Crimen en noche de máscaras, teatro policíaco

Waldo González López

 

Con Ignacio Cárdenas Acuña, Armando Cristóbal Pérez y Alberto Molina, Rodolfo Pérez Valero integra el cuadrivio de los pioneros fundadores de la literatura policiaca cubana y su más destacado representante. En consecuencia, a quienes hayan leído sus novelas policiales de Rodolfo Pérez Valero (La Habana, 1947) quizás les parezca extraño este volumen homónimo de obras teatrales con idéntico tema.

Pues sí: se trata de sus piezas escénicas que, a la par de sus narraciones policíacas, iría escribiendo y estrenando en colectivos cubanos y de otros países. Justamente, en tal aspecto radica una de las atracciones de este conjunto de textos escritos para las tablas y publicados en 2018 por Plaza Editorial.

Aquí el autor incluye tres monólogos: Sinflictivo, La mano de Dios y Tobita. Asimismo, igual número de piezas en un acto, las dos breves: Usted también puede escribir un cuento policíaco y Un hombre toca a la puerta, bajo la lluvia, como la extensa e intensa Crimen en noche de máscaras.

Ante todo, advierto que un rasgo común en el quehacer de Pérez Valero es que casi todas estas piezas, como sus cuentos y novelas, los aborda con humor, con el que logra pecualiarizar su quehacer literario.

Mas, subrayo otra cualidad esencial a todo ‘género’, y el teatro es también literatura: la síntesis que asume el dramaturgo, sin que disminuya el rigor de su creación; al contrario, tal condición le proporciona a su discurso escriturario la necesaria economía de medios, como la imperiosa concisión, elementos que cualifican sus piezas.

 

Los monólogos

Sinflictivo resulta un logrado monólogo, cuyo protagónico —del que nunca sabremos su verdadero nombre, solo su seudónimo— es un personaje rico en matices con sus variados alter egos: una suerte de Fouché tropical por su capacidad camaléonica. O sea, un oportunista.

Sinflictivo es el clásico oportunista de los ¿miles o millones? que proliferan desde 1959 en Cuba, de donde éste ‘escaparía’ de no pocos problemas, gracias a que “mi padre siempre me inculcó ser sinflictivo: no enfrentarme jamás al poder, menos si es absoluto” como el de la Isla.

En consecuencia,  narra su historia con pelos y señales, al punto de que cuenta de su amigo Wilfredo, con quien estaría en una cárcel cubana y de donde vendría a Miami en una balsa. Entre sus ‘aventuras’, oímos de sus labios que una prima, “gorda como un hamburguer” […], “me metió en su cama”, como asimismo nos habla de su otro [¿solo amigo?] Félix, quien —depuración mediante— sería como tantos expulsado de la Universidad habanera. En fin, estas y otras anécdotas conforman su historia, tan parecida a las de tantos cubanos del exilio miamense, solo que el humor peculiariza y distingue su pieza de otras.

Un dato final y no menos importante: «Sinflictivo» se basa en un relato merecedor del Primer Premio en el evento hispano, Semana Negra de Gijón.

La mano de Dios se sale de esta problemática, porque aquí atenúa el humor, ya que lo sociopolítico centraliza su texto en la paupérrima Adelina Paniagua, una de las tantas jóvenes víctimas que, en el tren La Bestia, a diario durante años escaparan de la tierra de Benito Juárez y otros países limítrofes en un desesperado éxodo, del que no pocos saldrían con vida: vía crucis, éxodo y diáspora conjuntas, por fortuna detenido pocos meses atrás por el Presidente Trump.

La chica narra sus vicisitudes como empleada del patrón que la explota y viola en su rancho, para luego devenir esclava sexual de un coyote que la engaña, con la falsa promesa de llevarla a la frontera… hasta que la airada joven… En tal sentido, el autor parte de hechos ¿reales?, pues hasta poco tiempo atrás no pocas  eran atrapadas y violadas por policías fronterizos, tema harto abordado por filmes aztecas, no siempre felices.

Waldo González Löpez y Rodolfo Pérez Valero.

Otra virtud destacable en La mano de Dios es el ¿lenguaje o casi dialecto? empleado por el autor con los localismos hablados por estos desclasados ansiosos por arribar a nuestras tierras tras El Sueño Americano.

Como el monólogo anterior, «La mano de Dios» se basó en un relato laureado en la Semana Negra de Gijón.

El tercer, más breve, mejor y último monólogo es «Tobita»: un pobre ‘loco’ que sueña y fabula con sus traumas y complejos y, entre ellos, asegura que ha asesinado a Ada, su adorada, quien, como todos, se burla de él.

Ya en su parlamento inicial, tal tantos orates, expresa asertos-aciertos ciertas, tópicos tan verdaderos como la propia existencia ¿humana?:

¿[…] qué es lo humano? Los animales matan y el hombre también. ¿En qué se diferencian? ¿Es que el hombre premedita sus crímenes? ¿Es eso humano? […] Dicen que el hombre desciende del mono. Ojala no siga descendiendo, porque, ¿a dónde llegaremos?

Poco después, sin querer Tobita vuelve a sus reflexiones sobre los «humanos, demasiado humanos», clásica frase del filósofo germano Friedrich Nietzsche, quien en la Alemania de 1878 publicara la primera edicion de este “libro para pensadores libres”, según denominara su segundo volumen.

De tal suerte, el conceptual Tobita confesará:

Nos burlamos de los demas para no burlarnos de nosotros mismos […] Los hombres son crueles y se burlan de los que son torpes y nerviosos… como yo. ¡No diga que no! Lo he sufrido en carne propia, diariamente, a traves de toda mi vida. He tenido que soportarlo siempre, desde mi niñez. Desde aquellos días en que […] mi padre maltrataba a mi madre. […] Desde entonces, la gente se ha estado burlando de mí. En mi juventud, las muchachas se reian de mí por mi torpeza y mis nervios. Todos han sido crueles conmigo, con los comentarios en la calle, las miradas y los cuchicheos. Sabía que hablaban de mí. Para mayor humillación, me cambiaron el nombre. No me llaman Cristóbal, sino Tobita.

Así, nuestro pobre personaje confiesa su culpa en el… Pero no cuento más, porque tanto éste, como el resto de los monólogos, por su calidad, merecen ser leídos. Por último, subrayo que Tobita sería llevada a escena en Cuba y en Colombia, por el grupo Bataklán, como asimismo televisada por la TV de la Isla.

 

Las obras en un acto

Usted también puede escribir un cuento policíaco inicia este segmento con éxito, pues esta pieza breve posee una cualidad que la hace más atractiva: con los seis finales posibles, el autor evidencia su preferencia y praxis por el género policíaco, al tiempo que en esta pieza, de algún modo, ofrece un homenaje a la clásica escritora y dramaturga británica Agatha Christie.

Elogiado por tres emblemáticos escritores: el mexicano Alfonso Reyes y los argentinos: Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, el policíaco confirma en esta distintiva obra algunos de sus cánones: la observación, el análisis y la deducción, mediante los que se intenta resolver un enigma que, en este caso, no es un crimen.

Pérez Valero cumple su propósito anunciado bajo el título de la pieza, pues, con cuatro personajes: el Profesor, el Teniente Mena, Nelson y su esposa Laura —fusionados en tripartito nudo gordiano: consición, síntesis y condensación— alcanza los méritos que le agradecen lectores e hipotéticos espectadores, pues con la atrayente tríada los atrapa desde el inicio.

En Un hombre toca a la puerta, bajo la lluvia, disfrutamos otros recursos clásicos y rasgos canónicos del ‘género’ o modalidad literaria, con los que el autor cautiva al lector y virtual espectador escénico, ya que con la atenta lectura de estos monólogos y piezas en un acto, el atento leedor quizás pueda devenir, además, espectador, pues si hasta el momento de disfrutar estas obras, no se había interesado en el teatro, no dudo que de ahora en adelante se decida y asista a algún estreno, aunque no sea de tema policial.

De nuevo, en un alarde de brevedad in extremis (apenas en seis páginas presenta y resuelve el caso), Pérez Valero corrobora su pericia dramatúrgica —que le viene de la práctica del short storie—,  con la que entrega al lector esta brevísima pieza a tener en cuenta y que lo enrolará en el disfrute de este otro ‘caso’ policial, cuyos dos personajes: el joven vestido de civil y la mujer de edad avanzada, conducen la trama, con inesperado final… Pero no digo más, pues le aguaría al lector el festín de la lectura.

Crimen en «Noche de máscaras» es la obra de mayor extensión (175 páginas) e intención (por su complejidad y riqueza: trama y subtramas, pistas, anexos y soluciones), como la que mejores resultados le ha reportado al autor, como veremos a continuación algunos de los méritos técnicos, dramatúrgicos y literarios de la obra.

Ante todo, el hábil empleo de recursos técnicos, como el “teatro dentro del teatro”, muy bien utilizado por el autor; la adopción de la imago (v.g. Lezama Lima), tal la consecuente imaginería, voz adoptada/adaptada por estudiosos y críticos (como quien escribe, en sus ensayos sobre literatura para niños y jóvenes) por la increíble pero cierta fantasía infantil, según la ¿novela, cuento largo…?, biblia de los escritoires surrealistas: Alice in Wonderland, del británico Charles Lutwidge Dodgson (27/enero/1832-14/enero/1898), conocido mundialmente por su seudónimo Lewis Carroll.

Mas, aun otros visibles recursos resultan apreciables en Crimen…: la influencia de las novelas de Agatha Christie, la participación del público en la representación: ¿acaso eco del happening presenciado en puestas del más importante grupo escénico de la Isla, Teatro Estudio, dirigido por los hermanos Revuelta por quienes estudiamos teatro en la Escuela Nacional de Arte durante la segunda mitad de los ‘60s?

Por su meritoria calidad y riqueza no solo merecería el Premio Nacional de Teatro Policiaco, sino además sería llevada a escena por las compañías AgonTeatro (Quito, Ecuador) y Bertolt Brecht (La Habana, Cuba), como igualmente sería televisada por Cubavisión.

Mas, antes de finalizar este bojeo por su primer volumen de su dramaturgia, creo de interés mencionar también sus piezas dedicadas a la infancia y la juventud:

Las siete puntas del rey Tragamás, Premio La Edad de Oro, llevada a escena por los grupos: Fantoche y Ensamble (Caracas, Venezuela) y El Quince (San Juan, Puerto Rico) y Los apuros de Popito, presentada en La Habana y Murcia, España.                                    

Del Autor

Waldo González López

Waldo González López
(Puerto Padre, Las Tunas, Cuba. 1946) Poeta cubano, ensayista, crítico literario y teatral, antólogo y periodista cultural. Graduado de Teatro en la Escuela Nacional de Arte (1971) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana, Universidad de La Habana (1979). Hasta el 2011, cuando abandonó la Isla para venir a residir a Miami, integró la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en sus Asociaciones de Poesía, Literatura para Niños y Teatro.

Laboró en la Escuela Nacional de Arte (donde impartió clases de Historia de la Literatura para Niños y Jóvenes, en la Cátedra de Teatro para niños fundada por él y la actriz y directora escénica María Elena Espinosa, y de Historia del Teatro Universal y del Teatro Cubano, también creó el Archivo de Dramaturgia).

Entre 1990 y 2010, fue periodista cultural de las revistas Bohemia, Mujeres y Muchacha y colaboró con las especializadas Casa de las Américas, Unión, La Gaceta de Cuba, Universidad de La Habana y Biblioteca Nacional José Martí. Recibió importantes reconocimientos por su labor escrituraria y periodística, como, entre otros: Mención del Concurso Plural (México, 1990) por su poemario Salvaje nostalgia; Premio “13 de Marzo” (1976), de la Universidad de La Habana, por su poemario para niños Poemas y canciones y varias Menciones en los Concursos «Ismaelillo», de la UNEAC y «La Edad de Oro», de la Editorial Gente Nueva. En la Isla, publicó una quincena de poemarios, un volumen de ensayo, dos de crítica literaria y otro de crónicas, así como diversas antologías de poesía y poesía para niños, décima y décima para niños, cuento y teatro. Colaboró con publicaciones extranjeras con ensayos, artículos, crónicas y poemas. Sus versos han sido traducidos al inglés y francés y publicados en revistas de EUA y Francia, así como ha publicado poemarios en México y Colombia, y un volumen de ensayos sobre lectura y literatura en Ecuador.