Ciudad, hembra terrible

Sobre La sangre del tequila, de Félix Luis Viera

Alejandro González Acosta

La sangre del tequila
Félix Luis Viera
Alexandria Library, 2019

 

La sangre del tequila es una novela cubana por su autor, pero mexicana por sus personajes y escenarios. Pertenece a esa ya antigua y cada vez más ancha franja de la narrativa cubana escrita fuera de la isla, que hoy resulta absolutamente mayoritaria.

Tal parece que la novela cubana regresa a su origen exiliar: Cirilo Villaverde, Nicolás Palma y José María Heredia, publicaron fuera de la isla sus novelas. José Martí, la única que escribió, también. Cuando una literatura nacional se produce materialmente fuera de su espacio natural, algo oscuro está pasando con ese país.

Félix Luis Viera realmente no necesita presentación, pues su ejecutoria es temprana, sostenida y brillante. Y también, molesta por decir lo que siente de un modo franco y brusco. Debo decir que es uno de los autores cubanos vivos más valiosos y su bien ganado lugar en la literatura nacional –como poeta y prosista- no puede ser sino asumido. Lo fue en la isla y lo sigue siendo en el exilio, con premios tanto en Cuba, como en México y Estados Unidos.

No hay nada más trágico que andar en una ciudad nueva y desconocida, sin una casa para pasar la noche, y además estrenar zapatos ese día. El dolor de carecer de techo y la orfandad de estar distante del hogar, no son nada comparado con un dolor intenso en los pies. Así le ocurre al protagonista de La sangre del tequila nada más comenzar su narración.

Viera aporta con esta novela a lo que ya casi es un subgénero dentro de la narrativa cubana exiliar: el pícaro sobreviviente. Todo exiliado es un náufrago, y como tal aprende rápidamente y con urgencia las artes de sobrevivencia. Llegar a otro país, con paisajes y gentes diferentes, distinta cultura y peor aún si es con otro idioma, supone una capacidad de adaptación inmediata que algunos no tienen, pero a todos los somete a una prueba, de la cual quienes la vencen salen más o menos lastimados.

Hace tiempo que ya circula la novela picaresca del exilio cubano en la voz de hombres, pero creo que falta aún el testimonio femenino, que entregue también su visión de lo que han debido hacer las mujeres cubanas para salir de la isla y luego sobrevivir en el exilio. Quizá sería la cara exterior de la vida de una jinetera, otra Habana-Babilonia de Amir Valle, pero del exilio.

Cuando el protagonista de La sangre del tequila llega a la gigantesca Ciudad de México, el estupor se adueña de él, y notándolo, el amigo mexicano (Mario Trejo) que lo recibe, le advierte: “Esto es un planeta, no una ciudad”. Y su periplo por ella confirmará que ese denso conglomerado es casi una constelación, donde cada barrio, cada colonia, cada pueblo absorbido por la voraz mancha urbana, tiene su propia fisonomía y psicología. Cada una de las mujeres que va conociendo, marcan esas etapas que dejan su huella en la necesaria empresa de crecimiento del protagonista.

La sangre del tequila es sobre todo una novela de mujeres, y no sólo por la sucesión de ellas que van pasando –literalmente- por el autor, sino porque todo se desarrolla dentro de esa mujer terrible, poderosa, atractiva, fatal y hasta mortal que es la Ciudad de México.

En la trama alternan desde el principio al final, dos planos o niveles narrativos que forman un diálogo, con las voces del amigo hospitalario y las mujeres que van transcurriendo. “Caribe” (así lo llaman, por su origen) es un nuevo Lazarillo de Tormes que cae en las costas de Mexico City después del naufragio de su vida, para empezar de nuevo reconstruyendo su vida, como se pueda, pero sin olvidar todo lo que dejó atrás. Y es que tanto Robinson Crusoe, como Ulises, siempre recuerdan el hogar de donde partieron y al que quieren regresar. Pero en este viaje de “Caribe” ya no hay regreso posible y esto va añadiendo cada vez más dolor al relato. Porque esta novela expresa con veracidad, sin concesiones ni titubeos, la auténtica desolación, la profunda frustración del que se sospecha tolerado, pero nunca plenamente aceptado, por sentirse siempre en una vitrina como objeto de exhibición y curiosidad (de lo cual también se aprovecha pícaramente), de la soledad y la rabia, que son todos no sólo asuntos universales, sino temas muy presentes en la narrativa cubana contemporánea producida en el exilio.

Lucero Araiza, Ruth Tagle, Irene Ramblas, Sandra Vélez o Verónica Illescas… los nombres y los rostros de ellas transcurren sucesivamente, como a través de un kinescopio de la memoria, en una película animada con sonidos, olores, sabores y sensaciones, pero al final sólo queda un vacío creciente y nuevas cicatrices internas que son las tristes huellas de lo vivido.

Como conoce tantas mujeres, el protagonista se siente un experto en las mismas, y expresa teorías muy propias que no teme enunciar, aunque sepa que va a recibir reprensiones apasionadas. Retador, afirma: “Las mujeres son todas, por naturaleza, bisexuales. Se aman a sí mismas como género, se envidian entre sí la belleza, porque saben, aun inconscientemente, que resultan lo más hermoso, lo más concluyente del reino vegetal y del animal, incluido el humano. Se besan en la mejilla al encontrarse o despedirse. Se abrazan hasta el aprieto. Se toman de las manos desde niñas, se celebran. Cuando dos mujeres se entregan mutuamente, hay solo un intercambio de placeres o de fe; una no tiene raigalmente a la otra; se poseen, se disfrutan de parte y parte, como dos geranios. No existe lo que podría establecer la diferencia: la penetración, y de ese modo la posesora, la poseída…” (p. 49) Pero poco después, añade, “esto era lo que yo creía…”

La sangre del tequila es un título que quizá alude a esa sangrita que suele acompañar el caballito tequilero, para atenuar y de algún modo suavizar con el tomate el áspero sabor del agave, y es como decir que ambos –dolor y alivio- van parejos, una hecha para el otro, como la mujer para el hombre. Sin embargo, avezados gourmets aztecas aseguran que lo más correcto es darle trato femenino a esa bebida, y debe decirse la tequila (así como los pescadores expertos se refieren a la mar), y así se despoja de su masculinidad a unos de los símbolos más universales de la llamada “mexicanidad”.

La sangre del tequila es una novela de amores y, por tanto, inevitablemente, de odios, desengaños, frustraciones, traiciones y golpes. Constelada de mujeres y sitios defeños, son todos estos rincones perdidos territorios de cacería para hallar mujeres; aunque las sorpresas de estos encuentros no siempre son agradables, y muchas veces son un nuevo desastre, físico y emocional, hacia una pendiente de salida.

Sobre todas ellas predomina, altiva, desafiante, magnífica y terrible, la peor de todas: la Ciudad de México, esa diosa que lanza una flecha a la estrella del norte exhibiendo su magnífica opulencia sobre un pedestal inalcanzable, mujer terrible que atrae, atrapa y devora, esa Coatlicue voraz que apenas dormita, pronta a despertarse, en muchas hembras por estos rumbos.