El pasado siempre vuelve y es mejor tenerlo presente para que no nos sorprenda

ENTREVISTA AL ESCRITOR VENEZOLANO MIGUEL ÁNGEL LATOUCHE


POR AMIR VALLE

Hay novelas que buscan reconstruir la Historia, así, con inicial mayúscula, pero hay otras que cuestionan las aristas ocultas, generalmente esa que llevan las contradicciones humanas, en esa Historia. Y Los fantasmas de Otto Müller es de las segundas. Quien decida a entrar en sus páginas verá la historia como un telón de fondo que sirve de escenario a un controversial contrapunto entre lo que sabemos, lo que suponemos y lo que en verdad esconden ciertos sucesos de nuestra vida cotidiana. Y si además esos sucesos se aliñan con los sabores amargos de la imperfección humana y con los secretismos con los que se abordan algunos conflictos humanos relacionados conla historia del mundo moderno, entonces lo que se ofrece es un ámbito de disfrute de la intriga narrada y, a la vez, de reflexión sobre esa dualidad espiritual de ángel y demonio que, según algunas filosofías y credos, configuran eso que llamamos «especie humana».

Todo eso pasó por mi cabeza mientras leía esta novela del venezolano Miguel Ángel Latouche. Así que quise ponerlo aquí a responder preguntas en torno a todos esos dilemas que aborda en su novela.


El título habla de “fantasmas”. ¿Qué son realmente esos fantasmas: los muertos, los secretos familiares, la culpa histórica o aquello que una sociedad decide no recordar?

Es interesante. El título original de la novela era “Los secretos del abuelo”, pero me di cuenta de que en realidad no quería hablar solamente sobre los secretos del personaje, sino sobre los “espectros” que lo persiguen. No porque se trate de fantasmas materializados —aunque de alguna manera en el devenir de algunos personajes también estén presentes—, sino porque sobre todo los pensaba como los restos de esas memorias que recordamos a medias: no solo porque las hayamos olvidado, sino porque decidimos hacerlo, en un ejercicio de autoengaño, enterrándolas allí donde creemos que no volverán a perseguirnos. La verdad es que el pasado siempre vuelve y es mejor tenerlo presente para que no nos sorprenda y hacerlo no como si fuera un fardo que nos detiene, sino como una experiencia de la cual sacar provecho.

En ese sentido, el drama de Müller no es solamente un drama personal; escribí al personaje como una metáfora de mi propia experiencia de expatriado, aunque, permíteme aclararlo, no cargo encima ninguna de las culpas de Müller, aunque quizás sí muchas de las ansias que tiene el nieto por descubrirse a sí mismo en un mundo que intuye complejo. Venezuela, a fin de cuentas, es un país desmemoriado, empeñado en empezar desde cero en cada ciclo histórico y que no ha reflexionado lo suficiente sobre las razones que nos han llevado a vivir la crisis histórica que enfrentamos en este momento.

El drama que persigue a Müller está construido desde su propia identidad, es un alemán que vivió la experiencia de la II Guerra Mundial y el exilio y su arco se mueve dentro de esa realidad, pero es, además, una resonancia de la manera como pienso a Venezuela. Müller se pierde no porque ignore que lo que hace está mal, sino porque hacer el esfuerzo de hacerlo bien le parece peligroso o difícil. En América Latina hemos optado a menudo por olvidar, por no reflexionar lo suficiente sobre nuestro pasado, por no hacer las mea culpas correspondientes; tenemos sociedades en las que la memoria se convierte en pensamiento difuso u olvido. Pero la verdad es que no basta con olvidar para evitar que el pasado regrese. En el caso de Müller, los fantasmas son memoria y culpa; en el caso de nuestros países, son esa discontinuidad histórica que, en medio de procesos inconclusos, nos condena a un eterno retorno.


La novela parte de una revelación familiar estremecedora: descubrir que el hombre que crió al protagonista no era quien decía ser. ¿Qué le interesaba más explorar: el descubrimiento de una identidad oculta o la transformación interior que provoca descubrirla?

Referido a un tema similar decía Umberto Eco que le asombraba comprobar cómo conocía más del pasado de sus personajes que del de sus padres. De alguna manera, sin importar cuán cercanos podamos llegar a ser con quienes nos antecedieron, nunca seremos capaces de conocer la totalidad de su historia, aun si ellos nos la revelan. Por una parte, ellos solo pueden hablar de lo que recuerdan, y el recuerdo, por definición, suele estar distorsionado por la interpretación de cada uno; por otra, siempre habrá información no revelada. Generalmente en nuestro pasado hay cosas de las que no nos sentimos orgullosos —el que esté libre de pecado que tire la primera piedra— y de las que, por tanto, simplemente escogemos no hablar.

A mí me asombró mucho, por ejemplo, una fotografía de mi abuela que la mostraba como una mujer joven y vivaz, llena de ilusiones y energía, que contrastaba mucho con aquella anciana amorosa que bordaba camisitas para sus nietos. Ciertamente, “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”. Siempre hay algún secreto familiar del que no se habla y que convenientemente es olvidado, hasta que aparece algún comentario o una carta amarillenta con una revelación incómoda o luminosa.

En el caso de la novela, a mí me interesaba mucho explorar la transformación que todo el misterio genera en Javier, la manera como la adversidad que enfrenta lo obliga a transformarse, a endurecerse, a madurar. Cómo el descubrimiento implica un cuestionamiento que lo lleva a preguntarse “quién soy”. Esto, por supuesto, no es casual; creo que es una pregunta recurrente en quienes han vivido en el exilio. Cómo enfrentarse a otra lengua, a otra cultura, a otro modo de ser supone o requiere una transformación adaptativa. Javier tiene que enfrentarse a algo incluso más complejo y doloroso: tiene que enfrentarse a la verdad y la verdad, como en aquel verso extraordinario de Serrat, no tiene remedio. La verdad es por necesidad una fuerza transformadora, quizá precisamente por eso hay tanto empeño en ocultarla o tergiversarla. Ese es el tema que quería discutir en la novela.


Otto Müller parece encarnar una paradoja moral: un hombre capaz de ternura y, al mismo tiempo, vinculado a una maquinaria de crueldad. ¿Hasta dónde puede llegar la literatura en su intento de comprender a un personaje sin convertir esa comprensión en una justificación?

Creo que de cierta forma estamos entrenados para pensar que el mal, en tanto que mecanismo de deformación moral, es también un mecanismo de deformación estético; estamos acostumbrados a aparejar el mal con lo feo, y la verdad es que para ser un monstruo no es necesario parecerlo, basta con serlo. Yo no creo que la literatura deba ser utilizada para justificar el mal. El mal es una categoría moral que existe y que es cuestionable, pero de allí a pensar que alguien pueda ser malo por naturaleza hay, desde mi punto de vista, un trecho. Sin necesidad de meternos en una discusión teológica que les pertenece más bien a, no sé, San Agustín o a Spinoza, creo que en la mayoría de los casos el mal tiene una razón estructural que no lo justifica, pero que lo explica. Hay condiciones objetivas que pueden llevar a alguien a abrazar el mal y rechazar el bien en tanto que postura moral.

Pero tampoco se trata de un mal absoluto, que es el que pudiéramos atribuirle al demonio; aun aquel que actúa mal y hace daño tiene seguramente alguien a quien ama. La historia está llena de sujetos que son capaces de torturar en la mañana, activar la guillotina en la tarde y luego sentarse con los hijos y ayudarlos con la tarea en los términos de una vida familiar normal. Ahora sí creo que es responsabilidad del autor y de lo que escribe comprender al personaje, sus razones y la manera como el personaje intenta justificarse. La guerra implica, en todos los casos, por ejemplo, la despersonalización del enemigo, la devaluación de la vida del otro hasta despojarlo de una equivalencia moral. Podríamos pensar en la manera como los nazis restaban valor a la humanidad de los judíos —un tema que por lo demás se discute en la novela— o en la forma como eran caracterizados los japoneses en las caricaturas de la II Guerra Mundial; en ambos casos (sin que digamos que sean casos equivalentes) eran caracterizados como subhumanos.

Yo tuve miedo cuando empecé a escribir a Müller; me parecía alguien marcado por la maldad y de alguna forma me sentí tocado por su influjo, pero además tuve el temor de justificarlo, porque a fin de cuentas en una de sus facetas es un abuelo bueno. Enfrenté el dilema moral comprendiendo que no es suficiente con ser bueno y actuar de la manera correcta en una parte de nuestra vida, sino que tenemos la obligación de hacerlo en todos los ámbitos en los que nuestra vida se desarrolla. Ese yo que se divide entre el bien y el mal está necesariamente signado por el mal, porque el mal es inevitablemente una fuerza corruptora y, en tanto que tal, eventualmente corrompe todo lo que toca. La banalidad del mal no transforma su naturaleza.


La historia atraviesa Vancouver, la Sudáfrica del apartheid, la Gran Canaria de posguerra y varias épocas de Caracas. ¿Qué buscaba al fragmentar geográfica y temporalmente la novela? ¿Quería que el lector reconstruyera la historia como quien reconstruye una memoria rota?

Decía Cavafis en Ítaca que al final lo importante no es el punto de llegada, sino el viaje. Mis personajes viajan a lo largo de un proceso de descubrimiento interior, una especie de búsqueda de sí mismos que los lleva a cuestionarse y, eventualmente, a transformarse. En ese sentido, el contraste geográfico busca servir de contrapunto para que el personaje se vea a sí mismo en función de aquello que es diferente o que le resulta incómodo.

Sin duda es algo que tiene que ver con mi propia experiencia migratoria; yo soy un venezolano que vive en Rostock, de manera que a mí los caribes se me convirtieron en bálticos. Yo voy al mar y veo otro azul, percibo otra temperatura, me encuentro con gaviotas que graznan en otro idioma, pero, incluso más importante, percibo una distancia cultural que me incomoda —y que hace bien en incomodarme—, una historia que no es la de los bucaneros asaltando la costa, sino la de la construcción hanseática. Todo lo cual me obliga a reflexionar.

Yo pretendo someter a mis personajes a la misma incomodidad, a una búsqueda sobre un mapa inconcluso, a brújulas que no siempre apuntan al norte. De manera que el personaje tenga que buscarse a sí mismo sin saber muy bien desde dónde alumbran los faros. Se trata de una estructura de capas que es al mismo tiempo geográfica y cultural, en la que el personaje descubre al tiempo que se descubre, y que le pide al lector seguir el rastro que esa geografía va dejando a lo largo de la trama y en la manera como los personajes se transforman; un poco siguiendo —me acabo de dar cuenta— la estructura narrativa de la Odisea o de El Quijote. Acá no hay nada nuevo, aunque en realidad nunca hay nada nuevo. Siempre me asombra, por cierto, cómo juega el inconsciente en todo esto; no en balde contaba Cortázar que a él le narraban sus cuentos.


Hay una relación muy poderosa entre memoria e identidad en la novela. ¿Somos realmente quienes creemos ser o somos también el resultado de los secretos, las mentiras y los silencios de quienes nos precedieron?

Cuando yo era director en la Escuela de Comunicación Social de la UCV solía decir, en son de broma, que yo no era tan bueno como afirmaba ni tan malo como decían mis enemigos. Supongo que uno nunca es lo que dice ser o lo que cree que es; nuestra mirada sobre nosotros mismos está siempre mediada por nuestra capacidad de vernos. Hay una vieja fábula griega —no recuerdo si es de Esopo— según la cual los dioses crearon al hombre y a la mujer con un fardo al frente y uno a la espalda: en el del frente están los defectos de los otros, y en el de la espalda, los propios. Siempre me resultó una fábula aleccionadora. En cierto sentido somos lo que recordamos, pero también somos lo que hemos olvidado. Somos nuestra voz y nuestro silencio. Borges se quejaba en alguna entrevista sobre su primer libro, diciendo que se había arrepentido de escribirlo y que se había prometido —aunque nunca lo hizo— reembolsar el costo del libro a los compradores. La pregunta es si Borges pudiera existir sin que ese libro existiese, o si ese libro era necesario para que llegara a ser quien llegó a ser.

Nuestras vidas están siempre llenas de retazos, de posibilidades perdidas, de posibilidades que jamás se materializaron, de los planes que cumplimos y de los que no. Nuestra identidad nunca es un dato fijo, es una ruta en construcción; luego, podríamos decir que nuestra identidad no es solo la narrativa que nos cuenta, sino la acumulación de historias que contamos y que otros cuentan sobre nosotros. Y eso que nos contamos y que se cuenta no está exento de una narrativa mayor que nos coloca en el centro de una experiencia humana.

Somos seres que viven en asociación y que pertenecemos a una familia; a mí me asombra la cantidad de comportamientos familiares, rituales y creencias que se van reproduciendo entre una generación y otra. Yo no podría decir que soy simplemente porque fui engendrado por mi padre; tendría que decir, además, que soy porque fui protegido por una familia que me enseñó una forma de ser en el mundo, que generó un influjo que dejó una marca cultural con un peso casi genético o generativo en la construcción de, como diría Uslar Pietri, el hombre que voy siendo.


El protagonista investiga su propia historia familiar casi como un detective. ¿En qué momento una investigación histórica se convierte, para un escritor, en una investigación literaria? ¿Qué tuvo que inventar y qué necesitó documentar rigurosamente?

Creo que toda obra literaria nace en principio de la inspiración; en mi caso empieza siendo una intuición difusa, hay un tema que parece interesante y que no sé muy bien cómo abordar. A partir de allí se desarrolla un primer acto reflexivo que responde a la pregunta: “¿Qué es realmente lo que quiero narrar?”. Pero todavía allí no hay nada claro; es necesario determinar dónde se desarrolla la historia y después el cómo, y es allí precisamente donde empieza, en mi caso, el proceso de investigación. Diría que se trata de dos procesos: el primero, que es más instintivo o inconsciente —no planifico demasiado, más bien me dejo llevar en el proceso de modelar a los personajes, definir su personalidad o estructurar la trama—, y otro más sistemático que implica una búsqueda documental de datos históricos o geográficos.

Yo sabía por ejemplo que Müller debía escapar, pero nunca tuve muy claro cómo iba a hacerlo. Investigué cuidadosamente lo relacionado con las posibles rutas clandestinas a través de las cuales podía abandonar Europa. Esa fue, digamos, la primera dimensión del asunto; a partir de allí investigué la geografía, las poblaciones y sus costumbres, sus características etnoculturales, el tipo de vehículo y la situación política. Lo mismo sucede en paralelo con la historia del nieto que está en Canadá. Además, se hizo una investigación acerca de instrumentos musicales, partituras e historia de la música; víctima de mi propia ignorancia, en una primera versión señalé que la violinista colocaba sus dedos sobre los trastes del violín, luego averigüé que los violines no tienen trastes. La imaginación complementa la investigación y luego se despliega: los personajes son ficticios, pero recogen características reales de personas que alguna vez conocí, aunque no se presentan en forma pura, sino que son una mezcla alquímica de características y personas diversas.

De alguna manera creo que toda obra literaria es una obra autobiográfica que habla de quienes somos, de nuestra forma de ver el mundo, de nuestras aspiraciones y miedos, etc. Lo más cercano a la experiencia ya está ahí y —voy a ponerlo de esta manera— se moldea desde la arcilla; lo más lejano requiere investigación. Y siempre hay mucho que pertenece a lo que uno ha leído: la manera como Javier descubre el misterio está tomada conscientemente de las lecturas de Sherlock Holmes y de El nombre de la rosa, e inconscientemente, con seguridad, de algunas otras lecturas.


La presencia del nazismo podría haber convertido la novela en una narración histórica. Sin embargo, por lo que plantea la historia, parece utilizar el nazismo para hablar de algo mucho más amplio: la capacidad humana para el bien y para el mal. ¿Es esa contradicción moral el verdadero centro de la novela?

Vivimos tiempos muy complicados, y a mí me preocupa mucho la manera como los radicalismos intentan reposicionarse a nivel global, siempre bajo el ropaje de estar actuando a favor del bien común; nadie reconoce su propia maldad real o potencial. El nazismo está presente en la novela como una manifestación del mal, pero en lo personal estoy consciente de que no es más que una de sus formas posibles. En ese sentido, no estamos ante una novela histórica, estamos ante una novela que explora nuestra capacidad para hacer daño y justificarlo, y la presencia del bien como antídoto; una obra que reconoce con Nussbaum que el bien tiende a ser frágil, lo que nos obliga a trabajar en favor de la verdad y desde allí tratar de construir mecanismos para preservarlo, lo que a mi criterio no es otra cosa que preservar las posibilidades de una convivencia ordenada y pacífica en un ámbito cooperativo, justo, amplio e inclusivo.

En efecto, el eje moral de la novela es la contraposición del bien y el mal, bajo el criterio de certidumbre de que el bien no siempre gana. En ese punto nos alejamos de la lógica infantil del heroísmo clásico en el cual los buenos siempre salen victoriosos, o lo político se define como una lucha espiritual entre el bien y el mal; en realidad no existe tal cosa. Lo que sí existe es la posibilidad de construir espacios para lo común donde podamos tratarnos de manera respetuosa y donde podamos caber todos conviviendo con criterios de equidad.

Diría que los malos ganan si los dejamos ganar, pero que incluso a veces esa frontera se hace difusa bajo situaciones de complejidad. En la novela esa línea se traza con una facilidad relativa; en la vida real, a veces, lo que sí es mucho más difícil, se requiere una acción permanente en busca de la verdad, un distanciamiento de la ideología y una consulta a fuentes diversas antes de construir una opinión. Lo que a fin de cuentas supone un cuestionamiento socrático sobre nuestras convicciones: partir de la idea de que seguramente estemos equivocados para, a partir de allí, descubrir dónde habita el bien.


Venezuela aparece como uno de los lugares donde un hombre con un pasado terrible consigue reinventarse. ¿Qué le interesaba explorar sobre la capacidad de una sociedad para recibir, ocultar o incluso olvidar el pasado de quienes llegan a ella?

Fueron muchos los miembros del partido nazi que consiguieron refugio en América Latina. Los casos del Cono Sur están muy bien documentados, y mucho menos los de quienes consiguieron refugio en el centro y el norte del continente. Aunque los casos venezolanos son menos conocidos y peor documentados, no es posible pensar que Venezuela escapó a ese fenómeno. Ahora bien, fueron gentes que comúnmente escondieron su identidad y funcionaron en un rango de normalidad en las sociedades de acogida; se convirtieron en buenos vecinos, en padres de familia ejemplares, en compañeros de juergas, socios de club o buenos trabajadores.

Muchos de ellos vivieron un doble desarraigo: la separación de la patria tras la derrota y la reconstrucción de una identidad tratando de dejar atrás su pasado. Venezuela fue, hasta la crisis más reciente, un lugar de acogida. En la década de los cincuenta el país abrió sus puertas a la migración europea; así, por ejemplo, fueron los migrantes italianos los que construyeron los grandes edificios que empezaron a verse en aquella Caracas de los techos rojos. El país recibió a judíos que muchos otros se habían negado a recibir, y hay una hermosa historia del buque Caribia recibiendo el beneplácito del gobierno para atracar en Puerto Cabello, y cómo los lugareños encendieron lámparas para alumbrar el camino en la madrugada. Nunca nadie preguntó por el pasado de estas personas; se presumía su honestidad, se les brindaba cobijo.

Vivimos en una sociedad mucho más compleja y mucho menos ingenua, donde existe una mayor resistencia hacia el extranjero, cuando no abiertamente algo de microrracismo o —algo que odio— la actitud condescendiente del “míralo, pobrecito”, que es otra forma de descalificación que no reconoce méritos ni da la oportunidad de demostrarlos. Esto supone, aun desde la buena fe, una restricción de la autonomía que reduce al otro a la lástima o al desprecio como práctica de un racismo paternalista. Me interesaba explorar ese proceso que permite que alguien de otro lugar se integre a una nueva sociedad, se incorpore, y contrastar mi propia experiencia como migrante con la de los personajes.


Su formación como académico y politólogo inevitablemente dialoga con su condición de novelista. ¿Tuvo que luchar contra el impulso de explicar históricamente los hechos para dejar que fueran los personajes y la ficción quienes hablaran?

Hay una primera novela fallida que intentó ser novela y terminó siendo un muy mal ensayo académico, pero también una gran lección sobre cómo no había que hacerlo. No soy como Sábato y no quemo las cosas que escribo, aunque reconozco que la mayoría de mis páginas no merecen existir. En todo caso, hay una tensión constante entre la reflexión académica y el trabajo de ficción que me obliga a restringir duramente el ejercicio de explicarlo todo, a permitir que el lector descubra por sí mismo aquello que debe descifrar, en lugar de trabajar con las ideas y desmenuzarlas cuando es mejor no hacerlo. Esa es una tensión derivada de muchos años de trabajo docente y de investigación; al final uno no puede negar lo que es, aunque uno no sepa bien lo que es.

Cuando hablaba de tribus africanas quería hacer un estudio etnográfico; cuando hablaba del oro sudafricano quería determinar su pureza; cuando íbamos por el Atlántico quería revisar las cartas de navegación. Como diría Joaquín Sabina, uno es uno y sus vicios.


Después de escribir la novela, ¿cambió su propia percepción sobre la naturaleza humana? Porque una de las preguntas que parece quedar flotando después de la historia es quizá la más incómoda de todas: ¿cómo puede una misma persona ser capaz de amar profundamente y, al mismo tiempo, participar en la crueldad?

A mí siempre me asombró el carácter dual de la naturaleza humana; somos capaces de actos de heroísmo y entrega extraordinarios, así como de actos profundamente egoístas y malvados. Somos capaces de ir a la guerra, pero también de crear verdaderas obras de arte en su contra; pienso, por ejemplo, en el Guernica. Me asombra la ternura con la que una madre puede decir el nombre de sus hijos y la fiereza con la que puede defenderlos. Somos seres duales y muchas veces somos, como diría Ortega y Gasset, uno con nuestras circunstancias.

Diría que el contexto siempre juega un papel al determinar quiénes somos y lo que somos; y, en efecto, más que dar respuestas, la novela busca plantear preguntas y reflexiones al mismo tiempo que entretener. Quizás el lector descubra —es a lo que todo libro aspira— sus propias claves. Yo, por los momentos, no tengo más respuestas. Solo la misma esperanza de Cortázar: que la novela encuentre complicidad con sus lectores y que sean estos quienes la cuestionen.

Uno de los deberes del autor que aborde el género negro es el de vestir la piel del personaje que trata de retratar

ENTREVISTA CON EL ESCRITOR CUBANO DAVID MARTÍNEZ BALSA

POR ROLY ÁVALOS DÍAZ

¿Por qué tanto hincapié en abordar el género negro en tu obra? ¿Qué otras temáticas te obsesionan, además, como narrador?

El género negro siempre me ha llamado la atención, primero como lector y luego como escritor. Creo que es el género por excelencia que permite abrir mucho más el diapasón y profundizar en el aspecto psicológico de los personajes, especialmente los villanos, a quienes trato de retratar con la mayor autenticidad posible, en lugar de recurrir a la salida fácil y básica de catalogarlos de «malos» y punto, sin ir más allá. Muchos autores se resisten de mostrar las facetas más intrínsecas de una mente retorcida por temor a ser tachados ellos mismos de retorcidos, lo que a mi juicio, afecta muchísimo la verosimilitud del personaje y en consecuencia, de la historia en la que el mismo habita. Si vamos a la historia, no todos los criminales nacen ya con el instinto, a veces la vida y las circunstancias por las que transitan los dirigen a esos caminos; otros, en cambio, vienen ya con el potencial de llevar un camino torcido y tampoco reciben la ayuda o una serie de eventos los dirigen al camino oscuro. Y claro, también existen quienes nacen literalmente criminales y es muy difícil salvarlos. No obstante, considero que uno de los deberes del autor que aborde el género negro —y cualquier otro— es el de vestir la piel del personaje que trata de retratar, ser él o ella y vivir su vida, mostrarla, explicarla, sin miedo ni autocensuras por miedo a «ser mal visto».


En la novela Zil 131, publicada por Iliada Ediciones en 2024, has explorado con hondura el mismo género, con mayor profundidad. Tus personajes suelen tomar decisiones cuestionables y drásticas, a veces porque se sienten obligados. ¿Cuánto de ficción hay en tus libros y cuánto de realidad?

Aunque la ficción rige en mis escritos, siempre trato de buscar acercar mis historias al lector de forma tal que se le antojen lo más verosímiles posibles. En el caso de Zil 131, es una historia que versa esencialmente sobre la venganza y cuan lejos es capaz de llegar una persona para castigar a alguien que la dañó a un extremo irremediable. Creo que es una situación en la que podría hallarse cualquier ser humano, cuyas elecciones varían de persona en persona, pero tal vez algunos se puedan sentir identificados con el personaje y acompañarlo en su viaje junto a un asesino serial. Ahí entra en juego, una vez más, el trabajo exhaustivo en la historia y en los personajes, sin filtros, sin censuras y sin permitir que nuestros propios prejuicios atenten contra la autenticidad de la historia que llevamos al lector. El personaje obra de una manera que tal vez nos guste y tal vez no, pero debemos dejarlo desarrollarse solo, sin entorpecer su camino; contemplar e incentivar que eso suceda creo que es uno de los mayores placeres del proceso creativo.


Tanto en el cuento como la novela indagas en los rincones más sórdidos del ser humano. ¿Un escritor siempre debe poner los dedos en la llaga para hacer más creíble el relato?

Exacto. No debe reprimirse, como decía anteriormente. El autor debe consentir, dejar fluir, quitar del camino cualquier prejuicio, tanto de otros como el suyo propio y permitir desarrollarse, evolucionar o involucionar al personaje que ha creado, alcanzando así la coherencia y consistencia que aleja la historia del plano literario y la acerca más a la realidad, un detalle que el lector agradece.


Aunque el género negro tiene una larga tradición, ha hecho recorrido en ámbitos nacionales e internacionales, ¿crees que todavía precisa de mayor atención por parte de la crítica especializada?

Todavía queda mucho camino por recorrer en ese sentido. Sí, la literatura negra, que siempre ha estado ahí —muy importante esto y si vamos a la historia de la literatura, encontraremos ejemplos que datan de siglos atrás— está experimentando un auge, sobre todo en Latinoamérica, España y Estados Unidos. En Cuba también tenemos autores fenomenales del género negro, algunos radicados en el extranjero y otros todavía en la Isla, como Rafael Grillo y el recientemente fallecido Álex Padrón. Sin embargo, todavía hay editoriales o concursos, a nivel nacional e internacional, que menosprecian al género o le temen por la osadía de sus autores de tocar temas espinosos o abordar personajes polémicos. Triste que se pase por alto el nivel de oficio y destreza narrativa que se precisa para construir estos personajes e historias con la debida verosimilitud. Esperemos que eso cambie. No se puede dejar de reconocer que muchas editoriales sí dan cauce a las obras del género y mediante festivales, conferencias y eventos se le ha dado bastante promoción a la literatura negra, pero sin perder de vista tampoco que queda un largo tramo por recorrer y alcanzar una mayor visibilidad literaria, especialmente en los tiempos que vivimos, es una tarea titánica.


En tus redes sociales abundan las promociones sobre tus procesos creativos y sobre tu constante producción. Con «De ángeles está vacío el cielo» regresas al sello Ilíada Ediciones. Parece ser un libro de cuentos donde te asomas en otras zonas oscuras. ¿Cómo lo escribiste, hubo un proceso documentación? ¿Qué podremos encontrar los lectores?

«De ángeles está vacío el cielo» nació sin intención, o sea, no fue un libro planificado, al menos no en un principio. En aquel tiempo, había escrito dos novelas juveniles y pretendía tomar un reposo del proceso creativo. Sin embargo, cayó la idea de una oncóloga que va por un hospital asesinando a los pacientes terminales. Me gustó la premisa y escribí el cuento. Lo bauticé con el título que más adelante acabaría siendo el mismo del libro. Pensé que con ese primer cuento, acabaría la cosa, pero no, llegó una segunda idea, luego y otra y en aquel punto ya supe que no habría reposo de ningún tipo. Los cuentos pedían salir y debía darles cauce. Meses después, el libro estaría terminado, con diez relatos. Tampoco pude descansar mucho, tocaba la revisión y preparación del volumen para enviarlo a Iliada Ediciones, editorial a la que siempre tuve en mente proponérselo. Felizmente, aceptaron el libro y lo trabajaron con la excelencia que ya distingue a esta editorial.

El libro se mueve entre el género negro y lo cruel, con relatos que van desde lo carcelario, lo bélico, el noir, también su poco de humor negro y algo de realismo. Ya había incursionado en el género negro con mi libro de cuentos «Deambulantes» y más adelante fui un poco más lejos con la novela «Zil 131» (también publicada por Iliada Ediciones). Con este nuevo libro se imponía el reto de subir la parada, variar las temáticas y tratar de ofrecer al público lector un texto con la mayor variedad y calidad posibles. El veredicto de si lo logré o no queda en manos de quienes lean el cuaderno.

Varios de los cuentos del libro están dedicados a autores cuya obra admiro y a quienes considero amigos y maravillosas personas, como lo son Milho Montenegro, Ángel Santiesteban, Eric Flores Taylor y en especial, Rafael Grillo, a quien dedico el libro en su totalidad, por ser una figura clave del género negro, no solo como autor, sino como un auténtico erudito de la temática.

En «De ángeles está vacío el cielo», los lectores podrán encontrar de todo un poco, desde ángeles de la muerte, motines en una prisión, caníbales, la narración del hallazgo de un cadáver y su repercusión en el vecindario en el cual es encontrado, también hay duelos entre sicarios con un toque humorístico, tatuadores retorcidos y hasta un relato protagonizado por un ave de rapiña que se vuelve el aliado involuntario de un asesino en serie. Los cuentos son retorcidos, bastante oscuros e inquietantes, tal vez no aptos para ciertos lectores, pero sí algo lleva cada texto es la intención de entregar a quien lo lea, un conjunto de historias escritas con la mayor verosimilitud posible.

Alejandro Aguilar, contra la dictadura del instante

ENTREVISTA AL ESCRITOR CUBANO ALEJANDRO AGUILAR

POR ALBERTO GARRIDO

Alejandro Aguilar es una de las voces más lúcidas, depuradas, y al mismo tiempo, disruptivas, de la poesía cubana contemporánea. Autor de una obra que se asienta en la precisión y la contención, ha entregado al canon reciente títulos fundamentales como Tregua (2019), Inutilidad de los botes (2023) y su más reciente poemario, la antología Salitre: persistencia en el tiempo. A estos libros se suman sus libros de cuentos: Paisaje de arcilla y Figuras tendidas. Y sus novelas La desobediencia, Casa de cambio, El cliente tatuado, Fijar la mirada y Ojos de niño. Su labor literaria, marcada por una técnica rigurosa que ha llamado la atención de figuras internacionales como el poeta y traductor estadounidense Forrest Gander —quien ha destacado la capacidad de Aguilar para dotar a la imagen cotidiana de una dimensión metafísica—, lo sitúa como un observador y cuestionador imprescindible de nuestro tiempo.  Su escritura nos demuestra que, en medio de la cultura del vértigo y de la ansiedad interconectada, la poesía sigue siendo el lugar donde la persistencia del tiempo se hace imprescindible.


El «salitre» como erosión y memoria: En Salitre. Persistencia en el tiempo, el título sugiere una fuerza que desgasta, pero también preserva. ¿Qué elementos de tu realidad cubana y universal son ese «salitre» que, al corroer la estructura de tus versos, revela la verdadera esencia de lo que pretendes decir?

La palabra “salitre” lleva en nuestra cultura, una carga emotiva, poética, tiene capacidad polisémica, es marca de identidad, es apego al mar y sus efectos sobre nuestra psiquis. Sin embargo, en un intercambio de opiniones con Forrest Gander, amigo poeta muy reconocido, él me decía que en el imaginario estadounidense, el salitre no es más que un compuesto físico o químico, sin resonancias líricas. Lo sorprendente del caso me llevó a darle destaque a la palabra, como título del poemario homónimo publicado por Isla Negra, y ahora, de esta poesía reunida a la que haces referencia publicada en mi flamante sello editorial Palma Viajera. En ella el salitre es la proximidad del mar, testimonio de un pasado, es erosión, saudade, dolor, identificación con el mar propio, el geográfico y el cultural que es el Caribe, y es el interior de nuestro ser, donde anidan afectos, esencias, memorias… El salitre alude también a cicatrices como las pérdidas y entre ellas, marcadamente, el exilio, esa cicatriz profunda de la que a veces te alivia el contacto con el mar…


Manejas una versatilidad notable entre la novela, el cuento y la poesía. Si tuvieras que defender tu visión del mundo en un juicio, ¿qué «arma» elegirías: la precisión quirúrgica del cuento o la ambigüedad sugerente del poema? ¿Por qué la poesía se siente más necesaria en este momento?

Al escribir, acudo al género que me exije aquello que necesito decir, sin detenerme en límites. Escribo en consonancia con lo que decía Heidegger sobre el arte como aletheia, es decir, como revelación de las verdades ocultas hasta entonces a mi entendimiento. Es así que me reconozco, me comprendo, me identifico, y desde allí, puedo mirar al universo, entenderlo en el tiempo y espacio que me alude.

Una plaquette de poesía, Tesituras (1994), fue la primera búsqueda resuelta de mi voz propia para decir el país al que había regresado en 1992, cuando supe que ya no nos pertenecíamos él y yo, no nos entendíamos. Más tarde, Paisaje de arcilla (1997) y Figuras tendidas (2000), y las novelas, Casa de cambio (2004) y La desobediencia (2005); y de ahí en más, vinieron otros textos que son parte de ese cuerpo de indagación para explicarme qué había cambiado y sigue cambiando en mis circunstancias y en mí. De ahí la clasificación que hizo nuestro querido colega y amigo Amir Valle, al considerarlas novelas de tesis.

Si tuviera que defender mis puntos de vista en un juicio, creo que la poesía, aguda, certera como un disparo, un corte afilado sobre la piel o un grito pegado a la pared… sería adecuada. Ello depende de si consigo expresar lo esencial con el tino apropiado, con la belleza en las palabras y la máxima economía de recursos y silencios. Podría bastarme con la poesía, pero siento que hay más amplitud de espacio y recursos en el cuento, y tal vez, aunque no me das esa opción, necesite de una novela para defenderme, ¡todo depende de lo que se me acuse!


Obsesiones recurrentes: Se dice que un escritor pasa la vida escribiendo el mismo libro disfrazado de géneros distintos. Si quitamos la máscara de sus novelas y la de sus cuentos, ¿cuáles son las obsesiones desnudas, los temas a los que siempre regresas?

La relación individuo-poder es mi obsesión (Paisaje de arcilla, La desobediencia y otros). Como a la gran mayoría de escritores y pensadores, me acosa entender el sentido de la vida y también el amor, aunque este llega casi siempre conectado a un contexto épico (Fijar la mirada); también el exilio como tema en sí (El cliente tatuado)… Son obsesiones nada raras, como puedes ver.

En los últimos años y por razones tal vez de la edad, me he detenido a meditar sobre la experiencia vital y la aproximación a lo que podría ser la muerte. Me seduce mucho el espacio de transición entre ambas, ni qué decir de la muerte propiamente con todo su misterio. 


Muchos autores sostienen que el escritor de prosa es un «arquitecto» que construye mundos sólidos, mientras que el poeta es un «alquimista» que busca la quintaesencia. ¿Sientes que al escribir poesía estás destruyendo la lógica de tu prosa, o ambos mundos se alimentan de la misma obsesión técnica?

Lo segundo; pero también un poco lo primero, pero no diría “destruyendo” sino complementando. Me muevo en ambos espacios y los combino sin temor ni pudor alguno. La poesía requiere de una arquitectura muy fina, no es un simple arrebato emocional que pare genialidades. La prosa, sobre una estructura sólida, necesita de la alquimia para hallar quintaesencias…

Los textos que conforman El polvo y el camino son una buena prueba de esto: para algunos lectores y críticos transcurren en la poesía y para otros en el espacio del cuento. En cada uno de los textos fui consciente de que tenía que cuidar tanto la estructura como la esencia, sin dilapidar una imagen o una palabra. Buscaba cada reverberación que las historias fueran capaces de provocar. El cuento y la poesía conviven allí, amorosamente.


Jorge Luis Borges decía que «la poesía es un evento». Para tus lectores, ¿qué tan importante es que el poema se entienda, frente a la importancia de que el poema se sienta? ¿Dónde pones el límite entre la claridad y el hermetismo?

En la poesía, creo que lo más importante es que el saber poiético genere lo que estremece; lo que permita crear imágenes, emociones y pensamiento. Dentro de esa ecuación importa cuidar cada palabra, porque a través de ellas sugiero mi visión del mundo y de las cosas.


Eres novelista, cuentista y poeta. En un mercado editorial que exige especialización, ¿en qué género la crítica te ha situado mejor y en cuál has tenido más éxito con los lectores?

Estoy más cerca del placer de escribir que de escribir para alcanzar el éxito. Si llegara de alguna manera imprevista, no me molestaría, pero no lo busco, no es lo mío. La mayor parte del tiempo mis colegas y algunos editores me ven como narrador, porque pasé muchos años publicando únicamente cuento y novelas y se formó un público. La poesía estaba ahí, pero yo andaba enfrascado en narrar esa vida en la que me debatía. Casi todos aquellos libros se publicaron por haber sido premiados en concursos y premios internacionales, con lo cual, obviamente, no me fue mal con la crítica. Algo de reconocimiento ha habido. De algún modo me establecí como narrador entre los colegas escritores y editores, y entre quienes me han leído. ¡Algunos de entre ellos me consideran traidor cuando me presentan como poeta!

Cuando me decidí a publicar la poesía que, insisto, siempre he escrito, lo hice por dos razones importantes.

Una, fue el encuentro en distintos momentos con dos editores a quienes respeto mucho y que me estimularon a publicar en sus sellos editoriales: el poeta y editor cubano Alfredo Zaldívar, de Ediciones Matanzas, me pidió organizar mi poesía en un volumen y de allí surgió Tregua (2020) que él publicó en Cuba a pesar de ser yo un escritor del exilio con algún expediente de obras censuradas desde los 90. El otro es el poeta, académico y editor de Isla Negra, Puerto Rico, Carlos Roberto Gómez Beras quien, luego de algunos años observando a distancia mi trabajo, me propuso publicar Inutilidad de los botes (2023), y a partir de entonces, Salitre (2024) y El mapa de las horas (2025). A ambos, toda mi gratitud.

Con esta poesía reunida en Salitre, Persistencia en el tiempo; he creado mi propio sello editorial, Palma Viajera, que por ahora solo se encarga de mis obras pero que, en un futuro cercano, espera abrirse a otros autores, y que se distribuye a traves de Amazon.

La otra razón muy importante fue que el mundo se me estaba desdibujando a velocidad vertiginosa, en muchos aspectos. Vivimos un cambio de época que aún no podía leer claramente, y decidí hacer una pausa en esas indagaciones complicadas que acostumbro hacer desde la narrativa. Necesitaba entender mejor…

Para responder a tu pregunta, creo tener más o menos igual respuesta de la crítica y los lectores, tanto en la narrativa como en la poesía. El desarrollo vertiginoso de las TI pueden hacer más visibles hoy lo último que se ha estado publicando, que es la poesía. En cuanto a mí, siento que soy alguien que escribe, con inmenso placer, en los géneros mencionados. Agradezco a Amir Valle y a ti, Alberto Garrido, todo el apoyo que pudo haber recibido mi literatura desde mis años iniciáticos, en medio de circunstancias de censura y falta de libertades que viví en Cuba en los 90.


La vigencia de la lírica: Vivimos en la era de la inmediatez y la cultura del scroll infinito.Cuando un estudiante universitario, acostumbrado a consumir historias en formatos breves y visuales, se enfrenta a la ‘Persistencia en el tiempo’, ¿qué le ofreces, que un reel de 30 segundos jamás podría darle? ¿Cómo logras que el salitre de tu poesía penetre en pantallas de cristal? 

Ninguna pasión o vocación se puede imponer. Hago lo posible para que los lectores se vean expuestos a mis libros, que dialoguen con ellos… En mi poesía abarco los temas que me provocan, que por ser universales, entiendo que deben preocuparnos a muchos. De los recursos creativos a mi alcance depende que lo que escribo, capte su atención, resuene en ellos, les interese.

Soy optimista sobre el retorno de los lectores que un día cayeron en las garras de la velocidad. Veo como crecen paso a paso las comunidades lectoras, gracias también a las tecnologías, pero sobre todo a iniciativas de la sociedad civil y de individuos que comparten su pasión por la lectura. Siento que las tecnologías no descarrilarán el vehículo cultural; transformarán ciertas áreas, pero seguirá habiendo libros, instrumentos musicales, escritores, músicos, bailarines y actores, películas hechas por humanos… El arte es ancestral e inherente al hombre, una necesidad vital y evolutiva. Los instrumentos son otra cosa.


Hay quienes afirman que la forma es el fondo. ¿Qué lección de humildad te ha enseñado la poesía que no hayas aprendido en la estructura más rígida de una novela? ¿Qué es lo que la poesía te ha prohibido decir que la prosa sí te permite?

La gran lección para mí es que tan importante es la forma como el fondo, pero, sobre todo, y esto quizás la poesía lo hace más evidente: que la célula básica de la literatura es la palabra, y cada una de ellas es importante, en cualquier género. También concedo gran importancia al silencio. Una palabra mal seleccionada te desequilibra un poema, pero también un cuento y hasta el territorio inabarcable de una novela, igual que un texto sin silencios asfixia al lector, ahoga las imágenes. Nadie perdona una pifia en un verso, en una página o en 200. Y al menos yo, sin importar si el poema o la historia es más o menos hermética o más o menos compleja, evito (no siempre con éxito), usar palabras placebo, inexactitudes o ligerezas, ante todo por respeto al lector y por mi propio placer.  


Salitre: Persistencia en el tiempo es una antología personal. Al seleccionar tus poemas, ¿te encontraste con un «Alejandro Aguilar» al que ya no reconoces, con uno que te resulta un extraño fascinante? ¿Qué es lo que más te duele al haber descartado un poema de esta antología?

Me reencontré con un yo que recorrió un camino aprendiendo, pero siendo consistente con su voz; un yo que sigue el mismo derrotero y a quien seguiré conociendo mejor con los años. Este intento de poesía reunida me deja ver cuánto ha cambiado la persona y el poeta, su tono, su estilo, la calidad de lo que escribe, y cuánto de él se mantiene inmutable, fiel a sus esencias.

Encontrar una voz propia no resulta de sumar dos más dos. También creo que esa voz definitiva se alcanza cuando ya no estás entre los vivos. Soy y seré un eterno aprendiz hasta un día, y al siguiente, ya no seré.

Treinta años después de mis primeros poemas, sigo sintiendo dolor al descartar uno, porque sé que en él puse mi mejor intento, pero luego siento alivio por haber tenido el valor de reconocer que algo no funcionó. Lo próximo, es confiar en que podré superarlo y alcanzar su mejor versión.


Tus días y noches (que de pronto son años) en República Dominicana, te han permitido conocer a muchos autores nacionales. ¿Cómo ves la poesía dominicana en el contexto latinoamericano actual, especialmente la poesía joven?

No me gusta expresar juicios, sobre lo que no he leído en su totalidad, y es el caso del cuerpo literario del país. He sido jurado de varios concursos, incluyendo varios Premios Nacionales… leo lo que puedo de la literatura hecha por los dominicanos. Más allá de la tradición, veo surgir voces, otras ganar peso y reconocimiento, aunque siempre hay quienes se cuelan en los salones y los corrillos de la popularidad fácil y la política de campo… Eso sucede en cualquier país, supongo. Lo importante es que cada vez hay más voces jóvenes y no tan jóvenes, que avanzan, que perfeccionan con seriedad su arte. Es importante que abran su mirada al mundo, dejar de mirar a ese ombligo de ser isleño que se asume como único y excepcional; alejarse de los temas manidos que aparentemente conducen al éxito…


La provocación final: Si mañana despertaras en un mundo donde la novela y el cuento han sido prohibidos y solo se permite escribir poesía para sobrevivir, ¿qué escribirías?

¿Prohibidos? Entonces, sin dudarlo, escribiría novela y cuento. Y por supuesto, poesía.

Salón del Reino: «una respiración paralela, una suerte de cuaderno secreto»

ENTREVISTA CON EL POETA Y NARRADOR CUBANO RAFAEL VILCHES PROENZA


Foto cortesía RTVE

POR AMIR VALLE


Salón del Reino es, probablemente, el libro que más tiempo me acompañó y el que más se resistió a existir. Durante años lo fui escribiendo sin saber del todo que estaba armando un volumen; era más bien una respiración paralela, una suerte de cuaderno secreto que iba creciendo al margen de todo lo demás y de mis andanzas por un país roto que se resistía a mi voz y a mi canto de libertad e independencia.

Es también el libro que más cerca estuvo de desaparecer. Fue el último manuscrito que la Seguridad del Estado logró sacar de una editorial en Cuba antes de mi salida del país. Permaneció inédito durante años, hasta que uno de mis hijos, en diciembre de 2022, logró sacarlo de la isla vía Serbia-Madrid. Tal vez por eso acabó convirtiéndose en otra cosa: no solo en un poemario, sino en el registro íntimo de una metamorfosis.

En él hay algo del diario, algo de la elegía y algo del testimonio personal y de una nación. Están mis amores y mis pérdidas, mis arrestos, mis secuestros, la devastación de un país y, también, la obstinación de seguir creyendo en la dignidad humana cuando todo parece derrumbarse.

No sabría definirlo como un libro de poemas en el sentido convencional. Lo siento más bien como un territorio donde las voces de una vida fueron entrando poco a poco hasta encontrar una música común. Si alguien quisiera entender no solo mi poesía, sino la temperatura moral y emocional desde la que he escrito, quizá tendría que empezar por aquí.


No, de ninguna manera son poemas sobrantes. Y quizá esa idea nació de algo que expliqué mal hace años.

Recuerdo un episodio decisivo: un día llegué a la casa de mi madre, busqué todos los cuadernos inéditos de poesía que tenía guardados y los rompí. Todos, menos uno. Ese cuaderno era Salón del Reino. No porque yo supiera ya lo que iba a ser, sino porque había algo ahí que se resistía a desaparecer.

Ese manuscrito me acompañó por toda Cuba: Bayamo, Holguín, Santa Clara, las casas de mis hijos… las estaciones de una vida bastante rota y bastante obstinada. Mientras escribía novelas o publicaba otros libros —muchas veces fuera de Cuba, cuando ya me habían censurado por completo—, estos poemas seguían apareciendo con una música distinta. No entraban en otros libros; parecían reclamar un espacio propio.

Yo suelo escribir un libro de poesía y luego pasar mucho tiempo sin escribir un poema, hasta que un nuevo universo verbal empieza a llamar y a cantar dentro de mí. Pero con Salón del Reino ocurrió algo raro: mientras soñaba otros libros, algunos textos nacían con otra respiración, como si pertenecieran a un mismo clima moral y emocional sin que yo lo hubiera decidido.

Por eso nunca lo he visto como una suma de fragmentos, sino como un organismo que tardó años en reconocerse a sí mismo. Hay poemas muy tempranos, incluso anteriores a Dura silueta, la luna, y otros que llegan hasta 2014, con las máscaras finales del libro. Sin embargo, el lector advertirá que hay una dramaturgia interna, una secuencia emocional y una música persistente que sigue acompañándome y golpeándome.

Quizá porque fue, sin yo proponérmelo, una larga bitácora de confesión. O quizá porque en él terminó entrando, de una forma u otra, el sufrimiento de un país y la vida de alguien que intentaba sobrevivir a ese derrumbe sin renunciar del todo a la esperanza y al amor.


Quizá en Dura silueta, la luna había todavía una forma de candor. Lo ha dicho alguna vez José Alberto Velázquez: ese era, acaso, mi libro más inocente y hermoso. También el dolor era otro, y el país desde donde escribía todavía no había terminado de revelar todos sus mecanismos de devastación y humillación.

Ese libro lo escribí en Vado del Yeso, el lugar donde crecí. Años después entendí algo que entonces no podía nombrar: cuando llegamos allí, el 20 de mayo de 1970, nos estaban conduciendo a uno de los llamados “pueblos cautivos”, levantados por la revolución cubana por mandato del ser más nefasto de cuantos he conocido, Fidel Castro, para aislar a familias consideradas incómodas o desobedientes.

La poesía cambia cuando cambian las heridas, pero también cuando cambia la conciencia de lo vivido. Después de Dura silueta, la luna, quien escribió fue alguien más roto, más triste; alguien que había comprendido que vivir bajo un sistema totalitario no solo afecta la biografía, sino que también modifica el lenguaje interior, lo modifica todo.

Desde entonces he intentado escribir desde una honestidad radical, incluso cuando lo contado resulta incómodo. Quizá toda mi poesía posterior sea el intento de dejar un testimonio sin traicionar la complejidad humana ni la fragilidad de quien escribe un poema.


La verdad es que la poesía llegó primero. Escribía poemas desde los catorce años —o antes— sin saber muy bien de dónde venían. Lo curioso es que entonces no había leído prácticamente poesía ni conocía poetas. Sucedió como ocurren algunas obsesiones tempranas: algo empezó a hablar dentro de mí antes de que yo tuviera un lenguaje para explicarlo.

La narrativa apareció después, por necesidad. Hay experiencias que el poema no siempre permite contar del modo en que uno necesita ser escuchado.

Recuerdo un momento decisivo. Durante el Periodo Especial (en 1993 o 1994) coincidimos en Bayamo un grupo de escritores. Los únicos que no éramos de la ciudad éramos Guillermo Vidal y yo. Después de un evento literario, fuimos a almorzar al antiguo Hotel Central. O a intentarlo: terminamos sin comer, pensando más bien qué estaría comiendo nuestra familia en casa.

Guillermo me preguntó por un cuento que acababa de leer. Le hablé de aquella experiencia de infancia y adolescencia en las becas cubanas, esos espacios de internamiento y adoctrinamiento que marcaron profundamente a varias generaciones. Me escuchó un rato y me dijo una frase que no he olvidado: “Ahí tienes una novela”.

Tres meses después estaba escrita Ángeles desamparados. En el año 2000 la despojaron de un Premio Nacional de Novela y en 2001 fue finalmente publicada; sin embargo, meses más tarde fue recogida y convertida en pulpa por el Instituto Cubano del Libro y la Literatura. A veces basta que alguien vea la herida antes que tú para entender que llevabas años intentando contarla.


Nunca me ha convencido esa falsa disyuntiva entre el escapismo de Keats y el tribunalismo de Mayakovski. La poesía no tiene por qué escoger entre la torre de marfil y el panfleto.

Keats no huía del mundo: intentaba salvar algo de él a través de la belleza, y la belleza no es evasión, sino otra forma de conocimiento. Mayakovski, por su parte, convirtió el poema en plaza pública y terminó revelando, incluso trágicamente, las fracturas entre la utopía y el individuo.

A mí me interesan más los escritores que sostienen esa tensión sin resolverla del todo: Mandelstam, Celan, Vallejo, Cavafis, Brodsky, Milosz, Pasolini… poetas capaces de mirar de frente la historia sin entregar el poema a la propaganda, pero también de defender la complejidad estética sin desertar de la tragedia humana.

No creo en una literatura neutral; he vivido demasiado para creer en esa comodidad. Pero tampoco creo en la literatura subordinada a consignas: un poema convertido en cartel político envejece rápido.

Durante años intentaron convencerme de que los escritores, artistas o religiosos no debían mezclarse con la política. Aprendí exactamente lo contrario: no podemos dejarles la política únicamente a los políticos y a la policía. La tarea del escritor quizá sea otra: defender la conciencia crítica sin convertir el arte en obediencia.

Por eso no elijo del todo entre Keats y Mayakovski. Prefiero una poesía que no huya del mundo, pero que tampoco se arrodille ante él.


Escultura del migrante – Bruno Catalano, Marsella.

La libertad modifica incluso la respiración de quien escribe.

Durante años escribí bajo vigilancia: coches de policía frente a mi casa, vecinos convertidos en informantes, la sensación de estar permanentemente observado. Uno termina interiorizando el miedo, incluso cuando cree haber aprendido a convivir con él.

El exilio no elimina las heridas, pero cambia la relación con ellas. Aquí he podido revisar lo que logré salvar de Cuba —manuscritos, notas, libros— gracias a personas que arriesgaron mucho para sacarlos, y también he podido reconciliarme con partes de mí que habían quedado suspendidas en la supervivencia.

Escribir fuera de Cuba me ha dado distancia. Y la distancia, aunque dolorosa, también ilumina. Uno empieza a comprender que el trauma no era solo individual, sino histórico.

Pero el precio es alto. El exilio siempre tiene algo de amputación. Todos los días pienso en quienes quedaron atrás, en mi familia, en los presos políticos, en los amigos a quienes todavía no sé cuándo volveré a abrazar. De modo que, aunque ahora escriba desde la libertad, Cuba sigue entrando todos los días a mi mesa de trabajo, a mi vida.


No es un libro religioso en el sentido convencional, aunque la espiritualidad atraviesa muchas de sus páginas.

El título nace también de una memoria personal. La primera religión que conocí de cerca fue la de una familia de testigos de Jehová. De niño me impresionó algo profundamente: la obstinación con que defendían sus creencias incluso bajo la humillación. No usar la pañoleta escolar, no saludar la bandera, no cantar el himno nacional, no bajar la cabeza ante las imposiciones ideológicas de un sistema que exigía obediencia absoluta.

Aquella dignidad silenciosa me enseñó algo esencial: la fe —religiosa, moral o política— solo tiene sentido cuando alguien está dispuesto a sostenerla incluso en condiciones adversas.

Quizá Salón del Reino también dialogue con eso: con la resistencia íntima, con la idea de que el ser humano puede ser golpeado, vigilado, expulsado, pero, aun así, conservar una zona totalmente inviolable de sí mismo.


PUEDE ADQUIRIR ESTE POEMARIO EN ESTE LINK: Salón del Reino, de Rafael Vilches Proenza

He visto una sed de Dios que necesita ser alimentada con libros que no renuncien a su profundidad teológica y devocional

ENTREVISTA AL ESCRITOR Y PASTOR EVANGÉLICO ALBERTO GARRIDO

POR AMIR VALLE


En 1984, en Santiago de Cuba, cuando por invitación de mi asesora literaria Maritza Ramírez comencé a participar en las sesiones de los talleres literarios que dirigía la escritora Aida Bahr Valcárcel, conocí a quienes se convertirían, más que en colegas escritores, en hermanos de sueños y luchas: José Mariano Torralbas, Ricardo Hodelín, José Manuel Poveda Ruiz, Marcos González y Alberto Garrido. Terminamos formando el grupo literario SEIS DEL OCHENTA (el otro miembro, la única mujer, fue la excelente poeta Radhis Curie, aunque nunca asistió a nuestros encuentros). Queríamos dinamitar la anquilosada y elitista escena literaria santiaguera. Queríamos imponer nuestras visiones realmente libertinas sobre la literatura es un escenario donde predominaba el clientelismo cultural, el sociolismo literario y la cultura filtrada por la ideología. Creo que nadie duda que lo logramos, unidos en ese espíritu rompedor con nuestros amigos del grupo LA ESCALERA (cuya valía se demuestra solo con mencionar la presencia entre ellos de esa enorme poeta que es hoy Odette Alonso Yodú).

Jamás imaginamos entonces ni Garrido ni yo que un día esa hermandad se consolidaría en el descubrimiento de un Salvador: Jesucristo. Garrido vio Su rostro primero; después, otro hermano del alma, ese ser humano inolvidable y especial (excepcional escritor también) llamado Guillermo Vidal… Y ambos se confabularon en un encuentro literario en Las Tunas, ciudad donde ambos vivían por esos tiempos, para hacer que yo cayera rendido a los pies de ese Jesucristo del que ellos insistían en hablar pese a que en nuestra generación, integrada entonces por más de 50 jóvenes escritores, los tildáramos de ingenuos, locos, ciegos «con esa bobería de creer en algo que hasta ellos reconoce no pueden ver».

Cuando me desterraron pude cumplir un viejo sueño: tener mi propia editorial. Y he visto realizarse otro: tener una colección dedicada a publicar esas obras que la gente perdida en este mundo perdido necesita leer para encontrar la luz de la salvación en medio de tanta oscuridad. Y he tenido el privilegio de haber publicado todos los libros cristianos escritos hasta la fecha por Alberto Garrido: La verdadera batalla del creyente (2017), La gloria de la cruz (2018), La gloria de la resurrección (2022), ¡Llenos del Espíritu! (2023) y Evidencias de nuestra salvación (2025).

Garrido es, sin dudas, uno de los autores imprescindibles de la literatura cubana. Pero también es Pastor y desde República Dominicana, el país que lo acogió como a un hijo, se ha convertido también en un autor imprescindible de ensayos cristianos en Cuba y en la lengua española.

Así surge esta entrevista.

Diferencia básica: el tema. Mis libros cristianos son ensayos de certezas vitales, un testimonio de mi gratitud infinita al Señor por salvarme de pura gracia y por darme el don de escribir, un don en el que (debo decirlo) no he sido muy fiel, porque he intentado dejar de escribir varias veces. Lo he intentado, pero siempre vuelvo, como el hijo pródigo de la parábola. Los libros de ficción son actos de kamikaze o de voyerismo: a veces interrogo mis dudas; a veces me meto en las habitaciones privadas de los otros.


Esa “acusación” de pornógrafos fue una clasificación exagerada a la que contribuyeron las presentaciones públicas en ferias de buenos amigos que querían que nuestros libros se vendieran, aunque no podemos negar la carga erótica de algunos de nuestros mejores cuentos y novelas.

En cuanto a la pregunta, si Dios no lo permitiera, ni una palabra saldría de nuestra cabeza al teclado (y te lo dice alguien a quien Dios literalmente enmudeció una vez). Estoy persuadido de que no cae un gorrión del cielo sin el control soberano de Dios. Dios tiene, sin duda, planes que nuestra razón no alcanza a comprender, que siempre redundan en que Él sea glorificado y nosotros seamos bendecidos.

Por otro lado, creo que Dios nos permite el aprendizaje, especialmente el aprendizaje de conocerlo a Él, a través de pruebas, aflicciones e incluso de los frecuentes fallos de nuestro libre albedrío, entre ellos el ejercicio de la escritura. Creo que Dios me ha permitido escribir algunos libros malos para que pueda escribir otros mejores. Juzguen los lectores. Por cierto, que Dios permita muchas cosas no nos excusa ni de las motivaciones ni de los actos que hagamos: somos responsables no solo de nuestras acciones, sino también de sus consecuencias. No todo lo que hagamos expresa necesariamente Su aprobación moral.


Cuando vi que no tenía en mi biblioteca personal ciertos libros que dijeran lo que yo quería leer. Desde que comencé a predicar en los montes de Cuba, en casas con piso de tierra y a la luz de una vela, al ver los milagros del Señor en respuesta a la glorificación de Su Hijo, me di cuenta de que había mucho error que quería introducirse en las iglesias históricas cubanas. Como una voz que clama en el desierto, denuncié esos errores. Y comprendí que debía escribir esa denuncia para que quedara como un testimonio que perdurase en el tiempo. Así salió el primer ensayo: La verdadera batalla del creyente.

Esta denuncia sigue en pie porque esas herejías continúan escuchándose de la boca de nuevos lobos, especialmente de falsos apóstoles del evangelio de la prosperidad. Así que he intentado exaltar a Cristo y denunciar el error.

Otra razón de mis ensayos son los lectores. Hay muy buenos libros que son muy difíciles de leer. He sido misionero, pastor y maestro bíblico al mismo tiempo que editor, corrector, profesor y director de un departamento universitario. He visto una sed de Dios que necesita ser alimentada con libros que no renuncien a su profundidad teológica y devocional, pero que sean comprensibles para cualquier lector. Es lo que he intentado en cada uno de mis ensayos.


El privilegio es mío por haber sido tú mi editor, sin duda. También agradezco el espacio que me ha dado la editorial Ilíada. En cuanto a la pregunta, ¿acaso los temas se gastan? Esto también podría decirse del amor, la guerra, el exilio, la vida o la muerte, que siguen siendo los grandes temas del hombre.

Si se sigue escribiendo sobre ellos es porque algunos logran una mirada inusual, de oscuro esplendor, o un texto original, y el poder de las palabras sigue subyugando al lector a vivir y morir esas vidas y esos mundos.

Así que le preguntaría a tu inquisidor: ¿por qué no escribir sobre Aquel que ha hecho las declaraciones más asombrosas lanzadas por boca de hombre alguno? ¿Por qué no hacerlo por quien realizó las señales más poderosas sobre el polvo del Medio Oriente y que las sigue haciendo por medio de Su Espíritu en Su iglesia? ¿Por qué no escribir con gratitud a Quien está tatuando ahora mismo su huella dentro de mí?

Cristo me salvó, me sacó del lugar más oscuro y terrible de mi vida y enderezó mis pasos. Me dio nueva vida y la esperanza de resurrección. Y no deja de ser extraordinario que se hayan escrito más libros sobre Él que sobre cualquier otra persona de la historia, aunque Él mismo no haya escrito ninguno. El apóstol Juan dijo que si se escribieran todos los actos y dichos de Jesús no alcanzarían todos los libros del mundo.


La verdadera batalla del creyente: Una pelea contra los demonios y herejías del apostolado moderno y el falso evangelio de la prosperidad. Excelente como Manual de discipulado y como vacuna antiherejías. Como dijo Chesterton: “Dios dijo que nos quitáramos el sombrero al entrar a la iglesia, no la cabeza”.

La gloria de la cruz: ¿Qué somos, para que Él nos haya amado de tal modo que vino a morir? Una inmersión en el hecho más extraordinario de la historia, la muerte de Cristo en lugar de los pecadores. Un estudio de los pasajes que expresan su significado y beneficios para el creyente, desde Génesis hasta Apocalipsis. Un libro que nos recuerda por qué debemos amar a Cristo y, sobre todo, que Él nos amó primero.

La gloria de la resurrección: La doctrina más esperanzadora para el creyente está anclada en la resurrección del Hijo de Dios. Nuestra unión con Él garantiza el cumplimiento de esta promesa en Su regreso. Una demostración de por qué estamos bajo un mejor pacto, con mejores promesas.

¡Llenos del Espíritu!: en un mundo donde las experiencias emocionales y los testimonios privados se han convertido en doctrina y, lo peor, en traspié, conviene huir de las cisternas rotas del emocionalismo y el misticismo y regresar a las fuentes de la salvación de la palabra profética más segura. Se denuncia el pecado más frecuente de la iglesia (la falta de llenura espiritual) y somos animados con las palabras de Pablo: ¡sed llenos del Espíritu! Libro desafiante y de gracia abundante para volvernos al primer amor.

Evidencias de nuestra salvación: un examen que responde, con 14 evidencias de 1 de Juan, a la pregunta más importante que debe hacerse todo creyente: ¿soy un verdadero hijo de Dios.

Vivir para la gloria de Dios, experimentar Su amor y Su gracia y mirar el mundo con lentes bíblicos ha cambiado mi forma de verlo todo. Escribir para Dios ha profundizado algunos elementos de este cambio, sin duda. Antes yo era muy, muy irónico y muy vanidoso. Son perros que intento matar de hambre cada día. No debo olvidar nunca que soy un pecador salvado por gracia y que Dios extiende esa gracia a todos los pecadores que, como yo, se acercan en busca de su oportuno socorro en Cristo.


En los cinco ensayos publicados por Ilíada he intentado tratar temas esenciales para todo el pueblo de Dios, sin importar su denominación. Tal vez en el futuro pueda escribir otro ensayo titulado “La gloria de la iglesia”. Esta idea se me hace más importante cada día ante el peligro creciente de millones de cristianos “virtuales”, personas que ven cultos por Internet y dicen que aman a Cristo, pero que no necesitan a la iglesia.

¿Símbolo de la egolatría exagerada de estos tiempos o del fracaso de una iglesia que ha dejado el primer amor? ¿De ambas?

No se puede amar a Cristo y despreciar al objeto de Su amor. La Biblia dice: “Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef. 5:25). No se puede amar a Cristo y despreciar a la esposa del Cordero al mismo tiempo.

Tengo aún en mente un libro que quise escribir a cuatro manos con mi madre espiritual en República Dominicana, Doña Liliana de Bobea, y que no pudimos concretar porque el Señor la llamó a Su presencia. Se titularía “Misterios y paradojas”. También me ha dado vueltas, al ver a mi alrededor cómo la fe en las sanidades ha decrecido tanto, otro ensayo que titularé “Palabras de sanidad”. Como misionero y pastor, estos ojos dan fe de sanidades y milagros extraordinarios, aunque sin duda el mayor es ver a alguien, que estaba muerto en sus pecados, ser regenerado.

Por otro lado, tengo como proyecto más ambicioso para los próximos años escribir una novela sobre uno de mis héroes de la fe: Casiodoro de Reina, a quien la Inquisición persiguió y Ginebra miró con recelo, y que nos entregó una de las mayores joyas literarias de todos los tiempos: la traducción de las Escrituras.

Dime, editor mío: ¿por dónde debería comenzar?


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Cuando se dice que “el pueblo” es soberano, siempre aparece alguien que pretende hablar en nombre de ese pueblo

ENTREVISTA CON FAISEL IGLESIAS

POR AMIR VALLE


Mi insistencia nace de una larga experiencia de vida como ciudadano en un régimen totalitario, donde no se reconocen los derechos ciudadanos, de mi condición de abogado, perseguido y preso político, de mi sensibilidad de escritor, de mi condición de académico, de mi convicción jurídica, filosófica y espiritual.

Una tradición literaria cubana me ilumino: la metáfora como creadora de realidades. En Jesus, Ignacio Agramjonte, José Marti y José Lezama Lima las encontré: Dios hizo a su imagen y semejanza, el individuo es soberano de sí mismo, y la ley primera de la republica como culto a la dignidad plena del hombre.

Los peregrinos que arribaron al continente americano no eran únicamente aventureros económicos. Muchos de ellos constituían comunidades religiosas perseguidas que concebían la libertad de conciencia como atributo esencial de la dignidad humana. Esa experiencia espiritual marcaría decisivamente el desarrollo posterior de nuestros patricios. La idea de que existen derechos anteriores al Estado, derechos que no dependen de la voluntad del gobernante, hunde sus raíces precisamente en esa tradición religiosa y jurídica.

Ahí aparece una diferencia esencial entre el pacto social y el contrato social desarrollado posteriormente por gran parte de la tradición revolucionaria francesa. Parte de la tradición americana, basado por el pacto social de la cristiandad, e influido por pensamiento protestante, por el Common Law y por la filosofía política inglesa, concibió los derechos individuales como anteriores al Estado. El poder político no crea esos derechos; apenas los reconoce y debe protegerlos. La Revolución Francesa, en cambio, aunque proclamó los derechos del hombre, terminó organizando la soberanía alrededor de la nación abstracta representada por el Estado. La Asamblea Nacional se convirtió entonces en intérprete suprema de la voluntad general y el ciudadano quedó progresivamente subordinado al aparato político encargado de representar esa soberanía nacional.

La Constitución norteamericana siguió un camino distinto. La expresión “We the People” posee una profundidad filológica y filosófica extraordinaria que frecuentemente se pierde en las traducciones convencionales al español. El problema no es meramente lingüístico. Es civilizatorio, jurídico y político. En buena medida, dos concepciones distintas de la soberanía permanecen ocultas detrás de dos estructuras gramaticales diferentes.

En inglés, la fórmula “We the People” comienza con el pronombre personal “We”: “nosotros”. Y ese detalle aparentemente simple resulta decisivo. Porque el “nosotros” anglosajón no funciona exactamente igual que la noción abstracta de “el pueblo” desarrollada posteriormente por gran parte del constitucionalismo continental europeo influido por la Revolución Francesa. En la tradición política inglesa y norteamericana, el plural conserva una fuerte carga individualizante. “Nosotros” significa una pluralidad concreta de sujetos determinados que actúan conjuntamente sin desaparecer completamente dentro de una masa colectiva indiferenciada. Ahí reside una diferencia filológica fundamental.

El inglés político heredero de la tradición anglosajona mantiene una relación mucho más estrecha entre pluralidad y personalidad individual. “We” no absorbe al individuo dentro de una entidad metafísica superior. Al contrario: presupone sujetos concretos que permanecen reconocibles dentro del conjunto. Por eso “We the People” puede entenderse, desde una lectura filológica profunda, como “Nosotros, cada uno de los ciudadanos que integramos el cuerpo político”. Ese matiz transforma completamente el problema de la soberanía. La soberanía deja entonces de residir en una abstracción colectiva separada de las personas reales y pasa a concebirse como algo distribuido entre ciudadanos concretos que pactan limitar el poder político mediante una Constitución.

Ello condujo a que los Padres Fundadores de la Nacion Cubana procuraran un proyecto de país basado el la soberanía del ciudadano, la incviolabilidad de los derechos inalienables y la justicia como fin del derecho.

En la tradición francesa revolucionaria, “el pueblo” tendería progresivamente a adquirir una dimensión abstracta susceptible de ser interpretada por una asamblea, un partido, una vanguardia revolucionaria o incluso un Estado centralizado que afirma actuar en su nombre. El individuo termina subordinado a la voluntad general. En cambio, la estructura lingüística de “We the People” conserva mucho más claramente la idea de pluralidad operativa. No habla una masa homogénea. Hablan ciudadanos concretos. Desde el punto de vista filológico, incluso puede observarse algo todavía más profundo: el sujeto sintáctico verdadero de la frase no es “People”, sino “We”. El núcleo activo de legitimidad permanece entonces vinculado a la persona y no exclusivamente a la colectividad abstracta.

Esa diferencia filológica termina produciendo consecuencias jurídicas enormes. El Estado queda limitado; los derechos son anteriores al poder; la Constitución funciona como pacto y no simplemente como contrato social; el juez adquiere centralidad protectora; y la soberanía permanece distribuida en la ciudadanía. Las civilizaciones también organizan el poder mediante el lenguaje. Precisamente por eso la diferencia entre “We the People” y “La soberanía reside en el pueblo” no constituye únicamente una cuestión semántica. Es una diferencia de antropología política.

La soberanía deja entonces de residir en una abstracción colectiva llamada pueblo o nación y se traslada hacia el ciudadano concreto. El individuo aparece como sujeto primario de derechos inviolables frente al Estado. La función del gobierno deja de ser únicamente administrar la voluntad colectiva y pasa además a garantizar espacios de libertad personal que el poder político no puede legítimamente destruir.

Pueblo es una categoría colectiva; el ciudadano es una persona concreta. Cuando se dice que “el pueblo” es soberano, siempre aparece alguien que pretende hablar en nombre de ese pueblo: el partido, la revolución, el caudillo, la mayoría circunstancial o el Estado. En cambio, cuando afirmamos que el soberano es el ciudadano, colocamos el poder político bajo la autoridad moral y jurídica de cada ser humano, creado por Dios a su imagen y semejanza, titular de derechos inalienables que ningún Estado, partido ni mayoría puede confiscar.


Fidel Castro manipuló el concepto «poder del pueblo», un monopolio del poder en sus manos.

El peligro de mantener la soberanía popular, la soberanía residiendo en el pueblo, que es la gran muchedumbre donde el ciudadano se diluye, como fórmula, permite convertir una abstracción en instrumento de dominación, que las castas políticas y económicas usurpen ilegitima, pero legalmente, la soberanía de los ciudadanos. En Cuba, desde 1959, Fidel Castro, decía en sus maratónicos discursos, una y mil veces, “nosotros el pueblo”, y era una gran mentira. Era solo él;  Fidel Castro, el poder, invocando constantemente al pueblo para su obra mesiánica, para reprimir al ciudadano. En nombre del pueblo se ha encarcelado, confiscado, exiliado, censurado y vigilado. Por eso sostengo que la futura República no puede limitarse a cambiar gobernantes; debe cambiar el fundamento mismo del poder, debe cambiar el sujeto político. Si el pueblo sigue siendo una masa manipulable, el ciudadano volverá a quedar indefenso ante quienes digan representarlo.


Todos los líderes opositores al castrismo. tanto los que están dentro de la isla como los del exilio y la diáspora, intuyen la necesidad de la democracia, los derechos humanos y las elecciones libres, pero no siempre advierten la profundidad conceptual de esta diferencia.  La democracia, por si sola no es suficiente. Muchos déspotas han ganado las elecciones. La democracia popular puede convertirse en una casta corrupta. No basta con sustituir una dictadura por un sistema electoral. La pregunta esencial es: ¿quién será el verdadero soberano al día siguiente de la transición? Si la respuesta sigue siendo una entidad colectiva superior al individuo, entonces no habremos fundado plenamente una República  de todos y para bien de todos, donde el soberano sea el ciudadano, porque Dios nos hizo a su imagen y semejanza,  donde los derechos inviolables sean los inalienables, por la dignidad humana y donde el fin del derecho sea la justica, que es lo armónico, lo equilibrado, lo que se merece cada quien teniendo en cuenta la totalidad de las circunstancias, sino apenas una democracia vulnerable a nuevos autoritarismos.


El ciudadano soberano debe ser la primera y última fuente de poder. Los políticos, desde las instituciones no deben ser más que servidores públicos, un servidor del ciudadano, el verdadero soberano. En consecuencia, debe elegir a sus servidores públicos, a sus políticos, fiscalizar el poder mediante instituciones, pero también mediante una cultura constitucional. Debe existir separación, división e independencia  real de los poderes públicos: tribunales independientes, prensa libre, acceso a la información pública, revocación de mandatos en determinados casos, elecciones periódicas, control judicial de la constitucionalidad, transparencia administrativa y responsabilidad civil y penal de los funcionarios. Pero, sobre todo, debe existir la conciencia de que el político no es dueño del poder: es apenas un depositario temporal de una autoridad delegada por el soberano, el ciudadano.


Los políticos y los partidos que, en la nueva Era de la Revolución Digital, más que partidos deben corriente de pensamiento respetuosa de la pluralidad, son necesarios, pero no pueden convertirse en nuevos soberanos. Deben estar al servicio de los ciudadanos. Su función debe ser organizar propuestas, articular intereses legítimos, formar gobiernos y ofrecer caminos de administración pública, Pero en una República fundada sobre la soberanía ciudadana, los partidos no están por encima de la Constitución, ni de los derechos, ni del ciudadano. Son instrumentos de representación, no propietarios de la nación.


Los poderes del Estado deben mantener más que su independencia, su separación y división, precisamente porque esa independencia es una garantía del ciudadano soberano. El Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial, el Fiscal y el Electoral, deben ser elegidos por los viudadanos, pero no deben someterse a una voluntad popular manipulada ni a un partido dominante, sino al orden constitucional que reconoce al ciudadano como fuente primera y última y límite del poder. La soberanía ciudadana no significa que cada ciudadano gobierne directamente cada acto del Estado; significa que todo poder público existe para servir, proteger y garantizar sus derechos.


La pluralidad ciudadana exige mecanismos amplios de participación. Cuba no puede ser reconstruida excluyendo a la diáspora, ni reduciendo la nación a quienes viven dentro de la isla. Deben existir elecciones libres, representación de los cubanos en el exterior, consultas vinculantes sobre asuntos fundamentales, iniciativa legislativa ciudadana, autonomía municipal, libertad de asociación, universidades libres, medios independientes y una justicia accesible. La soberanía ciudadana no elimina la diversidad: la organiza jurídicamente para que ninguna voz sea aplastada por otra. Con todos y para el bien de todos, con multiciudadanía, con un Estado Posmoderno, insertado en las interdependencias nacionales, en procesos legítimos de integración, para contribuir al equilibrio aun vacilante del mundo, como nos enseñara José Marti; patria es humanidad.


En Cuba, la llamada “fuerza del pueblo” fue deformada hasta convertirse en mecanismo de vigilancia y represión contra el ciudadano. En una Cuba futura, las Fuerzas Armadas, la policía y los órganos de seguridad deberán estar subordinados estrictamente a la Constitución, al poder civil legítimo y al respeto de los derechos fundamentales. Su función no será defender a un partido ni disciplinar ideológicamente a la sociedad, sino proteger la soberanía nacional, el orden constitucional y la seguridad y servir de protector de todos los ciudadanos.


En De la soberanía popular a la soberanía ciudadana, el lector encontrará una reflexión sobre el problema central de la historia política cubana: la sustitución del ciudadano por abstracciones colectivas que han terminado justificando el poder absoluto. El libro propone una nueva arquitectura constitucional para Cuba, fundada en la dignidad de la persona humana, los derechos inalienables, la separación de poderes, la justicia como fin del derecho y la reintegración de la nación cubana —isla y diáspora— en una misma comunidad histórico cultural con una personalidad jurídica. No es solamente un libro contra la dictadura; es una propuesta para impedir que, después de la dictadura, vuelva a nacer otra forma de poder contra el ciudadano.

PUEDE ADQUIRIR ESTE LIBRO EN ESTE LINK: De la soberanía popular a la soberanía ciudadana, ensayo, de Faisel Iglesias.

Rafael Vilches Proenza: una vida de frente al horror

El fatalismo geográfico afirma que no es posible; sin embargo, del recóndito caserío de Las 1009, en Cuba, salió Rafael Vilches Proenza (1965), prolífico escritor que desde los años 90 se insertó en el ruedo literario cubano y nos ha dado ya alrededor de 15 libros, entre poemarios y novelas, publicados en la Isla y el extranjero. Lo conocí en Bayamo, hace tres décadas, cuando ambos llegábamos a esa ciudad y nos vinculábamos a su ambiente cultural. Fue la escritora Zoelia Frómeta, actualmente radicada en México, quien nos presentó y propició una amistad que perdura y crece a través de los años. De entonces recuerdo la intensa correspondencia postal que intercambiábamos. Todavía las redes sociales ni los teléfonos celulares existían, de modo que, aunque nos veíamos casi todas las semanas, nos enviábamos cartas, que a veces llegaban después de nuestro próximo encuentro. Juntos participamos en proyectos, como el Grupo Literario Espiral, fundado por Zoelia, que aglutinaba escritores en ciernes, y el Concurso de Cuentos Breves Vértice, primero de su tipo en Cuba. Tuve el honor de leer los originales de algunos de sus libros, como Ángeles desamparados, su primera novela, que en aquel momento fue escandalosa y que aprovechó una hendija de la censura para salir publicada por Ediciones Bayamo (2001). Mucha agua ha corrido, como solemos decir, y luego de ir y venir por diferentes ciudades, como Holguín, Santa Clara y Las Tunas, y de hambres, exclusiones, persecuciones, acoso y maltratos, Vilches se exilió en Madrid, donde radica hoy día y desde donde continúa haciendo literatura y defendiendo el derecho a la libertad de los cubanos, razón por la cual se convirtió en un indeseable para la dictadura comunista en Cuba.


Haz hecho famoso a Las 1009, ¿dónde está o estaba ese pueblo? ¿Qué queda de él? ¿Cómo podemos rastrearlo en tu literatura?

Quizás fue un escritor haciéndome una entrevista en la Radio Bayamo, quien me hizo consciente de dar luz al pueblito que me vio nacer. Ese minúsculo sitio perdido en la geografía del oriente cubano, en las cercanías del río Cauto, entre Las Tunas y Bayamo, del que me fui al cumplir el año, al que estuve retornando hasta la adolescencia, para visitar a mis abuelos, tíos y primos. Allí fui feliz, es el lugar al que retorno siempre en la memoria a la hora de enfrentarme al hecho poético. Todo el hechizo que puede brotar en mis versos viene de ahí, de esos recuerdos que recobro en la memoria, y de Vado del Yeso, adonde me fui a vivir en mayo de 1970, hasta que salí a recorrer el país, y donde aún viven mi madre, mis hermanos, la gente que conozco de siempre, donde está enterrado mi padre y la mayoría de mis familiares y amigos muertos. En El Cero de Las 1009, nombre del terruño donde nací un 10 de diciembre de 1965, aún queda un puñadito de casas o de olvidos. Tengo una novela inédita que lo toma como escenario en el período que duró la catastrófica “Zafra de los 10 millones”, uno de los incontables descalabros del tirano Fidel Castro.


Sin dudas, Vado del Yeso es el lugar que te vio crecer y aparece de manera más explícita en tu narrativa. ¿Cómo describes ese pueblo? ¿Cuáles son los mejores y los peores recuerdos que tienes de ese lugar al que siempre vuelves?

Es una comunidad de 24 edificios inaugurada por el tirano en 1970, situada en un apéndice de la carretera central de Cuba que une Las Tunas con Bayamo, a medio camino entre una ciudad y la otra. Se trata de uno de los tantos pueblos cautivos que se construyeron por toda la Isla, para sacar a los campesinos de los lugares donde podían rebelarse y alzarse en contra del gobierno. A ese lugar fueron a parar casi todas las familias de la zona y muchos siquitrillados de todas partes, en especial de Santiago de Cuba, La Habana y la Sierra Maestra. Allí llegué de cuatro años, después de haber vivido en Jucarito, un caserío cercano al Cero de Las 1009. Vado del Yeso aparece en mis novelas Ángeles desamparados y Sálvame si puedes (Premio de narrativa Reinaldo Arenas, Miami, 2020). Fue el escenario de mis primeros amores, mis primeras broncas, donde tuve mis primeros maestros y amigos, donde conocí a los primeros Testigos de Jehová, los primeros Actos de Repudio a desafectos de Castro. Los recuerdos son muchos: tristes, amargos, felices. La única vez que vi a mi padre borracho, decían: “El ron se le subió a la cabeza…”. A lo mejor por eso soy un escritor extraño, al que las bebidas alcohólicas no le llaman la atención. En esa comunidad de cajones de concreto, al mejor estilo ruso, fue donde comencé a reunirme con escritores, pintores, trovadores, actrices y actores, una de las ventajas de que hubiesen traído a gente de tantas partes. Los mejores recuerdos siempre están relacionados con los amigos de la infancia y la adolescencia. Entre los peores recuerdos que martillan mi memoria están las horas de los noticieros y los discursos de Fidel Castro por la televisión, aquel barbudo hablando horas y horas “para acopio”, no nos permitía ver los dibujos animados, las películas, lo único que me interesaba de la TV cubana. Allí escribí mis primeros libros de poesía y terminé mi primera novela. La inocencia me hizo creer que fui feliz. Hoy sé que fuimos unos desdichados. Pero es un sitio, que, a pesar de su depauperación en todos los sentidos, sigo amando.


¿Te sientes agradecido o rencoroso por haber vivido en Vado del Yeso?

Con Carlos Manuel Pérez, autor de esta entrevista.

Sé que merecíamos un mejor espacio. Pero, ahora ni siquiera siento rencor; a veces me embarga un vacío inmenso que solo lo llena la gente buena que conocí y con las cuales conviví los años en que fui creciendo en el barrio. Hoy reconozco como héroes a Lando Acosta, a quienes en el año ‘80, cuando la llamada Crisis del Mariel, sus propios vecinos le tiraron huevos, le gritaron “escoria, gusano, váyanse del país, no te queremos”, y permaneció viviendo en el edificio 6, en la misma casa, con su familia, y siguió pensando como pensaba. Y a otro que salía a la calle y se cagaba en la madre de Fidel, y los del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) llamaban a la policía y se lo llevaban preso, lo metían en la cárcel unos años sin celebrarle juicio, y cuando cumplía la sanción y regresaba a su casa, se volvía a cagar en la madre del esbirro y lo retornaban a la cárcel. En mi corazón no hay odio, no soy Dios para juzgar, pero no olvido, y la justicia para todos aquellos que nos hacen padecer todo ese horror y las miserias de todo tipo tiene que llegar.


¿En qué momento descubriste que querías ser escritor? ¿O eso llegó como un proceso natural en tu vida? ¿Cómo fue?

Fui consciente del proceso que me llevó a la escritura después de adulto, de haber ganado premios, publicado libros. No fue el azar ni algo fortuito: mi madre siempre ha sido una excelente contadora de historias y una gran conversadora. Ella debió ser la escritora. Mi abuelo, Erade Proenza Almaguer, era un decimista repentista; al igual que su hijo, tío Ismael. Mi papá, sus hermanos, mis primos, los mejores contadores de cuentos que he conocido, sus chistes nos hacían desternillarnos de la risa. Abuela Liduvina Socarrás Gómez fue una fabulosa contadora de las historias. O sea, no vengo de la nada, eso se fue acumulando en mí. Y cuando de niño iba a la casa de mis abuelos los fines de semana, una de mis tías me leía libros. Recuerdo nítidamente Flor de leyendas, del español Miguel Alejandro Casonas, recopilado por el también español, Herminio Almendros. Comencé a escribir poesía allá por 1978 o 1979. Un día escuché por la radio un monólogo de Carlos Ruiz de la Tejera sobre alguien que escribía libros, y ahí le puse nombre a lo que iba a ser toda mi vida: escritor.


¿Hubo algún libro o autor memorable en tu infancia, adolescencia o primera juventud que te inspirara o quisieras imitarlo?

No sé si la palabra sea imitarlos, ya te dije que para mí fue como un hechizo descubrir los cuentos de Miguel Alejandro Casonas. Pero después, en mi adolescencia, conocí a una maestra a quien amo, respeto y admiro. Fue quien me llevó al mundo de los libros. Yo leía lo que me caía en las manos, las revistas del único estanquillo de periódicos que había en mi pueblo, fue mostrándome a escritores españoles, norteamericanos, ingleses, franceses, alemanes, rusos… Fue un universo literario lo que esta muchacha acarreó hasta mi casa. Y entonces, sí, hubo muchos autores que amé y sigo amando, aunque ya no los lea. Quizá sea contradictorio, yo leía novelas, teatro y cuentos, y escribía poesía. Sin embargo, el primer libro que publiqué fue una novela, en 2001. En honor a la verdad, mi primerísima publicación fue un cuento, en la revista española El Pájaro de Papel (Alcobendas, 1997), perteneciente al Grupo Literario Ícaro.


Creo que antes de llegar a Bayamo, formaste parte de un taller literario en Río Cauto, la cabecera municipal de Vado del Yeso. ¿Qué te aportó esa experiencia? ¿La consideras importante en tu vida como escritor? ¿Qué opinión tienes de los talleres literarios en Cuba?

Me reunía con la especialista de literatura Ana Julia, que había sido alumna de quien luego sería mi amigo y una especie de maestro o guía, Guillermo Vidal, en Las Tunas. A Río Cauto le debo mucho, allí fui especialista de literatura en la Casa de la Cultura y administrador de la única librería que existía en el municipio. Gracias a esas posiciones pude formar a escritores y nutrirme de ellos. Teníamos una especie de grupo literario en Vado del Yeso, con Laura Bazán y Omar Labrada Puig. Creo que los talleres literarios son buenos hasta una edad, a partir de la cual debes salir a volar, a encontrarte contigo mismo y con el mundo, y todo depende del maestro que tengas.


Recuerdo cuando nos conocimos en Bayamo. Entonces eras muy tímido o aparentabas, ¿qué queda de ese chico que daba sus primeros pasos en la literatura?

Con su esposa, la escritora cubana Ana Rosa Díaz Naranjo, en Madrid.

Creo que sigo siendo el mismo ser tímido, que tuvo la suerte de llegar a Santa Clara, Las Tunas, y Bayamo y conocer a mucha gente linda que me abrieron puertas. Algo de esa timidez desapareció cuando me fui a vivir a Holguín y comencé a formar parte de una ciudad artística literaria, una experiencia parecida a la que ya había vivido en Santa Clara, Las Tunas y Bayamo. Esos tres encuentros me armaron de una coraza.


De esa etapa es el Grupo Literario Espiral. ¿Cómo recuerdas ese período? ¿Qué opinión tienes de Espiral a la luz de los años?

Considero que fue uno de los mejores períodos de la literatura joven en la ciudad. A pesar de no contar con nada, fue un momento lindo en la cultura y la literatura en Bayamo. Los artistas y escritores andábamos juntos, fundamos y fuimos partícipes de hechos y eventos que iban ocurriendo y algunos aún permanecen.  Además de los escritores, contábamos con trovadores y pintores de excelencia. Con Espiral hubo un antes y un después en la cultura y la literatura que se hacía en la provincia de Granma, creo que otros deberían hablar de ello, quizá cuando algunos dejemos de ser escritores censurados y nuestra obra dejé de estar prohibida en Cuba, eso suceda.


Lamentablemente, Gelasio, uno de los miembros más prominentes del grupo, murió demasiado temprano, era un escritor con muchas cuartillas por llenar. Pero ¿qué noticias tienes de los otros amigos de Espiral?

Gelasio Barrero era el cuentista del grupo y se nos fue cuando solo había publicado un excelente libro de cuentos, nunca supimos el destino de su papelería, su biblioteca fue vendida por la familia como libros de uso. De los otros miembros: Zoelia, en México; tú, en los Estados Unidos; Omar y Juan Manuel permanecen en Bayamo; Navea en Cárdenas, Matanzas; Rigoberto, en La Habana, y yo en Madrid. Imagino que todos sigamos activos como escritores. He tenido la dicha de en estos días poder compartir Madrid con Omar y contigo, toda la felicidad y complicidad de aquellos días ha regresado con ustedes a esta ciudad.


En esos tiempos, también, comenzaron a llegarte los premios. ¿Qué trascendencia han tenido estos en tu vida literaria? ¿Crees que es importante para un escritor darse a conocer, participar en concursos?

Los premios en Cuba no me llevaron a ninguna parte, los libros pasaron sin penas ni gloria. Algunos tuvieron buena acogida de la crítica y los lectores, pero en su momento fueron recogidos de librerías y almacenes, para hacerlos pulpa, por mi condición de disidente, abiertamente opositor al gobierno. Y no es una suposición, amigos que trabajaban en el Instituto Cubano del Libro (ICL), rescataron algunos ejemplares de mis libros antes de que se los llevarán para destruirlos y convertirlos en pulpa de papel, y me los hicieron llegar a Holguín, con notas que narraban lo sucedido y pidiéndome de favor que si hablaba de este suceso nunca dijera sus nombres. Jamás he escrito pensando en concursos, pero he agradecido cuando he ganado algún Premio, desde el Batalla de Guisa, el 20 de octubre, en mi provincia, hasta el Premio de Poesía Dulce María Loynaz y el de Narrativa Reinaldo Arenas, en Miami. Creo que sí, los Premios hacen que tu nombre y tu obra se hagan visibles ante más lectores, y en esa maquinaria que mueve a escritores y libros en el mundo te ubican en algún escalón.


Con su amigo, el escritor Ghabriel Pérez.

Todavía estabas en Vado del Yeso-Bayamo cuando fueron publicados tus primeros libros, recuerdo especialmente la novela Ángeles desamparados. ¿En qué circunstancias la escribiste? ¿Por qué escogiste el tema de las escuelas internas (becas) y por qué lo trataste de manera tan desgarradora? ¿Por qué tus personajes nos resultan tan familiares y conmovedores a quienes pertenecemos a tu generación? ¿Crees que ese tema funciona más allá de las fronteras cubanas (¿ha funcionado?)?

Vivía entre Vado del Yeso, Bayamo y Holguín, cuando vieron la luz mi primera novela Ángeles desamparados, y el libro de poesía Dura silueta la luna. En el barrio Chinchacoja concluí Ángeles… en 1996. Fue una historia que comencé a escribir en mi primera estancia en Santa Clara. El origen fue un cuento que presenté en un Encuentro Debate de Talleres Literarios, donde el jurado era de altos quilates: José M. Fernández Pequeño, Omar Álvarez y Guillermo Vidal. El encuentro lo ganaron, Gelasio, y Oro, un muchacho de Río Cauto que enseguida desapareció del ambiente literario. Todo empezó por una conversación que tuve más tarde con Guillermo Vidal. Mientras almorzábamos me pidió que le hablara más del tema del cuento. Cuando terminé, me dijo: ahí hay una novela. En realidad, ya tenía escritos algunas cuartillas que pensaba eran cuentos, entonces los uní, escribí como un mulo y le di forma a la historia y así salió la novela. ¿La beca? Fui uno de los tantos niños que sufrió el martirio de las becas, sin ser conscientes de que eran campos de concentración para adoctrinar niños, adolescentes y jóvenes. La novela quizás fue la manera de exorcizar todo el horror padecido en aquella escuela. Cuando me separaron de mis padres y mis hermanos, todavía estaba en la edad de los juegos y los juguetes, y tuve que comenzar a vivir como un hombre lejos de la familia y los amigos. Metí en una noche todos los miedos, los terrores que aún guardaba en la memoria, los que no habían logrado borrarse a pesar de los años. Está bien que me preguntes eso: ¿Por qué tus personajes nos resultan tan familiares y conmovedores a quienes pertenecemos a tu generación?: Antes de que desapareciera la novela de las librerías, iba a presentarla en escuelas, a estudiantes de generaciones posteriores a la nuestra, los chicos se acercaban y me decían, eso me sucedió a mí, yo soy tal o más cuál personaje. Y eso me lo confesaron, también, personas de generaciones anteriores. Es una novela histórica, aunque no me lo propuse. Una novela histórica con otros rubros, otra manera de asumir el género. Creo que funciona más allá del ámbito cubano, como a nosotros nos funciona La ciudad y los perros o Los cachorros. Ángeles desamparados tiene tres ediciones, dos de ellas fuera de Cuba, en España y los Estados Unidos, estoy pensando en una cuarta. Una manera de que el lector alejado del tema Cuba descubra la verdad del horror causado por la dictadura castro-comunista al pueblo cubano.


Escuché a algunos decir que Ángeles desamparados se parece mucho a la narrativa de Guillermo Vidal. ¿Reconoces su influencia?

Muchos comparan Ángeles… con Matarile, novela de Vidal que tuvo gran resonancia en la Isla y que fue publicada antes que la mía. Pero, en verdad, no tienen nada que ver. Reconozco la influencia de Guille desde el hecho de que fue él quien me impulsó a convertirme en novelista. En cuanto al estilo, la manera de cortar las oraciones como lo hizo en Matarile, fue saliendo así. Acongojado por eso lo fui a ver, le conté lo que me estaba sucediendo, y me dijo: “Vilches, no te preocupes, yo lo robé a los escritores norteamericanos, como lo hicieron Manuel Puig y otros”. Así que me fui a casa y seguí escribiendo mi historia, una historia de vida, como lo fue Matarile para nuestro amado Guillermo Vidal. 


¿Te gustaría ser recordado por Ángeles desamparados? O, ¿por cuál de tus libros te gustaría ser recordado?

Me gustaría ser recordado, más que por mis libros, por el amor que prodigo a los demás. Dígase a los seres humanos con quienes tuve la suerte de convivir e interactuar en mi paso por la vida. Lo que pase con mis libros de poesía o las novelas, ya será cosa de los lectores y de una maquinaria que ni sospechamos se mueve alrededor del arte y la literatura.


Tu novela Sálvame si puedes, vuelve a tratar el tema de la juventud sin esperanzas en un olvidado pueblo de provincia, que más que a Macondo o Comala, se parece a Vado del Yeso. ¿Es esta una continuación de Ángeles desamparados? ¿Por qué volviste sobre el tópico de la vida sin esperanzas de los jóvenes cubanos? Los personajes, otra vez, son como nosotros o nuestros amigos, ¿por qué?

Esta, que es mi tercera novela publicada, efectivamente se desarrolla en Vado del Yeso. Y es, como dices, una ciudad de “Ángeles desamparados”, donde la mayoría de sus jóvenes han salido huyendo, primero a La Habana, luego al extranjero, es un pueblo derruido y envejecido por el tiempo y la miseria a la que ha sido condenado. Siempre vuelvo al barrio que me vio crecer, me siento en deuda con esa gente que me ama y admira. Todas las historias se pueden encontrar en la vida de individuos que conozco desde siempre. Los personajes de esta novela fueron mis vecinos, mis compañeros de aula o de calle. Gente que quise y admiré, muchos ya no están en el barrio o han muerto, y utilizo sus nombres para verlos y hacerles un homenaje, aunque la vida y la historia que creé no les pertenezca. Cuba es un país sin esperanza, donde nadie es joven, aunque haya acabado de nacer. Allí no hay futuro para los hijos de vecinos, los de a pie, eso sí duele. Esta es otra novela histórica, contada y escrita a mi manera, donde desnudo mis dolores, y los padecimientos de los míos.


Repito la misma pregunta que te hice sobre Ángeles desamparados, ¿crees que el tema de Sálvame si puedes tiene trascendencia más allá de las fronteras cubanas y los lectores insulares?

Y yo te repito que sí. Ha tenido muy buena recepción por parte de la crítica. Como mismo nos funcionaron a nosotros, en los noventa, No se lo digas a nadie, de Jaime Bayly, Lo peor, de Ray Loriga, por solo citar dos novelas que llegaron a nuestras manos, de contrabando y nos removieron.


En tu novela Inquisición roja tratas el tema de la UMAP (Unidades Militares de Apoyo a la Producción), uno de los aspectos más escalofriantes y menos abordados de la historia cubana, ¿qué te motivó para escoger ese tema?

Es un tema que está en mi inconsciente desde la niñez. Crecí viendo cómo los hijos de las familias de Rebeca Escalona Suárez y Evelio Rondón Fuente, también la familia de los Ramos, eran maltratados y relegados por no cantar el himno nacional, no saludar la bandera, ni usar la pañoleta escolar. Aquello me parecía humillante, y muy atrevido y valiente, de parte de aquellos niños que no se dejaban amilanar y defendían sus creencias sin hablar. En casa siempre se referían a Camilo Cienfuegos y Huber Matos como héroes. Hablaban, igualmente, de las UMAP. Eso se fue quedando en el disco duro, hasta que pude investigar sobre los Testigos de Jehová, los presos políticos, y los pueblos cautivos (a pesar de ser Vado del Yeso uno de esos pueblos, creo que leí por primera vez del asunto en un número de la revista Encuentro de la Cultura Cubana) y la Guerra Civil en el Escambray, de donde es mi familia paterna. Esta novela la comencé a escribir en Bayamo cuando era el Presidente de los artistas y escritores jóvenes de la provincia (AHS), la continué en Holguín y la concluí en Santa Clara, en un alquiler detrás del famoso Centro Cultural El Mejunje. Le di la forma final en 2019, ya viviendo en Las Tunas, al amparo de Ana Rosa Díaz Naranjo, mi primera correctora y editora, mi Maga.


Esta novela ha tenido buena acogida en el ámbito literario cubano de la diáspora, ¿crees que haya sido simplemente por el tema, o por la valentía con que lo trataste, o por el estilo literario, o por todo a la vez?

De mis libros ha sido el que mejor se ha vendido. Otra novela histórica a mi manera. Excelentes críticos la han comentado. El tiempo dirá por qué su repercusión. Sé que es un tema duro. Por ella también fui amenazado en Cuba. Es cierto que todo el mundo no tiene la valentía de tocar una cuestión como las UMAP viviendo en Cuba, pero no he sido el único. Conozco a otros escritores que viviendo en la Isla tocaron otros temas igual de peligrosos y publicaron sus libros en el extranjero antes de abandonar el país, y algunos aún permanecen allá.


Has afirmado que tus tres novelas publicadas pueden categorizarse como históricas, ¿por qué lo consideras así?

No es que me lo haya propuesto, ni siquiera sé cuáles son los límites o parámetros de la novela histórica. Recientemente Ana y yo fuimos a Vallecas, cuando la Feria del Libro de Madrid, donde una escritora amiga firmaba su libro, y nos encontramos que le estaban haciendo una entrevista a Isabel San Sebastián, quien sí escribe novelas históricas, y pude darme cuenta de que lo único que hago igual que ella, es tener claro cuál es el inicio y el final de mis libros, de dónde parto y hacia dónde voy, así comienzo a escribir, a dar forma a la historia, que puede ir cambiando, los personajes van saliendo y, generalmente, son gente que conozco o conocí. De Inquisición roja ha dicho Mayra González, una muy exigente y acuciosa lectora de literatura cubana: “Un libro que en una Cuba libre tendrá que formar parte del sistema educativo ya sea como literatura y/o dato histórico…”


¿Estás conforme con tus novelas, o luego de publicadas hubieses querido cambiar o agregar o suprimir algo?

No sé si esté conforme con ellas. Las trabajo hasta la saciedad, hasta el segundo antes de ver la luz en una editorial, luego no me gusta releerlas después de publicadas. Cosa que no me ocurre con los libros de poesía.


¿Alguna vez te has sentido discriminado por algún motivo, especialmente dentro del círculo literario cubano?

Sí. En Cuba los amigos o colegas en el mundo de la literatura son muy complejos, se pueden dividir, clasificar de muchas maneras, voy a nombrar tres grupos, son más. Uno, los que son tus amigos a todas, y no les puedes exponer tus opiniones políticas. Dos, los que se creen políticamente correctos, apoyan a la dictadura y su discurso -cuando aflora algún tema espinoso que les puede dañar su área de confort-, es más o menos así: “Vilches, mi hermano, te agradecería que no me toques nada de politiquería, ese es un tema que no me interesa y no tengo tiempo para perderlo en eso. Nosotros somos escritores, lo demás es de los políticos”. Y Tres, es ese grupo que más que disentir, le mete el pecho a cara descubierta a la dictadura, a los dictadores y a sus lacayos, y se exponen a ir presos por gritar Patria y vida, pedir libertad para los presos políticos y para Cuba. En ese tren me monté hace mucho tiempo, pero no soy el único, gracias a Dios.


En la campaña de apoyo internacional a la escritora María Cristina Garrido, prisionera política de la dictadura cubana.

Ya sé que has sufrido censura y persecución, algo típico en Cuba, ¿qué, específicamente, ha provocado ese encono oficial en tu contra? ¿Sientes que ese constante estado de estrés ha influido en tu literatura de algún modo, positiva y/o negativamente? ¿Piensas que si hubieses vivido en un país libre tu literatura hubiera sido diferente?

No sé si mi literatura hubiese sido diferente, pero la vida de mi familia, de mis vecinos, de mis amigos, del pueblo, sí. No hubieran existido las becas, los pueblos cautivos, la guerra civil en El Escambray, las UMAP, los presos políticos del castrismo. Mi poesía y mi novelística hubieran contado/cantado otra realidad. Sé que el tema Cuba, ahora que comienzo a vivir en un país libre, no va a salir de mi realidad personal. No está en mí, mirar para el costado y seguir como si en la Isla no estuviera pasando nada, como si no existiera la peor dictadura de la historia. Mi literatura es mi vida, la de los míos, la de mi pueblo, no cuento otra cosa que esa realidad.  


Por lo general, la prensa es la encargada de recoger los hechos cotidianos de un país, luego los historiadores van a esa fuente para escribir sobre la historia de un tiempo determinado. Pero en Cuba no ha sido así, los historiadores que decidan escribir nuestra historia tomando como referencia la prensa de la dictadura, van a crear panfletos inverosímiles, apartados de toda la verdad. ¿Crees que los escritores tienen una responsabilidad en el sentido de plasmar o reflejar literariamente lo que la prensa y los historiadores han sido incapaces de hacer? ¿Por qué?

Quizás los escritores, porque no hemos visto la realidad nacional reflejada en la prensa oficialista, nos hemos encargado de escribir lo que nos hubiese gustado descubrir en los periódicos y revistas que pululan en el país propagando mentiras, describiendo un país que no existe. Pero hace mucho que a la literatura escrita por los que nos atrevemos a contar la realidad de Cuba en la ficción, se han sumado los periodistas independientes. Ahí se puede profundizar, esos son los verdaderos cronistas de lo que se vive en el país hoy en día. Son jóvenes, en su mayoría, que tienen el valor que no tienen los periodistas a quienes la dictadura les paga para que adornen la miseria nacional, donde en un futuro habrá que ir para descubrir la historia que no se atrevieron a contar en los libros y periódico los periodistas e historiadores del régimen.


Según puedo percibir, la literatura cubana de dentro y de fuera de la Isla está viviendo una explosión creativa, ¿estoy en lo correcto? ¿Han logrado los escritores cubanos burlar la censura? ¿Son ahora más conocidos internacionalmente? ¿Es la literatura cubana contemporánea una punta de lanza en contra de la dictadura?

Gracias a Internet, a algunas editoriales que se interesan por el tema Cuba y los escritores cubanos censurados dentro de la Isla, pudimos burlar la censura, el ostracismo al que hemos sido condenados todos aquellos escritores que nos atrevimos a levantar la voz contra la dictadura cubana. Desde hace un tiempo hay escritores cubanos con libros muy bien ubicados y recibidos por la crítica, se venden bien y son traducidos a otros idiomas. No los menciono porque temo olvidar un nombre, atesoro muchos en la memoria y mi admiración diaria es inmensa. Pero no creo que de manera general que nuestra literatura sea una punta de lanza contra la dictadura. Lo que sí puedo afirmar y confirmar, es que existimos escritores que hemos puesto el pecho, arriesgando la vida y la obra para defender la patria, atacando y enfrentando al régimen a cara descubierta.


A esta altura tienes en tu haber unos cuantos libros de poesía y novelas, ¿cómo te gustaría trascender, como poeta, narrador, o escritor a secas? 

Me encanta cuando me llaman poeta. Pero soy un escritor. Creo. Solo sé que soy uno de los hijos de los Proenza Almaguer Socarrás Gómez y los Vilches Águila Rojas Aragón.


Si alguien pretendiera escribir una biografía tuya a partir de tus libros, ¿le recomendarías los de poesía o los de narrativa?

En la poesía siempre soy yo. En las novelas me travisto, voy con el cuerpo, la piel, los huesos de los otros. Les será más fácil descubrirme y desenterrarme de entre mis versos.


Sé que eres un lector compulsivo, que lees cuando estás alegre y cuando estás triste, cuando tienes pan y cuando tienes el estómago vacío, cuando eres amado y cuando eres rechazado, ¿tiene esto una explicación lógica, o es simplemente un vicio del cual no te puedes desprender?

Hay tiempos en los que solo leo narrativa. Cuando era joven leí mucho teatro, ya no. Y hay otros momentos que le caigo atrás a los libros de poesía. Por ejemplo, ahora quisiera tener todos los libros de poesía de la biblioteca personal que dejé en Cuba. Tengo hambre, sed, necesidad de leer poesía. No escapo del canto que me ahoga, que está contenido en mi pecho y aúlla por salir.


¿Pretendes escribir sobre otros temas relacionados con la historia no oficialista de Cuba? ¿Cuáles?

No lo sé. Tengo terminada dos novelas y varios libros de poesía.


¿Por qué crees que los lectores deberían interesarse por tus libros? ¿Tienes un mensaje para ellos?

No solo interesarse por mis libros, sino por los de aquellos escritores de quienes he hablado en esta y otras entrevistas, es la mejor manera de descubrir el hecho Cuba. Para hablar con propiedad sobre un país que padece la dictadura más despiadada, irónica, y desfachatada que ha existido sobre la faz de la tierra. Para descubrir el amor que hay en este poeta.


En Miami, junto a los escritores Luis Felipe Rojas y Ray Faxas, y al fotógrafo y pintor Camilo Carbonell.

Tuviste la oportunidad de exiliarte en Miami, cuando visitaste esa ciudad en 2016, ¿por qué regresaste a Cuba en ese momento?

Fui invitado al Festival Vista, en Miami. No me quedé por muchas razones, entre ellas, quería ver y vivir dentro del país, ver el momento en que se cayera la dictadura. No podía llevarme conmigo a la gente que amo. Di mi palabra de volver a mis hijos y a mi madre. No era el momento, quizás, de abandonar Cuba. Recuerdo como un gesto hermoso, muchos amigos pidiéndome por favor que no volviera, gente linda que me quiere, sabían que antes de salir de la Isla agentes de la Seguridad del Estado en Santa Clara me habían amenazado de muerte si volvía, a mí y a mis hijos, y ellos temían por mi vida y la de mis hijos. Aun así, regresé.


¿Por qué decidiste exiliarte ahora y por qué Madrid?

Jamás pensé irme, salir definitivamente de Cuba. Nuestra patria es un vertedero grande, en eso la convirtieron los Castros y sus títeres, representados ahora por Miguel Díaz Canel. Hasta que el pueblo en pleno no decida ser libre, ellos van a permanecer en el poder explotándolos, humillándolos, hundiéndolos en la miseria, en el hambre y la mierda. Desde enero tenía en mi poder una invitación para presentar mis libros aquí en Madrid donde llegué el 27 de marzo este 2023 y fue amor a primera vista.


¿Podrías compartir cómo fue tu salida de Cuba? ¿Producirá esa experiencia una novela, un cuento, un poema…?

Mis últimas horas en el Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana, fueron como las de cualquier disidente, creo, que va a viajar fuera de Cuba. Cuando pasaron mi pasaporte por el chequeo digital, las luces de la cabina se pusieron al rojo vivo, el oficial de aduana puso cara de susto y me mandó a parar detrás de una raya roja o amarilla, y ahí me mantuvo una hora. Los demás pasajeros me miraban como a un delincuente, o reconocían que era una injusticia. Luego dos sujetos jóvenes me metieron en una oficina, uno vestido con el uniforme de la aduana, el otro era un agente de la Seguridad del Estado. Y comenzaron las preguntas, unas capciosas, otras con tono de amenaza. Me preguntaron cómo me declaraba, cuál era mi posición con respecto al proceso revolucionario, qué partido tomaba con respecto a la revolución, si en contra o a favor; mi vínculo con José Daniel Ferrer, Ángel Moya, Luis Manuel Otero Alcántara, Berta Soler, Ángel Santiesteban, Camila Acosta; si me iba a reunir con Yunior García a mi llegada a Madrid; que a quién tenía en España; que, si aquellos eran mis amigos, etc. Les respondí: “Sí, son mis amigos y me declaro en contra de la revolución, contrarrevolucionario, gusano, como a ustedes les sirva mejor, nunca me he escondido para decirlo”. Me pidieron que les citara al menos un motivo por el cual yo pudiera estar en desacuerdo con la revolución. “¿Uno?”, les pregunté. “Sí”, me respondieron a dúo, “al menos uno”. “Los presos políticos”, les dije. Y parece que les cogí el culo con la puerta porque se alteraron mucho: “¡En Cuba no hay presos políticos, los presos políticos están en los Estados Unidos, todos esos a los que tú llamas presos políticos son presos comunes…!” y a partir de ahí continuaron diciendo una sarta de estupideces que ni ellos se las creían. Luego me revisaron el equipaje de mano; supongo que lo habían hecho ya con la maleta que registré, donde solo traía libros. Me chequearon el cuerpo con violencia, me pasaron todo tipo de escáneres, buscando no sé qué… quizá temían que sacara alguna información clasificada, o pretendían intimidarme, ¡cosa de película! Tengo pensamientos encontrados acerca de eso, no sé si me sentía miserable o importante. En algún momento tal vez ese horror me sirva como literatura, ahora solo es una denuncia.


Aunque es demasiado pronto, pues estás recién llegado al exilio, ¿qué visión te ofrece Cuba desde la distancia? ¿Vas a volver a Cuba?

Cuba me sigue causando el mismo dolor, la misma impotencia. Ver cómo se la venden a Rusia y China, que el mundo se quede impávido, no haga nada por salvar al pueblo cubano de toda esa ignominia, que todos miren hacia otro lado por conveniencia, o lo que sea. ¿A dónde habrá que ir a denunciar a estos malandrines para sacarlos del poder y que nuestro pueblo vuelva a ser un pueblo próspero y feliz, sin un solo esbirro en los cargos del gobierno, en los servicios públicos? Sí, yo sé que voy a regresar a Cuba, nuestra patria más pronto que tarde, va a ser libre. Ahora en la Isla solo me espera la cárcel o la muerte, como me dijeron algunos sicarios en Santa Clara y Las Tunas, las veces que me secuestraron en la calle. Pero, estoy seguro, un día volveré como salí, la la cabeza en alto y el pecho lleno de luz.

De alguna forma todos los seres humanos somos productos de una época, una educación, un entorno del que cuesta escapar.

Cuando mi amigo el doctor Manuel Galguera —a quien he llamado antes, con buenas razones, embajador de la cultura cubana en todo el mundo— me habló de la novela El último secreto de Hermann Hesse, de H. G. Quintana, publicada por la editorial El barco ebrio en 2021, el título me dejó intrigada. ¿Qué habría escrito el autor, cubano como nosotros, sobre este escritor alemán no muy conocido en la isla? De Hesse solo recuerdo que se publicara en Cuba El juego de abalorios, obra a la que H. G. Quintana alude en la suya.

No estaba segura de terminar la lectura antes de las vacaciones, pero a poco de empezar con El último secreto de Hermann Hesse, quedé enganchada y leí la novela en dos días. Dividida en capítulos alternos, la historia comienza con la llegada de Leopold Hanckle, un joven de 16 años, a Montagnola en agosto de 1939, justo después de firmarse el Pacto Ribbentrop-Molotov. Los capítulos correspondientes a Leopold están narrados en tercera persona, con una caracterización del personaje muy bien trabajada. Leopold ha llegado a la ciudad con una misión que permanece oculta hasta el final y de la que solo se sabe que tiene alguna relación con Hermann Hesse, que en aquellos momentos residía en Montagnola.

En el capítulo siguiente se cambia de época y lugar. Lo narra en primera persona Ricardo, un escritor cubano que se dispone, en septiembre de 2001, a tomar un avión de La Habana a Madrid. Ricardo está escribiendo una novela sobre Hesse y, al llegar a España, se dedica buscar afanosamente a un pintor (que resulta ser un sacerdote conocido como el padre Leopoldo) pues este había conocido en sus mocedades al autor alemán.

Así se van enlazando las dos tramas, la del escritor cubano y su relación con un ya anciano Leopoldo y la de un Leopold joven que hace amistad con Hesse y su familia. Llega un momento en que las dos trenzas de la obra se enlazan, pero decir más sobre esto sería revelar secretos de la trama o, como diría su autor, destripar la novela. Baste decir que está plena de suspense y emoción y con detalles interesantísimos sobre los acontecimientos de Europa, el inicio de la Segunda Guerra Mundial y la vida de Hesse, al mismo tiempo que ilumina las vicisitudes de Ricardo en Cuba y su adaptación a la tierra española. El final es impactante y me ha dejado con deseos de leer una segunda parte donde se retomen los mismos personajes, que aún tienen mucho jugo para dar.

Podría decir más, pero prefiero cederle la palabra a H. G. Quintana, que me descubrirá en este diálogo no solo por qué decidió escribir esta obra sino también otros secretillos literarios y no tan literarios.


¿Qué te motivó a escribir una historia que ocurre a principios del siglo XXI en Cuba y España y en la Alemania de finales de los años 30? ¿Cuál fue el chispazo, el origen de esta trama tan fascinante?

Es difícil explicar un solo motivo del porqué surgió esta novela. Quizá deba extenderme un poco. En Cuba, durante mucho tiempo dejé de entusiasmarme por la realidad. Los motivos son múltiples, empezando por la política, pero no era lo único. Lo que me sacaba de esa evasión era la lectura de libros que podían resultar extravagantes para nosotros los cubanos. Hablo de historias que ocurrían en otras latitudes, que me alejaban de ese entorno que consideraba tóxico. Yo empecé a escribir ficción varios años tras mi formación universitaria y conocí la existencia e importancia histórica de la literatura alemana antes de dedicarme a este oficio.

Sin embargo, no tenía en la universidad suficientes lecturas ficcionales como para evaluarla por sí misma, más allá de su entorno sociohistórico. El descubrimiento explícito de Thomas Mann, Heinrich Böll, Erich Maria Remarque o Hermann Hesse, de esa literatura, para mí fue como una especie de epifanía. Hablo de leer sus textos, no ya sólo de libros de Historia del arte donde los analizaban y que yo consumía por obligación profesional. Fue reconocer algo que hablaba de mi propia realidad, la que yo conocía, pero con otra mirada.

La literatura alemana me marcó para siempre. Concretamente con Hesse fue el más inesperado y maravilloso. Lo leí más tarde que al resto, pero desde el primer momento me sorprendieron sus dotes de mímesis, su capacidad de tener un amplio registro de géneros y estilos para ejercer la creación. Me maravilló la idea de que, sin rebajar su estilo a una popularidad impostada, terminó siendo uno de los autores más influyentes de su generación.

El paso obvio era introducirme en diferentes textos sobre su vida y obra; penetré su complejidad como ser humano, sus contradicciones, su humanidad, visto aquí tanto sus virtudes como sus defectos, y aquella figura que antes parecía un Dios, se convirtió en un amigo.

Recuerdas que en esa época apenas había Internet en Cuba, lo poco que había no tenía la fuerza de hoy, y las redes sociales ni existían; no teníamos siquiera teléfonos portátiles ni smartphones ni nada por el estilo. Así que, como buen ratón de biblioteca, busqué cuánto se había escrito sobre Hesse en las bibliotecas. Pensé en escribir algún tipo de ensayo o texto de investigación, que era de dónde realmente venía tras terminar la carrera de Historia en La Habana, pero después me di cuenta que me iba a ser imposible aportar algo nuevo sobre la vida de Hesse y fui directo a escribir una novela que es el género cuyas herramientas tenía más frescas y donde es posible también echar a volar la imaginación. Así que, investigación y ficción terminaron mezclándose en mi texto.

El último secreto de Herman Hesse fue la consecuencia inevitable de ese recorrido intelectual que empezó leyendo El juego de abalorios y que terminó con la escritura de mi novela en 2001. ¿Novela histórica?, me preguntan. No, no me atrevo a mancillar un género que admiro y respeto, pero la verdad es que historia y literatura se mezclan, en este libro como dos de las materias que me cautivan.

Ha tenido un recorrido “tortuoso”. Está publicada ahora, aunque ya le había puesto punto final en 2007. Pero el final no era real. Salvo uno de mis lectores de prueba, todos los demás me decían que le faltaba algo y me abstuve de publicarla. Así que estuvo en un cajón hasta 2022, en que mi amigo el periodista Carlos Cuesta, me obligó a revisar todo lo que tuviera como borrador. Tras tantos años sin pensar en ella, la relectura me dio elementos que no había visto en revisiones previas. La leía como el texto de otro, y pude analizarla de manera más objetiva. No reescribí, porque el texto me parecía adecuado como estaba, pero sí reestructuré hasta llegar a lo que es hoy El último secreto de Herman Hesse.


Tienes razón, ha sido un recorrido literario tortuoso, pero muy interesante e iluminador y el resultado ha valido la pena. La relectura siempre da provecho, tanto en términos de final como de personajes. Hablando de estos, al comienzo de la novela Leopold se afirma como simpatizante de Hitler. El lector actual está acostumbrado a que muchas historias se cuenten desde el ángulo opuesto. ¿Qué me puedes decir de este personaje y su evolución?

Leopold es un personaje que me ha encantado crear, caracterizar y vivir en su piel. Es probablemente una mezcla de mí mismo y de decenas de personas reales y ficticias a las que he conocido, pero trasladados a otra realidad y tiempo. Cuando ya había decidido la escritura de la novela necesitaba encontrar un contrapeso, una especie de antihéroe que me permitiera confrontarlo a la ideología y a la personalidad de Hermann Hesse, para evitar en la ficción la admiración que yo sentía en la realidad por el escritor alemán.

Así que Leopold es la Némesis de Hesse, pero Némesis necesario, es otro Hesse; un otro yo, medio insolente, del propio Herman Hesse dentro de la novela. Un joven impetuoso e imprudente, a ratos hasta grosero, con ganas de ayudar a su país, aunque Alemania estuviera gobernado por un sistema totalitario, que él mismo no ve o le da igual, porque lo importante es la patria.

Si lo piensas bien es como tantos jóvenes entusiastas (incluso como lo fuimos muchos en el caso cubano) que viven engañados, pero no lo saben, y que creen en determinadas ideas muy peligrosas, pero de las que no son conscientes, o que les han metido en vena que son las únicas correctas.

Así que Leopold es el personaje necesario para afianzar el conflicto, para que este fuera más sugestivo dentro de esa esa historia que yo quería contar.


Con sus amigos y colegas escritores Gleyvis Coro, Ladislao Aguado y Nelson Simón, en España.

Sí, es un personaje clave como contrapunto de Hesse. Muy humanos los dos y bien construidos psicológicamente, con sus virtudes y defectos. En el caso de estos últimos, la misoginia de Hesse se expresa de diversas maneras, sobre todo en diálogos como:

“A las mujeres les falta encarar las relaciones de pareja con raciocinio, el mismo que usan en otros momentos de su vida, y que olvidan cuando se entregan con esa dependencia.” (página 129)

–Las mujeres, Leopold, las mujeres. Son las personas que más nos inspiran, luego no nos dejan trabajar con su carácter (página 157)

En estos momentos, sobre todo, resulta un dato que ayuda a retratar al personaje del escritor. ¿Cuánto hay de cierto y cuánto de imaginado en ello?

Cierto, este fue un punto que intuía podía crear polémica.

De alguna forma todos los seres humanos somos productos de una época, una educación, un entorno del que cuesta escapar. Yo lo he visto con conflictos morales a los que me enfrentado fuera de Cuba, sobre catecismos que aprendí en la isla y de las cuales fui alejándome con aprendizaje, estudio, y practicando algo de lo que, por desgracia, carecen muchos cubanos: la práctica de la tolerancia.

Sin embargo, hay otras ideas que es casi imposible soltarlas, por mucho que estudies, que practiques la tolerancia, que viajes, que luches contra tu naturaleza, porque están arraigadas como parte de nuestra educación y existencia. Porque las aprendiste como parte de un sistema moral que es muy difícil mover.

Si lo trasladamos a la Europa de inicios y mediados del siglo XX, tener opiniones como las de Hesse sobre las mujeres no era del todo inmoral en su entorno como lo hacemos hoy, y con bastante lógica. Aunque no es lo mismo y se aleja algo, piensa que, en la Edad Media, en algunos países, era un orgullo para un siervo que el señor feudal fuera el primer encuentro sexual de su mujer. Lo comento como forma de comprender los cambiantes sistemas morales de la sociedad. Los excelentes profesores que tuve en la universidad, (en especial la Dra. Liliam Moreira) nos repetían esta idea del análisis histórico como loros: “no analicen la historia con nuestro sistema de valores actuales. Hay que trasladarse a la mentalidad de la época.”

Uno de los grandes problemas que yo veía en la novela desde el principio fue como retratar a alguien, a quien yo consideraba un modelo perfecto y sin manchas, como un personaje más. El reto era cómo escribir sin adorar a alguien que existió y es, además, una especie de Dios para muchas personas. Tenía que buscar la forma de retratar a un ser humano normal, concebir al personaje y no adorar al escritor.

Leyendo las diferentes biografías tanto la de Hugo Ball, la de José María Carandell y la propia correspondencia de Hesse con varios autores, indagué algunos detalles de cómo podía yo entender al ser humano Hermann y no al escritor Hermann Hesse. Me di a la tarea de encontrar aquellos elementos que me permitieran trasladar al lector, no solo virtudes sino también algún defecto. Así que, rastreando, encontré esos pequeños detalles en los cuales se habla de su difícil relación con las mujeres, el hecho de que tuvo tres relaciones serias, dos de ellas terminadas en matrimonio, y otra apenas. En su propia obra, muchas veces la atracción que sienten sus personajes por las mujeres, no se diferencia de la que sienten por otros jóvenes del mismo sexo, con la misma frialdad o cercanía, como si se tratara de algo en la que no están implicadas las emociones.

Así que imaginé ese defecto como parte de una moral que, socialmente, no se discutía, y que afectaba a casi todos los hombres de la misma generación en casi todas las naciones. Ya sabemos que los derechos de la mujer han sido un largo recorrido y es algo de muy reciente adquisición, lo cual es desconcertante si lo analizas con herramientas históricas, pero que tuviera criterios polémicos sobre la mujer, visto desde la actualidad, no es extraño, ni en él, ni en gran parte de los hombres de su generación.


Durante su paso por el Centro Nacional de Formación Literaria «Onelio Jorge Cardoso», en La Habana.

¡Por supuesto! Cada hombre (o cada mujer) y su circunstancia…Ahora, mi próxima pregunta tiene que ver con el aspecto formal de la novela. En varias ocasiones durante la obra juntas el pasado y el presente, a veces en la misma oración.

Decidió poner todo su empeño en el primer acto social del día. Desciende las escaleras hacia el comedor y no puede evitar hacerlo con reparos (página 18)

Leopold sabe que no va a terminar bien esta conversación. –¿A qué te refieres? –dijo ocultando su aspereza. (página 157)

¿Por qué decidiste hacer esto?

Aunque mi formación literaria viene de grandes maestros de la literatura, veo la vida ficcional con ojos de un director de cine, donde filmo con una cámara y hago un proceso de montaje y edición de vídeos. Así que muchas veces suelo imaginar a los personajes con una cámara al hombro que me permite moverme entre ellos cuando realizo diálogos. El proceso técnico en la literatura es más complejo, pero esta forma de explicarlo, le da una imagen visual al lector de cómo puede ser el trabajo de los puntos de vista.

Salvo que exista alguna errata que haya pasado desapercibida, (que además es posible) hay momentos del libro donde establezco dos conversaciones que ocurren en dos momentos espacio-temporales diferentes. Una de las conversaciones remite a la segunda en forma de recuerdos de uno de los personajes. Pero tenía un problema: quería que el lector viviera las dos escenas como testigo, sin que nadie se las contara, pues es más creíble presentarle a los personajes en medio de la escena sin que medie alguien contando lo sucedido.

Pero no me parecía útil ni necesario hacer dos capítulos para algo que podía resolverse sin machacar al lector con otras escenas suplementarias. Así que las escribí de forma que los saltos espaciales y temporales ocurren de una línea a otra, separadas apenas por un guion, una coma, o un punto y aparte.

¡Ojo! No lo he inventé yo. Ya lo hizo Mario Vargas Llosa (y muy bien) en Conversación en La Catedral, y él dice que lo aprendió de Moby Dick y de Tirant Lo Blanc.De todas formas, tengo la impresión que nadie ha sido capaz de algo tan eficaz como lo hizo Vargas Llosa. En mi caso fue la solución para un problema. En esto consiste la escritura: encontrar soluciones efectivas para problemas que te plantean la historia y el argumento.


Y estas soluciones hacen fluir la trama con gran sandunga. Como dato curioso, recuerdo la edición de El juego de abalorios que se publicó en Cuba en los setenta y que Ricardo descubre en su búsqueda de las obras de Hesse. Volviendo a libros, reales o imaginarios, ¿has pensado escribir una novela titulada Hijos de Shiva, dado el final abierto de esta?

Es interesante tu comentario. La primera versión, casi hasta días antes de la publicación se titulaba Hijo de Shiva. El último secreto de Herman Hesse.  Al final me parecía que la primera parte del título hacía algo de destripe, y hoy en día el consumidor de ficción es muy sensible a los spoilers. La idea de una continuación no la había pensado, pero ¡me has metido el diablo en el cuerpo!


¡Ojalá que ese diablo dé origen a muchos diablitos literarios! Estoy segura de que hay cantidad de lectores esperando una segunda parte. ¿Algún consejo que puedas ofrecer a quienes empiezan este camino de la literatura, largo y tortuoso como el de Los Beatles?

¡Uf, es muy difícil ofrecer consejos a jóvenes escritores! El más sensato es que se hagan empresarios u hombres de negocio, que ganen mucho dinero y se olviden de esto de escribir. Pero eso no sirve para los que la creación de mundos ficticios es más importante y va más allá del reconocimiento o la fama.

Haré algo de anécdota personal. En mi generación, en el ámbito donde me formé como escritor, en los ambientes literarios donde estuve, compartí con escritores muy buenos, mucho mejores que yo, probablemente la mayoría. Algunos con un talento inmenso. Yo siempre he sido un escritor medianito, una especie de segundón silencioso que tenía que trabajar el doble porque llegaba tarde y aprendía más lento, lo que me creaba a veces, algunas burlas ajenas, y dudas personales; casi hasta llegar al síndrome del impostor.

Pero he tenido algo que es mi gran virtud y no estoy siendo pretencioso: trabajo como un mulo. A trabajar fuerte en este oficio no me gana nadie, porque sé que no soy el más inteligente, ni el más popular, ni el más preparado. Pero sí tengo una capacidad de análisis intuitivo de mi entorno muy cercano al que se realiza en filosofía, materia que leo mucho, y trato de leer bastante de lo que se escribe en materia de creatividad por parte de neurocientíficos. Esas dos materias me han preparado para tratar al éxito y al fracaso, al elogio y a la crítica con la misma indiferencia; como a los dos impostores que son, como decía Rudyard Kipling.

Así que mi consejo vale no sólo para la literatura, sino para todo en la vida: encuentra tu motivo, aquello para lo que crees que te han puesto en esta tierra, y no te rindas ante nada. Sea escribir, hacer música, cantar, hacer sillas de madera o montar un negocio, analiza si sirves para eso y tira adelante sin miedo. Da igual que se burlen de ti, da igual que haya otros que tengan un éxito que parezca inmerecido, porque el listón no está en tus contemporáneos, sino en los que te precedieron. Tu competencia verdadera no es superar a los vivos sino dialogar de tú a tú con los muertos.


¡Excelentes consejos para la vida y la literatura! Me encanta esa definición de la competencia. Pero discrepo de tu autodefinición como “escritor medianito.” ¡Nada de medianito ni de segundón, que escribes muy bien! ¿En qué estás trabajando en estos momentos? 

Ando con varios frentes abiertos. Tras la publicación de No sucedió en el downtown, (un libro de relatos misteriosos o historias inexplicables que disfruté mucho escribir y que surgió tras un viaje a Los Ángeles) estoy a la espera de la salida de una novela que me ha gustado mucho escribir. Se titula Un chelo bajo dos lunas, y tiene algo de dos historias o dos puntos de vista sobre el amor y el desamor, sobre unos mismos hechos que viven dos personajes. Esto ya está listo, es sólo esperar la salida.

Estoy revisando una traducción que he hecho del libro de memorias The Summing Up, de William Somerset Maugham; y hago lo mismo con La Formación del Estilo, del escritor francés Antoine Albalat.

Tengo dos historias en previsión que me tienen atrapado casi a todas horas como posibles novelas, pero son todavía proyectos. Podría decir que una tiene como título provisional Sólo un milímetro, y tiene que ver con la insatisfacción común, pero irracional, que sentimos muchas veces al amor de pareja. La otra novela tiene como título provisional, La importancia de llamarse Paula Wilde, y es un triángulo amoroso donde se mezclan la literatura y el teatro con personajes que ya están definidos y donde habrá mucho de secretos, mentiras y búsqueda de reafirmaciones personales y profesionales.


Con el mexicano Lauro Zavala, maestro de la escritura creativa y el análisis cinematográfico.

¡Cuánto haces! Traducciones, novelas, y encima de todo eres profesor. ¿Dónde y qué enseñas? Cuéntame un poco sobre tu trabajo universitario. 

He dado clases los últimos 6 años en la universidad de Tours, donde además he hecho trabajos investigativos y he pasado por varias materias del español, el cine y la literatura y donde busco el doctorado. Estoy en una pausa reflexiva en estos momentos. Los años previos fueron muy fuertes desde el punto de vista emocional. Por circunstancias personales, durante la cuarentena de la COVID-19 quedamos encerrados solos mi hija de 6 años y yo, durante mucho tiempo. Esos momentos de zozobra me hicieron reflexionar sobre muchas cosas: la probabilidad de una muerte prematura, la necesidad de replantearme el futuro. Ver a mi hija totalmente dependiente de una situación que ella no entendía y yo no sabía cómo explicar de forma lógica, me hizo pensar que quizás el magisterio me estaba alejando de lo que realmente me importaba.

Luego ha habido situaciones en las aulas universitarias que me han provocado reflexionar si la misión con mis hijos ya no es suficiente como para meterme en una educación que tiene que ver más con la disciplina que con la ilustración, propiamente dicha. Mi paradoja tiene que ver con esta nueva sociedad donde un gran porcentaje de jóvenes se preocupan mucho de sus derechos, pero poco de sus deberes, que ven más importante la aceptación social y cómo son percibidos en las redes sociales, que el conocimiento que puedan aprender, y la poca capacidad que demuestran ante la frustración. No he tomado aún la decisión de si volver o no, pero la realidad es que todavía no encuentro los motivos para regresar a las aulas. Imagino que cuando apriete la economía, habrá que dejar de pensar.


Comprendo lo que dices, una experiencia que mal que bien todos los que enseñamos hemos tenido. Pero a la vez no hay nada tan lindo como la interacción con los estudiantes y la alegría que da cuando “les cae el veinte,” como dicen aquí, de un concepto difícil. Veo en tu biografía que te licenciaste en inglés en la Facultad de Lenguas Extranjeras. ¿Algo que quieras compartir sobre la facultad, los profesores, si estudiar inglés ha influido en tu escritura, etc.?

El inglés lo tenía desde niño. Todo comenzó porque mi padre me enseñaba ruso mientras lo estudiaba en horarios nocturnos cuando yo tenía apenas 10 y 11 años. La idea de la existencia de palabras diferentes que significaban lo mismo me cautivó desde el principio.

Luego mi padre estuvo en Etiopía en una de esas misiones absurdas que se inventaron soviéticos y cubanos para extender el comunismo. Allí él asesoraba en agronomía y tuvo que lidiar con varios idiomas y dialectos. Así que cuando regresó me dijo: “olvida el ruso, que eso no sirve para nada. Estudia inglés.”

Y así empezó mi placer por los idiomas, algo que comparto con mi hija, que se mueve como bilingüe en francés y español, y con bastante soltura en inglés; aunque ya me dijo que quiere aprender también japonés, coreano e italiano, ¡imagina!

Su primera novela, en reedición en España.

Cuando entré a la universidad, mis notas no eran suficientes para competir por la gran demanda de estudiar inglés, pero sí ciencias sociales. Así que entré en Historia para luego cambiar de carrera, pero la Historia me cautivó y terminé graduándome en Filosofía e Historia; algo de lo cual no dejo de alegrarme cada vez que lo pienso, porque me dio herramientas profesionales que luego me han servido para la literatura. Pero a la vez, tuve la suerte de establecer vínculos fuertes con la facultad de idiomas, que en mi época estaba cerca de la terminal de ómnibus de La Habana. Estos vínculos iban desde una novia, amigos como Humberto, que luego formó Moneda Dura y tener un gran profesor como Luis Enrique Wong. Allí me motivé a seguir en paralelo el inglés, que terminé con muy buena nota, y el alemán, que nunca pude empezar.

El conocimiento, tanto del inglés como del francés, sí han influido en mi escritura. Soy incapaz de medir cuánto. Probablemente sea solo de forma intuitiva. Pero ser consciente de las similitudes y diferencias entre las tres lenguas que he podido aprender, más los rudimentos de otras que he intentado, me ha hecho más tolerante ante los errores, me hace ser consciente de la fuerza que puede tener una palabra cuando descubres su origen, su etimología o los matices de su definición en otra lengua.

Lo mismo con los errores de mis alumnos en español. En un aula donde tienes estudiantes que escriben en español con errores que vienen de francés, inglés, árabe, alemán, etc., te vuelves más tolerante porque comprendes más esos errores. Más de una vez me ha pasado ver una castellanización de un término de otro idioma, y antes de señalar el error, voy a varios diccionarios para evitar la necedad de creer saber que conozco todos los significados de un término. Y efectivamente, más de una vez, el estudiante, sin ser consciente, escribió una palabra correcta y con un uso perfectamente aceptable del español. Esto, de alguna forma ha cambiado mi escritura. ¿Cómo? Soy incapaz de medirlo de forma incuestionable.


¡Qué fascinante ha de ser vivir en medio de una comunidad tan multicultural como esa! Seguro que tu literatura se beneficia y se nutre de todo eso. Bueno, pues muchas gracias por esta entrevista, ¡y que el próximo libro y todos los demás, tengan el éxito que mucho se merecen!

H. G. Quintana: Muchas gracias a ti y a Manuel, por el entusiasmo con este entintador de folios.

Soy optimista de que Cuba pueda recuperar el tiempo perdido

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Asley L Mármol? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Asley L Mármol, el ser humano y Asley L Mármol, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Me resulta difícil separar estos dos “egos” que mencionas pues son un mismo hueso en mi existencia; pero acepto tu reto y lo voy a intentar… Asley el ser humano vive obsesionado esencialmente por dos cosas, mi familia y mi fe. Mi esposa y yo hemos vivido juntos casi treinta años. Nos casamos en la universidad y salimos de Cuba exiliándonos en Holanda; hemos dado tantas vueltas, sufrido y logrado tanto que es como si fuésemos un mismo ser. Nuestras dos hijas nacieron en Los Estados Unidos y son seres increíbles, muy exitosas, ambas en la universidad en estos momentos. Son nuestro mayor logro y hemos sacrificado todo por darles la vida que no tuvimos y creo lo hemos logrado en gran medida. Sobre mi fe pudiéramos discurrir toda una noche y parte de la mañana, pero al menos he de decir que soy un hombre con una sed espiritual enorme. El Asley escritor lucha por exprimir la vida minando tiempo para hilvanar obras que posean aliento para existir por sí mismas y sean dignas de llegar a alguna parte. Busca maneras de vivir escribiendo y no meramente escribir cuando se pueda. Vive constantemente elucubrando poemas fallidos, historias pretenciosas y tramas imposibles que probablemente terminará desechando; pero que acaso en momentos de elevación seráfica se conjuran frente a mí y toman la forma textual que se les antoja.

Aunque seguramente alguno se molestará con esta afirmación: la Cuba en la que creciste, incluida esa Habana periférica donde entraste al mundo de la cultura, era un entorno muy rico y lleno de posibilidades para desarrollar el talento creativo, especialmente los nuevos creadores. ¿Qué recuerdas de esos primeros momentos en tu vida como escritor?

Permíteme ofrecer un poco de color a tu afirmación. Mis años germinales como escritor en Cuba fueron breves pero intensos; estamos hablando de los últimos cinco años de la década de los noventa. Admito que horizontalmente el entorno literario e intelectual era bastante diverso, pero recuerdo padecía de poca profundidad y originalidad en muchos casos además de estar plagado de limitaciones. Para los escritores más jóvenes podía tornarse asfixiante. Los escritores consagrados dominaban los escasos medios que existían y los espacios para los novicios o carecían de autenticidad y relevancia o requerían de una integración política hacia las instituciones oficiales que instintivamente detestaba. No obstante, a pesar de mi juventud tuve el privilegio de conocer y codearme con grandes escritores y artistas que me marcaron como intelectual. Figuras como Pablo Armando Fernández, Eduardo Heras León, Lina de Feria, artistas plásticos como Roberto Diago, entre muchos otros abrieron sus puertas y ofrecieron su experiencia a aquel joven obstinado en conquistar la perfección estética. Ya había logrado aparecer en publicaciones oficiales como El Caimán Barbudo, Unión, Alma Mater y otras revistas de corte independiente como Jácara, DeLiras, Verbum. También formé parte de la antología Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo que incluyó a los autores más jóvenes del momento, publicada por Letras Cubanas en el año 2000. El medio como tal, aunque parecía empezaba a reconocerme, se tornaba para mí cada vez más en un anillo ofídico con el que rompería definitivamente a finales del año 1999. De haber permanecido en Cuba habría de sucumbir irremediablemente ante la oficialidad para poder acceder a los principales medios de publicación y fuentes de empleo en el campo de las letras. No obstante, fueron años que atesoro en la memoria. Uno de los momentos que me marcó para toda la vida fue en uno de aquellos talleres literarios a nivel municipal o provincial, no recuerdo bien, creo que tendría no más de quince años, presenté lo que creía era un relato titulado “Testimonio de una oreja.” Uno de los miembros del jurado, tras haberme explicado que semejante texto carecía de una trama por lo que no calificaba como cuento, me aseguró que yo era plausiblemente un escritor y me exhortó a continuar escribiendo, otorgándome además una mención especial. Aquel miembro del jurado eras tú, Amir. Otro momento fundamental fue haber participado en el primer taller de narrativa Onelio Jorge Cardoso fundado por Eduardo Heras León y Francisco López Sacha donde se aglutinaron los principales narradores jóvenes del momento, donde también estuviste, Amir. Tuvimos el privilegio de estudiar con escritores de la talla de Senel Paz y Leonardo Padura entre muchos otros. Fue un momento crucial en mi formación. Como es lógico tras abandonar el país y comenzar a publicar en los medios del exilio, solo unos pocos estaban dispuestos a continuar asociándose conmigo; precio que estaba dispuesto a pagar a cambio de la libertad.


Hay una experiencia en tu vida de la que me gustaría hablar: fuiste uno de los “cabecillas” de uno de los proyectos más originales que he conocido en la historia de las revistas cubanas… Jácara, una revista de manuscritos, si no me equivoco, conjuntamente con el también escritor Luis Rafael Hernández. ¿Cómo fue esa experiencia?

Jácara fue el arca y el diluvio a la vez. Arca en cuanto a ofrecernos un medio confiable para distanciarnos de la mediocridad imperante y trazar nuestra propia ruta. Conocer a Luis Rafael, con quien he mantenido una muy buena amistad durante todos estos años, fue trascendental en mi vida. Hombre muy culto y con un profundo sentido de nuestra futuridad, vio en mí quizás lo que ni yo mismo era capaz de discernir. No solo me presentó a Jácara, me invitó además a subdirigirla y crecerla. Diluvio pues acaparamos la energía de los autores menos reconocidos que nos negábamos a embadurnarnos con la politiquería oficial o con el extremo opuesto de un discurso contestatario muy de moda en aquellos años en que el gobierno quería aparentar una apertura cultural. Queríamos hacer literatura y punto. Nos remontamos a la estética del grupo Orígenes y propusimos una revista insólita en la historia de las letras cubanas: publicaríamos los textos manuscritos de puño y letra de los autores. Muchos de los escritores de marras se rieron en nuestras caras, pero más nos reímos nosotros cuando nombres como Cintio Vitier, Fina Garcia Marruz, Jose Kozer, Excilia Saldaña, Rafaela Chacón Nardi, Dora Alonso, Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández, Lina de Feria, Eduardo Heras, Waldo Leyva y muchos más, se tomaron el tiempo de sentarse a escribir en la mejor caligrafía que les era posible sus colaboraciones. Por supuesto que en sus páginas figuran también decenas de escritores jóvenes, muchos subvalorados, compartiendo el espacio con figuras consagradas, propósito principal de la revista. También comenzamos a incorporar a pintores de calibre con ilustraciones originales: Zaida del Rio, Eduardo Fabelo, Roberto Diago, Nelson Domínguez, Pedro Pablo Oliva, Alfredo Sosabravo, ilustraron las páginas de Jácara. Tuvimos, gracias al apoyo de Fefé de Diego, quien nos abrió los archivos de su padre el gran poeta Eliseo Diego, el increíble honor de publicar un poema manuscrito inédito de Jose Lezama Lima, además de textos manuscritos de Eliseo Diego y Gastón Baquero. En fin, gracias a su audacia y autenticidad, Jácara fue un fenómeno literario de esos que te llevan sin quererlo a formar parte de la historia.


Cuba, un día queda detrás y apuestas por el exilio, como otros millones de cubanos, con todo el trauma del desarraigo que eso suele representar para la mayoría. Y mientras en Cuba publicaste apenas un poemario, ya fuera de la isla desarrollas una carrera literaria más sólida y que, además, se extiende a otros géneros, el cuento, la novela. ¿Qué te ha dado y que te ha quitado el exilio?

Huir de tu país natal en busca de la sanidad mental y la libertad que te eran negados es un proceso tan duro como un trasplante de alma. El exilio no solo te desarraiga, sacude el basamento de tu devenir, de tu carrera. Tuvimos que dejarlo todo atrás, un futuro que conducía a la servidumbre, pero que aun así era el nuestro, labrado con ansias y sacrificios. Al cabo del tiempo te acostumbras, las heridas cauterizan y el pasado se vuelve un punto cada vez más lejano en el tiempo. Con los años se difuminan los nombres de las calles, las caras de la gente, pero nunca alcanzas a borrar las huellas y la presencia de esa patria sufrida. Luego, mientras más te sumerges en tu nueva vida las sombras, esta vez coloridas y danzantes, reaparecen haciéndote sucumbir en la nostalgia. Quienes emigran por razones meramente económicas no pueden entender lo que sufren los inmigrantes cubanos; es como el dolor de un hijo que pierde a la madre. Pero no todo son penas; el exilio es el mundo, ese mundo que nos ocultaban cuando vivíamos inmersos en el experimento político castrista. Y sed de mundo tenía. Mas allá de lo material, el acceso a la cultura, la información, la diversidad política fue impactante para mí. Ver el mundo con mis propios ojos y poder construir una familia, un modesto legado que, aunque no valga mucho es auténticamente mío sin tener que agradecerle a político o gobernante alguno. Algo muy especial que nos da la condición de exiliados es que nos une de una manera especial como pueblo, como grupo étnico. En cualquier punto geográfico donde encontramos a otro cubano o cubana, al menos a mí me sucede, sentimos una conexión inmediata y la necesidad de ayudarnos mutuamente. A este País en el que vivo y a las generaciones de cubanos que nos precedieron les debemos mucho y vivo satisfecho más que nada por haber podido darles a mis hijas un futuro en el mundo libre; pero tal vez hubiese preferido mil veces una vida menos lujosa en una Cuba libre y democrática.

Hablemos de tus dos novelas: Magister dixit y The Watchers. ¿Te animarías a resumirle a un hipotético lector qué va a encontrar en esas dos obras?

Magister Dixit (latín que significa ‘el designio del maestro’ o ‘el maestro ha dicho’) ocurre en las nefastas escuelas en el campo durante el llamado período especial en la primera mitad de la década de los noventa. Los protagonistas son una pareja de estudiantes, Jesús del Monte y Magdalena Casals (Magda) quienes son acosados mental y físicamente por su profesor de matemáticas, Fausto, un hombre de vasta cultura, una suerte de genio frustrado, cabalista y esoterista quien logra envolver a Jesús, valiéndose de la sed por aprender del estudiante, con su aura mística con el fin de sacarlo de su camino para poseer a Magda. El trasfondo de miseria, asfixia existencial, adoctrinamiento político en que viven los personajes ensombrece más aun el entramado dramático de la historia que inevitablemente termina de manera trágica para fatídico triángulo amoroso.

The Watchers (Los vigilantes, novela en inglés) es la historia de dos hermanos cubanos judíos, descendientes del linaje sacerdotal Aarónico, quienes viven en mundos antagónicos. El mayor, Daniel Coen, no quería regresar a Cuba. Desde las alturas de su éxito empresarial en Miami, su familia y la isla de su infancia eran un recuerdo borroso en su vida perfecta. A noventa millas más al sur, el genio creativo de Emanuel, el hermano menor, no paraba de meterlo en problemas con la oficialidad en su querida Habana. El caos se adueña de sus vidas cuando una misteriosa y poderosa familia que afirmaba ser descendiente de Los Vigilantes, los ángeles caídos de antaño quienes sucumbieron a la tentación y se mezclaron con las mujeres dejando un linaje monstruoso según afirma el libro de Genesis, habían hecho una fortuna ayudando a dictadores alrededor del mundo a permanecer en el poder. Daniel se ve obligado a regresar a la isla una vez que Los Vigilantes lograron tener a Emanuel bajo su control, valiéndose de medios sutiles con el objetivo de atraer al hermano mayor de regreso a Cuba, donde tienen su base de operaciones. Daniel debe hacer su parte para facilitar la extracción de la isla de un objeto antiguo y extremadamente valioso que supuestamente aseguró la longevidad en el poder de su poseedor temporal, Fidel Castro. La prioridad para Daniel es recuperar a su hermano y sesgar la influencia de Los Vigilantes de sus vidas. En el proceso, se ven inmersos en un mundo de sórdidas redes de poder que los colocarán en medio de situaciones increíbles en algunos de los lugares más fantásticos del mundo.

¿En qué se diferencia el poeta Asley L Mármol de ese cuentista Asley L Mármol que escribió El interior de la montaña

Al poeta no le queda más remedio que dilucidar el misterio que es la colisión entre la imagen y el verbo teniendo lugar constantemente en el alma. La poesía fluye cuando alcanzo la paz interna y me rodeo de las cosas que me empujan a crear. Estas pueden ser de naturaleza disímil como puede verse en mi libro El esplendor, una especie de compendio de varias facetas creativas y momentos evolutivos como orfebre de la palabra. Períodos de extrema tensión me cierran el ojo interno que ve dentro de esa dimensión impredecible e inexplicable. El narrador vive constantemente absorbiendo el fluir del mundo, los acontecimientos, intentando visualizar el eje de una historia antes de escribirla, al menos el rictus de lo que será. Como te decía más arriba, dejo que mi espíritu guíe a mi mente que como ave cetrera sale a encontrar conflictos humanos que tengan el potencial de devenir en algo digno de narrarse. Tengo varias historias visualizadas y estructuradas en mi mente aguardando el momento preciso para volcarse en el papel.

No te vinculas a ninguno de los usuales grupos literarios o movimientos que existen en la diáspora cubana en Estados Unidos; de hecho, vives como una especie de lobo solitario en esos ámbitos. ¿A qué se debe esa lejanía?

La verdad es que, tras haber vivido por casi por dos años en el limbo legal de un proceso de asilo político en Holanda, al llegar a Los Estados Unidos las circunstancias me obligaron a concentrarme en mi familia y la faena que pone el pan en la mesa. No me quedó más remedio que desconectarme del mundo intelectual por unos años. Nunca dejé de escribir y continué publicando en alguno que otro medio, mayormente poesía y artículos periodísticos. Terminé de escribir mi primera novela que había comenzado en la universidad antes de irme de Cuba en 1999. Inicié un proyecto editorial alrededor del año 2008, Editorial Sigla, donde publiqué tres obras: Lis desea de Luis Rafael Hernández, una reedición de tu novela Muchacha azul bajo la lluvia y mi primera novela, Magister Dixit. Tenía ya muchos textos de autores notables en revisión, pero no fui capaz de sobrellevar las presiones de mis obligaciones cotidianas y no quería defraudar la confianza de los autores por lo que decidí cerrarlo por completo. Debo confesar que estar al margen no es algo necesariamente negativo. Me permitió escribir The Watchers, el cual fue un proyecto muy riesgoso mayormente por ser mi primera novela directamente al inglés -libro que Eduardo Casanova Ealo diseñó y publicó en el año 2020 en su fantástica Editorial Primigenios en Miami-, y trabajar en mi tercera que espero terminar este 2023 titulada Poemas de sangre, una historia de amor en medio de los conflictos entre grupos mafiosos que operaban en Ybor City y cuya trama fluctúa en el tiempo desde principios del siglo pasado hasta la actualidad.

Siento en la proyección que haces de tu obra publicada un deseo latente de integración al universo angloparlante de la cultura. Incluso tu segunda novela fue publicada en inglés y no existe una edición en español. ¿Deseas alejarte de “lo cubano”? ¿No te preocupa que eso te coloque lejos de los análisis que, en algún momento, pueda hacerse de tu obra, especialmente sabiendo que la cultura en la que vives no ha sido para nada inclusiva con los escritores de nuestro idioma?

Lo que está ocurriendo en el mundo literario y editorial en Los Estados Unidos es algo sumamente interesante. La cantidad de libros que se publican y autopublican es increíble, en los miles de títulos al año. Se escribe mucha literatura de pacotilla, pero hay un auténtico público lector que consume diversos tipos de literatura. También la demanda de los diversos canales de streaming y Hollywood por contenido fomenta la creación literaria. No te miento que me interesa mucho penetrar ese mercado y llegar a dicho público, lo cual es bastante difícil en mi experiencia; me refiero a trabajar con editoriales y agentes literarios. Es un mundo muy competitivo debido el alto volumen de obras y autores; son muy específicos en lo que buscan y muchas editoriales pequeñas no tienen la capacidad de publicar muchos libros al año. Permíteme especificar que como dice el refrán ‘lo cortés no quita lo valiente.’ El ser cubano no se separa de mis letras. Mi novela en inglés The Watchers te lo demuestra. A pesar de que intenta atraer a un público más amplio e incluso insinuarse como adaptable para la pantalla (de hecho, la adapté recientemente como guion de cine), el conflicto político y social cubano es la columna vertebral de la historia. Es un thriller bona fide que abunda en la historia bíblica, conflictos políticos internacionales y se mueve en parajes exóticos, históricos y ricos desde el punto de vista cultural. Mi tercera novela, esta vez escrita en español, ocurre también dentro y fuera de Cuba y la mayoría de los protagonistas son cubanos o cubano americanos. Me es imposible aislarme de mi esencia, aunque sí intento universalizarla, salirme de esquemas preestablecidos pues después de todo el exilio nos ha dado la posibilidad de escribir desde un prisma más universal. Me siento un poco como un Alejo Carpentier (perdóname la comparación) en el sentido de que era un hombre que había visto el mundo y podía escribir desde parajes foráneos pero su esencial cubanía sale a relucir directa o indirectamente.

Cuba… ¿qué significa hoy para Asley L Mármol?

Un anhelo al que no puedo renunciar. Un dolor profundo al ver la desolación de la gente y la depauperación física y espiritual del país. Sueño con regresar cuando un cambio democrático trascendental suceda a ayudar a reconstruir la democracia y las instituciones sociales, políticas y culturales que por décadas han fungido como instrumentos de opresión o adoctrinamiento comunista. Soy optimista de que Cuba pueda recuperar el tiempo perdido y detener la regresión económica en unos pocos años y que los millones que estamos fuera -junto al talento y sed de progreso de los que viven dentro- pondremos lo que hemos aprendido y los recursos e influencias que podamos aunar en función de reestablecer el país y convertirlo en una nación moderna, exitosa y próspera.

Finalmente, hablemos de tu más reciente libro: El reflejo, que en edición bilingüe acaba de publicar Ilíada Ediciones. ¿Qué encontrará el lector de novedad en este libro, en el contexto de tu poética?

No hay nada nuevo bajo el sol, pero sí creo que El reflejo nos pone delante de uno de los conflictos humanos más cruciales de la historia desde una perspectiva inusual: los hijos como negación de los padres en medio de un mundo dominado por las redes sociales y corrientes ideológicas de extremos. Es una visión poética del conflicto filosófico intergeneracional visto desde ambos puntos de vista. La sección ‘Ellos’, pretende definir el ethos de las nuevas generaciones, sus puntos débiles, pero también su brillantez como seres humanos en una gesta por corregir lo que suponen fueron errores cometidos por la generación anterior. ‘Nosotros’, es un desgarrador compendio del trauma existencial de los padres al enfrentarse a las distintas etapas y reacciones en el desarrollo espiritual e intelectual de sus hijos. El conflicto es inevitable, más la complementación en ese proceso de negación dialéctica será la conclusión; el entendimiento de que cada generación deconstruirá a la anterior para luego tomar de ella los rasgos que enriquecerán su novedosa configuración. Creo que este libro hace el intento por comunicar conceptos bien definidos con la mayor claridad posible dentro del lenguaje poético, sin renunciar al lirismo ni caer en burdo coloquialismo. También se aleja de amaneramientos estéticos innecesarios, purgando la maleza exuberante que suele abundar en la mente del poeta. Creo en un discurso poético que sugiera y eleve a la vez. Espero haberlo logrado en El reflejo.

Toda mi vida ha tenido, tiene y tendrá sentido sólo bajo la égida de las palabras

Con Manuel Neto Dos Santos – Portugal

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Manuel Neto Dos Santos? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Manuel Neto Dos Santos, el ser humano y Manuel Neto Dos Santos, el poeta, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

De verdad, el hecho de que desde niño haya sentido la voz poética en mí me ha hecho convertirme en la persona que soy actualmente: soy todo fruto de la poesía y de mi fascinación por mi lengua materna, por su musicalidad, su cadencia y su destino. Toda mi vida ha tenido, tiene y tendrá sentido sólo bajo la égida de las palabras.

¿Cuándo sentiste por primera vez ese deseo de escribir que, como se ve por tu amplia obra, cambiaría el sentido de tu vida? ¿Cómo fueron esos inicios?

Hijo de campesinos analfabetos, fue la musicalidad de la voz de mi padre recitando de memoria versos de poesía popular lo que despertó en mí esta fascinación por la rima, las palabras y las «historias» contadas en verso. Tardes de las interminables noches de verano, una calle llena de vecinos de una sencilla aldea algarvia escuchando leyendas de moras encantadas, canciones sobre la naturaleza, el trabajo en la tierra, sueños de amor… todo entonces se quedó indeleblemente impreso en mi alma de niño, en el timbre de mis oídos. Al unísono, la voz melódica de mi madre contestándole  a mi padre en fados clásicos… no es de extrañar que ya a los 7 u 8 años empezara a escribir mis primeras «rimas».

Si te preguntaran por el origen de tu mirada poética… ¿de dónde se nutre Manuel Neto Dos Santos para escribir poesía?

Cuando se sufre la ausencia del primer amor… a los 15 años, la poesía fue mi forma de desahogo confesional. El hombro amigo sobre el que sobrevivir. Soy el eterno poeta de la infancia, del amor, de la naturaleza…  Más tarde, la influencia arábigo-andaluza en la lengua portuguesa y en mi esencia como algarvio, la mitología greco-latina, la lectura compulsiva de clásicos, un poco de todo el mundo… y la escritura como diario ritual, aun más.

En el mercado del libro y la literatura es un verdadero reto insistir en la poesía, ya que es un género que pocas editoriales quieren publicar. Sin embargo, tú insistes en hacer poesía y en traducir al portugués a otros poetas. ¿Cómo se percibe ahora mismo en Portugal a los poetas?

A nivel general y universal, estos días son días en que las editoriales andan en la búsqueda del beneficio a toda costa. Portugal no es una excepción. Las editoriales portuguesas vienen sufriendo este paradigma de los poderes editoriales que sostienen la «edición en masa». Hay autores «famosos» (a los que nadie lee) con ediciones de miles de ejemplares en cada edición, cuyos libros luego son destruidos; los «aprendices de editores» prestan su sello editorial cuando, en realidad, es el propio poeta quien paga la edición. En mi caso personal, al principio de mi vida «editada» ya lo hacía pero… con más dignidad: iba pidiendo puerta a puerta a mis amigos el compromiso de que compraran ejemplares y sólo entonces acudía a la imprenta. Hoy en día… pocas son las editoriales que consideran a los creadores literarios como un eslabón esencial en la preservación de la cultura portuguesa.

¿Qué razones crees que influyen en que la literatura de Portugal, salvo los casos muy conocidos de Pesoa y Saramago, no sea tan mencionada en el escenario de la literatura internacional?

Tanto Pessoa como Saramago tomaron la dirección de la universalidad de la escritura. Hay otros autores mucho más importantes que ellos, pero no están «de moda». Pessoa, con su tragedia personal, eligió «desdoblarse» en heterónimos para sobrevivir al vacío de una existencia abrumadora de desasosiego. Su obra ha sido requisada en innumerables «estudios» de corta y pega por eruditos que jamás han escrito un simple poema… buscando sólo créditos para sus pavoneantes egos curriculares…  ¿Saramago?… se embarcó en la irreverencia de la escritura provocadora de la no puntuación. Irreverencia en una “carcel mental” te convierte en un heroe. Ganó puntos en su registro, ganó un Nobel…, ganó casi todo; escribió como quien habla, en un «exilio» de su elección… fuera de Portugal. Lanzarote fue su «centro del universo». Los cientos de grandes poetas restantes… son poco «vendibles», demasiado portugueses debido a la profundidad y sinceridad de sus almas genuinas, más que producto comercial son esencia, por eso escapan al gusto común.

Uno de los poetas que has traducido al portugués es el cubano Rafael Vilches Proenza, que forma parte del Consejo Editorial de OtroLunes. Cuéntanos cómo descubres la poesía de Vilches Proenza y cómo fue la experiencia de traducir a uno de los más importantes poetas cubanos de la actualidad.

No creo en las coincidencias. Un día, paseando por Facebook, me topé con un poeta de quien nunca había oído hablar: Rafael Vilches Proenza. En un impulso traduje uno de sus poemas y lo compartí. Me respondió, contento. No sabía yo que estaba delante de uno de los más grandes poetas que conozco. Así llegó a mi vida y así tuve, más tarde, el honor de traducirlo. Más… Un magnifico POETA, con sangre lusa en sus orígenes: «Proenças». Desde el primer momento, el compromiso ante mí mismo (como siempre hice con los 23 poetas que le precedieron): leer y releer en voz alta, sentir que sólo prestaba mi voz lírica, mi linguaje, a un hermano de esencia. De los muchos cientos de poemas, elegí unos setenta, le di la idea de una «antología» y, poema a poema, con los que más me identificaba, De la isla-carcel a la flor de la libertad poco a poco aparecía. Meses y meses, verso a verso, poema a poema, en un acto de respeto y humildad ante un Enorme Poeta. Espero, de todo corazón, haberle rendido el debido homenaje.

Si tuvieras que explicar la poesía que va a encontrar un hipotético lector en tu poemario “Abundatia Cordis”, publicado recientemente en Ilíada Ediciones, ¿qué le dirías a ese lector?

Sin sombra de duda, Abundantia Cordis es el libro de mi madurez como poeta, una bandera, desplegada, meciéndose a manos de las brisas de quien, de hecho, soy. Concebido, escrito, en una estructura de casa que por mis propias manos se levantó, más que una compilación de poemas es mi retrato más perfecto: lírico, homosexual, místico, agnóstico, sensual, nostálgico, panteísta, amante incondicional de la Lengua Portuguesa. Un hombre de esperanza en la desesperación. El eterno niño que pide pan, limosna, ropa en un país bajo el yugo fascista. Un poeta que lo sea de verdad tiene que desnudarse en la plaza pública. La poesía, en su registro dictatorial, no admite máscaras. Mucho mejor el rostro acariciado por los aplausos, arrugado por los sueños que aún espero que se hagan realidad.

Sabemos que eres un escritor incansable… ¿en qué proyectos de escritura andas ahora mismo?

De momento ando en la traducción de varios poetas y, al mismo tiempo, reviso textos de edición (bilingües o sólo en portugués) de los siguientes títulos: El libro de Demeter, Vita Brevis, Opus Numero Cero y El libro de los retornos.