El jardinero del silencio y otros poemas
Boris A. Novak
Traducción de Laura Repovs y Andrés Sánchez Robayna
Galaxia Gutenberg. Madrid, 2018
Conocí por vez primera la poesía de Boris A. Novak en el número 25 de la revista Piedra del Molino. En aquella entrega -otoño de 2016- aparecía en versión bilingüe su poema, “Fronteras”, traducido por Laura Repovs y Andrés Sánchez Robayna. Además, se daba cuenta del quehacer del poeta esloveno -si nacido en Belgrado en 1953- y de la trascendencia de su obra literaria. Ahora, el lector español tiene ocasión de adentrarse en su universo lírico gracias a El jardinero del silencio y otros poemas. Los dos traductores citados han realizado un excelente trabajo al versionar al castellano esta amplia antología -al cuidado de Jordi Doce-, en la cual se han valido de una precisa música para ritmar los textos aquí reunidos.
El ensayo, el teatro, la literatura infantil y juvenil han sido géneros frecuentados por Boris A. Novak, si bien la sustancia mayor de su mensaje deriva de su poesía.
Esta compilación recoge poemas de quince de sus libros. Desde que en 1977 viera la luz Bodegón de versos, el autor esloveno ha sabido ir madurando un verbo liberador, fértil. El entendimiento dicta sentencia sobre los sentidos y el sentimiento se expande de forma ilimitada. De ahí, deviene un diálogo que enraíza la existencia en la tierra que habita y cobija su discurso: “Una corteza cada vez más dura/ crece entre yo y mí mismo. Sólo veo/ tras la niebla la sombra de la muerta/ mitad de mí: como sin fondo,/ palpo a tientas mi rostro oscuro y tiemblo./ Mi hogar está ya solo en mi garganta”.
El sujeto lírico proyecta su solidario umbral y propone su residencia en un espacio y un tiempo donde su condición es enigma. Y también certidumbre. La realidad, aun siendo consoladora o no, nombra el afán vital por el que transcurre el itinerario del yo. La acechanza de la mortalidad no es óbice para unificar una voz donde prima la cercanía con lo amado, la conectividad con el destino, la fusión con la Naturaleza: “Un poema/ detenido en la flor/ y la flor prisionera/ en el alfabeto de sus aromas,/ en la gramática de sus colores/ y el mudo diccionario de su miedo rosado,/ cuando el instante de la floración/ cambia el sufijo/ con el instante en el que se marchita”.
Para Novak, es esencial la búsqueda de un lenguaje capaz de transmitir cuanto el alma guarda en su esencia. En caso contrario, la labor del poeta quedaría frustrada ante la imposibilidad de hallar la complicidad de la palabra. Al cabo, se trata de totalizar en términos de emoción lo que sólo puede vislumbrarse mediante fragmentos de racionalidad. La pulsión evocadora de la lengua hace que el creador pueda llegar a contemplar y conocer el deslumbramiento que produce el acto de la escritura. Desde esa premisa, derivaría el sustrato con el que convertir su mirada en imagen y metáfora para hacer de la materia memoria: “Qué generosidad tienes, poema./ Sólo en el campo airoso de la lengua/ puedo, de nuevo, ver, oír, tocar/ a los que ya no están y dar a mi alma/ tanta alegría… (…) Por eso te agradezco tantas cosas, poema./ Yo, que apenas soy nada, fugacidad sin fin,/ ahora perduro, haces que hablen las almas bellas/ de los que ya no están… Qué generoso eres”.
En su prólogo, Laura Repovs hace un ilustrativo recorrido por las figuras claves de la poesía eslovena: el romántico France Preseren (1800 – 1849), el vanguardista Sercko Kosovel (1904 – 1926) y el contemporáneo Tomaz Salamun (1941 -2014). Y, tras ellos, Novak aparece como una figura trascendente y renovadora en el mapa lírico esloveno. Y también europeo: “La impersonalidad inicial de su escritura ha ido integrando con los años los datos de la subjetividad y la reflexión sobre la historia, dando lugar a así a una obra en que las contradicciones del presente personal y colectivo se aúnan con el esplendor del eros y el asombro por la existencia”.