Andreu Jerez es uno de los mejores articulistas que he leído en los últimos años. Y eso: leer un texto inteligente, mesurado y apasionado a la vez, profundo en sus análisis e intentando la mayor objetividad posible, es algo que uno agradece en momentos en que el periodismo se ha convertido en una plataforma de mediocres incultos que creen poder hablar de todo sin siquiera dedicar un tiempo a leer sobre el tema de que se trate. Porque uno, tal vez porque pertenezca a la vieja escuela que enseñaba el periodismo como una combinación de sacerdocio y orfebreria, se desespera en estos días buscando análisis serios, bien fundamentados, y no simples acercamientos superficiales a esos sucesos que convulsionan, e incluso cambian el rostro político y social del mundo.
En internet, ya sea con las actualizaciones de su blog Cielo bajo Berlín, o sea con sus colaboraciones en numerosos periódicos de España, pueden encontrarse muchos de esos artículos en los que Andreu Jerez desnuda la lepra que corroe las sociedades europeas (y por extensión, el mal que exportan a otras sociedades y otras culturas). Pero su mayor contribución al periodismo son sus incursiones en un tema tan complejo y controvertido como el del resurgimiento y ascenso de la ultraderecha en el mundo actual. Esta entrevista nace de la lectura de dos libros que Andreu Jerez ha escrito junto a su colega, el argentino Franco Delle Donne: Factor AFD. El retorno de la ultraderecha en Alemania (2017) y Epidemia Ultra. La ola reaccionaria que contagia a Europa (2019).
De cara a los lectores de nuestra revista me veo obligado a ubicarlos en dos aspectos algo personales, pero que, por la temática del libro que nos ocupa, resultan esenciales: ¿cómo llegas al periodismo y, todavía más importante, cómo llegas a vivir y trabajar en Alemania?
Aunque suene un poco tópico, llego al periodismo por vocación. Realmente me comenzó a interesar como profesión bien pronto, ya en la escuela primaria. Me atraía entender las cosas y luego intentar explicarlas. También recuerdo que mi padre un día dijo que le hubiera gustado ser periodista, pero que nunca tuvo la oportunidad. Así que supongo que, casi de manera inconsciente, me propuse aprovechar esa oportunidad que él no tuvo y yo sí. Posteriormente, mi familia me ayudó a estudiar periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona, y ahí comienza una aventura que llega hasta hoy.
A Alemania llego por el idioma. Tuve la suerte de poder comenzar a estudiar alemán ya en secundaria. Es una lengua que me ha ido acompañando a lo largo de toda mi formación académica y profesional. Siempre estuvo ahí, siempre estuve peleando por intentar dominarlo y que no me dominase a mi. Durante mis estudios universitarios surgió la posibilidad de estudiar un semestre en Berlín. Corría el año 2003, y entonces muy poca gente tenía interés por ir a la capital alemana, así que fue bastante fácil acceder a la beca. Una vez que pise Berlín, no fue difícil darme cuenta de que era una ciudad para quedarse.
Tras la beca, regresé a Barcelona para acabar mis estudios y trabajar unos años, hasta que en 2007, poco antes del estallido de la crisis económica española (y mundial), decido marcharme definitivamente a Berlín para buscarme la vida. Ahí comienza la fase más interesante de vida, con bastantes viajes y muchas experiencias laborales y personales. Una fase, por suerte, todavía inacabada.
Otra pregunta de ubicación: si tuvieras que definir Epidemia Ultra, aparte de explicar que se trata de las incursiones que sobre el tema han hecho algunos colegas periodistas, ¿qué dirías?
Considero que Epidemia Ultra, a diferencia de nuestro anterior libro Factor AfD –un estudio sistemático del partido ultraderechista más exitoso de la historia de la República Federal de Alemania-, es una mirada general de lo que está ocurriendo en Europa, una especie de paneo que nos ha servido para confirmar una sospecha que teníamos desde hace años: que el surgimiento de partidos y/o movimientos ultraderechistas ha dejado de ser un fenómeno circunscrito a las fronteras de los Estados europeos para convertirse en una amenaza transnacional. Es como el espíritu de una época, cuyas raíces comienzan con la crisis económica que arranca oficialmente en 2008. Creo que la coyuntura política que observamos actualmente en Europa es incomprensible sin entender previamente las consecuencias de aquel tsunami económico que golpeó a tanta gente de las clases medias y bajas del continente.
Uno de los argumentos más socorridos en los últimos sobre la situación actual de Europa (y en cierta medida, por extensión, del mundo) es la inopia de sectores muy amplios de la juventud y la población común en materia política, eso que algunos especialistas han llegado incluso a llamar “idiotización del pueblo”. Sin embargo, tanto el primer libro, Factor Afd. El retorno de la ultraderecha a Alemania, como el más reciente, Epidemia Ultra. La ola reaccionaria que contagia a Europa, e incluso varios de tus artículos sobre este polémico tema, parecen apelar precisamente a la necesidad de que la sociedad moderna tome cartas en el asunto. ¿Crees realmente que, tal y como está conformado el escenario político moderno, pueda la juventud o cualquier otro sector de la población revertir esta epidemia ultraderechista?
La politización de la sociedad civil, ya sea mayor o joven, es una de las herramientas fundamentales para frenar la epidemia ultraderechista de la que somos testigos. La despolitización o la antipolítica suelen alimentar a las formaciones ultraderechistas de dos formas: primero, a través de la desmovilización electoral de capas sociales que nunca votarían a estas opciones políticas xenófobas, homófobas y ultranacionalistas, y segundo, a través de un voto de castigo de ciudadanos que estaban en la abstención y que deciden aplicar un castigo al sistema a través de la elección de la casilla de los partidos ultras en la papeleta electoral.
Además, habría que sumar a estos dos mecanismos un tercer fenómeno que estamos observando más recientemente en Alemania, pero que ya se da hace tiempo en Francia: el trasvase electoral de votantes tradicionales del centro izquierda (de partidos socialdemócratas y poscomunistas) a partidos ultraderechistas o protofascistas; este último es tal vez el síntoma más alarmante de la epidemia ultra que describe el libro. La clase asalariada, la más numerosa de nuestras sociedades, está comenzando a girar a la ultraderecha. Las consecuencias de este fenómeno, si se acaba consumando, son fácilmente observables en la historia del siglo pasado.
Hay un grito en tu libro que creo fundamental: la subestimación de la ultraderecha. Una tesis apunta justamente a que, más que subestimarla, el desgaste de los partidos tradicionales y, encima, la aplicación ciega de la teoría de lo políticamente correcto es una de las debilidades de la sociedad europea (y moderna, en general) que más culpa tiene en que estos partidos políticos hayan ido ocupando el espacio que hoy tienen. ¿Ves algo de razón en esa tesis?
Los partidos políticos tradicionales y los medios de comunicación llevan años subestimando el potencial electoral de los nuevos partidos ultraderechistas. El caso más claro, y también el que mejor conozco, es el de Alternativa para Alemania (AfD): prácticamente desde su nacimiento en 2013, analistas y políticos profesionales auguraban su pronta desaparición; poco antes de las últimas elecciones federales de 2017, voces relevantes de la CDU (el partido de la canciller Merkel) todavía dudaban en público de la entrada de AfD en el parlamento federal alemán. Finalmente, consiguió el 12,6% de los votos (más de cinco millones de sufragios) y hoy es la tercera fuerza del país y lidera la oposición parlamentaria.
Sobre la tesis que comentas, no creo que sea incompatible con la subestimación de la ultraderecha; quiero decir, creo que el hecho de que los partidos tradicionales estén tan desgastados contribuye a que estos subestimen la amenaza ultra: prefieren cerrar los ojos y seguir como si nada estuviera pasando, con la esperanza de que en algún momento, como por arte de magia, todo vuelva a ser como hace una década, con sistemas políticos estables anclados por lo general en un sólido bipartidismo. Pero eso difícilmente ocurrirá.
En cuanto a la fe ciega en lo políticamente correcto, creo que se trata más bien de una estrategia de los partidos ultraderechistas para atacar una serie de valores -respeto a los Derechos Humanos, al derecho al asilo, a la libertad sexual, oposición al totalitarismo- que dábamos por descontados en las sociedad europeas. Puede que haya asuntos que a menudo no entren en la agenda política e informativa -el poder de influencia de las élites en el espacio público sigue estando ahí-, pero las tesis ultras de que vivimos en sociedad gobernadas por tramas liberales y sesentayochistas me parecen pura teoría de la conspiración con claras intenciones antipolíticas.
Otras teorías de la conspiración, básicamente nacidas en sectores de izquierda, apuntan a que se trata de una estrategia global, de acuerdos cuyos alcances tácticos reales han sido ocultados a la opinión pública internacional, obviamente, con fines nada nobles. ¿Consideras posible la existencia de esta especie de pacto ultraderechista secreto, más allá de los reconocidos acuerdos, usualmente públicos, de algunos dirigentes europeos?
Como comentaba en la respuesta anterior, las teorías de la conspiración, ya vengan de la derecha o la izquierda, me interesan poco porque se basan en especulaciones y suelen alimentar pasiones antipolíticas y a menudo también antipluralistas. Bloquean el debate porque simplemente se basan en una fe ciega contra un presunto contubernio que socava nuestros intereses personales. Prefiero ir a los hechos constatables.
Y un hecho constatable son las redes de colaboración y los contactos entre las diferentes fuerzas ultras europeas. Han organizado convenciones, reuniones y mítines transnacionales con el objetivo de crear un frente europeo contra la acogida de refugiados, contra las sociedad multiétnicas y multirreligiosas, contra sociedad, al fin y al cabo, abiertas. Ahí tenemos la cumbre que celebraron en Coblenza en 2016, que da precisamente comienzo a nuestro libro Factor AfD en forma de crónica, o el mitin que organizó Salvini en Milán antes de las últimas elecciones europeas.
El frente ultraderechista europeo, pese a las evidentes diferencias dentro del mismo, existe. La amenaza ultra en la Unión Europea ha dejado de ser marginal y abstracta para convertirse en algo concreto, con líderes, programas políticos y con apoyos electorales nada menospreciables. Si estos partidos cuentan ahora con semejantes plataformas, ahora imaginemos adónde podrían llegar si sufrimos una recesión similar (o peor) a la del 2008. Dudo seriamente de que estemos preparados para ello.
Es un tema complejísimo, sin dudas, en el que figuras tan polémicas como la islamofobia, el populismo, la xenofobia, el anticomunismo, la manipulación de las masas, entre otras, complican el alcance de una verdad lo más cercana posible a la realidad que estamos viviendo. Y cuando se escuchan análisis sobre el tema, da la impresión de que todo es igual. Quizás sea el resultado de que muchos se apegan a la teoría de que la europeización de Europa es un hecho, que ha unificado muchos procesos sociales en la región hasta hacerlos muy idénticos. ¿Puede considerarse que estas figuras son regularidades en el proceso de ascenso de la ultraderecha en Europa o cada país es, pese a esa supuesta “europeización” realmente distinto?
Como muestran los aportes de los autores que contribuyeron a crear Epidemia Ultra, cada Estado europeo tiene sus peculiaridades históricas, económicas y sociales. Por tanto, cada una de las fuerzas ultraderechistas analizadas en el libro también presenta unas características propias.
Sin embargo, sí creo que las fuerzas que conforman el frente ultra antes citado muestran comunes denominadores: islamofobia, xenofobia, ultranacionalismo, rechazo a la integración europea, antimulticulturalismo, defensa de sociedades étnica y culturalmente homogéneas, revisionismo de la historia reciente de Europa, banalización de crímenes cometidos por el fascismo y nazismo el siglo pasado, etcétera. Nos enfrentamos a un claro movimiento reaccionario que, en algunos casos, entronca con ciertas tradiciones políticas antiliberales, antidemocráticas y antipluralistas de entreguerras (años 20 y 30 del siglo XX).
El caso de AfD es, en ese sentido, paradigmático: sus líderes hacen referencia directa e indirecta a la llamada Revolución Conservadora alemana que preparó el camino para la llegada al poder del nazismo. Hoy ese movimiento se autodenomina Nuevas Derechas y su objetivo declarado es ganar la guerra cultural para posteriormente hacerse con el poder político en Alemania. Y esto último no es una teoría de la conspiración: es un movimiento ideológico e intelectual ampliamente documentado y que tiene a AfD como principal ariete político.
En el populismo latinoamericano, y en su extensión como tendencia, tuvo un peso singular (y en cierta medida, aún lo tiene) la figura de los caudillos, llámese Rosas, Zapata, Vargas, Perón o Castro. ¿Tiene el mismo peso en Europa la existencia de estas personalidades, que acá encabezan, en los últimos tiempos, Le Pen, Orban, Salvini, Strache…?
Este es un debate que he tenido a menudo con Franco Delle Donne, el colega con el que he editado los dos libros ya mencionados. Las sociedades europeas actuales son más complejas y están mucho más fragmentadas culturalmente hoy que hace 100 años. Por tanto, creo que los liderazgos mesiánicos y populistas que comentas, y que tanto peso han tenido -y en parte siguen teniendo en Latinoamérica-, han pasado a mejor vida en el Viejo Continente.
AfD, por ejemplo, es un partido con una sólida y transversal base electoral que no cuenta con un líder claro, sino más bien con un liderazgo coral que le sirve para mantener la fidelidad de sus diferentes públicos: clase alta chovinista, clase media temerosa, desempleados de larga duración, neonazis, jubilados pobres, antiguos abstencionistas enojados con el sistema, alemanes orientales con sensación de ser ciudadanos de segunda categoría, etcétera.
Sin embargo, no es menos cierto que los partidos ultraderechistas también necesitan liderazgos claros que frenen posibles enfrentamientos internos y que puedan socavar su potencial electoral. Esto se hace aún más evidente en sistemas presidencialistas como el francés, en el que candidato o candidata juegan un papel fundamental a la hora de depositar el voto.
Y tampoco convendría subestimar el poder de atracción que podrían recuperar los liderazgos mesiánicos en caso de nuevas crisis económicas severas o de futuras olas migratorias generadas, por ejemplo, por una crisis climática cada vez más evidente.
Regionalmente, al menos desde las perspectivas de los artículos incluidos en el libro, ¿qué peligros existen para la estabilidad de la Unión Europea? ¿Podría existir desde la política europea un contrapeso a esos peligros o eres de los que piensan que ya la UE es un proyecto fallido?
La UE es un proyecto en amenaza de derribo. La crisis de deuda y del euro, el Brexit son sólo algunos de los síntomas de un proyecto que ha traído muchas ventajas a los ciudadanos de los Estados que forman parte de él, pero que también muestra graves problemas en su diseño institucional. El déficit democrático y la falta de transparencia de sus más altas instancias son sólo algunos ejemplos.
El avance de la ultraderecha es otro de los síntomas de que la estabilidad de la UE está en serio peligro, pese a que los analistas y políticos que residen y trabajan en Bruselas sigan queriendo quitarle hierro al asunto. Sólo hace falta echar un vistazo a las tendencias políticas que se están imponiendo, por ejemplo, en los Estados del este de Europa, los últimos en acceder al bloque y cuyas sociedades muestran fuertes resistencias a acoger refugiados o a respetar las libertades sexuales de cualquier sociedad plural que se precie.
Y luego está el tema económico: por mucho que la UE venda una fachada social, lo cierto es que las grandes líneas maestras de su política económica son marcadamente neoliberales. Sólo hace falta echar un vistazo al desgaste que están sufriendo las capas más vulnerables y las clases asalariadas menos cualificadas de Alemania, la llamada locomotora económica europea y corazón industrial de la UE. Ese desgaste social evidentemente ha contribuido a fortalecer los movimientos ultraderechistas, que cosechan votos gracias a una vieja estrategia que sigue funcionando en fases de crisis: enfrentar a tus pobres contra los de fuera.
Personalmente, creo que la respuesta a la desintegración de la UE, fomentada por el avance ultra, debe ser más social, debe repensar el modelo económico del bloque y debe defender a capa y espada valores políticos y culturales que, a mi modo de ver, deberían ser indiscutibles en sociedad abiertas del siglo XXI: libertades sexuales, respeto y fomento de los Derechos Humanos, respeto al asilo de aquellos refugiados que huyen de la persecución, la guerra o el hambre, el antiracismo, el antifascismo…
En el caso de Alemania, el terrible pasado histórico es la sirena que suele utilizarse para recordar que debe impedirse un regreso definitivo de la ultraderecha. Pero, curiosamente, el AFD parece repetir la misma senda (e incluso condiciones económicas y sociales similares) a las que llevó a Hitler y el nacionalsocialismo al poder en 1933. Aunque sea políticamente incorrecto referirse a este término, son muchos en el mundo los que consideran que cada alemán lleva un nazi escondido en la sangre y otros piensan que los políticos alemanes nunca han enfrentado con honestidad y con la dureza necesaria los elementos supervivientes del nazismo. ¿Hasta qué punto son falsas o en qué medida pueden ser ciertas esas dos afirmaciones?
Me parece injusto decir que cada alemán lleva un nazi dentro. Amplias capas de la sociedad alemana han demostrado estar a la altura, por ejemplo, ante la llegada de un millón de refugiados a partir de 2015. Yo he visto como ciudadanos alemanes acudían a centros de refugiados a ayudar y a entregar apoyo económico sin esperar nada a cambio. Sigo pensando que la sociedad alemana sigue siendo mayoritariamente solidaria y tolerante.
Pero en el horizonte aparece una amenaza: más de cinco millones de ciudadanos alemanes votaron en las elecciones federales de 2017 por un partido abiertamente xenófobo, ultranacionalista y que asegura que los crímenes del nazismo son “sólo una cagada de pájaro en los mil años de exitosa alemana”, en palabras textuales de Alexander Gauland, copresidente y colíder parlamentario de AfD. Estamos hablando del partido ultraderechista más exitoso de la historia de la República Federal de Alemania, que supone un antes y un después en la historia reciente del país. Convendría no subestimarlo.
Pese que creo que la sociedad alemana sigue siendo mayoritariamente abierta y tolerante, también pienso que sigue habiendo estructuras mentales profundamente autoritarias en Alemania, que impiden, por ejemplo, poner en entredicho cadenas de mando y jerarquías (algo fundamental cuando la desobediencia se hace necesaria ante regímenes democráticamente legitimados pero injustos).
Y por último, creo que es evidente que los partidos tradicionales y la élite política alemana han sido incapaces de reconocer y calibrar correctamente la amenaza que suponen AfD y también estructuras neonazis militantes cuyo terrorismo ha dejado decenas de muertos desde la reunificación en 1990. No en vano, hay quien dice que el Estado alemán “está ciego del ojo derecho”, especialmente sus fuerzas de seguridad y sus servicios de inteligencia.
La pregunta que buena parte del mundo se hace: la ultraderecha ¿hablamos de una nueva era en la política europea e internacional? ¿Es este un fenómeno que llegó para quedarse?
Parece bastante evidente que la ultraderecha ha llegado para quedarse en la nueva fase política nacida de los rescoldos de la crisis económica iniciada hace una década y que – oficialmente – ya ha sido superada. La cuestión es saber cuál será su avance electoral y si realmente podrá llegar al poder en alguno de los grande Estados de la UE como Francia o Italia.
En grandes potencias como Estados Unidos o Brasil esto ya es un hecho. Lo que ocurra en los próximos tiempos en Europa dependerá en buena parte de la coyuntura y, sobre todo, de la capacidad de corregir fallas estructurales en el andamiaje institucional y económico del bloque europeo. Si esto último no ocurre, me faltan motivos para ser optimista.

