidos no están por encima de la Constitución, ni de los derechos, ni del ciudadano. Son instrumentos de representación, no propietarios de la nación.
¿Y los poderes del Estado? ¿Mantendrían su independencia o tendrían que someterse a la soberanía del ciudadano?
Los poderes del Estado deben mantener más que su independencia, su separación y división, precisamente porque esa independencia es una garantía del ciudadano soberano. El Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial, el Fiscal y el Electoral, deben ser elegidos por los viudadanos, pero no deben someterse a una voluntad popular manipulada ni a un partido dominante, sino al orden constitucional que reconoce al ciudadano como fuente primera y última y límite del poder. La soberanía ciudadana no significa que cada ciudadano gobierne directamente cada acto del Estado; significa que todo poder público existe para servir, proteger y garantizar sus derechos.
Otro reto: el ciudadano no es un monolito, es un complejo y muy variable recipiente de ideas… y en el caso cubano estamos hablando ahora mismo de casi catorce millones de ciudadanos, contando isla y diáspora. ¿Qué mecanismos tendría que tener la sociedad para que todas esas voces sean realmente soberanas y puedan poner esa soberanía en función del desarrollo del país?
La pluralidad ciudadana exige mecanismos amplios de participación. Cuba no puede ser reconstruida excluyendo a la diáspora, ni reduciendo la nación a quienes viven dentro de la isla. Deben existir elecciones libres, representación de los cubanos en el exterior, consultas vinculantes sobre asuntos fundamentales, iniciativa legislativa ciudadana, autonomía municipal, libertad de asociación, universidades libres, medios independientes y una justicia accesible. La soberanía ciudadana no elimina la diversidad: la organiza jurídicamente para que ninguna voz sea aplastada por otra. Con todos y para el bien de todos, con multiciudadanía, con un Estado Posmoderno, insertado en las interdependencias nacionales, en procesos legítimos de integración, para contribuir al equilibrio aun vacilante del mundo, como nos enseñara José Marti; patria es humanidad.
Hay un elemento esencial en el caso cubano: “la fuerza del pueblo” utilizada como instrumento y canal de represión del ciudadano. ¿Qué papel tendrían los órganos militares, de defensa y de control de la disciplina social en una Cuba futura?
En Cuba, la llamada “fuerza del pueblo” fue deformada hasta convertirse en mecanismo de vigilancia y represión contra el ciudadano. En una Cuba futura, las Fuerzas Armadas, la policía y los órganos de seguridad deberán estar subordinados estrictamente a la Constitución, al poder civil legítimo y al respeto de los derechos fundamentales. Su función no será defender a un partido ni disciplinar ideológicamente a la sociedad, sino proteger la soberanía nacional, el orden constitucional y la seguridad y servir de protector de todos los ciudadanos.
Háblanos de tu libro más reciente sobre este tema: “De la soberanía popular a la soberanía ciudadana”. Además de lo que hemos hablado en esta entrevista, ¿qué encontrará el lector en las páginas de tu libro?
En De la soberanía popular a la soberanía ciudadana, el lector encontrará una reflexión sobre el problema central de la historia política cubana: la sustitución del ciudadano por abstracciones colectivas que han terminado justificando el poder absoluto. El libro propone una nueva arquitectura constitucional para Cuba, fundada en la dignidad de la persona humana, los derechos inalienables, la separación de poderes, la justicia como fin del derecho y la reintegración de la nación cubana —isla y diáspora— en una misma comunidad histórico cultural con una personalidad jurídica. No es solamente un libro contra la dictadura; es una propuesta para impedir que, después de la dictadura, vuelva a nacer otra forma de poder contra el ciudadano.
El fatalismo geográfico afirma que no es posible; sin embargo, del recóndito caserío de Las 1009, en Cuba, salió Rafael Vilches Proenza (1965), prolífico escritor que desde los años 90 se insertó en el ruedo literario cubano y nos ha dado ya alrededor de 15 libros, entre poemarios y novelas, publicados en la Isla y el extranjero. Lo conocí en Bayamo, hace tres décadas, cuando ambos llegábamos a esa ciudad y nos vinculábamos a su ambiente cultural. Fue la escritora Zoelia Frómeta, actualmente radicada en México, quien nos presentó y propició una amistad que perdura y crece a través de los años. De entonces recuerdo la intensa correspondencia postal que intercambiábamos. Todavía las redes sociales ni los teléfonos celulares existían, de modo que, aunque nos veíamos casi todas las semanas, nos enviábamos cartas, que a veces llegaban después de nuestro próximo encuentro. Juntos participamos en proyectos, como el Grupo Literario Espiral, fundado por Zoelia, que aglutinaba escritores en ciernes, y el Concurso de Cuentos Breves Vértice, primero de su tipo en Cuba. Tuve el honor de leer los originales de algunos de sus libros, como Ángeles desamparados, su primera novela, que en aquel momento fue escandalosa y que aprovechó una hendija de la censura para salir publicada por Ediciones Bayamo (2001). Mucha agua ha corrido, como solemos decir, y luego de ir y venir por diferentes ciudades, como Holguín, Santa Clara y Las Tunas, y de hambres, exclusiones, persecuciones, acoso y maltratos, Vilches se exilió en Madrid, donde radica hoy día y desde donde continúa haciendo literatura y defendiendo el derecho a la libertad de los cubanos, razón por la cual se convirtió en un indeseable para la dictadura comunista en Cuba.
Haz hecho famoso a Las 1009, ¿dónde está o estaba ese pueblo? ¿Qué queda de él? ¿Cómo podemos rastrearlo en tu literatura?
Quizás fue un escritor haciéndome una entrevista en la Radio Bayamo, quien me hizo consciente de dar luz al pueblito que me vio nacer. Ese minúsculo sitio perdido en la geografía del oriente cubano, en las cercanías del río Cauto, entre Las Tunas y Bayamo, del que me fui al cumplir el año, al que estuve retornando hasta la adolescencia, para visitar a mis abuelos, tíos y primos. Allí fui feliz, es el lugar al que retorno siempre en la memoria a la hora de enfrentarme al hecho poético. Todo el hechizo que puede brotar en mis versos viene de ahí, de esos recuerdos que recobro en la memoria, y de Vado del Yeso, adonde me fui a vivir en mayo de 1970, hasta que salí a recorrer el país, y donde aún viven mi madre, mis hermanos, la gente que conozco de siempre, donde está enterrado mi padre y la mayoría de mis familiares y amigos muertos. En El Cero de Las 1009, nombre del terruño donde nací un 10 de diciembre de 1965, aún queda un puñadito de casas o de olvidos. Tengo una novela inédita que lo toma como escenario en el período que duró la catastrófica “Zafra de los 10 millones”, uno de los incontables descalabros del tirano Fidel Castro.
Sin dudas, Vado del Yeso es el lugar que te vio crecer y aparece de manera más explícita en tu narrativa. ¿Cómo describes ese pueblo? ¿Cuáles son los mejores y los peores recuerdos que tienes de ese lugar al que siempre vuelves?
Es una comunidad de 24 edificios inaugurada por el tirano en 1970, situada en un apéndice de la carretera central de Cuba que une Las Tunas con Bayamo, a medio camino entre una ciudad y la otra. Se trata de uno de los tantos pueblos cautivos que se construyeron por toda la Isla, para sacar a los campesinos de los lugares donde podían rebelarse y alzarse en contra del gobierno. A ese lugar fueron a parar casi todas las familias de la zona y muchos siquitrillados de todas partes, en especial de Santiago de Cuba, La Habana y la Sierra Maestra. Allí llegué de cuatro años, después de haber vivido en Jucarito, un caserío cercano al Cero de Las 1009. Vado del Yeso aparece en mis novelas Ángeles desamparados y Sálvame si puedes (Premio de narrativa Reinaldo Arenas, Miami, 2020). Fue el escenario de mis primeros amores, mis primeras broncas, donde tuve mis primeros maestros y amigos, donde conocí a los primeros Testigos de Jehová, los primeros Actos de Repudio a desafectos de Castro. Los recuerdos son muchos: tristes, amargos, felices. La única vez que vi a mi padre borracho, decían: “El ron se le subió a la cabeza…”. A lo mejor por eso soy un escritor extraño, al que las bebidas alcohólicas no le llaman la atención. En esa comunidad de cajones de concreto, al mejor estilo ruso, fue donde comencé a reunirme con escritores, pintores, trovadores, actrices y actores, una de las ventajas de que hubiesen traído a gente de tantas partes. Los mejores recuerdos siempre están relacionados con los amigos de la infancia y la adolescencia. Entre los peores recuerdos que martillan mi memoria están las horas de los noticieros y los discursos de Fidel Castro por la televisión, aquel barbudo hablando horas y horas “para acopio”, no nos permitía ver los dibujos animados, las películas, lo único que me interesaba de la TV cubana. Allí escribí mis primeros libros de poesía y terminé mi primera novela. La inocencia me hizo creer que fui feliz. Hoy sé que fuimos unos desdichados. Pero es un sitio, que, a pesar de su depauperación en todos los sentidos, sigo amando.
¿Te sientes agradecido o rencoroso por haber vivido en Vado del Yeso?
Con Carlos Manuel Pérez, autor de esta entrevista.
Sé que merecíamos un mejor espacio. Pero, ahora ni siquiera siento rencor; a veces me embarga un vacío inmenso que solo lo llena la gente buena que conocí y con las cuales conviví los años en que fui creciendo en el barrio. Hoy reconozco como héroes a Lando Acosta, a quienes en el año ‘80, cuando la llamada Crisis del Mariel, sus propios vecinos le tiraron huevos, le gritaron “escoria, gusano, váyanse del país, no te queremos”, y permaneció viviendo en el edificio 6, en la misma casa, con su familia, y siguió pensando como pensaba. Y a otro que salía a la calle y se cagaba en la madre de Fidel, y los del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) llamaban a la policía y se lo llevaban preso, lo metían en la cárcel unos años sin celebrarle juicio, y cuando cumplía la sanción y regresaba a su casa, se volvía a cagar en la madre del esbirro y lo retornaban a la cárcel. En mi corazón no hay odio, no soy Dios para juzgar, pero no olvido, y la justicia para todos aquellos que nos hacen padecer todo ese horror y las miserias de todo tipo tiene que llegar.
¿En qué momento descubriste que querías ser escritor? ¿O eso llegó como un proceso natural en tu vida? ¿Cómo fue?
Fui consciente del proceso que me llevó a la escritura después de adulto, de haber ganado premios, publicado libros. No fue el azar ni algo fortuito: mi madre siempre ha sido una excelente contadora de historias y una gran conversadora. Ella debió ser la escritora. Mi abuelo, Erade Proenza Almaguer, era un decimista repentista; al igual que su hijo, tío Ismael. Mi papá, sus hermanos, mis primos, los mejores contadores de cuentos que he conocido, sus chistes nos hacían desternillarnos de la risa. Abuela Liduvina Socarrás Gómez fue una fabulosa contadora de las historias. O sea, no vengo de la nada, eso se fue acumulando en mí. Y cuando de niño iba a la casa de mis abuelos los fines de semana, una de mis tías me leía libros. Recuerdo nítidamente Flor de leyendas, del español Miguel Alejandro Casonas, recopilado por el también español, Herminio Almendros. Comencé a escribir poesía allá por 1978 o 1979. Un día escuché por la radio un monólogo de Carlos Ruiz de la Tejera sobre alguien que escribía libros, y ahí le puse nombre a lo que iba a ser toda mi vida: escritor.
¿Hubo algún libro o autor memorable en tu infancia, adolescencia o primera juventud que te inspirara o quisieras imitarlo?
No sé si la palabra sea imitarlos, ya te dije que para mí fue como un hechizo descubrir los cuentos de Miguel Alejandro Casonas. Pero después, en mi adolescencia, conocí a una maestra a quien amo, respeto y admiro. Fue quien me llevó al mundo de los libros. Yo leía lo que me caía en las manos, las revistas del único estanquillo de periódicos que había en mi pueblo, fue mostrándome a escritores españoles, norteamericanos, ingleses, franceses, alemanes, rusos… Fue un universo literario lo que esta muchacha acarreó hasta mi casa. Y entonces, sí, hubo muchos autores que amé y sigo amando, aunque ya no los lea. Quizá sea contradictorio, yo leía novelas, teatro y cuentos, y escribía poesía. Sin embargo, el primer libro que publiqué fue una novela, en 2001. En honor a la verdad, mi primerísima publicación fue un cuento, en la revista española El Pájaro de Papel (Alcobendas, 1997), perteneciente al Grupo Literario Ícaro.
Creo que antes de llegar a Bayamo, formaste parte de un taller literario en Río Cauto, la cabecera municipal de Vado del Yeso. ¿Qué te aportó esa experiencia? ¿La consideras importante en tu vida como escritor? ¿Qué opinión tienes de los talleres literarios en Cuba?
Me reunía con la especialista de literatura Ana Julia, que había sido alumna de quien luego sería mi amigo y una especie de maestro o guía, Guillermo Vidal, en Las Tunas. A Río Cauto le debo mucho, allí fui especialista de literatura en la Casa de la Cultura y administrador de la única librería que existía en el municipio. Gracias a esas posiciones pude formar a escritores y nutrirme de ellos. Teníamos una especie de grupo literario en Vado del Yeso, con Laura Bazán y Omar Labrada Puig. Creo que los talleres literarios son buenos hasta una edad, a partir de la cual debes salir a volar, a encontrarte contigo mismo y con el mundo, y todo depende del maestro que tengas.
Recuerdo cuando nos conocimos en Bayamo. Entonces eras muy tímido o aparentabas, ¿qué queda de ese chico que daba sus primeros pasos en la literatura?
Con su esposa, la escritora cubana Ana Rosa Díaz Naranjo, en Madrid.
Creo que sigo siendo el mismo ser tímido, que tuvo la suerte de llegar a Santa Clara, Las Tunas, y Bayamo y conocer a mucha gente linda que me abrieron puertas. Algo de esa timidez desapareció cuando me fui a vivir a Holguín y comencé a formar parte de una ciudad artística literaria, una experiencia parecida a la que ya había vivido en Santa Clara, Las Tunas y Bayamo. Esos tres encuentros me armaron de una coraza.
De esa etapa es el Grupo Literario Espiral. ¿Cómo recuerdas ese período? ¿Qué opinión tienes de Espiral a la luz de los años?
Considero que fue uno de los mejores períodos de la literatura joven en la ciudad. A pesar de no contar con nada, fue un momento lindo en la cultura y la literatura en Bayamo. Los artistas y escritores andábamos juntos, fundamos y fuimos partícipes de hechos y eventos que iban ocurriendo y algunos aún permanecen. Además de los escritores, contábamos con trovadores y pintores de excelencia. Con Espiral hubo un antes y un después en la cultura y la literatura que se hacía en la provincia de Granma, creo que otros deberían hablar de ello, quizá cuando algunos dejemos de ser escritores censurados y nuestra obra dejé de estar prohibida en Cuba, eso suceda.
Lamentablemente, Gelasio, uno de los miembros más prominentes del grupo, murió demasiado temprano, era un escritor con muchas cuartillas por llenar. Pero ¿qué noticias tienes de los otros amigos de Espiral?
Gelasio Barrero era el cuentista del grupo y se nos fue cuando solo había publicado un excelente libro de cuentos, nunca supimos el destino de su papelería, su biblioteca fue vendida por la familia como libros de uso. De los otros miembros: Zoelia, en México; tú, en los Estados Unidos; Omar y Juan Manuel permanecen en Bayamo; Navea en Cárdenas, Matanzas; Rigoberto, en La Habana, y yo en Madrid. Imagino que todos sigamos activos como escritores. He tenido la dicha de en estos días poder compartir Madrid con Omar y contigo, toda la felicidad y complicidad de aquellos días ha regresado con ustedes a esta ciudad.
En esos tiempos, también, comenzaron a llegarte los premios. ¿Qué trascendencia han tenido estos en tu vida literaria? ¿Crees que es importante para un escritor darse a conocer, participar en concursos?
Los premios en Cuba no me llevaron a ninguna parte, los libros pasaron sin penas ni gloria. Algunos tuvieron buena acogida de la crítica y los lectores, pero en su momento fueron recogidos de librerías y almacenes, para hacerlos pulpa, por mi condición de disidente, abiertamente opositor al gobierno. Y no es una suposición, amigos que trabajaban en el Instituto Cubano del Libro (ICL), rescataron algunos ejemplares de mis libros antes de que se los llevarán para destruirlos y convertirlos en pulpa de papel, y me los hicieron llegar a Holguín, con notas que narraban lo sucedido y pidiéndome de favor que si hablaba de este suceso nunca dijera sus nombres. Jamás he escrito pensando en concursos, pero he agradecido cuando he ganado algún Premio, desde el Batalla de Guisa, el 20 de octubre, en mi provincia, hasta el Premio de Poesía Dulce María Loynaz y el de Narrativa Reinaldo Arenas, en Miami. Creo que sí, los Premios hacen que tu nombre y tu obra se hagan visibles ante más lectores, y en esa maquinaria que mueve a escritores y libros en el mundo te ubican en algún escalón.
Con su amigo, el escritor Ghabriel Pérez.
Todavía estabas en Vado del Yeso-Bayamo cuando fueron publicados tus primeros libros, recuerdo especialmente la novela Ángeles desamparados. ¿En qué circunstancias la escribiste? ¿Por qué escogiste el tema de las escuelas internas (becas) y por qué lo trataste de manera tan desgarradora? ¿Por qué tus personajes nos resultan tan familiares y conmovedores a quienes pertenecemos a tu generación? ¿Crees que ese tema funciona más allá de las fronteras cubanas (¿ha funcionado?)?
Vivía entre Vado del Yeso, Bayamo y Holguín, cuando vieron la luz mi primera novela Ángeles desamparados, y el libro de poesía Dura silueta la luna. En el barrio Chinchacoja concluí Ángeles… en 1996. Fue una historia que comencé a escribir en mi primera estancia en Santa Clara. El origen fue un cuento que presenté en un Encuentro Debate de Talleres Literarios, donde el jurado era de altos quilates: José M. Fernández Pequeño, Omar Álvarez y Guillermo Vidal. El encuentro lo ganaron, Gelasio, y Oro, un muchacho de Río Cauto que enseguida desapareció del ambiente literario. Todo empezó por una conversación que tuve más tarde con Guillermo Vidal. Mientras almorzábamos me pidió que le hablara más del tema del cuento. Cuando terminé, me dijo: ahí hay una novela. En realidad, ya tenía escritos algunas cuartillas que pensaba eran cuentos, entonces los uní, escribí como un mulo y le di forma a la historia y así salió la novela. ¿La beca? Fui uno de los tantos niños que sufrió el martirio de las becas, sin ser conscientes de que eran campos de concentración para adoctrinar niños, adolescentes y jóvenes. La novela quizás fue la manera de exorcizar todo el horror padecido en aquella escuela. Cuando me separaron de mis padres y mis hermanos, todavía estaba en la edad de los juegos y los juguetes, y tuve que comenzar a vivir como un hombre lejos de la familia y los amigos. Metí en una noche todos los miedos, los terrores que aún guardaba en la memoria, los que no habían logrado borrarse a pesar de los años. Está bien que me preguntes eso: ¿Por qué tus personajes nos resultan tan familiares y conmovedores a quienes pertenecemos a tu generación?: Antes de que desapareciera la novela de las librerías, iba a presentarla en escuelas, a estudiantes de generaciones posteriores a la nuestra, los chicos se acercaban y me decían, eso me sucedió a mí, yo soy tal o más cuál personaje. Y eso me lo confesaron, también, personas de generaciones anteriores. Es una novela histórica, aunque no me lo propuse. Una novela histórica con otros rubros, otra manera de asumir el género. Creo que funciona más allá del ámbito cubano, como a nosotros nos funciona La ciudad y los perros o Los cachorros. Ángeles desamparados tiene tres ediciones, dos de ellas fuera de Cuba, en España y los Estados Unidos, estoy pensando en una cuarta. Una manera de que el lector alejado del tema Cuba descubra la verdad del horror causado por la dictadura castro-comunista al pueblo cubano.
Escuché a algunos decir que Ángeles desamparados se parece mucho a la narrativa de Guillermo Vidal. ¿Reconoces su influencia?
Muchos comparan Ángeles… con Matarile, novela de Vidal que tuvo gran resonancia en la Isla y que fue publicada antes que la mía. Pero, en verdad, no tienen nada que ver. Reconozco la influencia de Guille desde el hecho de que fue él quien me impulsó a convertirme en novelista. En cuanto al estilo, la manera de cortar las oraciones como lo hizo en Matarile, fue saliendo así. Acongojado por eso lo fui a ver, le conté lo que me estaba sucediendo, y me dijo: “Vilches, no te preocupes, yo lo robé a los escritores norteamericanos, como lo hicieron Manuel Puig y otros”. Así que me fui a casa y seguí escribiendo mi historia, una historia de vida, como lo fue Matarile para nuestro amado Guillermo Vidal.
¿Te gustaría ser recordado por Ángeles desamparados? O, ¿por cuál de tus libros te gustaría ser recordado?
Me gustaría ser recordado, más que por mis libros, por el amor que prodigo a los demás. Dígase a los seres humanos con quienes tuve la suerte de convivir e interactuar en mi paso por la vida. Lo que pase con mis libros de poesía o las novelas, ya será cosa de los lectores y de una maquinaria que ni sospechamos se mueve alrededor del arte y la literatura.
Tu novela Sálvame si puedes, vuelve a tratar el tema de la juventud sin esperanzas en un olvidado pueblo de provincia, que más que a Macondo o Comala, se parece a Vado del Yeso. ¿Es esta una continuación de Ángeles desamparados? ¿Por qué volviste sobre el tópico de la vida sin esperanzas de los jóvenes cubanos? Los personajes, otra vez, son como nosotros o nuestros amigos, ¿por qué?
Esta, que es mi tercera novela publicada, efectivamente se desarrolla en Vado del Yeso. Y es, como dices, una ciudad de “Ángeles desamparados”, donde la mayoría de sus jóvenes han salido huyendo, primero a La Habana, luego al extranjero, es un pueblo derruido y envejecido por el tiempo y la miseria a la que ha sido condenado. Siempre vuelvo al barrio que me vio crecer, me siento en deuda con esa gente que me ama y admira. Todas las historias se pueden encontrar en la vida de individuos que conozco desde siempre. Los personajes de esta novela fueron mis vecinos, mis compañeros de aula o de calle. Gente que quise y admiré, muchos ya no están en el barrio o han muerto, y utilizo sus nombres para verlos y hacerles un homenaje, aunque la vida y la historia que creé no les pertenezca. Cuba es un país sin esperanza, donde nadie es joven, aunque haya acabado de nacer. Allí no hay futuro para los hijos de vecinos, los de a pie, eso sí duele. Esta es otra novela histórica, contada y escrita a mi manera, donde desnudo mis dolores, y los padecimientos de los míos.
Repito la misma pregunta que te hice sobre Ángeles desamparados, ¿crees que el tema de Sálvame si puedes tiene trascendencia más allá de las fronteras cubanas y los lectores insulares?
Y yo te repito que sí. Ha tenido muy buena recepción por parte de la crítica. Como mismo nos funcionaron a nosotros, en los noventa, No se lo digas a nadie, de Jaime Bayly, Lo peor, de Ray Loriga, por solo citar dos novelas que llegaron a nuestras manos, de contrabando y nos removieron.
En tu novela Inquisición roja tratas el tema de la UMAP (Unidades Militares de Apoyo a la Producción), uno de los aspectos más escalofriantes y menos abordados de la historia cubana, ¿qué te motivó para escoger ese tema?
Es un tema que está en mi inconsciente desde la niñez. Crecí viendo cómo los hijos de las familias de Rebeca Escalona Suárez y Evelio Rondón Fuente, también la familia de los Ramos, eran maltratados y relegados por no cantar el himno nacional, no saludar la bandera, ni usar la pañoleta escolar. Aquello me parecía humillante, y muy atrevido y valiente, de parte de aquellos niños que no se dejaban amilanar y defendían sus creencias sin hablar. En casa siempre se referían a Camilo Cienfuegos y Huber Matos como héroes. Hablaban, igualmente, de las UMAP. Eso se fue quedando en el disco duro, hasta que pude investigar sobre los Testigos de Jehová, los presos políticos, y los pueblos cautivos (a pesar de ser Vado del Yeso uno de esos pueblos, creo que leí por primera vez del asunto en un número de la revista Encuentro de la Cultura Cubana) y la Guerra Civil en el Escambray, de donde es mi familia paterna. Esta novela la comencé a escribir en Bayamo cuando era el Presidente de los artistas y escritores jóvenes de la provincia (AHS), la continué en Holguín y la concluí en Santa Clara, en un alquiler detrás del famoso Centro Cultural El Mejunje. Le di la forma final en 2019, ya viviendo en Las Tunas, al amparo de Ana Rosa Díaz Naranjo, mi primera correctora y editora, mi Maga.
Esta novela ha tenido buena acogida en el ámbito literario cubano de la diáspora, ¿crees que haya sido simplemente por el tema, o por la valentía con que lo trataste, o por el estilo literario, o por todo a la vez?
De mis libros ha sido el que mejor se ha vendido. Otra novela histórica a mi manera. Excelentes críticos la han comentado. El tiempo dirá por qué su repercusión. Sé que es un tema duro. Por ella también fui amenazado en Cuba. Es cierto que todo el mundo no tiene la valentía de tocar una cuestión como las UMAP viviendo en Cuba, pero no he sido el único. Conozco a otros escritores que viviendo en la Isla tocaron otros temas igual de peligrosos y publicaron sus libros en el extranjero antes de abandonar el país, y algunos aún permanecen allá.
Has afirmado que tus tres novelas publicadas pueden categorizarse como históricas, ¿por qué lo consideras así?
No es que me lo haya propuesto, ni siquiera sé cuáles son los límites o parámetros de la novela histórica. Recientemente Ana y yo fuimos a Vallecas, cuando la Feria del Libro de Madrid, donde una escritora amiga firmaba su libro, y nos encontramos que le estaban haciendo una entrevista a Isabel San Sebastián, quien sí escribe novelas históricas, y pude darme cuenta de que lo único que hago igual que ella, es tener claro cuál es el inicio y el final de mis libros, de dónde parto y hacia dónde voy, así comienzo a escribir, a dar forma a la historia, que puede ir cambiando, los personajes van saliendo y, generalmente, son gente que conozco o conocí. De Inquisición roja ha dicho Mayra González, una muy exigente y acuciosa lectora de literatura cubana: “Un libro que en una Cuba libre tendrá que formar parte del sistema educativo ya sea como literatura y/o dato histórico…”
¿Estás conforme con tus novelas, o luego de publicadas hubieses querido cambiar o agregar o suprimir algo?
No sé si esté conforme con ellas. Las trabajo hasta la saciedad, hasta el segundo antes de ver la luz en una editorial, luego no me gusta releerlas después de publicadas. Cosa que no me ocurre con los libros de poesía.
¿Alguna vez te has sentido discriminado por algún motivo, especialmente dentro del círculo literario cubano?
Sí. En Cuba los amigos o colegas en el mundo de la literatura son muy complejos, se pueden dividir, clasificar de muchas maneras, voy a nombrar tres grupos, son más. Uno, los que son tus amigos a todas, y no les puedes exponer tus opiniones políticas. Dos, los que se creen políticamente correctos, apoyan a la dictadura y su discurso -cuando aflora algún tema espinoso que les puede dañar su área de confort-, es más o menos así: “Vilches, mi hermano, te agradecería que no me toques nada de politiquería, ese es un tema que no me interesa y no tengo tiempo para perderlo en eso. Nosotros somos escritores, lo demás es de los políticos”. Y Tres, es ese grupo que más que disentir, le mete el pecho a cara descubierta a la dictadura, a los dictadores y a sus lacayos, y se exponen a ir presos por gritar Patria y vida, pedir libertad para los presos políticos y para Cuba. En ese tren me monté hace mucho tiempo, pero no soy el único, gracias a Dios.
En la campaña de apoyo internacional a la escritora María Cristina Garrido, prisionera política de la dictadura cubana.
Ya sé que has sufrido censura y persecución, algo típico en Cuba, ¿qué, específicamente, ha provocado ese encono oficial en tu contra? ¿Sientes que ese constante estado de estrés ha influido en tu literatura de algún modo, positiva y/o negativamente? ¿Piensas que si hubieses vivido en un país libre tu literatura hubiera sido diferente?
No sé si mi literatura hubiese sido diferente, pero la vida de mi familia, de mis vecinos, de mis amigos, del pueblo, sí. No hubieran existido las becas, los pueblos cautivos, la guerra civil en El Escambray, las UMAP, los presos políticos del castrismo. Mi poesía y mi novelística hubieran contado/cantado otra realidad. Sé que el tema Cuba, ahora que comienzo a vivir en un país libre, no va a salir de mi realidad personal. No está en mí, mirar para el costado y seguir como si en la Isla no estuviera pasando nada, como si no existiera la peor dictadura de la historia. Mi literatura es mi vida, la de los míos, la de mi pueblo, no cuento otra cosa que esa realidad.
Por lo general, la prensa es la encargada de recoger los hechos cotidianos de un país, luego los historiadores van a esa fuente para escribir sobre la historia de un tiempo determinado. Pero en Cuba no ha sido así, los historiadores que decidan escribir nuestra historia tomando como referencia la prensa de la dictadura, van a crear panfletos inverosímiles, apartados de toda la verdad. ¿Crees que los escritores tienen una responsabilidad en el sentido de plasmar o reflejar literariamente lo que la prensa y los historiadores han sido incapaces de hacer? ¿Por qué?
Quizás los escritores, porque no hemos visto la realidad nacional reflejada en la prensa oficialista, nos hemos encargado de escribir lo que nos hubiese gustado descubrir en los periódicos y revistas que pululan en el país propagando mentiras, describiendo un país que no existe. Pero hace mucho que a la literatura escrita por los que nos atrevemos a contar la realidad de Cuba en la ficción, se han sumado los periodistas independientes. Ahí se puede profundizar, esos son los verdaderos cronistas de lo que se vive en el país hoy en día. Son jóvenes, en su mayoría, que tienen el valor que no tienen los periodistas a quienes la dictadura les paga para que adornen la miseria nacional, donde en un futuro habrá que ir para descubrir la historia que no se atrevieron a contar en los libros y periódico los periodistas e historiadores del régimen.
Según puedo percibir, la literatura cubana de dentro y de fuera de la Isla está viviendo una explosión creativa, ¿estoy en lo correcto? ¿Han logrado los escritores cubanos burlar la censura? ¿Son ahora más conocidos internacionalmente? ¿Es la literatura cubana contemporánea una punta de lanza en contra de la dictadura?
Gracias a Internet, a algunas editoriales que se interesan por el tema Cuba y los escritores cubanos censurados dentro de la Isla, pudimos burlar la censura, el ostracismo al que hemos sido condenados todos aquellos escritores que nos atrevimos a levantar la voz contra la dictadura cubana. Desde hace un tiempo hay escritores cubanos con libros muy bien ubicados y recibidos por la crítica, se venden bien y son traducidos a otros idiomas. No los menciono porque temo olvidar un nombre, atesoro muchos en la memoria y mi admiración diaria es inmensa. Pero no creo que de manera general que nuestra literatura sea una punta de lanza contra la dictadura. Lo que sí puedo afirmar y confirmar, es que existimos escritores que hemos puesto el pecho, arriesgando la vida y la obra para defender la patria, atacando y enfrentando al régimen a cara descubierta.
A esta altura tienes en tu haber unos cuantos libros de poesía y novelas, ¿cómo te gustaría trascender, como poeta, narrador, o escritor a secas?
Me encanta cuando me llaman poeta. Pero soy un escritor. Creo. Solo sé que soy uno de los hijos de los Proenza Almaguer Socarrás Gómez y los Vilches Águila Rojas Aragón.
Si alguien pretendiera escribir una biografía tuya a partir de tus libros, ¿le recomendarías los de poesía o los de narrativa?
En la poesía siempre soy yo. En las novelas me travisto, voy con el cuerpo, la piel, los huesos de los otros. Les será más fácil descubrirme y desenterrarme de entre mis versos.
Sé que eres un lector compulsivo, que lees cuando estás alegre y cuando estás triste, cuando tienes pan y cuando tienes el estómago vacío, cuando eres amado y cuando eres rechazado, ¿tiene esto una explicación lógica, o es simplemente un vicio del cual no te puedes desprender?
Hay tiempos en los que solo leo narrativa. Cuando era joven leí mucho teatro, ya no. Y hay otros momentos que le caigo atrás a los libros de poesía. Por ejemplo, ahora quisiera tener todos los libros de poesía de la biblioteca personal que dejé en Cuba. Tengo hambre, sed, necesidad de leer poesía. No escapo del canto que me ahoga, que está contenido en mi pecho y aúlla por salir.
¿Pretendes escribir sobre otros temas relacionados con la historia no oficialista de Cuba? ¿Cuáles?
No lo sé. Tengo terminada dos novelas y varios libros de poesía.
¿Por qué crees que los lectores deberían interesarse por tus libros? ¿Tienes un mensaje para ellos?
No solo interesarse por mis libros, sino por los de aquellos escritores de quienes he hablado en esta y otras entrevistas, es la mejor manera de descubrir el hecho Cuba. Para hablar con propiedad sobre un país que padece la dictadura más despiadada, irónica, y desfachatada que ha existido sobre la faz de la tierra. Para descubrir el amor que hay en este poeta.
En Miami, junto a los escritores Luis Felipe Rojas y Ray Faxas, y al fotógrafo y pintor Camilo Carbonell.
Tuviste la oportunidad de exiliarte en Miami, cuando visitaste esa ciudad en 2016, ¿por qué regresaste a Cuba en ese momento?
Fui invitado al Festival Vista, en Miami. No me quedé por muchas razones, entre ellas, quería ver y vivir dentro del país, ver el momento en que se cayera la dictadura. No podía llevarme conmigo a la gente que amo. Di mi palabra de volver a mis hijos y a mi madre. No era el momento, quizás, de abandonar Cuba. Recuerdo como un gesto hermoso, muchos amigos pidiéndome por favor que no volviera, gente linda que me quiere, sabían que antes de salir de la Isla agentes de la Seguridad del Estado en Santa Clara me habían amenazado de muerte si volvía, a mí y a mis hijos, y ellos temían por mi vida y la de mis hijos. Aun así, regresé.
¿Por qué decidiste exiliarte ahora y por qué Madrid?
Jamás pensé irme, salir definitivamente de Cuba. Nuestra patria es un vertedero grande, en eso la convirtieron los Castros y sus títeres, representados ahora por Miguel Díaz Canel. Hasta que el pueblo en pleno no decida ser libre, ellos van a permanecer en el poder explotándolos, humillándolos, hundiéndolos en la miseria, en el hambre y la mierda. Desde enero tenía en mi poder una invitación para presentar mis libros aquí en Madrid donde llegué el 27 de marzo este 2023 y fue amor a primera vista.
¿Podrías compartir cómo fue tu salida de Cuba? ¿Producirá esa experiencia una novela, un cuento, un poema…?
Mis últimas horas en el Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana, fueron como las de cualquier disidente, creo, que va a viajar fuera de Cuba. Cuando pasaron mi pasaporte por el chequeo digital, las luces de la cabina se pusieron al rojo vivo, el oficial de aduana puso cara de susto y me mandó a parar detrás de una raya roja o amarilla, y ahí me mantuvo una hora. Los demás pasajeros me miraban como a un delincuente, o reconocían que era una injusticia. Luego dos sujetos jóvenes me metieron en una oficina, uno vestido con el uniforme de la aduana, el otro era un agente de la Seguridad del Estado. Y comenzaron las preguntas, unas capciosas, otras con tono de amenaza. Me preguntaron cómo me declaraba, cuál era mi posición con respecto al proceso revolucionario, qué partido tomaba con respecto a la revolución, si en contra o a favor; mi vínculo con José Daniel Ferrer, Ángel Moya, Luis Manuel Otero Alcántara, Berta Soler, Ángel Santiesteban, Camila Acosta; si me iba a reunir con Yunior García a mi llegada a Madrid; que a quién tenía en España; que, si aquellos eran mis amigos, etc. Les respondí: “Sí, son mis amigos y me declaro en contra de la revolución, contrarrevolucionario, gusano, como a ustedes les sirva mejor, nunca me he escondido para decirlo”. Me pidieron que les citara al menos un motivo por el cual yo pudiera estar en desacuerdo con la revolución. “¿Uno?”, les pregunté. “Sí”, me respondieron a dúo, “al menos uno”. “Los presos políticos”, les dije. Y parece que les cogí el culo con la puerta porque se alteraron mucho: “¡En Cuba no hay presos políticos, los presos políticos están en los Estados Unidos, todos esos a los que tú llamas presos políticos son presos comunes…!” y a partir de ahí continuaron diciendo una sarta de estupideces que ni ellos se las creían. Luego me revisaron el equipaje de mano; supongo que lo habían hecho ya con la maleta que registré, donde solo traía libros. Me chequearon el cuerpo con violencia, me pasaron todo tipo de escáneres, buscando no sé qué… quizá temían que sacara alguna información clasificada, o pretendían intimidarme, ¡cosa de película! Tengo pensamientos encontrados acerca de eso, no sé si me sentía miserable o importante. En algún momento tal vez ese horror me sirva como literatura, ahora solo es una denuncia.
Aunque es demasiado pronto, pues estás recién llegado al exilio, ¿qué visión te ofrece Cuba desde la distancia? ¿Vas a volver a Cuba?
Cuba me sigue causando el mismo dolor, la misma impotencia. Ver cómo se la venden a Rusia y China, que el mundo se quede impávido, no haga nada por salvar al pueblo cubano de toda esa ignominia, que todos miren hacia otro lado por conveniencia, o lo que sea. ¿A dónde habrá que ir a denunciar a estos malandrines para sacarlos del poder y que nuestro pueblo vuelva a ser un pueblo próspero y feliz, sin un solo esbirro en los cargos del gobierno, en los servicios públicos? Sí, yo sé que voy a regresar a Cuba, nuestra patria más pronto que tarde, va a ser libre. Ahora en la Isla solo me espera la cárcel o la muerte, como me dijeron algunos sicarios en Santa Clara y Las Tunas, las veces que me secuestraron en la calle. Pero, estoy seguro, un día volveré como salí, la la cabeza en alto y el pecho lleno de luz.
Cuando mi amigo el doctor Manuel Galguera —a quien he llamado antes, con buenas razones, embajador de la cultura cubana en todo el mundo— me habló de la novela El último secreto de Hermann Hesse, de H. G. Quintana, publicada por la editorial El barco ebrio en 2021, el título me dejó intrigada. ¿Qué habría escrito el autor, cubano como nosotros, sobre este escritor alemán no muy conocido en la isla? De Hesse solo recuerdo que se publicara en Cuba El juego de abalorios, obra a la que H. G. Quintana alude en la suya.
No estaba segura de terminar la lectura antes de las vacaciones, pero a poco de empezar con El último secreto de Hermann Hesse, quedé enganchada y leí la novela en dos días. Dividida en capítulos alternos, la historia comienza con la llegada de Leopold Hanckle, un joven de 16 años, a Montagnola en agosto de 1939, justo después de firmarse el Pacto Ribbentrop-Molotov. Los capítulos correspondientes a Leopold están narrados en tercera persona, con una caracterización del personaje muy bien trabajada. Leopold ha llegado a la ciudad con una misión que permanece oculta hasta el final y de la que solo se sabe que tiene alguna relación con Hermann Hesse, que en aquellos momentos residía en Montagnola.
En el capítulo siguiente se cambia de época y lugar. Lo narra en primera persona Ricardo, un escritor cubano que se dispone, en septiembre de 2001, a tomar un avión de La Habana a Madrid. Ricardo está escribiendo una novela sobre Hesse y, al llegar a España, se dedica buscar afanosamente a un pintor (que resulta ser un sacerdote conocido como el padre Leopoldo) pues este había conocido en sus mocedades al autor alemán.
Así se van enlazando las dos tramas, la del escritor cubano y su relación con un ya anciano Leopoldo y la de un Leopold joven que hace amistad con Hesse y su familia. Llega un momento en que las dos trenzas de la obra se enlazan, pero decir más sobre esto sería revelar secretos de la trama o, como diría su autor, destripar la novela. Baste decir que está plena de suspense y emoción y con detalles interesantísimos sobre los acontecimientos de Europa, el inicio de la Segunda Guerra Mundial y la vida de Hesse, al mismo tiempo que ilumina las vicisitudes de Ricardo en Cuba y su adaptación a la tierra española. El final es impactante y me ha dejado con deseos de leer una segunda parte donde se retomen los mismos personajes, que aún tienen mucho jugo para dar.
Podría decir más, pero prefiero cederle la palabra a H. G. Quintana, que me descubrirá en este diálogo no solo por qué decidió escribir esta obra sino también otros secretillos literarios y no tan literarios.
¿Qué te motivó a escribir una historia que ocurre a principios del siglo XXI en Cuba y España y en la Alemania de finales de los años 30? ¿Cuál fue el chispazo, el origen de esta trama tan fascinante?
Es difícil explicar un solo motivo del porqué surgió esta novela. Quizá deba extenderme un poco. En Cuba, durante mucho tiempo dejé de entusiasmarme por la realidad. Los motivos son múltiples, empezando por la política, pero no era lo único. Lo que me sacaba de esa evasión era la lectura de libros que podían resultar extravagantes para nosotros los cubanos. Hablo de historias que ocurrían en otras latitudes, que me alejaban de ese entorno que consideraba tóxico. Yo empecé a escribir ficción varios años tras mi formación universitaria y conocí la existencia e importancia histórica de la literatura alemana antes de dedicarme a este oficio.
Sin embargo, no tenía en la universidad suficientes lecturas ficcionales como para evaluarla por sí misma, más allá de su entorno sociohistórico. El descubrimiento explícito de Thomas Mann, Heinrich Böll, Erich Maria Remarque o Hermann Hesse, de esa literatura, para mí fue como una especie de epifanía. Hablo de leer sus textos, no ya sólo de libros de Historia del arte donde los analizaban y que yo consumía por obligación profesional. Fue reconocer algo que hablaba de mi propia realidad, la que yo conocía, pero con otra mirada.
La literatura alemana me marcó para siempre. Concretamente con Hesse fue el más inesperado y maravilloso. Lo leí más tarde que al resto, pero desde el primer momento me sorprendieron sus dotes de mímesis, su capacidad de tener un amplio registro de géneros y estilos para ejercer la creación. Me maravilló la idea de que, sin rebajar su estilo a una popularidad impostada, terminó siendo uno de los autores más influyentes de su generación.
El paso obvio era introducirme en diferentes textos sobre su vida y obra; penetré su complejidad como ser humano, sus contradicciones, su humanidad, visto aquí tanto sus virtudes como sus defectos, y aquella figura que antes parecía un Dios, se convirtió en un amigo.
Recuerdas que en esa época apenas había Internet en Cuba, lo poco que había no tenía la fuerza de hoy, y las redes sociales ni existían; no teníamos siquiera teléfonos portátiles ni smartphones ni nada por el estilo. Así que, como buen ratón de biblioteca, busqué cuánto se había escrito sobre Hesse en las bibliotecas. Pensé en escribir algún tipo de ensayo o texto de investigación, que era de dónde realmente venía tras terminar la carrera de Historia en La Habana, pero después me di cuenta que me iba a ser imposible aportar algo nuevo sobre la vida de Hesse y fui directo a escribir una novela que es el género cuyas herramientas tenía más frescas y donde es posible también echar a volar la imaginación. Así que, investigación y ficción terminaron mezclándose en mi texto.
El último secreto de Herman Hesse fue la consecuencia inevitable de ese recorrido intelectual que empezó leyendo El juego de abalorios y que terminó con la escritura de mi novela en 2001. ¿Novela histórica?, me preguntan. No, no me atrevo a mancillar un género que admiro y respeto, pero la verdad es que historia y literatura se mezclan, en este libro como dos de las materias que me cautivan.
Ha tenido un recorrido “tortuoso”. Está publicada ahora, aunque ya le había puesto punto final en 2007. Pero el final no era real. Salvo uno de mis lectores de prueba, todos los demás me decían que le faltaba algo y me abstuve de publicarla. Así que estuvo en un cajón hasta 2022, en que mi amigo el periodista Carlos Cuesta, me obligó a revisar todo lo que tuviera como borrador. Tras tantos años sin pensar en ella, la relectura me dio elementos que no había visto en revisiones previas. La leía como el texto de otro, y pude analizarla de manera más objetiva. No reescribí, porque el texto me parecía adecuado como estaba, pero sí reestructuré hasta llegar a lo que es hoy El último secreto de Herman Hesse.
Tienes razón, ha sido un recorrido literario tortuoso, pero muy interesante e iluminador y el resultado ha valido la pena. La relectura siempre da provecho, tanto en términos de final como de personajes. Hablando de estos, al comienzo de la novela Leopold se afirma como simpatizante de Hitler. El lector actual está acostumbrado a que muchas historias se cuenten desde el ángulo opuesto. ¿Qué me puedes decir de este personaje y su evolución?
Leopold es un personaje que me ha encantado crear, caracterizar y vivir en su piel. Es probablemente una mezcla de mí mismo y de decenas de personas reales y ficticias a las que he conocido, pero trasladados a otra realidad y tiempo. Cuando ya había decidido la escritura de la novela necesitaba encontrar un contrapeso, una especie de antihéroe que me permitiera confrontarlo a la ideología y a la personalidad de Hermann Hesse, para evitar en la ficción la admiración que yo sentía en la realidad por el escritor alemán.
Así que Leopold es la Némesis de Hesse, pero Némesis necesario, es otro Hesse; un otro yo, medio insolente, del propio Herman Hesse dentro de la novela. Un joven impetuoso e imprudente, a ratos hasta grosero, con ganas de ayudar a su país, aunque Alemania estuviera gobernado por un sistema totalitario, que él mismo no ve o le da igual, porque lo importante es la patria.
Si lo piensas bien es como tantos jóvenes entusiastas (incluso como lo fuimos muchos en el caso cubano) que viven engañados, pero no lo saben, y que creen en determinadas ideas muy peligrosas, pero de las que no son conscientes, o que les han metido en vena que son las únicas correctas.
Así que Leopold es el personaje necesario para afianzar el conflicto, para que este fuera más sugestivo dentro de esa esa historia que yo quería contar.
Con sus amigos y colegas escritores Gleyvis Coro, Ladislao Aguado y Nelson Simón, en España.
Sí, es un personaje clave como contrapunto de Hesse. Muy humanos los dos y bien construidos psicológicamente, con sus virtudes y defectos. En el caso de estos últimos, la misoginia de Hesse se expresa de diversas maneras, sobre todo en diálogos como:
“A las mujeres les falta encarar las relaciones de pareja con raciocinio, el mismo que usan en otros momentos de su vida, y que olvidan cuando se entregan con esa dependencia.” (página 129)
–Las mujeres, Leopold, las mujeres. Son las personas que más nos inspiran, luego no nos dejan trabajar con su carácter (página 157)
En estos momentos, sobre todo, resulta un dato que ayuda a retratar al personaje del escritor. ¿Cuánto hay de cierto y cuánto de imaginado en ello?
Cierto, este fue un punto que intuía podía crear polémica.
De alguna forma todos los seres humanos somos productos de una época, una educación, un entorno del que cuesta escapar. Yo lo he visto con conflictos morales a los que me enfrentado fuera de Cuba, sobre catecismos que aprendí en la isla y de las cuales fui alejándome con aprendizaje, estudio, y practicando algo de lo que, por desgracia, carecen muchos cubanos: la práctica de la tolerancia.
Sin embargo, hay otras ideas que es casi imposible soltarlas, por mucho que estudies, que practiques la tolerancia, que viajes, que luches contra tu naturaleza, porque están arraigadas como parte de nuestra educación y existencia. Porque las aprendiste como parte de un sistema moral que es muy difícil mover.
Si lo trasladamos a la Europa de inicios y mediados del siglo XX, tener opiniones como las de Hesse sobre las mujeres no era del todo inmoral en su entorno como lo hacemos hoy, y con bastante lógica. Aunque no es lo mismo y se aleja algo, piensa que, en la Edad Media, en algunos países, era un orgullo para un siervo que el señor feudal fuera el primer encuentro sexual de su mujer. Lo comento como forma de comprender los cambiantes sistemas morales de la sociedad. Los excelentes profesores que tuve en la universidad, (en especial la Dra. Liliam Moreira) nos repetían esta idea del análisis histórico como loros: “no analicen la historia con nuestro sistema de valores actuales. Hay que trasladarse a la mentalidad de la época.”
Uno de los grandes problemas que yo veía en la novela desde el principio fue como retratar a alguien, a quien yo consideraba un modelo perfecto y sin manchas, como un personaje más. El reto era cómo escribir sin adorar a alguien que existió y es, además, una especie de Dios para muchas personas. Tenía que buscar la forma de retratar a un ser humano normal, concebir al personaje y no adorar al escritor.
Leyendo las diferentes biografías tanto la de Hugo Ball, la de José María Carandell y la propia correspondencia de Hesse con varios autores, indagué algunos detalles de cómo podía yo entender al ser humano Hermann y no al escritor Hermann Hesse. Me di a la tarea de encontrar aquellos elementos que me permitieran trasladar al lector, no solo virtudes sino también algún defecto. Así que, rastreando, encontré esos pequeños detalles en los cuales se habla de su difícil relación con las mujeres, el hecho de que tuvo tres relaciones serias, dos de ellas terminadas en matrimonio, y otra apenas. En su propia obra, muchas veces la atracción que sienten sus personajes por las mujeres, no se diferencia de la que sienten por otros jóvenes del mismo sexo, con la misma frialdad o cercanía, como si se tratara de algo en la que no están implicadas las emociones.
Así que imaginé ese defecto como parte de una moral que, socialmente, no se discutía, y que afectaba a casi todos los hombres de la misma generación en casi todas las naciones. Ya sabemos que los derechos de la mujer han sido un largo recorrido y es algo de muy reciente adquisición, lo cual es desconcertante si lo analizas con herramientas históricas, pero que tuviera criterios polémicos sobre la mujer, visto desde la actualidad, no es extraño, ni en él, ni en gran parte de los hombres de su generación.
Durante su paso por el Centro Nacional de Formación Literaria «Onelio Jorge Cardoso», en La Habana.
¡Por supuesto! Cada hombre (o cada mujer) y su circunstancia…Ahora, mi próxima pregunta tiene que ver con el aspecto formal de la novela. En varias ocasiones durante la obra juntas el pasado y el presente, a veces en la misma oración.
Decidió poner todo su empeño en el primer acto social del día. Desciende las escaleras hacia el comedor y no puede evitar hacerlo con reparos (página 18)
Leopold sabe que no va a terminar bien esta conversación. –¿A qué te refieres? –dijo ocultando su aspereza. (página 157)
¿Por qué decidiste hacer esto?
Aunque mi formación literaria viene de grandes maestros de la literatura, veo la vida ficcional con ojos de un director de cine, donde filmo con una cámara y hago un proceso de montaje y edición de vídeos. Así que muchas veces suelo imaginar a los personajes con una cámara al hombro que me permite moverme entre ellos cuando realizo diálogos. El proceso técnico en la literatura es más complejo, pero esta forma de explicarlo, le da una imagen visual al lector de cómo puede ser el trabajo de los puntos de vista.
Salvo que exista alguna errata que haya pasado desapercibida, (que además es posible) hay momentos del libro donde establezco dos conversaciones que ocurren en dos momentos espacio-temporales diferentes. Una de las conversaciones remite a la segunda en forma de recuerdos de uno de los personajes. Pero tenía un problema: quería que el lector viviera las dos escenas como testigo, sin que nadie se las contara, pues es más creíble presentarle a los personajes en medio de la escena sin que medie alguien contando lo sucedido.
Pero no me parecía útil ni necesario hacer dos capítulos para algo que podía resolverse sin machacar al lector con otras escenas suplementarias. Así que las escribí de forma que los saltos espaciales y temporales ocurren de una línea a otra, separadas apenas por un guion, una coma, o un punto y aparte.
¡Ojo! No lo he inventé yo. Ya lo hizo Mario Vargas Llosa (y muy bien) en Conversación en La Catedral, y él dice que lo aprendió de Moby Dick y de Tirant Lo Blanc.De todas formas, tengo la impresión que nadie ha sido capaz de algo tan eficaz como lo hizo Vargas Llosa. En mi caso fue la solución para un problema. En esto consiste la escritura: encontrar soluciones efectivas para problemas que te plantean la historia y el argumento.
Y estas soluciones hacen fluir la trama con gran sandunga. Como dato curioso, recuerdo la edición de El juego de abalorios que se publicó en Cuba en los setenta y que Ricardo descubre en su búsqueda de las obras de Hesse. Volviendo a libros, reales o imaginarios, ¿has pensado escribir una novela titulada Hijos de Shiva, dado el final abierto de esta?
Es interesante tu comentario. La primera versión, casi hasta días antes de la publicación se titulaba Hijo de Shiva.El último secreto de Herman Hesse. Al final me parecía que la primera parte del título hacía algo de destripe, y hoy en día el consumidor de ficción es muy sensible a los spoilers. La idea de una continuación no la había pensado, pero ¡me has metido el diablo en el cuerpo!
¡Ojalá que ese diablo dé origen a muchos diablitos literarios! Estoy segura de que hay cantidad de lectores esperando una segunda parte. ¿Algún consejo que puedas ofrecer a quienes empiezan este camino de la literatura, largo y tortuoso como el de Los Beatles?
¡Uf, es muy difícil ofrecer consejos a jóvenes escritores! El más sensato es que se hagan empresarios u hombres de negocio, que ganen mucho dinero y se olviden de esto de escribir. Pero eso no sirve para los que la creación de mundos ficticios es más importante y va más allá del reconocimiento o la fama.
Haré algo de anécdota personal. En mi generación, en el ámbito donde me formé como escritor, en los ambientes literarios donde estuve, compartí con escritores muy buenos, mucho mejores que yo, probablemente la mayoría. Algunos con un talento inmenso. Yo siempre he sido un escritor medianito, una especie de segundón silencioso que tenía que trabajar el doble porque llegaba tarde y aprendía más lento, lo que me creaba a veces, algunas burlas ajenas, y dudas personales; casi hasta llegar al síndrome del impostor.
Pero he tenido algo que es mi gran virtud y no estoy siendo pretencioso: trabajo como un mulo. A trabajar fuerte en este oficio no me gana nadie, porque sé que no soy el más inteligente, ni el más popular, ni el más preparado. Pero sí tengo una capacidad de análisis intuitivo de mi entorno muy cercano al que se realiza en filosofía, materia que leo mucho, y trato de leer bastante de lo que se escribe en materia de creatividad por parte de neurocientíficos. Esas dos materias me han preparado para tratar al éxito y al fracaso, al elogio y a la crítica con la misma indiferencia; como a los dos impostores que son, como decía Rudyard Kipling.
Así que mi consejo vale no sólo para la literatura, sino para todo en la vida: encuentra tu motivo, aquello para lo que crees que te han puesto en esta tierra, y no te rindas ante nada. Sea escribir, hacer música, cantar, hacer sillas de madera o montar un negocio, analiza si sirves para eso y tira adelante sin miedo. Da igual que se burlen de ti, da igual que haya otros que tengan un éxito que parezca inmerecido, porque el listón no está en tus contemporáneos, sino en los que te precedieron. Tu competencia verdadera no es superar a los vivos sino dialogar de tú a tú con los muertos.
¡Excelentes consejos para la vida y la literatura! Me encanta esa definición de la competencia. Pero discrepo de tu autodefinición como “escritor medianito.” ¡Nada de medianito ni de segundón, que escribes muy bien! ¿En qué estás trabajando en estos momentos?
Ando con varios frentes abiertos. Tras la publicación de No sucedió en el downtown, (un libro de relatos misteriosos o historias inexplicables que disfruté mucho escribir y que surgió tras un viaje a Los Ángeles) estoy a la espera de la salida de una novela que me ha gustado mucho escribir. Se titula Un chelo bajo dos lunas, y tiene algo de dos historias o dos puntos de vista sobre el amor y el desamor, sobre unos mismos hechos que viven dos personajes. Esto ya está listo, es sólo esperar la salida.
Estoy revisando una traducción que he hecho del libro de memorias The Summing Up, de William Somerset Maugham; y hago lo mismo con La Formación del Estilo, del escritor francés Antoine Albalat.
Tengo dos historias en previsión que me tienen atrapado casi a todas horas como posibles novelas, pero son todavía proyectos. Podría decir que una tiene como título provisional Sólo un milímetro, y tiene que ver con la insatisfacción común, pero irracional, que sentimos muchas veces al amor de pareja. La otra novela tiene como título provisional, La importancia de llamarse Paula Wilde, y es un triángulo amoroso donde se mezclan la literatura y el teatro con personajes que ya están definidos y donde habrá mucho de secretos, mentiras y búsqueda de reafirmaciones personales y profesionales.
Con el mexicano Lauro Zavala, maestro de la escritura creativa y el análisis cinematográfico.
¡Cuánto haces! Traducciones, novelas, y encima de todo eres profesor. ¿Dónde y qué enseñas? Cuéntame un poco sobre tu trabajo universitario.
He dado clases los últimos 6 años en la universidad de Tours, donde además he hecho trabajos investigativos y he pasado por varias materias del español, el cine y la literatura y donde busco el doctorado. Estoy en una pausa reflexiva en estos momentos. Los años previos fueron muy fuertes desde el punto de vista emocional. Por circunstancias personales, durante la cuarentena de la COVID-19 quedamos encerrados solos mi hija de 6 años y yo, durante mucho tiempo. Esos momentos de zozobra me hicieron reflexionar sobre muchas cosas: la probabilidad de una muerte prematura, la necesidad de replantearme el futuro. Ver a mi hija totalmente dependiente de una situación que ella no entendía y yo no sabía cómo explicar de forma lógica, me hizo pensar que quizás el magisterio me estaba alejando de lo que realmente me importaba.
Luego ha habido situaciones en las aulas universitarias que me han provocado reflexionar si la misión con mis hijos ya no es suficiente como para meterme en una educación que tiene que ver más con la disciplina que con la ilustración, propiamente dicha. Mi paradoja tiene que ver con esta nueva sociedad donde un gran porcentaje de jóvenes se preocupan mucho de sus derechos, pero poco de sus deberes, que ven más importante la aceptación social y cómo son percibidos en las redes sociales, que el conocimiento que puedan aprender, y la poca capacidad que demuestran ante la frustración. No he tomado aún la decisión de si volver o no, pero la realidad es que todavía no encuentro los motivos para regresar a las aulas. Imagino que cuando apriete la economía, habrá que dejar de pensar.
Comprendo lo que dices, una experiencia que mal que bien todos los que enseñamos hemos tenido. Pero a la vez no hay nada tan lindo como la interacción con los estudiantes y la alegría que da cuando “les cae el veinte,” como dicen aquí, de un concepto difícil. Veo en tu biografía que te licenciaste en inglés en la Facultad de Lenguas Extranjeras. ¿Algo que quieras compartir sobre la facultad, los profesores, si estudiar inglés ha influido en tu escritura, etc.?
El inglés lo tenía desde niño. Todo comenzó porque mi padre me enseñaba ruso mientras lo estudiaba en horarios nocturnos cuando yo tenía apenas 10 y 11 años. La idea de la existencia de palabras diferentes que significaban lo mismo me cautivó desde el principio.
Luego mi padre estuvo en Etiopía en una de esas misiones absurdas que se inventaron soviéticos y cubanos para extender el comunismo. Allí él asesoraba en agronomía y tuvo que lidiar con varios idiomas y dialectos. Así que cuando regresó me dijo: “olvida el ruso, que eso no sirve para nada. Estudia inglés.”
Y así empezó mi placer por los idiomas, algo que comparto con mi hija, que se mueve como bilingüe en francés y español, y con bastante soltura en inglés; aunque ya me dijo que quiere aprender también japonés, coreano e italiano, ¡imagina!
Su primera novela, en reedición en España.
Cuando entré a la universidad, mis notas no eran suficientes para competir por la gran demanda de estudiar inglés, pero sí ciencias sociales. Así que entré en Historia para luego cambiar de carrera, pero la Historia me cautivó y terminé graduándome en Filosofía e Historia; algo de lo cual no dejo de alegrarme cada vez que lo pienso, porque me dio herramientas profesionales que luego me han servido para la literatura. Pero a la vez, tuve la suerte de establecer vínculos fuertes con la facultad de idiomas, que en mi época estaba cerca de la terminal de ómnibus de La Habana. Estos vínculos iban desde una novia, amigos como Humberto, que luego formó Moneda Dura y tener un gran profesor como Luis Enrique Wong. Allí me motivé a seguir en paralelo el inglés, que terminé con muy buena nota, y el alemán, que nunca pude empezar.
El conocimiento, tanto del inglés como del francés, sí han influido en mi escritura. Soy incapaz de medir cuánto. Probablemente sea solo de forma intuitiva. Pero ser consciente de las similitudes y diferencias entre las tres lenguas que he podido aprender, más los rudimentos de otras que he intentado, me ha hecho más tolerante ante los errores, me hace ser consciente de la fuerza que puede tener una palabra cuando descubres su origen, su etimología o los matices de su definición en otra lengua.
Lo mismo con los errores de mis alumnos en español. En un aula donde tienes estudiantes que escriben en español con errores que vienen de francés, inglés, árabe, alemán, etc., te vuelves más tolerante porque comprendes más esos errores. Más de una vez me ha pasado ver una castellanización de un término de otro idioma, y antes de señalar el error, voy a varios diccionarios para evitar la necedad de creer saber que conozco todos los significados de un término. Y efectivamente, más de una vez, el estudiante, sin ser consciente, escribió una palabra correcta y con un uso perfectamente aceptable del español. Esto, de alguna forma ha cambiado mi escritura. ¿Cómo? Soy incapaz de medirlo de forma incuestionable.
¡Qué fascinante ha de ser vivir en medio de una comunidad tan multicultural como esa! Seguro que tu literatura se beneficia y se nutre de todo eso. Bueno, pues muchas gracias por esta entrevista, ¡y que el próximo libro y todos los demás, tengan el éxito que mucho se merecen!
H. G. Quintana: Muchas gracias a ti y a Manuel, por el entusiasmo con este entintador de folios.
A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Asley L Mármol? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Asley L Mármol, el ser humano y Asley L Mármol, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.
Me resulta difícil separar estos dos “egos” que mencionas pues son un mismo hueso en mi existencia; pero acepto tu reto y lo voy a intentar… Asley el ser humano vive obsesionado esencialmente por dos cosas, mi familia y mi fe. Mi esposa y yo hemos vivido juntos casi treinta años. Nos casamos en la universidad y salimos de Cuba exiliándonos en Holanda; hemos dado tantas vueltas, sufrido y logrado tanto que es como si fuésemos un mismo ser. Nuestras dos hijas nacieron en Los Estados Unidos y son seres increíbles, muy exitosas, ambas en la universidad en estos momentos. Son nuestro mayor logro y hemos sacrificado todo por darles la vida que no tuvimos y creo lo hemos logrado en gran medida. Sobre mi fe pudiéramos discurrir toda una noche y parte de la mañana, pero al menos he de decir que soy un hombre con una sed espiritual enorme. El Asley escritor lucha por exprimir la vida minando tiempo para hilvanar obras que posean aliento para existir por sí mismas y sean dignas de llegar a alguna parte. Busca maneras de vivir escribiendo y no meramente escribir cuando se pueda. Vive constantemente elucubrando poemas fallidos, historias pretenciosas y tramas imposibles que probablemente terminará desechando; pero que acaso en momentos de elevación seráfica se conjuran frente a mí y toman la forma textual que se les antoja.
Aunque seguramente alguno se molestará con esta afirmación: la Cuba en la que creciste, incluida esa Habana periférica donde entraste al mundo de la cultura, era un entorno muy rico y lleno de posibilidades para desarrollar el talento creativo, especialmente los nuevos creadores. ¿Qué recuerdas de esos primeros momentos en tu vida como escritor?
Permíteme ofrecer un poco de color a tu afirmación. Mis años germinales como escritor en Cuba fueron breves pero intensos; estamos hablando de los últimos cinco años de la década de los noventa. Admito que horizontalmente el entorno literario e intelectual era bastante diverso, pero recuerdo padecía de poca profundidad y originalidad en muchos casos además de estar plagado de limitaciones. Para los escritores más jóvenes podía tornarse asfixiante. Los escritores consagrados dominaban los escasos medios que existían y los espacios para los novicios o carecían de autenticidad y relevancia o requerían de una integración política hacia las instituciones oficiales que instintivamente detestaba. No obstante, a pesar de mi juventud tuve el privilegio de conocer y codearme con grandes escritores y artistas que me marcaron como intelectual. Figuras como Pablo Armando Fernández, Eduardo Heras León, Lina de Feria, artistas plásticos como Roberto Diago, entre muchos otros abrieron sus puertas y ofrecieron su experiencia a aquel joven obstinado en conquistar la perfección estética. Ya había logrado aparecer en publicaciones oficiales como El Caimán Barbudo, Unión, Alma Mater y otras revistas de corte independiente como Jácara, DeLiras, Verbum. También formé parte de la antología Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo que incluyó a los autores más jóvenes del momento, publicada por Letras Cubanas en el año 2000. El medio como tal, aunque parecía empezaba a reconocerme, se tornaba para mí cada vez más en un anillo ofídico con el que rompería definitivamente a finales del año 1999. De haber permanecido en Cuba habría de sucumbir irremediablemente ante la oficialidad para poder acceder a los principales medios de publicación y fuentes de empleo en el campo de las letras. No obstante, fueron años que atesoro en la memoria. Uno de los momentos que me marcó para toda la vida fue en uno de aquellos talleres literarios a nivel municipal o provincial, no recuerdo bien, creo que tendría no más de quince años, presenté lo que creía era un relato titulado “Testimonio de una oreja.” Uno de los miembros del jurado, tras haberme explicado que semejante texto carecía de una trama por lo que no calificaba como cuento, me aseguró que yo era plausiblemente un escritor y me exhortó a continuar escribiendo, otorgándome además una mención especial. Aquel miembro del jurado eras tú, Amir. Otro momento fundamental fue haber participado en el primer taller de narrativa Onelio Jorge Cardoso fundado por Eduardo Heras León y Francisco López Sacha donde se aglutinaron los principales narradores jóvenes del momento, donde también estuviste, Amir. Tuvimos el privilegio de estudiar con escritores de la talla de Senel Paz y Leonardo Padura entre muchos otros. Fue un momento crucial en mi formación. Como es lógico tras abandonar el país y comenzar a publicar en los medios del exilio, solo unos pocos estaban dispuestos a continuar asociándose conmigo; precio que estaba dispuesto a pagar a cambio de la libertad.
Hay una experiencia en tu vida de la que me gustaría hablar: fuiste uno de los “cabecillas” de uno de los proyectos más originales que he conocido en la historia de las revistas cubanas… Jácara, una revista de manuscritos, si no me equivoco, conjuntamente con el también escritor Luis Rafael Hernández. ¿Cómo fue esa experiencia?
Jácara fue el arca y el diluvio a la vez. Arca en cuanto a ofrecernos un medio confiable para distanciarnos de la mediocridad imperante y trazar nuestra propia ruta. Conocer a Luis Rafael, con quien he mantenido una muy buena amistad durante todos estos años, fue trascendental en mi vida. Hombre muy culto y con un profundo sentido de nuestra futuridad, vio en mí quizás lo que ni yo mismo era capaz de discernir. No solo me presentó a Jácara, me invitó además a subdirigirla y crecerla. Diluvio pues acaparamos la energía de los autores menos reconocidos que nos negábamos a embadurnarnos con la politiquería oficial o con el extremo opuesto de un discurso contestatario muy de moda en aquellos años en que el gobierno quería aparentar una apertura cultural. Queríamos hacer literatura y punto. Nos remontamos a la estética del grupo Orígenes y propusimos una revista insólita en la historia de las letras cubanas: publicaríamos los textos manuscritos de puño y letra de los autores. Muchos de los escritores de marras se rieron en nuestras caras, pero más nos reímos nosotros cuando nombres como Cintio Vitier, Fina Garcia Marruz, Jose Kozer, Excilia Saldaña, Rafaela Chacón Nardi, Dora Alonso, Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández, Lina de Feria, Eduardo Heras, Waldo Leyva y muchos más, se tomaron el tiempo de sentarse a escribir en la mejor caligrafía que les era posible sus colaboraciones. Por supuesto que en sus páginas figuran también decenas de escritores jóvenes, muchos subvalorados, compartiendo el espacio con figuras consagradas, propósito principal de la revista. También comenzamos a incorporar a pintores de calibre con ilustraciones originales: Zaida del Rio, Eduardo Fabelo, Roberto Diago, Nelson Domínguez, Pedro Pablo Oliva, Alfredo Sosabravo, ilustraron las páginas de Jácara. Tuvimos, gracias al apoyo de Fefé de Diego, quien nos abrió los archivos de su padre el gran poeta Eliseo Diego, el increíble honor de publicar un poema manuscrito inédito de Jose Lezama Lima, además de textos manuscritos de Eliseo Diego y Gastón Baquero. En fin, gracias a su audacia y autenticidad, Jácara fue un fenómeno literario de esos que te llevan sin quererlo a formar parte de la historia.
Cuba, un día queda detrás y apuestas por el exilio, como otros millones de cubanos, con todo el trauma del desarraigo que eso suele representar para la mayoría. Y mientras en Cuba publicaste apenas un poemario, ya fuera de la isla desarrollas una carrera literaria más sólida y que, además, se extiende a otros géneros, el cuento, la novela. ¿Qué te ha dado y que te ha quitado el exilio?
Huir de tu país natal en busca de la sanidad mental y la libertad que te eran negados es un proceso tan duro como un trasplante de alma. El exilio no solo te desarraiga, sacude el basamento de tu devenir, de tu carrera. Tuvimos que dejarlo todo atrás, un futuro que conducía a la servidumbre, pero que aun así era el nuestro, labrado con ansias y sacrificios. Al cabo del tiempo te acostumbras, las heridas cauterizan y el pasado se vuelve un punto cada vez más lejano en el tiempo. Con los años se difuminan los nombres de las calles, las caras de la gente, pero nunca alcanzas a borrar las huellas y la presencia de esa patria sufrida. Luego, mientras más te sumerges en tu nueva vida las sombras, esta vez coloridas y danzantes, reaparecen haciéndote sucumbir en la nostalgia. Quienes emigran por razones meramente económicas no pueden entender lo que sufren los inmigrantes cubanos; es como el dolor de un hijo que pierde a la madre. Pero no todo son penas; el exilio es el mundo, ese mundo que nos ocultaban cuando vivíamos inmersos en el experimento político castrista. Y sed de mundo tenía. Mas allá de lo material, el acceso a la cultura, la información, la diversidad política fue impactante para mí. Ver el mundo con mis propios ojos y poder construir una familia, un modesto legado que, aunque no valga mucho es auténticamente mío sin tener que agradecerle a político o gobernante alguno. Algo muy especial que nos da la condición de exiliados es que nos une de una manera especial como pueblo, como grupo étnico. En cualquier punto geográfico donde encontramos a otro cubano o cubana, al menos a mí me sucede, sentimos una conexión inmediata y la necesidad de ayudarnos mutuamente. A este País en el que vivo y a las generaciones de cubanos que nos precedieron les debemos mucho y vivo satisfecho más que nada por haber podido darles a mis hijas un futuro en el mundo libre; pero tal vez hubiese preferido mil veces una vida menos lujosa en una Cuba libre y democrática.
Hablemos de tus dos novelas: Magister dixit y The Watchers. ¿Te animarías a resumirle a un hipotético lector qué va a encontrar en esas dos obras?
Magister Dixit (latín que significa ‘el designio del maestro’ o ‘el maestro ha dicho’) ocurre en las nefastas escuelas en el campo durante el llamado período especial en la primera mitad de la década de los noventa. Los protagonistas son una pareja de estudiantes, Jesús del Monte y Magdalena Casals (Magda) quienes son acosados mental y físicamente por su profesor de matemáticas, Fausto, un hombre de vasta cultura, una suerte de genio frustrado, cabalista y esoterista quien logra envolver a Jesús, valiéndose de la sed por aprender del estudiante, con su aura mística con el fin de sacarlo de su camino para poseer a Magda. El trasfondo de miseria, asfixia existencial, adoctrinamiento político en que viven los personajes ensombrece más aun el entramado dramático de la historia que inevitablemente termina de manera trágica para fatídico triángulo amoroso.
The Watchers (Los vigilantes, novela en inglés) es la historia de dos hermanos cubanos judíos, descendientes del linaje sacerdotal Aarónico, quienes viven en mundos antagónicos. El mayor, Daniel Coen, no quería regresar a Cuba. Desde las alturas de su éxito empresarial en Miami, su familia y la isla de su infancia eran un recuerdo borroso en su vida perfecta. A noventa millas más al sur, el genio creativo de Emanuel, el hermano menor, no paraba de meterlo en problemas con la oficialidad en su querida Habana. El caos se adueña de sus vidas cuando una misteriosa y poderosa familia que afirmaba ser descendiente de Los Vigilantes, los ángeles caídos de antaño quienes sucumbieron a la tentación y se mezclaron con las mujeres dejando un linaje monstruoso según afirma el libro de Genesis, habían hecho una fortuna ayudando a dictadores alrededor del mundo a permanecer en el poder. Daniel se ve obligado a regresar a la isla una vez que Los Vigilantes lograron tener a Emanuel bajo su control, valiéndose de medios sutiles con el objetivo de atraer al hermano mayor de regreso a Cuba, donde tienen su base de operaciones. Daniel debe hacer su parte para facilitar la extracción de la isla de un objeto antiguo y extremadamente valioso que supuestamente aseguró la longevidad en el poder de su poseedor temporal, Fidel Castro. La prioridad para Daniel es recuperar a su hermano y sesgar la influencia de Los Vigilantes de sus vidas. En el proceso, se ven inmersos en un mundo de sórdidas redes de poder que los colocarán en medio de situaciones increíbles en algunos de los lugares más fantásticos del mundo.
¿En qué se diferencia el poeta Asley L Mármol de ese cuentista Asley L Mármol que escribió El interior de la montaña
Al poeta no le queda más remedio que dilucidar el misterio que es la colisión entre la imagen y el verbo teniendo lugar constantemente en el alma. La poesía fluye cuando alcanzo la paz interna y me rodeo de las cosas que me empujan a crear. Estas pueden ser de naturaleza disímil como puede verse en mi libro El esplendor, una especie de compendio de varias facetas creativas y momentos evolutivos como orfebre de la palabra. Períodos de extrema tensión me cierran el ojo interno que ve dentro de esa dimensión impredecible e inexplicable. El narrador vive constantemente absorbiendo el fluir del mundo, los acontecimientos, intentando visualizar el eje de una historia antes de escribirla, al menos el rictus de lo que será. Como te decía más arriba, dejo que mi espíritu guíe a mi mente que como ave cetrera sale a encontrar conflictos humanos que tengan el potencial de devenir en algo digno de narrarse. Tengo varias historias visualizadas y estructuradas en mi mente aguardando el momento preciso para volcarse en el papel.
No te vinculas a ninguno de los usuales grupos literarios o movimientos que existen en la diáspora cubana en Estados Unidos; de hecho, vives como una especie de lobo solitario en esos ámbitos. ¿A qué se debe esa lejanía?
La verdad es que, tras haber vivido por casi por dos años en el limbo legal de un proceso de asilo político en Holanda, al llegar a Los Estados Unidos las circunstancias me obligaron a concentrarme en mi familia y la faena que pone el pan en la mesa. No me quedó más remedio que desconectarme del mundo intelectual por unos años. Nunca dejé de escribir y continué publicando en alguno que otro medio, mayormente poesía y artículos periodísticos. Terminé de escribir mi primera novela que había comenzado en la universidad antes de irme de Cuba en 1999. Inicié un proyecto editorial alrededor del año 2008, Editorial Sigla, donde publiqué tres obras: Lis desea de Luis Rafael Hernández, una reedición de tu novela Muchacha azul bajo la lluvia y mi primera novela, Magister Dixit. Tenía ya muchos textos de autores notables en revisión, pero no fui capaz de sobrellevar las presiones de mis obligaciones cotidianas y no quería defraudar la confianza de los autores por lo que decidí cerrarlo por completo. Debo confesar que estar al margen no es algo necesariamente negativo. Me permitió escribir The Watchers, el cual fue un proyecto muy riesgoso mayormente por ser mi primera novela directamente al inglés -libro que Eduardo Casanova Ealo diseñó y publicó en el año 2020 en su fantástica Editorial Primigenios en Miami-, y trabajar en mi tercera que espero terminar este 2023 titulada Poemas de sangre, una historia de amor en medio de los conflictos entre grupos mafiosos que operaban en Ybor City y cuya trama fluctúa en el tiempo desde principios del siglo pasado hasta la actualidad.
Siento en la proyección que haces de tu obra publicada un deseo latente de integración al universo angloparlante de la cultura. Incluso tu segunda novela fue publicada en inglés y no existe una edición en español. ¿Deseas alejarte de “lo cubano”? ¿No te preocupa que eso te coloque lejos de los análisis que, en algún momento, pueda hacerse de tu obra, especialmente sabiendo que la cultura en la que vives no ha sido para nada inclusiva con los escritores de nuestro idioma?
Lo que está ocurriendo en el mundo literario y editorial en Los Estados Unidos es algo sumamente interesante. La cantidad de libros que se publican y autopublican es increíble, en los miles de títulos al año. Se escribe mucha literatura de pacotilla, pero hay un auténtico público lector que consume diversos tipos de literatura. También la demanda de los diversos canales de streaming y Hollywood por contenido fomenta la creación literaria. No te miento que me interesa mucho penetrar ese mercado y llegar a dicho público, lo cual es bastante difícil en mi experiencia; me refiero a trabajar con editoriales y agentes literarios. Es un mundo muy competitivo debido el alto volumen de obras y autores; son muy específicos en lo que buscan y muchas editoriales pequeñas no tienen la capacidad de publicar muchos libros al año. Permíteme especificar que como dice el refrán ‘lo cortés no quita lo valiente.’ El ser cubano no se separa de mis letras. Mi novela en inglés The Watchers te lo demuestra. A pesar de que intenta atraer a un público más amplio e incluso insinuarse como adaptable para la pantalla (de hecho, la adapté recientemente como guion de cine), el conflicto político y social cubano es la columna vertebral de la historia. Es un thriller bona fide que abunda en la historia bíblica, conflictos políticos internacionales y se mueve en parajes exóticos, históricos y ricos desde el punto de vista cultural. Mi tercera novela, esta vez escrita en español, ocurre también dentro y fuera de Cuba y la mayoría de los protagonistas son cubanos o cubano americanos. Me es imposible aislarme de mi esencia, aunque sí intento universalizarla, salirme de esquemas preestablecidos pues después de todo el exilio nos ha dado la posibilidad de escribir desde un prisma más universal. Me siento un poco como un Alejo Carpentier (perdóname la comparación) en el sentido de que era un hombre que había visto el mundo y podía escribir desde parajes foráneos pero su esencial cubanía sale a relucir directa o indirectamente.
Cuba… ¿qué significa hoy para Asley L Mármol?
Un anhelo al que no puedo renunciar. Un dolor profundo al ver la desolación de la gente y la depauperación física y espiritual del país. Sueño con regresar cuando un cambio democrático trascendental suceda a ayudar a reconstruir la democracia y las instituciones sociales, políticas y culturales que por décadas han fungido como instrumentos de opresión o adoctrinamiento comunista. Soy optimista de que Cuba pueda recuperar el tiempo perdido y detener la regresión económica en unos pocos años y que los millones que estamos fuera -junto al talento y sed de progreso de los que viven dentro- pondremos lo que hemos aprendido y los recursos e influencias que podamos aunar en función de reestablecer el país y convertirlo en una nación moderna, exitosa y próspera.
Finalmente, hablemos de tu más reciente libro: El reflejo, que en edición bilingüe acaba de publicar Ilíada Ediciones. ¿Qué encontrará el lector de novedad en este libro, en el contexto de tu poética?
No hay nada nuevo bajo el sol, pero sí creo que El reflejo nos pone delante de uno de los conflictos humanos más cruciales de la historia desde una perspectiva inusual: los hijos como negación de los padres en medio de un mundo dominado por las redes sociales y corrientes ideológicas de extremos. Es una visión poética del conflicto filosófico intergeneracional visto desde ambos puntos de vista. La sección ‘Ellos’, pretende definir el ethos de las nuevas generaciones, sus puntos débiles, pero también su brillantez como seres humanos en una gesta por corregir lo que suponen fueron errores cometidos por la generación anterior. ‘Nosotros’, es un desgarrador compendio del trauma existencial de los padres al enfrentarse a las distintas etapas y reacciones en el desarrollo espiritual e intelectual de sus hijos. El conflicto es inevitable, más la complementación en ese proceso de negación dialéctica será la conclusión; el entendimiento de que cada generación deconstruirá a la anterior para luego tomar de ella los rasgos que enriquecerán su novedosa configuración. Creo que este libro hace el intento por comunicar conceptos bien definidos con la mayor claridad posible dentro del lenguaje poético, sin renunciar al lirismo ni caer en burdo coloquialismo. También se aleja de amaneramientos estéticos innecesarios, purgando la maleza exuberante que suele abundar en la mente del poeta. Creo en un discurso poético que sugiera y eleve a la vez. Espero haberlo logrado en El reflejo.
A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Manuel Neto Dos Santos? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Manuel Neto Dos Santos, el ser humano y Manuel Neto Dos Santos, el poeta, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.
De verdad, el hecho de que desde niño haya sentido la voz poética en mí me ha hecho convertirme en la persona que soy actualmente: soy todo fruto de la poesía y de mi fascinación por mi lengua materna, por su musicalidad, su cadencia y su destino. Toda mi vida ha tenido, tiene y tendrá sentido sólo bajo la égida de las palabras.
¿Cuándo sentiste por primera vez ese deseo de escribir que, como se ve por tu amplia obra, cambiaría el sentido de tu vida? ¿Cómo fueron esos inicios?
Hijo de campesinos analfabetos, fue la musicalidad de la voz de mi padre recitando de memoria versos de poesía popular lo que despertó en mí esta fascinación por la rima, las palabras y las «historias» contadas en verso. Tardes de las interminables noches de verano, una calle llena de vecinos de una sencilla aldea algarvia escuchando leyendas de moras encantadas, canciones sobre la naturaleza, el trabajo en la tierra, sueños de amor… todo entonces se quedó indeleblemente impreso en mi alma de niño, en el timbre de mis oídos. Al unísono, la voz melódica de mi madre contestándole a mi padre en fados clásicos… no es de extrañar que ya a los 7 u 8 años empezara a escribir mis primeras «rimas».
Si te preguntaran por el origen de tu mirada poética… ¿de dónde se nutre Manuel Neto Dos Santos para escribir poesía?
Cuando se sufre la ausencia del primer amor… a los 15 años, la poesía fue mi forma de desahogo confesional. El hombro amigo sobre el que sobrevivir. Soy el eterno poeta de la infancia, del amor, de la naturaleza… Más tarde, la influencia arábigo-andaluza en la lengua portuguesa y en mi esencia como algarvio, la mitología greco-latina, la lectura compulsiva de clásicos, un poco de todo el mundo… y la escritura como diario ritual, aun más.
En el mercado del libro y la literatura es un verdadero reto insistir en la poesía, ya que es un género que pocas editoriales quieren publicar. Sin embargo, tú insistes en hacer poesía y en traducir al portugués a otros poetas. ¿Cómo se percibe ahora mismo en Portugal a los poetas?
A nivel general y universal, estos días son días en que las editoriales andan en la búsqueda del beneficio a toda costa. Portugal no es una excepción. Las editoriales portuguesas vienen sufriendo este paradigma de los poderes editoriales que sostienen la «edición en masa». Hay autores «famosos» (a los que nadie lee) con ediciones de miles de ejemplares en cada edición, cuyos libros luego son destruidos; los «aprendices de editores» prestan su sello editorial cuando, en realidad, es el propio poeta quien paga la edición. En mi caso personal, al principio de mi vida «editada» ya lo hacía pero… con más dignidad: iba pidiendo puerta a puerta a mis amigos el compromiso de que compraran ejemplares y sólo entonces acudía a la imprenta. Hoy en día… pocas son las editoriales que consideran a los creadores literarios como un eslabón esencial en la preservación de la cultura portuguesa.
¿Qué razones crees que influyen en que la literatura de Portugal, salvo los casos muy conocidos de Pesoa y Saramago, no sea tan mencionada en el escenario de la literatura internacional?
Tanto Pessoa como Saramago tomaron la dirección de la universalidad de la escritura. Hay otros autores mucho más importantes que ellos, pero no están «de moda». Pessoa, con su tragedia personal, eligió «desdoblarse» en heterónimos para sobrevivir al vacío de una existencia abrumadora de desasosiego. Su obra ha sido requisada en innumerables «estudios» de corta y pega por eruditos que jamás han escrito un simple poema… buscando sólo créditos para sus pavoneantes egos curriculares… ¿Saramago?… se embarcó en la irreverencia de la escritura provocadora de la no puntuación. Irreverencia en una “carcel mental” te convierte en un heroe. Ganó puntos en su registro, ganó un Nobel…, ganó casi todo; escribió como quien habla, en un «exilio» de su elección… fuera de Portugal. Lanzarote fue su «centro del universo». Los cientos de grandes poetas restantes… son poco «vendibles», demasiado portugueses debido a la profundidad y sinceridad de sus almas genuinas, más que producto comercial son esencia, por eso escapan al gusto común.
Uno de los poetas que has traducido al portugués es el cubano Rafael Vilches Proenza, que forma parte del Consejo Editorial de OtroLunes. Cuéntanos cómo descubres la poesía de Vilches Proenza y cómo fue la experiencia de traducir a uno de los más importantes poetas cubanos de la actualidad.
No creo en las coincidencias. Un día, paseando por Facebook, me topé con un poeta de quien nunca había oído hablar: Rafael Vilches Proenza. En un impulso traduje uno de sus poemas y lo compartí. Me respondió, contento. No sabía yo que estaba delante de uno de los más grandes poetas que conozco. Así llegó a mi vida y así tuve, más tarde, el honor de traducirlo. Más… Un magnifico POETA, con sangre lusa en sus orígenes: «Proenças». Desde el primer momento, el compromiso ante mí mismo (como siempre hice con los 23 poetas que le precedieron): leer y releer en voz alta, sentir que sólo prestaba mi voz lírica, mi linguaje, a un hermano de esencia. De los muchos cientos de poemas, elegí unos setenta, le di la idea de una «antología» y, poema a poema, con los que más me identificaba, De la isla-carcel a la flor de la libertad poco a poco aparecía. Meses y meses, verso a verso, poema a poema, en un acto de respeto y humildad ante un Enorme Poeta. Espero, de todo corazón, haberle rendido el debido homenaje.
Si tuvieras que explicar la poesía que va a encontrar un hipotético lector en tu poemario “Abundatia Cordis”, publicado recientemente en Ilíada Ediciones, ¿qué le dirías a ese lector?
Sin sombra de duda, Abundantia Cordis es el libro de mi madurez como poeta, una bandera, desplegada, meciéndose a manos de las brisas de quien, de hecho, soy. Concebido, escrito, en una estructura de casa que por mis propias manos se levantó, más que una compilación de poemas es mi retrato más perfecto: lírico, homosexual, místico, agnóstico, sensual, nostálgico, panteísta, amante incondicional de la Lengua Portuguesa. Un hombre de esperanza en la desesperación. El eterno niño que pide pan, limosna, ropa en un país bajo el yugo fascista. Un poeta que lo sea de verdad tiene que desnudarse en la plaza pública. La poesía, en su registro dictatorial, no admite máscaras. Mucho mejor el rostro acariciado por los aplausos, arrugado por los sueños que aún espero que se hagan realidad.
Sabemos que eres un escritor incansable… ¿en qué proyectos de escritura andas ahora mismo?
De momento ando en la traducción de varios poetas y, al mismo tiempo, reviso textos de edición (bilingües o sólo en portugués) de los siguientes títulos: El libro de Demeter, Vita Brevis, Opus Numero Cero y El libro de los retornos.
Sonia Díaz Corrales es una de las poetas más originales que conozco. De muchos modos ha sido siempre una nómada de la poesía (la ha cargado pacientemente en su alma allí adonde la ha llevado la vida, sin contaminarse con las muchas tendencias y modas con las que se ha codeado). Es una de las más exigentes editoras que he conocido en mi vida como escritor (de hecho, acaba de leer una de mis primeras novelas negras y ha hecho una serie de señalamientos que no habían visto los muchos editores que ha tenido esa obra, en sus más de diez ediciones). De una sinceridad admirable, y una nobleza humana subyugante, se ha ganado el cariño y el respeto de quienes la hemos conocido y disfrutado de su alegre presencia, de sus consejos de vida siempre certeros, y de esa calmada sabiduría que se desprende de su voz y de sus palabras cuando lee sus exquisitos poemas.
Esta entrevista, que pudo haberse realizado en nuestro más reciente encuentro, cuando me invitaron a presentar mis novelas negras en el Festival Internacional Tenerife Noir 2023, en esa isla canaria donde Sonia vive desde 2001, se vio postergada por nuestras charlas, más humanas y menos profesionales, como suele suceder cuando dos grandes amigos se encuentran. Ahora se concreta gracias a esa costumbre que viene siendo hace bastante la internet.
A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Sonia Díaz Corrales? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito quiero que respondas por separado: Sonia Díaz Corrales, el ser humano, y Sonia Díaz Corrales, la escritora, teniendo en cuenta en que sentido se contraponen y complementan estas dos áreas de tu vida.
SDC se quisiera librar con alguna peripecia de esta pregunta, pero como sé que es precisa y reduce la evasión a cero, empezaré por el ser humano. Es difícil definirse, y esto suena rancio, manido, pero es así, además me parece de poca utilidad ya que cada uno tendrá una idea propia sobre quién soy, lo cual está bien, y no me preocupa nada, pero te diré unas cosas sobre lo que sé de mí: defiendo la individualidad a muerte, abomino los colectivismos, nadie sabe mejor que yo lo que es bueno para que me vaya bien —aun si me fuera mal sigo pensando así—, puedo pasar por alto una descortesía hacia el ser humano que soy o la escritura propia, nunca la deslealtad, o el abandono por beneficios de cualquier tipo, incluso hacia los otros. Desprecio, —aunque me esfuerzo en evitarlo— el servilismo y la arrogancia. La escritora discute con frecuencia con el ser humano, le recuerda en qué cosas tiene que ser más flexible o indiferente (¿a ti que te va de todo esto?, le dice, como Jesús le contestó a Pedro cuando quiso saber cómo le iría a Juan), en fin, esas dos discuten y yo las escucho, porque sé que el final seré yo quien dirá la penúltima palabra, la última siempre la dirá Dios. La escritora es intransigente con lo escrito, revisa, pule, reescribe, relee hasta la saciedad, se pregunta una y otra vez: ¿ya está?, y casi nunca la respuesta es sí. El ser humano quisiera poder cambiar algunas improntas de su propia vida. La escritora se toma vacaciones cada vez más a menudo, el ser humano ha aprendido a detenerse en la belleza que descubre en las cosas, en otros seres. Ellas se aprecian, y solo se perdonan haberse tenido que ceder espacio una a la otra porque juntas han vivido lo mejor de mi vida.
Aunque sea raro para muchos, creo que haber crecido en el entorno de ese pueblo del centro de la isla llamado Cabaiguán, fue el mejor caldo de cultivo para que te decidieras por la escritura… ¿Me equivoco?
Manuel Sosa, Sonia y Gumersindo Pacheco, 2010.
Si y no. Necesito extenderme un poco para explicar esto que es muy diferente a lo que les ocurrió a otros escritores que estudiaron carreras relacionadas con la literatura, o que fueron formados desde muy jóvenes en ella. Yo provengo de una familia de gente de campo, que cuando en la isla la mayoría dejó el campo se mudaron a Cabaiguán y se convirtieron en obreros. En mi casa no había libros, ni libros infantiles siquiera, no recibíamos el periódico como empezó a ser frecuente en muchas familias después del año 59 —era casi una obligación saber lo que decían los que podían hablar—; por no haber, en mi casa no había ni una Biblia, nada… Los primeros libros que recuerdo haber leído los encontré en el cuarto de regueros de la casa de mi abuela materna y seguro que tenían una finalidad más prosaica que la lectura, fueron Los miserables, y una edición muy fea de ¿Por quién doblan las campanas?, que me dejó llena de preguntas a los diez u once años, estaba segura de que a aquel libro le faltaban páginas al final, no podía ser que acabara así, y quedé convencida de que yo podía escribir una historia con un final más final, y lo hice. Está de más decir que no tenía ni idea de quienes eran Víctor Hugo o Hemingway, y si lo hubiera sabido tampoco hubiera cambiado nada: tengo roto el divinómetro de siempre. En esa época ya me había mudado a un sitio dentro de mí, frágil aun, pero cálido y protector: Cabaiguán era un exterior a veces muy violento para lo que mi ingenuidad esperaba del mundo, o eso creo. La ingenuidad no espera nada, la mayor parte de las veces da por sentado que lo correcto ocurrirá. Eso por una parte, y por otra, nunca decidí escribir, fue algo que ocurrió. Primero escribí cuentitos con finales muy claros, y luego algo se desbocó y empecé a escribir ideas, tristezas o alegrías, locuras, pensaba yo, porque se empezaban a parecer a historias sin finales claros, y que no tenían la finalidad de ser compartidos o leídos por otros. Un día alguien los encontró por casualidad y me dijo que eran poemas, de más está decir que ya tenía dieciocho y me entró la risa. Me metieron a empujones en una casa donde se reunían los literatos del pueblo, el Taller Literario Rubén Martínez Villena —no tenía muy claro ni quién era Villena—, la primera sorpresa fue encontrarme a Gume Pacheco, un vecino que asociaba con cualquier cosa menos con cuentos y poemas —todavía no le decía literatura—, allí me dijeron no solo que escribía poemas, sino que esto, esto y esto otro estaba mal. Imagínate si me dio risa saber que escribía poemas, el ataque que me dio saber que lo hacía mal. Contando con que eran los primeros años de los ochenta y yo tenía mi primer trabajo en un policlínico, era Psicometrista, y ocurrían cosas en todas partes con las que estaba en desacuerdo y era lo suficientemente torpe como para expresarlo sin filtros, se entenderá que escribir mal unos poemas no fue un trauma para mí. El trauma vino cuando me pasaron “unos libros” que debía leer sin falta: Francisca y la muerte, de Onelio Jorge Cardoso, y un poeta que había nacido en Guayos, Fayad Jamis, y una novela de Turguéniev, Aguas primaverales, y otros más. Dejé de reírme y empecé a leer como loca. Hay que decir que Cabaiguán tenía una Biblioteca Pública relativamente bien surtida y que la librería recibía bastantes libros en esa época, y que venían al taller Eric Conde y Edel Morales, que recién llegaba de La Habana y escribía poesía y me llevó a la lectura de los poetas de la capital y de los sitios que empezaron a desplazar de La Habana la mejor poesía que se escribía entonces, cosa que si bien no me perturbó, me enseñó el abismo al que te asomas cuando lees poetas como Heriberto Hernández, Frank Abel Dopico, o Alberto Rodríguez Tosca, cuando lees a Borges y a Baquero, cuando lees El Albatros una y otra vez, o Mujer con Alcuza, de Dámaso Alonso, y no lo sabes con certeza, pero intuyes que hay mucho mucho más, lees y discutes sobre si Mi vida con la ola, de Octavio Paz, es un cuento o un poema escrito en prosa. Y cada vez te abismas más, porque tienes miedo de no poder llegar nunca al estado en se escriben obras como esas. Cabaiguán abrió esa puerta para mí, aunque el taller ya no era en una casa sino en la Casa de Cultura, porque algunos nos habíamos vuelto un poco molestos para la oficialidad, más con la llegada de Alberto Sicilia y la tertulia del Mono Roza. Creo que si hubiera vivido en cualquier otro sitio hubiera escrito igual, y creo que estar en Cabaiguán a donde llegaban muchos escritores nacionales y se hacían eventos de literatura a menudo ayudó a que me lo tomara en serio.
De ese lugar de Cuba salieron nombres hoy imprescindibles de las letras cubanas. Lo curioso es que, siendo un grupo tan unido y aunque existan influencias compartidas, cada uno de esos nombres tiene un estilo bien diferenciado. Si te vieras obligada a explicarle a alguien tu poética, ¿qué dirías?
En Berlín, 2018.
La diferencia hace valioso lo escrito, porque lo convierte en original, puede que único, todos los de ese grupo, los del inicio al menos, somos absolutamente diferentes.
Vicente Aleixandre decía que La poesía es conocimiento implacable. Y Yevtushenko que La autobiografía de un poeta es su poesía. Todo lo demás es solo una nota a pie de página.
Para mi la poesía es un acto de fe, un abismo donde consigues que el lector tolere lanzarse contigo. Y digo tolere, y no consienta, porque nadie consiente lanzarse a un abismo contigo si no le convences de que será una experiencia única, y eso se consigue verso a verso, idea tras idea, puede que locura tras locura.
Si volvemos al ámbito de la diferencia o la originalidad, que en la poesía actual parece inalcanzable, lo que yo intento es que, si alguien lee un verso mío, un poema mío, lo recuerde sin ninguna ambigüedad en relación con otros textos, aunque olvide quién lo escribió, y sepa que está escrito para él en ese momento. A lo peor esto es muy pretencioso, por lo que consuela pensar que apenas será una nota a pie de página.
Cuba, en nuestra generación, en aquellos años, era un hervidero creativo de talentos. Algunos dieron el salto y decidieron abandonar Cabaiguán, pero tú permaneciste allí hasta que saliste a Costa Rica. ¿Qué retos te supuso mantenerte alejada de los focos promocionales que siempre ha monopolizado La Habana?
Con Amir Valle y el escritor y dramaturgo cubano Abel González Melo, Berlín, 2018.
Estas cosas suelen ser en las que yo no pienso mucho. No me fui de Cabaiguán porque los focos promocionales de los que hablas eran intranscendentes para mí. Quizás no me lo creas, pero me gustaba Cabaiguán, cuando salías de las barriadas, las zanjas de detritus y las cañadas infectas, los perros callejeros ladrando a toda hora, la vecina que ponía a todo volumen el programa de los mejicanos a las 6 de la tarde, la presidenta del CDR chivateando todo el día, la mierda de caballos volando por todas partes, cuando salías de eso, afuera, todo era muy verde, las vegas de tabaco tenían ese aspecto simétrico que te genera equilibrio, y el aire era casi limpio. A veces he pensado, confieso que muy brevemente y hace años, en cómo sería Cabaiguán si no nos hubiéramos ido todos nosotros y los que se han ido después: los ingenieros, los médicos, los músicos, pero también los campesinos, los que inventaron la piruleta de azúcar prieta sin más, porque no había nada de nada con que darle sabor, los que arreglaban sombrillas, no lo sé, quizás de además de un pueblo con suerte como dicen algunos que es, sería más próspero, más limpio, más libre, más un pueblo donde yo hubiera vivido toda la vida, sin querer irme a ninguna parte. También porque ya me había ido al mejor sitio del mundo. Camilo Venegas me preguntó una vez si por no haberme ido de Cabaiguán me consideraba una escritora de provincia, y no sabes la alegría que me generó pensar en esa provincia dentro de mí donde vivo casi desde que era una niña… Joaquín Badajoz lo había dicho antes, con otras palabras, SDC se fue al sitio más cercano de Cabaiguán que encontró: las Islas Canarias, porque Costa Rica fue solo un sitio de paso. Hace veinte años que no voy a Cuba, asumo que moriré sin volver, y no tengo ninguna nostalgia, ningún pesar, ningún patriotismo rancio que me provoque sensación de “fuera” cuando aquel adentro siempre me dejaba en un fuera atroz. El estar lejos de los focos nunca fue un reto, porque apenas eran, son, la ilusión de que estás el centro de algo tan nimio y volátil como una generación, o un grupo, del que al final, ya lo hemos visto con las generaciones anteriores, solo quedan las voces más puras, las menos “generacionables”, las que lograron separarse del grupo tanto como para sobrevivir sin él, a pesar de él, por lo que son únicas.
¿Qué razones te impulsaron a escribir El hombre del vitral e incursionar en la novela?
Antes que El hombre del vitral había escrito El puente de los elefantes, que empecé a escribir en Cuba y terminé en Costa Rica, y que se publicó porque Capiro le hizo sitio. Mi gratitud a los que se hicieron cargo de ella en esa querida editorial de Santa Clara y a los que luego la leyeron con generosidad. Tengo que decir que ha tenido más detractores que nada que yo haya escrito nunca. El puente de los elefantes recibió el Primer Premio a Novelas Editas 2016, del Premio Letterario Internazionale Indipendente de Promoción a artistas extranjeros. Fue una sorpresa, porque escribí esa primera novela para quitarme de encima un mundo que no cabía en toda su amplitud en la poesía, que necesitaba más detalles, más rabia, y yo iba sobrada de eso en aquel tiempo. Yo hice mi parte, después le tocó al texto defenderse solo.
El hombre del vitral, lo escribí viviendo ya en Canarias, y fue un ejercicio consciente, una prueba de que podía escribir narrativa, y alejarme tanto de Cuba y de los temas cubanos como quisiera, podía escribir casi de cualquier cosa, literariamente hablando y como se dice allá: “Me había dado baja de eso de contar de Cuba”. Con El puente… había agotado el tema y la rabia, entré en una etapa de serenidad que aún me dura, Dios me ayudó, y ahora no tengo apremio alguno, solo quiero escribir sin límites, también narrativa. Creo además que no tengo energía para seguir leyendo lo que redunda y se retroalimenta en aquella miseria infinita —real y moral—, es como si leyeras una y otra vez el mismo libro, estoy agotada de esa clase de lectura, y no creo que vuelva a escribir sobre eso.
Como una cortesía a los hipotéticos lectores, ¿podrías resumir brevemente el mundo de esas dos novelas: El hombre del vitral y El puente de los elefantes?
El puente de los elefantes es difícil de resumir:
Dos hermanas gemelas, nacidas en un pueblo de campo de la región central de Cuba en el año 1964, buscan diferenciarse en su enorme parecido físico; una se tiñe el pelo de negro y la otra de rubio, una estudia Económicas y la otra Literatura, una se casa con su vecino y se queda a vivir en el pueblo y la otra… se convierte en protagonista de la historia. A pesar de estar separadas por muchas cosas, algo más fuerte que los detalles externos une a las dos hermanas.
La gemela que se queda en el pueblo, narrador/personaje, en una circunstancia muy particular (que el lector descubrirá pasados los primeros capítulos), cuenta la historia, que empieza cuando, a mediados de los años 80, su hermana se casa con el habanero y se va a vivir a La Habana. La vida se tuerce por muchas causas: el habanero se va del país y se olvida de su familia, y mi hermana tiene que dejar su trabajo en un Contingente, cuya jornada de doce horas diarias le impide atender a su hijo. El contrabando acaba siendo la solución para ganar lo necesario para vivir; mi hermana y mi sobrino llevan y traen (de La Habana al pueblo y viceversa), comida, tabaco, zapatos o lo que se presente, pidiendo botella o pagando, a los choferes que viajan por la Autopista Nacional, pero el dinero que ganan apenas alcanza para comprar lo básico. El reducido espacio donde se mueve el narrador, el calor insoportable sobre el asfalto de la autopista y la espera debajo de cada puente, generan una sensación de opresión y falta de esperanza, donde a pesar de todo una mujer y un niño vencen, contra todos los pronósticos, hasta a la misma muerte.
Como trasfondo, la vida real de la sociedad cubana de finales de los años 80 y principio de los 90 y 300 km de autopista entre El puente de Neiva y El puente de los anillos. Cada capítulo de la novela tiene el nombre de un puente de los que están en ese tramo de la autopista, y solo uno de los puentes tiene nombre propio: El puente de los elefantes, un puente especial, mágico, a donde mi hermana y mi sobrino escapan cuando la policía registra los autos donde van, y por donde pasan inevitablemente cuando encuentran una manera para irse de Cuba.
El hombre del vitral es la historia de Sandra, una joven y talentosa arquitecta que está inmersa en la construcción de un vitral impresionante, ocho vidrieras donde la emblemática figura de un hombre que debería ser perfecto acabará pareciéndose de forma asombrosa a lo que tenemos por un individuo común. Desde niña había perseguido los colores de un vitral de sueños que a la vez fuera poesía, y donde pudiera mostrar la grandeza y la insignificancia del ser humano. Su amiga Ángela también persigue al hombre perfecto, lo hace en el laberinto de una página de contactos. Las dos saben que buscan lo imposible, pero no se detienen, retoman una y otra vez la vida a partir de una filosofía: todo lo que inventas existe, aunque no lo hayas encontrado todavía.
Convergen ambas al final de su búsqueda: la silueta que aparece en el vitral de Sandra es, quizás, lo más cercano a la perfección que Ángela pretende hallar en los hombres con los que se encuentra en la realidad.
Como verás hay dos mujeres en ambas novelas, pero también dos mundos alejados entre si por infinitas posibilidades. Espero que nada de un texto haga que el lector piense siquiera en el otro.
De Cabaiguán a Costa Rica y de allí a Tenerife… Visto ahora desde la distancia… ¿qué aprendió, qué perdió o qué ganó Sonia Díaz Corrales de cada país en ese sendero al exilio?
Seguro perdí y gané cosas que ya ni recuerdo, para eso escribí Los días del olvido, que son más bien los días infinitos de la memoria, muchos poemas que aparecen en el libro y muchísimos más que no estarán en ningún libro. Dios y la poesía me han salvado de casi todo lo que hubiera podido matarme: el miedo, la soledad, la sensación de que el tiempo no pasa cuando los que están lejos van a seguir así por mucho tiempo, el amor, el amor siempre pudo matarme. A pesar de eso, Costa Rica me enseñó a quitar el dedo con el que tapamos el sol, me reveló el verdadero sabor de cosas que había soñado diferentes, y me dejó buenísimos amigos, personas generosas en las que pienso a menudo, hablo con ellas en una especie de ensoñación, donde me disculpo por haber dicho alguna palabra de más, o de menos, me mostró que el mundo era tan grande… y nos acogió a mí y a mi hijo sin pedir nada a cambio. Los sabores de Costa Rica son inolvidables. La lluvia constante y el barro quizás son un recuerdo que cada vez pesa menos en esa vivencia.
Tenerife ha sido el retorno a la familia, toda la familia, el aire transparente de las islas, el clima inmejorable, la dulzura en el habla, el lugar definitivo para darle una casa a mi hijo. Mi insilio aquí es solo una licencia que me permito porque puedo, sigue siendo esa provincia de mí que crece en la medida en que aprendo, y me instalo en esa serenidad que he alcanzado.
¿Qué he aprendido? Quizás que no hay exilio que no acabe. Que nada de lo que dejé atrás es irremplazable. Qué me agoté inútilmente, deseando cambiar lo que no era importante. Que mi hijo y yo misma merecíamos ver más que lo que hubiéramos visto allá. Gracias a Dios estoy aquí y me alegro por ello.
Cuba… ¿qué significa hoy para Sonia Díaz Corrales?
Puede que mi respuesta decepcione a algunos, que otros me encuentren falta de patriotismo. Nunca he sido patriota, ni me siento obligada a patria alguna. No tengo recuerdos de La Habana o del Malecón que me quiten el sueño. Fui a La Habana por causas de fuerza mayor unas pocas veces: operaciones, eventos, trámites… Cabaiguán se despidió de mi la última vez que estuve en Cuba sin mucha esperanza, fue mutuo, tengo que reconocerlo.
Cuba hoy es solo un sitio donde viven mi amiga la poeta Rosa María y mi tío Mario, algunas otras personas que recuerdo con cariño. Me emociona más ver el Acantilado de los gigantes en el sur de Tenerife, que una imagen de Varadero. Solo pude ir a Varadero una vez cuando vivía en Cuba, y tengo un recuerdo confuso sobre unas carreras para colarnos en un hotel… cosas así.
La Cuba terrible, la de la opresión, la de los golpes y la prisión de mi padre, la de los actos de repudio y la humillación, las conversaciones de advertencia, la miseria pura y la falta de aire, ya hace mucho tiempo no puede alcanzarme, ni a los que amo. Solo me cansa un poco la indolencia y la hipocresía de los que tratan de justificar y enmendar esa Cuba con falsas hermandades, con razones falsas, que nunca existieron, apelando a que hubo unos tiempos mejores, ¿mejores para quién? Por suerte yo he pagado mi libertad como cualquier esclavo, con trabajo, con dinero, con tiempo, con dolor, con algunas pérdidas que cada día importan menos, sobre todo con valor. Nadie pretenda que también pague por la suya, hay una profunda equivocación en esa idea de que el mundo les debe algo a los cubanos, a Cuba, que yo les debo algo. Esta fue una de las falacias mejor vendidas y engañosas que asumió la sociedad cubana como un mantra cuando la miseria se volvió el espanto que es hoy. Por suerte, Cuba es un lugar muy lejos, donde vive alguna gente que quiero, y mucha gente que no me interesa en absoluto. El victimismo, la cobardía y el churre suelen crecer donde la gente endiosa tiranos y enarbola mentiras haciendo como si fueran la patria. No participé nunca en eso cuando vivía allí, muchísimo menos ahora.
Sé bien que demoras mucho en sacar un libro a la luz, pero también sé que no dejas de escribir… ¿en qué proyectos andas ahora mismo?
Amir Valle, el escultor español Román Hernández y Sonia Díaz Corrales, Tenerife, 2023.
Hay una novela coral, amplia en el tiempo que aborda y puede que en la extensión, en la que llevo más de diez años trabajando; otra novela corta que quiero dejar fina antes de darla incluso a leer a los pocos amigos, lectores agudos y sinceros, que suelo molestar para estas cosas; hay varios libros de poesía, poemas dispersos por todas partes que a veces creo me van a aplastar, y suelen acabar en el cesto de la basura; hay un libro de cuentos que alguien se ha leído dejando de manifiesto su horror por mi falta de pericia como cuentista; un libro de décimas que igualmente los decimistas bregados me recomiendan discretamente desaparecer, al punto de que alguno ni siquiera ha dado opinión cuando se lo he mandado —quiero pensar que es pura envidia de verso libre, está claro que me estoy riendo ahora, como en aquel lejanísimo tiempo de mi juventud cuando me dijeron que escribía poemas—, pero nada me apremia. Me espanta colmar la generosidad de los lectores con poemas a medias, no suficientemente trabajados, o historias vacías, que cuentan mal y no estremecen, o se parecen a otras historias de otros. Me siento libre y serena para impartir justicia entre mis escritos. Soy una mujer mayor que solo tiene compromiso con su fe en Cristo y con la dignidad que entiendo se necesita para vivir como un ser humano normal.
Gracias, Amir, por manifestar interés en estas cosas de mí.
En el año 2016, la Oficina Nacional de Estadísticas e Investigación (ONEI) realizó una Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género. En dicho trabajo se entrevistó a miles de personas de todo el país y los resultados parecen sorprendentes. Sólo un 2,2 porciento de mujeres habría sufrido violencia sexual y un 2,3 porciento, agresiones físicas. ¿Se corresponden estas cifras con la realidad o es que muchos cubanos y cubanas no alcanzamos a percibir como violentas determinadas actitudes?
No tengo manera de negar o rebatir esas estadísticas, soy teatróloga, así que mi “disciplina” no tiene que ver con la mediación estadística (aunque sea una herramienta innegable). Asumo que me preguntas, precisamente porque no trabajo en laOficina Nacional de Estadísticas e Investigación (ONEI). Si me lo permiten, voy a ser radical: todas las mujeres que conozco han padecido violencia de género, violencia machista.
«Padre por partida doble, melómano sin diploma y actual desempleado laboral. Le gusta caminar, leer y escuchar música sin un orden específico. A veces escribe.» Sintética y un poco irreverente, confieso que me encantó esta autodefinición de Humberto Manduley López, muy acorde con las imágenes de tipo de pelo largo que he encontrado en la red. Afincado desde hace algunos años en México, colaborador consuetudinario de El CaimánBarbudo con su sección La cuerda floja, hoy tomamos la guitarra eléctrica, ensayamos acordes y nos disponemos a hablar con Manduley de un tema que es su gran pasión y que siempre despierta polémicas en nuestro panorama musical: el rock cubano.