(Inédito)
El país adentro del televisor
Me encantaría vivir adentro del televisor. En mi país, el televisor funciona como una caja de Pandora inversa: todos los males quedan fuera, incluso la esperanza queda fuera. No necesitan esperanza los que viven en el televisor, porque viven satisfechos de sí mismos. Los de afuera se conforman con esa ventana abierta al paraíso, por donde ven correr los ríos de leche y miel. Nada falta en el país adentro del televisor. Ni el pan y las rosas, ni la luz del domingo. Todo luce tan lleno de heroísmo. Adentro del televisor está claro siempre quién es el enemigo, pero del otro lado de la pantalla el enemigo se confunde con el prójimo. Adentro del televisor nadie se rinde.
Santa Clara, 2019
Diario del buen recluso
Premio Internacional de Poesía Gabriel Celaya 2018
EREIN Ediciones, España, 2018
Diario del buen recluso I
Qué hacer si he perdido las llaves de mí mismo. Qué hacer si soy un niño que se asoma al pozo de la noche. Cárceles, solo veo cárceles. Calabozos concéntricos donde cada uno resulta a la vez reo y carcelero. Afuera es otoño, pero afuera de una prisión siempre es otoño. Podrirse como el otoño, todos los poetas deberían podrirse como el otoño. Todos los poetas a gusto en sus celdas de costumbre. Todos los poetas con sus cadenas larguísimas que no sienten. Afuera alguien llora, pero afuera. Qué hacer si he perdido las llaves de mí mismo. Qué hacer si nunca he nacido al otro lado de los muros. Ahora han cerrado definitivamente todas las puertas y no queda nadie, nadie que pueda mírame dentro.
–***–
Tren de Occidente
Un tren fantasma (fantasmal) recorre Europa. El tío Marx se pone su gorra de maquinista mientras el tío Engels alimenta la caldera. Un día subí al tren (muchacho de pueblo que yo era) porque quería tocar la campana. Pregunté: ¿el tren es tuyo, tío Marx? ¿O el tren es tuyo, tío Engels? pero ellos se rieron con sus barbas espléndidas. El tío Marx se quitó la gorra y me la puso, mientras el tío Engels lanzó otra palada de carbón y me palmeó el hombro. Si ustedes no son los dueños, insistí, ¿en cuál vagón viajan los dueños del tren? pero resultaba obvio tras la mueca que me hicieron: los dueños del tren jamás viajan en el tren por miedo a que el tren se descarrile. Mejor ser los dueños de un tren descarrilado que los muertos de un tren descarrilado. Creí que lo más prudente era tocar la campana y bajarme. Un tren ajeno es un peligro cuando se toma por un tren propio. Cuando ya habíamos recorrido suficientes vidas, pregunté: tío Marx, tío Engels, ¿hacia dónde va el tren? entonces ellos me miraron serios, es decir, teóricos. En ese momento el tren se adentró en un túnel que todavía dura. Si aún no me bajo es porque quiero que me respondan cara a cara.
–***–
Los imperativos
Como Galileo Galilei probar tu condición humana frente a los enseres de la Inquisición. Nunca como Giordano Bruno porque Giordano Bruno nunca deja opción. Preguntar a cada poeta si es un Giordano o si es un Galileo. Como Giordano Bruno probar tu condición humana en el fuego de la Inquisición. Nunca como Galileo Galilei porque Galileo Galilei siempre deja opción. Preguntar a cada poeta si es un Galileo o si es un Giordano. Como la Inquisición probar la condición humana. Preguntar a cada poeta de un país sin héroes, de un país que necesita héroes. Comienza por Bertolt Brecht.
–***–
Terapia de choque
Es cierto: Antonin Artaud confiesa haber padecido más de cincuenta electroshocks. La mitad bastaría para dejar a un hombre tonto, pero a él lo volvió un genio. O lo que resulta peor: Antonin Artaud era un genio que pasaba temporadas de reclusión en sanatorios mentales. Pero eso nunca importa al lector que se cree el ombligo del mundo. Ya quisiera verlo mordiendo la goma mientras los voltios pasan y pasan por su cuerpo, voltios iguales a autos deportivos por una autopista. Ya quisiera verlo sin poder distinguir (como sí distinguía Antonin Artaud) que la enfermedad es un estado y la salud no es sino otro. El lector que soporte de veinticinco a cincuenta electroshocks, tiene mi respeto, aunque se quede tonto por querer volverse un genio.
Pensando en los peces de colores
Publicaciones Entre Líneas, Miami, 2013
Una visita al acuario
Fuimos al acuario a ver los peces de colores
que suponíamos eran la belleza.
Fuimos con el pretexto de llevar a los sobrinos
para ver si por fin conversábamos
porque hace tiempo que no hay paz entre nosotros.
Pero fue también al parecer inútil.
Los niños pedían asomarse
al limpio cristal de los muestrarios.
Una larga discusión pospuesta,
nuestra vida es una larga discusión pospuesta.
Otro año más sin vacaciones, pensé.
Entonces vi que mi mujer sonreía
mientras señalaba los peces de colores.
Hasta la fecha nunca había comprendido
el motivo de algunas familias
que gustan de instalar peceras en sus casas.
Después de todo, para ser feliz,
solo basta con mirar a los peces un rato.
–***–
Escenas cubanas
En Santa Clara, yendo por la avenida del Papa,
llamada así tras la visita del sumo pontífice:
hombre para quien todas la dignidades
nos deben parecer pocas, según la prensa,
pasando junto a su estatua, digo;
recordé que ayer mismo, ayer,
nuestros cristianos eran perseguidos
como a cristianos.
El ojo de Saulo de Tarso, el persecutor,
entraba en las provincias a buscar profesores
y maestras de kindergarten.
Pero soy muy joven realmente para contarlo.
Sobre Luanda y Etiopía,
donde ningún sueño nuestro ha fructificado,
están las almas todavía de aquellos muchachos;
almas que el mucho viento y la memoria
no dejan reposar, y vagan por la pradera
junto a comunes almas, junto al mismo abrevadero
y duermen con leones a mediodía,
bajo el sol ingente, como estudiantes de la patria.
Soy tan joven realmente como ellos.
Otras cosas ya resultan casi baladíes:
la destrucción, por ejemplo, de un piano
donde ejecutó Lecuona.
Tenazmente han cuidado nuestra alma.
Procuran no recordar ciertos episodios nacionales
que bien pudieran llenarnos de turbación.
–***–
Calle Obispo
Mientras caminábamos por el bulevar
de la calle Obispo, calle infinita
a la que se vuelve eternamente
según explicó un alemán,
creo haber entendido, si algo entendí:
una eternidad durará tu mirada
junto a las jaulas con cachorros,
una eternidad el muchacho y sus tatuajes
que te dice el precio,
una eternidad tu gesto de contradicción,
nuestra pobreza, una eternidad.
Me has dicho que mejor regresábamos
otro año, otro día, en otra vida querías decir;
me has pedido que te explique
aquello del alemán y su locura,
mientras caminábamos por el bulevar
de la calle Obispo: calle infinita
a la cual volveremos
con este sol, con esta tierra
entre las cosas que ya no poseen
mejor ni peor destino.
–***–
Las casas
En las casas de la gente que se ha ido
han puesto oficinas del registro de vivienda:
papelería infranqueable
para la gente que no tiene casa
ni se ha ido.
Entre la gente que acepta
habitaciones prestadas, cuartos de alquiler,
y puede o no querer irse,
has comentado lo histórico del problema,
tu desazón por hoteles convertidos
en tiendas de moneda convertible;
tu desazón por edificios republicanos,
es decir, espacios en franca ruina
que ni los escritores románticos
gustarían referir.
Sin que logres explicarte cómo,
ciertos hogares han pasado
al poder de religiones protestantes:
gente que celebra culto los domingos
y vuelve luego a sus mansiones
después de rogar por los damnificados
de algún desastre natural,
en la nueva casa
del Señor.
La condición inhumana
Ediciones Ancora, Isla de la Juventud, 2016
La condición inhumana
el picamuertos merienda su pan sobre el cadáver gracias al cadáver. para él como para ti la muerte es trabajo y solo trabajo. una elegía no es más que un muerto bien arreglado. para ti como para Ortega y Gasset la deshumanización del arte continúa. según el señor Ortega y Gasset la deshumanización del arte no resulta lo inhumano del arte, idea que siempre le atribuyen: la deshumanización entendida cual lo inhumano. el señor Ortega y Gasset, el perfecto eviscerador a quien los estudiantes diseccionan, plantea una metáfora riesgosa: la contemplación de un jardín a través del cristal de una ventana. cristal nevado, cristal labrado. o simple cristal. esa es la cuestión del arte, pero olvida que la nueva casa del hombre no posee jardín ni ventana, como el cuarto del picamuertos. ventana rota, jardín incendiado. todo jardín es edénico, toda ventana, indiscreta. has colgado un cartel de no moleste, de no pase si no está muerto. el picamuertos merienda sobre el cadáver de Ortega y Gasset.
–***–
Sobre la impiedad
tú que eres tan joven, ¿cómo puedes entender la impiedad? la impiedad que nombró el Padre Varela, ¿es la nueva impiedad de tus iguales? estos vendedores de carnes y verduras, estos choferes de alquiler, estos inspectores, estos gobernante, estos salarios, ¿son la impiedad? lo que han hecho de nuestra música y nuestra poesía, ¿lo hizo la impiedad? tú que eres tan joven, ¿para quién escribes esta carta sobre la nueva impiedad? ahora que tendrás un hijo no te olvides de ser un hombre piadoso.
–***–
La usura
uno empeña las palabras por el miserable dinero editorial creyendo que las recobrará algún día, pero la deuda crece sin remedio. uno pide a Ezra Pound un préstamo hasta que logre hacer fortuna y poseer un verso propio, un verso respaldado en oro, una línea como el hilo de los billetes que prueba su autenticidad. Ezra Pound, partidario de Mussolini, acusado de alta traición, te dice: «Con usura no tiene el hombre casa de buena piedra». pero tú le replicas: sin usura no tiene el hombre casa de mala piedra ni casa alguna. Ezra Pound, viejo zorro, ojalá te pudras en el manicomio, acusado de inhumano con tus poemas llenos de humanidad. uno empeña las palabras por el miserable dinero editorial y es toda la traición que comete.
Las espléndidas ciudades
Premio de Poesía Eliseo Diego 2012
Ediciones Avila, Ciego de Avila, 2013
Ojos que miran venir la ola
Ojos que miran venir la ola
hasta ensombrecer bajo la ola
porque ya es todo cuanto se les concede.
Idea que se aviene con las costas del Japón,
las costas de Fukushima –ahora mismo-,
las aciclonadas costas de La Habana.
Ola de turbación fue el Mariel
cuando la patria se despedía de la patria
y todo resultaba evidente.
Desde entonces esa agua no tiene paz.
En Matanzas
-nombre devenido premonición-
he visto, junto a estibadores, una trifulca:
palabra que no se ajusta a la pelea
entre un mulato y otro,
pero que logra disimular el cuchillo
y el horror, bajo las sílabas.
Hace poco he leído
que el Mar de la Tranquilidad
se encuentra en la Luna,
lo cual no me asombra en absoluto.
–***–
Otro (el mismo) camino de Santiago
¡Oh, Cuba! ¡Oh, curva de suspiro y barro!
Federico García Lorca
Mi padre prometió que iríamos a Santiago para ver
el rostro de la Virgen. Sobre un agua demasiado
revuelta viajó ebrio nuestro espíritu. Ir a Santiago,
Dios mío, en un coche de agua negra, como
siempre dijo Federico. Ir a Santiago: sobrevivir
a la penuria, recobrar la fe de los días luminosos
con el manto de Nuestra Señora. Ir a Santiago,
¡Oh, Cuba !, mi padre prometió que iríamos a
Santiago. Pero en esta ciudad solo he visto cómo
la gente se curva, cómo el aliento no es aliento,
sino suspiro y cómo nos volvemos animales de
silencio en el barro.
–***–
Isla, dragón.
Esta isla es un dragón con los ojos comidos por la
sal; un dragón ciego cuyas escamas no esplenden
aunque cien vírgenes las pulan durante toda la
noche. San Jorge llega a caballo sobre una barca
de espinos y rodea al monstruo: busca un sitio
blando para dar su lanzada. Pero el caballero ve lo
mismo que Vasco de Gama: excelentes puertos y
ensenadas. Es una isla concluye, y se marcha San
Jorge, matador de dragones, en el trópico burlado.
Esta isla es un dragón que vela por el tesoro de
otra isla. A veces los ciclones le tientan las alas sin
saber que es bestia marina. Bañarse en su sangre
concede la vida eterna. Yo, que me he sumergido
en sus cauces, he probado morirme de nostalgia,
de hambre, de hastio, pero nada me queda claro.
Si partieras ahora hacia una espléndida ciudad del
mundo, no te culparía.
Es tan difícil vivir sobre el lomo de un dragón…
Pabellón de caza
Editorial Sed de belleza, Santa Clara, 2013
El perro
Déjalo, lebrel o alano,
compartir la doble suerte
de dormitar en la muerte
y el mosaico pompeyano.
Ya volverá cotidiano,
vuelto temor y amenaza
contra el ladrón que traspasa
la noche, su grave tela.
Con un mismo fervor vela
los infiernos y tu casa.
–***–
Salmón
Míralo ascender como un devoto
por los oscuros escalones de la corriente.
Suyo el temblor de quien regresa
con el cuerpo duro de tanto desear,
de tanto ser el salto.
Nada confunde al amante urgido.
Es el duelista del agua.
Su voluntad supera nuestra fe.
–***–
Ganado mayor
Con parsimonia de res asistí a los actos.
Era en provecho mío, decían.
Contra el desaliento nacional
ciertas fechas, ciertos festejos infranqueables
vistos con el ojo de la res.
En días precisos también
los labradores marcan su ganado
y el olor a carne chamuscada
embota los sentidos.
Este rebaño es manso y no se espanta
con la estridencia de los altavoces.
En las noches, soy una res sorprendida
por la luz de los autos.
Perro que aúlla
Editorial Capiro, Santa Clara, 2015
Perro que aúlla
Perro que aúllas, necesito un esclavo o un redentor.
Concédeme la gracia de serlo para mí.
Aúlla contra la noche, aúlla contra el universo.
Que nadie duerma, que nadie soporte
tu poema de aullidos, mi poema de aullidos.
Que vengan a callarte con un palo y una piedra.
Que los obligues a matarte, matarte
como a un esclavo, como a un redentor.
Que seas en esa hora el Gran Aullido.
Cuando ellos vuelvan a sus camas de costumbre,
tú continuarás aullando contra la muerte.
Que no puedan seguir con sus vidas, perro que aúllas,
si no comienzan también a aullar.
–***–
Morder la mano
Morder la mano que te alimenta,
el lenguaje común que te alimenta.
La mano entendida como dependencia
y el lenguaje entendido como sumisión.
Morder la mano hasta el hueso. Triturarlo.
Transformar el crujido en música.
Morder. Hasta el hueso. O no morder.
Esperar por la palabra que echan en tu plato.
Salivar por la palabra si demora.
Darle el gusto a Pávlov. Agradecido.
–***–
Pedigrí
Perros de raza, perros legítimos
que la gente lleva al parque en las tardes de verano.
Dálmatas. Cockers. Collies. Pastores.
Dejan que los niños vengan y los toquen, los acaricien;
dejan que la gente se retrate con ellos.
Esos perros, me dijiste, seguro comen carne,
seguro tienen una dieta especial.
Hay que ser un poeta de raza, un poeta legítimo,
para que te lleven a pasear a las ferias del mundo,
para que la gente te luzca y para que la gente te admire,
pero sobre todo, para comer un poco mejor.
–***–
Carrera literaria
Galgos tras una liebre mecánica.
Los poetas son galgos tras una libre mecánica.
Siéntate a verlos correr.
Un perro adelanta el cuerpo sobre otro.
Un hombre adelanta la palabra sobre otro.
Jamás alcanzarán el señuelo.
Jamás sabrán que era un señuelo.
Galgos tras una liebre mecánica.
Los poetas son galgos tras una liebre mecánica.
Haz tu apuesta sin miedo.
Día Mambí
Premio de Poesía Dignora Alonso 2011
Editorial Vigía, Matanzas, 2012
Oración a José Martí bajo el cielo de Cuba
Que yo pueda rogarte si viviendo me aflijo,
si miro con el ojo tan negro del canario,
pues mi día mambí ya transcurre en tu diario
y mi hora en el reloj que dejas para el hijo.
Que yo pueda alabarte sin que nadie me lleve
ni me traiga al final en trono o parihuela,
cuando asomen los odios la visceral espuela
y desangren tu sol como a buey en la nieve.
Que yo pueda invocarte sobre la patria herida
y venga tu decoro, tu arte de ser cubano,
a embridar el horror, la sombra, la estampida;
a fijar los destinos de nuevo con tu mano.
Que yo pueda nombrarte como nombro la vida
y que no tenga paz si te nombrase en vano.
Resurrección del cisne
Premio Internacional de Poesía Rubén Darío, 2015
Fondo Editorial del Instituto Nicaraguense de Cultura, Managua, 2016
El alucinado
Fray Servando Teresa de Mier, preso en el fuerte de San Juan de Ulúa. Nadie le habla por temor a contaminarse de su herejía. Sobrevendrán otras prisiones: Las Caldas, Los Toribios, La Cabaña… Sobrevendrán las ciudades: Madrid, París, Londres… Sobrevendrán las evasiones, la persecu-ción infinita en sus viajes infinitos. Todo le será dado, incluso el regreso; todo le será dado porque todo ya lo ha visto, porque todo ya lo vio como vio la imagen del santo Tomás. El sermón que dijo era solo la iniciación de su apostolado. Fray Servando Teresa de Mier, preso en el fuerte de San Juan de Ulúa, estalla en risa. Su risa franquea los muros, burla los fosos y sube al cielo. Uno de los carceleros, tembloroso, se persigna.
–***–
Elogio de sor Juana Inés de la Cruz
Para elogiarte, sor Juana, hay que olvidar los ardides del elogio. Volverse inocente, inocente, terriblemente inocente. Volverse el primero del espíritu. Heme aquí subido al pescante de una carroza virreinal: un bruto de cuadra, un muchacho imberbe todavía que ignora las trampas de la fe. Sostengo la mano de la joven que viene de la Corte, el prodigio de esa mano descenderá frente al convento de santa Teresa la Antigua, descenderá frente al convento de san Jerónimo. Heme aquí subido al pescante de una carroza virreinal: nadie que toca un ángel puede ignorarlo. Para elogiarte, sor Juana, hay que olvidar lo que en nuestra sangre escriben los reos sucesivos. Qué es el Cuerpo, mi Dios, qué es el Alma. Qué significa el bello rostro de los carceleros. Acaso la libertad fue elegir entre una prisión y otra. Yo también me he rodeado de objetos que amo, de objetos que recuerdan a seres que amo. Pero no sé cómo podré yo salir de mi celda para entrar en tu celda. De qué materia se compone el encierro de los poetas que parece el peor de los encierros. De qué materia es la cárcel que no es cárcel, el fuego que no es fuego. Para elogiarte, sor Juana, hay que olvidar a Juana de Asbaje, a la niña de San Miguel de Nepantla que vive y vivirá prisionera bajo tu pecho
–***–
Las tías
Las tías me llevaban por el bosque de atroces sueños. Una tía casi mexicana llamada Remedios Varo. Una tía casi mexicana llamada Leonora Carrington. El bosque de las tías era de una extrañeza sobrecogedora. De pronto las manos se volvieron evanescentes y los pies se volvieron evanescentes. Tía Leonora recriminó a tía Remedios, pero el cuerpo que me compuso resultó más horrible. Se me volaron los ojos y las tías naturalmente querían probarlos en sus criaturas. Entonces llegó el tío Max para llevarme con él a la ciudad. Me preguntó si me habían asustado aquellas brujas, al tiempo que les dedicaba una mirada más atroz que el bosque de atroces sueños. Exigió que me devolvieran los ojos porque así no podía llevarme con él. Y gracias al tío Max Ernst tuve una semana de bondad.
–***–
Manifiesto contra el manifiesto
Hay que pensar con piedad en Filippo Tommaso Marinetti, ahora que el futuro ya nunca será el futuro que él esperaba. Hay que pensar con piedad en Tristan Tzara, ahora que resulta un sujeto inocentemente simpático. Hay que pensar con piedad en André Breton, ahora que solo los niños creen en la reunión del sueño y la realidad. Hay que pensar con piedad en aquellos suicidas que se arrepintieron: Marinetti, Tzara, Breton, eran hombres sin nostalgia. Hay que pensar con piedad en todos esos manifiestos que son la demagogia del arte, ahora que te llaman a escribir tu propio manifiesto (la tentación de escribir tu propio manifiesto) como escribirías tu propia sentencia de muerte.
La violencia de las horas
Premio Nacional de Poesía José Jacinto Milanés 2012
Ediciones Matanzas, Matanzas, 2013
La violencia de las horas
Vienen sobre ti las horas,
la violencia unánime de las horas
ponen bajo tu cuello la navaja, bajo tu sexo
la bayoneta calada para sacarte en vilo
hacia los cuarteles del alba.
Ciertos grabados medievales pretenden ilustrar
su paso con un carro de heno, con jornadas de la siega,
y monjes velando en sus claustros.
Pero nada saben de la ojera del recluta
ni del garfio que hunden a mediodía en el cuerpo húmedo,
cuando se echan a la sombra de la gente que espera
un cambio sustancial, un cambio definitivo.
Las horas gustan de comer tus ojos como el cuervo
y del café a media tarde en algunas embajadas.
Óyeme ahora antes de que la noche llegue.
En la página sin completar sacarán el punzón,
te mantendrán a raya, te anudarán
una piedra de molino para lanzarte al sueño
hasta que mañana ellas vuelvan
golpeando sobre ti.
–***–
Artesanías
Bajo la violencia de las horas
vendes collares y pulseras:
objetos menores supuestamente bendecidos.
Ante quienes se los prueban,
explicas que los dioses gustan de colores:
Shangó rojo, Yemayá amarillo, Ochún azul.
También las vocales, según Rimbaud.
Otras mercaderías no precisan de fe
para engañar la fe de los turistas.
Otras culturas a su vez prodigarán
la imagen del poeta como un artesano.
Aunque tu vida nunca fue equiparable
algo deberías admitir.
Ciertos amores, por ejemplo,
dijeron su decisión de no seguirte
y hablaban con el temeroso cuidado
de quien perfora una concha
para hacer artesanías.
–***–
Los reclutas
El verde militar está en los ojos:
muchachos que piden autorización
para ir al carnaval y abordan los camiones,
las máquinas de alquiler en Jagüey o Santa Clara
con el dinero último, con el único dinero.
Regresan las cabezas podadas por el verde militar,
los rostros que lastima la cuchilla:
el hermano mayor, el novio, el hijo de vecino.
En la noche de provincia son príncipes,
reyes que han vuelto de Troya o las Cruzadas.
Bajo el fuego artificial, bajo la vida artificial
respiran el aire último, el único aire
y entran al verde militar con sus amores.
Como los reclutas anhelas un pase,
un gesto dispensador de tu perenne servicio;
un pase, una tregua, un salvoconducto
para tu vida siempre. Como los reclutas.
Solo que ellos no saben disimular.
–***–
El otro
En alguna playa de Miami o Tenerife
donde los antiguos compañeros de clase
te suponen, está lo que llaman exilio.
Tras las gafas oscuras y el oscuro bañador,
en su silla plegable, con un libro abierto
sobre el pecho, sobre el pasado vertiginoso
y el cuerpo de la música en la radio,
está el exilio durmiendo bobamente
como tu abulia escolar en una clase.
Bajo la sombra del buen vivir,
coincides con gente que vino desde Cuba,
de visita hace un mes, hace un milenio;
aceptan almorzar contigo, mañana, sin falta,
prometen llevar tus cartas, tus abrazos
ligeramente descomunales, el dinero puntual
como lo exigido en un secuestro.
En alguna playa de Miami o Tenerife
hablas hasta convencerlos y convencerte
sobre lo inútil de tu regreso, es decir,
contra la pamplina del hombre
que alega buscar su raíz.
No te harán caer en la nostalgia fácil:
patio de escuela donde jugabas al trompo,
palmas vistas desde un tren a toda marcha.
No sientes lo que llaman patria.
Ya no sientes.









