Cine Latino de Humor Negro (X):
Los sobrevivientes

Alfredo Antonio Fernández

La obra cinematográfica de Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996) es sin dudas la más relevante de la cinematografía cubana1, con más de una docena de filmes realizados entre 1960 y 1996. Grosso modo sus películas se ubican bajo tres rótulos: drama, comedia e historia.

En el primer grupo sobresalen Memorias del subdesarrollo (1968), Hasta cierto punto (1983) y Fresa y Chocolate (1993).

En el segundo grupo se encontrarían Las doce sillas (1962), La muerte de un burócrata (1966) y Los sobrevivientes (1978)

En el tercer grupo Historias de la Revolución (1960), Una pelea cubana contra los demonios (1971) y La útima cena (1976).

Existe un balance númerico en el tratamiento en pantalla de los tres grupos de películas mencionados, pero, advertimos, si de preferencias se refiere, hay un ligero movimiento en favor del tratamiento de la comedia en la producción fílmica que nos dejaría, al final de su carrera artística, más con un risueño Titón que con un agrio Alea.

¿Hay filmes de humor negro cubano con posibilidad de ser añadidos a los de las cinematografías argentina, mexicana y española que venimos analizando desde hace más de un año en el magazine cultural Otro Lunes?

Yo diría que sí, tan pronto de forma clara y espontánea como en Las doce sillas y La muerte de un burócrata como de forma intelectual y elaborada en Los sobrevivientes, el humor negro es una pieza clave de la dramaturgia cinematográfica de los filmes de Tomás Gutiérrez Alea.

El humor negro viene dado por el contexto contemporáneo en el cual se desenvuelven las tramas, que no es otro que la primera década de la revolución cubana y el cambio violento en el ordenamiento clasista de la sociedad de capitalista a socialista y el éxodo masivo hacia Estados Unidos de miles de cubanos2.

El mejor ejemplo es Los sobrevivientes. El filme tiene una duración de 130 minutos y está basado en el cuento Estatuas sepultadas, del escritor cubano Antonio Benítez Rojo, coautor del guión junto al director Tomás Gutiérrez Alea.

La trama de Los sobrevivientes se resume en la historia de una familia de la más rancia burguesía cubana (los Orozco) que, al triunfo de la revolución, consciente de los cambios que se avecinan, se aisla en una mansión de su propiedad.

Tratarán de vivir rodeados de lujo y de sirvientes a la usanza de el “ancient regime” e ignorar lo que sucede afuera, esa suerte de “enemigo rumor” que Lezama Lima definiera en sus poesías.

La exhibición del filme coincidió con el primer intento de acercamiento entre el gobierno comunista de la isla (1959) y la llamada “comunidad cubana en el exterior” (1979).

Este hecho sumó en el pasado las historias de familias de abolengo opuestas a la revolución que escapaban hacia Estados Unidos (Los sobrevivientes) a la historia en el presente de familias de abolengo que regresaban a la isla desde Estados Unidos a visitar antiguos y nuevos familiares3.

Aunque menos publicitada que Memorias del subdesarrollo,  Los sobrevivientes  tuvo cierta repercusión internacional y algunas menciones en los festivales de Cine Ibero americano de Huelva, Internacional de Cine de Londres, Premio Ghandi, Laceno d’ Oro, Avellino, Italia, etc.

Una de las peculiaridades de Los sobrevientes es la capacidad de el director de aunar el género de la comedia cuya finalidad más sustantiva es la de “hacer reír” con la de “hacer pensar” propia de las películas de tesis.

Déjemos sea el propio director el que haga saber sus intenciones cuando, de forma polémica con relación a tesis cardinales del marxismo, reflexione de la siguiente manera:

“(…) Si en lugar de desarrollar las fuerzas productivas estas decrecieran, se crearía una involución en las formaciones económico-sociales. Entonces se me ocurrió hacer una metáfora sobre eso usando una familia burguesa que se queda enquistada dentro de la Revolución. Se parte desde el capitalismo hasta llegar al estado salvaje…”

El resultado de el procedimiento anti-materialista dialéctico de la historia es el encierro de la familia Orozco en la mansión familiar y algunas héctareas circundantes de jardínes y bosques.

En ese territorio que pronto deviene “sagrado” los Orozco se mantienen a la espera de que “las cosas cambien”, la revolución se acabe y ellos vuelvan a ser los que controlen la política y los negocios.

La secuencia inicial ilustra el “universo claustrofóbico” recién creado: el gran portón de fierro de la casona Santa Bárbara se cierra tras la partida hacia Miami de Ramón, el “pater familia”.4

Dentro de la casona, la familia elige a la nueva sucesión en el mando. Dos son las cabezas visibles: Sebastián Orozco (actor Enrique Santiesteban) a quien por apellido y edad le corresponde ser el nuevo “pater familia” y Vicente Cuervo (actor Reynaldo Miravalles) el responsable del “día a día” de la familia como eficaz administrador de las propiedades de los Orozco5.

El par de figuras emblemáticas establecen acuerdo salomónico: Sebastián (“ancient regime”) velará que la moral y la educación sigan siendo los valores patriarcales de los Orozco mientras que Vicente (“ordine nuovo”) fuma habanos, bebe champán, come jamón y se hace cargo de administrar los bienes que van de las destilerías a los edificios de apartamentos.

No podía faltar la figura de el cronista (actor Carlos Ruíz de la Tejera) que lleva cuenta de la narrativa de la familia en el insilio y está a cargo de el adoctrinamiento.

Ejemplo de la doble condición de historiador e ideólogo opone la grandeza de la estirpe de los Orozco (reyes, cardenales, banqueros y empresarios) a la mediocridad de los “revolucionarios” (interventores, nacionalizadores, administradores) de bienes ajenos.

En oposición a la propaganda oficialista de “Cuba territorio libre de América” que proclama la radio de la revolución está “Cuba territorio privado de Orozco”: el lugar apropiado para la educación en los valores “cristianos y occidentales” de las futuras generaciones de la familia6.

Imágenes de romanticismo finisecular: Sebastián Orozco, vestido de traje, se pasea por el jardín -aún floreciente- y acaricia las crines de los caballos mientras se repite a sí mismo que la resistencia a la revolución dentro de la casona tiene la misma fuerza, pero en sentido contrario, que la que opone hacia fuera la revolución al imperialismo yanqui.

Los Orozco “de adentro” son los que invierten el slogan de “plaza sitiada” que esgrimen los revolucionarios “de afuera”: para los revolucionarios la “plaza sitiada” es la isla de Cuba sujeta a las continuas agresiones del imperialismo yanqui, para la familia Orozco la “plaza sitiada” es la casona Santa Bárbara en la que de “motu propio” se han encerrado.

Parafreando la obra de Domingo F. Sarmiento “Facundo: civilización y barbarie”, el filme podría llevar de subtítulo «Los sobrevivientes: de la civilización a la barbarie”.

La regresión de los Orozco va de la modernidad de los edificios de vidrio y acero a la prehistoria de los mamuts y las cavernas. Aunque en el filme el tratamiento ficticio de el tiempo real es ambiguo y confuso, la involución de los Orozco de familia burguesa a horda salvaje se efectúa rápidamente en los dos primeros años de la revolución (1959-1961), los de mayor intensidad de confrontación clasista y política.

Dentro de la casona Santa Bárbara y sus jardines adyacentes -indudable metáfora visual de la isla-archipiélago de Cuba aislada y a la deriva-, pasan los meses o los años confusamente y cada vez es más inverosímil el regreso de los parientes desde Miami o la restauración del “ancient regime” pre-revolucionario.

Con la prolongación ad-infinitum de el encierro el absurdo termina por imponerse en la vida de los Orozco. Cualquier hecho puede generar espontáneamente la ruina moral: una cena con polvo de sopa Knorr enviada por la familia desde Estados Unidos deviene acto de canibalismo al darse cuenta, tardíamente, que ingirieron las cenizas de la madre de los Orozco” enviadas para sepultura dentro de la casona.

O cuando se organiza paródicamente una partida de caza a la usanza medieval con heraldos con trompetas, cuadrillas de perros y escopeteros que deberan proveer la cena. Al destapar el criado la cubierta de plata de la bandeja para mostrar el manjar cocinado, resulta ser un famélico gato de el cual, más que cuerpo, solo queda el rabo.

O la secuencia en la cual Fina Orozco, la “mater familia”, es inducida a servir de espantapájaros. La atan a una cruz de madera bajo el sol inclemente. Tras varios días, aparece el cadáver devorado a picotazos por las aves de rapiña que sobrevuelan la escena.

Una pareja de Orozcos intentan poner fin a la decadencia antes que se llegue a la antropofagia generalizada. Se trata de Pascual (actor Germán Pinelli) y Julio (actor Vicente Revuelta). Por diferentes caminos, tratan de “salvar” a la familia de la decadencia y el caos. Ambos Orozco encarnan actitudes pendulares resultado de el prolongado encierro. El “posicionamiento” ideológico abarca desde el estoicismo de las catacumbas de Pascual que se auto-designa capellán de la familia, al escepticismo de Voltaire del trópico de Julio que advierte que el encierro terminará por devorarlos.

Al morir Sebastián, el entrañable “pater familia”, Julio graba en la lápida una frase digna de los Orozco:

“Cada hombre nace, vive su sueño y luego muere”

La prédica contrarevolucionaria por momentos llega a ser efectiva. Algunos criados –que deberían encarnar la rebeldía- se someten al diktat y se hacen eco de la grandeza de la familia: una negra sirvienta asegura que “de sus tetas salió la leche que alimentó a varias generaciones de Orozco”.

La estabilidad alcanzada dura poco. El aislamiento acaba por perturbar las conciencias. La utopía de vivir al margen de el tiempo encerrados en la casona se transforma en distopía.

El mundo de “afuera” -el de la revolución- empieza a llegar con más fuerza al mundo de “adentro”, -el de la contrarevolución-, al conocer en el verano de 1961 que han cambiado la moneda y la riqueza acumulada “intramuros” se hace “sal y agua”.

En opinión de el pícaro “busca vidas” que lleva y trae noticias y alimentos entre las dos “plazas sitiadas” (la interna de los Orozco y la externa de Cuba revolucionaria) el cambio de moneda se resume en: “los mismos billetes con fotos de otros patriotas”

Julio Orozco, “el Voltaire tropical de la familia”, anuncia enloquecido que están en la ruina. Los criados más cuerdos escapan al amparo de la noche. Otros, menos racionales, pero más divertidos, “arman” la rumbantela con opípara cena rodeados de candelabros de plata y vajilla de porcelana7.

En medio de la orgía le dicen a Vicente, el administrador, que no quieren trabajar más, éste, al vislumbrar una revuelta de criados, cambiará su actitud permisiva de “laise faire, laise passe” por los castigos de la esclavitud.

El tono cómico y divertido de el filme se torna agresivo y brutal: apaleamientos, linchamientos, ahorcamientos y persecuciones con jaurías de perros y partidas de rancheadores en el mejor estilo paródico de los viejos tiempos de la esclavitud colonial en Cuba.

La muerte de “la vieja guardia” de los Orozco” trae el relevo de las nuevas generaciones. No aportan ningún tipo de reforma. Se limitan a repetir frases que escucharon a sus padres, tíos o abuelos: “el que no trabaja no come”. Se extraña la presencia de Julio Cuervo, el administrador. En la mansión no hay planeamiento ni contabilidad. Los jóvenes se limitan a una superficial distribución de el trabajo: los viejos se encargarán de la limpieza y los jóvenes de la agricultura.

Pero en lugar de cultivar la tierra -la labor les resulta dura-, prefieren evadirse:  escuchar música de viejos fonógrafos, entonar viejos cuples, beber y consumir drogas. Como resultado de el ocio generalizado a la hora de la cena solo disponen de una patata que deben racionar a una mordidita por cada comensal.

Como era de esperar, el fin de la película coincide con la llegada al primer estadio de la historia: el de la barbarie y el canibalismo.

 

CONCLUSIONES

Ya se sabe la censura -religiosa o estatal- siempre ha existido. También se sabe, el arte siempre se las ha ingeniado para sobrevivir a la censura. El arte se pone a prueba en las confrontaciones con la censura. No son los artistas los que de forma consciente proyectan sus obras con un sentido herético sino el celo que ponen los censores en su labor de prohibición los que convierten a un turgente seno, la rima de un soneto o el capítulo de una novela en tema de interdicción y escándalo.

Las obras de arte al igual que los palimsestos se dibujan y se desdibujan y van dejando sobre el papel o el lienzo no el trazado lineal de la sucesión de monarquías o de gobiernos republicanos sino el perfil mucho más sinuoso y ambiguo de la vida que subyace debajo de las entretelas de la alternancia política.

Propuesta de análisis de las relaciones entre libertad creativa vs. intolerancia intelectual en la obra fílmica de Tomás Gutiérrez Alea: ¿en cuál de sus filmes es más efectivo el reflejo ficticio de la lucha de clases después de transcurrida la impronta de fuego de la primera década de la revolución (1959-1969)?

Si tuviera que elegir pienso que la comedia de la lucha de clases de Los sobrevivientes (1978) supera al drama de la evasión existencial de Memorias del subdesarrollo (1968).

Y me explico brevemente …

En ambos filmes el director opta por la representación de situaciones límites, algo que le interesa desde siempre. En sus filmes más célebres (Memorias del subdesarrollo, Hasta cierto punto y Fresa y Chocolate), el vivir “liminalmente”, en el límite de lo que es o no políticamente correcto para el sistema fue una de las notas sobresalientes de su narrativa fílmica.

En el contenido, Memorias del subdesarrollo alcanzó más repercusión internacional que  Los sobrevivientes . En parte se debió a la elección de un anti-héroe en el rol protagónico: intelectual en medio de una crisis existencial tras la partida de la familia que, desde la terraza de su apartamento, por medio de un telescopio, observa a tanques y artillería en el malecón de La Habana en los días en que se esperaba el ataque de Estados Unidos en respuesta a los cohetes atómicos soviéticos en Cuba (1962).

En la forma, Memorias del subdesarrollo es un filme experimental bien resuelto con el empleo de: noticias de televisión, documentales políticos, clips de Marylin Monroe, colas de emigrados en el aeropuerto, discusiones “en vivo” sobre los intelectuales en la revolución, bares y librerías de La Habana, artilleros apuntando al cielo con baterías antiaéreas y el encierro del protagonista en su apartamento en la mejor tradición de filmes contraculturales y “avant garde” de Jean Luc Goddard.

Memorias del subdesarrollo es excelente en contenido y forma. Pero si se constrasta la actitud de el protagonista que mira al mundo desde su belvedere contra la masa de el pueblo en las calles listos a defender al país de una agresión imperial, lo que pierde en el interés del público de Cuba expuesto como estaba al holocausto nuclear, lo gana en el favor que le dispensa la crítica internacional que ve en el filme una “rara avis” que escapa a la censura de Fidel Castro en el discurso “Palabras a los intelectuales” del verano de 1961: “Con la revolución todo, contra la revolución nada”.

 Los sobrevivientes  es mucho menos pretencioso con relación a los modelos de “free cinema” inglés y de “nouvelle vague” francesa en boga en 1960’s y a los cuales se acerca amistosamente Memorias del subdesarrollo. Si de influencias se trata, el director en  Los sobrevivientes  se vale de elementos secularizados por las comedias clásicas de el cine norteamericano y el surrealismo europeo: “tit for tat” de El Gordo y El Flaco, “gags” de Chaplin, gestualidad de Buster Keaton, truculencias y encierros canibalísticos de Buñuel.

Tampoco olvida el director un arma muy eficaz del arsenal de recursos risibles de la tradición cultural cubana: el choteo de los ensayos de Jorge Mañach y el teatro de bufos del tiempo colonial y republicano.

Estos elementos parecían superados, o eran omitidos en la creación artística por ser considerados referentes culturales de épocas trascendidas en la la primera década de la revolución. Y de pronto, tras veinte años (1959-1979), la oleada migratoria resultado de las nacionalizaciones y de la quiebra del poder burgués, resurge frente al malecón de La Habana y exilados y emigrados regresan a visitar a los familiares en la isla.

En el contexto de (re) encuentro, realidad y olvido se produce el estreno de  Los sobrevivientes . La familia Orozco por loca y absurda que parezca, a diferencia de la “racionalidad” de Sergio el protagonista de la soledad de Memorias del subdesarrollo, fue inmediatamente asimilada por el público cubano que, para bien o para mal, se reconoció en ella. No así el público o parte la crítica extranjera que, todavía hoy, ve en  Los sobrevivientes  un filme de exotismo y barroquismo tropical o, en el mejor de los casos, una “Titonada más”.

Notas del artículo

  1. La otra figura que pudiera igualarse a la de Alea en mérito cinematográfico es Santiago Álvarez. Ambos formaron el núcleo original del Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográficos (ICAIC, 1959) y compartieron la dirección de filmes como el documental Muerte al invasor (1961). Pese al origen común de noticieros y documentales sus vidas artísticas se separaron posteriormente y como resultado de una suerte de división del trabajo interno cinematográfico, Gutiérrez Alea se especializó en el cine de ficción mientras que Santiago Álvarez se convirtió en el cronista del proceso revolucionario cubano con cientos de noticieros y decenas de documentales en Cuba y países del III Mundo.
  2. El éxodo de cubanos se ha mantenido con flujos y reflujos por medio siglo desde el triunfo de la revolución en 1959. Uno de los motivos fue la definición socialista de la revolución y su alineamiento politico, económico y militar con la Unión Soviética. Desde 1989 con “la caída de el muro de Berlín”, la “crisis de los balseros cubanos” y el “período especial”, las motivaciones de el éxodo se guían más por la falta de desarrollo económico y social que por las afectaciones de riqueza que una clase (la burguesía) haya sufrido. Los que emigran hacia Estados Unidos, Ecuador, Panamٞá, Guyana o Uruguay en la década final del siglo XX y primeras del siglo XXI, más que de una definición social (burguesía o pequeña burguesía) son representativos de la masa del pueblo cubano. Sin embargo, aún los más recientes éxodos de cubanos aguardan por una presencia fílmica de autoría cubana en las pantallas similar a la de pasadas décadas en Los sobrevivientes.
  3. Sobre la “crisis de los balseros (1994-2000)” y su ubicación en el contexto internacional de confrontación entre Cuba y los Estados Unidos y los sucesivos éxodos de cubanos en el último medio siglo, leer el ensayo “Adrift: The Cuba Raft People”, de Alfredo A. Fernández, una investigación sobre los hechos ocurridos en 1994 a través de una beca de la Fundación Rockefeller publicado como non-fiction book por Arte Publico Press (Estados Unidos, 2000).
  4. La casona colonial Santa Bárbara elegida como locación para Los sobrevivientes existe en realidad en las afueras de La Habana. Perteneció a una familia cubana de abolengo durante la etapa colonial y republicana (Loynaz del Castillo). En 1980’s fue la sede oficial de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano bajo el patrocinio de Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982. La mansión en cuestión, con su hechura neoclásica, escaleras, alcobas, comedores y terrazas con mirador al campo, es, como la casa elegida por Buñuel en Ciudad México en 1950’s, el lugar ideal para un filme “claustrofóbico”, émulo cubano de "El ángel exterminador” mexicano. No es casual, tampoco, que Tomás Gutiérrez Alea, quien en los créditos de La muerte de un burócrata rindiera tributo a Buñuel, en más de una ocasión en los diálogos intercambiados por la familia Orozco, mencione la presencia de El ángel exterminador dentro de la casona de Santa Bárbara.
  5. Un gran acierto fue elegir de actores para la familia Orozco a experimentados actores de el teatro y la televisión comercial cubana anteriores a 1959: Enrique Santiesteban, Reynaldo Miravalles, Germán Pinelli y Vicente Revuelta. Cada uno de ellos se esmeró en ofrecer lo mejor de su capacidad histriónica. Tal vez influyó estar en presencia de el mejor cineasta cubano, o el hecho de que éste se atrevía a producir un filme que, aunque crítico de las viejas clases privilegiadas, centraba su interés en la influencia invasiva de la revolución en una familia que vive al margen del tiempo de “sonido y furia” impuesto en el exterior por los revolucionarios.
  6. Ni Los sobrevivientes es un filme políticamente ingenuo ni el director Tomás Gutiérrez Alea es un artista políticamente inocente. Ambos (el director y el filme) por el contrario, son buenos ejemplos de arte político comprometido en el mejor sentido de la palabra. Tomemos como ejemplo la frase “plaza sitiada” en el filme. Este término en boga dentro de la censura oficialista de las artes en Cuba en 1971, aparece casi paralelamente a la intervención del poeta Heberto Padilla en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) tras ser detenido por la policía política y la celebración del I Congreso de Educación y Cultura que secularizó el caracter socialista de la revolución cubana y el de “plaza sitiada” por las agresiones imperialistas que debía enfrentar. Antes, en la década primera de la revolución (1961-1971), el slogan que regía la censura de las artes en Cuba provenía de una frase admonitoria de Fidel Castro: “Con la Revolución todo contra la revolución nada”. Una frase que recuerda a otra de Mussolini en el apogeo de la Marcha sobre Roma: “Libro e moschetto Fascita perfetto”.
  7. A lo largo de el filme se pone de manifiesto el deseo de el director de pagar tributo a la influencia de Buñuel. La asfixia de el encierro de la familia burguesa de los Orozco voluntariamente apartados de el mundo en la casona de Santa Bárbara se corresponde con la asfixia del encierro involuntario de los aristócratas mexicanos en la casona de los Nobile en El ángel exterminador. O la inversión de valores que se produce al cenar los criados con la mantelería y los cubiertos de los amos en Los sobrevivientes como en la parodia de la la última cena realizada por Buñuel en Viridiana.

Del Autor

Alfredo Antonio Fernández
(La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, primera finalista Premio de la Crítica, Cuba, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, Feria Internacional del Libro, Guadalajara,1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razon de Ser de novela, 1989 y Premio Alejo Carpentier de Novela 1993, de la Fundación Alejo Carpentier), Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001), Bye, camaradas (novela, 1era finalista Premio Internacional Novela Marcio Veloz Maggiolo, New York, 2002 y finalista Premio Novela La ciudad y los perros, Madrid, 2003, publicada en la Editorial El barco Ebrio, España, 2012) y A traves del espejo. El cine hispanoamericano contemporaneo. Volumen I (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2013). Sus libros más recientes son la novela Aló, marciano y el libro de ensayos Buñuel In memoriam (ambos por la Editorial El Barco Ebrio, España, 2015). Reside en los Estados Unidos.