"Un conflicto en el que constantemente me muevo: Existir desde el arte"

Conversación con Ofill Echevarría

Dossier
Por Amir Valle

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Ofill Echevarría? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Ofill Echevarría, el ser humano y Ofill Echevarría, el artista, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Dice David Lynch, el genio de la cinematografía, que vivimos dentro de un sueño; y que un día despertamos y nos percatamos que todo ha sido un sueño y entonces descubrimos quiénes somos en realidad; un día que él denomina, glorioso. Te aseguro que ese día aún no me ha llegado. Siempre que miro en mi pasado —Los ochentas; Arte Calle; la primera vez que pisé tierra mexicana y creí que había llegado a Estados Unidos; MTV en los noventas o Beavis and But-Head; Asesinos por Naturaleza; Octavio Paz en vida en la televisión; Peter Greenaway en vivo en el Palacio Nacional; el mundo antes y después de The Matrix; todas las transiciones y crisis personales, incluso hoy—, me doy cuenta que hurgar en lo desconocido es lo que más me llama la atención. Y que solo a través de esa búsqueda, entre la novedad, el ser humano y el artista que hay en mí se complementan. Provengo de una familia disfuncional, no me parezco a ninguno de mis creadores y mi nombre es inventado. Mis padres, así como los de la mayoría de la gente de mi generación, eran muchachos de diez y once años en 1959; los verdaderos responsables del desastre que es hoy nuestro país. Y aunque fue una suerte contar con mis abuelos en el aspecto educativo, tuve una niñez difícil porque siempre me pareció contradictoria la maquinaria social que me rodeaba. Así, a muy temprana edad decidí huir de mi entorno natal, descubriendo al correr los años que todos los entornos me eran favorables y adversos al mismo tiempo. Un conflicto en el que constantemente me muevo. Existir desde el arte

 

Quien observa tu trayectoria artística se encontrará, sin dudas, con un sello de identidad que no es usual en las artes plásticas cubanas: ese contrapunteo entre lo artístico y lo arquitectónico en busca de una interpretación de la existencia humana y de sus «marcas» en eso que llamamos «modernidad». Si tuvieras que definir «tu sello», ¿qué dirías?

Nunca he perseguido un sello personal. Lo que sí tengo son ideas fijas (recurrentes). Las series pictóricas con las que se me identifica tienen que ver con la manera que encontré para representar la vida activa de la zona metropolitana de la ciudad y de la gente que habita los espacios comunes, los llamados no-lugares, con los cuales tengo una relación especial. Con los años he seguido investigado y expandiendo mi visiones y, a menudo me he encontrado emulando con fotógrafos del medio de la publicidad. Y he descubierto, gracias a escritores que explican mi obra, similitudes entre esas ideas que me acosan y las de iluministas, como Walter Benjamin. Otros procesos han tenido lugar desde mis primeras incursiones en el tema de la vida contemporánea urbana, pero en general, inclusive la investigación, ha sido tanto intuitiva como casual.

 

Cuba, país pequeñísimo pero de grandes artistas de la plástica, posee el privilegio de tener una de las grandes escuelas de esa especialidad: la Academia San Alejandro de Bellas Artes. Es obvio que una institución de esa envergadura y prestigio histórico marcará a cualquiera que pase por sus aulas, pero ¿qué en particular le aportó San Alejandro al estilo de Ofill Echevarría?

No creo que mucho. Si bien siempre tuve buenos profesores de dibujo, sucede que yo no estudié pintura como especialidad, si no grabado. Desde que decidí dedicarme a la pintura profesionalmente —digamos—, por el año de 1999, todo lo que he hecho es aprender «sobre la marcha» según las necesidades que cada proyecto me presenta. De cualquier modo, si yo dijera que San Alejandro era, en mi época de estudiante, una institución de gran envergadura, estaría mintiendo y varios de mis ex-colegas así lo entenderían. Seamos realistas. Era una escuela especializada, con buenos y malos profesores, con buenos y malos programas de estudio, con actividades políticas y de politiquería interfiriendo en todos y cada uno de los programas artísticos, y con deficiencias técnicas coherentes con los problemas económicos de la isla. Por otra parte, si yo fuera hoy lo inocente que era en mi etapa de estudiante, diría que San Alejandro era un lugar de prestigio, porque la inocencia que hay en el fondo de toda represión refiere a las normas represivas que entre todos hemos creado, como los estereotipos y demás valores sociales. Creo que el prestigio es algo que todos los días está en juego. Incluso dentro del escenario cultural de la época: “los fabulosos ochentas en La Habana a pesar de la política cultural cubana”, no creo que San Alejandro supiera hasta que punto su reputación decrecía mientras la represión a sus alumnos más entusiastas aumentaba. San Alejandro era —y seguramente todavía lo es—, una escuela especial. No hay que olvidar que la admisión a la misma depende de pruebas de aptitud. No obstante a eso, recuerdo que lo primero que escuché en mi casa el día que resulté aceptado en la misma fue una advertencia. ¡Ahora la cosa es mantenerse! Acto seguido «me leyeron la cartilla». Al parecer ser expulsado de allí era más fácil que ser aceptado. Una premonición tal vez. San Alejandro, en mi caso específico, terminó en desventura cuando unos días antes de la tesis final se me anunció que tendría que esperar seis meses para tener derecho a presentar la misma, si mi comportamiento durante ese tiempo así lo ameritaba. La sanción estaba relacionada directamente con una performance que meses antes realizáramos varios de mis compañeros de Arte Calle y yo, en las instalaciones de Casa de las Américas. San Alejandro fue también punto de reunión donde el grupo de colegas y promotores de Arte Calle, creció, y una base segura desde la cual mirar al mundo y filosofar. En general las experiencias acumuladas en esa institución me sirvieron para —desde muy temprana edad—, empezar a armar el rompecabezas de la vida del arte y mi posible interacción con los burócratas de la cultura, que están en todas partes.

 

Se impone que hablemos de un momento singular en la historia de la cultura cubana de ese período que se llama «de la Revolución»: el grupo Arte Calle, del que formaste parte. Existe, indudablemente, un antes y un después de ese momento en las artes plásticas cubanas. Quiero que pienses ahora y nos cuentes el antes y el después de Ofill Echevarría artista a partir de ese parteaguas que fue la represión de Arte Calle por parte de la política cultural revolucionaria.
Ofill Echevarría - Golden Wall

Ofill Echevarría – Golden Wall

Definitivamente un momento interesante de la historia del arte cubano. Pienso que la institución Arte no estaba preparada para afrontar la forma en que un cierto proceso contestatario —por parte de una generación entera—, se desarrollaba y, es posible que las “acciones” de nuestro grupo llamaran especialmente su atención. Creo que, para cuando comenzaron a tratar de “arreglar las cosas” ya era demasiado tarde. A principios de los 80s una cierta libertad intelectual dominaba el panorama cultural habanero. Después de eso, más o menos desde el 86 —para ser más específico—, conforme la década avanzaba y las políticas culturales se iban transformando, nosotros también cambiábamos. Y así como inevitable fueron los cambios que a los Arte-Calle, la adolescencia nos presentaba, orgánica fue también la experiencia que constituyó el paso de una vida normal —ya sabes, en familia, en sociedad—, a una un poco más particular, en donde creencias como, «la vida como performance» o, «el arte como forma de vida» se hicieron latentes, esenciales para sobrevivir en una sociedad donde la censura es todavía la norma que rige toda actividad creativa. De ahí la imposibilidad de elección. Este es el momento en que como artista entiendes que para proteger lo que posees (tu talento, digamos, eso que naturalmente se te ha concedido) debes correr, porque luchar sería una misión demasiado peligrosa; un delirio similar a la locura. Pero si la locura era vista como virtud y no como condecoración, a ésta también habría que salvaguardarla. De ahí el auto-exilio. Al llegar los 90s, los protagonistas de los sucesos en la plástica durante los 80s, nos sentíamos parte de una generación cuyo objetivo era salir de Cuba a como diera lugar. “La voz se había corrido” y ahora —con motivo de la censura, de la clausura, de lo que fuera—, todos nos queríamos ir, trasladar nuestra visión a otros contextos. La situación económica en la isla fue el factor que empujó a muchos a tomar la decisión final, pero expandirnos fue una buena manera de luchar contra la represión que se sentía y, la mejor forma de salvar lo logrado ante la crisis que se veía venir. Otras culturas

 

Luego viviste varios años en México, un país con una riquísima tradición en las artes plásticas. ¿Qué significó esa estancia en México para tu trabajo artístico?

Lo primero que me sucedió en México fue toparme con una Macintosh, que aprendí a usar mientras trabajaba como diseñador gráfico creativo para una pequeña agencia de publicidad y venta directa. Después comencé a exponer y a interesarme en visitar los museos de arqueología, de arte moderno, de pinturas del siglo XIX. En Ciudad de México, durante los 90s, la cultura Yuppie del mundo empresarial que retrata el American Psycho de Bret Easton, por poner un ejemplo, todavía estaba de moda. La interacción con este otro universo opuesto a toda forma de arte así como la llegada del Internet, me brindaron una nueva manera de entender y manejar mis propuestas artísticas. Mexico podría servir como escuela práctica a todo aquel que decida poner su atención en aplicar la tecnología al arte popular: el arte folklórico, o quisiera llenar el vacío que aún existe entre el mundo de la creatividad naive y ese otro más complejo, relativo al llamado, arte contemporáneo.

 

Otras dos grandes ciudades, tal vez en las antípodas de «lo americano»: Miami y Nueva York, han visto tu paso por sus calles. Desde lo netamente artístico, ¿cambió algo tu trabajo bajo las influencias culturales de esas dos ciudades?

Miami fue una ciudad que como bien dices, transité, y New York es la ciudad en que vivo desde hace 15 años, a la cual he dedicado la mayor parte de mi obra durante los últimos 10 años y ha inspirado un grupo de proyectos en los que aún trabajo. En Miami la vida holgada; en New York estrecha, apretada. En la una la brisa cálida, suave; en la otra el viento frío, duro. En el pueblo la vida lenta y en la ciudad la vida rápida. En cuanto a mi pintura, la luz fuerte de Miami, aunada a mi fotofobia crónica, trabajaron rápidamente para convertir los fondos de mis cuadros en enormes áreas pálidas. Al mudarme a New York, el detalle de los espacios blancos así como otros contrastes con el realismo que había definido mi etapa pictórica anterior terminan por fundirse y desaparecer, entre proyectos más complejos surgidos a propósito de la vida en la metrópolis: la serie de reflejos que posteriormente se extiende a video o recientemente, la serie ‘Moonbeams’, que proviene de las fotos que en 2013 comencé a hacer con tabletas, teléfonos móviles y otros devices, mientras recorría (siempre a prisa) el Midtown de Manhattan.

 

¿Y Europa, donde también has vivido? ¿Qué te ha aportado esa otra zambullida en las múltiples culturas europeas?

Nada como viajar desde New York a Europa, para entender que no vivimos en un mundo instantáneo, que no todo está a un clic de distancia; que si bien hay aspectos positivos en ésa dinámica del triunfo de lo efímero, hay desventajas en una gratificación tan rápida en el desarrollo de las cosas. La primera vez que visité Europa fue en el 2001; todavía no había entrado en vigor el Euro, por lo que aquella era una Europa diferente. Fue lo primero que noté durante mi estancia, en el 2017. En ese primer viaje, encontrándome delante de una obra gigante de Giuseppe de Rivera, en el Museo del Prado, me pareció como si un susurro, una voz interior me ordenara llevar al oleo sobre tela la vida del hombre de negocios en la gran ciudad; la típicamente americana. Cualquier viajero del futuro en peligro de perder su capacidad de apreciar el valor del tiempo en ciudades como Valencia, Roma o Berlin, recomendaría a sus amigos, ‘You Must Change Your Life’ de Peter Sloterdijk. Y puede ser que Berlin sea la única ciudad cosmopolita hoy donde todo mundo ríe, o donde nunca nadie llora. Sin embargo, para un “survivalist” como yo, con capacidad de almacenamiento visual de dos terabytes diarios (aprox, no creas que bromeo), la ciudad se me hizo rica en exceso: un verdadero drama histórico de complejo entramado informativo. Así que después de unos meses vagando sus calles exactamente igual que lo hago en la ciudad donde radico, Europa volvió a hablarme al oído, confirmó visiones y sirvió de inspiración para una nueva serie pictórica.

 

Ofill Echevarría - Houses & Trees - 6

Ofill Echevarría – Houses & Trees – 6

¿Artista cubano, de la diáspora cubana? ¿Cómo te definirías ante ese criterio impuesto por la política nacional que divide la cultura cubana en dos orillas?

Artista de la diaspora es una categoría que apareció hace unos años en el lenguaje de la plástica cubana. Un término un poco caprichoso, según yo. El término, me parece, invita al interesado a pensar el arte contemporáneo cubano “a pesar” de esa diaspora de la que habla —la de los artistas de La Habana de los 80s—, y no “en virtud” de ella. Cuando en realidad casi nada, si no un abismo de manchas y conceptos desencontrados son los que habitan el panorama de la plástica nacional —incluso en el exilio de Miami o New York—, antes de la llegada de este nuevo grupo de artistas a la escena internacional. En un exilio más que necesario, voluntario —el de la plástica de los 80s—, pienso que este término (y criterio) irá desapareciendo por falta de pruebas que evidencien al grupo en cuestión, mientras el mismo se hace mayor o en su defecto, por inconsistencias en la información al respecto, especialmente ante los ojos de la red informativa Internet. La mirada más propia

 

En buena parte de tu obra, en cualquiera de sus períodos, llama mucho la atención la difuminación de la figura humana, como si la modernidad pretendiera tragarse lo que de humano hay en los cuerpos. ¿Alguna tesis?

Son varias las propuestas que manejo cuando difumino las figuras o mezclo contornos en mis cuadros. Las más importantes serían: búsqueda de movimiento y representación de la velocidad. Ajustar el ojo a las necesidades de mi época, por otra parte, a menudo me ha puesto a competir con la fotografía, pero no es la perfección de la imagen fotográfica lo que yo persigo, si no un tipo de realismo que pretende ir más allá de lo físico. Por eso la apariencia espiritual que en muchos de mis cuadros los cuerpos transmiten; cuando lo logro.

 

Otra marca es la captura de un idea a partir de miradas sobre la realidad desde la fotografía, la arquitectura y el entorno ambiental. ¿Cuáles han sido tus retos mayores para configurar ese mensaje que toda obra plástica debe transmitir?

Velocidad y movimiento son conceptos modernos que cada vez entendemos mejor gracias a la tecnología y, visualmente resultan fascinantes. Creo que representarlos en pintura constituye un reto en esencia. Otro reto fue querer hablar de la vida urbana, de esos detalles que nosotros, los citadinos ya no podemos ver, o no nos atrevemos a mirar. Me interesan mucho las transiciones de un estilo a otro, sigo tratando de hablar de conceptos sin hacer arte conceptual y sigo pensando en mostrar realismo donde parece haber solo abstracción.

 

Todo artista siente que hay momentos de definición en su vida profesional: ¿cuál o cuáles crees que hayan sido esos momentos en tu vida, esos en los que (si miras atrás) descubres que has dado un salto de calidad en tu madurez como artista?

Seguramente son varios esos momentos, ya que por lo general me preocupa mucho no quedarme estancado en alguna fase de trabajo y procuro mantenerme activo, creativamente hablando, pero la verdad es que no llevo la cuenta. Otra cosa que procuro es no pensar mucho en lo logrado.

 

Finalmente, ¿en qué proyectos andas ahora mismo y cuáles tienes ya en mente de cara al futuro?

No quiero ser específico en cuanto a exhibiciones o eventos futuros porque soy extremadamente supersticioso, pero ahora mismo me encuentro en la etapa productiva de la serie de pinturas que empecé en Berlin, y sigo trabajando en la serie de cuadros al húmedo denominada, ‘Moonbeams’ que inicié en 2014. Además, trabajo en el concepto de un proyecto bastante ambicioso que involucra video arte y tecnología para la vida diaria, y hace unos meses lancé un website de comercio online para promocionar obra gráfica que normalmente no expongo en galerías, entre las cuales se encuentra una serie enteramente digital: un grupo de 36 obras creadas a partir de una fotografía de un cuadro al óleo, y la colección de fotos ‘Moonbeams’, que refiere a las serie pictórica del mismo nombre. Por este medio quisiera invitar a los lectores de OtroLunes a que visiten el sitio en: www.ofillindustriart.com y hagan “contacto”. Será divertido.