Las profundas raíces históricas de Nuestro Sociolismo

José Gabriel Barrenechea

En este trabajo partimos de hacer un somero análisis del Sociolismo, ese complejo fenómeno socio-económico que ha determinado el tejido social en Cuba durante los últimos cincuenta años, al menos a posteriori de la definitiva muerte de la Revolución, entre agosto y octubre de 1968. Después indagaremos en las profundas raíces históricas, muy anteriores al nacimiento de Fidel Castro, de las dos condiciones idiosincráticas que consideramos aquí determinantes en el establecimiento del Sociolismo Cubano. Autoctonía que en definitiva explica la increíble capacidad de persistir del régimen cubano.

 

¿Qué es el Sociolismo?

Siempre han existido y siempre existirán manifestaciones de sociolismo, con inicial minúscula. Sin lugar a duda la capitalización a partir del robo a las arcas estatales, por cofradías de socios, de amigotes o parientes, no es un mal exclusivo de ninguna sociedad humana presente, o pasada. No solo la riqueza azucarero-cafetalera cubana tuvo ese origen, y tampoco fue nuestra Generación de 1793 quien inventó ese modo de echar adelante empresas económicas o comerciales. Es un mal muy antiguo, común en las sociedades pre-modernas, y si le damos crédito al a ratos demasiado radical en sus juicios Carlos Marx, explicaría mejor los orígenes del Capitalismo que el devoto espíritu de ahorro de los puritanos de Europa noroccidental1.

No obstante, debe dejarse muy claro que existen grandes diferencias entre las manifestaciones de sociolismo, con inicial minúscula, que permiten obtener los capitales imprescindibles para echar adelante un negocio o aun toda una industria, la cual luego será capaz de mantenerse en gran medida sin el apoyo criminal del funcionario estatal, gracias a la existencia de Mercados más o menos libres, y el “Sociolismo” propiamente dicho como sistema social relativamente estable, en que las relaciones sociolistas ya no solo sirven para la capitalización imprescindible antes de echar a andar negocios o industrias, sino que se convierten en las centrales a toda la sociedad en cuestión, al haberse prescindido del Mercado, o reservársele una función muy subalterna.

El Sociolismo se origina en los naturales cuestionamientos que a un estado patrimonial (o más bien con pretensiones nunca completamente realizadas de tal), establecido en la Modernidad, le hacen individuos de una u otra manera influidos a medias por la nueva mentalidad que han traído los Tiempos Modernos. En tal situación los individuos terminan por asumir al estado como un saco abierto a las depredaciones del interés más egoísta, para llevar adelante las cuales depredaciones los individuos más atrevidos, o mejor situados en la red social, se unen en cofradías de amigos o parientes, de socios. Cofradías personales que incluyen no solo a los funcionarios estatales que se ponen de acuerdo para robar al estado y redistribuirse entre ellos lo robado, sino también a las redes clientelares que se crean espontáneamente a su alrededor, y que tangencialmente les sirven para cubrirse las espaldas. Por ejemplo: el Presidente de la Asamblea Municipal que para construir su casa ayuda a todo el barrio a obtener subsidios, o incluso a comprar materiales mal habidos con algún otro funcionario; que instruye al Delegado de la Agricultura para que en determinadas fechas “resuelva” cierta cantidad de alimentos para surtir a los oficiales de la policía local, con el objetivo de mantener a los agentes contentos de vivir aquí, en Nuestro Sociolismo.

El Sociolismo, ese resultado de la reacción de los individuos a lo pre-moderno que intenta reconstituirse extemporáneamente, consigue un enorme grado de extensión incluso desde los comienzos mismos de su evolución, al punto de que ningún individuo logra escapar de en algún momento tener que acudir a sus redes de relaciones para suplir alguna de sus necesidades. Cuando alcanza su apogeo es en definitiva tal su extensión que son sus relaciones, supuestamente clandestinas, las que en realidad determinan la vida de los ciudadanos en el sistema socio-económico-político dentro del cual parasita, y por tanto las que le dan nombre a este, más allá de la sosa hipocresía academicista.

La capacidad del Sociolismo para extenderse se explica en la necesidad de sobrevivir en que pone a los individuos el intento de volver a lo pre-moderno patrimonial (con el consiguiente colapso de la economía), y en consecuencia en que el robo al Estado no sea tanto de dinero, como de materiales, alimentos y todo lo necesario para la vida. Porque a diferencia de las manifestaciones de sociolismo, que se dan en cualquier parte, el Sociolismo está necesariamente ligado a una economía de la precariedad en que la carencia de todo es lo habitual, y a un Estado que tiene la firme determinación de administrar esa escasez (son precisamente las decisiones de ese Estado las que han traído la escasez), por sobre todo para que la iniciativa individual no ponga en peligro su control sobre la sociedad.

El Sociolismo, es de un lado efecto de la respuesta a esa economía de la precariedad, por parte de una sociedad compuesta de individuos influidos a medias por la Modernidad, pero por sobre todo para nada dispuestos a morirse de hambre, y que por su particular conformación cultural en una nación no central al proceso de mundialización capitalista miran aún con suspicacia a toda relación impersonal. Del otro, consecuencia del intento del estado de evitar no tanto el robo de los recursos que se ha adjudicado como bien patrimonial suyo, lo cual le resulta irrealizable en la práctica, sino que ese robo pueda conducir a alguna forma de acumulación originaria que ponga en peligro su posición social dominante.

Ese carácter de respuesta personalista2 a una economía en que todo falta, y lo escaso solo está en manos del estado, explica el que las redes de socios se establezcan no tanto para cubrirse las espaldas los unos a los otros, sino para que al multiplicar el número de ladrones, y al hacer ubicuo al robo, pueda obtenerse acceso a la mayor cantidad de artículos necesarios; los que luego se distribuyen sociolistamente: El director de la fábrica de zapatos le resuelve calzado para su familia al director de la granja de puercos, a la vez que este le reciproca el favor; ambos se hacen de la vista gorda con sus empleados y suministradores, para que estos no los denuncien; todos le resuelven a sus parientes y amigos, quienes a su vez hacen lo mismo…

El Sociolismo es un sistema de cierta complejidad que se articula totalmente sobre relaciones personales y por lo tanto a su interior en propiedad no se da el fenómeno de la burocratización.3. Cabe afirmarse que el Sociolismo es la manera en que se organizan ciertas sociedades no muy avanzadas bajo la influencia cultural de vecindarios organizados con un alto grado de complejidad, y más que nada a impulsos del resentimiento hacia esos vecinos. Sociedades no muy avanzadas dotadas por su propio devenir con una muy escasa capacidad para lograr establecer complicados y abstractos sistemas de relaciones impersonales. Por ello los muchos problemas administrativos que bajo el Sociolismo se le suelen achacar a la burocracia no pueden ser en verdad consecuencia de esta. Debido a su marcado y distintivo carácter personal, el aparato administrativo sociolista no puede de ninguna manera ser considerado como una verdadera burocracia, y por lo tanto las infinitas ineficiencias del Sociolismo no se deben a la burocracia, sino más bien a su inexistencia.

Dos son por lo tanto las combinaciones necesarias para el surgimiento del Sociolismo como sistema social estable: (1) El que el estado intente con cierto éxito parcial reasumir el papel central, absolutista, en una sociedad con graves dificultades para concebir relaciones administrativas o comerciales impersonales, y en que perviva en el imaginario colectivo la visión del estado como de un ajeno, de un intruso, establecido no a partir de la socialización espontánea de la sociedad en cuestión, sino impuesto por intereses externos a ella, y precisamente a contrapelo de lo que sus tendencias internas le dictan; (2) el que en una sociedad que ha disfrutado de cierta prosperidad, sobre todo a resultas de la influencia de su circunstancia geográfica e histórica, se dé un lento proceso de retroceso económico, acelerado de repente por obra de medidas adoptadas desde el estado para supuestamente revertir ese retroceso, pero cuyo verdadero resultado sea sumergir a la economía en cuestión al nivel de la mera subsistencia.

En lo que sigue, más que intentar identificar a la Cuba de Fidel, Raúl, y ahora Díaz-Canel, con el Sociolismo arriba descrito, lo que damos por sentado desde el inicio mismo de este trabajo, trataremos más bien de demostrar que el Sociolismo Cubano se origina en nuestra incapacidad para entender la necesidad de las relaciones impersonales; en nuestra histórica visión del estado como de un intruso en nuestras vidas, incluso como de un medio natural para una mentalidad poco dada a los conservacionismos; en la evolución trágica de nuestro modelo económico; y en la tradición revolucionariezca al interior de la Cubanidad que ha sido consecuencia, y a partir de cierto momento factor de conservación de todo ello. Por supuesto, en combinación con la decisión de un grupo de revolucionarios de establecer en Cuba una forma pre-moderna de economía y sociedad importada desde la URSS.

Aclaramos que para nosotros no es lo mismo Sociolismo, que Socialismo en su variante leninista. Es obvio que el primero surge en alguna medida del intento de establecer el segundo en Cuba; más también nos lo parece que lo descrito arriba no puede usarse para describir al sistema soviético… o en todo caso nosotros no nos atrevemos, aquí.

 

1.1. El Estado ajeno

En Cuba la percepción del estado como fuente de recursos abierta a las necesidades individuales, no tanto colectivas, tiene una muy larga historia y se asienta sobre la ancestral visión cubana del Estado Colonial Patrimonial como de un intruso, cuyas disposiciones se respetan, pero no se cumplen, y al que hay que saquear sin muchos remilgos éticos siempre que se tenga la oportunidad. No podía ser visto de otra manera el estado donde este no fue nunca concebido para servir a los intereses de los ciudadanos, sino para que otros muy lejanos pudieran servirse de los colonos-súbditos con fines estratégicos, o para sacarles el máximo beneficio fiscal posible.

Esa percepción del estado como saco abierto a todas las depredaciones habrá de estructurarse de forma definitiva en base a un conjunto de causas en la segunda mitad del siglo XIX, y las primeras dos décadas del XX: En primer lugar a la gran emigración española de la segunda mitad del diecinueve, cuando la desconfianza en el criollo llevó a la Metrópoli a preferir españoles para ocupar las plazas del funcionariado colonial. Individuos que traen impregnado ese mismo mal ancestral español, de entonces y de después (para la mayoría de los españoles, y no solo de las periferias ibéricas, el Estado Patrimonial Castellano también ha sido siempre un ajeno), y que por demás vienen a servir en una tierra con la que tienen escasos compromisos concretos. A la cual en consecuencia ven como un territorio ocupado del que hay que esquilmar, y rápido, todo lo posible para regresar a la aldea convertido en el consabido indiano rico. Muchas fortunas y muchos negocios se establecerán en Cuba y España con los dineros mal habidos por los funcionarios coloniales de Cuba, y esto, en los que permanezcan acá, reforzará la idea del estado como de un ajeno, aun como de un intruso.

Una causa de más sustancia, ontológica incluso, habrá de ser el encontronazo de los cubanos con su nueva realidad: En un mundo posterior a la Revolución Industrial, en que no todas las necesidades pueden ser ya simplemente bajadas de las matas, a lo largo del diecinueve el medio ambiente natural cubano va a perder irremisiblemente su papel de gran prodigador de los bienes.

Recordemos que hasta el surgimiento de las nuevas necesidades de consumo industrial, Cuba había sido una especie de Paraíso entre Tropical y Subtropical (durante la Pequeña Edad de Hielo el clima de la Isla parece haber sido algo más benigno para los europeos). Paraíso Terrenal en que en cualquier tiempo se podía vivir a la intemperie con escasa o ninguna ropa; en que el ganado vacuno y de cerda pastaba suelto por los bosques, sin respetar la delimitación de la propiedad en hatos y corrales; en que el alimento se obtenía con solo estirar la mano hacia los árboles y agarrar una fruta o una jutía, o sacar del suelo alguna de nuestras raíces silvestres comestibles; y en que se disponía de una relativa abundancia de indios o negros para los pocos trabajos duros que debieran emprenderse.

Sin embargo, en los nuevos tiempos que comienzan a vivir los cubanos con la Revolución Industrial, para obtener lo necesario para vivir hay que o trabajar rutinariamente, o buscar alguna otra forma de obtener entradas regulares del dinero que permite comprar lo que no cae de las matas, sino que sale de las fábricas. Pero dado que el trabajo, y más que nada el rutinario, había sido hasta entonces muy mal visto por el cubano blanco, y más justificadamente por el cubano negro, en esta nueva situación en que todavía no hemos sentido en la medida suficiente la beneficiosa influencia americana, el cubano tendrá que buscar dónde resolver. ¿Y dónde mejor que en esa especie de nueva Naturaleza en la que el cubano empieza a verse envuelto por todas partes al tiempo que retroceden los bosques ancestrales?: el estado.

El estado, algo ajeno, abstracto, tan dependiente de un poder abstruso y lejano como la Naturaleza (esta de Dios, aquel del Rey), tan en apariencia inagotable como ella, y con respecto al cual en consecuencia se siente por completo libre de responsabilidades.

El Estado Moderno, que con su intención de intermediar en todas las relaciones que el humano establece con otros humanos, o de estos con el medio ambiente, para el individuo a quien se le impone y no es el resultado de sus consensos y contratos con sus vecinos termina por ser percibido de la misma manera que el medio ambiente mismo.

Por lo tanto el estado, que para la gran mayoría de los cubanos no se convierte en algo concreto hasta entrado el siglo XIX4, no puede más que parecerles el sustituto perfecto de la Naturaleza isleña virgen. Un sucedáneo que les permitirá sostenerse más o menos de la misma manera que sus ancestros, como su continuidad: Si aquellos habían vivido de un medio ambiente que en muchos sentidos remedaba al Paraíso Terrenal bíblico, ahora los cubanos de las generaciones nacidas en la Era Industrial comienzan a mirar hacia el intruso estatal como un medio ambiente prodigador de lo necesario para poder consumir. Solo hay que estirarse un poco, y coger un puesto oficial, o una botella, o vender un voto, o simplemente cargarse con parte de la ganancia.

En no poca medida la voluntad común de hacernos independientes nace del interés individual por ganar el control de esa segunda naturaleza.

En resumen: Las circunstancias económicas posteriores a la Revolución industrial obligarán a los hombres del azúcar, a los cubanos, subidos demasiado pronto al carro del Consumo y el Confort (a fines del dieciocho e inicios del diecinueve), a buscar en otra parte lo que hasta entonces simplemente bajaban de las matas. Y en la tal encrucijada, sometidos a un régimen político cuyos fines siempre han chocado con los propios, el concurrente inmenso influjo español de la segunda mitad del diecinueve hará que la Cubanidad identifique al estado como el sustituto idóneo de su ancestral medio natural, sobre todo no bien este caiga en manos nacionales con la llegada de La República. Lo cual se comprobará en extremo lamentable, dada la pésima relación que el cubano había tenido históricamente con su medio ambiente: Como con los recursos naturales de la Isla, el cubano se dará a dilapidar los del estado con la misma despreocupación, y escaso sentido comunitario, con el que en 120 años poco menos de un millón de habitantes promedio quemaron unos 60 000 kilómetros cuadrados de bosques de las más valiosísimas maderas.

Debe agregarse por último que con la llegada del siglo XX y de la República, una tercera y cuarta causas, relacionadas inextricablemente entre sí, se sumarán para establecer de manera definitiva esa visión del estado como saco abierto a los intereses personales, o como un ajeno, incluso como una cosa natural: La Guerra de los Treinta Años por Nuestra Independencia, al arruinar a las clases altas y medias cubanas, y la posterior y masiva inversión americana en la Isla desolada, que les permite a los americanos adueñarse de la mayor parte de nuestro sector productivo, al tiempo que los españoles lo hacen del comercial, no le dejarán al cubano otra industria y otra banca disponible que el estado, si es que quieren reiniciar su actividad empresarial, o simplemente mantener sus viejos estándares de vida.

La persistencia cultural de ideas adquiridas que se han demostrado útiles para ir tirando, unida a la dependencia económica al país del que nos habíamos convertido en economía complementaria desde 1880, al necesariamente condicionar nuestra política, doméstica o externa, harán que la visión popular del estado como de un ajeno, de un intruso, logre llegar casi incuestionada por la cubanidad hasta el 1º de enero de 1959.

 

1.2. La economía de subsistencia

Sin duda la decisión de establecer un sistema socialista a la soviética, por un grupo de revolucionarios que han accedido al poder con un considerable por ciento de apoyo de la ciudadanía, explica en alguna medida el espectacular retroceso económico que habrá de crear la segunda condición para el establecimiento del Sociolismo Cubano: una economía de la precariedad en un país que ha disfrutado históricamente de cierta prosperidad. El socialismo soviético, como sabemos, estuvo relacionado con altos grados de ineficiencia económica. Eso sí, nunca al pantagruélico grado cubano.

Con una agricultura que nunca logró alcanzar el desempeño pre-revolucionario, la URSS sin embargo fue capaz de experimentar crecimientos económicos de casi dos dígitos, de multiplicar por cien su producción de acero en 70 años, o de crear la infraestructura tecnológica necesaria para convertirla en una de las dos superpotencias espaciales, muy a diferencia de la Cuba de Fidel, la cual no puede mostrar en lo económico un solo logro ni remotamente semejante5. Es significativo que el mal llamado socialismo cubano no puede mostrar nada parecido a los crecimientos alcanzados por la URSS, la RDA, Rumanía o a aun Corea del Norte, la cual pasó casi de una sociedad pre agrícola a otra capaz de producir millones de toneladas de acero, y con ello miles de cañones pesados (cinco mil de los cuales apuntan día y noche a Seúl).

Tal realidad solo puede explicarse si se admite que los niveles de ineficiencia económica en el caso cubano se relacionan con el triunfo de una tradición anti-económica previa, nacional, a la cual el modelo socialista soviético solo vino reforzar, tras ser adoptada por los representantes de dicha tradición que se han hecho con el poder.

A esto precisamente nos dedicamos a continuación.

 

1.2.1. La tradición anti-económica (revolucionaria) cubana

A resultas de los cambalaches sociolistas de la Generación de 1793 la Isla habrá de convertirse en uno de los mayores centros productores de riqueza a nivel mundial. Esta es tal, que no pocos visitantes de la época llegan a señalar el que Cuba más parezca la Metrópoli de España, que al revés.

Pero por desgracia para los cubanos en el ínterin el Mundo no se ha quedado en 1793. Cada vez más, a partir de 1830, los productos coloniales dejan de ser la medida de intercambio comercial universal. El algodón, o el azúcar y el café, ya no imperan, sino los metales, con los que pueden ser construidas máquinas para multiplicar por 10 o hasta por 100 la capacidad humana de producir y transportar casi cualquier otro producto. Los productores de metales, cuyas manufacturas gracias a la Revolución Industrial se tornan más y más baratas, pueden ahora imponer sus condiciones comerciales al mundo en casi cualquier otro producto. A diferencia de en 1793, o aún en 1820, cuando quienes dictaban esas condiciones eran los productores de algodón, o de azúcar.

Para colmo de males en Europa, uno de nuestros dos principales mercados, los gobiernos comienzan a estimular la producción de azúcar de remolacha6; mientras en el otro, los EE.UU., aumenta la presión de los productores internos para proteger sus azúcares de la competencia externa. Por fortuna en este caso el desenlace de la Guerra Civil dejará a esos intereses, por sobre todo sureños, durante muchos años sin poder político para influir de manera efectiva en la política arancelaria de la Unión.

El mundo no ha parado de girar y Cuba se ha quedado atrás. Sin recursos financieros, que han sido invertidos por sobre todo en esclavos, los que ya no se pueden comercializar tras la prohibición universal a la Trata y la derrota de la Confederación Americana. Sometida por demás al régimen colonial de una nación a medias europea7 que tampoco cuenta con los recursos financieros, o aun culturales, para facilitar los capitales necesarios para la reconversión de la Colonia hacia otras producciones o actividades comerciales. Ella misma sin la necesaria cultura empresarial para adoptar el reto (cultura empresarial que no empieza a aparecer en Cuba hasta que la influencia americana se convierta en la fundamental a partir de 1880)…

Cuba, o más exactamente la Generación de 1793, le apostó a un modelo de desarrollo que le cayó de las matas, que pudo impulsar gracias a un modelo de capitalización, el sociolista, y que en su momento la condujo a convertir a su clase superior, a la sacaro-cafetalocracia habanera, en el poder real tras el trono del Imperio Español. Sin embargo, ese modelo productivo parasitario, esclavista, de explotación de ciertos productos coloniales, estaba ya de hecho condenado por la evolución que en paralelo comenzaban a tomar las relaciones económico-sociales al interior de la civilización occidental.

Un modelo, el de producir azúcar extensivamente gracias a la explotación del trabajo esclavo, que por su propia naturaleza solo vino a reforzar las ancestrales tendencias y tradiciones que inhabilitaban a la cubanidad para entrar en la competencia global del mundo que por ese entonces emergía.

La apuesta, la elección de la Generación de 1793, marcaría el inicio de lo que no cabe más que llamar el destino trágico de la Cubanidad: Colocada en el mismo centro de Occidente, y por lo tanto demasiado bajo la influencia de la Modernidad como para poder escapar a sus cantos de sirena, a Cuba, sin embargo, su devenir histórico le ha impedido, y le impide aún hoy, aprovechar su privilegiada situación.

Muy temprano los cubanos nos deslumbraremos con el consumo, el confort, y en general con el adelanto que significa la Modernidad, sobre todo tras la Revolución Industrial. Pero a la vez la peculiar evolución económica, social y política que emprenderemos, en buena medida a resultas de ese demasiado temprano deslumbramiento en el siglo XVIII, solo conseguirá hacer reproducir una y otra vez las ancestrales trabas que no nos han dejado, y no nos dejan, producir lo necesario para consumir, tener una vida confortable, adelantar, como vemos logran hacer nuestros vecinos del Norte o de la cara atlántica de Europa (no nos engañemos, Cuba rara vez ha mirado hacia un Sur hemisférico con el que poco o nada se ha relacionado comercial y financieramente a través de su historia, esa relación solo ha venido a ser importante con Venezuela, tras el arribo a la presidencia de ese país de Hugo Chávez; un arribo por demás preparado por los órganos de inteligencia del castrismo).

El persistente espíritu revolucionariezco en Cuba, ese que traerá al país la segunda condición para el establecimiento del Sociolismo Cubano (una economía que se pauperiza con rapidez), nace de esa peculiar situación trágica nuestra. En que una nación, que en su memoria colectiva registra el haber sido alguna vez el lugar más próspero del planeta (entre 1840 y 1850), o antes aun una especie de Paraíso Original, luego del inicio de la Revolución Industrial se descubre a sí misma en una situación en que no solo retrocede irremediablemente en las escalas mundiales, sino en que cada vez le es más difícil mantener un nivel de vida acorde con los tiempos de modernidad industrial que vive el mundo de su vecindario próximo; sobre el cual tienen fija su atención un significativo por ciento de los individuos que la integran.

De más está decir, frente a las experiencias dejadas por nuestra historia, que el espíritu revolucionariezco mucho menos nos ayudará a salir ese destino nuestro. Por el contrario, habrá de funcionar como otra más de las fuerzas que constantemente reaniman las tendencias ancestrales que nos inhabilitan para adelantar; y a partir de cierto momento (1959), incluso como la principal fuerza para el mantenimiento de ese destino trágico. En una especie de mecanismo de retroalimentación positiva.

Veámoslo en su desenvolvimiento histórico hasta llegar a hacerse con el poder Fidel Castro y su pandilla de barbudos felices:

Es el desespero de la sacarocracia (el café desaparece hacia los 1840-50, al parecer por causas ambientales8), que ve como su riqueza inmobiliaria pasa a manos de bodegueros catalanes, y como la invertida en esclavos queda cada vez más en peligro de desvanecerse de la noche a la mañana si en Madrid predominan los ánimos abolicionistas; que quiere hacer algo para solucionar su compleja situación pero no cuenta con los recursos financieros necesarios mientras alguien no le pague precisamente por la liberación de esos negros por los que tanto temen… es ese desespero el que la conduce en 1868 a la Guerra Grande9.

No obstante, si bien responde a ese desespero al interior de la que Pérez de la Riva llama la Cuba A, la evolución natural de esa Guerra, emprendida por una élite de la Cuba B que tiene menos que perder, encerrada a sí misma en las regiones más atrasadas del país por las maniobras de la sacarocracia habanera más que por la habilidad estratégica española, y muy pronto con una desproporción abrumadora de fuerzas en contra de las fuerzas cubanas, la lleva a convertirse rápidamente algo muy distinto: En una sublevación de la ancestral forma de vida cubana en contra de la Modernidad industrial; una rebelión del adentro contra todo lo de afuera, a la vez que del pasado patriarcal y personalista contra los modos impersonales de la Modernidad Industrial.

Los cubanos de la parte de la Isla que menos influida ha sido por los valores de la Modernidad se hunden en lo profundo de los bosques de una mitad oriental todavía virgen, y allí establecerán campamentos que reproducen los centros habitados de los hatos ganaderos ancestrales. Aquellos en que por siglos habían vivido sus ancestros. Vuelven así a vivir en la intemperie gracias a la paradisíaca Naturaleza cubana, sin preocuparse de mantener cultivos o crías para la subsistencia de la tropa, la cual se alimenta de lo que buenamente le suministra el medio. Descalzos y semi desnudos la mayor parte del tiempo, mientras en la tarde levantan viviendas de cujes y pencas para reemplazar a las que al mediodía incendió una incursión enemiga.

No muy lentamente, a medida que las tropas se re-habitúan a esa forma de vida ancestral, y que los patricios y abogados son reemplazados en la dirección de la Guerra por guajiros, y mulatos y negros, el ideal de los cubanos alzados en armas se volverá más y más el de una resistencia infinita contra ya no solo el poder colonial, sino incluso contra todo lo externo y que amenace esa forma de vida paradisíaca-original. Incluso contra la Cámara de Representantes o el Presidente cuándo este o aquella, por necesidades de la Guerra, quieran sacarlos de sus campamentos, de su medio, y enviarlos a pelear al Occidente civilizado.

Es de esa particular forma de hacer la Guerra Grande, a que se ven obligados los alzados de 1868, de dónde nacerá el núcleo sentimental de la ideología revolucionaria cubana10: Esta será por sobre todo un intento de conservar la forma de vida tradicional, natural, frente a la artificial de los señoritingos refinados de La Habana, o de los extranjeros judíos, y en consecuencia de aislar a la Isla de absolutamente todas la influencias externas, las que a la larga siempre serán interpretadas por el revolucionario como inexcusables interferencias en nuestra soberanía nacional.

Obsérvese que esas influencias externas, en una isla en medio del Atlántico, en una época de Modernidad Industrial, de rutinas y tiempos reglados, de laboriosidad y relaciones impersonales, en verdad solo podían amenazar a las formas primigenias, puras, autóctonas, guanajatabeyes de vida cubana. Esas que en un final conforman el núcleo subconsciente del ideal del revolucionario cubano. No es por tanto gratuito el que toda la región afectada por la Guerra hubiera sufrido desde varias décadas antes una eclosión de ciboneyismo. O sea, de una poesía en que se pretenden rescatar los sentimientos y pensamientos propios de unos ideales aborígenes pre-hispánicos, los siboneyes, como los originales de la Cubanidad, y los que con el tiempo habrían de formar su núcleo duro, más allá de las influencias-interferencias españolas

La idea revolucionaria-aislacionista cubana, por lo tanto, en una isla que es sin lugar a duda incapaz para la autarquía económica, y que por lo mismo requiere de economías complementarias, no puede más que de por sí resultar antieconómica. Pero lo es también por su concepción trascendentalista, heroica, romántica de la vida, en que no cabe a la larga preocuparse de lo cotidiano de la simple subsistencia. En que el combatiente, privilegiado con un medio paradisíaco, a la manera de los héroes de los libros, solo tiene que preocuparse de luchar contra los enemigos que pretenden robarle su forma de vida, sea por interferencia cultural, o por querer explotar comercialmente su medio.

En vista de ese ideal aislacionista, anti-cotidianista, resulta absolutamente predecible, ya desde más o menos 1873, que de triunfar alguna vez la idea revolucionaria no podría más que amenazar la subsistencia de la Nación Cubana como moderna, como conglomerado que supere a la escasa población taína que alguna vez soporto el medio isleño antes de la llegada de nuestros ancestros españoles.

Es por tanto esa tradición revolucionaria, de triunfar, la que se encargará de crear la segunda condición necesaria para que prospere el Sociolismo: Una economía de la precariedad. Lo hará al en un inicio lanzar una cruzada antiamericana, profundamente anti-cotidianista, para revertir las relaciones de hegemonía en el Hemisferio Occidental; y después, a partir de octubre de 1968, de manera más efectiva al elegir, por razones geopolíticas, echarse por completo en manos del ineficiente socialismo soviético.

 

Nuestro Sociolismo

Es por lo tanto con la Revolución de Fidel Castro que ambas condiciones necesarias se encuentran y permiten el establecimiento definitivo de Nuestro Sociolismo. Aunque debe de aclararse que formas maduras y reconocibles del Socialismo ya habían tenido sus primeros amagos durante los periodos de escasez que siguieron al Crack de 1929, y sobre todo durante los regulados tiempos de la Segunda Guerra Mundial, bajo la presidencia de Batista.

Pero es solo con la Revolución de 1959, la única que se propone cumplir en serio con el ideal revolucionariezco cubano, que el centralismo absolutista del estado es plenamente recuperado, y que la escasez se convertirá en el pan nuestro de cada día (o más bien en su perenne escasez). Todo ello gracias a la confluencia de la evolución natural de las tendencias y tradiciones de la Cubanidad que hemos seguido hasta aquí, y a las necesidades geopolíticas que aconsejan adoptar las formas soviéticas para alcanzar a realizar los ideales de esas tendencias y tradiciones. Aunque obsérvese que las causas principales de la evolución que tomará la Isla a partir de ese año hito en nuestra historia son esas tendencias y tradiciones, y que en todo caso el socialismo soviético solo es un recurso que adopta la tradición revolucionariezca para realizar su ideal revolucionario.

No obstante debe señalarse que el Sociolismo solo se hará dueño definitivo del país a partir de octubre de 1968, al desaparecer en la realidad y más allá de los discursos políticos auto-racionalizadores el espíritu de cruzada que permea a la sociedad cubana revolucionaria durante los sesenta.

Es en medio de un país en que el estado recupera su absoluto poder de la época de la Colonia, y que en buena media se re-patrimonializa en manos de Fidel Castro desde el mismo 1959, en que el rompimiento con nuestra economía suplementaria, los EE.UU., conduce a la casi absoluta falta de todo lo más esencial11, que las redes familiares o de amistades comienzan a actuar nuevamente a toda potencia. Tengamos en cuenta que dichas redes siempre habían sido muy poderosas en la personalista Cuba, y que de hecho le habían servido al cubano, tan solo treinta años antes, para sobrevivir a la Gran Depresión. Así, en los sesenta, pero sobre todo a partir de 1968, el familiar o el amigo que administra o tiene posibilidades de conseguir algo necesario, y que ya no está en los mercados, se ocupa de surtir a toda su red de relaciones personales, y a la vez establece relaciones del mismo tipo con otros administradores para intercambiar sus “productos” con los de ellos.

La posterior evolución del Estado Revolucionario, a posteriori de agosto-octubre de 1968,  reforzará más y más el proceso. El Estado Revolucionario pierde cada vez más su anterior carácter trascendental y heroico de cruzada nacionalista compartida, no muy saludable para la mentalidad necesaria al Sociolismo, para terminar convertido en la sucursal mediante la que se defienden los intereses individuales creados, por sobre todo los intereses de quienes cabalgan sobre el poder y disfrutan de sus mieles: de los propietarios del Estado Patrimonial Castrista.

A partir de agosto-octubre de 1968, período que marca el fin definitivo de la Revolución, los ciudadanos aspirarán a entrar en las estructuras del Estado no por participar más comprometida y desinteresadamente en una obra conjunta que pretende construir un mundo diferente, sino porque solo así tendrán la posibilidad de asegurarse a sí mismos una vida superior a la media, e incluso de hacerse de una clientela propia, con las saludables consecuencias psicológicas que implica dicho estatus. El oportunismo, que siempre había estado entre los motivos que impulsaban a los individuos a ascender en las estructuras del Estado Revolucionario, se convierte a partir de octubre de 1968 en determinante y desplaza definitivamente al altruismo o el idealismo: El Sociolismo ha triunfado.

El proceso, por lo tanto, ya estaba establecido mucho antes de la desaparición del Campo Socialista y la llegada del llamado Periodo Especial. De hecho, es en la década de los ochentas que el Sociolismo tiene su época de apogeo, su momento de gloria… período cuando había mucho que robar. Sin embargo es en los noventa que sus relaciones, las sociolistas, sustituyen por completo a las socialistas (en la vertiente soviética), ante una realidad en que la escasez llega a alcanzar cuotas inmanejables para formas de asignación de recursos impersonales.

Desde entonces, con el consiguiente gradual retroceso del poder real de los Castro sobre la sociedad cubana, el Sociolismo entra en un lento período de transición hacia una proto-feudalización, en que los Socios al frente de las redes comienzan a distribuirse el poder que pierden los Imperantes Patrimoniales. Con el Canelato, y por tanto con la asunción del poder de un individuo que evidentemente carece tanto de carisma, como de la legitimidad de haber sido uno de los míticos y remotos edificadores del Presente, ese proceso de feudalización deberá acelerar su paso, hasta convertir al estado cubano en uno fallido, en que el poder se lo distribuyen toda una serie de mafias en conflicto constante. Algo más o menos como una mezcla entre un estado post-soviético actual, y un Méjico…

 

Epílogo: #SomosContinuidad.

El Sociolismo cubano no es por lo tanto el resultado de un supuesto daño antropológico muy reciente, provocado por la maldad infinita de Fidel Castro, quien gracias a sus artes de nigromante y apoyado por un grupo de hombres tan, o más malos que él, fue capaz de hacer involucionar a este pueblo de pobres almas seráficas desde la Arcadia en que había vivido antes de 1959 hasta el deplorable estado de cosas actual.

El sistema socio-económico-político cubano predominante durante la mayor parte del periodo revolucionario, y presente durante toda la historia de este, el Sociolismo Cubano, hunde profundamente sus raíces en nuestro pasado. Lo cual explica su enorme capacidad para resistir a todas las adversidades, para persistir inexplicablemente por años y años, ya que se asienta tanto en formas de pensar, de ver al mundo, al estado, a la actividad económica y a las relaciones interpersonales, de remoto arraigo en nuestra idiosincrasia nacional, como porque este, mediante las redes de socios ha permitido cierta filtración del poder hacia la base, o por lo menos de la cantidad y calidad de poder a que aspira el individuo promedio cubano que ha optado por quedarse en la Isla, a impulsos de su bagaje cultural.

El Sociolismo Cubano ha sido el sistema socio-económico-político real en la Cuba Revolucionaria, que ha resultado de la transacción entre de una parte Fidel Castro, sus revolucionarios, y su intento de restablecer un Estado Patrimonial al usar del método leninista (soviético), y de la otra los individuos cubanos con todo su bagaje idiosincrático, que le han impuesto a los primeros una solución de compromiso, no la que los primeros hubieran deseado. En ella el Estado Patrimonial Castrista ha tenido que consentir el saqueo de lo que ha querido convertir en propiedad absoluta suya. Aunque sin permitir que ese saqueo sirva para que ciertos individuos consigan comenzar un proceso de acumulación originaria que los capacitaría para tarde o temprano desafiar el papel central de la élite castrista12.

Es esta transacción, y no el miedo a una innegable voluntad represiva de la élite en el poder, la que le ha asegurado al sistema cubano, Sociolista, que no Socialista, su significativa base de apoyo. Porque si bien hasta agosto-octubre de 1968 es el sentido de cruzada anti-americana compartida lo que asegura la fortaleza del régimen castrista, a posteriori lo es en esencia la naturaleza de la transacción sociolista13.

Aceptar esta verdad es el primer paso efectivo para cambiarla.

Notas del artículo

  1. A diferencia de Weber, Marx no intenta explicar lo que de realmente novedoso hay en los orígenes del Capitalismo; para él, a pesar de su recurrente distinción entre lo moderno y lo pre, el Capitalismo pareciera ser más de lo mismo, y a pesar de sus estudios de la “acumulación originaria” en su obra nunca llega a entenderse a derechas, ni a izquierdas, cómo ha logrado establecerse esa completa novedad a fines del Medioevo: La Modernidad.
  2. Usamos aquí las relaciones personales en contraposición a las impersonales. Las primeras serían aquellas establecidas sobre lo emocional, en que el individuo ve a su contraparte como una persona semejante con la cual improvisa en base los impulsos de sus sentimientos; las segundas aquellas establecidas sobre lo racional, en que el individuos ve al otro como una abstracción, para relacionarse con la cual se basa en una serie de reglas racionales. Es evidente que las primeras bastan en sociedades no muy complejas en que los intercambios ocurren siempre entre personas concretas, presentes una frente a la otra, pero no para las sofisticadas de la Modernidad, en que se muchas de las transacciones ocurren entre individuos que nunca se verán personalmente.
  3. Las relaciones que establece esa novedad de la Modernidad, el verdadero burócrata, tienen como ideal el ser por entero impersonales: o sea, basadas en reglas racionales, no en los sentimientos del burócrata. Solo así se puede garantizar cierto grado de igualdad en el tratamiento del estado moderno hacia los que se relacionan con él.
  4. Solo en La Habana, con la sustitución de los Austrias por los Borbones, el Estado Español se había hecho sentir de manera cotidiana y no esporádica antes de la llegada del diecinueve.
  5. Todo el crecimiento económico revolucionario puede rastrearse rápidamente como el resultado de la inyección de grandes cantidades de capital exterior, el cual es por lo demás rápidamente dilapidado en esfuerzos a-económicos. Si la URSS pasó de 1 millón, a 100 millones de toneladas de acero; Cuba malamente llegó a superar la marca de la Zafra de 1952 tras dilapidar, en los delirios del Comandante, una vez y media lo que produjo la Zafra de los Diez Millones.
  6. Precisamente el abaratamiento de la producción de metales fue el factor que le permitió a los gobiernos de los países que los producían contar con los recursos necesarios para subsidiar sus agriculturas.
  7. Según Teófilo Gautier, y con ello expresaba una mayoritaria impresión francesa, Europa terminaba en los Pirineos. España pertenecía por lo tanto a África.
  8. Si esto fuera cierto no podríamos más que decir que Cuba fue pionera en sufrir las consecuencias del cambio climático que hoy amenaza la vida en el planeta.
  9. Aquí se da por sentado que los impetuosos orientales y camagüeyanos no fueron más que juguetes de los rejuegos políticos de la élite habanera, por lo menos hasta el verano de 1869 y el Golpe de Estado en La Habana contra el Capitán General Domingo Dulce y Garay por los voluntarios.
  10. El núcleo fundamental y único, porque racional, sistemático, nunca lo ha tenido, salvo a instancias del Che Guevara, un extranjero.
  11. Recordemos que las necesidades del presente dependen de las condiciones de vida del pasado.
  12. Hasta ahora ese equilibrio ha permitido que la élite, y sus cooptados permanezcan con las riendas del país en sus manos. Con el Canelato, como hemos visto, ese equilibrio deberá desaparecer, lo cual conducirá a la feudalización del poder, y a que el estado retroceda a la categoría de fallido.
  13. Aunque el espíritu de cruzada compartida también permanece. Por lo menos hasta 2006 en que el brujo publicista Fidel Castro desaparece de la esfera pública, y en su lugar es reemplazado por tipos de revolucionarios anodinos, incapaces de mantener en uso ese espíritu para la afirmación de su posición privilegiada.

Del Autor

José Gabriel Barrenechea
Investigador y periodista cubano. Un activo colaborador de la prensa independiente cubana. Lleva varios años escribiendo sus artículos sobre diversos temas históricos y de la actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre los que destacan el sitio digital 14ymedio y las revistas Convivencia y Voces. También formó parte del equipo editorial de magazines independientes de las cada vez más prolíferas ¨samizdats¨ cubanas, como La Rosa Blanca o Cuadernos de Pensamiento Plural.