SELECCIÓN FOTOGRÁFICA



















En Donde empieza el hombre, Marino Berigüete emprende una exploración profundamente humana en torno al origen de nuestra conciencia, nuestra identidad y nuestra relación con los otros. El libro se mueve en ese territorio fronterizo donde el individuo deja de ser únicamente criatura biológica para convertirse en ser consciente, capaz de amar, sufrir, recordar, crear y preguntarse por el sentido de su existencia. Berigüete combina poesía, reflexión y una mirada casi filosófica para indagar dónde comienza verdaderamente lo humano: si en la memoria, en la palabra, en el dolor, en la capacidad de reconocernos en los demás o en esa permanente necesidad de buscar respuestas. El resultado es una obra que convierte la experiencia individual en una pregunta universal sobre aquello que, en definitiva, nos hace hombres.
***
XIII
Quod est superius est sicut quod inferius.
Tabla Esmeraldina
HERMES TRISMEGISTO
1
el hombre es sólo un frágil aliento
un instante de un vuelo corto
un viajero de todos los tiempos
abrir y cerrar de ojos en la noche
sombra en el firmamento breve
ala de un pájaro en vuelo
gota de agua en la penumbra que se consume
un viento que palpita plantado entre los árboles
una respiración apenas en el cuerpo sentida una voz
que se pierde en los pasillos del momento
nota efímera en la sinfonía cósmica
resquicio entre la cuna y la tumba que aguarda
chispa en la oscuridad infinita
un destelle de luz en el vacío que se apaga
el hombre es sólo eso
nada
y todo
un eco solitario en el abismo del ser
un breve caminar sobre la tierra
trazando en su arco fugaz la luz
reflejada en el espejo de la noche
un sueño que se disuelve con el alba
que se recuesta en el aire
el hombre es sólo un frágil aliento
2
el tiempo permanece quieto
somos sombras errantes
pasado de pasos lentos
aves de paso a la distancia
el tiempo inmutable nos observa
nuestros sueños quietos se desvanecen
como huellas en la arena tenue
y ahora poco a poco nos marchamos
ecos de risa en el viento que corre
silencios olvidados en la bruma citadina
hojas caídas de árboles moribundos
que corren sobre el asfalto y se pierden en las calles
el tiempo no nos espera
seguimos un sendero hacia el olvido
nuestros pasos se desvanecen lentos
y ahora que nos miramos
en la memoria quedan
los reflejos de instantes de una vida que se apaga
señales de voces errando en la noche
aves depaso sombras del tiempo cansado lento y quieto
y nosotros un punto en el tramo final
con poco aliento bajo las alas
la mirada fija en el horizonte
que abre sus brazos nos rendimos
al final del camino
cuando el tiempo permanece quieto
3
eres un presente
tiempo eres un espejismo
te deslizas entre los dedos
como los ruedos entre la arena
el pasado tiñe de sombras
memorias que se disuelven
ecos de risa y agua queda
que en la mente se envuelve
el futuro sueño incierto
promesas que se evaporan
como estrellas en el alba
cosas que se pierden y vuelven
y ahí en el presente buscamos
un punto fijo en la marea
una pausa en el murmullo
del reloj que cesa su aleteo
el tiempo sigue su curso
un juego de luces y sombras
un reflejo en el azogue
que en rondas ya no tocamos
vivimos en el ahora
entre lo que fue y lo que no será
caminando en el borde del tiempo
en el presente
En Tres poetas en Nueva York, Marino Berigüete se acerca a la ciudad desde la mirada de tres poetas que encuentran en Nueva York no solo un escenario, sino un espacio de confrontación con la modernidad, la soledad y la condición humana. La ciudad aparece como territorio de contrastes: multitud y aislamiento, vértigo y silencio, belleza y desarraigo. A través de estas tres voces poéticas, Berigüete construye una reflexión sobre el exilio, la identidad y la experiencia del individuo frente a una urbe que parece devorarlo todo, pero que también puede convertirse en lugar de descubrimiento y revelación. El libro propone, en definitiva, un diálogo entre poesía y ciudad, entre la mirada del poeta y ese Nueva York que, desde siempre, ha sido símbolo de ruptura, libertad y extrañamiento.
***
Torres Gemelas
Un largo suspiro, un resplandor quebrado,
heridas abiertas en mitad del cielo,
dos torres de acero que caen como sueños,
llamas alzadas como manos perdidas,
dos relámpagos cruzados en pleno vuelo,
dos cuerpos sin red, suspendidos en el viento,
espejos rotos en medio de la nada.
Eso fuimos:
dos reflejos enfrentados
que se miraban desde la altura,
torres gemelas tocando el horizonte,
cimientos de humo, promesas de vidrio,
estructuras que creyeron ser eternas
y se desplomaron bajo su propio peso.
No hubo adiós, solo impacto,
un crujido en el aire,
una grieta en la historia que nunca cierra,
escombros cayendo como cuerpos sin nombre,
como sueños que no tocaron suelo.
Fuimos esa altura ciega,
esas voces en la cornisa del vacío,
una carrera hacia la cima
que no sabía detenerse.
El amor era vértigo:
volar sin alas, subir sin fin,
hasta que el fuego llegó como palabra última
y todo ardió en un solo grito,
una sola caída.
Después, solo ruinas.
Nada quedó donde estuvimos,
solo polvo flotando en la memoria,
un terreno baldío que respira ausencia.
Lo que una vez fue altura
hoy es sombra en el viento,
un hueco en el corazón de la ciudad,
un eco que insiste en no irse.
Mi generación lleva ese hueco en la piel,
como una cicatriz que no se borra,
como un silencio adherido a cada rincón.
Cada rascacielos refleja lo que falta,
cada calle es una herida abierta.
El aire aún guarda la sombra de esas torres,
una marca que solo ven los que no olvidan.
Intentamos reconstruir,
pero lo perdido no vuelve igual.
No hay monumentos para lo que cayó, s
olo un vacío que late bajo los pies,
una grieta invisible en la memoria del mundo.
El amor era un atentado,
un vuelo sin regreso,
y nosotros, dos torres gemelas,
unidas por la certeza de la caída.
Nos lanzamos al vacío sabiendo que no habría red,
sabiendo que el impacto era inevitable.
Hoy, ni estatuas ni placas de bronce:
solo polvo que flota,
solo ruinas dispersas,
solo un terreno que nunca deja de hablar.
Cada año vuelve la brisa del otoño,
trayendo el polvo de lo que fuimos.
Cada aniversario es una grieta más honda,
una nube suspendida en el aire del recuerdo,
un intento de atrapar lo inasible.
Pero lo caído no se levanta igual,
las torres no vuelven,
y el vacío no se llena.
A veces pienso que seguimos cayendo,
como si el suelo nunca hubiera llegado.
Seguimos allí,
desplomándonos en la memoria,
como vigas torcidas que se niegan a ceder,
como cuerpos que flotan sin tocar el suelo.
El vacío es más que ausencia,
es la prueba de que alguna vez estuvimos,
una sombra viva en el corazón de la ciudad,
un eco que persiste, aunque todo avance.
Nos buscamos en cada esquina,
en cada sombra, en cada silencio,
en cada edificio que refleja lo que ya no está.
El espacio vacío es un espejo:
lo que fue aún respira allí,
en ese hueco que nunca termina.
Las torres cayeron, pero no se fueron.
Flotan en el aire,
suspendidas en el polvo del tiempo,
como un suspiro que no termina de exhalarse,
como una herida que no sabe cerrarse.
Dos torres gemelas,
dos ausencias que no dejan de caer,
una sombra viva en la piel de la ciudad.
Siempre habrá un terreno baldío,
una nube de polvo suspendida,
una memoria que se niega a soltarnos.
Porque lo que se derrumba no desaparece,
lo que amamos no muere del todo.
Sigue ahí, entre las ruinas invisibles,
en el viento que arrastra el polvo,
en el hueco donde habitaron las torres,
en la sombra que nunca deja de caer.
En Tras la puerta, Marino Berigüete parece situar la poesía en ese territorio íntimo donde lo visible y lo secreto se encuentran: la puerta funciona como frontera entre el mundo exterior y la conciencia, entre lo que mostramos y aquello que guardamos en silencio. El poemario explora así la memoria, la soledad, el deseo, el paso del tiempo y las heridas de la experiencia, pero sin convertirlas en simple confesión; Berigüete las transforma en una búsqueda de sentido. Detrás de esa puerta no hay solamente un espacio físico, sino una dimensión interior desde la cual el poeta observa al ser humano, sus pérdidas y sus esperanzas, intentando descubrir qué permanece cuando se cierran las puertas del mundo.
Poema I
La puerta no se abre, pero tampoco está cerrada.
Entre sus grietas, asoma una claridad que no ilumina.
Es una luz detenida, suspendida en su propia caída,
como si estuviera a punto de tocar el suelo,
pero nunca lo hiciera.
Al otro lado de la puerta, imagino el paisaje.
No sési existe, o si es apenas una invención
que mi mente dibuja para no sucumbir al vacío.
Veo un árbol sin hojas,
un cielo sin pájaros,
y una piedra que, como yo,
espera algo que no llega.
El tiempo es una cuerda floja que atravieso con pasos de humo,
sin saber si avanzo o retrocedo.
Cada paso es una pregunta que se desploma
sin encontrar respuesta,
como si las preguntas fueran lo único sólido
en este mundo de nieblas.
El silencio tiene raíces,
crece hacia abajo, hacia el centro de algo que no comprendo,
como si en el fondo del silencio hubiera una verdad,
pero, ¿cuál?
Los ecos de esa verdad se disuelven
antes de llegar a mis oídos
dejando solo una vibración sorda,
un temblor que me atraviesa sin decirme nada.
Hay una mesa en la que no me siento.
En ella, el mantel es una noche estirada,
y sobre la noche, algunos objetos que nunca todo:
un vaso vacío,
un cuenco de sombras,
y una flor que no es flor,
sino el recuerdo de lo que pudo florecer.
Los muros de este cuarto respiran.
No los veo moverse, pero sé que lo hacen.
Quizáss se están acercando,
quizás están cansados de sostener este espacio
y buscan cerrarse en sí mismos,
borrar la distancia que les da forma.
O tal vez soyo yo quien se encoge,
quien se reduce hasta desaparecer
entre las grietas que ellos no muestran.
La ventana, cerrada, es un ojo sin párpado.
Mira hacia afuera, pero no ve.
Lo que hay afuera no es un paisaje,
es la sombra de un paisaje,
la posibilidad de algo que tal vez nunca existió.
Sin embargo, la ventana insiste,
como si esperara que algo la atravesara:
un pájaro inexistente,
un viento que no sopla,
o la mirada de alguien que, al otro lado,
busca lo mismo que yo.
El reloj en la pared ha detenido nu marcha.
Pero el tiempo no ha dejado de correr.
Se escurre entre las grietas del suelo,
se cuela entre los objetos,
y en cada rincón se acumula
como polvo que nadie limpia.
No hay palabras suficientes para este instante,
y, sin embargo, sigo buscándolas,
como si al encontrarlas pudiera detener el desvanecimiento.
Las palabras son dedos ciegos
que intentan tocar algo invisible,
algo que se mueve en la sombra
y que, cuando parece cerca,
se disuelve en un nuevo silencio.
La lámpara parpadea en un rincón,
pero su luz no es luz,
es apenas una vibración entre la penumbra,
un intento fallido de revelación.
Y entonces, entiendo:
tal vez no se trata de nombrar lo que veo,
sino de aceptar que lo que veo
no necesira ser nombrado.
Quizás el silencio no sea el vacío
sino una forma de plenitud
que no puedo aún comprender.
Quizás este cuarto oscuro
no sea una prisión,
sino una puerta abierta
hacia lo que nunca podré alcanzar,
pero que siempre estará ahí,
esperando mi intento.
El intento de ser,
sin necesidad de decir.
Fragmento de la novela homónima
Uno
Salí de la ciudad una mañana que parecía idéntica a todas. El calor ya estaba instalado desde temprano, pegajoso, como si la noche no hubiera traído alivio. La terminal de autobuses era un edificio sin gracia, de techos bajos y bancos de cemento maltratados por el tiempo. El aire olía a sudor, a grasa de frituras y a humo de cigarrillos. Me senté en un rincón con mi maleta ligera, una carga mínima para alguien que ya no esperaba demasiado de la vida. Había decidido volver al sur, al pueblo donde nací, después de tantos años en la capital. No era un regreso triunfal ni tampoco una huida dramática: era más bien un cansancio que me arrastraba, como si el cuerpo hubiese elegido por mí.
El autobús estaba medio lleno. Subieron mujeres con niños pequeños, vendedores ambulantes que ofrecían botellas de agua y galletas, estudiantes con mochilas pesadas. Yo observaba en silencio, sin necesidad de conversar. Cuando el chofer arrancó, un traqueteo metálico recorrió la estructura y una nube de humo negro salió del escape, cubriendo momentáneamente la calle.
Los primeros minutos fueron lentos. El tráfico nos retenía entre semáforos, motores y guaguas que se cruzaban sin orden. Vendedores corrían entre los vehículos ofreciendo frutas, cargadores de celular, loterías. Una mujer se asomó por la ventanilla para comprar un racimo de guineos, otro pasajero adquirió un periódico arrugado. Yo me limité a mirar el caos que había habitado durante décadas, la ciudad que me había desgastado la piel. Pensé que ya no volvería a caminar esas avenidas, que los ruidos y las luces quedarían atrás para siempre. Y no sentí alivio ni tristeza, solo una indiferencia tibia, como si alguien hubiera cerrado una puerta que ya no me concernía.
Al salir de la ciudad, los barrios se extendieron a los lados de la carretera. Casas de bloques sin pintar, talleres mecánicos, colmados con letreros desteñidos. Las paredes estaban cubiertas de grafitis y anuncios de políticos que prometían lo mismo de siempre. Un grupo de niños jugaba descalzo sobre un charco, mientras un perro famélico husmeaba en la basura. Reconocí esas imágenes, porque yo también había crecido en calles parecidas antes de marcharme a estudiar. Pero ahora no eran recuerdos, sino una repetición inmóvil de lo que nunca cambia.
El autobús tomó velocidad. La carretera se abrió ante nosotros, recta, interminable, bajo un sol que parecía no tener compasión. Los pasajeros se acomodaron en sus asientos. Algunos dormían, otros conversaban en voz baja. Yo me quedé mirando por la ventanilla, con el rostro casi pegado al vidrio caliente. La luz me obligaba a entornar los ojos. Los cañaverales se sucedían sin pausa, una monotonía verde que se extendía hasta el horizonte.
Recordé entonces la primera vez que había hecho ese trayecto, siendo apenas un joven lleno de expectativas. Tenía una carpeta bajo el brazo, un cuaderno nuevo y un hambre de futuro que me empujaba hacia la universidad. En la fila de inscripción conocí a la mujer que después fue mi esposa. Una conversación mínima, un comentario sobre la lentitud de los empleados, y todo cambió. Pasaron los años como pasan siempre: rápidos y sin aviso. Nos casamos, trabajamos, sobrevivimos a la ciudad. Después llegó la enfermedad, lenta, inevitable, y su muerte me dejó vacío.
Ahora viajaba solo, con una pensión modesta y la certeza de que lo mejor había quedado en un tiempo inaccesible. Regresaba al pueblo porque allí estaban enterradas mi madre y mi abuela, porque aún quedaban algunos amigos, porque la ciudad ya no me ofrecía nada. No esperaba grandes cosas del regreso. Solo un espacio donde sentarme a mirar los días hasta que también yo desapareciera.
El autobús se detuvo en un pequeño pueblo a la orilla de la carretera. El chofer anunció diez minutos de descanso. Bajamos casi todos, buscando estirar las piernas. El calor era más fuerte fuera, un golpe seco en la cara. Un colmado servía café en vasos de plástico. Lo pedí amargo y lo bebí sin prisa. Alrededor, los demás pasajeros compraban empanadas, refrescos, pan con huevo. El humo de la fritura se mezclaba con el polvo del camino. Un niño descalzo se acercó para ofrecerme naranjas. Compré una por costumbre, más que por hambre, y la guardé en la maleta. El niño se alejó sin mirarme, como si supiera que no habría conversación.
Cuando subimos de nuevo, el autobús retomó la carretera. El sol seguía en lo alto, inmóvil. El paisaje cambiaba lentamente: montañas lejanas, ríos secos, árboles solitarios que parecían resistir de pie por pura obstinación. A mi lado, una mujer dormía con la cabeza descolgada hacia el lado del pasillo. El ronquido suave acompañaba el motor. Otro pasajero, un campesino de manos ásperas, conversaba con el chofer sobre la cosecha, el precio del plátano, la falta de lluvias. Yo escuchaba sin intervenir, como si esas palabras pertenecieran a un idioma ajeno.
El tiempo en el autobús tenía otra medida. Las horas se deshacían en el calor, en la vibración del motor, en la repetición de las mismas curvas y rectas. Me sorprendí mirando el reloj, aunque no tenía prisa. La verdad era que tampoco me esperaba nada concreto al final del trayecto. No había familia aguardando, ni un festejo, ni siquiera un saludo seguro. El pueblo estaba ahí, pero el vínculo era solo memoria, no presente.
En otra parada subió un estudiante. Llevaba libros en las manos y los ojos llenos de cansancio. Se sentó en el asiento delantero y abrió un cuaderno que imaginé con apuntes de derecho. Lo miré unos segundos, recordando mis propios años en la universidad, las noches de estudio, las discusiones en los pasillos. Todo parecía ahora tan lejano, como si le hubiera ocurrido a otro. El estudiante se inclinó sobre las páginas y, por su postura, intuí que había comenzado a leer: logré escuchar su voz, baja, e incluso puedo jurar que lo vi moviendo los labios. Aquellos eran gestos conocidos, aunque para mí ya lejanos y con una convicción que yo ya no tenía.
La carretera siguió estirándose hacia el sur. Atravesamos pueblos donde el parque era el centro, con la iglesia y el ayuntamiento enfrentados como rivales silenciosos. El tiempo parecía detenido en esas calles: hombres en sillas plásticas, mujeres barriendo la acera, bicicletas apoyadas en las paredes. El autobús pasaba como un visitante extraño, levantando polvo y desapareciendo tan rápido como había llegado.
El sol empezó a inclinarse hacia la tarde. La luz se volvió más espesa, anaranjada, y las sombras crecieron en los bordes de la carretera. El aire dentro del autobús estaba cargado de calor y cansancio. Abrí la ventanilla y sentí el golpe seco del viento caliente en el rostro. No era alivio, pero al menos era movimiento.
Mientras avanzábamos, los recuerdos se amontonaban sin orden. Mi esposa en la cama del hospital, con los ojos hundidos. Mi madre preparando café en la cocina del pueblo, hace tantos años. Mi abuela rezando en voz baja al caer la tarde. Escenas cortas, fragmentos sin continuidad. Pensé que tal vez la vida no era otra cosa que eso: una serie de imágenes sueltas, que uno carga sin saber por qué, hasta que llega el momento de soltarlas todas de una vez.
El autobús hizo su última parada antes del pueblo. Algunos pasajeros bajaron. Compraron pan, carne frita, refrescos. Yo permanecí en mi asiento, sin hambre ni sed. Miré las luces encenderse en las casas cercanas. El olor de la fritura entró por la ventanilla. Pensé en cuántas veces había comido lo mismo, en la ciudad y en el campo, y en cómo ese sabor era idéntico en todas partes. Lo banal, lo repetido, parecía ser lo único que realmente permanecía.
Finalmente, el autobús tomó el desvío hacia mi pueblo. Lo reconocí desde lejos: el arco del triunfo, el parque con sus árboles torcidos, las calles polvorientas. El motor se fue frenando hasta detenerse frente a una de las calles principales. Bajé con mi maleta. El sol ya terminaba de esconderse detrás de las montañas, pero el calor permanecía en el aire, pegajoso, inmóvil.
Nadie me esperaba. Nadie sabía que regresaba. Miré alrededor: los hombres seguían jugando dominó en el colmado, los niños corrían tras un balón, una mujer cerraba la ventana de su casa. Todo estaba en su sitio, como si el tiempo no hubiera pasado. Pero para mí era diferente. Yo había cambiado, y al mismo tiempo, seguía siendo el mismo que partió tantos años atrás.
Respiré hondo. El polvo me llenó la garganta. Caminé hacia la casa de mi madre. El portón se abrió con un chirrido largo. Dentro, el aire olía a encierro y a cosa vieja. Me senté en la galería, con la maleta a un lado. El silencio del pueblo era más fuerte que cualquier ruido de la ciudad. Me quedé quieto, esperando. No sabía qué, pero esperaba.

Hay poetas que escriben para nombrar el mundo y otros que escriben porque el mundo, aun cuando ha sido nombrado miles de veces, continúa siendo un misterio. La poesía de Marino Berigüete pertenece, fundamentalmente, a esta segunda estirpe. En ella, el poema no aparece como un territorio destinado a ofrecer respuestas, sino como el lugar donde las preguntas adquieren una dimensión nueva. ¿Quiénes somos? ¿Dónde comienza el hombre? ¿Qué queda de nosotros cuando el tiempo, la distancia y la memoria han borrado las certezas? ¿Qué relación existe entre el hombre que fuimos y aquel que todavía estamos intentando ser? Son preguntas que atraviesan una obra poética desarrollada durante varias décadas y que encuentran en sus libros más recientes una formulación particularmente intensa.
Nacido en Barahona, República Dominicana, en 1962, Berigüete ha desarrollado una trayectoria que desborda los límites de la poesía: escritor, diplomático, ensayista y narrador, ha construido una obra en la que los diferentes géneros parecen dialogar entre sí. Entre sus primeros libros de poesía figuran Mujeres y Odas a Barahona, mientras que en los últimos años su escritura lírica ha encontrado una nueva zona de exploración en Tras la puerta y, especialmente, en Donde empieza el hombre, publicado por Círculo de Poesía en 2024.
Lo interesante de esta trayectoria es que no estamos ante una poesía que haya abandonado sus primeros territorios, sino ante una escritura que los ha ido profundizando. El muchacho que en Mujeres intentaba fijar en el poema las emociones, las incertidumbres y los descubrimientos de la juventud es reconocible, muchos años después, en el poeta que interroga la identidad, la memoria y el sentido de la existencia. El tiempo no ha borrado al primer poeta: lo ha obligado a conversar con él.
Mujeres, primer compendio poético de Berigüete, posee precisamente el valor de permitirnos asistir al nacimiento de esa sensibilidad. Los poemas fueron escritos en distintas etapas, algunos desde la adolescencia, y el libro recoge una experiencia íntima marcada por la familia, el amor, la nostalgia y el descubrimiento de sí mismo. En ellos puede percibirse todavía la respiración de un poeta en formación, pero también la semilla de preocupaciones que después adquirirán una dimensión más filosófica: la identidad, la soledad, la memoria y el paso del tiempo.
Hay, sin embargo, un espacio que ocupa un lugar particular en la poesía de Berigüete: Barahona. No se trata únicamente de una ciudad natal convertida en objeto de evocación. En Odas a Barahona, el territorio se transforma en una dimensión emocional. La ciudad deja de ser paisaje para convertirse en memoria, origen y destino. El poeta mira su tierra desde la distancia y descubre que la distancia modifica aquello que recordamos: el lugar real comienza a convivir con el lugar imaginado.
Esta transformación resulta esencial para comprender su poesía. Barahona no es solamente el escenario donde comienza una biografía; es el espacio interior al que el poeta regresa una y otra vez. El paisaje dominicano —el mar, las calles, la infancia, las personas, las voces— funciona como una especie de archivo de la existencia. En Odas a Barahona, la memoria individual se mezcla con una memoria colectiva: detrás de la ciudad concreta aparece la historia de una comunidad, sus carencias, sus heridas, sus esperanzas y sus formas de resistencia. La propia presentación del libro insiste en esa tensión entre la belleza del paisaje y una realidad marcada por el sufrimiento y la lucha.
Pero si en Odas a Barahona el poeta regresa al territorio de origen, en Tras la puerta el movimiento parece invertirse. Allí el espacio adquiere una dimensión más íntima y cerrada. Los poemas fueron escritos durante los años en que Berigüete ejercía como embajador de República Dominicana en Paraguay, entre 2010 y 2017, en un contexto de distancia, soledad y nostalgia. Círculo de Poesía publicó una selección de doce poemas del libro dentro de su panorama de poesía dominicana contemporánea.
La puerta del título puede leerse, entonces, como una de esas imágenes que funcionan simultáneamente en varios niveles. Es una puerta física, pero también es el límite entre el mundo exterior y el interior, entre la presencia y la ausencia, entre aquello que se recuerda y aquello que se ha perdido. El poeta observa los objetos cotidianos y descubre en ellos una capacidad inesperada para conservar las huellas de quienes ya no están. La casa se transforma así en un espacio de resonancias: las paredes, el silencio, la luz, las sombras y los objetos parecen participar de una conversación secreta con el hombre que los contempla.
En esa poesía de la ausencia aparece uno de los rasgos más característicos de Berigüete: la voluntad de convertir lo cotidiano en interrogación metafísica. Una puerta no es únicamente una puerta; puede convertirse en frontera. Un espejo no refleja simplemente un rostro; puede plantear la pregunta acerca de quién está mirando. Un río no es solamente agua en movimiento; puede convertirse en una imagen del tiempo y de la identidad.
Ese procedimiento alcanza una expresión especialmente madura en Donde empieza el hombre. El título contiene ya el programa esencial del libro. Berigüete no pregunta simplemente qué es el hombre, sino dónde comienza. La diferencia es decisiva. Preguntar qué somos parece exigir una definición; preguntar dónde comenzamos obliga a emprender una búsqueda. El poeta no busca una respuesta definitiva: construye un itinerario alrededor de la duda.
El poema inicial lo expresa mediante una sucesión de preguntas acerca de las manos, el cuerpo, el pensamiento, el vientre, la memoria, el silencio y el tiempo. El nacimiento del hombre deja de ser un acontecimiento biológico para convertirse en una interrogación sobre el origen de la conciencia.
Aquí aparece una de las mayores virtudes de Berigüete: su poesía piensa sin dejar de ser poesía. No se trata de convertir el poema en un tratado filosófico ni de utilizar el verso como simple vehículo de ideas. El pensamiento nace de las imágenes. La reflexión se produce dentro del lenguaje poético. El río, la sombra, la luz, el espejo, la piel, el silencio y la memoria son elementos concretos que permiten al poeta aproximarse a cuestiones abstractas sin desprenderse completamente de la experiencia sensible.
La crítica ha señalado precisamente esta dimensión filosófica de Donde empieza el hombre. Basilio Belliard ha definido el libro como una obra de carácter lírico y metafísico, vinculada con la tradición de la poesía del pensamiento, pero alimentada por la experiencia sensorial y por la memoria cotidiana. Adalberto García López, por su parte, ha destacado el carácter reflexivo del poemario y la exploración del desdoblamiento del sujeto.
Ese desdoblamiento constituye otro de los centros de la escritura de Berigüete. El yo de sus poemas no es necesariamente una identidad compacta. Es un yo que se observa, se interroga y, en ocasiones, se descubre convertido en otro. La experiencia de vivir contiene una fractura: somos simultáneamente quien recuerda y quien es recordado, quien observa y quien es observado, quien habla y quien escucha.
En este sentido, la poesía de Berigüete participa de una preocupación profundamente contemporánea: la imposibilidad de reducir al individuo a una identidad única y definitiva. El sujeto aparece como una suma de capas, de tiempos y de voces. De ahí la importancia de la memoria. Recordar no significa simplemente regresar al pasado, sino reconstruirlo desde el presente. Cada regreso modifica aquello que creíamos recordar.
Y aquí vuelve a aparecer Barahona. El poeta que abandona su lugar de origen descubre que la distancia no destruye el vínculo con ese lugar; lo transforma en una presencia interior. La ciudad, la infancia y los muertos comienzan a existir dentro de la conciencia. El regreso deja entonces de ser exclusivamente geográfico. Es un regreso hacia uno mismo.
No resulta casual que esta preocupación por el regreso aparezca también en la narrativa reciente de Berigüete. El hombre que vuelve, publicado por Ilíada Ediciones en 2026, nació a partir de un poema titulado El hombre que regresa. El propio autor ha explicado que la idea de la novela se relaciona con su deseo de regresar a Barahona y con la memoria del lugar que había dejado atrás.
Poesía y narrativa terminan así encontrándose en un mismo territorio: el regreso como forma de conocimiento. Regresar no significa recuperar intacto aquello que se perdió. Significa descubrir que el pasado ha sido transformado por nuestra propia existencia. El hombre que regresa ya no es el mismo hombre que partió. Y el lugar al que vuelve tampoco es exactamente el mismo lugar que abandonó.
Esta concepción del regreso permite comprender mejor la importancia del tiempo en la poesía de Berigüete. El tiempo no aparece únicamente como una fuerza que destruye o envejece. Es también una sustancia de la memoria. Los años sedimentan las experiencias y convierten los acontecimientos en símbolos. La infancia deja de ser simplemente una etapa biográfica para convertirse en una especie de territorio mítico. Los muertos continúan hablando. Los objetos conservan voces. Los lugares se convierten en espejos.
Hay, por tanto, una poesía de la memoria, pero no una poesía complaciente de la nostalgia. Berigüete no parece interesado en embellecer el pasado para hacerlo soportable. Su nostalgia está atravesada por la conciencia de la pérdida. El recuerdo contiene al mismo tiempo belleza y dolor. Lo que se recuerda precisamente porque ya no está es aquello que adquiere mayor intensidad.
También por eso su poesía concede tanta importancia al silencio. En un mundo dominado por la velocidad, la sobreabundancia de imágenes y la circulación permanente de palabras, Berigüete apuesta por una poesía que exige pausa. El propio autor ha formulado la escritura poética como una forma de resistencia frente a un mundo que privilegia la velocidad, el olvido y la superficie.
Su escritura busca, en consecuencia, una palabra capaz de detener el tiempo. De ahí el predominio de poemas en los que la imagen no se agota en su primera lectura. La brevedad de muchos de sus versos no significa simplicidad. Por el contrario, el verso corto funciona con frecuencia como una forma de concentración: elimina el exceso y deja al lector frente a una imagen o una pregunta que continúa trabajando después de la lectura.
En este aspecto, Berigüete parece confiar más en la sugerencia que en la explicación. La poesía no necesita decirlo todo. A veces basta con una sombra, un rostro reflejado en el agua, una casa silenciosa, una puerta, una ciudad lejana o una voz que regresa desde la infancia. El poema completa su sentido en la conciencia del lector.
Existe además una dimensión social en esta poesía que conviene no pasar por alto. Donde empieza el hombre no se limita a una exploración abstracta del yo. La reflexión sobre el individuo se abre hacia los conflictos del mundo contemporáneo: la violencia, las guerras, el sufrimiento y la pérdida de vidas. La pregunta por el hombre termina siendo también una pregunta por aquello que los seres humanos hacemos con otros seres humanos.
En esa perspectiva, la poesía de Berigüete no necesita convertirse en discurso político para adquirir una dimensión ética. Su preocupación por el hombre implica preguntarse por su fragilidad, por su capacidad de destruir y por su necesidad de encontrar un sentido. La poesía se convierte entonces en una forma de resistencia frente a la deshumanización.
Quizás esa sea la característica que mejor permite reunir las diferentes etapas de su obra: el poeta escribe siempre desde una búsqueda. Primero busca nombrar los afectos y las figuras que han construido su mundo; después busca recuperar el territorio de origen; más tarde explora la soledad, la ausencia y la memoria; finalmente, interroga el origen mismo del ser humano.
Por eso puede leerse la trayectoria poética de Marino Berigüete como un largo movimiento de regreso. Del individuo hacia la memoria; de la memoria hacia el lugar natal; del lugar natal hacia la infancia; de la infancia hacia la identidad; y de la identidad hacia la pregunta esencial: ¿dónde empieza el hombre?
La respuesta, naturalmente, no aparece. Y quizá ahí radique precisamente la fuerza de esta poesía. Berigüete entiende que algunas preguntas pierden su poder cuando son respondidas demasiado pronto. El poema conserva su intensidad mientras mantiene abierta la incertidumbre.
En tiempos en que buena parte de la literatura parece sometida a la urgencia de explicar, clasificar y concluir, la poesía de Marino Berigüete reivindica una función más antigua y, al mismo tiempo, más necesaria: recordarnos que la palabra puede ser un lugar para detenernos ante el misterio. Su poesía nace de la memoria, pero no permanece en ella; nace de Barahona, pero viaja mucho más allá de sus fronteras; nace del yo, pero termina interrogando al otro; nace de la experiencia personal, pero aspira a tocar una experiencia universal.
Ese desplazamiento constituye probablemente la clave de su escritura. Berigüete no escribe solamente para recordar lo que fue. Escribe para descubrir qué significa haber sido, qué significa estar siendo y, sobre todo, qué significa todavía no saber quiénes somos.
La poesía, en su obra, se convierte así en una forma de regreso al origen. Pero se trata de un origen que nunca termina de aparecer. Cada poema abre una puerta y, detrás de esa puerta, en lugar de una respuesta definitiva, encontramos otra pregunta. Y quizá eso sea, finalmente, lo que define a un verdadero poeta: no aquel que posee las respuestas, sino aquel que sabe convertir sus preguntas en una experiencia de lenguaje compartida con los demás.
Por Carlos Cartés
El plan Trujillo
Marino Berigüete
Norma Editorial, 2004
Sumergirse en las páginas de «El plan Trujillo» es adentrarse en un laberinto de intrigas y secretos que envuelven al lector desde el mismísimo inicio de la historia. Manuel Tejeda, descendiente directo del misterioso doble del temido dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, se ve inmerso en un viaje tortuoso y emocional de vuelta a su tierra natal, la República Dominicana, en busca de respuestas sobre su abuelo desaparecido y, en
última instancia, sobre el legado oscuro que pesa sobre su familia y su país.
La trama se despliega magistralmente a medida que Manuel Tejeda se sumerge en las profundidades turbias de su pasado familiar, desenterrando pistas que conforman un complejo rompecabezas donde las vidas entrelazadas del doble de Trujillo y del dictador mismo se fusionan en un juego de espejos perturbador. A través de un ingenioso contrapunto narrativo, la novela va entrelazando las pasiones y conspiraciones que
culminaron en el ocaso del régimen trujillista, revelando a su paso personajes al borde del abismo y cuestionamientos inquietantes sobre la historia de la nación.
En este entramado de verdades y mentiras históricas, emerge una pregunta
persistente: ¿qué sucedió verdaderamente con Trujillo y su doble? La trama
se sumerge en las entrañas de la dictadura, exponiendo las fisuras del
poder y las consecuencias nefastas que perduran en el presente de una
sociedad marcada por la sombra del pasado. A medida que Manuel Tejeda
se adentra en su odisea personal, el lector es desafiado a discernir entre la
ficción y la realidad, entre los terrenos movedizos de la literatura y los
desgarradores hechos que conforman la historia vivida.
En un giro magistral, la novela sugiere que la barrera entre la ficción y la
historia es tenue y porosa, insinuando que a veces la realidad misma
supera con creces la imaginación del autor. Manuel Tejeda,
inconscientemente, despierta los espectros del pasado reciente en su
búsqueda incansable de la verdad, pero es el lector quien enfrenta el
desafío de discernir los límites difusos entre la verdad y la invención
literaria.
«El plan Trujillo» se erige como un monumento literario que trasciende las
fronteras entre realidad y ficción, entre el pasado y el presente, entre la
luz y la oscuridad que acecha en lo más profundo del alma humana. Con
una prosa magistral y un entramado narrativo fascinante, esta obra invita
al lector a sumergirse en las complejidades de la historia dominicana y a
cuestionar las verdades incuestionables que conforman la memoria
colectiva de un país marcado por la opresión y la lucha por la libertad. Una
novela que encierra en sus páginas el eco eterno de una época tumultuosa,
donde la redención y la revelación se entrelazan en un baile sin fin.
Carlos Cortés
Escritor.
Por Basilio Belliard
Donde empieza el hombre
Marino Berigüete
Círculo de Poesía, México, 2024
“El ser se disuelve en la nada”. MB.
Si bien la pregunta por el hombre y su ser en el tiempo, parece una cuestión ontológica o una pregunta central en la mente de un filósofo o de un teólogo, no menos cierto es que también puede ser la metáfora esencial del imaginario de un poeta. Preguntarse retóricamente sin esperar respuesta lógica es una forma de pedir peras al olmo. Y es lo que ha tratado de dibujar poéticamente Marino Berigüete (1962) con su libro Donde empieza el hombre (Círculo de Poesía, México, 2024). Se trata de una pieza de orfebrería lírica y metafísica, que nos remite a una honda sabiduría ancestral y a las preguntas que siempre han inquietado al hombre, como “ser en el mundo”. Berigüete bebe en los manantiales de la tradición de la poesía filosófica y aforística, y en la tradición de la poesía del pensamiento, pero aderezada con los alimentos de la experiencia vital de los sentidos, con visiones sensibles, sedimentadas con su memoria sensorial y con la cotidianidad de las cosas del mundo. Articulado en base a conjunciones y disyunciones, su voz lírica teje el misterio de la vida, entre el tiempo y el espacio, la luz y la sombra. El poeta se pregunta por el hombre ante la angustia no por su destino sino por su origen. Es decir, el génesis antes que el apocalipsis: principio y fin de un diálogo entre el hombre y la naturaleza, el pensamiento y la vida. El narrador Berigüete, sorprende con este poemario por su madurez no solo creativa sino por su profundidad y por el misterio que encierran sus versos, cargados de ideas y pensamientos. Funda un mundo de palabras que se encabalgan entre el silencio y la voz, y en un soliloquio entre la luz y la sombra del ser, la plenitud y el vacío de la memoria.
Donde empieza el hombre es un viaje a la infancia, recuperada por la nostalgia y la memoria, donde está la fuente de toda sabiduría. Rilke dijo: “La patria es la infancia”. Y no erró, pues es la etapa de la vida humana de la libertad, los sueños y las ilusiones, donde se anidan o incuban las historias y los deseos, que son como los ríos y los mares que flotan en el aire. O “nuestras vidas que son los ríos que van a parar en la mar, que es el morir”, como dijera hace muchos años Jorge Manrique.
Berigüete crea un clima de desolación, abulia y pesimismo, un laberinto de la muerte como destino y viaje temporal, entre la voluntad y la memoria, el deseo y lo inefable, la melancolía y el tedio vitae. Si bien el tiempo es el centro de gravedad de toda metafísica, desde su origen, en este poemario, el tiempo es el protagonista del acto lírico, la piedra angular, que le inyecta e irradia movimiento al presente del poema. Si el tiempo es la esencia de toda metafísica (“o la sustancia de la que estamos hechos”, como dijera Borges), este poemario es esencialmente metafísico. Como la poesía es presente –es decir: tiempo presente, no pasado– el poema pugna entre el instante y la eternidad, como la vida del hombre y del poeta, que se deshace, y cuyo deshacimiento, lo conmueve, entristece y perturba. Si el tiempo es el eje central de esta obra poética, también lo es la muerte. Tiempo y muerte, temporalidad y mortalidad, son pues los ejes gravitacionales en que transcurre. Son los polos magnéticos en que transcurre la órbita cósmica del universo de símbolos que instaura Berigüete en las páginas de este libro. A la oposición binaria tiempo y muerte, agrego otra oposición: ciudad y campo. Oigamos al poeta:
“La ciudad me envuelve con abrazo frío
en su trama de espejos mi imagen se pierde
me devuelvo en la multitud de rostros sin nombre”. (Poema XXXIV, p. 70).
Es poesía de experiencia y de visiones: no libresca, pues se nutre y alimenta de la vida misma. Está marcada y matizada por la angustia del vivir y los imperativos del tiempo que devora su existencia terrenal. Crea así un clima, una atmósfera de desolación e incertidumbre. La poesía deviene aquí poesía del desencanto y del desengaño del mundo. Se nutre de los elementos de la naturaleza, que son el origen de todo lo existente: el agua, el aire, la luz, el viento, el río, el mar, los árboles, los pájaros, el eco, el silencio y la voz. Poesía de cielo abierto y de espacios; poesía que se alimenta de espacio y de tiempo; poesía que busca develar los secretos del cosmos, del infinito del mundo. Ascenso y descenso, caída hacia arriba: comienzo y fin de las cosas, en un eterno y perpetuo laberinto. Circularidad del ser que anhela eternidad y cuya búsqueda de eternidad, lo atormenta. El poeta aquí aborda poéticamente los grandes temas metafísicos y teológicos que siempre han atormentado e inquietado al hombre: cosmología y cosmogonía, mitología y alquimia. El alma y la ciudad se abrazan en un diálogo de sordos. La ciudad es también otro de los ejes que matiza el dilema existencial del poeta, que se bate entre el cuerpo y el espíritu por explicar el mundo y se resigna, vencido por lo inexorable. Visión y ceguera, búsqueda de la verdad de las cosas a través de la poesía, como querían los románticos y el malogrado John Keats (“La belleza es verdad”), en una aventura estética entre la oscuridad y la luz, la penumbra y la sombra del tiempo: sus reminiscencias y su devenir olvido.
Nacimiento y muerte que no espera resurrección, sino resignación teleológica del ser y su camino de incertidumbre. Marino Berigüete refleja ser un poeta del tiempo. Un sujeto poético dominado por la temporalidad como destino, envejecimiento y memoria, para quien escribir poesía se ha transformado en oficio de vivir, estilo de vida y porvenir lúdico, que pone en crisis el trabajo. O la vida como oficio que crea la abulia y el tedio vitae. (“Trabajar cansa”, dijo el poeta suicida Cesare Pavese).
La búsqueda y el refugio en la naturaleza y el pasado es una forma de combatir la sociedad y sus normas, y una manera de sobrevivir al caos y a los deseos del cuerpo. En fin, su refugio en la escritura poética es una vía de escape del orden político y sus trivialidades, del mundo ideológico y sus sectarismos; es, también, un camino para ocultarse en el silencio, en la quietud y el reposo del alma. También una opción para superar los vaivenes y avatares de la sociedad y sumergirse en la palabra poética, la lectura y la contemplación de la naturaleza con su orden, belleza, verdad y perfección. Este libro es pues el reflejo de un ser poético autoral que expresa la vida de un cuerpo con alma, en declive natural, que se aproxima a la muerte y al mundo, en lucha contra la eternidad inexpugnable, misteriosa e inexorable. Dice el poeta, en tono filosofante:
“El mundo no está hecho de cosas,
sino de intervalos:
un parpadeo entre dos ausencias,
un puente que duda
si une o separa”.
Y sigue diciendo:
“No caminamos hacia adelante ni hacia atrás:
somos un punto suspendido,
una palabra en el aire
que se disuelve antes de ser pronunciada”.
(Poema XLI, p. 84)
Abundan juegos metafísicos con el tiempo y trampas metafóricas del pensamiento poético. Además, el poeta merodea o bucea en su condición insular. La isleñidad del ser lo persigue, en esta poesía de cariz autobiográfico, que refleja la tragedia de la memoria de su ser. Es la tragedia de toda insularidad, que anhela y sueña con su búsqueda de trascendencia, terrenalidad y ansia de viajar y volar, donde la isla se vuelve cárcel del cuerpo. Hay además un vértigo del instante, una vertiginosidad del tiempo. Y donde los sueños representan los recuerdos y las evocaciones deseantes del viaje de la infancia como renacimiento constante de la memoria, en su batalla tanto contra el olvido como contra la muerte.
“Antes de escuchar cantar el pájaro,
Lo que había escuchado era su vuelo”, dice Beriguete (Poema XXX, p. 64).
La de Berigüete aquí es poesía del desarraigo, del exilio y autoexilio interior de la conciencia poética, del ser que se desgarra en nostalgia del hogar y del suelo nativo. Es decir, este libro se sitúa en las coordenadas del pensamiento y en la tradición de la poesía del desgarramiento y de la soledad terrenal. De esa soledad que deviene experiencia del desarraigo del ser, atravesado por los fantasmas del pasado y del futuro, que navega en el insomnio de la memoria y la eternidad. Es una poesía que refleja la sabiduría bucólica, ancestral y primitiva de un pueblerino, que se enfrenta a la realidad urbana, con sus demonios, aridez y fantasmas, entre el silencio y la soledad, esa que existe en medio de la muchedumbre.
El poema reflexiona sobre el sueño y el mundo:
“Nos sueña el sueño
y en esa trama indefinible,
somos más completos
que en el mundo de los ojos abiertos”. (Poema XIIX, p. 102).
Búsqueda de la huella del pasado, la poesía es camino como lo es en Octavio Paz. Es decir, una larga caminata reflexiva, que se nutre de espacio y se alimenta de tiempo; que le inyecta aire de movilidad; que le suministra imágenes, en su contemplación encantada y aguda. Aquí la poesía deviene tránsito y trayecto. Un laberinto metafísico: la expresión de un ser extraviado en los caminos del deseo y la voluntad. Un ser solitario, hecho de soledad ontológica intrínseca al hombre, que lo habita y lo persigue, esa soledad que es condición únicamente humana, y que refleja la conciencia temporal de que somos seres que vivimos y morimos solos. Y que es la gran tragedia del espíritu humano: que lo abisma y refugia en la religión, la espiritualidad, la secta o el dogma. Beriguete asume, por consiguiente, la ontología fenomenológica de Heidegger, de que “somos seres para la muerte”.
Con este poemario, Marino Berigüete instala una poética del vacío existencial y de la nada, antes que del ser y su plenitud. Y de las angustias existenciales como representación de la angustia del hombre contemporáneo, desde una sensibilidad poética y un imaginario metafísico. Oigamos de nuevo la voz del poeta:
“Y mientras esa mano invisible
explora mis entrañas,
yo caigo,
me disuelvo en la nada,
dejando atrás
el peso inútil del ser,
y en ese desvanecimiento
tal vez,
por fin,
encuentre
la paz de vacío”. (Poema XXXVIII, p. 80).
Este libro es una elegía de 54 estrofas. Son a la vez cantos, que representan un discurso poético articulado y pensado, desde la experiencia, del vacío y la conciencia de un sujeto lírico y sensible al mundo actual, con sus miedos, angustias, psicosis y neurosis. Escrita a la medida y forma de su carácter y su temperamento. También a su destino; y donde la guerra sirve de telón de fondo de sus preocupaciones angustiosas del devenir humano. Hay una nueva tierra baldía, una tierra yerma, un páramo sombrío como el que vislumbró T. S. Eliot en La tierra baldía y Los hombres huecos, lo que ha percibido Berigüete y que nos presenta como un presente oscuro, laberíntico y sin fin. Así, vemos ecos, recuerdos y visiones de su región nativa, del sur profundo, árido, sin lluvia y seco, y que evoca como memoria nostálgica de su infancia en Barahona. La suya es escritura con libertad imaginaria, que expresa el fluir del pensamiento poético, en su temporalidad sensible y como encarnación del espacio. Diálogo con el silencio, comunión con la soledad, Marino Berigüete nos sorprende con esta poética y con este libro tardío, pero de madurez, que ha escrito desde la experiencia del recuerdo y la prefiguración del presente. Entre la palabra y el silencio transcurren su obra y su escritura, tejida de visiones y elucubraciones, evocaciones simbólicas y ensoñaciones solitarias del ser como persona y como yo desgarrado y angustiado, en el laberinto de su sombra. Escritura de la vigilia con los ojos cerrados. Escritura de la ensoñación, que canta en claves metafísicas a los misterios del tiempo, de la vida y de la muerte. Berigüete pinta un mundo donde todo se desmorona, un tiempo social y un espacio humano, que se deshace en la sombra, en las grietas de la nada. Dibuja una civilización y un paisaje ontológico perdido en el círculo cerrado de la soledad y la destrucción de un mundo egregio, ilustre y más humano. Percibe así, poéticamente, un universo sombrío, un mundo muerto, asesinado por los demonios que habitan los bajos instintos del espíritu humano. Este poeta ha escrito este libro desde la experiencia del desarraigo y la tentación del tormento de su espíritu y desde su memoria personal, infantil y adulta.
En síntesis, el poeta Marino Beriguete ha escrito una épica de este tiempo, una epopeya trágica del hombre, de matiz homérico, que nos deja sin palabras, sin aliento y sumergido en la perplejidad, el vacío, el silencio, y aun en la duda. Es una poesía que nos arrebata las palabras porque nos hiela la sangre y nos paraliza la conciencia. Nos insta a perder la fe en el hombre porque ha matado a dios –como bien lo vislumbró Nietzsche. Beriguete ve, en efecto, en cambio, al hombre nacer en las palabras, en el viento, en la nada, en la mente, en la naturaleza, y más aún, lo descubre en el sueño del tiempo y en el vacío del mundo.
Tras un largo canto en 54 estrofas, de meditaciones y cavilaciones metafísicas, en tono épico y claves filosóficas, el poeta Berigüete se pregunta, como epílogo y colofón:
“Y por fin, ¿dónde nace el hombre?
¿En las palabras que se ahogan
antes de ser pronunciadas,
en ese filo del silencio
que corta la lengua
y de una herida invisible”.
Y sigue preguntando:
“O nace en el pliegue del viento
que nunca supimos escuchar,
o en la nada que se escurre
por las grietas de mundo?”
El poeta duda y vacila. Y continúa sus afirmaciones, monólogos y diálogos consigo mismo y con el lector.
“Tal vez nace en la mente
que sueña sin saberlo,
donde cada idea es
una hoja que cae sin tocar el suelo.
O quizá nace
en la naturaleza que camina
entre nosotros, sin sombra,
sin ruido, sin ojos, sin manos,
como un secreto en la piel de los arboles
o debajo del vaivén de las aguas
donde los peces nacen y desparecen.
Es el hombre quizá un sueño
que la noche trenza con hilos de niebla.
O es la chispa que cruza el firmamento
en el borde del tiempo, esperando
que el vacío la reclame.
Dime tú
revela la verdad a esta hora,
cuando la magia de la palabra
cae sobre mi cabeza
como una lluvia invisible
que arrastra significados
hacia este papel en blanco.
El lápiz de tinta verde
rueda como un signo incierto,
dibujados caminos que no conozco,
se detiene en límite
que no se si cruzar.
Tal vez el hombre nace
en la palabra no escrita,
en el hueco de un verso
que no se ha revelado aun.
Tal vez no nace en la carne,
ni en el aire,
sino en ese espacio entre ser
y no ser,
en el borde mismo del pensamiento
que se esfuma al ser pensado.
Y tal vez, lector,
Tú tengas la respuesta a mis preguntas.
Dime tú,
donde empieza el hombre.
En ti
¿o en mí
que no tengo respuesta?”
(Poema LIV, p. 109-110).

Aunque estudió abogacía, el dominicano Marino Berigüete ha desarrollado su vida también como narrador, poeta, diplomático y periodista. A lo largo de su trayectoria ha combinado la creación literaria con el servicio público, la docencia universitaria y la diplomacia, convirtiéndose en una figura destacada de las letras dominicanas contemporáneas. En el ámbito literario, Berigüete comenzó a escribir desde muy joven y ha cultivado la poesía, el cuento, la novela y el ensayo. Su obra suele explorar la memoria, la identidad dominicana, la historia nacional, las tradiciones populares y el paisaje del sur del país, especialmente de Barahona, su región natal
Continuar leyendo «Marino Berigüete – Dossier» ›Marino Berigüete es un escritor, poeta, abogado y diplomático de la República Dominicana, nacido el 9 de julio de 1962 en Barahona. A lo largo de su trayectoria ha combinado la creación literaria con el servicio público, la docencia universitaria y la diplomacia, convirtiéndose en una figura destacada de las letras dominicanas contemporáneas.
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), realizó un posgrado en Procedimiento Civil y posteriormente obtuvo maestrías en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU). Antes de incorporarse al servicio diplomático ejerció la abogacía y la consultoría jurídica, especialmente en el ámbito empresarial y turístico. Desde 2005 ejerció la carrera diplomática y ha desempeñado funciones como embajador de la República Dominicana en Paraguay, Honduras y Belice. También ha sido decano de la Escuela de Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas de la Universidad del Caribe (UNICARIBE) y profesor de Derecho Diplomático, Derecho Internacional y otras disciplinas jurídicas.
En el ámbito literario, Berigüete comenzó a escribir desde muy joven y ha cultivado la poesía, el cuento, la novela y el ensayo. Su obra suele explorar la memoria, la identidad dominicana, la historia nacional, las tradiciones populares y el paisaje del sur del país, especialmente de Barahona. Entre sus libros más conocidos figuran Mujeres (poesía), 13 cuentos supersticiosos del Sur, Odas a Barahona, Secretos y soledades, El Plan Trujillo, Señales de voces, Melissa y el árbol y, entre sus publicaciones más recientes, Tras la puerta.
Su novela El Plan Trujillo es considerada una de sus obras más relevantes. En ella reconstruye, desde la ficción histórica, aspectos relacionados con la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, combinando investigación, memoria y recursos narrativos para reflexionar sobre el peso del pasado en la sociedad dominicana.
Además de su labor como escritor, Marino Berigüete ha sido conferencista en universidades e instituciones de América y Europa, miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y articulista en diversos medios de comunicación. Su carrera diplomática le ha valido importantes distinciones, entre ellas la Orden Nacional del Mérito en grado de Gran Cruz, otorgada por Paraguay, y la Orden José Cecilio del Valle, concedida por Honduras, en reconocimiento a su contribución al fortalecimiento de las relaciones entre esos países y la República Dominicana.
ENTREVISTA AL ESCRITOR DOMINICANO MARINO BERIGÜETE

A Marino Berigüete me une una larga hermandad en las letras y la vida, desde que la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, en el año 2000, le pidió que presentara mi libro de cuentos Manuscritos del Muerto, publicado por la editorial cubana Letras Cubanas. He contado muchas veces que Marino fue más allá de esa petición y se convirtió en un anfitrión insuperable en su deseo de que yo conociera la cultura de su país y a las figuras literarias más importantes de ese momento. Y sabiendo que los cubanos que viajábamos a ferias internacionales siempre íbamos, como decimos en Cuba, con una mano delante y otra detrás, compró para mí los que consideraba los libros más importantes de la literatura dominicana, así que le debo a él mi primera zambullida consciente a las letras dominicanas.
Luego, me concedió el privilegio de escribir el prólogo de su libro 13 cuentos supersticiosos del Sur, y en visitas que hizo a Cuba, en nuestra correspondencia durante más de 25 años, en nuestras charlas telefónicas en los últimos años, y a través del impacto de su obra a nivel nacional y continental, además de fortalecer nuestra amistad, he podido constatar cómo se ha ido convirtiendo en una figura de imprescindible mención en el panorama cultural y literario de su país, República Dominicana.
Esta charla nació cuando leí el manuscrito de su novela El hombre que vuelve y conmocionado por la calidad de la obra le propuse editarla en mi editorial, Ilíada Ediciones.
Aunque hace casi 30 años publicaste tus «13 cuentos supersticiosos del Sur» y en los últimos años te has dedicado mayormente a la poesía, quiero que me hables de la génesis de «El hombre que vuelve». ¿Cómo nació en ti la idea de esta novela?
Una novela nunca nace el año en que se escribe. Antes de llegar al papel pasa años buscando su lugar en la memoria. La mía comenzó durante mi misión como embajador en Honduras. Allí escribí un poema titulado “El hombre que regresa”. En ese momento no sabía que aquellas páginas abrían el camino de una novela. Desde que salí de Barahona para estudiar en Santo Domingo llevaba conmigo el deseo de volver a mí pueblo. La vida tomó otro rumbo, conocí a mi esposa y ese regreso quedó aplazado. Murió mi abuela y solo permaneció mi madre. Una noche soñé que la ciudad me había derrotado. Desperté y escribí el primer párrafo. Recordé los viajes en autobús hacia el sur para pasar las vacaciones universitarias y seguí escribiendo durante meses. En 2020 llegó la pandemia del COVID-19 y el manuscrito quedó en silencio. En 2023 regresé a esas páginas. Ya no escribía con la prisa de terminar un libro, sino con la necesidad de entender por qué había esperado tanto para contar esa historia. Después la dejé reposar varios meses. La concluí en octubre de 2025. Al cerrar la última página comprendí que no había escrito una novela sobre el regreso. Había escrito la historia de un hombre que nunca dejó de volver, aun cuando la vida lo llevaba siempre por otros caminos.
Aunque parezcan temas diferentes, mundos diferentes, yo veo muchos puntos de contacto en cuanto a preguntas sobre la condición humana, sobre las razones de la existencia humana, entre «El hombre que vuelve» y «13 cuentos supersticiosos del Sur». ¿Has pensado alguna vez en eso?
Amir, el sur es supersticioso. Quien nace allí aprende muy pronto que toda vida conserva un lugar al que desea regresar. El mío sigue siendo el mismo que conocí cuando empecé a escribir a los diecisiete años. Han pasado las décadas y yo he envejecido, pero ese territorio permanece. Siguen allí las calles de mi infancia, la casa donde crecí, los primeros cuentos del sur, los temores y los sueños que todavía acompañan mis páginas. Cuando escribí El hombre que regresa quise apartarme de la narración lineal. Siempre he pensado que el sur, mi región, vive una realidad donde conviven lo cotidiano, las creencias populares y una antigua tradición religiosa. Mucho antes de que Alejo Carpentier formulara la idea de lo real maravilloso, Sócrates Nolasco ya había contado historias nacidas de ese mundo. La cercanía con Haití, la memoria de los cañaverales y las creencias transmitidas de generación en generación forman parte de nuestra manera de entender la vida.
Quise que esa atmósfera macondiana estuviera presente en la novela, no como un adorno, sino como una forma de acercarla a mi pueblo y a mi región. También recurrí a una técnica que vuelve sobre algunas escenas. Cada repetición incorpora un detalle nuevo para que el lector descubra algo que antes permanecía oculto. Ese movimiento sostiene el ritmo de la narración y acompaña el modo en que los recuerdos regresan a la memoria.
Pero mi propósito principal era otro. Quería escribir una novela existencialista. Me interesaba mostrar la rutina de un hombre que siente que ha perdido casi todo y que debe seguir viviendo con el peso de sus ausencias. Con los años comprendemos que la soledad no llega de golpe. Se instala poco a poco, a medida que desaparecen quienes compartieron nuestra vida. Los amigos mueren, los familiares parten y el mundo empieza a vaciarse sin hacer ruido. Sin embargo, quienes ya no están continúan viviendo mientras alguien conserve su recuerdo. Solo desaparecen por completo cuando también muere el último que podía nombrarlos. Esa certeza acompañó cada página de la novela y explica, quizá mejor que cualquier otra razón, por qué sentí la necesidad de escribirla.
Aunque el lector seguro lo notará, en nuestro reciente encuentro en República Dominicana, donde nació mi idea de publicar El hombre que vuelve en Ilíada Ediciones, me confesaste que tomaste como modelo y, además, quisiste rendir un homenaje a esa inmensa novela que es «Pedro Páramo», de Juan Rulfo.
Cuando leí Pedro Páramo tuve la impresión de estar recorriendo un pueblo del sur antes de llegar a Barahona. Desde entonces comprendí que cada escritor termina levantando un territorio propio. Juan Rulfo encontró el suyo en Comala, inspirado por los recuerdos de San Gabriel. Yo siempre he sentido que Barahona ocupa ese lugar en mi literatura. Allí regresan mis personajes, mis preguntas y la memoria que alimenta mis libros.
No es un camino nuevo. Gabriel García Márquez creó Macondo. William Faulkner imaginó Yoknapatawpha. Juan Carlos Onetti levantó Santa María. Todos partieron de un lugar conocido para construir un espacio literario donde sus historias pudieran respirar con libertad. Ellos forman parte de mis lecturas y Faulkner, en particular, ha sido uno de mis maestros.
Siempre he pensado que Juan Rulfo conoció Spoon River, la antología de Edgar Lee Masters. En ese libro hablan los muertos y, a través de sus voces, aparece la vida completa de una comunidad. En Pedro Páramo ocurre algo que produce una impresión semejante, aunque cada autor encuentra su propio camino.
Si me preguntas por qué esos pueblos se parecen, mi respuesta es sencilla. En casi toda América Latina el sur comparte una misma experiencia. El calor, la tierra, el trabajo y el aislamiento han moldeado el carácter de sus habitantes. Quien nace allí aprende temprano a resistir las pérdidas, a convivir con las creencias heredadas y a conservar la memoria de quienes ya no están. Tal vez por eso, cuando escribimos sobre nuestro pueblo, también terminamos escribiendo sobre muchos otros pueblos del sur.
En tu novela el protagonista, jubilado ya, regresa a la casa donde vivió su infancia. Pero es un regreso que, en todos los sentidos, tiene el espíritu de la conquista, de retomar un mundo perdido. Sin embargo, él es quien resulta conquistado y, lejos de encontrar las respuestas que busca, lo acosan antiguas y nuevas preguntas sobre su propia responsabilidad en haber perdido ese mundo. Al terminar la novela me dije: como en otras grandes novelas, esta novela es una búsqueda ontológica del ser que me recuerda mucho el «Dasein» (el ser humano como el único ente que puede preguntarse por su propia existencia) de Martin Heideger. ¿Me equivoco?
No te equivocas. Esa lectura está muy cerca de lo que quise escribir. Desde el principio me interesó menos el regreso físico que el regreso interior. Mi personaje vuelve a la casa de su infancia creyendo que encontrará un lugar intacto, pero descubre que el tiempo también transforma aquello que parecía permanecer. Lo que cambia no es solo el pueblo; cambia, sobre todo, quien regresa.
Quise escribir una novela existencialista. Me interesaba un hombre que, al llegar a la vejez, descubre que las preguntas importantes no desaparecen con los años. Al contrario, se vuelven más insistentes. Regresa para entender qué ocurrió con su vida, con sus afectos y con las decisiones que fue tomando. Poco a poco comprende que nadie pierde un mundo únicamente por culpa del tiempo. También lo pierde por las renuncias que acepta, por los caminos que elige y por los silencios que deja crecer con conversaciones con sus muertos.
Si te recuerda el “Dasein” de Heidegger, lo recibo con gratitud, aunque no escribí la novela para ilustrar una tesis filosófica. Mi punto de partida fue la experiencia humana. Me interesaba mostrar a un hombre que, cuando ya casi todos los que conoció han muerto, se queda frente a sí mismo. En ese momento ya no puede ocultarse detrás del trabajo, de la familia ni de las obligaciones. Solo le queda preguntarse quién ha sido realmente y qué sentido tuvieron sus actos. Si valió la pena irse del pueblo.
Por eso el regreso termina siendo una forma de conocimiento. El protagonista no conquista el pueblo; es el pueblo quien lo obliga a mirarse con una sinceridad que había evitado durante años. Creo que esa es la verdadera travesía de la novela. No busca recuperar el pasado, porque el pasado no vuelve. Busca comprender la propia existencia antes de que el tiempo cierre definitivamente la posibilidad de hacerlo.
Toda obra literaria, de muchos modos, es un reflejo de las vivencias de su autor, ya sean por su propia vida o por ese modo en que los escritores beben de la experiencia vital de otras personas. ¿Qué hay en «El hombre que vuelve» del ser humano que es Marino Berigüete?
Todo, Amir. El protagonista contiene mucho de mi vida y de mis propias inquietudes. Naturalmente, la novela incorpora personajes, situaciones y recursos de la ficción para darle consistencia y fuerza narrativa. Pero, en su esencia, es una proyección de lo que imagino que podría ser mi propio regreso dentro de algunos años, cuando muchos de los que hoy forman parte de mi vida ya no estén. No escribí una autobiografía; escribí una novela. Sin embargo, las preguntas que atraviesan al protagonista, sus dudas, sus nostalgias y su necesidad de comprender el sentido de su existencia son también las mías. Quizá por eso siento que es el personaje que he escrito más cercano a mi propia vida.
Hablemos de la construcción de los tres personajes femeninos protagónicos: esa esposa fallecida (que regresa recurrentemente en un único recuerdo: el momento en que se conocieron) y las figuras entrañables de la madre y la abuela. Son espíritus, pero están tan o más vivos que el protagonista. Y aquí veo otras de las claves psicológicas de tu novela porque en el filósofo Carl Gustav Jung el «anima» representa la imagen inconsciente de lo femenino en la psique masculina. Sabiendo que eres un lector voraz de filosofía, dudo mucho que esa sea solo una coincidencia.
No lo creo, Amir. Hay lectores que encontrarán esa resonancia con Jung, y no me parece una interpretación forzada, porque toda gran novela termina dialogando con ideas que muchas veces exceden la intención de su autor. Pero, en mi caso, el origen de esos tres personajes no nace de una construcción filosófica deliberada, sino de la memoria y de la experiencia humana.
Mi esposa aparece siempre en un único recuerdo, el instante en que nos conocimos en la universidad, porque entendí que el amor verdadero no necesita muchas escenas para permanecer vivo. Hay momentos que contienen una vida completa. Ese primer encuentro basta para que el protagonista la sienta presente durante toda la novela. Su ausencia física hace más intensa esa permanencia interior.
La madre y la abuela pertenecen a otro territorio. Ellas representan el origen, la casa, la infancia, la educación sentimental y moral. Aunque han muerto, continúan habitando la conciencia del protagonista porque hay personas que nunca abandonan realmente nuestra vida. Cambia su forma de acompañarnos, pero no desaparecen. Por eso el regreso al pueblo es también un regreso hacia ellas. No vuelve únicamente a una casa; vuelve al lugar donde todavía escucha sus voces y reconoce el sentido de lo que fue.
Si un lector quiere ver en esas tres mujeres la manifestación del anima junguiana, me parece una lectura legítima y enriquecedora. Sin embargo, mientras escribía nunca pensé en convertirlas en la representación de un concepto filosófico. Pensé en tres mujeres concretas que sostienen la identidad del protagonista desde lugares distintos: el amor compartido, la maternidad y la memoria familiar.
Quizá la filosofía aparece después, cuando el lector observa la obra terminada. Yo escribo desde la vida; luego la filosofía encuentra, si puede, un modo de explicar aquello que la literatura ya había intuido. Tal vez por eso esas tres mujeres parecen más vivas que el propio protagonista: porque él regresa buscando una casa y termina descubriendo que quienes verdaderamente conservan su identidad no son los vivos, sino aquellos que siguen habitando su memoria.
Hay un leitmotiv en la novela que llamará mucho la atención de cualquier lector: el protagonista, al visitar la tumba de su madre en el cementerio empezará también a descubrirse a sí mismo gracias a que allí, cerca de donde yacen sus seres queridos, está la tumba de un niño. No quiero dar detalles de esa extraña pero enriquecedora relación, que en cierto momento también involucrará a la madre del personaje, pero veo aquí otro guiño filosófico… en esta ocasión a Friedrich Nietzche cuando en su clásico «Así habló Zaratustra» presenta a la niñez como la última de las tres metamorfosis del espíritu (el niño para Nietzche no simboliza inmadurez, sino creatividad, capacidad de comenzar de nuevo y afirmación de la vida. No es un llamado a volver a la infancia biológica, sino a recuperar ciertas cualidades), que es justo lo que parece buscar desesperadamente tu personaje.
No me parece una lectura descabellada. Al contrario, me gusta cuando un lector encuentra en una novela capas que el propio autor no se propuso construir de manera consciente. Nietzsche forma parte de mis lecturas en el doctorado que recién acabo de concluir, pero mientras escribía no pensé en ilustrar la tercera metamorfosis de Así habló Zaratustra.
La tumba del niño nació por una razón mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más humana. El protagonista regresa al cementerio buscando a su madre y a su abuela, es decir, buscando el pasado. Sin embargo, ese niño desconocido termina obligándolo a mirar algo distinto: la fragilidad de la vida, aquello que nunca alcanzó a desarrollarse y la pregunta inevitable sobre todo lo que pudo haber sido. Ese descubrimiento modifica su manera de mirar también a su madre y, finalmente, de mirarse a sí mismo.
No quise convertir a ese niño en un símbolo cerrado. Preferí que fuera una presencia abierta, capaz de despertar preguntas diferentes en cada lector. Para unos será la inocencia perdida; para otros, la interrupción injusta de una vida; para otros, la posibilidad de un nuevo comienzo. La literatura gana cuando no obliga a una única interpretación.
Si alguien encuentra allí la idea nietzscheana del niño como la capacidad de empezar de nuevo, me parece una lectura perfectamente posible. Después de todo, mi protagonista no vuelve al pueblo para recuperar el pasado tal como fue, porque eso es imposible. Regresa para comprender quién es cuando ya casi todo lo que sostenía su existencia ha desaparecido. Ese viaje exige despojarse de muchas certezas y volver a hacerse preguntas esenciales.
Tal vez por eso el cementerio termina siendo uno de los lugares más vivos de la novela. Allí el protagonista deja de dialogar únicamente con sus muertos y comienza a dialogar consigo mismo. Y si en ese proceso aparece el niño de Nietzsche, no será porque yo lo coloqué deliberadamente en esas páginas, sino porque la literatura, cuando nace de una experiencia verdadera, suele encontrarse con la filosofía en el mismo lugar donde ambas intentan responder la misma pregunta: qué significa, realmente, volver a empezar.
Pero debo de confesarte que la tumba existe al lado de la de mi abuela en Barahona, y me extrañó un día cuando fui a visitarla que tenía ese pequeño juguete encima.
Otro detalle singular: la casa no es solo decoración escenográfica, no es un espacio muerto; la casa son recuerdos, sensaciones, riquezas perdidas que el protagonista irá reconquistando, al tiempo que es reconquistado él mismo… una casa viva que interactúa con el personaje… y aquí otra vez aparece ese Nietzche que en «La gaya ciencia» y otros de sus libros habla del amor fati («amor al destino»: la invitación no solo a aceptar lo que ocurre, sino a quererlo como parte inseparable de la propia vida). Dicho todo esto, esa casa de «El hombre que vuelve» ¿qué es para Marino Berigüete?
No escribí esta novela pensando en ilustrar ninguna corriente filosófica. Es verdad que he leído a Nietzsche, a Heidegger, a Jung y a muchos otros pensadores, pero cuando uno escribe una novela no está pensando en demostrar una tesis. Si eso ocurriera, dejaría de escribir literatura para escribir filosofía.
La casa nació de un lugar mucho más íntimo. Para mí, una casa nunca es solamente un conjunto de paredes. Es el sitio donde aprendemos a mirar el mundo, donde escuchamos las primeras voces, donde conocemos el amor, el miedo, las pérdidas y también la felicidad más sencilla. Cuando abandonamos esa casa, creemos que la dejamos atrás, pero en realidad ella sigue viviendo dentro de nosotros.
Por eso, en la novela, el protagonista cree que regresa para recuperar una casa, cuando en realidad la casa termina recuperándolo a él. Cada habitación, cada objeto, cada silencio le devuelve una parte de sí mismo que había quedado enterrada bajo los años, el trabajo, la ciudad y la rutina. La casa no habla, pero recuerda. Y al recordar, obliga al protagonista a enfrentarse con la persona que fue y con la que ha llegado a ser.
Si un lector encuentra en ese recorrido una cercanía con el amor fati de Nietzsche, me parece una lectura válida. Pero no fue un punto de partida para escribir la novela. Fue, si acaso, un punto de llegada que otro lector puede descubrir. Yo simplemente intenté contar la historia de un hombre que comprende que no puede cambiar su pasado, pero sí reconciliarse con él.
¿Qué representa esa casa para mí? Representa el origen. Ese lugar al que todos volvemos alguna vez, aunque sea únicamente con la memoria. Porque llega un momento en la vida en que uno descubre que la verdadera patria no es un país ni una ciudad, sino la casa donde comenzó a entender quién era. Y quizá esa sea la única conquista posible: regresar a ese lugar, aceptar todo lo vivido —lo bueno y lo doloroso— y comprender que sin esa historia tampoco seríamos quienes somos.
En esa casa hoy hay un hotel, se llama El Loro Tuerto.
Finalmente, ¿en qué proyectos literarios andas actualmente?
Antes de pensar en los libros publicados, pienso en los que todavía me exigen tiempo. Es una etapa distinta de mi vida. Ya no escribo con la ansiedad de demostrar nada, sino con la paciencia de quien entiende que cada obra necesita su propio ritmo. Hay manuscritos que avanzan con rapidez y otros que permanecen meses esperando una palabra, una lectura o una experiencia que los complete.
En este momento tengo sobre mi mesa dos libros de poesía, cada uno integrado por setenta poemas. Son proyectos diferentes, escritos desde registros distintos, pero ambos nacieron de la misma convicción: la poesía sigue siendo el lugar donde regreso para entender lo que no consigo explicar de otra manera.
También trabajo en dos novelas que aún no he dado por concluidas. Aprendí que una novela no termina cuando el autor cree haber escrito la última página, sino cuando los personajes dejan de reclamarle cambios. Hasta que eso no ocurre, prefiero seguir escuchándolos.
A esos proyectos se suman dos libros de ensayos literarios. Siempre he sentido que leer y escribir forman parte del mismo oficio. Los ensayos son mi manera de conversar con los autores que me han acompañado durante décadas y de reflexionar sobre la literatura desde la experiencia del escritor y del lector.
Pero, si debo decir dónde está hoy concentrada la mayor parte de mi energía, la respuesta es clara: en mi tesis doctoral en Filosofía. Es el trabajo que ocupa mis días y mis noches. Allí convergen muchas de las preguntas que han atravesado mis novelas, mis poemas y mis artículos. No la concibo como un ejercicio académico aislado, sino como otra forma de seguir buscando respuestas.
Al final, todos esos libros, terminados o inconclusos, participan de una misma travesía. No compiten entre sí. Se acompañan. Cada página escrita alimenta a las demás. Y mientras la vida me conceda el privilegio de seguir leyendo, pensando y escribiendo, siempre habrá un manuscrito abierto sobre mi escritorio esperando el comienzo de una nueva jornada.
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Más allá canta el mar – Regino Pedroso (1939)
Otros poemas mencionados que no obtuvieron la mayoría de votos para entrar entre los 100: