En la orilla equivocada

Fragmento de la novela homónima

Roberto Estrada Bourgeois

Roberto Estrada Bourgeois (Habana, Cuba, 1950). Licenciado en Derecho por la Universidad de La Habana en 1979 es miembro de la Asociación de Escritores de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Entre otras obras, figuran publicadas: Trenco (novela, 1986), Ein Modigliani aus Kuba (novela, 1999), La pelirroja (novela, 2004 y 2009), Die Nachbarin (novela, 2006) y La Condesa de La Habana (novela, 2009).

–***–

1

Por la mañana anunciaron que el ciclón atravesaría la provincia y la ciudad de sur a norte y, como siempre, el tiempo quedó dividido entre la monotonía cotidiana y un ajetreo anticipatorio de catástrofe. Al filo del mediodía ya el cielo plomizo derramaba lloviznas constantes, agitadas por intermitentes ráfagas de un viento insolente que abría ventanas, alborotaba la copa de los árboles y ponía a volar los papeles y la basura de las calles.

La sufrida ciudad, como tantas veces, se preparó para recibir otra devastadora visita que empeoraría su ya irreversible deterioro, y la gente se apuraba, guareciéndose bajo capas, trozos de cartón o hule, para tomar precauciones imprescindibles. Los que podían se iban corriendo a las tiendas de divisas a procurarse latas de conservas, velas y otras cosas necesarias. Los otros se limitaban a mirar con aprensión el cielo e intentaban asegurar sus viviendas. Se producirían derrumbes, cortes masivos de electricidad y penetraciones del mar en la zona del litoral. Pronto se empezaría a evacuar a miles de personas, cuyas casas no ofrecían seguridad, y la televisión difundiría escenas iguales a las del año anterior, con otro huracán.

El Director mandó un aviso de que cada cual se fuera a su casa y se produjo una discreta, pero rápida desbandada. Recogí los documentos en que estaba trabajando y emprendí la retirada. Salí del Bufete, distraída, y después de caminar más de una cuadra bajo la llovizna, me percaté de que había olvidado el paraguas detrás de mí buró. De todas formas, con tanto viento no me serviría de nada, así que seguí andando con la blusa empapada pegada a la piel.

Corté camino hacia el Parque Central por calles laterales convertidas en lodazales, concentrada en evitar los chorros de agua que caían de los balcones arrastrando todo el churre acumulado, y esquivando a grupos de chiquillos que chapoteaban en los charcos. El ritmo habitual del barrio estaba alterado por la cercanía del meteoro. En vez de la  música estrepitosa, que ponía un eterno fondo de gustos heterogéneos y, por lo general, vulgares, por las ventanas salía ruido de martillazos, asegurando ventanas y puertas y el barullo de los preparativos.

En la tienda frente al Parque del Cristo había un tumulto de gente esperando turno para entrar. Desde la azotea de un edificio cercano, varios hombres gritaban advertencias a los transeúntes, mientras arrojaban trastos y escombros a la calle para despejar los tragantes que deberían asimilar las cataratas de lluvia vaticinadas por los meteorólogos.

Doblé a la izquierda, salí a Monserrate y apuré el paso. Tenía el cacharro en el taller; para llegar a mi casa tendría que coger un taxi, y el mejor lugar de los alrededores es la esquina de Prado y Neptuno.

Recién había salido de un período negro en mi vida, como el cadáver de un ahogado reflotando. Once meses antes, mi marido se había largado en una balsa con nuestro hijo de la mano, sin decir adiós. No tenía noticias de ellos. Ni un llamado, ni una carta, nada. Intentaba recoger los pedazos de mi persona y organizarlos con cierta apariencia de normalidad. Al principio, el alcohol me ayudaba a eso, o al menos me lo parecía; ahora llevaba un tiempo alejada del ron, pero cuando pasé por delante del Castillo de Farnés me agarró el deseo de un trago. Estuve a punto de seguir de largo, pero me justifiqué pensando que estaba empapada, tenía frío y un día es un día.

Encontré vacía la mesa para dos que me gusta bajo la ventana que da a la calle Obra Pía. El camarero me conoce y se me acercó enseguida. Le pedí un ron a la roca, en lugar de mi habitual cerveza Bucanero helada.

─¿Mucho trabajo, doctora?

─Me tiene cogida por el cuello.

Sonrió y se fue a atender a otro cliente.

Tomé un sorbo y pasé la vista por el local. Estaba lleno de turistas europeos desaliñados, algunos aseres haciendo una pausa en sus negocios ilícitos, y una negra bonita y musculosa, como una luchadora, con su inevitable vejete italiano. Lo de siempre.

El ron me calentó. Cuando empezaba a sentirme mejor, la vista del bar quedó sustituida por el torso de una persona que se inclinaba hacia mí. Levanté la vista del elegante cinturón de piel de cocodrilo hasta la cara que estaba más arriba.

─¿Perdón?  ─dije.

─Le preguntaba si le molesta que me siente aquí.

Le calculé unos cincuenta años bien llevados. El acento castizo lo delataba, pero no tenía pinta de turista: le faltaba el rojo sangre en la piel, los pantalones cortos y los pies en alpargatas o sandalias.

En los bares de esta benemérita ciudad, dos desconocidos de distinto sexo nunca comparten mesa sin segundas intenciones, pero  le dije «siéntese», para que no siguiera atravesado.

─Gracias. Esto está muy lleno tomando en cuenta la hora y las circunstancias, ¿no cree?

«Si vienes con intenciones de ligarme, te vas a coger los dedos con la puerta».

─A lo mejor usted lleva poco tiempo aquí y aún no lo sabe ─le dije con un leve sarcasmo─. Pero habitualmente las jineteras son las que atacan primero. Creo que se ha equivocado.

No se mostró sorprendido, ni se excusó.

─Vivo aquí desde hace tres años y sé muy bien distinguir a las señoras de las otras, no se preocupe. Si le pedí que me dejara sentarme es porque la barra está llena y usted parece una persona seria, pero si la molesto…

─Está bien, quédese ─interrumpí su ademán de levantarse─. Solo quería definir las cosas.

El camarero se acercó, el español le pidió una Beck y «Algo para picar». Antes de irse, me preguntó innecesariamente si todo estaba bien, aunque mi trago estaba casi intacto. Era su forma oblicua de ofrecerme ayuda por si aquel tipo me estaba molestando. Con un gesto le indiqué que no se preocupara.

─Soy Mariano Escarpenter ─me dijo el hombre─. Ya veo que aquí la conocen.

─Trabajo cerca.

Por lo visto no iba a poder librarme de su conversación. Decidí apurar mi trago, pagar y largarme. No estaba para charlas con gallegos desconocidos.

Miró de reojo mi maletín.

─El camarero la llamó doctora, trae usted un maletín, pero no lleva bata blanca y por la expresión de ira reconcentrada repartida entre la frente y la comisura de los labios, me inclino a pensar que es abogada, porque no le imagino otra profesión.

─Acertó ─concedí. Tenía una manera tan educada de ser indiscreto que estuve a punto de sonreír, pero me contuve.

Se entendió con su cerveza. Yo aproveché para tragarme el resto del ron y le dije que había tenido mucho gusto en conversar con él, pero tenía que irme porque el ciclón se acercaba.

─No quiero ser más impertinente de lo que ya he sido, pero me gustaría tener su tarjeta, nunca se sabe cuándo se necesitará un buen abogado.

Le di una tarjeta. Insistió en pagar la cuenta de ambos, así que le di las gracias y me fui. Pasé el dia siguiente encerrada en casa debido al mal tiempo.

Al final, el ciclón pasó en dos horas dejando atrás la secuela habitual de desolación que el noticiero se encargó de repetir hasta el cansancio.

Pasé la semana siguiente entre dos juicios por homicidio, uno de robo con violencia y dos migrañas fuertes. El viernes, a las tres de la tarde, estaba agotada. Mis compañeras de oficina se habían ido temprano y solo quedábamos dos abogados en la oficina de al lado, la recepcionista y yo. Mientras recogía mis papeles para desaparecerme del mapa, Escarpenter apareció en la puerta del cubículo.

─Vengo como cliente ─se apresuró a decir cuando vio mi expresión.

─Para los extranjeros está el Bufete Internacional. Allí hay recepcionistas jóvenes con chaquetas y minifaldas, muchas computadoras, aire acondicionado y todo se paga en divisas. Este es para los que en lugar de pasaporte llevan carnet de identidad.

Dio un paso dentro del cubículo y pensé que me iba a poner una mano en el hombro, pero no lo hizo.

─Deje de estar a la defensiva. Si me permite invitarla a la misma mesa donde la conocí, le contaré un problema que tengo y verá si puede ayudarme profesionalmente. Además, no será gratis. Le pagaré a la europea, cien la hora.

─Esa última es una buena razón ─observé suspirando─. Vamos.

El Castillo de Farnés estaba lleno de japoneses que se fotografiaban unos a otros con  una especie de frenesí. Mi amigo, el camarero, andaba como loco, seguramente porque su inglés no resulta suficiente para la avalancha de pedidos hechos con la espantosa pronunciación de los asiáticos. Lo saludé con la mano, compadeciéndolo, y cruzamos la calle Obra Pía para entrar en el Bar Monserrate, que carece de carácter y no me gusta tanto, pero al menos tenía un par de mesas vacías. Dejé que mi anfitrión pidiera unos cocteles de camarones con las correspondientes cervezas y adopté una postura profesional, aunque no las tenía todas conmigo. Estaba muy cansada y el prólogo de una nueva migraña me apretaba las sienes.

─Lo que le voy a contar parece sacado de las pelis del sábado, pero es cierto.

Me le quedé mirando sin decir nada, a ver con que cuento se apeaba.

─Tengo una compañía de fontanería y muebles sanitarios en Miramar. No es Porcelanosa, pero me deja buenos beneficios. Pretendo seguir unos diez años más en Cuba. Luego, ya se verá.

─Entonces no veo cual puede ser el problema.

─ Hace un tiempo me dejé tentar por unas jineteras. Y me están chantajeando.

─Mire ─le espeté un poco irritada─.  Yo no nací ayer. Puede que tenga cara de tonta, pero no lo soy. Entre los penalistas de La Habana me dicen Houdini, porque hago ilusionismo. Puedo convertir a un culpable en inocente y hasta hacer que el Tribunal llore de pena y compasión por él. No trate de tupirme con un cuento tan peliculero, así que inténtelo de nuevo, y con la verdad, porque me levanto y me voy.

─¡Que le estoy diciendo la verdad! Me fui con dos tías a una casa de Marianao, nos acostamos, y luego resultó que me habían filmado.

Parecía sincero. Me quedé unos minutos rumiando ideas contradictorias y masticando camarones. Después de todo, concluí para mis adentros, puede que sea verdad lo que dice, cosas peores ocurren a diario en esta maravillosa ciudad. Mi capacidad de asombro está bastante elastizada por la práctica profesional.

─Es que no le veo mucho sentido a su historia. La mayoría de los extranjeros, turistas o no, andan alguna vez con puticas. Todo el mundo lo sabe y no le importa a nadie. Casi forma parte del folklore, como la rumba y el arroz con frijoles negros.

─A mi mujer sí le importaría saberlo ─dijo, con una especie de fúnebre solemnidad.

Cherchez la femme. Eso no falla. Me sonreí

─El capital de la empresa le pertenece a ella. En caso de divorcio, me quedaría sin nada. Por eso no puede enterarse de mi desliz.

Pidió otra ronda de cocteles y cervezas.

─Y su mujer está aquí.

Asintió.

─Le gusta el clima.

A esas alturas ya me sentía interesada en el asunto. Tengo una morbosa tendencia a meterme en enredos y asuntos turbios.

─Si me ocupo del caso, será a mi manera. Me interesan los resultados, el método para lograrlos no es tan importante para mí.

Dejé a un lado mi actitud distanciada y lo interrogué a fondo sobre cuantos detalles consideré necesario saber. Le dije que necesitaba quinientos pesos convertibles para organizar la recuperación del video. Cuando salimos del restaurante, fue a un cajero automático, sacó esa cantidad y me la dio.

─Ya sabe dónde trabajo, así que no se imagine que voy a estafarlo ─le dije, mirándolo de frente a los ojos.

Se encogió de hombros.

─Confío en usted.

Al otro día salí a buscar a Pluto. Es un Adonis negro tan vicioso como Dorian Grey, aunque no tiene un retrato. En la pared de su cuarto de solar solo pega posters de las conejitas de Playboy. Es uno de los pingueros más cotizados de la Habana Vieja y sus presas habituales son maricones reprimidos y señoras sexualmente insatisfechas que vienen desde la fría Europa en busca de placeres exóticos. Se especializa en las alemanas, porque es Licenciado en ese idioma por la Universidad de La Habana, pero tampoco les hace ascos a clientes de otras nacionalidades. En el ambiente se comenta que su miembro mide diez pulgadas. A pesar de ejercer una profesión tan amorosa, también hace de cobrador. En caso de necesidad, le da un navajazo por encargo a cualquiera: solo hay que pagarle lo suficiente y pedirle el servicio con anticipación, porque su agenda siempre está llena.

La calle Obispo es su coto de caza predilecto, así que dediqué la mañana a caminar arriba y abajo desde la Plaza de Armas hasta el Floridita. Me lo tropecé en el bar La Lluvia de Oro intentando seducir a una italiana vieja que estaba como para tirársela a los perros, pero llevaba al cuello una fortuna en cadenas de oro.

Lo saludé muy cortésmente al pasar y le solté que necesitaba verlo. Me fui a sentar en una mesa cercana y esperé. A los cinco minutos despachó a la bruja y vino conmigo.

─Te salvé de la policía ─le dije muy seria.

─¡Eh! ─se sobresaltó.

─Si llegas a acostarte con esa momia, seguro que se queda muerta a mitad de la fiesta. Cualquier Tribunal lo consideraría asesinato.

─No joda, doctora ─sonrió mostrando su dentadura de potro salvaje─.  Yo conozco bien mi negocio.

─No lo dudo, pero tengo uno mejor para ti.

Hizo un gesto de «Soy todo oídos» Y quedó a la expectativa.

─Hay dos jineteras que tienen chantajeado a un español amigo mío. Le grabaron un video metido en la cama con las dos y lo están amenazando con mandárselo a su mujer. El hombre paga bien al que le encuentre el video.

─¿Quiénes son?

─Una se llama Idalsys y la otra Yeleny. Hacen cuadros con extranjeros en casa de Idalsys.

Hizo un gesto de asentimiento.

─Las conozco de vista, en este ambiente casi nadie pasa desapercibido. ¿Entonces  la cosa es agitarles el video?

─Es un trabajito que te viene pintado.

Sonrió con socarronería y volví a pensar en un potro salvaje.

─Usted me supone mucho peor de lo que soy. Está bien, pero yo lo hago con un socio mío.

Acordamos un precio y entonces le expliqué la idea que tenía de cómo hacerlo.  Quedamos en vernos a la noche siguiente frente al Capitolio.

A las ocho en punto apareció acompañado por su socio, El Plátano, un watusi con un matorral de trencitas rastafari y medio kilogramo de oro entre los dientes, el cuello y los dedos. No tiene su clase, pero está muy presentable, siempre y cuando no hable. Fuimos en mi cacharro hasta Marianao, a la dirección que me había dado Escarpenter. Era una cuartería que los vecinos han ido transformando cada uno por su cuenta hasta lograr un resultado constructivo tan heterogéneo como solo puede encontrarse en ciertos lugares de La Habana.

─Acuérdense bien ─los aleccioné─. Ustedes vienen porque un yuma quiere un video porno. Cuando estén adentro, hacen lo que vienen a hacer, pero no quiero escándalo, ni huesos rotos. Si se forma un alboroto, me pierdo antes de que llegue la policía.

Asintieron con gruñidos y salieron del carro. Los vi alejarse y pensé que hubieran sido dos estupendos gladiadores de haber vivido en la antigua Roma.

Menos de diez minutos después regresaron caminando de prisa. Venían sofocados, los hice subir al carro y arranqué enseguida.

─¿Bueno, qué? ─pregunté cuando ya rodábamos por la Avenida 51.

─No formamos mucho lío, pero en la casa estaba un primo de la tipa esa, que se puso un poco pesao y tuve que bajarle un par de aviones ─dijo el Plátano─.  Le rompí la nariz.

─Yo tuve que soplarle dos galletas a la Idalsys pa que aflojara el video ─dijo Pluto.

«Par de aviones, dos galletas. Un lenguaje muy florido», pensé, sonriendo en la semioscuridad del carro.

Pluto me dio un cassette de los que ya estan casi descontinuados y lo guardé en la guantera.

─Supongo que averiguaron si le hicieron copias ─pregunté.

─Pa eso tuvimos que sonarlos más. El tipo se desmayó. Y ella se cayó de culo diciendo que esa es la única copia, y que no es de ningún gallego, sino de una jeva ─aseveró El Plátano.

Le pasé el dinero que me había dado Escarpenter. Se lo repartieron en silencio y, en silencio, seguimos hasta La Habana. Los dejé en el Parque Central y me fui a mi casa. En cuanto entré, me senté a ver el video en una viejísima consola Betamax, recuerdo de otros tiempos, que conservo por motivos sentimentales.

A la mañana siguiente llamé desde el Bufete a la oficina de Escarpenter. Atendió una secretaria que me informó que su jefe no estaba.

Adopté el tono de una persona importante y pergeñé un cuento chino de que lo estaba llamando desde la Cámara de Comercio para un asunto de máxima urgencia, que por favor me diera su número particular por si no conseguía localizarlo durante el día, etcétera. Al final, después de mucho dudarlo, la mujer me dio un teléfono.

Llamé y me respondió una voz femenina con marcado acento catalán.

─Usted es una joya ─aseguró Escarpenter con satisfacción, mientras yo sonreía con la adecuada dosis de modestia.

Estábamos sentados en la galería del hotel Nacional delante de dos whiskies con soda. La tarde del dia siguiente estaba muriendo en una orgía de naranjas y rojos sobre el horizonte del estrecho de la Florida. Tenía en mi cartera un sobre con cinco mil pesos convertibles y repiqueteaba con los dedos sobre el cassette de video que reposaba sobre la mesa. Lo empujé despacio hacia él.

En unos minutos se haría de noche.

─Quédese a cenar conmigo.

Decliné la invitación con un gesto.

─Estoy muy cansada y seguramente usted querrá celebrar. Otra vez será.

─No sabe bien lo que ha hecho por mí ─me abrazó a modo de despedida.

Atravesé el lobby y bajé los escalones de la entrada. Ella estaba esperando junto a la columna de la derecha, como habíamos acordado. Alta, delgada, aristocrática, el color de su vestido armonizando con el verdemar de sus ojos.

─Apúrese ─le dije al pasar. Por encima del hombro, la vi subir hacia la entrada pisando fuerte con sus tacones de aguja. El portero la recibió con una sonrisa estereotipada.

Llegué a mi casa, me quité los zapatos, preparé café, puse la copia del video que había hecho para mí y me senté a mirarlo  de nuevo.

En la pantalla, la alta, delgada y aristocrática Carmen Planells de Escarpenter empapada en sudor, con los pelos revueltos y los ojos en blanco, fornicaba como una loca desaforada con dos negros, uno por delante y otro por detrás, mientras, en una esquina de la cama, una fulana que supuse sería Idalsys se masturbaba con un vibrador.

La buena señora me había confirmado durante nuestra corta entrevista que el capital de la empresa era solo de su marido, pero este ya no lograría el divorcio utilizando esa prueba de infidelidad. A esa hora, ya su señora esposa habría destrozado a pisotones la evidencia de sus diversiones secretas, en un aparatoso y fingido arrebato de celos frente a los asombrados camareros del hotel.

Bostecé mientras ponía el sobre de Escarpenter junto al que me había dado su mujer el día anterior. Terminé mi café y fui a bañarme. «Tengo que dormir temprano», pensé.

Al día siguiente, me esperaba muchísimo trabajo en el Bufete.