Fragmento de la novela homónima
Uno
Salí de la ciudad una mañana que parecía idéntica a todas. El calor ya estaba instalado desde temprano, pegajoso, como si la noche no hubiera traído alivio. La terminal de autobuses era un edificio sin gracia, de techos bajos y bancos de cemento maltratados por el tiempo. El aire olía a sudor, a grasa de frituras y a humo de cigarrillos. Me senté en un rincón con mi maleta ligera, una carga mínima para alguien que ya no esperaba demasiado de la vida. Había decidido volver al sur, al pueblo donde nací, después de tantos años en la capital. No era un regreso triunfal ni tampoco una huida dramática: era más bien un cansancio que me arrastraba, como si el cuerpo hubiese elegido por mí.
El autobús estaba medio lleno. Subieron mujeres con niños pequeños, vendedores ambulantes que ofrecían botellas de agua y galletas, estudiantes con mochilas pesadas. Yo observaba en silencio, sin necesidad de conversar. Cuando el chofer arrancó, un traqueteo metálico recorrió la estructura y una nube de humo negro salió del escape, cubriendo momentáneamente la calle.
Los primeros minutos fueron lentos. El tráfico nos retenía entre semáforos, motores y guaguas que se cruzaban sin orden. Vendedores corrían entre los vehículos ofreciendo frutas, cargadores de celular, loterías. Una mujer se asomó por la ventanilla para comprar un racimo de guineos, otro pasajero adquirió un periódico arrugado. Yo me limité a mirar el caos que había habitado durante décadas, la ciudad que me había desgastado la piel. Pensé que ya no volvería a caminar esas avenidas, que los ruidos y las luces quedarían atrás para siempre. Y no sentí alivio ni tristeza, solo una indiferencia tibia, como si alguien hubiera cerrado una puerta que ya no me concernía.
Al salir de la ciudad, los barrios se extendieron a los lados de la carretera. Casas de bloques sin pintar, talleres mecánicos, colmados con letreros desteñidos. Las paredes estaban cubiertas de grafitis y anuncios de políticos que prometían lo mismo de siempre. Un grupo de niños jugaba descalzo sobre un charco, mientras un perro famélico husmeaba en la basura. Reconocí esas imágenes, porque yo también había crecido en calles parecidas antes de marcharme a estudiar. Pero ahora no eran recuerdos, sino una repetición inmóvil de lo que nunca cambia.
El autobús tomó velocidad. La carretera se abrió ante nosotros, recta, interminable, bajo un sol que parecía no tener compasión. Los pasajeros se acomodaron en sus asientos. Algunos dormían, otros conversaban en voz baja. Yo me quedé mirando por la ventanilla, con el rostro casi pegado al vidrio caliente. La luz me obligaba a entornar los ojos. Los cañaverales se sucedían sin pausa, una monotonía verde que se extendía hasta el horizonte.
Recordé entonces la primera vez que había hecho ese trayecto, siendo apenas un joven lleno de expectativas. Tenía una carpeta bajo el brazo, un cuaderno nuevo y un hambre de futuro que me empujaba hacia la universidad. En la fila de inscripción conocí a la mujer que después fue mi esposa. Una conversación mínima, un comentario sobre la lentitud de los empleados, y todo cambió. Pasaron los años como pasan siempre: rápidos y sin aviso. Nos casamos, trabajamos, sobrevivimos a la ciudad. Después llegó la enfermedad, lenta, inevitable, y su muerte me dejó vacío.
Ahora viajaba solo, con una pensión modesta y la certeza de que lo mejor había quedado en un tiempo inaccesible. Regresaba al pueblo porque allí estaban enterradas mi madre y mi abuela, porque aún quedaban algunos amigos, porque la ciudad ya no me ofrecía nada. No esperaba grandes cosas del regreso. Solo un espacio donde sentarme a mirar los días hasta que también yo desapareciera.
El autobús se detuvo en un pequeño pueblo a la orilla de la carretera. El chofer anunció diez minutos de descanso. Bajamos casi todos, buscando estirar las piernas. El calor era más fuerte fuera, un golpe seco en la cara. Un colmado servía café en vasos de plástico. Lo pedí amargo y lo bebí sin prisa. Alrededor, los demás pasajeros compraban empanadas, refrescos, pan con huevo. El humo de la fritura se mezclaba con el polvo del camino. Un niño descalzo se acercó para ofrecerme naranjas. Compré una por costumbre, más que por hambre, y la guardé en la maleta. El niño se alejó sin mirarme, como si supiera que no habría conversación.
Cuando subimos de nuevo, el autobús retomó la carretera. El sol seguía en lo alto, inmóvil. El paisaje cambiaba lentamente: montañas lejanas, ríos secos, árboles solitarios que parecían resistir de pie por pura obstinación. A mi lado, una mujer dormía con la cabeza descolgada hacia el lado del pasillo. El ronquido suave acompañaba el motor. Otro pasajero, un campesino de manos ásperas, conversaba con el chofer sobre la cosecha, el precio del plátano, la falta de lluvias. Yo escuchaba sin intervenir, como si esas palabras pertenecieran a un idioma ajeno.
El tiempo en el autobús tenía otra medida. Las horas se deshacían en el calor, en la vibración del motor, en la repetición de las mismas curvas y rectas. Me sorprendí mirando el reloj, aunque no tenía prisa. La verdad era que tampoco me esperaba nada concreto al final del trayecto. No había familia aguardando, ni un festejo, ni siquiera un saludo seguro. El pueblo estaba ahí, pero el vínculo era solo memoria, no presente.
En otra parada subió un estudiante. Llevaba libros en las manos y los ojos llenos de cansancio. Se sentó en el asiento delantero y abrió un cuaderno que imaginé con apuntes de derecho. Lo miré unos segundos, recordando mis propios años en la universidad, las noches de estudio, las discusiones en los pasillos. Todo parecía ahora tan lejano, como si le hubiera ocurrido a otro. El estudiante se inclinó sobre las páginas y, por su postura, intuí que había comenzado a leer: logré escuchar su voz, baja, e incluso puedo jurar que lo vi moviendo los labios. Aquellos eran gestos conocidos, aunque para mí ya lejanos y con una convicción que yo ya no tenía.
La carretera siguió estirándose hacia el sur. Atravesamos pueblos donde el parque era el centro, con la iglesia y el ayuntamiento enfrentados como rivales silenciosos. El tiempo parecía detenido en esas calles: hombres en sillas plásticas, mujeres barriendo la acera, bicicletas apoyadas en las paredes. El autobús pasaba como un visitante extraño, levantando polvo y desapareciendo tan rápido como había llegado.
El sol empezó a inclinarse hacia la tarde. La luz se volvió más espesa, anaranjada, y las sombras crecieron en los bordes de la carretera. El aire dentro del autobús estaba cargado de calor y cansancio. Abrí la ventanilla y sentí el golpe seco del viento caliente en el rostro. No era alivio, pero al menos era movimiento.
Mientras avanzábamos, los recuerdos se amontonaban sin orden. Mi esposa en la cama del hospital, con los ojos hundidos. Mi madre preparando café en la cocina del pueblo, hace tantos años. Mi abuela rezando en voz baja al caer la tarde. Escenas cortas, fragmentos sin continuidad. Pensé que tal vez la vida no era otra cosa que eso: una serie de imágenes sueltas, que uno carga sin saber por qué, hasta que llega el momento de soltarlas todas de una vez.
El autobús hizo su última parada antes del pueblo. Algunos pasajeros bajaron. Compraron pan, carne frita, refrescos. Yo permanecí en mi asiento, sin hambre ni sed. Miré las luces encenderse en las casas cercanas. El olor de la fritura entró por la ventanilla. Pensé en cuántas veces había comido lo mismo, en la ciudad y en el campo, y en cómo ese sabor era idéntico en todas partes. Lo banal, lo repetido, parecía ser lo único que realmente permanecía.
Finalmente, el autobús tomó el desvío hacia mi pueblo. Lo reconocí desde lejos: el arco del triunfo, el parque con sus árboles torcidos, las calles polvorientas. El motor se fue frenando hasta detenerse frente a una de las calles principales. Bajé con mi maleta. El sol ya terminaba de esconderse detrás de las montañas, pero el calor permanecía en el aire, pegajoso, inmóvil.
Nadie me esperaba. Nadie sabía que regresaba. Miré alrededor: los hombres seguían jugando dominó en el colmado, los niños corrían tras un balón, una mujer cerraba la ventana de su casa. Todo estaba en su sitio, como si el tiempo no hubiera pasado. Pero para mí era diferente. Yo había cambiado, y al mismo tiempo, seguía siendo el mismo que partió tantos años atrás.
Respiré hondo. El polvo me llenó la garganta. Caminé hacia la casa de mi madre. El portón se abrió con un chirrido largo. Dentro, el aire olía a encierro y a cosa vieja. Me senté en la galería, con la maleta a un lado. El silencio del pueblo era más fuerte que cualquier ruido de la ciudad. Me quedé quieto, esperando. No sabía qué, pero esperaba.
