José Manuel Costas Goberna (España, 1941). Catedrático de Lengua y Literatura Española en Instituto de Bachillerato. Ha publicado los libros Muerte de Venus (premio Ateneo de Valladolid de novela, 1974), El cazador de sueños (premio Ciudad Real de novela, 1975), Mis amores con Anna Freud (premio Ciudad de Irún de novela, 1987), Ladis (premio Ciudad de Irún de cuento, 1987), Luna de agosto (premio Félix Urabayen de novela, 1988), Llanto en Isla Negra (premio Casino de Mieres de novela, 1990), Viaje al fin del arte (2º premio del Concurso Internacional de Cuentos Miguel de Unamuno del año 1999), Cuerpos salvajes (premio de novela Ciudad de Badajoz, 2002), La piel del agua (premio de novela Carolina Coronado, 2004), Mujer de largos vientos (2013) y El puto país (2014).
El fragmento que aquí ofrecemos en carácter de exclusiva a nuestros lectores pertenece a su novela más reciente La herencia Kafka, publicada por Ilíada Ediciones este mes de agosto de 2019.
Puede adquirir el libro aquí: La herencia Kafka (Ilíada Ediciones, Colección Caribdis de Narrativa, Alemania, 2019)
*** — ***
Uno
Dios no es una pulga ni Franz Kafka fue un escarabajo ni tú eres el monstruoso insecto en que Gregor Samsa se vio convertido aquella mañana al despertarse de un sueño agitado. Te llamas Ari Kafka. No eres tan alto como tu abuelo Franz Kafka, que medía 1,82, ni has recibido de los dioses el talento literario que le regalaron a él, pero disfrutas de tus propias cualidades. Gozas de buena salud. Nunca has tenido enfrentamientos con tu padre Daniel Kafka ni enfados con tu madre Rebecca Herlem. Has demostrado gran intuición y habilidad a la hora de elegir los recursos más eficaces de la ironía y el humor para superar situaciones complicadas. A tu padre le debes la melena leonina y el semblante de persona reflexiva, así como la propensión a la melancolía, rasgo común a todos los personajes K, letra en la que ha quedado atrapado el siglo XX. De tu madre has heredado esos ojos de un azul misterioso y esos hoyuelos tan simpáticos que se te forman en las mejillas, cerca de la boca, cuando te ríes. Eres tan cuidadoso con la ropa como lo era tu abuelo Franz. Igual que le gustaba a él, te gusta a ti vestir bien en todo momento y lugar, hasta con elegancia si puede ser. De tu abuela Dora Diamant conservas las notas y páginas que ella recibió de su amado Franz durante los meses en los que, juntos, vivieron amor y dolor, realidad y fantasía; este legado incluye las comunicaciones que Kafka mantuvo con ella en hojas de bloc mientras estuvo sometido a la cura de silencio por imperativo de su maltrecha laringe. También guardas los apuntes que Dora Diamant escribió durante las últimas semanas de su vida, cuando ya sabía que su nefritis no podía ser curada. A tu buena fortuna le debes algunos de esos dones que tú vives tan íntimamente como los vivió ella: la naturalidad y sencillez en el trato, la bondad que es en sí misma una virtud, la especial disposición que te caracteriza para sentir emociones y afectos, la voracidad de la piel que despierta en ti el ansia de caricias y de goces, la potencia anímica con que disfrutas de la carnalidad triunfante.
Esta mañana te despiertas a la hora de todos los días laborables. Tu bufete de abogado está lleno de expedientes, documentos y papeles que esperan soluciones urgentes. Nada más abrir los ojos, estiras el brazo derecho y buscas el bulto bello de Dora Maar. Enorme extrañeza sacude tu semblante. Las culebrillas feroces de un escalofrío recorren tu cuerpo y avivan dientes crueles en tus nervios al descubrir que en la cama, a tu lado, no está la hermosura caliente que dormía contigo. Tu mano codiciosa de hombre atribulado insiste en rastrear las caricias que tu piel necesita para alimentarse y ganar el día, pero tan solo encuentras el espacio blanco del vacío, húmedo el embozo de la sábana, ásperos al tacto los bordados de la colcha, y la almohada… ¡huy, qué fría! Nadie puede robarte la certidumbre de que “hacer el amor con una mujer” y “dormir con una mujer” son formas de expresar pasiones distintas. Siempre has dicho que el amor no reside en el deseo de acostarse con una mujer, apetencia de la carne que, por lo general, se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres, sino en la necesidad de dormir abrazado a una mujer concreta todas las noches del año, con lo que ello significa de cariño, comprensión y vida compartida. De pronto, levantas la cabeza con la resolución ansiosa de quien busca el aire que le falta. De golpe, alzas los brazos y yergues el torso. Tus ojos van tropezando con fotografías, cuadros, muebles, objetos decorativos, ropas colgadas igual que si estuvieras en la habitación de Van Gogh, pero a tu lado y a tu alrededor solo hay soledad. Vuelves a reposar la cabeza sobre la almohada como si tan solo desearas hundirte en la indolencia de la dulce pereza, pero la geografía de tu cara refleja la atención máxima de tu mente y de tus sentidos en el mundo de la casa: el olor de la mujer, el roce de la bata rosa, los pasos delicados de los pies al andar, el aroma del café, el rumor de las cosas al ser usadas, un murmullo, un carraspeo. Te incorporas con decisión incontenible. Pueden leerse en tu semblante los signos de la liebre acosada o del sabueso que huele algo. Columpias la mirada entre las dos fotografías de 70 x 70: a la derecha, tus ojos de minotauro devoran el cuerpo de Dora Maar bajo un cielo de cañizo que filtra el sol y convierte la estancia en intimidad rayada; a la izquierda, tu rostro de héroe condecorado se acerca a los carmines atrevidos con los que Dora Maar incendia la cubierta de un velero. Al instante, voláis juntos en la escoba de Margarita hacia el este del Peloponeso, paseáis por las calles empinadas de Nauplion, os hacéis selfies con las mejillas pegadas y los ojos radiantes en una terraza luminosa que da al mar, os besáis con pasión frente al castillo de Burtzi, isla que parece flotar sobre las aguas alucinadas del Golfo Argólico.
Saltas de la cama y corres al pasillo. Pisas un rectángulo de luz en la alfombra y entras a ver a Dora Maar en el baño, pero no la encuentras. Sales y revuelves los ojos como luceros que hacen rodar destellos de furia sobre muebles y objetos. Por todos los rincones de la casa vas pronunciando el nombre que te ha metido el susto en el cuerpo: dos palabras bien saboreadas, rabiosamente extendidas en el paladar no para tomarles el gusto como si se tratara de un licor o de un vino excelente, sino para dar fe de vida y reafirmar con ella tu propia existencia. Pateas el suelo igual que un chiquillo enrabietado, pero es inútil. Dora Maar no aparece. Asombro y desgracia. Vuelves a recorrer todas las dependencias, abres de nuevo todas las puertas, miras y miras, pero solo encuentras más dolor y más angustia. Dora Maar ni siquiera está en el estudio donde ella tiene sus libros, hace sus traducciones y prepara sus clases como profesora en el Departamento de Lenguas Clásicas de una de las universidades más prestigiosas de Europa, institución fundada en el siglo XVI. La agitación de tu mente crece y se manifiesta en la excitación general de tu cuerpo. Mientras andas, rabias y buscas a tu amor perdido, un chorro de palabras brota de tu boca con asombro creciente y va saltando por la casa con ímpetu cada vez mayor. Qué dices. Para quién hablas. Qué respuesta esperas y de quién, si no hay nadie, si a Dora Maar se la ha llevado el diablo. Hablas porque la palabra es la casa del ser (como bien has aprendido en Heidegger), la morada en la que vives, te construyes y alimentas. Si no fuera para saber que existes en medio de esta lucha entre soledad y compañía, para qué ibas a querer las palabras. Hablas para penetrar en tus abismos, para conocerte a ti mismo. Los límites de tu mundo propio son marcados por los límites de tu lengua. Todo lo que eres acontece en el lenguaje, se revela en la lengua que utilizas para crear tu realidad. Y ahora hablas y hablas porque necesitas entender lo que pasa, lo que te pasa; sobre todo, porque necesitas combatir la angustia, es decir, protegerte contra el olvido de ser o dejar de existir.
Este silencio que me rodea como una zarpa opresora, estos escalofríos que me golpean con tanta malicia, esta repentina falta de norte, de rumbo, de brújula, y yo no sé… Aunque ahora clave en la sien el dedo índice y luego frote el lóbulo de la oreja con los dedos índice y pulgar, como hacía Bogart ante una complicación argumental. Sí, bueno, a Dora Maar no le quedaban cigarrillos y habrá bajado a comprar una cajetilla. Puedo entenderlo fácilmente, claro que sí. Pero otras mañanas, cuando me veía muy dormido y ella quería salir, me dejaba en la mesilla de noche una nota escrita con letras mayúsculas en la que me decía adónde iba y cuánto tardaría en regresar. En cambio, hoy se ha ido sin decirme ni mu. Y esas luces… qué pintan encendidas esas luces. Lo más extraño y altamente significativo es que esta mañana haya salido a la calle sin tomar el café. Cómo no se lo ha tomado hoy si es lo primero que ha hecho siempre, de modo invariable, después de levantarse: dirigirse a la cocina como una autómata y preparar su cafetera. Por qué se habrá olvidado esta mañana si nunca ha sido capaz de hacer ninguna otra cosa antes de tomar ese primer café. No lo entiendo, por más vueltas que dé pateando el suelo de la cocina. ¿Estaría ya levantada Dora Maar, y en unos instantes de atontamiento la raptaron? ¿Habrá sido secuestrada mientras yo dormía y ella se fumaba el último pitillo que le quedaba? Veo que la cerradura de la puerta no está forzada, ni hay daño alguno en la madera. Seguramente Dora Maar ha salido corriendo porque le dolía la cabeza y necesitaba airearla. Durante las últimas semanas le ha dolido con mucha frecuencia. Puede ser jaqueca, tal vez una herencia de migrañas. Su madre también las padecía. Algunos compañeros y amigos la han visto con temblores, y me lo han contado. A veces se quejaba de palpitaciones. Y sentía ahogo, incluso mareos, por no añadir vómitos. Todas las noches se quedaba dormida en el sillón y era muy raro que viera una película entera. Si anoche terminó la del nido del cuco fue porque últimamente tiene debilidad por Jack Nicholson. Llevamos muchas noches durmiendo mal, esto es para mí lo más sintomático y lo más fastidioso. Porque no solo se despierta ella, también me despierto yo. Tan pronto como Dora Maar enciende la luz, me pregunta la hora. Lo más normal es que en esos momentos la vea revuelta, incluso sobresaltada. Entonces ella va a la cocina y toma una pastilla, no sé…, toma algo y vuelve a la cama.
Buscas el teléfono y llamas a Dora Maar. Al instante oyes que su móvil suena en su despacho. Y te enfureces: ¡Vaya faena! Siempre lo tiene con ella, nunca abandona su teléfono; en cambio, ahora aparece a la izquierda de su ordenador, debajo de unos folios escritos a mano con su habitual bolígrafo de tinta negra. Meneas la cabeza: ¡En qué estaría pensando esta mujer mía! Detienes los ojos en la lámpara grande que aparece encendida sobre la mesa. Seguro que la dejó así para mantener a raya las penumbras en las que habitan los fantasmas que vienen acosando a Dora Maar desde el momento mismo en que su madre, Ruth Megassi de nacimiento, Paula Markovitch después de la adopción, abandonó este mundo. Hueles el tufo de una colilla. Respiras con mucha fuerza, hinchando las narices en claro gesto de ira. Te quedas contemplando el cigarrillo consumido en el cenicero azul. Acaricias el reborde con las yemas de los dedos. Lo noto aún caliente. Algo muy extraño tiene que estar ocurriendo para que ese cilindro de ceniza que se estira en el cenicero se me figure un repugnante ciempiés moviendo sus anillos como un oleaje perezoso. La nostalgia, que es un don travieso, danza delante de mí, como una ardilla graciosa, y me obliga a fijar los ojos en el cenicero azul, precioso recuerdo, agridulce como el final de una aventura. Nos gustó a los dos nada más verlo en aquella cervecería de la capital de Baviera. La astuta Dora Maar consiguió guardarlo en su bolso. Gracias a eso puedo contemplarlo ahora con la ternura del afecto, ese cariño muy filtrado que reservamos para los seres más queridos. El león del fondo, un bajorrelieve muy denegrido ya, sigue jadeando entre cenizas, colillas y cáscaras de pistacho. El paso del tiempo ha causado los desperfectos que aparecen en el borde circular del cenicero, combinados con sus viejas galas publicitarias, así: 350 JAHRE, colilla, desconchón / Löwen-Pils, desconchón, colilla / DAS gute BIER, colilla, desconchón.
Como no soporto el café recalentado, necesito preparar una cafetera a mi gusto. Llenas el molinillo y lo pones en funcionamiento. Lo más delicioso que hay para mí en una cocina es el aroma del café cuando se muele. Mmm…, qué delicia. Rellenas la cafetera con el café recién molido, la pones en el fuego y te encaminas a tu despacho. Marcas el número del teléfono del Café Chaplin. Lo sé bien, al lado de la barra está la máquina en donde Dora Maar compra su tabaco. Pero me contestan que hoy no han visto por allí a mi mujer. Paciencia y barajar. Te agarras de inmediato al salvavidas de tus asuntos profesionales. Y con un fajo de papeles en la mano te sientas en el sillón de orejas. Me espera un día muy ajetreado. Tengo el bufete a tope: expedientes, reclamaciones, testigos que a última hora se niegan a prestar declaración, clientes presionando como locos. Además de todo esto, en mi cabeza y en estas carpetas se amontonan las cuestiones que tanto me preocupan sobre mi abuelo Franz Kafka, de modo especial las revisiones desmitificadoras de su vida y su obra. Confieso que no existe para mí un trabajo más urgente ni más gratificante que devolverle al genio mitificado su condición de hombre. Ya el polémico Martin Walser afirmó hace años lo que hoy repito yo con igual convencimiento y tal vez con pasión más intensa: “Tenemos que liberar a Kafka de sus intérpretes”. Y para complicarme la vida, a Dora Maar no podía habérsele ocurrido nada mejor que desaparecer hoy, precisamente hoy, cuando yo tenía pensado, con su ayuda, empezar a poner orden en los datos que nos proporcionan estos documentos. Nadie nos los ha regalado. Los hemos conseguido después de mucho tiempo, y con mucho esfuerzo, una vez alcanzado el final, favorable para nosotros, del embrollado asunto de los manuscritos de Kafka incluidos en el legado de Max Brod. Llevábamos ocho años esperando que estos papeles llegasen a nuestras manos, esta muestra tan apresurada como deslumbrante de unos testimonios que nos iluminan la salvación final de Franz Kafka en el amor y por el amor de Dora Diamant, gracias al valor sereno y la entereza de esta mujer joven, inteligente, vital, sencilla, independiente y libre. En realidad, Franz Kafka nunca fue Franz Kafka mientras vivió en este mundo, alojado en la mortalidad de su cuerpo doliente. Es bien sabido que tuvo que esperar a su consagración post mortem, hecho feliz que no siempre corona la vida y la obra de los escritores más geniales. Y luego tuvo que armarse de paciencia en su madriguera para soportar los caprichos y manías de Max Brod, las fechorías de los editores, las apropiaciones indebidas de Esther Hoffe y sus hijas, así como las manipulaciones de no pocos críticos y ensayistas retorcidos. Por fin, después de noventa y dos años, y a pesar de todos los pesares, Franz Kafka estará riéndose a carcajada limpia en el escondite de su gloria.
