El plan Trujillo, novela de Marino Berigüete

Por Carlos Cartés

El plan Trujillo
Marino Berigüete
Norma Editorial, 2004

Sumergirse en las páginas de «El plan Trujillo» es adentrarse en un laberinto de intrigas y secretos que envuelven al lector desde el mismísimo inicio de la historia. Manuel Tejeda, descendiente directo del misterioso doble del temido dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, se ve inmerso en un viaje tortuoso y emocional de vuelta a su tierra natal, la República Dominicana, en busca de respuestas sobre su abuelo desaparecido y, en
última instancia, sobre el legado oscuro que pesa sobre su familia y su país.

La trama se despliega magistralmente a medida que Manuel Tejeda se sumerge en las profundidades turbias de su pasado familiar, desenterrando pistas que conforman un complejo rompecabezas donde las vidas entrelazadas del doble de Trujillo y del dictador mismo se fusionan en un juego de espejos perturbador. A través de un ingenioso contrapunto narrativo, la novela va entrelazando las pasiones y conspiraciones que
culminaron en el ocaso del régimen trujillista, revelando a su paso personajes al borde del abismo y cuestionamientos inquietantes sobre la historia de la nación.

En este entramado de verdades y mentiras históricas, emerge una pregunta
persistente: ¿qué sucedió verdaderamente con Trujillo y su doble? La trama
se sumerge en las entrañas de la dictadura, exponiendo las fisuras del
poder y las consecuencias nefastas que perduran en el presente de una
sociedad marcada por la sombra del pasado. A medida que Manuel Tejeda
se adentra en su odisea personal, el lector es desafiado a discernir entre la
ficción y la realidad, entre los terrenos movedizos de la literatura y los
desgarradores hechos que conforman la historia vivida.

En un giro magistral, la novela sugiere que la barrera entre la ficción y la
historia es tenue y porosa, insinuando que a veces la realidad misma
supera con creces la imaginación del autor. Manuel Tejeda,
inconscientemente, despierta los espectros del pasado reciente en su
búsqueda incansable de la verdad, pero es el lector quien enfrenta el
desafío de discernir los límites difusos entre la verdad y la invención
literaria.

«El plan Trujillo» se erige como un monumento literario que trasciende las
fronteras entre realidad y ficción, entre el pasado y el presente, entre la
luz y la oscuridad que acecha en lo más profundo del alma humana. Con
una prosa magistral y un entramado narrativo fascinante, esta obra invita
al lector a sumergirse en las complejidades de la historia dominicana y a
cuestionar las verdades incuestionables que conforman la memoria
colectiva de un país marcado por la opresión y la lucha por la libertad. Una
novela que encierra en sus páginas el eco eterno de una época tumultuosa,
donde la redención y la revelación se entrelazan en un baile sin fin.


Carlos Cortés
Escritor.

Entrada anterior

Entrada siguiente

Leave a Reply

Sabiduría y misterio en Marino Berigüete

Por Basilio Belliard

Donde empieza el hombre
Marino Berigüete
Círculo de Poesía, México, 2024

“El ser se disuelve en la nada”. MB.

Si bien la pregunta por el hombre y su ser en el tiempo, parece una cuestión ontológica o una pregunta central en la mente de un filósofo o de un teólogo, no menos cierto es que también puede ser la metáfora esencial del imaginario de un poeta. Preguntarse retóricamente sin esperar respuesta lógica es una forma de pedir peras al olmo. Y es lo que ha tratado de dibujar poéticamente Marino Berigüete (1962) con su libro Donde empieza el hombre  (Círculo de Poesía, México, 2024). Se trata de una pieza de orfebrería lírica y metafísica, que nos remite a una honda sabiduría ancestral y a las preguntas que siempre han inquietado al hombre, como “ser en el mundo”. Berigüete bebe en los manantiales de la tradición de la poesía filosófica y aforística, y en la tradición de la poesía del pensamiento, pero aderezada con los alimentos de la experiencia vital de los sentidos, con visiones sensibles, sedimentadas con su memoria sensorial y con la cotidianidad de las cosas del mundo. Articulado en base a conjunciones y disyunciones, su voz lírica teje el misterio de la vida, entre el tiempo y el espacio, la luz y la sombra. El poeta se pregunta por el hombre ante la angustia no por su destino sino por su origen. Es decir, el génesis antes que el apocalipsis: principio y fin de un diálogo  entre el hombre y la naturaleza, el pensamiento y la vida. El narrador Berigüete, sorprende con este poemario por su madurez no solo creativa sino por su profundidad y por el misterio que encierran sus versos, cargados de ideas y pensamientos. Funda un mundo de palabras que se encabalgan entre el silencio y la voz, y en un soliloquio entre la luz y la sombra del ser, la plenitud y el vacío de la memoria.

Donde empieza el hombre es un viaje a la infancia, recuperada por la nostalgia y la memoria, donde está la fuente de toda sabiduría. Rilke dijo: “La patria es la infancia”. Y no erró, pues es la etapa de la vida humana de la libertad, los sueños y las ilusiones, donde se anidan o incuban las historias y los deseos, que son como los ríos y los mares que flotan en el aire.  O “nuestras vidas que son los ríos que van a parar en la mar, que es el morir”, como dijera hace muchos años Jorge Manrique.        

Berigüete crea un clima de desolación, abulia y pesimismo, un laberinto de la muerte como destino y viaje temporal, entre la voluntad y la memoria, el deseo y  lo inefable, la melancolía y el tedio vitae. Si bien el tiempo es el centro de gravedad de toda metafísica, desde su origen, en este poemario, el tiempo es el protagonista del acto lírico, la piedra angular, que le inyecta e irradia movimiento al presente del poema. Si el tiempo es la esencia de toda metafísica (“o la sustancia de la que estamos hechos”, como dijera Borges), este poemario es esencialmente metafísico. Como la poesía es presente –es decir: tiempo presente, no pasado– el poema pugna entre el instante y la eternidad, como la vida del hombre y del poeta, que se deshace, y cuyo deshacimiento, lo conmueve, entristece y perturba. Si el tiempo es el eje central de esta obra poética, también lo es la muerte. Tiempo y muerte, temporalidad y mortalidad, son pues los ejes gravitacionales en que transcurre. Son los polos magnéticos en que transcurre la órbita cósmica del universo de símbolos que instaura Berigüete en las páginas de este libro. A la oposición binaria tiempo y muerte, agrego otra oposición: ciudad y campo. Oigamos al poeta:

“La ciudad me envuelve con abrazo frío
en su trama de espejos mi imagen se pierde
me devuelvo en la multitud de rostros sin nombre”. (Poema XXXIV, p. 70).

Es poesía de experiencia y de visiones: no libresca, pues se  nutre y alimenta de la vida misma. Está marcada y matizada por la angustia del vivir y los imperativos del tiempo que devora su existencia terrenal. Crea así un clima, una atmósfera de desolación e incertidumbre. La poesía deviene aquí poesía del desencanto y del desengaño del mundo. Se nutre de los elementos de la naturaleza, que son el origen de todo lo existente: el agua, el aire, la luz, el viento, el río, el mar, los árboles, los pájaros, el eco, el silencio y la voz. Poesía de cielo abierto y de espacios; poesía que se alimenta de espacio y de tiempo; poesía que busca develar los secretos del cosmos, del infinito del mundo. Ascenso y descenso, caída hacia arriba: comienzo y fin de las cosas, en un eterno y perpetuo laberinto. Circularidad del ser que anhela eternidad y cuya búsqueda de eternidad, lo atormenta. El poeta aquí aborda poéticamente los grandes temas metafísicos y teológicos que siempre han atormentado e inquietado al hombre: cosmología y cosmogonía, mitología y alquimia. El alma y la ciudad se abrazan en un diálogo de sordos. La ciudad es también otro de los ejes que matiza el dilema existencial del poeta, que se bate entre el cuerpo y el espíritu por explicar el mundo y se resigna, vencido por lo inexorable. Visión y ceguera, búsqueda de la verdad de las cosas a través de la poesía, como querían los románticos y el malogrado John Keats (“La belleza es verdad”), en una aventura estética entre la oscuridad y la luz, la penumbra y la sombra del tiempo: sus reminiscencias y su devenir olvido.

Nacimiento y muerte que no espera resurrección, sino resignación teleológica del ser y su camino de incertidumbre. Marino Berigüete refleja ser un poeta del tiempo. Un sujeto poético dominado por la temporalidad como destino, envejecimiento  y memoria, para quien escribir poesía se ha transformado en oficio de vivir, estilo de vida y porvenir lúdico, que pone en crisis el trabajo. O la vida como oficio que crea la abulia y el tedio vitae. (“Trabajar cansa”, dijo el poeta suicida Cesare Pavese).

La búsqueda y el refugio en la naturaleza y el pasado es una forma de combatir la sociedad y sus normas, y una manera de sobrevivir al caos y a los deseos del cuerpo. En fin, su refugio en la escritura poética es una vía de escape del orden político y sus trivialidades, del mundo ideológico y sus sectarismos; es, también, un camino para ocultarse en el silencio, en la quietud y el reposo del alma. También una opción para superar los vaivenes y avatares de la sociedad y sumergirse en la palabra poética, la lectura y la contemplación de la naturaleza con su orden, belleza, verdad y perfección. Este libro es pues el reflejo de un ser poético autoral que expresa la vida de un cuerpo con alma, en declive natural, que se aproxima a la muerte y al mundo, en lucha contra la eternidad inexpugnable, misteriosa e inexorable. Dice el poeta, en tono filosofante:

“El mundo no está hecho de cosas,
sino de intervalos:
un parpadeo entre dos ausencias,
un puente que duda
si une o separa”.

Y sigue diciendo:

“No caminamos hacia adelante ni hacia atrás:
somos un punto suspendido,
una palabra en el aire
que se disuelve antes de ser pronunciada”.

(Poema XLI, p. 84)

Abundan juegos metafísicos con el tiempo y trampas metafóricas del pensamiento poético. Además, el poeta merodea o bucea en su condición insular. La isleñidad del ser lo persigue, en esta poesía de cariz autobiográfico, que refleja la tragedia de la memoria de su ser. Es la tragedia de toda insularidad, que anhela y sueña con su búsqueda de trascendencia, terrenalidad y ansia de viajar y volar, donde la isla se vuelve cárcel del cuerpo. Hay además un vértigo del instante, una vertiginosidad del tiempo. Y donde los sueños representan los recuerdos y las evocaciones deseantes del viaje de la infancia como renacimiento constante de la memoria, en su batalla tanto contra el olvido como contra la muerte.

“Antes de escuchar cantar el pájaro,
Lo que había escuchado era su vuelo”, dice Beriguete (Poema XXX, p. 64).

La de Berigüete aquí es poesía del desarraigo, del exilio y autoexilio interior de la conciencia poética, del ser que se desgarra en nostalgia del hogar y del suelo nativo. Es decir, este libro se sitúa en las coordenadas  del pensamiento y en la tradición de la poesía del desgarramiento y de la soledad terrenal. De esa soledad que deviene experiencia del desarraigo del ser, atravesado por los fantasmas del pasado y del futuro, que navega en el insomnio de la memoria y la eternidad. Es una poesía que refleja la sabiduría bucólica, ancestral y primitiva de un pueblerino, que se enfrenta a la realidad urbana, con sus demonios, aridez y fantasmas, entre el silencio y la soledad, esa que existe en medio de la muchedumbre.

El poema reflexiona sobre el sueño y el mundo:

“Nos sueña el sueño
y en esa trama indefinible,
somos más completos
que en el mundo de los ojos abiertos”. (Poema XIIX, p. 102).

Búsqueda de la huella del pasado, la poesía es camino como lo es en Octavio Paz. Es decir, una larga caminata reflexiva, que se nutre de espacio y se alimenta de tiempo; que le inyecta aire de movilidad; que le suministra imágenes, en su contemplación encantada y aguda. Aquí la poesía deviene tránsito y trayecto. Un laberinto metafísico: la expresión de un ser extraviado en los caminos del deseo y la voluntad. Un ser solitario, hecho de soledad ontológica intrínseca al hombre, que lo habita y lo persigue, esa soledad que es condición únicamente humana, y que refleja la conciencia temporal de que somos seres que vivimos y morimos solos. Y que es la gran tragedia del espíritu humano: que lo abisma y refugia en la religión, la espiritualidad, la secta o el dogma. Beriguete asume, por consiguiente, la ontología fenomenológica de Heidegger, de que “somos seres para la muerte”.

Con este poemario, Marino Berigüete instala una poética del vacío existencial y de la nada, antes que del ser y su plenitud. Y de las angustias existenciales como representación de la angustia del hombre contemporáneo, desde una sensibilidad poética y un imaginario metafísico. Oigamos de nuevo la voz del poeta:

“Y mientras esa mano invisible
explora mis entrañas,
yo caigo,
me disuelvo en la nada,
dejando atrás
el peso inútil del ser,
y en ese desvanecimiento
tal vez,
por fin,
encuentre
la paz de vacío”. (Poema XXXVIII, p. 80).

Este libro es una elegía de 54 estrofas. Son a la vez cantos, que representan un discurso poético articulado y pensado, desde la experiencia, del vacío y la conciencia de un sujeto lírico y sensible al mundo actual, con sus miedos, angustias, psicosis y neurosis. Escrita a la medida y forma de su carácter y su temperamento. También a su destino;  y donde la guerra sirve de telón de fondo de sus preocupaciones angustiosas del devenir humano. Hay una nueva tierra baldía, una tierra yerma, un páramo sombrío como el que vislumbró T. S. Eliot en La tierra baldía y Los hombres huecos, lo que ha percibido Berigüete y que nos presenta como un presente oscuro, laberíntico y sin fin. Así, vemos ecos, recuerdos y visiones de su región nativa, del sur profundo, árido, sin lluvia y seco, y que evoca como memoria nostálgica de su infancia en Barahona. La suya es escritura con libertad imaginaria, que expresa el fluir del pensamiento poético, en su temporalidad sensible y como encarnación del espacio. Diálogo con el silencio, comunión con la soledad, Marino Berigüete nos sorprende con esta poética y con este libro tardío, pero de madurez, que ha escrito desde la experiencia del recuerdo y la prefiguración del presente. Entre la palabra y el silencio transcurren su obra y su escritura, tejida de visiones y elucubraciones, evocaciones simbólicas y ensoñaciones solitarias del ser como persona y como yo desgarrado y angustiado, en el laberinto de su sombra. Escritura de la vigilia con los ojos cerrados. Escritura de la ensoñación, que canta en claves metafísicas a los misterios del tiempo, de la vida y de la muerte. Berigüete pinta un mundo donde todo se desmorona, un tiempo social y un espacio humano, que se deshace en la sombra, en las grietas de la nada. Dibuja una civilización y un paisaje ontológico perdido en el círculo cerrado de la soledad y la destrucción de un mundo egregio, ilustre y más humano. Percibe así, poéticamente, un universo sombrío, un mundo muerto, asesinado por los demonios que habitan los bajos instintos del espíritu humano. Este poeta ha escrito este libro desde la experiencia del desarraigo y la tentación del tormento de su espíritu y desde su memoria personal, infantil y adulta.  

En síntesis, el poeta Marino Beriguete ha escrito una épica de este tiempo, una epopeya trágica del hombre, de matiz homérico, que nos deja sin palabras, sin aliento y sumergido en la perplejidad, el vacío, el silencio, y aun en la duda. Es una poesía que nos arrebata las palabras porque nos hiela la sangre y nos paraliza la conciencia. Nos insta a perder la fe en el hombre porque ha matado a dios –como bien lo vislumbró Nietzsche. Beriguete ve, en efecto, en cambio, al hombre nacer en las palabras, en el viento, en la nada, en la mente, en la naturaleza, y más aún, lo descubre en el sueño del tiempo y en el vacío del mundo.

Tras un largo canto en 54 estrofas, de meditaciones y cavilaciones  metafísicas, en tono épico y claves filosóficas, el poeta Berigüete se pregunta, como epílogo y colofón:

“Y por fin, ¿dónde nace el hombre?
¿En las palabras que se ahogan
antes de ser pronunciadas,
en ese filo del silencio
que corta la lengua
y de una herida invisible”.

Y sigue preguntando:

“O nace en el pliegue del viento
que nunca supimos escuchar,
o en la nada que se escurre
por las grietas de mundo?”

El poeta duda y vacila. Y continúa sus afirmaciones, monólogos y diálogos consigo mismo y con el lector.

“Tal vez nace en la mente
que sueña sin saberlo,
donde cada idea es
una hoja que cae sin tocar el suelo.
O quizá nace
en la naturaleza que camina
entre nosotros, sin sombra,
sin ruido, sin ojos, sin manos,
como un secreto en la piel de los arboles
o debajo del vaivén de las aguas
donde los peces nacen y desparecen.
Es el hombre quizá un sueño
que la noche trenza con hilos de niebla.
O es la chispa que cruza el firmamento
en el borde del tiempo, esperando
que el vacío la reclame.
Dime tú
revela la verdad a esta hora,
cuando la magia de la palabra
cae sobre mi cabeza
como una lluvia invisible
que arrastra significados
hacia este papel en blanco.
El lápiz de tinta verde
rueda como un signo incierto,
dibujados caminos que no conozco,
se detiene en  límite
que no se si cruzar.
Tal vez el hombre nace
en la palabra no escrita,
en el hueco de un verso
que no se ha revelado aun.
Tal vez no nace en la carne,
ni en el aire,
sino en ese espacio entre ser
y no ser,
en el borde mismo del pensamiento
que se esfuma al ser pensado.
Y tal vez, lector,
Tú tengas la respuesta a mis preguntas.
Dime tú,
donde empieza el hombre.
En ti
¿o en mí
que no tengo respuesta?”

(Poema LIV, p. 109-110).          

Marino Berigüete – Dossier

Aunque estudió abogacía, el dominicano Marino Berigüete ha desarrollado su vida también como narrador, poeta, diplomático y periodista. A lo largo de su trayectoria ha combinado la creación literaria con el servicio público, la docencia universitaria y la diplomacia, convirtiéndose en una figura destacada de las letras dominicanas contemporáneas. En el ámbito literario, Berigüete comenzó a escribir desde muy joven y ha cultivado la poesía, el cuento, la novela y el ensayo. Su obra suele explorar la memoria, la identidad dominicana, la historia nacional, las tradiciones populares y el paisaje del sur del país, especialmente de Barahona, su región natal

Continuar leyendo «Marino Berigüete – Dossier»

Marino Berigüete, a modo de biografía

Marino Berigüete es un escritor, poeta, abogado y diplomático de la República Dominicana, nacido el 9 de julio de 1962 en Barahona. A lo largo de su trayectoria ha combinado la creación literaria con el servicio público, la docencia universitaria y la diplomacia, convirtiéndose en una figura destacada de las letras dominicanas contemporáneas.

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), realizó un posgrado en Procedimiento Civil y posteriormente obtuvo maestrías en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU). Antes de incorporarse al servicio diplomático ejerció la abogacía y la consultoría jurídica, especialmente en el ámbito empresarial y turístico. Desde 2005 pertenece a la carrera diplomática dominicana y ha desempeñado funciones como embajador de la República Dominicana en Paraguay, Honduras y Belice. También ha sido decano de la Escuela de Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas de la Universidad del Caribe (UNICARIBE) y profesor de Derecho Diplomático, Derecho Internacional y otras disciplinas jurídicas.

En el ámbito literario, Berigüete comenzó a escribir desde muy joven y ha cultivado la poesía, el cuento, la novela y el ensayo. Su obra suele explorar la memoria, la identidad dominicana, la historia nacional, las tradiciones populares y el paisaje del sur del país, especialmente de Barahona. Entre sus libros más conocidos figuran Mujeres (poesía), 13 cuentos supersticiosos del Sur, Odas a Barahona, Secretos y soledades, El Plan Trujillo, Señales de voces, Melissa y el árbol y, entre sus publicaciones más recientes, Tras la puerta.

Su novela El Plan Trujillo es considerada una de sus obras más relevantes. En ella reconstruye, desde la ficción histórica, aspectos relacionados con la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, combinando investigación, memoria y recursos narrativos para reflexionar sobre el peso del pasado en la sociedad dominicana.

Además de su labor como escritor, Marino Berigüete ha sido conferencista en universidades e instituciones de América y Europa, miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y articulista en diversos medios de comunicación. Su carrera diplomática le ha valido importantes distinciones, entre ellas la Orden Nacional del Mérito en grado de Gran Cruz, otorgada por Paraguay, y la Orden José Cecilio del Valle, concedida por Honduras, en reconocimiento a su contribución al fortalecimiento de las relaciones entre esos países y la República Dominicana.

Aprendí que una novela no termina cuando el autor cree haber escrito la última página

ENTREVISTA AL ESCRITOR DOMINICANO MARINO BERIGÜETE

Aunque hace casi 30 años publicaste tus «13 cuentos supersticiosos del Sur» y en los últimos años te has dedicado mayormente a la poesía, quiero que me hables de la génesis de «El hombre que vuelve». ¿Cómo nació en ti la idea de esta novela?

Una novela nunca nace el año en que se escribe. Antes de llegar al papel pasa años buscando su lugar en la memoria. La mía comenzó durante mi misión como embajador en Honduras. Allí escribí un poema titulado “El hombre que regresa”. En ese momento no sabía que aquellas páginas abrían el camino de una novela. Desde que salí de Barahona para estudiar en Santo Domingo llevaba conmigo el deseo de volver a mí pueblo. La vida tomó otro rumbo, conocí a mi esposa y ese regreso quedó aplazado. Murió mi abuela y solo permaneció mi madre. Una noche soñé que la ciudad me había derrotado. Desperté y escribí el primer párrafo. Recordé los viajes en autobús hacia el sur para pasar las vacaciones universitarias y seguí escribiendo durante meses. En 2020 llegó la pandemia del COVID-19 y el manuscrito quedó en silencio. En 2023 regresé a esas páginas. Ya no escribía con la prisa de terminar un libro, sino con la necesidad de entender por qué había esperado tanto para contar esa historia. Después la dejé reposar varios meses. La concluí en octubre de 2025. Al cerrar la última página comprendí que no había escrito una novela sobre el regreso. Había escrito la historia de un hombre que nunca dejó de volver, aun cuando la vida lo llevaba siempre por otros caminos.

Aunque parezcan temas diferentes, mundos diferentes, yo veo muchos puntos de contacto en cuanto a preguntas sobre la condición humana, sobre las razones de la existencia humana, entre «El hombre que vuelve» y «13 cuentos supersticiosos del Sur». ¿Has pensado alguna vez en eso?

Amir, el sur es supersticioso. Quien nace allí aprende muy pronto que toda vida conserva un lugar al que desea regresar. El mío sigue siendo el mismo que conocí cuando empecé a escribir a los diecisiete años. Han pasado las décadas y yo he envejecido, pero ese territorio permanece. Siguen allí las calles de mi infancia, la casa donde crecí, los primeros cuentos del sur, los temores y los sueños que todavía acompañan mis páginas. Cuando escribí El hombre que regresa quise apartarme de la narración lineal. Siempre he pensado que el sur, mi región, vive una realidad donde conviven lo cotidiano, las creencias populares y una antigua tradición religiosa. Mucho antes de que Alejo Carpentier formulara la idea de lo real maravilloso, Sócrates Nolasco ya había contado historias nacidas de ese mundo. La cercanía con Haití, la memoria de los cañaverales y las creencias transmitidas de generación en generación forman parte de nuestra manera de entender la vida.

Quise que esa atmósfera macondiana estuviera presente en la novela, no como un adorno, sino como una forma de acercarla a mi pueblo y a mi región. También recurrí a una técnica que vuelve sobre algunas escenas. Cada repetición incorpora un detalle nuevo para que el lector descubra algo que antes permanecía oculto. Ese movimiento sostiene el ritmo de la narración y acompaña el modo en que los recuerdos regresan a la memoria.

Pero mi propósito principal era otro. Quería escribir una novela existencialista. Me interesaba mostrar la rutina de un hombre que siente que ha perdido casi todo y que debe seguir viviendo con el peso de sus ausencias. Con los años comprendemos que la soledad no llega de golpe. Se instala poco a poco, a medida que desaparecen quienes compartieron nuestra vida. Los amigos mueren, los familiares parten y el mundo empieza a vaciarse sin hacer ruido. Sin embargo, quienes ya no están continúan viviendo mientras alguien conserve su recuerdo. Solo desaparecen por completo cuando también muere el último que podía nombrarlos. Esa certeza acompañó cada página de la novela y explica, quizá mejor que cualquier otra razón, por qué sentí la necesidad de escribirla.

Aunque el lector seguro lo notará, en nuestro reciente encuentro en República Dominicana, donde nació mi idea de publicar El hombre que vuelve en Ilíada Ediciones, me confesaste que tomaste como modelo y, además, quisiste rendir un homenaje a esa inmensa novela que es «Pedro Páramo», de Juan Rulfo.

Cuando leí Pedro Páramo tuve la impresión de estar recorriendo un pueblo del sur antes de llegar a Barahona. Desde entonces comprendí que cada escritor termina levantando un territorio propio. Juan Rulfo encontró el suyo en Comala, inspirado por los recuerdos de San Gabriel. Yo siempre he sentido que Barahona ocupa ese lugar en mi literatura. Allí regresan mis personajes, mis preguntas y la memoria que alimenta mis libros.

No es un camino nuevo. Gabriel García Márquez creó Macondo. William Faulkner imaginó Yoknapatawpha. Juan Carlos Onetti levantó Santa María. Todos partieron de un lugar conocido para construir un espacio literario donde sus historias pudieran respirar con libertad. Ellos forman parte de mis lecturas y Faulkner, en particular, ha sido uno de mis maestros.

Siempre he pensado que Juan Rulfo conoció Spoon River, la antología de Edgar Lee Masters. En ese libro hablan los muertos y, a través de sus voces, aparece la vida completa de una comunidad. En Pedro Páramo ocurre algo que produce una impresión semejante, aunque cada autor encuentra su propio camino.

Si me preguntas por qué esos pueblos se parecen, mi respuesta es sencilla. En casi toda América Latina el sur comparte una misma experiencia. El calor, la tierra, el trabajo y el aislamiento han moldeado el carácter de sus habitantes. Quien nace allí aprende temprano a resistir las pérdidas, a convivir con las creencias heredadas y a conservar la memoria de quienes ya no están. Tal vez por eso, cuando escribimos sobre nuestro pueblo, también terminamos escribiendo sobre muchos otros pueblos del sur.

En tu novela el protagonista, jubilado ya, regresa a la casa donde vivió su infancia. Pero es un regreso que, en todos los sentidos, tiene el espíritu de la conquista, de retomar un mundo perdido. Sin embargo, él es quien resulta conquistado y, lejos de encontrar las respuestas que busca, lo acosan antiguas y nuevas preguntas sobre su propia responsabilidad en haber perdido ese mundo. Al terminar la novela me dije: como en otras grandes novelas, esta novela es una búsqueda ontológica del ser que me recuerda mucho el «Dasein» (el ser humano como el único ente que puede preguntarse por su propia existencia) de Martin Heideger. ¿Me equivoco?

No te equivocas. Esa lectura está muy cerca de lo que quise escribir. Desde el principio me interesó menos el regreso físico que el regreso interior. Mi personaje vuelve a la casa de su infancia creyendo que encontrará un lugar intacto, pero descubre que el tiempo también transforma aquello que parecía permanecer. Lo que cambia no es solo el pueblo; cambia, sobre todo, quien regresa.

Quise escribir una novela existencialista. Me interesaba un hombre que, al llegar a la vejez, descubre que las preguntas importantes no desaparecen con los años. Al contrario, se vuelven más insistentes. Regresa para entender qué ocurrió con su vida, con sus afectos y con las decisiones que fue tomando. Poco a poco comprende que nadie pierde un mundo únicamente por culpa del tiempo. También lo pierde por las renuncias que acepta, por los caminos que elige y por los silencios que deja crecer con conversaciones con sus muertos.

Si te recuerda el “Dasein” de Heidegger, lo recibo con gratitud, aunque no escribí la novela para ilustrar una tesis filosófica. Mi punto de partida fue la experiencia humana. Me interesaba mostrar a un hombre que, cuando ya casi todos los que conoció han muerto, se queda frente a sí mismo. En ese momento ya no puede ocultarse detrás del trabajo, de la familia ni de las obligaciones. Solo le queda preguntarse quién ha sido realmente y qué sentido tuvieron sus actos. Si valió la pena irse del pueblo.

Por eso el regreso termina siendo una forma de conocimiento. El protagonista no conquista el pueblo; es el pueblo quien lo obliga a mirarse con una sinceridad que había evitado durante años. Creo que esa es la verdadera travesía de la novela. No busca recuperar el pasado, porque el pasado no vuelve. Busca comprender la propia existencia antes de que el tiempo cierre definitivamente la posibilidad de hacerlo.

Toda obra literaria, de muchos modos, es un reflejo de las vivencias de su autor, ya sean por su propia vida o por ese modo en que los escritores beben de la experiencia vital de otras personas. ¿Qué hay en «El hombre que vuelve» del ser humano que es Marino Berigüete?

Todo, Amir. El protagonista contiene mucho de mi vida y de mis propias inquietudes. Naturalmente, la novela incorpora personajes, situaciones y recursos de la ficción para darle consistencia y fuerza narrativa. Pero, en su esencia, es una proyección de lo que imagino que podría ser mi propio regreso dentro de algunos años, cuando muchos de los que hoy forman parte de mi vida ya no estén. No escribí una autobiografía; escribí una novela. Sin embargo, las preguntas que atraviesan al protagonista, sus dudas, sus nostalgias y su necesidad de comprender el sentido de su existencia son también las mías. Quizá por eso siento que es el personaje que he escrito más cercano a mi propia vida.

Hablemos de la construcción de los tres personajes femeninos protagónicos: esa esposa fallecida (que regresa recurrentemente en un único recuerdo: el momento en que se conocieron) y las figuras entrañables de la madre y la abuela. Son espíritus, pero están tan o más vivos que el protagonista. Y aquí veo otras de las claves psicológicas de tu novela porque en el filósofo Carl Gustav Jung el «anima» representa la imagen inconsciente de lo femenino en la psique masculina. Sabiendo que eres un lector voraz de filosofía, dudo mucho que esa sea solo una coincidencia.

No lo creo, Amir. Hay lectores que encontrarán esa resonancia con Jung, y no me parece una interpretación forzada, porque toda gran novela termina dialogando con ideas que muchas veces exceden la intención de su autor. Pero, en mi caso, el origen de esos tres personajes no nace de una construcción filosófica deliberada, sino de la memoria y de la experiencia humana.

Mi esposa aparece siempre en un único recuerdo, el instante en que nos conocimos en la universidad, porque entendí que el amor verdadero no necesita muchas escenas para permanecer vivo. Hay momentos que contienen una vida completa. Ese primer encuentro basta para que el protagonista la sienta presente durante toda la novela. Su ausencia física hace más intensa esa permanencia interior.

La madre y la abuela pertenecen a otro territorio. Ellas representan el origen, la casa, la infancia, la educación sentimental y moral. Aunque han muerto, continúan habitando la conciencia del protagonista porque hay personas que nunca abandonan realmente nuestra vida. Cambia su forma de acompañarnos, pero no desaparecen. Por eso el regreso al pueblo es también un regreso hacia ellas. No vuelve únicamente a una casa; vuelve al lugar donde todavía escucha sus voces y reconoce el sentido de lo que fue.

Si un lector quiere ver en esas tres mujeres la manifestación del anima junguiana, me parece una lectura legítima y enriquecedora. Sin embargo, mientras escribía nunca pensé en convertirlas en la representación de un concepto filosófico. Pensé en tres mujeres concretas que sostienen la identidad del protagonista desde lugares distintos: el amor compartido, la maternidad y la memoria familiar.

Quizá la filosofía aparece después, cuando el lector observa la obra terminada. Yo escribo desde la vida; luego la filosofía encuentra, si puede, un modo de explicar aquello que la literatura ya había intuido. Tal vez por eso esas tres mujeres parecen más vivas que el propio protagonista: porque él regresa buscando una casa y termina descubriendo que quienes verdaderamente conservan su identidad no son los vivos, sino aquellos que siguen habitando su memoria.

Hay un leitmotiv en la novela que llamará mucho la atención de cualquier lector: el protagonista, al visitar la tumba de su madre en el cementerio empezará también a descubrirse a sí mismo gracias a que allí, cerca de donde yacen sus seres queridos, está la tumba de un niño. No quiero dar detalles de esa extraña pero enriquecedora relación, que en cierto momento también involucrará a la madre del personaje, pero veo aquí otro guiño filosófico… en esta ocasión a Friedrich Nietzche cuando en su clásico «Así habló Zaratustra» presenta a la niñez como la última de las tres metamorfosis del espíritu (el niño para Nietzche no simboliza inmadurez, sino creatividad, capacidad de comenzar de nuevo y afirmación de la vida. No es un llamado a volver a la infancia biológica, sino a recuperar ciertas cualidades), que es justo lo que parece buscar desesperadamente tu personaje.

No me parece una lectura descabellada. Al contrario, me gusta cuando un lector encuentra en una novela capas que el propio autor no se propuso construir de manera consciente. Nietzsche forma parte de mis lecturas en el doctorado que recién acabo de concluir, pero mientras escribía no pensé en ilustrar la tercera metamorfosis de Así habló Zaratustra.

La tumba del niño nació por una razón mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más humana. El protagonista regresa al cementerio buscando a su madre y a su abuela, es decir, buscando el pasado. Sin embargo, ese niño desconocido termina obligándolo a mirar algo distinto: la fragilidad de la vida, aquello que nunca alcanzó a desarrollarse y la pregunta inevitable sobre todo lo que pudo haber sido. Ese descubrimiento modifica su manera de mirar también a su madre y, finalmente, de mirarse a sí mismo.

No quise convertir a ese niño en un símbolo cerrado. Preferí que fuera una presencia abierta, capaz de despertar preguntas diferentes en cada lector. Para unos será la inocencia perdida; para otros, la interrupción injusta de una vida; para otros, la posibilidad de un nuevo comienzo. La literatura gana cuando no obliga a una única interpretación.

Si alguien encuentra allí la idea nietzscheana del niño como la capacidad de empezar de nuevo, me parece una lectura perfectamente posible. Después de todo, mi protagonista no vuelve al pueblo para recuperar el pasado tal como fue, porque eso es imposible. Regresa para comprender quién es cuando ya casi todo lo que sostenía su existencia ha desaparecido. Ese viaje exige despojarse de muchas certezas y volver a hacerse preguntas esenciales.

Tal vez por eso el cementerio termina siendo uno de los lugares más vivos de la novela. Allí el protagonista deja de dialogar únicamente con sus muertos y comienza a dialogar consigo mismo. Y si en ese proceso aparece el niño de Nietzsche, no será porque yo lo coloqué deliberadamente en esas páginas, sino porque la literatura, cuando nace de una experiencia verdadera, suele encontrarse con la filosofía en el mismo lugar donde ambas intentan responder la misma pregunta: qué significa, realmente, volver a empezar.

Pero debo de confesarte que la tumba existe al lado de la de mi abuela en Barahona, y me extrañó un día cuando fui a visitarla que tenía ese pequeño juguete encima.

Otro detalle singular: la casa no es solo decoración escenográfica, no es un espacio muerto; la casa son recuerdos, sensaciones, riquezas perdidas que el protagonista irá reconquistando, al tiempo que es reconquistado él mismo… una casa viva que interactúa con el personaje… y aquí otra vez aparece ese Nietzche que en «La gaya ciencia» y otros de sus libros habla del amor fati («amor al destino»: la invitación no solo a aceptar lo que ocurre, sino a quererlo como parte inseparable de la propia vida). Dicho todo esto, esa casa de «El hombre que vuelve» ¿qué es para Marino Berigüete?

No escribí esta novela pensando en ilustrar ninguna corriente filosófica. Es verdad que he leído a Nietzsche, a Heidegger, a Jung y a muchos otros pensadores, pero cuando uno escribe una novela no está pensando en demostrar una tesis. Si eso ocurriera, dejaría de escribir literatura para escribir filosofía.

La casa nació de un lugar mucho más íntimo. Para mí, una casa nunca es solamente un conjunto de paredes. Es el sitio donde aprendemos a mirar el mundo, donde escuchamos las primeras voces, donde conocemos el amor, el miedo, las pérdidas y también la felicidad más sencilla. Cuando abandonamos esa casa, creemos que la dejamos atrás, pero en realidad ella sigue viviendo dentro de nosotros.

Por eso, en la novela, el protagonista cree que regresa para recuperar una casa, cuando en realidad la casa termina recuperándolo a él. Cada habitación, cada objeto, cada silencio le devuelve una parte de sí mismo que había quedado enterrada bajo los años, el trabajo, la ciudad y la rutina. La casa no habla, pero recuerda. Y al recordar, obliga al protagonista a enfrentarse con la persona que fue y con la que ha llegado a ser.

Si un lector encuentra en ese recorrido una cercanía con el amor fati de Nietzsche, me parece una lectura válida. Pero no fue un punto de partida para escribir la novela. Fue, si acaso, un punto de llegada que otro lector puede descubrir. Yo simplemente intenté contar la historia de un hombre que comprende que no puede cambiar su pasado, pero sí reconciliarse con él.

¿Qué representa esa casa para mí? Representa el origen. Ese lugar al que todos volvemos alguna vez, aunque sea únicamente con la memoria. Porque llega un momento en la vida en que uno descubre que la verdadera patria no es un país ni una ciudad, sino la casa donde comenzó a entender quién era. Y quizá esa sea la única conquista posible: regresar a ese lugar, aceptar todo lo vivido —lo bueno y lo doloroso— y comprender que sin esa historia tampoco seríamos quienes somos.

En esa casa hoy hay un hotel, se llama El Loro Tuerto.

Finalmente, ¿en qué proyectos literarios andas actualmente?

Antes de pensar en los libros publicados, pienso en los que todavía me exigen tiempo. Es una etapa distinta de mi vida. Ya no escribo con la ansiedad de demostrar nada, sino con la paciencia de quien entiende que cada obra necesita su propio ritmo. Hay manuscritos que avanzan con rapidez y otros que permanecen meses esperando una palabra, una lectura o una experiencia que los complete.

En este momento tengo sobre mi mesa dos libros de poesía, cada uno integrado por setenta poemas. Son proyectos diferentes, escritos desde registros distintos, pero ambos nacieron de la misma convicción: la poesía sigue siendo el lugar donde regreso para entender lo que no consigo explicar de otra manera.

También trabajo en dos novelas que aún no he dado por concluidas. Aprendí que una novela no termina cuando el autor cree haber escrito la última página, sino cuando los personajes dejan de reclamarle cambios. Hasta que eso no ocurre, prefiero seguir escuchándolos.

A esos proyectos se suman dos libros de ensayos literarios. Siempre he sentido que leer y escribir forman parte del mismo oficio. Los ensayos son mi manera de conversar con los autores que me han acompañado durante décadas y de reflexionar sobre la literatura desde la experiencia del escritor y del lector.

Pero, si debo decir dónde está hoy concentrada la mayor parte de mi energía, la respuesta es clara: en mi tesis doctoral en Filosofía. Es el trabajo que ocupa mis días y mis noches. Allí convergen muchas de las preguntas que han atravesado mis novelas, mis poemas y mis artículos. No la concibo como un ejercicio académico aislado, sino como otra forma de seguir buscando respuestas.

Al final, todos esos libros, terminados o inconclusos, participan de una misma travesía. No compiten entre sí. Se acompañan. Cada página escrita alimenta a las demás. Y mientras la vida me conceda el privilegio de seguir leyendo, pensando y escribiendo, siempre habrá un manuscrito abierto sobre mi escritorio esperando el comienzo de una nueva jornada.

Una recomendación para los amantes de la poesía cubana


  • Espejo de paciencia – Silvestre de Balboa (1608)
  • Poesías – José María Heredia (1825)
  • Hojas al viento – Julián del Casal (1890)
  • Versos sencillos – José Martí (1891)
  • Rimas – Juana Borrero (1895)
  • La zafra – Agustín Acosta (1926)
  • Surco – Manuel Navarro Luna (1927)
  • Versos Precursores _ José Manuel Poveda (1927)
  • Songoro Cosongo – Nicolás Guillén (1931)
  • La pupila insomne – Rubén Martínez Villena (1936)

Más allá canta el mar – Regino Pedroso (1939)

  • Enemigo rumor – José Lezama Lima (1941)
  • Nuestra señora del mar – Emilio Ballagas (1943)
  • La isla en peso – Virgilio Piñera (1943)
  • Oásis – José Ángel Buesa (1943)
  • Viaje al sueño – Rafaela Chacón Nardi (1948)
  • En la Calzada de Jesús del Monte – Eliseo Diego (1949)
  • Al sur de mi garganta – Carilda Oliver Labra (1949)
  • Conversación a mi padre – Eugenio Florit (1949)
  • Las miradas perdidas – Fina García Marruz (1951)

  • Patrias – Roberto Fernández Retamar (1951)
  • Gradual de laúdes – Ángel Gaztelu (1955)
  • Poesía, Revolución del Ser – José A. Baragaño (1960)
  • El grito – José Mario (1960)
  • Libro de Rolando – Rolando T. Escardó (1961)
  • La pedrada – Fayad Jamis (1962)
  • La piedrafina y el pavorreal – Miguel Barnet (1963)
  • El libro de los héroes – Pablo Armando Fernández (1964)
  • Memorial de un testigo – Gastón Baquero (1966)
  • Cabeza de zanahoria – Luis Rogelio Nogueras (1967)

  • Primer libro de la ciudad – César López (1967)
  • Richard trajo su flauta – Nancy Morejón (1967)
  • Vivir es eso – Manuel Díaz Martínez (1967)
  • Fuera del juego – Heberto Padilla (1968)
  • Juego de damas – Belkis Cuza Malé (1968)
  • Lenguaje de mudos – Delfin Prats (1968)
  • Entre, y perdone usted – Jesús Orta Ruiz “El Indio Naborí” (1973)
  • Sola… Desnuda… Sin nombre – Maya Islas (1974)
  • Big Bang – Severo Sarduy (1974)
  • Y así tomaron posesión en las ciudades – José Kozer (1978)

  • Viejas palabras de uso – Ángel Escobar (1978)
  • La aguja en el pajar – Marilyn Bobes (1979)
  • Rueda del exiliado – Nivaria Tejeda (1983)
  • Agradecido como un perro – Rafael Alcides (1983)
  • Para un cordero blanco – Reina María Rodríguez (1984)
  • El pasado del cielo – Ramón Fernández Larrea (1985)
  • El buen peligro – Reinaldo García Ramos (1987)
  • Todas las jaurías del rey – Alberto Rodríguez Tosca (1987)
  • Animal civil – Raúl Hernández Novás (1987)
  • Platea a oscuras – Wendy Guerra (1987)

  • Tratado de licantropía – Rodolfo Häsler (1988)
  • Grande es el tiempo – Georgina Herrera (1989)
  • Donde se dice que el mundo es una esfera que dios hace bailar sobre un pingüino ebrio – María Elena Hernández Caballero (1989)
  • La noche – Excilia Saldaña (1989)
  • El correo de la noche – Frank Abel Dopico (1990)
  • El retorno del maestro – Raúl Ferrer (1990)
  • El encanto perdido de la felicidad – Emilio García Montiel (1991)
  • El ángel agotado – María Elena Cruz Varela (1991)
  • Hemos llegado a Ilión – Magali Alabau (1992)
  • El camión verde – Alberto Sicilia (1994)

  • Un libro raro – Liudmila Quincoses (1995)
  • Cuarto de mala música – Alexis Díaz Pimienta (1995)
  • Vagón para fumadores – Zoé Valdés (1996)
  • Revelaciones atado al mástil – Francis Sánchez (1996)
  • Hotel Central – Sifredo Ariel (1998)
  • El vino del error – Teresa Melo (1998)
  • Perros ladrándole a Dios – Carlos Esquivel (1998)
  • Insomnios en la noche del espejo – Odette Alonso Yodú (1999)
  • De los ínferos – Jorge Luis Arcos La Rosa (1999)
  • La vasta lejanía – Agustín Labrada Aguilera (2000)

  • El tiempo afuera – José Abreu Felippe (2000)
  • Diez sonetos ocultos – Ángel Cuadra (2000)
  • Inferno – Reinaldo Arenas (2001)
  • Libro de Jóveno – Rafael Almanza (2003)
  • Sagradas pasiones – Arístides Vega Chapú (2005)
  • Synergos _Roberto Manzano Díaz (2005)
  • Asiento en las ruinas – Antonio José Ponte (2005)
  • Cuaderno blanco – Rolando Sánchez Mejía (2005)
  • Vidas y oficios. Los poemas de la cárcel – Raúl Rivero (2006)
  • Las noches del cuervo – Isel Rivero (2007)

  • Los conjuros del lirio – León Estrada (2008)
  • El contragolpe (y otros poemas horizontales) – Juan Carlos Flores (2009)
  • La patria es una naranja – Félix Luis Viera (2010)
  • Otros filos del fuego – Heriberto Hernández (2010, póstumo)
  • Escribir la noche – Ileana Álvarez (2010)
  • País de fondo – Rafael Vilches Proenza (2011)
  • Las pulsaciones de la derrota – Damaris Calderón (2012)
  • Vías de extinción – Antón Arrufat (2014)
  • Ánima vágula – Lourdes Gil (2014)
  • Buscar la lengua – Néstor Díaz de Villegas (2015)

  • La hora de despertarnos juntos – Alberto Garrido (2015)
  • Nada puedo enmendar de aquellos miércoles – Manuel Vázquez Portal (2016)
  • Despegue – Víctor Rodríguez Núñez (2016)
  • El frío de vivir – Sergio García Zamora (2017)
  • Esto es un disco de vinilo donde hay canciones rusas para escuchar en inglés y viceversa – Reinaldo García Blanco (2017)
  • Miami Century Fox – Legna Rodríguez Iglesias (2017)
  • País de la Siguaraya – Jamila Medina (2017)
  • Días de hormiga – Martha Luisa Hernández Cadenas (2018)
  • Bocaciega – Soleida Ríos (2018)
  • La catedral de la mujer – Gleyvis Coro Montanet (2025)

Otros poemas mencionados que no obtuvieron la mayoría de votos para entrar entre los 100:

  • Amores montaraces (Camilo y Estrella) – Chanito Isidrón (1938)
  • A golpe de maracas: poemas negros en papel mulato – Félix B. Caignet (1950)
  • Poemas del hombre común – Domingo Alfonso (1965)
  • Cambio de impresiones – Guillermo Rodríguez Rivera (1966)
  • Prisionero de Castro – Armando Valladares (1979)
  • Las islas y las luciérnagas – Jesús Cos Cause (1981)
  • Los ojos sobre el pañuelo – Víctor Casaus (1982)
  • Donde estoy no hay luz y está enrejado – Jorge Valls (1983)
  • Cordeles de humo – Alberto Serret (1987)
  • Los espacios llenos – Orlando Rossardi (1991)
  • Viendo los autos pasar hacia Occidente -Edel Morales (1994)
  • El amor de los pupitres – Felix Guerra (1994)
  • A la sombra de los muchachos en flor – Nelson Simón (2001)
  • El maquinista de Auschwitz – Víctor Fowler (2004)
  • Los malos inquilinos – Oscar Cruz (2006)
  • El idiota entre las hierbas – Dolan Mor (2010)
  • El libro de los sentidos – Caridad Atencio (2010)
  • Las fundaciones – Rito Ramón Aroche (2012)
  • Vidas de Gulliver – León de la Hoz (2012)
  • Hábitat – Joaquín Gálvez (2013)
  • Los cuervos y la infamia – Félix Anesio (2017)
  • Al cielo dividido – Miladis Hernández Espinosa (2023)

Entender Cuba: 100 libros de poesía

Una recomendación para los amantes de la poesía cubana

La jungla – Wifredo Lam (1943)

Proponer un listado de libros que indiquen los rumbos de la poesía cubana…

Por su complejidad, esta idea había quedado aparcada. Como explicamos en dossier similar sobre las novelas (Entender Cuba: 100 novelas – 100 Autores, publicado en nuestro número 65 del 2023) durante los casi dos años de pandemia del COVID-19 lanzamos a nuestros lectores (mayormente a los cubanos) un reto singular: ¿qué 20 novelas cubanas del siglo XX y XXI recomendarías a un lector no cubano que quisiera entender Cuba, su historia, su cultura, su sociedad?…

Hicimos lo mismo con la poesía, en este caso con lectores y escritores cubanos amigos de OtroLunes y aprovechando los intercambios con fieles seguidores de nuestra revista hasta 2025… pero ahora con la pregunta: ¿qué poemarios de autores cubanos consideras que han dejado una huella en la literatura cubana, ya sea en el aspecto de la historia literaria, el desarrollo de las promociones o generaciones poéticas y las corrientes literarias, e incluso los modismos, sin que importe qué circunstancias marcaran esa huella? Insistimos en hacerles entender a los participantes en esta idea que no se trataba, en ningún caso, de una selección para determinar ningún tipo de supuesta superioridad poética si no de impacto poético, ya fuera en el entorno literario o en el ámbito de lectores, aunque sabíamos que posiblemente el resultado apuntaría a libros de algún modo u otro «importantes» en la historia del género.

Bajo ese criterio recibimos la mención de un total de 142 poemarios, de los cuales seleccionamos 100 atendiendo al número de propuestas que tenían.

Como dijimos en nuestro dossier anterior dedicado a la novela, OtroLunes desea aclarar que este listado no apunta a ninguna selección de canon, no responde a ningún interés de priorización generacional, ni tampoco a la valoración de la literatura escrita en la isla o la diáspora. Y como en todo listado, seguramente se encontrarán muchas ausencias.


100 poemarios cubanos – Siglos XVII al XXI

Una recomendación de los lectores cubanos de OtroLunes

100 Novelas – 100 Autores de Cuba


A la pregunta: «¿qué 20 novelas cubanas del siglo XX y XXI recomendarías a un lector no cubano que quisiera entender Cuba, su historia, su cultura, su sociedad?», 100 lectores, conocedores de la literatura cubana, muchos de ellos promotores en redes sociales de la creación literaria cubana, propusieron la siguiente relación:


Al cielo sometidos – Reynaldo González

Aventuras de Gaspar Pérez de Muela Quieta – Gustavo Eguren

Biografía de un cimarrón – Miguel Barnet

Boarding home – Guillermo Rosales

Brujas – Chely Lima

Callejones de Arbat – Antonio Álvarez Gil

Cañón de retrocarga – Alejandro Álvarez Bernal

Casa de cambio – Alejandro Aguilar

Chiquita – Antonio Orlando Rodríguez

Contrabando de sombras – Antonio José Ponte

Contracastro – Rafael Alcides

De dónde son los cantantes – Severo Sarduy

Días de entrenamiento – Ahmel Echevarría

Djuna y Daniel – Ena Lucía Portela

El corazón del rey – Félix Luis Viera

El gen de Dios – Juan Abreu Felippe

El gran incendio – Daniel Iglesias Kennedy

El hombre con la sombra de humo – José Hugo Fernández

El hombre que amaba a los perros – Leonardo Padura

El mundo alucinante – Reinaldo Arenas

El pan dormido – José Soler Puig

El polvo y el oro – Julio Travieso

El rey de La Habana – Pedro Juan Gutiérrez

El ruso – Manuel Pereira

El siglo de las luces – Alejo Carpentier

El traidor de Praga – Humberto López y Guerra

El último día del estornino – Gerardo Fernández Fe

El último secreto de Herman Hesse – H.G. Quintana

El verano en que Dios dormía – Ángel Santiesteban Prats

En mi jardín pastan los héroes – Heberto Padilla

Enigma para un domingo – Ignacio Cárdenas Acuña

Esa fuente de dolor – Matías Montes Huidobro

Espejo de tres cuerpos – Odette Alonso Yodú

Espero la noche para soñarte, Revolución – Nivaria Tejeda

Esther en alguna parte – Eliseo Alberto Diego

Everglades – Jorge Enrique Lage

Fumando espero – Jorge Ángel Pérez

Guanabo Gay – José Prats Sariol

Hagiografía de Narcisa La Bella – Mireya Robles

Hombres sin mujer – Carlos Montenegro

Infidente – Nelton Pérez

Inquisición roja – Rafael Vilches Proenza

Jardín – Dulce María Loynaz

Joy – Daniel Chavarría

La caja está cerrada – Antón Arrufat

La carne de René – Virgilio Piñera

La concordia – Evelio Traba

La estrella bocarriba – Raúl Aguiar

La isla del cundeamor – René Vázquez Díaz

La leve gracia de los desnudos – Alberto Garrido

La nada cotidiana – Zoé Valdés

La piedra de María Ramos – José Lorenzo Fuentes

La playa – Atilio Caballero

La saga del perseguido – Guillermo Vidal

La soledad del tiempo – Alberto Guerra

La tabla – Armando de Armas

La tiranía de las moscas – Elaine Vilar Madruga

La trenza de la hermosa luna – Mayra Montero

La viajera nocturna – Armando Lucas Correa

Las palabras perdidas – Jesús Díaz

Las palabras y los muertos – Amir Valle

Las potestades incorpóreas – Alberto Garrandés

Las voces y los ecos – Aida Bahr Valcárcel

Libro de la derrota – María Elena Hernández Caballero

Los fantasmas de hierro – Emerio Medina

Los hijos de la diosa Huracán – Daína Chaviano

Los reyes del mambo tocan canciones de amor – Oscar Hijuelos

Mayonesa bien Brillante (una novela de amor) – Legna Rodríguez Iglesias.

Memoria del silencio – Uva de Aragon

Memorias del subdesarrollo – Edmundo Desnoes

Mirando espero – Justo Vasco

Mouche – Margarita García Alonso

Mujer en traje de batalla – Antonio Benítez Rojo

Mundos sucios – José Latour

No es tiempo de ceremonias – Rodolfo Pérez Valero

Onoloria – Miguel Collazo

Otras plegarias atendidas – Mylene Fernández Pintado

Pailock, el prestidigitador – Ezequiel Vieta

Paradiso – José Lezama Lima

Pedro blanco, el negrero – Lino Novás Calvo

Perromundo – Carlos Alberto Montaner

Procesado en el paraíso – Ismael Sambra

Puente en la oscuridad – Carlos Victoria

Que en vez de infierno encuentres gloria – Lorenzo Lunar Cardedo

Retrato de los tigres – Sindo Pacheco

Rex – José Manuel Prieto

Sabanalamar – José Abreu Felippe

Sibilas en Mercaderes – Pedro de Jesús López

Silencios – Karla Suárez

Soñar en cubano – Cristina García

Tantas razones para odiar a Emilia – José M. Fernández Pequeño

Temporada de ángeles – Lisandro Otero

Todos se van – Wendy Guerra

Tres tristes tigres – Guillermo Cabrera Infante

Turcos en la niebla – Enrique del Risco

Tuyo es el reino – Abilio Estévez

Última rumba en La Habana – Fernando Velázquez Medina

Un tema para el griego – Jorge Luis Hernández

Un rey en el jardín – Senel Paz

Y si muero mañana – Luis Rogelio Nogueras

Entender Cuba: 100 Novelas – 100 Autores


Una recomendación de los lectores cubanos de OtroLunes

Durante los casi dos años de pandemia del COVID-19 lanzamos a nuestros lectores (mayormente a los cubanos) un reto singular: ¿qué 20 novelas cubanas del siglo XX y XXI recomendarías a un lector no cubano que quisiera entender Cuba, su historia, su cultura, su sociedad? Conociendo el peligro que se corre al hacer cualquier selección, especialmente en un caso de prolífica producción novelística como el caso cubano, insistimos en hacerle ver a los 100 lectores seleccionados por su fidelidad a la revista, que no se trataba, en ningún caso, de una selección en materia de calidad literaria si no de utilidad a la hora de explicar la compleja problemática que en estos dos últimos siglos han vivido Cuba y los cubanos.

Para evitar imparcialidades lógicas la selección de estos lectores no incluyó a escritores y personas vinculadas directamente el mundo de las letras. Y cada lector fue propuesto por el equipo de Otrolunes, a partir de su activa participación en redes sociales comentando obras literarias. Cada lector podría proponer hasta 20 obras y la novela propuesta sería incluida en el listado de 100 Novelas – 100 Autores solamente si era mencionada más de una vez. Así, de un total de 175 novelas citadas por los lectores, el cómputo final nos sorprendió a quienes en la revista estamos cerca del tema «Literatura Cubana», pues la inmensa mayoría de las propuestas coincidentes eran de libros que la crítica cubana (e internacional en muchos casos) ha destacado por sus valores literarios. Como detalle curioso, los únicos casos de unanimidad (100 de 100) fueron Carpentier, Lezama, Arenas y Cabrera Infante.

OtroLunes desea aclarar que este listado no apunta a ninguna selección de canon, no responde a ningún interés de priorización generacional, ni tampoco a la valoración de la literatura escrita en la isla o la diáspora. Es, sencillamente, una propuesta de un grupo de lectores, sobre novelas cubanas que les parecieron relevantes por la mirada que ofrecen sobre la realidad de Cuba. Y como en todo listado, seguramente se encontrarán muchas ausencias.

Continuar leyendo «Entender Cuba: 100 Novelas – 100 Autores»