Versos cuarteados, siempre deseosos de diálogo, de que les hagan caso. Aunque sea el eco, la ilusión de ser oído. Si un signo acampa sobre los poemas de Félix Luis Viera es el tan romántico de sentirse dividido entre su afán de aventura y su necesidad de apoyo anímico, de un interlocutor expreso. Las grietas que muestra, para colmo, también invaden aquello que alguna vez fue sostén de la nación, armadura de la patria, soporte de las esperanzas sociales tras una revolución frustrada. Tras el exilio al que se resistió durante décadas.
Son versos que aparecen resquebrajados por fuera, al contextualizarse en las circunstancias cubanas. Y desde luego que también por dentro, al sentir que transmiten con intensidad verbal las experiencias que le han servido de motivación. Por ello –y porque el autor se taja duro, con envidiable autenticidad, cuando decidió en 2002 no escribir más poemas– se han convertido Sin ton ni son en esta substanciosa antología para la que se debe estar preparado.
¿Por qué Sin ton ni son? Pues no sólo porque su libro inaugural lleva el sugestivo título –uno de los mejores en la poesía escrita por cubanos— de Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia; sino porque la tan conocida frase popular señala que Félix Luis Viera nada teme a los que desprecian la creación artística o buscan siempre alguna utilidad práctica en ella. Porque Sin ton ni son está advirtiendo que escribe porque escribe, por el gusto aunque sea por gusto… Porque como buen amante de la poesía coloquial incorpora sin melindres desde un refrán hasta una de las llamadas “malas palabras”, desde un pregón hasta las conversaciones de sobremesa de un grupo de obreros o de doctores… Porque sí. Porque intenta dar la impresión de espontaneidad.
Selección realizada casi siempre con mano dura por el propio autor, Sin ton ni son exige –reitero— estar preparado. Las principales prevenciones advierten que alguna crítica descocotada pondría en fila cronológica los poemas. Rutina bien lejana de las subversivas intenciones del autor, que empieza con “Mi coronel”, poema firmado en 1969, pero no termina con uno de 2002 –cuando dice que dejó de escribir poemas— sino con el tan caracterizador “Esquema de los amantes clandestinos”, firmado en 1991. Poema que con sagaz tino cierra la antología, cuando advierte cómo el Poder siempre persigue y reprime todo lo que le huela a clandestino, en particular a los amantes que “sólo tienen punto de partida”; de ahí que generales y presidentes, con razón asustados, desaprueben sus inicios, asesinen “el punto de partida”.
Lo mismo que la data exacta de los poemas no es determinante, tampoco lo es el esquema generacional. El único real, objetivo, es obviamente el biológico, que separa nietos de padres y abuelos y bisabuelos, con algo más de veinte años entre unos y otros; por lo que Félix Luis Viera (1945) es mi coetáneo (1946) –y de Lina de Feria (1945), Luis Rogelio Nogueras (1944), Reina María Rodríguez (1952)…–; pero sólo podría ser hijo, por ejemplo, de Eliseo Diego (1920) o de Fina García Marruz (1921), no de Fayad Jamís (1930) o Francisco de Oraá (1929)… Sólo los poetas nacidos alrededor o después de 1970 –como Pablo de Cuba Soria (1980)– podrían ser sus hijos, formar otra generación. Pero tales muros cronológicos la mayoría de las veces carecen de efectividad para la caracterización de una obra, para intentar su singularización dentro de la poesía local, regional, de la lengua. Las fechas son útiles por su valor situacional, no exegético, no valorativo desde el punto de vista estético y artístico.
En la dirección de este prólogo –que trata de individualizar Sin ton ni son– se ven varios rasgos que parecen predominar en los poemas seleccionados. A diferencia de los coloquialistas más ortodoxos, Félix Luis Viera no rehúye enriquecer el texto tropológicamente, llamar a un barco “agua del precipicio”. Muchos versos de diferentes cuadernos y poemas así lo muestran, como parte de un eclecticismo al que le espantan las fronteras y credos, los prontuarios que supone de críticos cuando en realidad caza también en los predios de la creación poética, a veces hasta con éxito, como sucede en relevantes sonetos de Jorge Luis Borges o en décimas de José Lezama Lima; en poemas neobarrocos de poderosas refulgencias y alusiones, como los de Gonzalo Rojas…
La declarada admiración que el poeta siente hacia César Vallejo argumenta este rasgo. La presencia implícita del genial peruano llega hasta tener guiños alusivos en muchos poemas, como “Ley”. En “Elegía final” con su “terneza”, no puede ser más directa. O la que se disfruta en “De noche a punto de llover”, uno de los mejores de toda su obra, donde “Iba a llover y su pelo olía a las primeras gotas”.
Junto a esta soltura lejana de fanatismos estilísticos, se aprecia un rasgo que quizás provenga de que se trata también de un novelista. Su condición de narrador le hace estructurar con mucho profesionalismo sus poemas más notables. Tiene un sentido muy nítido del in crescendo, virtud y técnica poco usuales entre los poetas del último medio siglo. La arquitectura de poemas como “Aranka Jaksic”, deja muy pocas dudas al dosificar la anécdota con magistral desenvolvimiento, a gotas que envuelven al lector en el deseo de conocer el desenlace. Lo mismo ocurre en el excelente “Mi madre me dice una nana” o en “Romántico”.
A propósito de “Romántico” es válido observar que predominan en la antología los poemas eróticos, que recuerdan o retratan alguna relación amorosa. Sus versos están cuarteados porque casi siempre hablan –muchas de ellas como si el interlocutor estuviese presente— de un idilio, de una pareja envuelta en el amor que desde luego es sexual, carnal. Parece que nada mejor para cuartear versos o vida que en el poema “A flor o flor” confesar que “Si perdí lo que más duele son los flancos”.
Un tercer rasgo sería la presencia, en sus múltiples disfraces expresivos, de la paradoja. El poema “Des Equilibrio” la exhibe como clave. Pero en otros va subrepticiamente adquiriendo relieve, convirtiéndose en el leitmotiv. Figura retórica que desliza ironías, la paradoja o antinomia indica rompimiento de la lógica, como en “La más hermosa primavera” o en el deliciosamente alegre y eufónico “Prefiero los que cantan”. La trivialidad lógica de las rutinas, de lo siempre esperado de la misma forma, tiene en el poema “A veces” un antídoto para desde esa paradoja lanzar a los abismos las grisuras repetitivas y de paso a tanto escritorzuelo encharcado en lugares comunes, sin saltar hacia los contrastes.
En “Elegía para este hombre perfecto” –sátira contra el llamado “hombre nuevo” del supuesto “socialismo” cubano— se unen los rasgos para recrudecer las ironías. Allí está también, revoloteando por sus versos, el cuaderno Fuera del juego de Heberto Padilla, que marcara en 1968 un antes y un después en la poesía conversacional de habla hispana y diera un fuerte bofetón al Poder. Félix Luis Viera dice allí que “Este hombrecito perfecto ni siquiera capaz // de enseñar que debajo de la cara tiene sangre// cuando una palabra viaja hacia él como un cuchillo”.
Tal vez sin llegar a ser rasgos de Sin ton ni son, pero con vigorosa presencia en algunos de los poemas que forman un arco de alrededor de treinta años de creación, se hallan el tono epigramático, la interpelación y algo cada vez más raro: el saludo al canon, desde una gratitud donde no hay una voluntad competitiva sino una inexorable vocación literaria, un ser escritor porque no le queda más remedio. De ahí, como divirtiéndose –otra paradoja—, escribe “Un sueño fenomenal”. Cuya dedicatoria recibo porque tiene mucho de inteligente broma –casi de Bernard Shaw–; tiene mucho de fraterno juego y devaluación de almidones, sabiendo que yo participo de sus rechazos a las quimeras perfeccionistas, al “libro perfecto” y sus secuaces académicos.
“Récord” es un epigrama. Entre otros resalto “El piensa en la polilla”. Y los dos versos del divertido por insolente “Poema para resolver la tan comentada carencia de crítica literaria”, que cuentan: “Él dice que por ejemplo tú, carpintero”, // necesites un poema para serruchar”. Aunque hay otro epigrama de sólo un verso, que le hubiera encantado a Nicanor Parra —maestro del coloquialismo–. Por su título entra la lógica formal: “Página en blanco”. Pero dice sencilla, irónicamente: “Yo sé que un día me vas a matar”.
La interpelación es constante, exalta la necesidad de otra presencia, da leña a la caracterización romántica del autor, pues solo no es nadie y lo sabe, solo no quiere estar. Y no puede. Como confiesa en “Hay veces”, donde un verso susurra: “noches en que las luces están tan tristes en los charcos”. Ella está presente en “Aviso sobre cierta mujer”. Alguien –además del lector— oye o lee “Pero siguió”, comprende “Podrías”.
Las dedicatorias de poemas a autores cubanos de generaciones anteriores, así como la actitud –docenas de reseñas y artículos– que le conocemos a Félix Luis Viera, muestran sin equívocos que su agón no es excluyente sino envolvente, fraterno. Manuel Díaz Martínez, César López y Rafael Alcides –por ejemplo– reciben sendas señales en poemas que los involucran, que más allá de la gentileza de la dedicatoria se introducen en sus poéticas.
Y es que Sin ton ni son exhibe su autonomía al reconocerse en la tradición, al no resbalar por ninguna tonta arrogancia, al no oler a inopia juvenil o senil… Lo mismo puede decirse –entre cubanos del exilio que no hacemos concesiones al régimen— de su independencia política, de su ideario autónomo, libre. En “He visto al cuervo venir” están las referencias al cuervo en el último poema de Fuera del juego y en su simbolismo que transcurre por el conocido poema de Edgar Allan Poe; además de la tristeza de quien ha perdido la esperanza en mesianismos y revoluciones, en las engañifas que construían el futuro.
Conociendo que Félix Luis Viera es de los que sólo tienen punto de partida, inauguro y clausuro esta invitación a leer Sin ton ni son con su “Brindis” de “elogio de la diversidad”. En él se haya la almendra de su poética cuarteada, que como a una muchacha le dice que “fue la vida” la hermosa, terrible culpable de cada suceso, de cada poema. Y “aunque no toda el agua es el agua de la fuente”, la ternura –siempre decisiva— es su “Leyenda”. La que aparece “sentada, hacía milenios, en una piedra alta, visible desde todas las esquinas de la Tierra”.
En Aventura, Florida y 2019
