Carretera interior y otros poemas

Poesía

Camilo Venegas Yero

Camilo Venegas Yero (Paradero de Camarones, 1967) es escritor y comunicador. Estudió teatro en la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán, en La Habana. En Cuba, fue editor de las revistas El Caimán Barbudo La Gaceta de Cuba. Luego dirigió el Fondo Editorial Casa, de Casa de las Américas.

Desde el año 2000 reside en Santo Domingo, República Dominicana, donde ha sido editor y colaborador de periódicos y revistas (El Caribe, Pasiones, Hoy, Diario Libre, Estilos y Listín Diario). Además, ha laborado en compañías y agencias internacionales como consultor en comunicaciones estratégicas.

En 2002, uno de los números de Pasiones, la revista cultural de la cual era editor en el diario El Caribe, recibió el Award of Excellence que otorga la Society for News Design, de Estados Unidos. Como editor, ha coordinado la publicación de anuarios y volúmenes conmemorativos de importantes instituciones y corporaciones.

Entre sus libros publicados se encuentran Las canciones se olvidan (1992),Los trenes no vuelven (1994), Itinerario (2003),Irlanda está después del puente(premio Internacional Casa de Teatro 2004), Afuera(2007), ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes?(2012) y Prueba de vida (2017).

En 2015 mereció el Premio Caonabo de Oro, el más importante reconocimiento que otorga la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores (ADPE). Es socio fundador de Ediciones El Fogonero, una firma que ofrece asesoría en estrategias de comunicación y producción de contenidos. Está casado con Diana Sarlabous Sosa desde 2012.

–***–

El regreso de las ballenas

Al final no sabes si eres tú o ellas las que han vuelto.
La tarde los estaba esperando con su color
tendido sobre el agua ocre.
Las olas, límpidas y persistentes,
volvían sobre su curso
mientras ella
en vano
trataba de relajarse y flotar.
En algún momento,
luego de hacer un brindis
por cualquier motivo patrio,
los amigos se fueron a navegar
por el vientre de Playa Bonita.
Fue entonces que entendiste
que no importaba el orden de las cosas.
Ni tú ni las ballenas saben respirar
dentro del agua.
Por eso siempre vuelven a este punto
y dicen las mismas palabras,
antes de hundirse en la sal y hacer silencio.

–***–

El suicida

Al final de una noche temible,
después de caminar
a ciegas
por una calle de agosto,
di con la antigua luz
que aún tiene en su verja
mi primera casa en esta ciudad.

Me encerré a solas
con el polvo de las cortinas,
el ruido insoportable
de un ventilador
y los números rojos
de un reloj
que proyecta su tiempo
contra el techo.

Incapaz de lanzarme
por el balcón
y sin una pistola
con la que apuntar
a mi barbilla,
escribí este poema.
Con estos versos
le puse fin
a la vida que llevé
hasta la medianoche
de aquel sábado
oscuro
como una calle de agosto.

–***–

Vueltas en círculos

Las hormigas pueden dar vueltas en círculos hasta morir. Dejándose llevar por el olor de las feromonas, giran y giran. Como los insectos no tienen noción del suicido, no podría llamarse como tal a ese impulso que lleva a la desaparición a toda una colonia.

Hubo que esperar hasta 1921 para que Charles William Beebe explicara las razones de esa absurda conducta. El naturista norteamericano fue el primero en documentar que la espiral de la muerte podía durar hasta dos días.

Mi pueblo comenzó a dar vueltas en círculos a mediados del siglo pasado. A diferencia de las hormigas, que mantienen la cohesión hasta el final, nuestras filas se han desperdigado en diferentes direcciones.

Eso hecho nos hace superiores. Porque no es un problema de desorientación sino de musicalidad. No somos capaces de percibir las feromonas, pero tenemos un enorme sentido del ritmo. Eso nos permitió cogerle el paso a la inercia.

Justo esa ha sido nuestra perdición, el principio del fin. Por más lejos que lleguemos, giramos y giramos, volvemos y volvemos. Lo hacemos en perfecta armonía, sin perder el compás, paso tras paso, hasta caer desfallecidos.

–***–

Carretera interior

Aquí tienes a la vida insignificante de los pueblos.
Mira cómo el humo de la noche se esconde
detrás de unos árboles para que la neblina,
por más que la busque, no pueda dar con ella.
Toca la piel de esa caoba que acaba de pasar.
Hace más de cien años
que nos estuvo esperando en esa curva.

Pronuncia los nombres de Moca y Licey al Medio
como si fueran paisajes de tu infancia.
No dejes que la memoria te confunda
con un mapa que no serías capaz de entender.
Tienes, delante de tus ojos,
lo que tanto has buscado.
Nunca podrá ser de tu propiedad,
tampoco sabrás con exactitud sus coordenadas.
Ni siquiera hace falta que vuelvas
para que sigas perteneciendo a este paraje.
Basta con que pases una vez
y dejes esa parte de ti
que no quiere volver a la ciudad.

Solo para eso hicieron esta carretera interior,
para que pudieras deshacerte de ese peso
que te cierra la garganta y te deja sin aire.
Has hecho este recorrido
para que pases por alto,
al menos por hoy,
los detalles geográficos
que hay en tu acta de nacimiento.

–***–

Custodia

He cuidado de estas cosas por años.
Lo hago con la misma paciencia
que mi abuelo
velaba por la lluvia
que haría crecer
a la hierba
que comerían sus vacas.
He vigilado a estos objetos
incluso
con fiebres muy altas
y dolores
insoportables en la espalda.
Los acaparo,
los ordeno,
los desempolvo
y los miro
con esa angustiosa felicidad
que produce el sentido de pertenencia.

Esto es lo que he podido acaparar
desde que vivo en este remoto paraje
y esto es lo tendré
hasta que desaparezca.
Entonces,
tal como ocurrió
con el potrero,
la hierba
y las vacas de mi abuelo,
llegará el polvo.

Dejaré de poseerlos,
irremediablemente,
con la misma naturalidad
que la lluvia vuelve,
la hierba crece
y las vacas pastan.
Digo que son míos,
pero en verdad son del polvo.
Todo aquí
es de esa pertinaz neblina
que borrará cada huella,
ya sea mía o ajena.