La teoría del poder como ciencia exacta
José Elías Romero Apis
Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales de México), UNAM
José Elías Romero Apis, por ser el buen jinete que es, demuestra que puede cabalgar como diestro centauro entre dos dimensiones tan aparentemente contrapuestas como La Ciencia y El Poder. Para esta empresa, utiliza un corcel brioso y sabio, llamado Derecho. Y el resultado de esta carrera es el libro que comento.
Un buen jinete debe utilizar la espuela y el freno con sabiduría y precisión, para conducir al noble bruto a través de un sendero muchas veces erizado de filosas piedras, de un lado y del otro. Y así lo hace, gallardamente, nuestro autor.
Sólo quiero acotar, en mi descargo para acometer esta empresa, que no un soneto como para aquella “Violante”, sino un prólogo (o algo parecido) me mandó a hacer Romero Apis, e igual que el pobre Lope de Vega, “en mi vida me he visto en tal aprieto”, mas como “en el pedir está el dar”, y él lo hace de modo tan persuasivo y galano, no me quedó otro remedio que al menos intentarlo. Y este fue el resultado.1
Es muy difícil negarse a un pedido tan amable de un personaje como José Elías, que funde su sapiencia y su pensamiento elegante con una antigua herencia en la historia mexicana: proviene de una estirpe de estadistas de aquellos que construyeron México entre discusiones filosóficas, combates tribunicios y batallas campales. El Canciller de Juárez y de Porfirio Díaz, Matías Romero, fue su ilustre antepasado, y de él dice, con certera justicia, que no sirvió siete años a estos dos presidentes, sino catorce años a México.
Catedrático universitario por muchos años, servidor público de tiempo completo, y titular de uno de los despachos jurídicos más sólidos y antiguos del país, José Elías ha ido dejando a su paso por la vida una huella de obras que lo perfilan: 29 Teoremas constitucionales sobre la Reforma Penal, Las Llaves del Reino. Retrato de un sexenio, El Jefe de la Banda y El proceso de Cristo, son algunas de ellas. Analista y actualizador de la jurisprudencia, ha hecho alianza intelectual con otros de su talla y, de ello, ha surgido una obra enciclopédica como Themis vs. Cratos: La Justicia contra el Poder en la Historia de la Humanidad, en mancuerna fraterna y espiritual con el llorado amigo Luis Maldonado Venegas. En el muy prestigioso periódico mexicano Excélsior sostiene desde hace años una sección de opinión y reflexión que es punto de referencia obligada para interpretar el acontecer nacional e internacional, siempre con la visión de un observador atento, informado y ponderado.
José Elías pertenece a un grupo selecto y exclusivo de los auténticos conocedores de todos los entretelones de la política mexicana: pero los conoce teórica y prácticamente, no sólo por referencias, sino por vivencias y desde muy joven. Él es mucho más que un abogado: es un filósofo del derecho; es mucho más que un político: es un estadista teórico.
Como otros (Ricardo Sodi y Carlos Rivera) se encargaron de los aspectos jurídicos y matemáticos de tan interesante como trascendente propuesta, yo prefiero ceñirme, entre los muchos asuntos que recoge en su obra, al tema de los símbolos del poder, es decir, la manifestación de los elementos que caracterizan a la autoridad como representación visible, y su configuración estructurada y efectiva, la cual es el resultado de un conocimiento acumulado muy anterior.
La autoridad se condensa, a través de diversas vías (por consenso, elección o imposición) en una figura -simbólica y fáctica- de mando, asume una manifestación externa que trata de expresar un concepto para entender el poder y el modo de ejercerlo en cada caso. Quizá como en ninguna otra empresa humana, en La Política auténtica -se ha dicho muchas veces, pero nunca sobra repetirlo- la forma es fondo; es decir, el contenido asume una forma de organización como continente que la reviste y significa. Pero, además, la potencia.
La atracción casi congénita que sienten los seres humanos agrupados en conjuntos sociales por el ejercicio del poder, se manifiesta y extiende en los distintos niveles donde se desarrolla, desde la pareja, la familia, la aldea (o tribu), la ciudad, la región (o el estado), y el país. Esta inclinación suele moverse entre extremos que requieren regularse, y para ello, como una necesidad básica y esencial de sobrevivencia, surgen las leyes, las cuales forman en su conjunto el llamado pacto o contrato social, que cada sociedad adapta a sus rasgos y perfiles. El Pacto parte de la premisa esencial de que el hombre original en estado natural -como señalaba Rousseau- cede su libertad absoluta individual a cambio de una libertad socialmente condicionada. En el estadio anterior, predominaba como única y soberana “la ley del más fuerte”, donde todos sobrevivían eliminando o dominando al oponente, de acuerdo con su capacidad y destreza; en el segundo, el hombre consiente en morir si mata a otro (de acuerdo con circunstancias moderadas, que expresan las normas condicionantes, o leyes), y se sujeta a ese yugo necesario que es, por otro nombre, la civilización, la cual deja atrás el estado original de barbarie.
Los seres humanos han tenido siempre una relación de duplicidad con El Poder: de inicial atracción, pero también, por la experiencia de su ejercicio, con la conciencia de su riesgo. Entre los antiguos esta duplicidad se representó a través de dos dioses poderosos e inapelables: Eros y Tánatos. El Amor y La Muerte se enlazan en una danza compleja que tiene como su escenario la Polis. Así fue y así continúa siendo ese juego difícil, engañoso y provocativo, donde se ligan e interactúan fuerzas tan contradictorias, centrípetas y centrífugas, de creación y destrucción.
Pero no es menos cierto que El Poder es, aunque resulte una tautología evidente, el poder, es decir, la capacidad de poder hacer, de poder legar, de poder transformar y, por tanto, de poder ser y dejar huella del breve y transitorio paso humano por la existencia. De esta suerte, El Poder es, filosóficamente considerado, una variante de La Inmortalidad: se persigue trascender y permanecer, a partir del hacer, en lucha contra lo perecedero. El Poder es una obra humana, imperfecta, pero perfectible. Algunos escépticos rechazan el poder, como acción impura y contaminante, y adoptan la “táctica del avestruz”: aislarse y meter la cabeza en la tierra, confiando en sobrevivir a la tormenta. Pero la mejor forma de expresar constructiva y positivamente el descontento con el poder, es tratar de alcanzarlo, ejercerlo y transformarlo desde adentro.
Por lo anterior, en El Político de raza se funden el Hombre de Pensamiento y el Hombre de Acción, dos manifestaciones del espíritu humano aparentemente excluyentes, pero que de forma muy especial pueden confluir en una misma persona, con carácter excepcional. Por supuesto, no todos los que se dedican a la política y viven de ella, son políticos: en realidad resultan muy pocos, escasamente contados, quienes de veras pueden reclamar ser reconocidos como tales. Y dentro de este grupo selecto, aún son menos los que pueden ascender a la categoría superior de Estadistas: si un “político” está atento a las próximas elecciones donde se decide su destino y su proyecto personal, El Estadista auténtico piensa y obra de acuerdo con las próximas generaciones: tiene una luz mucho más larga y permanente, un horizonte más dilatado, una visión más alta.
Desde el garrote paleolítico, pasando por el tocado faraónico y su barba postiza o klirt, los cetros (el azote y el cayado), el báculo bíblico, la corona real (junto con el orbe y la espada) y la tiara papal (no olvidar que la de San Silvestre original era una “triple corona”), hasta la civilísima banda presidencial actual, El Poder ha asignado una determinada carga simbólica en algunos elementos materiales para representar visualmente la esencia del mismo. Los ropajes con los cuales se viste el gobernante expresan las virtudes que debe personificar, y forman parte de un mecanismo de persuasión e imposición, que varía según cada época histórica y etapa de la civilización. El Gobernante se reviste de la pompa adecuada para personificar la encarnación del Poder, y reclama el respeto y la obediencia por esa misma investidura: son construcciones de representación simbólica, sujetas a los tiempos y las sociedades.
Si en los orígenes más remotos esos símbolos privilegiaban los aspectos de la Fuerza y el Valor, con el desarrollo de la Humanidad que se manifiesta en el proceso evolutivo de la Civilización, se ha ido imponiendo la sustitución de los viejos y muy anticuados métodos de representación, por otros más sutiles que apelan y expresan las virtudes modernas de un gobernante, como la Sabiduría, la Temperancia y la Compasión. Un gobernante justo, que se ciña a las leyes de las que es sirviente y no dueño, y se levante como un árbitro imparcial y justo entre sus ciudadanos, es el ideal contemporáneo en la mayor parte de los casos. En primer lugar, esto se ha reflejado en las denominaciones o calificaciones de los sujetos en quienes encarna el Poder: en las monarquías, al rey se le nombraba el primer caballero del reino, como se conoció especialmente a los príncipes franceses, pero hoy los presidentes democráticos son considerados primus inter pares: el primero entre iguales, porque la soberanía ya no es de origen divino, sino que reside -según el dogma democrático- en los gobernados.
Pero todo lo anterior obedece a un proceso de depuración y selección histórica, que nos trae al enigmático presente, donde la incertidumbre y el temeroso pesar sustituyen los antiguos sentimientos de satisfacción y esperanza por la renovación y redención de las repúblicas de su pasado inmediato.
En estos tiempos que vivimos, quizá con una complejidad similar a otras épocas anteriores, pero sin dudas donde la inmediatez de los sucesos nos golpea por el avance de las comunicaciones con mayor fuerza que antes, prevalece un sentimiento de incertidumbre plagado de nubarrones que se van acomodando, amenazadores, en un temible horizonte cada día más próximo. Por lo anterior, no sólo es tan necesario sino hasta de agradecer, un libro como este que ofrece Romero Apis, para rendir un servicio de alta utilidad pública, que ojalá los hombres del Poder conozcan, lean y mediten, y hasta intenten la aplicación de sus propuestas.
Como cuida de advertir el autor, este no es un prontuario ni un recetario, y mucho menos un catálogo de acciones, sino una reflexión intensa, profunda y riesgosa, en momentos desafiante y siempre provocadora, para intentar conocer una mejor forma de convivencia entre los hombres, a través del saludable ejercicio del poder, sensatamente entendido y autocontenido. Si acaso, sería un manual de autoayuda colectivo. No es una meta, sino un punto de salida: la enseñanza y la virtud están en el camino que recorre para meditar sobre la esencia, las características, los modos, métodos y los elementos mensurables, y por tanto predecibles o regulables, del ejercicio del poder: como enseña e instruye, eso nos permite pretender ser mejores.
Según puede entenderse, este propósito se ha intentado muchas veces antes en la Historia, pero como el fruto de la imaginación utópica, y no como una reflexión sólida apoyada firmemente en La Ciencia. Se acepta que, en la misma medida cuando una actividad del pensamiento humano se sujeta a la observación de ciertas reglas, las cuales producen resultados iguales en idénticas condiciones, puede decirse que hay una definición aproximada de Ciencia. De tal suerte, la aplicación de cálculos, fórmulas y algoritmos, permiten reducir a un mínimo el carácter fortuito y voluntarioso del ejercicio del poder, a partir de escenarios modélicos.
Los actos de los hombres, sujetos a mil condiciones, causas e imponderables, son quizá el territorio de más peregrina e incierta aplicación para un método científico. Lo humano (“humano, demasiado humano”, advirtió Nietzsche) está no sólo ligado al error sino a lo fortuito. Como la voluntad es individual e impredecible, y además se encuentra sujeta el componente de la casualidad y hasta el capricho, contra toda lógica, sentido y razón, hasta ahora el ejercicio del Poder se ha ceñido sobre todo a las posibilidades de una más o menos atinada intuición (ocasionalmente coronada por el éxito), que decide entre variables dispares y antagónicas en numerosas ocasiones, y busca elegir muchas veces no la mejor sino la menos perjudicial de las opciones. Así ha sido, hasta ahora.
Cuando la Humanidad se encontraba aún muy próxima a su cuna, el volumen de los conocimientos era reducido, pero se fue ampliando en igual medida que las sociedades se fueron haciendo, con su mismo crecimiento, más complejas y sofisticadas. El saber así acumulado fue aumentando durante milenios, como un todo formado por la diversidad, pero sobre todo con una intención utilitaria, en medio de una creciente heterogeneidad. Luego, con los antiguos filósofos griegos, trascendió hacia un plano superior de especulación cada vez más compleja, y fue nutriéndose después con el pensamiento romano, y seguidamente del conjunto de talentos que constelaron la Edad Media. El mandatario era a un tiempo jefe militar, administrador, sacerdote y hasta curandero o mago si se requería: todos los poderes se concentraban supremamente en él, pero después se fueron distribuyendo entre varios individuos.
Pero al producirse ese clima mental compartido que después hemos convenido en identificar en Occidente como el Renacimiento, los pensadores se enfrentaron con la necesidad epistemológica de fragmentar ese todo compacto para poder dominar mejor cada una de las disciplinas, que hasta el momento se habían estudiado como un conjunto indivisible, lo cual produjo el primer nivel de especialización intelectual, abriéndose dos grandes campos, aunque provenían de un mismo origen -la observación y la reflexión- pero que por sus fines y propósitos se convino en reconocer como Las Ciencias y Las Humanidades.
Este momento civilizatorio marcó una nueva alborada del saber humano, donde se alcanzaron asombrosos logros como frutos del pensamiento, lo mismo en la vida material que en la espiritual, de tal suerte que aún hoy constituye un referente que brinda estímulo y aliciente para los momentos de incertidumbre y temores. Se trató entonces de una gran revolución intelectual.
Desde el muy mal entendido y peor conocido Maquiavelo, hay un interés de los sabios por entender El Poder para así poder conducirlo y dotarlo de mayor capacidad de servicio. Son numerosos los autores que han dedicado su atención a este tema, y Romero Apis los recorre con orden, concierto y método impecables, de tal suerte que en tiempos recientes se ha creado un nombre para representar esa rama del saber: la Cratología.
La Cratología es, pues, para decirlo rápido y mal, la Ciencia del Poder. Pero en su denominación se muestran saberes de extensa prosapia. Los pueblos antiguos, con esa poesía latente e intuitiva que los animaba, y la cual se condensaba como creación colectiva en sus mitologías, identificaron en el Titán Cratos la representación masculina de la fuerza y el poder, como hijo del sabio Palas y de la oceánida Estigia, quien primero fue una fuente arcádica, y luego se convertiría en el tenebroso río del Hades; una de sus hermanas fue Niké, la victoriosa, y entre los servicios que prestó Cratos a los dioses estuvo el señalado de ayudar a encadenar al díscolo Prometeo, quien quiso igualar los hombres a las deidades olímpicas. Todos estos elementos figuran una parábola política, una fábula donde aquellos pueblos de pastores y labradores, trataban de explicarse, aunque fuera intuitivamente, qué era El Poder, en la advocación de Cratos. Debía tener, pues, sabiduría, fuerza y astucia, apoyarse en la victoria, no temer a la muerte, pero rodearla en caso necesario, ser obediente a los dioses para mantener el orden y el equilibrio… y tener pocos escrúpulos para ejecutar lo que fuera necesario. Este símbolo inicial, se convierte en arquetipo universal del hombre que ejecuta el poder, el zoom politikon.
Los seres humanos siempre han tenido una invencible curiosidad por el futuro, lo cual les hace perder de vista muchas veces el presente, e ignorar consistentemente su pasado. Primero intentaron el conocimiento a través de la magia, luego de la religión y más tarde por la ciencia. Qué pasará mañana y hacia dónde vamos son dos preguntas insistentes de la cotidianidad humana y resultan permanentes interrogantes existenciales. Pero la vida es, sobre muchas otras condiciones, el reino de la incertidumbre.
Pero también es un hecho comprobable que La Ciencia ha logrado mensurar y predecir los fenómenos climáticos con asombrosa y creciente precisión, en la medida que ha desarrollado los instrumentos idóneos para conocerlos, prevenirlos y medirlos. Mas el clima político sigue siendo una gran incógnita que muy pocos pueden columbrar y casi nadie sensatamente predecir. No obstante, a pesar de las limitaciones, los hombres persisten en conocer con antelación qué va a ocurrir, y hasta han surgido propuestas recientes para “predecir” científicamente la historia, e incluso para condicionarla, según los trabajos recientes2 del neurofisiólogo António R. Damásio (Lisboa 1944, Premio Príncipe de Asturias 2005), quien ha explorado la relación de la filosofía con la neurología y de la ética humana con la ciencia, es decir, la revelación del nexo entre lo abstracto con lo concreto, para proponer una funcionalidad pragmática.
La predicción de la historia primero fue ocupación exclusiva de los sacerdotes y magos, y luego de los arúspices, sibilas, pitonisas y charlatanes, desde los sacerdotes de Amón en Egipto, a Alejandro Cagliostro en la corte de Luis XVI, pasando por la enigmática Sibila de Delfos.
Luego las Ciencias Sociales quisieron apropiarse de ese privilegio, y surgieron las “predicciones” sistémicas, como las del determinismo fatalista marxista, cuando se decretó que “el futuro sería inevitablemente del comunismo”, postulado que luego se derrumbó estrepitosamente. Tan cataclísmico resultó ese desmoronamiento, que muchos de sus cultores aún no se reponen de la sorpresa, y continúan, atónitos, pero aferrados a su caduco dogma pseudocientífico. Pero al menos, debe reconocerse, esa propuesta tenía el mérito de enunciar algunos postulados generales con cierta utilidad operativa. Fue, en su momento, un paso más de relativo avance metodológico, aunque falible, y por supuesto, superable.
Luego se profundizó en el vínculo con las ciencias llamadas “duras”: las matemáticas y las estadísticas, así como la física y la química. Las aproximaciones teóricas de la evolución histórica y su reflejo en la política, se han visto desde Hegel, maestro de Marx, y su Zeitgeist -espíritu de los tiempos- pasando por Oswald Spengler con La decadencia de Occidente, y también Arnold Toynbee y su Estudio de la Historia, donde refuta a Spengler, hasta llegar más cercanamente a Peter Turchin (Rusia, 1957), Vicepresidente del Evolution Institute (2010), quien, partiendo de su sorprendente formación profesional como biólogo y ecologista, ha propuesto recientemente nuevas formas de predecir racionalmente los movimientos sociales, sobre todo en su Historical Dynamic: Why States Rise and Fall (2003), combinados con los más avanzados análisis antropológicos.
Pero esta obra de Romero Apis, aunque conoce y analiza muchas de las manifestaciones anteriores con ejemplar paciencia y brillantez, es otra cosa. Es algo que, por su misma novedad y certidumbre, provoca admiración e interés.
Este libro es, en sí mismo, un libro revolucionario, en el mejor sentido del término, porque supone una revisión total y profunda de conceptos y modos de actuación, y por ello, es un obsequio del autor no sólo hacia México, sino para el mundo. Ofrece prueba contundente, además, del alto grado de saberes filosóficos y políticos acumulados en México, como resultado de una larga tradición jurídica, y se inserta en un conjunto de prestigiosos legisladores que suman conocimientos, preocupaciones y esperanzados atisbos de que no sólo se debe, sino se puede cambiar el canon político, si se aplican con sabiduría y honestidad esos conocimientos acopiados por un dilatado y atento ejercicio del servicio público.
No pretendo dilatar el disfrute intelectual que brindará la lectura de esta obra, ni resultar innecesariamente prolijo para recomendar algo que no sólo no lo necesita, sino que se impone desde el primer momento: cuando el lector comience a recorrerlo, quedará atrapado en el bien trenzado hilado con el que Romero Apis fabricó esta red de páginas, que no los moverá a huir, sino buscar más y más. Y al terminar, como decía un sabio abuelo, les sabrá a poco.
No tengo la menor duda que la de José Elías Romero Apis es una de las mentes mejor amuebladas del México actual. Y, además, muy bien organizada jurídicamente. Es, genéticamente hablando, el cerebro de un legislador. Esta cualidad se aprecia lo mismo cuando habla que cuando escribe: su claridad expositiva, la gracia de su estilo, su razonamiento impecable y poderoso, su efectiva mayéutica, salpicada con sabrosas y atinadas anécdotas ilustrativas y, sobre todo, su aguda visión de futuro, le ganan a pulso una denominación que reservamos para unos cuantos muy contados seres de excepción. Mucho más que un político, Romero Apis es todo un estadista. Y este libro es el mejor alegato en su descargo que prueba mi afirmación.