En Donde empieza el hombre, Marino Berigüete emprende una exploración profundamente humana en torno al origen de nuestra conciencia, nuestra identidad y nuestra relación con los otros. El libro se mueve en ese territorio fronterizo donde el individuo deja de ser únicamente criatura biológica para convertirse en ser consciente, capaz de amar, sufrir, recordar, crear y preguntarse por el sentido de su existencia. Berigüete combina poesía, reflexión y una mirada casi filosófica para indagar dónde comienza verdaderamente lo humano: si en la memoria, en la palabra, en el dolor, en la capacidad de reconocernos en los demás o en esa permanente necesidad de buscar respuestas. El resultado es una obra que convierte la experiencia individual en una pregunta universal sobre aquello que, en definitiva, nos hace hombres.
***
XIII
Quod est superius est sicut quod inferius.
Tabla Esmeraldina
HERMES TRISMEGISTO
1
el hombre es sólo un frágil aliento
un instante de un vuelo corto
un viajero de todos los tiempos
abrir y cerrar de ojos en la noche
sombra en el firmamento breve
ala de un pájaro en vuelo
gota de agua en la penumbra que se consume
un viento que palpita plantado entre los árboles
una respiración apenas en el cuerpo sentida una voz
que se pierde en los pasillos del momento
nota efímera en la sinfonía cósmica
resquicio entre la cuna y la tumba que aguarda
chispa en la oscuridad infinita
un destelle de luz en el vacío que se apaga
el hombre es sólo eso
nada
y todo
un eco solitario en el abismo del ser
un breve caminar sobre la tierra
trazando en su arco fugaz la luz
reflejada en el espejo de la noche
un sueño que se disuelve con el alba
que se recuesta en el aire
el hombre es sólo un frágil aliento
2
el tiempo permanece quieto
somos sombras errantes
pasado de pasos lentos
aves de paso a la distancia
el tiempo inmutable nos observa
nuestros sueños quietos se desvanecen
como huellas en la arena tenue
y ahora poco a poco nos marchamos
ecos de risa en el viento que corre
silencios olvidados en la bruma citadina
hojas caídas de árboles moribundos
que corren sobre el asfalto y se pierden en las calles
el tiempo no nos espera
seguimos un sendero hacia el olvido
nuestros pasos se desvanecen lentos
y ahora que nos miramos
en la memoria quedan
los reflejos de instantes de una vida que se apaga
señales de voces errando en la noche
aves depaso sombras del tiempo cansado lento y quieto
y nosotros un punto en el tramo final
con poco aliento bajo las alas
la mirada fija en el horizonte
que abre sus brazos nos rendimos
al final del camino
cuando el tiempo permanece quieto
3
eres un presente
tiempo eres un espejismo
te deslizas entre los dedos
como los ruedos entre la arena
el pasado tiñe de sombras
memorias que se disuelven
ecos de risa y agua queda
que en la mente se envuelve
el futuro sueño incierto
promesas que se evaporan
como estrellas en el alba
cosas que se pierden y vuelven
y ahí en el presente buscamos
un punto fijo en la marea
una pausa en el murmullo
del reloj que cesa su aleteo
el tiempo sigue su curso
un juego de luces y sombras
un reflejo en el azogue
que en rondas ya no tocamos
vivimos en el ahora
entre lo que fue y lo que no será
caminando en el borde del tiempo
en el presente
En Tres poetas en Nueva York, Marino Berigüete se acerca a la ciudad desde la mirada de tres poetas que encuentran en Nueva York no solo un escenario, sino un espacio de confrontación con la modernidad, la soledad y la condición humana. La ciudad aparece como territorio de contrastes: multitud y aislamiento, vértigo y silencio, belleza y desarraigo. A través de estas tres voces poéticas, Berigüete construye una reflexión sobre el exilio, la identidad y la experiencia del individuo frente a una urbe que parece devorarlo todo, pero que también puede convertirse en lugar de descubrimiento y revelación. El libro propone, en definitiva, un diálogo entre poesía y ciudad, entre la mirada del poeta y ese Nueva York que, desde siempre, ha sido símbolo de ruptura, libertad y extrañamiento.
***
Torres Gemelas
Un largo suspiro, un resplandor quebrado,
heridas abiertas en mitad del cielo,
dos torres de acero que caen como sueños,
llamas alzadas como manos perdidas,
dos relámpagos cruzados en pleno vuelo,
dos cuerpos sin red, suspendidos en el viento,
espejos rotos en medio de la nada.
Eso fuimos:
dos reflejos enfrentados
que se miraban desde la altura,
torres gemelas tocando el horizonte,
cimientos de humo, promesas de vidrio,
estructuras que creyeron ser eternas
y se desplomaron bajo su propio peso.
No hubo adiós, solo impacto,
un crujido en el aire,
una grieta en la historia que nunca cierra,
escombros cayendo como cuerpos sin nombre,
como sueños que no tocaron suelo.
Fuimos esa altura ciega,
esas voces en la cornisa del vacío,
una carrera hacia la cima
que no sabía detenerse.
El amor era vértigo:
volar sin alas, subir sin fin,
hasta que el fuego llegó como palabra última
y todo ardió en un solo grito,
una sola caída.
Después, solo ruinas.
Nada quedó donde estuvimos,
solo polvo flotando en la memoria,
un terreno baldío que respira ausencia.
Lo que una vez fue altura
hoy es sombra en el viento,
un hueco en el corazón de la ciudad,
un eco que insiste en no irse.
Mi generación lleva ese hueco en la piel,
como una cicatriz que no se borra,
como un silencio adherido a cada rincón.
Cada rascacielos refleja lo que falta,
cada calle es una herida abierta.
El aire aún guarda la sombra de esas torres,
una marca que solo ven los que no olvidan.
Intentamos reconstruir,
pero lo perdido no vuelve igual.
No hay monumentos para lo que cayó, s
olo un vacío que late bajo los pies,
una grieta invisible en la memoria del mundo.
El amor era un atentado,
un vuelo sin regreso,
y nosotros, dos torres gemelas,
unidas por la certeza de la caída.
Nos lanzamos al vacío sabiendo que no habría red,
sabiendo que el impacto era inevitable.
Hoy, ni estatuas ni placas de bronce:
solo polvo que flota,
solo ruinas dispersas,
solo un terreno que nunca deja de hablar.
Cada año vuelve la brisa del otoño,
trayendo el polvo de lo que fuimos.
Cada aniversario es una grieta más honda,
una nube suspendida en el aire del recuerdo,
un intento de atrapar lo inasible.
Pero lo caído no se levanta igual,
las torres no vuelven,
y el vacío no se llena.
A veces pienso que seguimos cayendo,
como si el suelo nunca hubiera llegado.
Seguimos allí,
desplomándonos en la memoria,
como vigas torcidas que se niegan a ceder,
como cuerpos que flotan sin tocar el suelo.
El vacío es más que ausencia,
es la prueba de que alguna vez estuvimos,
una sombra viva en el corazón de la ciudad,
un eco que persiste, aunque todo avance.
Nos buscamos en cada esquina,
en cada sombra, en cada silencio,
en cada edificio que refleja lo que ya no está.
El espacio vacío es un espejo:
lo que fue aún respira allí,
en ese hueco que nunca termina.
Las torres cayeron, pero no se fueron.
Flotan en el aire,
suspendidas en el polvo del tiempo,
como un suspiro que no termina de exhalarse,
como una herida que no sabe cerrarse.
Dos torres gemelas,
dos ausencias que no dejan de caer,
una sombra viva en la piel de la ciudad.
Siempre habrá un terreno baldío,
una nube de polvo suspendida,
una memoria que se niega a soltarnos.
Porque lo que se derrumba no desaparece,
lo que amamos no muere del todo.
Sigue ahí, entre las ruinas invisibles,
en el viento que arrastra el polvo,
en el hueco donde habitaron las torres,
en la sombra que nunca deja de caer.
En Tras la puerta, Marino Berigüete parece situar la poesía en ese territorio íntimo donde lo visible y lo secreto se encuentran: la puerta funciona como frontera entre el mundo exterior y la conciencia, entre lo que mostramos y aquello que guardamos en silencio. El poemario explora así la memoria, la soledad, el deseo, el paso del tiempo y las heridas de la experiencia, pero sin convertirlas en simple confesión; Berigüete las transforma en una búsqueda de sentido. Detrás de esa puerta no hay solamente un espacio físico, sino una dimensión interior desde la cual el poeta observa al ser humano, sus pérdidas y sus esperanzas, intentando descubrir qué permanece cuando se cierran las puertas del mundo.
Poema I
La puerta no se abre, pero tampoco está cerrada.
Entre sus grietas, asoma una claridad que no ilumina.
Es una luz detenida, suspendida en su propia caída,
como si estuviera a punto de tocar el suelo,
pero nunca lo hiciera.
Al otro lado de la puerta, imagino el paisaje.
No sési existe, o si es apenas una invención
que mi mente dibuja para no sucumbir al vacío.
Veo un árbol sin hojas,
un cielo sin pájaros,
y una piedra que, como yo,
espera algo que no llega.
El tiempo es una cuerda floja que atravieso con pasos de humo,
sin saber si avanzo o retrocedo.
Cada paso es una pregunta que se desploma
sin encontrar respuesta,
como si las preguntas fueran lo único sólido
en este mundo de nieblas.
El silencio tiene raíces,
crece hacia abajo, hacia el centro de algo que no comprendo,
como si en el fondo del silencio hubiera una verdad,
pero, ¿cuál?
Los ecos de esa verdad se disuelven
antes de llegar a mis oídos
dejando solo una vibración sorda,
un temblor que me atraviesa sin decirme nada.
Hay una mesa en la que no me siento.
En ella, el mantel es una noche estirada,
y sobre la noche, algunos objetos que nunca todo:
un vaso vacío,
un cuenco de sombras,
y una flor que no es flor,
sino el recuerdo de lo que pudo florecer.
Los muros de este cuarto respiran.
No los veo moverse, pero sé que lo hacen.
Quizáss se están acercando,
quizás están cansados de sostener este espacio
y buscan cerrarse en sí mismos,
borrar la distancia que les da forma.
O tal vez soyo yo quien se encoge,
quien se reduce hasta desaparecer
entre las grietas que ellos no muestran.
La ventana, cerrada, es un ojo sin párpado.
Mira hacia afuera, pero no ve.
Lo que hay afuera no es un paisaje,
es la sombra de un paisaje,
la posibilidad de algo que tal vez nunca existió.
Sin embargo, la ventana insiste,
como si esperara que algo la atravesara:
un pájaro inexistente,
un viento que no sopla,
o la mirada de alguien que, al otro lado,
busca lo mismo que yo.
El reloj en la pared ha detenido nu marcha.
Pero el tiempo no ha dejado de correr.
Se escurre entre las grietas del suelo,
se cuela entre los objetos,
y en cada rincón se acumula
como polvo que nadie limpia.
No hay palabras suficientes para este instante,
y, sin embargo, sigo buscándolas,
como si al encontrarlas pudiera detener el desvanecimiento.
Las palabras son dedos ciegos
que intentan tocar algo invisible,
algo que se mueve en la sombra
y que, cuando parece cerca,
se disuelve en un nuevo silencio.
La lámpara parpadea en un rincón,
pero su luz no es luz,
es apenas una vibración entre la penumbra,
un intento fallido de revelación.
Y entonces, entiendo:
tal vez no se trata de nombrar lo que veo,
sino de aceptar que lo que veo
no necesira ser nombrado.
Quizás el silencio no sea el vacío
sino una forma de plenitud
que no puedo aún comprender.
Quizás este cuarto oscuro
no sea una prisión,
sino una puerta abierta
hacia lo que nunca podré alcanzar,
pero que siempre estará ahí,
esperando mi intento.
El intento de ser,
sin necesidad de decir.


