
Hay poetas que escriben para nombrar el mundo y otros que escriben porque el mundo, aun cuando ha sido nombrado miles de veces, continúa siendo un misterio. La poesía de Marino Berigüete pertenece, fundamentalmente, a esta segunda estirpe. En ella, el poema no aparece como un territorio destinado a ofrecer respuestas, sino como el lugar donde las preguntas adquieren una dimensión nueva. ¿Quiénes somos? ¿Dónde comienza el hombre? ¿Qué queda de nosotros cuando el tiempo, la distancia y la memoria han borrado las certezas? ¿Qué relación existe entre el hombre que fuimos y aquel que todavía estamos intentando ser? Son preguntas que atraviesan una obra poética desarrollada durante varias décadas y que encuentran en sus libros más recientes una formulación particularmente intensa.
Nacido en Barahona, República Dominicana, en 1962, Berigüete ha desarrollado una trayectoria que desborda los límites de la poesía: escritor, diplomático, ensayista y narrador, ha construido una obra en la que los diferentes géneros parecen dialogar entre sí. Entre sus primeros libros de poesía figuran Mujeres y Odas a Barahona, mientras que en los últimos años su escritura lírica ha encontrado una nueva zona de exploración en Tras la puerta y, especialmente, en Donde empieza el hombre, publicado por Círculo de Poesía en 2024.
Lo interesante de esta trayectoria es que no estamos ante una poesía que haya abandonado sus primeros territorios, sino ante una escritura que los ha ido profundizando. El muchacho que en Mujeres intentaba fijar en el poema las emociones, las incertidumbres y los descubrimientos de la juventud es reconocible, muchos años después, en el poeta que interroga la identidad, la memoria y el sentido de la existencia. El tiempo no ha borrado al primer poeta: lo ha obligado a conversar con él.
Mujeres, primer compendio poético de Berigüete, posee precisamente el valor de permitirnos asistir al nacimiento de esa sensibilidad. Los poemas fueron escritos en distintas etapas, algunos desde la adolescencia, y el libro recoge una experiencia íntima marcada por la familia, el amor, la nostalgia y el descubrimiento de sí mismo. En ellos puede percibirse todavía la respiración de un poeta en formación, pero también la semilla de preocupaciones que después adquirirán una dimensión más filosófica: la identidad, la soledad, la memoria y el paso del tiempo.
Hay, sin embargo, un espacio que ocupa un lugar particular en la poesía de Berigüete: Barahona. No se trata únicamente de una ciudad natal convertida en objeto de evocación. En Odas a Barahona, el territorio se transforma en una dimensión emocional. La ciudad deja de ser paisaje para convertirse en memoria, origen y destino. El poeta mira su tierra desde la distancia y descubre que la distancia modifica aquello que recordamos: el lugar real comienza a convivir con el lugar imaginado.
Esta transformación resulta esencial para comprender su poesía. Barahona no es solamente el escenario donde comienza una biografía; es el espacio interior al que el poeta regresa una y otra vez. El paisaje dominicano —el mar, las calles, la infancia, las personas, las voces— funciona como una especie de archivo de la existencia. En Odas a Barahona, la memoria individual se mezcla con una memoria colectiva: detrás de la ciudad concreta aparece la historia de una comunidad, sus carencias, sus heridas, sus esperanzas y sus formas de resistencia. La propia presentación del libro insiste en esa tensión entre la belleza del paisaje y una realidad marcada por el sufrimiento y la lucha.
Pero si en Odas a Barahona el poeta regresa al territorio de origen, en Tras la puerta el movimiento parece invertirse. Allí el espacio adquiere una dimensión más íntima y cerrada. Los poemas fueron escritos durante los años en que Berigüete ejercía como embajador de República Dominicana en Paraguay, entre 2010 y 2017, en un contexto de distancia, soledad y nostalgia. Círculo de Poesía publicó una selección de doce poemas del libro dentro de su panorama de poesía dominicana contemporánea.
La puerta del título puede leerse, entonces, como una de esas imágenes que funcionan simultáneamente en varios niveles. Es una puerta física, pero también es el límite entre el mundo exterior y el interior, entre la presencia y la ausencia, entre aquello que se recuerda y aquello que se ha perdido. El poeta observa los objetos cotidianos y descubre en ellos una capacidad inesperada para conservar las huellas de quienes ya no están. La casa se transforma así en un espacio de resonancias: las paredes, el silencio, la luz, las sombras y los objetos parecen participar de una conversación secreta con el hombre que los contempla.
En esa poesía de la ausencia aparece uno de los rasgos más característicos de Berigüete: la voluntad de convertir lo cotidiano en interrogación metafísica. Una puerta no es únicamente una puerta; puede convertirse en frontera. Un espejo no refleja simplemente un rostro; puede plantear la pregunta acerca de quién está mirando. Un río no es solamente agua en movimiento; puede convertirse en una imagen del tiempo y de la identidad.
Ese procedimiento alcanza una expresión especialmente madura en Donde empieza el hombre. El título contiene ya el programa esencial del libro. Berigüete no pregunta simplemente qué es el hombre, sino dónde comienza. La diferencia es decisiva. Preguntar qué somos parece exigir una definición; preguntar dónde comenzamos obliga a emprender una búsqueda. El poeta no busca una respuesta definitiva: construye un itinerario alrededor de la duda.
El poema inicial lo expresa mediante una sucesión de preguntas acerca de las manos, el cuerpo, el pensamiento, el vientre, la memoria, el silencio y el tiempo. El nacimiento del hombre deja de ser un acontecimiento biológico para convertirse en una interrogación sobre el origen de la conciencia.
Aquí aparece una de las mayores virtudes de Berigüete: su poesía piensa sin dejar de ser poesía. No se trata de convertir el poema en un tratado filosófico ni de utilizar el verso como simple vehículo de ideas. El pensamiento nace de las imágenes. La reflexión se produce dentro del lenguaje poético. El río, la sombra, la luz, el espejo, la piel, el silencio y la memoria son elementos concretos que permiten al poeta aproximarse a cuestiones abstractas sin desprenderse completamente de la experiencia sensible.
La crítica ha señalado precisamente esta dimensión filosófica de Donde empieza el hombre. Basilio Belliard ha definido el libro como una obra de carácter lírico y metafísico, vinculada con la tradición de la poesía del pensamiento, pero alimentada por la experiencia sensorial y por la memoria cotidiana. Adalberto García López, por su parte, ha destacado el carácter reflexivo del poemario y la exploración del desdoblamiento del sujeto.
Ese desdoblamiento constituye otro de los centros de la escritura de Berigüete. El yo de sus poemas no es necesariamente una identidad compacta. Es un yo que se observa, se interroga y, en ocasiones, se descubre convertido en otro. La experiencia de vivir contiene una fractura: somos simultáneamente quien recuerda y quien es recordado, quien observa y quien es observado, quien habla y quien escucha.
En este sentido, la poesía de Berigüete participa de una preocupación profundamente contemporánea: la imposibilidad de reducir al individuo a una identidad única y definitiva. El sujeto aparece como una suma de capas, de tiempos y de voces. De ahí la importancia de la memoria. Recordar no significa simplemente regresar al pasado, sino reconstruirlo desde el presente. Cada regreso modifica aquello que creíamos recordar.
Y aquí vuelve a aparecer Barahona. El poeta que abandona su lugar de origen descubre que la distancia no destruye el vínculo con ese lugar; lo transforma en una presencia interior. La ciudad, la infancia y los muertos comienzan a existir dentro de la conciencia. El regreso deja entonces de ser exclusivamente geográfico. Es un regreso hacia uno mismo.
No resulta casual que esta preocupación por el regreso aparezca también en la narrativa reciente de Berigüete. El hombre que vuelve, publicado por Ilíada Ediciones en 2026, nació a partir de un poema titulado El hombre que regresa. El propio autor ha explicado que la idea de la novela se relaciona con su deseo de regresar a Barahona y con la memoria del lugar que había dejado atrás.
Poesía y narrativa terminan así encontrándose en un mismo territorio: el regreso como forma de conocimiento. Regresar no significa recuperar intacto aquello que se perdió. Significa descubrir que el pasado ha sido transformado por nuestra propia existencia. El hombre que regresa ya no es el mismo hombre que partió. Y el lugar al que vuelve tampoco es exactamente el mismo lugar que abandonó.
Esta concepción del regreso permite comprender mejor la importancia del tiempo en la poesía de Berigüete. El tiempo no aparece únicamente como una fuerza que destruye o envejece. Es también una sustancia de la memoria. Los años sedimentan las experiencias y convierten los acontecimientos en símbolos. La infancia deja de ser simplemente una etapa biográfica para convertirse en una especie de territorio mítico. Los muertos continúan hablando. Los objetos conservan voces. Los lugares se convierten en espejos.
Hay, por tanto, una poesía de la memoria, pero no una poesía complaciente de la nostalgia. Berigüete no parece interesado en embellecer el pasado para hacerlo soportable. Su nostalgia está atravesada por la conciencia de la pérdida. El recuerdo contiene al mismo tiempo belleza y dolor. Lo que se recuerda precisamente porque ya no está es aquello que adquiere mayor intensidad.
También por eso su poesía concede tanta importancia al silencio. En un mundo dominado por la velocidad, la sobreabundancia de imágenes y la circulación permanente de palabras, Berigüete apuesta por una poesía que exige pausa. El propio autor ha formulado la escritura poética como una forma de resistencia frente a un mundo que privilegia la velocidad, el olvido y la superficie.
Su escritura busca, en consecuencia, una palabra capaz de detener el tiempo. De ahí el predominio de poemas en los que la imagen no se agota en su primera lectura. La brevedad de muchos de sus versos no significa simplicidad. Por el contrario, el verso corto funciona con frecuencia como una forma de concentración: elimina el exceso y deja al lector frente a una imagen o una pregunta que continúa trabajando después de la lectura.
En este aspecto, Berigüete parece confiar más en la sugerencia que en la explicación. La poesía no necesita decirlo todo. A veces basta con una sombra, un rostro reflejado en el agua, una casa silenciosa, una puerta, una ciudad lejana o una voz que regresa desde la infancia. El poema completa su sentido en la conciencia del lector.
Existe además una dimensión social en esta poesía que conviene no pasar por alto. Donde empieza el hombre no se limita a una exploración abstracta del yo. La reflexión sobre el individuo se abre hacia los conflictos del mundo contemporáneo: la violencia, las guerras, el sufrimiento y la pérdida de vidas. La pregunta por el hombre termina siendo también una pregunta por aquello que los seres humanos hacemos con otros seres humanos.
En esa perspectiva, la poesía de Berigüete no necesita convertirse en discurso político para adquirir una dimensión ética. Su preocupación por el hombre implica preguntarse por su fragilidad, por su capacidad de destruir y por su necesidad de encontrar un sentido. La poesía se convierte entonces en una forma de resistencia frente a la deshumanización.
Quizás esa sea la característica que mejor permite reunir las diferentes etapas de su obra: el poeta escribe siempre desde una búsqueda. Primero busca nombrar los afectos y las figuras que han construido su mundo; después busca recuperar el territorio de origen; más tarde explora la soledad, la ausencia y la memoria; finalmente, interroga el origen mismo del ser humano.
Por eso puede leerse la trayectoria poética de Marino Berigüete como un largo movimiento de regreso. Del individuo hacia la memoria; de la memoria hacia el lugar natal; del lugar natal hacia la infancia; de la infancia hacia la identidad; y de la identidad hacia la pregunta esencial: ¿dónde empieza el hombre?
La respuesta, naturalmente, no aparece. Y quizá ahí radique precisamente la fuerza de esta poesía. Berigüete entiende que algunas preguntas pierden su poder cuando son respondidas demasiado pronto. El poema conserva su intensidad mientras mantiene abierta la incertidumbre.
En tiempos en que buena parte de la literatura parece sometida a la urgencia de explicar, clasificar y concluir, la poesía de Marino Berigüete reivindica una función más antigua y, al mismo tiempo, más necesaria: recordarnos que la palabra puede ser un lugar para detenernos ante el misterio. Su poesía nace de la memoria, pero no permanece en ella; nace de Barahona, pero viaja mucho más allá de sus fronteras; nace del yo, pero termina interrogando al otro; nace de la experiencia personal, pero aspira a tocar una experiencia universal.
Ese desplazamiento constituye probablemente la clave de su escritura. Berigüete no escribe solamente para recordar lo que fue. Escribe para descubrir qué significa haber sido, qué significa estar siendo y, sobre todo, qué significa todavía no saber quiénes somos.
La poesía, en su obra, se convierte así en una forma de regreso al origen. Pero se trata de un origen que nunca termina de aparecer. Cada poema abre una puerta y, detrás de esa puerta, en lugar de una respuesta definitiva, encontramos otra pregunta. Y quizá eso sea, finalmente, lo que define a un verdadero poeta: no aquel que posee las respuestas, sino aquel que sabe convertir sus preguntas en una experiencia de lenguaje compartida con los demás.




