Pedro Merino (La Habana, 1967). Escritor independiente. Ha incursionado en la poesía, la narrativa, el ensayo, el periodismo, y el guión literario. Su primer libro publicado fue Quinta de la Caridad, Premio de Novela Juan March, España, 2003. Ha escrito decenas de libros para niños, jóvenes, y adultos, de diversas temáticas, tanto de ficción como de no ficción, disponibles en Amazon.
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Allí, donde se sumerge el hierro, se saca una reliquia histórica convertida en herrumbre. Hay que hundir las manos hasta tocar el fondo del abismo de una obra y tener mucho cuidado de que no salpique al cielo después de secarse del óxido de su andamiaje.
Tenía la energía de comerse un mundo y defecarlo en un instante. Había llegado más puntual de lo acordado. Revisaba a cada rato su porte y aspecto. Una historiadora tiene que enamorar con su proyecto de restauración y conquistar a los oponentes, o los dudosos, de que sí se puede llevar a cabo.
¿Se habrá entretenido en algo externo? ¿Alguien habrá robado parte de su tiempo para que no llegase a nuestra cita? Tienes que convencerlo, más que enamorarlo, Alicia. Mira que tú naciste en el pueblo de maravillas de Hershey.
¿Sí… ya llegó?
Tiene que esperar, compañera, dijo la secretaria, el compañero Severino se complica mucho.
Ya entiendo, expresó Alicia, yo sé que sí.
Había repasado su mirada por todo el recinto. Le vino ideas de remozar la fuente de agua, pero se respondió que nadie, o casi nadie visitaría aquel lugar por lo que significaba. En cambio, el “pueblo modelo” de Milton Hershey, sí. Bueno, al principio era un modelo. Al final era más que un batey abandonado. El barrio o batey norte, donde se habían establecido las familias más pudientes, ya no se diferenciaba de las familias de color o de menos calificación profesional del barrio o batey sur. Ambos barrios parecían el ying y el yang fusionados por etnias y pensamientos no necesarios de ser clasificados. Eran todos en uno. Volvió a memorizar una estructura sinóptica de círculos, cuadros, cuadrados y rectángulos que le ayudarían a explicar su proyecto, su primer proyecto de recién graduada. Había desarrollado uno durante su Tesis de Grado, pero este, el del pueblo de Hershey, le debía más amor. Quizás tenía que soñar menos. A veces se abren más los ojos en los sueños que en los avatares de la vida.
Para Alicia representaba la recreación de su infancia. Era la menor de cinco hermanas. A los ocho años se había mudado con sus padres hacia Ciudad de La Habana. De aquella localidad que pertenecía a Santa Cruz del Norte solo le quedaba su abuela, Kensia Fumero. Guelo, su padre, y bisabuelo de Alicia, había fallecido en un accidente de trabajo cuando su abuela Kensia tenía unos meses de nacida, y recibió dádivas del famoso menonita en el orfanato que funcionó durante diez años. Como recompensa, su biznieta, Alicia, quiso rescatar del tiempo las reliquias de Milton Hershey. Ella satisfizo la idea de reconstruir las casas de los ex empleados de ese visionario estadounidense que había viajado a Cuba en busca de azúcar para su fábrica de chocolate en Pennsylvania. El pueblo de Hershey en Cuba era una reproducción arquitectónica del pueblo de Derry Township, o Hershey en EE.UU., y en una de esas casas todavía vivía su abuela. De modo que iba a ser un regalo para su familia y amistades de su breve infancia que vivió alrededor del Central Camilo Cienfuegos, nuevo nombre que favorecía a un capricho de la época: cambiar el nombre real a las propiedades confiscadas para entregárselas al pueblo.
Ahora Alicia “Kensia” Guerrera se encontraba con la paciencia desbordada de ansiedades, en espera del compañero Severino. Contrario al pasado que habían vivido sus ancestros, era común llamar a una persona por su primer apellido, cortésmente antecedido por míster, señor, señora, doña, o señorita.
Así, entre un cruce de gentes por un pasillo, de seres que se paseaban de un lado a otro sin más entretenimiento que la justificación de un sueldo en un periodo de tiempo, Alicia Kensia Guerrera aún apostaba por adivinar a qué hora llegaría el ¨míster¨ que pondría luz verde o roja a su proyecto de rescatar las ruinas del chocolatero estadounidense. Se estuvo fijando en una copia de la chimenea del inmueble. Las chimeneas del batey norte si eran reales. Algunas se habían deteriorado en su cima. No eran ladrillos corrientes. Cuando la mayoría de las chimeneas habían sobrevivido al embate del tiempo era por la calidad de los ladrillos. Por lo cual sería muy oneroso recuperarlas. ¿Eran ladrillos horneados? Se usaban desde antaño en Europa, en el viejo continente, de donde provenían los ancestros de Milton Hershey.
En aquel inmueble sendas columnas soportaban el arquitrabe que a la vez le servían de fomento al techo. La construcción era de mampostería. Ese inmueble había sido construido en los años cincuenta del siglo XX. Las manos de pinturas anteriores se podían ver con un poco de imaginación, si se usaba para bien.
Alicia se conformaba con recordarse de su Tesis de Grado, mientras esperaba al compañero Severino. El título de su Trabajo de Diploma no le había gustado mucho a su tutor, el profesor Jorge Rosado. Se titulaba El sabor del paraíso. En dicha tesis la diplomante hacía alusión con tal de rescatar las ruinas no solo del pueblo modelo de Hershey sino también toda su obra en Cuba. Desde los jardines, el central o ingenio azucarero, las construcciones en el batey norte y sur, los barracones, los Jardines de Hershey hasta el todavía rodante Tren Cubano de Hershey, o el tren de Hershey, cuyo itinerario todavía es desde Casablanca hasta Matanzas. Aquel andamiaje subsistía por el tendido eléctrico que había pagado de su bolsillo míster Hershey. Varios poblados aledaños se abastecían todavía, en los años sesenta, de la electricidad y agua potable, algo grandioso que agradecían los lugareños gracias al magnate de los chocolates.
La joven historiadora cruzó sus piernas de mulata blanconaza frente a la recepcionista que a veces cambiaba su mirada en espera de encontrar a la de Alicia Kensia Guerrera. La butaca no era tan moderna. Hacía que Alicia no se sintiera confortablemente. La estrechez le hizo cambiar de posición sus extremidades inferiores para que fluyeran mejor sus venas y arterías. Pero su flujo sentimental cada vez se impacientaba más al no brotar la efigie del señor…no, del compañero Severino.
Miraba su pequeño reloj de pulsera ya un poco anticuado. Volvería a lanzarle miradas hacia la secretaria que en realidad no eran contra ella.
En ese ángulo visual solo pensaba en Severino. Hasta se equivocó en su apellido. Le había agregado en su pronunciación cierta terminación femenina.
Retomó el pensamiento del día de su graduación. Por su Licenciatura en Historia en la Universidad de La Habana. Recordó que su Tesis de Grado había sido premiada en un fórum científico estudiantil en aquel recinto universitario.
No creas, Alicia, dijo una estudiante, que el mérito es tuyo. Recuerda que es del profesor…por la falta de tiempo para hacer investigaciones. Los autores de las Tesis… son los profesores o tutores, no sus alumnos.
Pero… ¿qué hizo mi tutor…si casi todo fue mío?, sentenciaba Alicia.
Rememoró varias ideas todavía frescas en su memoria para aliviar más su tensión ya a punto de reventarse por la demora del líder partidista que autorizaría la ejecución de su proyecto de restauración.
A veces arrancaba desde el silencio. Con voz que no llegaba a escuchar decía: “ay, pero no… cuándo llegará ese hombre. Eso no es así, hay que tener palabra”. Dudó, la joven historiadora, que a lo peor todas las aristas de su proyecto, de su rescate histórico, no se aprobarían. No era normal esa demora. El que espera, desespera, repetía para sí. No se lo digas a la recepcionista. Que sea ella la que lo exprese. No vaya a ser que, por sí o por no…
Entonces optó por cambiar de táctica, o de pensamiento. Aquello que le había dicho su madre, Kensia, se le había alojado como un huésped en su cerebro de fémina. Su abuela tuvo un romance, en su adolescencia, con un emigrante de color que vivía en uno de los barracones. Ella vivía en el batey sur. Allí vivían trabajadores de extracción humilde: negros. Se maravillaba de la forma en que Milton Hershey había logrado ese engranaje racial. Cada empleado jugaba su función. De nuevo volvió a recordar la anécdota de su abuela con Guelo, un haitiano que cortaba cañas. A veces una media sonrisa borraba la ojeriza que le provocaba la demora de Severino. Para Alicia significaba un acopio de fuerza en pos de seguir el proceso de admisión de su proyecto de rescate histórico. Ningún evento había transcurrido desde que ella miró por última vez su reloj de pulsera.
Algo similar a una curiosidad o deseos de decirle a la recepcionista le vino encima. En efecto, la recepcionista intentó llamarla de mirada mientras recibía una llamada telefónica de un extraño.
Así que mi bisabuela y Guelo, dijo para sí mientras hojeaba su proyecto que había mejorado, inspirado en su Trabajo de Diploma. Enfatizaba algunas variables importantes para la entrevista con Severino: el costo, los materiales de construcción, el personal de trabajo, etc. Sabía que tenía que pedir algo más, pero al seguro le darían mucho menos. El problema era si lo aceptarían. Para ella no existía condicionales. Solo las afirmaciones habían conquistado su ego durante su carrera universitaria.
¿Y el presupuesto?, se preguntó en voz baja, ¿cuánto sería el presupuesto, el costo que aprobarían? No era lo mismo una Tesis de Grado que un proyecto de conservación y restauración histórica. Aún se sentía enamorada con el título que todavía conservaba su proyecto, también igual a su Trabajo de Diploma. Se preguntaba y se respondía al mismo tiempo que Milton Hershey se había enamorado a primera vista de Cuba, según su abuela Kensia, el americano, “el miste Jecsi“, como le llamaban sus empleados, decía que “Cuba era una eterna primavera tropical”.
Alicia sintió que un soplo de algo, o de alguien, hacía por interrumpirle sus pensamientos.
Oiga… oiga, Alicia, repetía la recepcionista.
¿Eh?, diga, sí, diga, volvía en sí la joven historiadora.
Parece que el compañero Severino va a demorarse un poquito más.
¿Cómo? ¿Un poquito más…?
Sí, compañera Alicia, pare…
Ya llevo más de una hora, dijo la historiadora con respeto.
Parece… parece que vendrá un poco tarde.
¿Tarde? Bueno, sí, tarde pero que venga.
Me dijo, Alicia, que “el Lada se apagó”.
No me digas que por el Lada…
Qué pena, Alicia, tiene que armarse de paciencia.
La historiadora pensó que era una broma. Sabía que en ese tipo de instituciones había que tener compostura, además de paciencia.
Claro, sí, admitió Alicia.
No se preocupe, en cuanto llame… yo le aviso.
Ya no quiso seguir hablando con la recepcionista. Pudiera hablar de más, y una palabra o una frase de más, podría costarle su sueño de reconstruir el pueblo fantasma de Milton Hershey.
Optó por mirar otra vez hacia el proyecto de restauración. Esa espera no la había vivido durante la preparación de su Trabajo de Diploma. Ya era otro tiempo, el tiempo para cosechar en la realidad porque los tiempos universitarios habían sido sueños, letargos de investigaciones científicas. Siempre hubiera querido atrincherarse en ese ayer. Volver a escuchar las conferencias de sus profesores. Todas no eran buenas, pero al menos obedecían el rigor estudiantil que alcanzaba sus metas, o alguna meta al menos.
Gonzalo, decía con tono de seguridad, Gonzalo el experimentado restaurador, le podría dar unos consejos. Ahora no sabía si esperar otra hora más por Severino o decirle a la recepcionista que otro día volvería.
¿Y la cita?, se preguntó.
Ella misma se respondió: no, no, Alicia, primero espera a Severino. Si eres tú la que desistes, entonces Severino tal vez tenga una justificación para postergar la nueva cita.
Creyó que si continuaba así dejaría de ser optimista. ¿O es que acaso, después que te graduaste, es cuando empiezas a llamar al pesimismo?
Así estuvo dialogando en su psiquis de forma tal que sus nervios se alojaran en un rincón de la espera.
Optó por dejar de mirar su reloj para apartarse del tiempo, de la contabilidad del tiempo. A penas logró despejar esa idea, le vino encima la mirada y unas palabras de la recepcionista.
Alicia intentó hacerle caso. Tenía que decirle algo bueno luego de su insistencia y del intervalo de su silencio. A ver con qué me entra ahora, pensó la joven historiadora. Hasta que la joven recepcionista la miró una y varias veces. Quizás estaba entrenándose en la forma en que le iba a dar la noticia.
Para Alicia aquel acopio de energías para formular unas palabras se le atoraron en su cerebro. Debía ser una buena noticia después de una larga espera de más de sesenta minutos.
Al fin la recepcionista se le enfrentó. Miró hacia el piso, luego hacia el techo. Le dio, o le intentó dar un giro a la idea que hacía unos segundos creía formularle.
Mira, Alicia.
A ver, sí.
Me acaba de llamar Severino.
Ya está en camino, pensó Alicia, seguro que le cambiaron la rueda pinchada o ponchada. Así se contentaba la historiadora.
Mire… me dijo que… el carro le hizo un corto circuito, o yo no sé, parece que le cogió candela una parte del motor.
¿Pero a él no le pasó nada?, preguntó, Alicia, a pesar de que no le importaba lo que le sucedió. Se volvió temerosa.
Sí, sí, claro, él está bien, y su chofer también.
¿Entonces qué?, la enfrentó inusualmente sin darle a entender lo que pensaba.
Me temo que la cita, que diga, la reunión será otro día.
¿Otro día? Pero… no, no.
Cálmate, decía para sí Alicia, no explotes tu ira que ese peje gordo es el que va a aprobar tu proyecto de restauración. No se te ocurra una mala palabra. Una sonrisa, una sonrisa, sí.
Bueno, sí, al fin habló otra vez Alicia:
Seguro que mañana…
Mañana no puede, respondió la recepcionista.
¿Pasado… pasado mañana?
Pasado mañana tampoco. Mira, Alicia, por favor, yo soy su recepcionista, no lo tome tan mal conmigo.
No, no, jamás pensé eso.
Me alegro, Alicia. Es que… él… Severino no dijo si por fin… qué día se iba a poner en contacto contigo.
La historiadora se encogió de hombros. Se llevó una mano a la cabeza en expresión de un dolor súbito que poco a poco se le iba a agrandar. Tendría la magnitud de una preocupación.
Sí, pero dígame cuándo será la próxima reunión.
Mire, compañera Alicia. Es que usté no me ha entendido.
Sí, sí, yo sé, yo sé.
Debes volver a llamarme. Es decir, llamarlo a él.
Ah, ya. Sí, ya entendí.
La historiadora se levantó de la butaca. Recogió su manojo de documentos que correspondían a su proyecto. Ya de pie se dio cuenta que nada la ataba en aquella oficina gubernamental.
De todas formas, dijo, dígale que como soy la interesada lo volveré a llamar.
Se le había olvidado el nombre de la recepcionista. Con una mirada de paciente le dirigió un saludo visual que no dejaba ver su explicación. Más bien su inconformidad.
Salió a la calle. Dejó de respirar el ambiente de oficina. Se empinaba un esplendoroso mediodía. Alicia no había sentido hambre durante más de una hora.
Nos volveremos a encontrar, se dijo.
Había visto un teléfono público en la esquina. Apostó a que aún funcionaba. La red telefónica había mejorado en el país, pero aún no era suficiente en la localidad que pensaba restaurar. En efecto descolgó el auricular. Comprobó que su optimismo todavía funcionaba como aquel teléfono público.
Marcó los números de Gonzalo, su amigo muy imbuido en las restauraciones históricas. El teléfono le había devuelto la moneda. Alicia intentó llamar otra vez a su partidario. La causa que le conllevó a hacerlo de nuevo fue en busca de consejos sobre restauraciones históricas.
Dime.
Escucho.
Sí, sí, soy yo.
Te llamé para decirte algo, titubeó la historiadora.
Dímelo por aquí.
No, no. Por esta vía no.
Pues, mujer, qué misteriosa eres.
Oye, no me hables con acento de español que tú eres un cubanillo.
Unos extraños se desplazaron en torno al teléfono público cuando Alicia escucha una risotada por el auricular.
Está bien, princesa.
¿Princesa yo? Vamos, tú sabes que no lo soy.
Princesa por dentro. ¿Dónde está tu orgullo, mujer?
Mi orgullo de fémina tiene otro tipo de valía.
Oh, pero, ¿estás enfadada?
Claro que no, Gonzalo. Por eso te llamé.
A ver, no me digas que te embarcaron.
Más o menos. Hace un silencio la historiadora de Santa Cruz del Norte.
Ya me imagino, princesa por dentro, de qué se trata.
Por aquí, Gonzalo, no me lo digas.
¿Qué no quieres que te diga? ¿Qué la mayoría de las cubanas son putas o sociables?
Se echan a reír ambos. Alicia está manoseando el auricular como si fuera un objeto sexual.
Luego es diáfana:
Oye, necesito unos consejos.
Ya te dije que sí.
¿Cuándo podemos vernos?
No sé, dime tú.
¿Quieres… mañana…en la Plaza de la Catedral de La Habana?
No, en la Bodeguita del Medio.
Seguro, campeona, ¿a qué hora te parece mejor?
Bromeaba, Gonzalo…espe…
Se interrumpe la comunicación.
Alicia vuelve a echar una moneda y comienza a discar los números de su confidente amigo. En un santiamén logra la comunicación. Pero solo escucha unos ruidos o sonidos de una malograda comunicación. Repite el ejercicio de insertar la moneda. Disca los números. Se asegura de que no iba a confundirse. Para ello los fue repitiendo en alta voz, uno por uno. Hasta que al fin logra la magia de la comunicación.
Feliz y afanosa de escuchar la voz de Gonzalo, la historiadora esperó, con paciencia, que esta vez su colega de estudios universitarios, que se había graduado unos cuantos años antes que ella con notas sobresalientes, apareciera del otro lado con su histriónica voz y así poder concertar la hora y el lugar de la cita.
Oye… dime, Alicia.
Soy yo, dime tú.
Nos quedamos en la Bodeguita del Medio.
Qué bodeguita ni un fula, niño.
Dime dónde y cuándo.
¿Dónde mejor?: en el Malecón, en un parquecito que está después de La Punta.
Es uno nuevo, creo que…
Anjá, sí, ese es el Parque de La Punta, donde se erige una estatua de Pierre Le Moyne… célebre militar de la Nueva Francia que murió en su barco anclado en el puerto de La Habana a comienzos del siglo XVIII.
Oye pero no pregunté… una respuesta muy larga. ¿A qué hora nos vemos?
A las tres p.m.
¿Con el sol que hace…? Estás loca, niña.
Entonces a qué hora te conviene.
Más tarde.
Más tarde, Gonzalo, todavía está el sol… y hace calor.
Oye, ¿y no te conviene otro lugar?
Es que los lugares cerrados… tú sabes es mejor un lugar abierto donde las palabras se las lleva el viento.
Oye, escucha, nos veremos en ese parquecito después de las tres p.m. Lleva una sombrilla grande para los dos.
Se disparan a reírse.
Está bien, te lo prometo.
La soñadora historiadora siente un vacío de algo en su pecho luego de colgar el auricular. Aborda un ómnibus que la dejó cerca de una combinación de paradas hasta acercarse lo suficiente al anillo del puerto de la Bahía de La Habana donde sería pasajera de una de las icónicas lanchitas de Regla que todavía brindaban su servicio público.
Mientras respira el olor del mar, siente que también se estaban perfumando sus ideas con respecto a la organización de documentos que clasificó y digitalizó. Eran archivos históricos y patrimoniales de la localidad donde fungía como historiadora.
Mañana tengo que verlo. Se refiere a Gonzalo. Tal vez aporte algo más yo.
Su mirada vuela y se posa como algunas gaviotas en un armatroste de óxido, de los barcos anclados en la Bahía. Peor está el pueblo de Hershey, piensa repetidas veces sin contarlas. El ruido que ocasiona el motor de la embarcación lo compara con el ruido del funcionamiento del Central Hershey. Faltan casi dos horas de viaje. Se quedaría a más de cuarenta y cinco kilómetros, exactamente en la parada del Central Hershey.
NOTA EDITORIAL:
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