El plan Trujillo, novela de Marino Berigüete

Por Carlos Cartés

El plan Trujillo
Marino Berigüete
Norma Editorial, 2004

Sumergirse en las páginas de «El plan Trujillo» es adentrarse en un laberinto de intrigas y secretos que envuelven al lector desde el mismísimo inicio de la historia. Manuel Tejeda, descendiente directo del misterioso doble del temido dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, se ve inmerso en un viaje tortuoso y emocional de vuelta a su tierra natal, la República Dominicana, en busca de respuestas sobre su abuelo desaparecido y, en
última instancia, sobre el legado oscuro que pesa sobre su familia y su país.

La trama se despliega magistralmente a medida que Manuel Tejeda se sumerge en las profundidades turbias de su pasado familiar, desenterrando pistas que conforman un complejo rompecabezas donde las vidas entrelazadas del doble de Trujillo y del dictador mismo se fusionan en un juego de espejos perturbador. A través de un ingenioso contrapunto narrativo, la novela va entrelazando las pasiones y conspiraciones que
culminaron en el ocaso del régimen trujillista, revelando a su paso personajes al borde del abismo y cuestionamientos inquietantes sobre la historia de la nación.

En este entramado de verdades y mentiras históricas, emerge una pregunta
persistente: ¿qué sucedió verdaderamente con Trujillo y su doble? La trama
se sumerge en las entrañas de la dictadura, exponiendo las fisuras del
poder y las consecuencias nefastas que perduran en el presente de una
sociedad marcada por la sombra del pasado. A medida que Manuel Tejeda
se adentra en su odisea personal, el lector es desafiado a discernir entre la
ficción y la realidad, entre los terrenos movedizos de la literatura y los
desgarradores hechos que conforman la historia vivida.

En un giro magistral, la novela sugiere que la barrera entre la ficción y la
historia es tenue y porosa, insinuando que a veces la realidad misma
supera con creces la imaginación del autor. Manuel Tejeda,
inconscientemente, despierta los espectros del pasado reciente en su
búsqueda incansable de la verdad, pero es el lector quien enfrenta el
desafío de discernir los límites difusos entre la verdad y la invención
literaria.

«El plan Trujillo» se erige como un monumento literario que trasciende las
fronteras entre realidad y ficción, entre el pasado y el presente, entre la
luz y la oscuridad que acecha en lo más profundo del alma humana. Con
una prosa magistral y un entramado narrativo fascinante, esta obra invita
al lector a sumergirse en las complejidades de la historia dominicana y a
cuestionar las verdades incuestionables que conforman la memoria
colectiva de un país marcado por la opresión y la lucha por la libertad. Una
novela que encierra en sus páginas el eco eterno de una época tumultuosa,
donde la redención y la revelación se entrelazan en un baile sin fin.


Carlos Cortés
Escritor.

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Sabiduría y misterio en Marino Berigüete

Por Basilio Belliard

Donde empieza el hombre
Marino Berigüete
Círculo de Poesía, México, 2024

“El ser se disuelve en la nada”. MB.

Si bien la pregunta por el hombre y su ser en el tiempo, parece una cuestión ontológica o una pregunta central en la mente de un filósofo o de un teólogo, no menos cierto es que también puede ser la metáfora esencial del imaginario de un poeta. Preguntarse retóricamente sin esperar respuesta lógica es una forma de pedir peras al olmo. Y es lo que ha tratado de dibujar poéticamente Marino Berigüete (1962) con su libro Donde empieza el hombre  (Círculo de Poesía, México, 2024). Se trata de una pieza de orfebrería lírica y metafísica, que nos remite a una honda sabiduría ancestral y a las preguntas que siempre han inquietado al hombre, como “ser en el mundo”. Berigüete bebe en los manantiales de la tradición de la poesía filosófica y aforística, y en la tradición de la poesía del pensamiento, pero aderezada con los alimentos de la experiencia vital de los sentidos, con visiones sensibles, sedimentadas con su memoria sensorial y con la cotidianidad de las cosas del mundo. Articulado en base a conjunciones y disyunciones, su voz lírica teje el misterio de la vida, entre el tiempo y el espacio, la luz y la sombra. El poeta se pregunta por el hombre ante la angustia no por su destino sino por su origen. Es decir, el génesis antes que el apocalipsis: principio y fin de un diálogo  entre el hombre y la naturaleza, el pensamiento y la vida. El narrador Berigüete, sorprende con este poemario por su madurez no solo creativa sino por su profundidad y por el misterio que encierran sus versos, cargados de ideas y pensamientos. Funda un mundo de palabras que se encabalgan entre el silencio y la voz, y en un soliloquio entre la luz y la sombra del ser, la plenitud y el vacío de la memoria.

Donde empieza el hombre es un viaje a la infancia, recuperada por la nostalgia y la memoria, donde está la fuente de toda sabiduría. Rilke dijo: “La patria es la infancia”. Y no erró, pues es la etapa de la vida humana de la libertad, los sueños y las ilusiones, donde se anidan o incuban las historias y los deseos, que son como los ríos y los mares que flotan en el aire.  O “nuestras vidas que son los ríos que van a parar en la mar, que es el morir”, como dijera hace muchos años Jorge Manrique.        

Berigüete crea un clima de desolación, abulia y pesimismo, un laberinto de la muerte como destino y viaje temporal, entre la voluntad y la memoria, el deseo y  lo inefable, la melancolía y el tedio vitae. Si bien el tiempo es el centro de gravedad de toda metafísica, desde su origen, en este poemario, el tiempo es el protagonista del acto lírico, la piedra angular, que le inyecta e irradia movimiento al presente del poema. Si el tiempo es la esencia de toda metafísica (“o la sustancia de la que estamos hechos”, como dijera Borges), este poemario es esencialmente metafísico. Como la poesía es presente –es decir: tiempo presente, no pasado– el poema pugna entre el instante y la eternidad, como la vida del hombre y del poeta, que se deshace, y cuyo deshacimiento, lo conmueve, entristece y perturba. Si el tiempo es el eje central de esta obra poética, también lo es la muerte. Tiempo y muerte, temporalidad y mortalidad, son pues los ejes gravitacionales en que transcurre. Son los polos magnéticos en que transcurre la órbita cósmica del universo de símbolos que instaura Berigüete en las páginas de este libro. A la oposición binaria tiempo y muerte, agrego otra oposición: ciudad y campo. Oigamos al poeta:

“La ciudad me envuelve con abrazo frío
en su trama de espejos mi imagen se pierde
me devuelvo en la multitud de rostros sin nombre”. (Poema XXXIV, p. 70).

Es poesía de experiencia y de visiones: no libresca, pues se  nutre y alimenta de la vida misma. Está marcada y matizada por la angustia del vivir y los imperativos del tiempo que devora su existencia terrenal. Crea así un clima, una atmósfera de desolación e incertidumbre. La poesía deviene aquí poesía del desencanto y del desengaño del mundo. Se nutre de los elementos de la naturaleza, que son el origen de todo lo existente: el agua, el aire, la luz, el viento, el río, el mar, los árboles, los pájaros, el eco, el silencio y la voz. Poesía de cielo abierto y de espacios; poesía que se alimenta de espacio y de tiempo; poesía que busca develar los secretos del cosmos, del infinito del mundo. Ascenso y descenso, caída hacia arriba: comienzo y fin de las cosas, en un eterno y perpetuo laberinto. Circularidad del ser que anhela eternidad y cuya búsqueda de eternidad, lo atormenta. El poeta aquí aborda poéticamente los grandes temas metafísicos y teológicos que siempre han atormentado e inquietado al hombre: cosmología y cosmogonía, mitología y alquimia. El alma y la ciudad se abrazan en un diálogo de sordos. La ciudad es también otro de los ejes que matiza el dilema existencial del poeta, que se bate entre el cuerpo y el espíritu por explicar el mundo y se resigna, vencido por lo inexorable. Visión y ceguera, búsqueda de la verdad de las cosas a través de la poesía, como querían los románticos y el malogrado John Keats (“La belleza es verdad”), en una aventura estética entre la oscuridad y la luz, la penumbra y la sombra del tiempo: sus reminiscencias y su devenir olvido.

Nacimiento y muerte que no espera resurrección, sino resignación teleológica del ser y su camino de incertidumbre. Marino Berigüete refleja ser un poeta del tiempo. Un sujeto poético dominado por la temporalidad como destino, envejecimiento  y memoria, para quien escribir poesía se ha transformado en oficio de vivir, estilo de vida y porvenir lúdico, que pone en crisis el trabajo. O la vida como oficio que crea la abulia y el tedio vitae. (“Trabajar cansa”, dijo el poeta suicida Cesare Pavese).

La búsqueda y el refugio en la naturaleza y el pasado es una forma de combatir la sociedad y sus normas, y una manera de sobrevivir al caos y a los deseos del cuerpo. En fin, su refugio en la escritura poética es una vía de escape del orden político y sus trivialidades, del mundo ideológico y sus sectarismos; es, también, un camino para ocultarse en el silencio, en la quietud y el reposo del alma. También una opción para superar los vaivenes y avatares de la sociedad y sumergirse en la palabra poética, la lectura y la contemplación de la naturaleza con su orden, belleza, verdad y perfección. Este libro es pues el reflejo de un ser poético autoral que expresa la vida de un cuerpo con alma, en declive natural, que se aproxima a la muerte y al mundo, en lucha contra la eternidad inexpugnable, misteriosa e inexorable. Dice el poeta, en tono filosofante:

“El mundo no está hecho de cosas,
sino de intervalos:
un parpadeo entre dos ausencias,
un puente que duda
si une o separa”.

Y sigue diciendo:

“No caminamos hacia adelante ni hacia atrás:
somos un punto suspendido,
una palabra en el aire
que se disuelve antes de ser pronunciada”.

(Poema XLI, p. 84)

Abundan juegos metafísicos con el tiempo y trampas metafóricas del pensamiento poético. Además, el poeta merodea o bucea en su condición insular. La isleñidad del ser lo persigue, en esta poesía de cariz autobiográfico, que refleja la tragedia de la memoria de su ser. Es la tragedia de toda insularidad, que anhela y sueña con su búsqueda de trascendencia, terrenalidad y ansia de viajar y volar, donde la isla se vuelve cárcel del cuerpo. Hay además un vértigo del instante, una vertiginosidad del tiempo. Y donde los sueños representan los recuerdos y las evocaciones deseantes del viaje de la infancia como renacimiento constante de la memoria, en su batalla tanto contra el olvido como contra la muerte.

“Antes de escuchar cantar el pájaro,
Lo que había escuchado era su vuelo”, dice Beriguete (Poema XXX, p. 64).

La de Berigüete aquí es poesía del desarraigo, del exilio y autoexilio interior de la conciencia poética, del ser que se desgarra en nostalgia del hogar y del suelo nativo. Es decir, este libro se sitúa en las coordenadas  del pensamiento y en la tradición de la poesía del desgarramiento y de la soledad terrenal. De esa soledad que deviene experiencia del desarraigo del ser, atravesado por los fantasmas del pasado y del futuro, que navega en el insomnio de la memoria y la eternidad. Es una poesía que refleja la sabiduría bucólica, ancestral y primitiva de un pueblerino, que se enfrenta a la realidad urbana, con sus demonios, aridez y fantasmas, entre el silencio y la soledad, esa que existe en medio de la muchedumbre.

El poema reflexiona sobre el sueño y el mundo:

“Nos sueña el sueño
y en esa trama indefinible,
somos más completos
que en el mundo de los ojos abiertos”. (Poema XIIX, p. 102).

Búsqueda de la huella del pasado, la poesía es camino como lo es en Octavio Paz. Es decir, una larga caminata reflexiva, que se nutre de espacio y se alimenta de tiempo; que le inyecta aire de movilidad; que le suministra imágenes, en su contemplación encantada y aguda. Aquí la poesía deviene tránsito y trayecto. Un laberinto metafísico: la expresión de un ser extraviado en los caminos del deseo y la voluntad. Un ser solitario, hecho de soledad ontológica intrínseca al hombre, que lo habita y lo persigue, esa soledad que es condición únicamente humana, y que refleja la conciencia temporal de que somos seres que vivimos y morimos solos. Y que es la gran tragedia del espíritu humano: que lo abisma y refugia en la religión, la espiritualidad, la secta o el dogma. Beriguete asume, por consiguiente, la ontología fenomenológica de Heidegger, de que “somos seres para la muerte”.

Con este poemario, Marino Berigüete instala una poética del vacío existencial y de la nada, antes que del ser y su plenitud. Y de las angustias existenciales como representación de la angustia del hombre contemporáneo, desde una sensibilidad poética y un imaginario metafísico. Oigamos de nuevo la voz del poeta:

“Y mientras esa mano invisible
explora mis entrañas,
yo caigo,
me disuelvo en la nada,
dejando atrás
el peso inútil del ser,
y en ese desvanecimiento
tal vez,
por fin,
encuentre
la paz de vacío”. (Poema XXXVIII, p. 80).

Este libro es una elegía de 54 estrofas. Son a la vez cantos, que representan un discurso poético articulado y pensado, desde la experiencia, del vacío y la conciencia de un sujeto lírico y sensible al mundo actual, con sus miedos, angustias, psicosis y neurosis. Escrita a la medida y forma de su carácter y su temperamento. También a su destino;  y donde la guerra sirve de telón de fondo de sus preocupaciones angustiosas del devenir humano. Hay una nueva tierra baldía, una tierra yerma, un páramo sombrío como el que vislumbró T. S. Eliot en La tierra baldía y Los hombres huecos, lo que ha percibido Berigüete y que nos presenta como un presente oscuro, laberíntico y sin fin. Así, vemos ecos, recuerdos y visiones de su región nativa, del sur profundo, árido, sin lluvia y seco, y que evoca como memoria nostálgica de su infancia en Barahona. La suya es escritura con libertad imaginaria, que expresa el fluir del pensamiento poético, en su temporalidad sensible y como encarnación del espacio. Diálogo con el silencio, comunión con la soledad, Marino Berigüete nos sorprende con esta poética y con este libro tardío, pero de madurez, que ha escrito desde la experiencia del recuerdo y la prefiguración del presente. Entre la palabra y el silencio transcurren su obra y su escritura, tejida de visiones y elucubraciones, evocaciones simbólicas y ensoñaciones solitarias del ser como persona y como yo desgarrado y angustiado, en el laberinto de su sombra. Escritura de la vigilia con los ojos cerrados. Escritura de la ensoñación, que canta en claves metafísicas a los misterios del tiempo, de la vida y de la muerte. Berigüete pinta un mundo donde todo se desmorona, un tiempo social y un espacio humano, que se deshace en la sombra, en las grietas de la nada. Dibuja una civilización y un paisaje ontológico perdido en el círculo cerrado de la soledad y la destrucción de un mundo egregio, ilustre y más humano. Percibe así, poéticamente, un universo sombrío, un mundo muerto, asesinado por los demonios que habitan los bajos instintos del espíritu humano. Este poeta ha escrito este libro desde la experiencia del desarraigo y la tentación del tormento de su espíritu y desde su memoria personal, infantil y adulta.  

En síntesis, el poeta Marino Beriguete ha escrito una épica de este tiempo, una epopeya trágica del hombre, de matiz homérico, que nos deja sin palabras, sin aliento y sumergido en la perplejidad, el vacío, el silencio, y aun en la duda. Es una poesía que nos arrebata las palabras porque nos hiela la sangre y nos paraliza la conciencia. Nos insta a perder la fe en el hombre porque ha matado a dios –como bien lo vislumbró Nietzsche. Beriguete ve, en efecto, en cambio, al hombre nacer en las palabras, en el viento, en la nada, en la mente, en la naturaleza, y más aún, lo descubre en el sueño del tiempo y en el vacío del mundo.

Tras un largo canto en 54 estrofas, de meditaciones y cavilaciones  metafísicas, en tono épico y claves filosóficas, el poeta Berigüete se pregunta, como epílogo y colofón:

“Y por fin, ¿dónde nace el hombre?
¿En las palabras que se ahogan
antes de ser pronunciadas,
en ese filo del silencio
que corta la lengua
y de una herida invisible”.

Y sigue preguntando:

“O nace en el pliegue del viento
que nunca supimos escuchar,
o en la nada que se escurre
por las grietas de mundo?”

El poeta duda y vacila. Y continúa sus afirmaciones, monólogos y diálogos consigo mismo y con el lector.

“Tal vez nace en la mente
que sueña sin saberlo,
donde cada idea es
una hoja que cae sin tocar el suelo.
O quizá nace
en la naturaleza que camina
entre nosotros, sin sombra,
sin ruido, sin ojos, sin manos,
como un secreto en la piel de los arboles
o debajo del vaivén de las aguas
donde los peces nacen y desparecen.
Es el hombre quizá un sueño
que la noche trenza con hilos de niebla.
O es la chispa que cruza el firmamento
en el borde del tiempo, esperando
que el vacío la reclame.
Dime tú
revela la verdad a esta hora,
cuando la magia de la palabra
cae sobre mi cabeza
como una lluvia invisible
que arrastra significados
hacia este papel en blanco.
El lápiz de tinta verde
rueda como un signo incierto,
dibujados caminos que no conozco,
se detiene en  límite
que no se si cruzar.
Tal vez el hombre nace
en la palabra no escrita,
en el hueco de un verso
que no se ha revelado aun.
Tal vez no nace en la carne,
ni en el aire,
sino en ese espacio entre ser
y no ser,
en el borde mismo del pensamiento
que se esfuma al ser pensado.
Y tal vez, lector,
Tú tengas la respuesta a mis preguntas.
Dime tú,
donde empieza el hombre.
En ti
¿o en mí
que no tengo respuesta?”

(Poema LIV, p. 109-110).          

Marino Berigüete – Dossier

Aunque estudió abogacía, el dominicano Marino Berigüete ha desarrollado su vida también como narrador, poeta, diplomático y periodista. A lo largo de su trayectoria ha combinado la creación literaria con el servicio público, la docencia universitaria y la diplomacia, convirtiéndose en una figura destacada de las letras dominicanas contemporáneas. En el ámbito literario, Berigüete comenzó a escribir desde muy joven y ha cultivado la poesía, el cuento, la novela y el ensayo. Su obra suele explorar la memoria, la identidad dominicana, la historia nacional, las tradiciones populares y el paisaje del sur del país, especialmente de Barahona, su región natal

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Marino Berigüete, a modo de biografía

Marino Berigüete es un escritor, poeta, abogado y diplomático de la República Dominicana, nacido el 9 de julio de 1962 en Barahona. A lo largo de su trayectoria ha combinado la creación literaria con el servicio público, la docencia universitaria y la diplomacia, convirtiéndose en una figura destacada de las letras dominicanas contemporáneas.

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), realizó un posgrado en Procedimiento Civil y posteriormente obtuvo maestrías en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU). Antes de incorporarse al servicio diplomático ejerció la abogacía y la consultoría jurídica, especialmente en el ámbito empresarial y turístico. Desde 2005 pertenece a la carrera diplomática dominicana y ha desempeñado funciones como embajador de la República Dominicana en Paraguay, Honduras y Belice. También ha sido decano de la Escuela de Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas de la Universidad del Caribe (UNICARIBE) y profesor de Derecho Diplomático, Derecho Internacional y otras disciplinas jurídicas.

En el ámbito literario, Berigüete comenzó a escribir desde muy joven y ha cultivado la poesía, el cuento, la novela y el ensayo. Su obra suele explorar la memoria, la identidad dominicana, la historia nacional, las tradiciones populares y el paisaje del sur del país, especialmente de Barahona. Entre sus libros más conocidos figuran Mujeres (poesía), 13 cuentos supersticiosos del Sur, Odas a Barahona, Secretos y soledades, El Plan Trujillo, Señales de voces, Melissa y el árbol y, entre sus publicaciones más recientes, Tras la puerta.

Su novela El Plan Trujillo es considerada una de sus obras más relevantes. En ella reconstruye, desde la ficción histórica, aspectos relacionados con la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, combinando investigación, memoria y recursos narrativos para reflexionar sobre el peso del pasado en la sociedad dominicana.

Además de su labor como escritor, Marino Berigüete ha sido conferencista en universidades e instituciones de América y Europa, miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y articulista en diversos medios de comunicación. Su carrera diplomática le ha valido importantes distinciones, entre ellas la Orden Nacional del Mérito en grado de Gran Cruz, otorgada por Paraguay, y la Orden José Cecilio del Valle, concedida por Honduras, en reconocimiento a su contribución al fortalecimiento de las relaciones entre esos países y la República Dominicana.

Aprendí que una novela no termina cuando el autor cree haber escrito la última página

ENTREVISTA AL ESCRITOR DOMINICANO MARINO BERIGÜETE

Aunque hace casi 30 años publicaste tus «13 cuentos supersticiosos del Sur» y en los últimos años te has dedicado mayormente a la poesía, quiero que me hables de la génesis de «El hombre que vuelve». ¿Cómo nació en ti la idea de esta novela?

Una novela nunca nace el año en que se escribe. Antes de llegar al papel pasa años buscando su lugar en la memoria. La mía comenzó durante mi misión como embajador en Honduras. Allí escribí un poema titulado “El hombre que regresa”. En ese momento no sabía que aquellas páginas abrían el camino de una novela. Desde que salí de Barahona para estudiar en Santo Domingo llevaba conmigo el deseo de volver a mí pueblo. La vida tomó otro rumbo, conocí a mi esposa y ese regreso quedó aplazado. Murió mi abuela y solo permaneció mi madre. Una noche soñé que la ciudad me había derrotado. Desperté y escribí el primer párrafo. Recordé los viajes en autobús hacia el sur para pasar las vacaciones universitarias y seguí escribiendo durante meses. En 2020 llegó la pandemia del COVID-19 y el manuscrito quedó en silencio. En 2023 regresé a esas páginas. Ya no escribía con la prisa de terminar un libro, sino con la necesidad de entender por qué había esperado tanto para contar esa historia. Después la dejé reposar varios meses. La concluí en octubre de 2025. Al cerrar la última página comprendí que no había escrito una novela sobre el regreso. Había escrito la historia de un hombre que nunca dejó de volver, aun cuando la vida lo llevaba siempre por otros caminos.

Aunque parezcan temas diferentes, mundos diferentes, yo veo muchos puntos de contacto en cuanto a preguntas sobre la condición humana, sobre las razones de la existencia humana, entre «El hombre que vuelve» y «13 cuentos supersticiosos del Sur». ¿Has pensado alguna vez en eso?

Amir, el sur es supersticioso. Quien nace allí aprende muy pronto que toda vida conserva un lugar al que desea regresar. El mío sigue siendo el mismo que conocí cuando empecé a escribir a los diecisiete años. Han pasado las décadas y yo he envejecido, pero ese territorio permanece. Siguen allí las calles de mi infancia, la casa donde crecí, los primeros cuentos del sur, los temores y los sueños que todavía acompañan mis páginas. Cuando escribí El hombre que regresa quise apartarme de la narración lineal. Siempre he pensado que el sur, mi región, vive una realidad donde conviven lo cotidiano, las creencias populares y una antigua tradición religiosa. Mucho antes de que Alejo Carpentier formulara la idea de lo real maravilloso, Sócrates Nolasco ya había contado historias nacidas de ese mundo. La cercanía con Haití, la memoria de los cañaverales y las creencias transmitidas de generación en generación forman parte de nuestra manera de entender la vida.

Quise que esa atmósfera macondiana estuviera presente en la novela, no como un adorno, sino como una forma de acercarla a mi pueblo y a mi región. También recurrí a una técnica que vuelve sobre algunas escenas. Cada repetición incorpora un detalle nuevo para que el lector descubra algo que antes permanecía oculto. Ese movimiento sostiene el ritmo de la narración y acompaña el modo en que los recuerdos regresan a la memoria.

Pero mi propósito principal era otro. Quería escribir una novela existencialista. Me interesaba mostrar la rutina de un hombre que siente que ha perdido casi todo y que debe seguir viviendo con el peso de sus ausencias. Con los años comprendemos que la soledad no llega de golpe. Se instala poco a poco, a medida que desaparecen quienes compartieron nuestra vida. Los amigos mueren, los familiares parten y el mundo empieza a vaciarse sin hacer ruido. Sin embargo, quienes ya no están continúan viviendo mientras alguien conserve su recuerdo. Solo desaparecen por completo cuando también muere el último que podía nombrarlos. Esa certeza acompañó cada página de la novela y explica, quizá mejor que cualquier otra razón, por qué sentí la necesidad de escribirla.

Aunque el lector seguro lo notará, en nuestro reciente encuentro en República Dominicana, donde nació mi idea de publicar El hombre que vuelve en Ilíada Ediciones, me confesaste que tomaste como modelo y, además, quisiste rendir un homenaje a esa inmensa novela que es «Pedro Páramo», de Juan Rulfo.

Cuando leí Pedro Páramo tuve la impresión de estar recorriendo un pueblo del sur antes de llegar a Barahona. Desde entonces comprendí que cada escritor termina levantando un territorio propio. Juan Rulfo encontró el suyo en Comala, inspirado por los recuerdos de San Gabriel. Yo siempre he sentido que Barahona ocupa ese lugar en mi literatura. Allí regresan mis personajes, mis preguntas y la memoria que alimenta mis libros.

No es un camino nuevo. Gabriel García Márquez creó Macondo. William Faulkner imaginó Yoknapatawpha. Juan Carlos Onetti levantó Santa María. Todos partieron de un lugar conocido para construir un espacio literario donde sus historias pudieran respirar con libertad. Ellos forman parte de mis lecturas y Faulkner, en particular, ha sido uno de mis maestros.

Siempre he pensado que Juan Rulfo conoció Spoon River, la antología de Edgar Lee Masters. En ese libro hablan los muertos y, a través de sus voces, aparece la vida completa de una comunidad. En Pedro Páramo ocurre algo que produce una impresión semejante, aunque cada autor encuentra su propio camino.

Si me preguntas por qué esos pueblos se parecen, mi respuesta es sencilla. En casi toda América Latina el sur comparte una misma experiencia. El calor, la tierra, el trabajo y el aislamiento han moldeado el carácter de sus habitantes. Quien nace allí aprende temprano a resistir las pérdidas, a convivir con las creencias heredadas y a conservar la memoria de quienes ya no están. Tal vez por eso, cuando escribimos sobre nuestro pueblo, también terminamos escribiendo sobre muchos otros pueblos del sur.

En tu novela el protagonista, jubilado ya, regresa a la casa donde vivió su infancia. Pero es un regreso que, en todos los sentidos, tiene el espíritu de la conquista, de retomar un mundo perdido. Sin embargo, él es quien resulta conquistado y, lejos de encontrar las respuestas que busca, lo acosan antiguas y nuevas preguntas sobre su propia responsabilidad en haber perdido ese mundo. Al terminar la novela me dije: como en otras grandes novelas, esta novela es una búsqueda ontológica del ser que me recuerda mucho el «Dasein» (el ser humano como el único ente que puede preguntarse por su propia existencia) de Martin Heideger. ¿Me equivoco?

No te equivocas. Esa lectura está muy cerca de lo que quise escribir. Desde el principio me interesó menos el regreso físico que el regreso interior. Mi personaje vuelve a la casa de su infancia creyendo que encontrará un lugar intacto, pero descubre que el tiempo también transforma aquello que parecía permanecer. Lo que cambia no es solo el pueblo; cambia, sobre todo, quien regresa.

Quise escribir una novela existencialista. Me interesaba un hombre que, al llegar a la vejez, descubre que las preguntas importantes no desaparecen con los años. Al contrario, se vuelven más insistentes. Regresa para entender qué ocurrió con su vida, con sus afectos y con las decisiones que fue tomando. Poco a poco comprende que nadie pierde un mundo únicamente por culpa del tiempo. También lo pierde por las renuncias que acepta, por los caminos que elige y por los silencios que deja crecer con conversaciones con sus muertos.

Si te recuerda el “Dasein” de Heidegger, lo recibo con gratitud, aunque no escribí la novela para ilustrar una tesis filosófica. Mi punto de partida fue la experiencia humana. Me interesaba mostrar a un hombre que, cuando ya casi todos los que conoció han muerto, se queda frente a sí mismo. En ese momento ya no puede ocultarse detrás del trabajo, de la familia ni de las obligaciones. Solo le queda preguntarse quién ha sido realmente y qué sentido tuvieron sus actos. Si valió la pena irse del pueblo.

Por eso el regreso termina siendo una forma de conocimiento. El protagonista no conquista el pueblo; es el pueblo quien lo obliga a mirarse con una sinceridad que había evitado durante años. Creo que esa es la verdadera travesía de la novela. No busca recuperar el pasado, porque el pasado no vuelve. Busca comprender la propia existencia antes de que el tiempo cierre definitivamente la posibilidad de hacerlo.

Toda obra literaria, de muchos modos, es un reflejo de las vivencias de su autor, ya sean por su propia vida o por ese modo en que los escritores beben de la experiencia vital de otras personas. ¿Qué hay en «El hombre que vuelve» del ser humano que es Marino Berigüete?

Todo, Amir. El protagonista contiene mucho de mi vida y de mis propias inquietudes. Naturalmente, la novela incorpora personajes, situaciones y recursos de la ficción para darle consistencia y fuerza narrativa. Pero, en su esencia, es una proyección de lo que imagino que podría ser mi propio regreso dentro de algunos años, cuando muchos de los que hoy forman parte de mi vida ya no estén. No escribí una autobiografía; escribí una novela. Sin embargo, las preguntas que atraviesan al protagonista, sus dudas, sus nostalgias y su necesidad de comprender el sentido de su existencia son también las mías. Quizá por eso siento que es el personaje que he escrito más cercano a mi propia vida.

Hablemos de la construcción de los tres personajes femeninos protagónicos: esa esposa fallecida (que regresa recurrentemente en un único recuerdo: el momento en que se conocieron) y las figuras entrañables de la madre y la abuela. Son espíritus, pero están tan o más vivos que el protagonista. Y aquí veo otras de las claves psicológicas de tu novela porque en el filósofo Carl Gustav Jung el «anima» representa la imagen inconsciente de lo femenino en la psique masculina. Sabiendo que eres un lector voraz de filosofía, dudo mucho que esa sea solo una coincidencia.

No lo creo, Amir. Hay lectores que encontrarán esa resonancia con Jung, y no me parece una interpretación forzada, porque toda gran novela termina dialogando con ideas que muchas veces exceden la intención de su autor. Pero, en mi caso, el origen de esos tres personajes no nace de una construcción filosófica deliberada, sino de la memoria y de la experiencia humana.

Mi esposa aparece siempre en un único recuerdo, el instante en que nos conocimos en la universidad, porque entendí que el amor verdadero no necesita muchas escenas para permanecer vivo. Hay momentos que contienen una vida completa. Ese primer encuentro basta para que el protagonista la sienta presente durante toda la novela. Su ausencia física hace más intensa esa permanencia interior.

La madre y la abuela pertenecen a otro territorio. Ellas representan el origen, la casa, la infancia, la educación sentimental y moral. Aunque han muerto, continúan habitando la conciencia del protagonista porque hay personas que nunca abandonan realmente nuestra vida. Cambia su forma de acompañarnos, pero no desaparecen. Por eso el regreso al pueblo es también un regreso hacia ellas. No vuelve únicamente a una casa; vuelve al lugar donde todavía escucha sus voces y reconoce el sentido de lo que fue.

Si un lector quiere ver en esas tres mujeres la manifestación del anima junguiana, me parece una lectura legítima y enriquecedora. Sin embargo, mientras escribía nunca pensé en convertirlas en la representación de un concepto filosófico. Pensé en tres mujeres concretas que sostienen la identidad del protagonista desde lugares distintos: el amor compartido, la maternidad y la memoria familiar.

Quizá la filosofía aparece después, cuando el lector observa la obra terminada. Yo escribo desde la vida; luego la filosofía encuentra, si puede, un modo de explicar aquello que la literatura ya había intuido. Tal vez por eso esas tres mujeres parecen más vivas que el propio protagonista: porque él regresa buscando una casa y termina descubriendo que quienes verdaderamente conservan su identidad no son los vivos, sino aquellos que siguen habitando su memoria.

Hay un leitmotiv en la novela que llamará mucho la atención de cualquier lector: el protagonista, al visitar la tumba de su madre en el cementerio empezará también a descubrirse a sí mismo gracias a que allí, cerca de donde yacen sus seres queridos, está la tumba de un niño. No quiero dar detalles de esa extraña pero enriquecedora relación, que en cierto momento también involucrará a la madre del personaje, pero veo aquí otro guiño filosófico… en esta ocasión a Friedrich Nietzche cuando en su clásico «Así habló Zaratustra» presenta a la niñez como la última de las tres metamorfosis del espíritu (el niño para Nietzche no simboliza inmadurez, sino creatividad, capacidad de comenzar de nuevo y afirmación de la vida. No es un llamado a volver a la infancia biológica, sino a recuperar ciertas cualidades), que es justo lo que parece buscar desesperadamente tu personaje.

No me parece una lectura descabellada. Al contrario, me gusta cuando un lector encuentra en una novela capas que el propio autor no se propuso construir de manera consciente. Nietzsche forma parte de mis lecturas en el doctorado que recién acabo de concluir, pero mientras escribía no pensé en ilustrar la tercera metamorfosis de Así habló Zaratustra.

La tumba del niño nació por una razón mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más humana. El protagonista regresa al cementerio buscando a su madre y a su abuela, es decir, buscando el pasado. Sin embargo, ese niño desconocido termina obligándolo a mirar algo distinto: la fragilidad de la vida, aquello que nunca alcanzó a desarrollarse y la pregunta inevitable sobre todo lo que pudo haber sido. Ese descubrimiento modifica su manera de mirar también a su madre y, finalmente, de mirarse a sí mismo.

No quise convertir a ese niño en un símbolo cerrado. Preferí que fuera una presencia abierta, capaz de despertar preguntas diferentes en cada lector. Para unos será la inocencia perdida; para otros, la interrupción injusta de una vida; para otros, la posibilidad de un nuevo comienzo. La literatura gana cuando no obliga a una única interpretación.

Si alguien encuentra allí la idea nietzscheana del niño como la capacidad de empezar de nuevo, me parece una lectura perfectamente posible. Después de todo, mi protagonista no vuelve al pueblo para recuperar el pasado tal como fue, porque eso es imposible. Regresa para comprender quién es cuando ya casi todo lo que sostenía su existencia ha desaparecido. Ese viaje exige despojarse de muchas certezas y volver a hacerse preguntas esenciales.

Tal vez por eso el cementerio termina siendo uno de los lugares más vivos de la novela. Allí el protagonista deja de dialogar únicamente con sus muertos y comienza a dialogar consigo mismo. Y si en ese proceso aparece el niño de Nietzsche, no será porque yo lo coloqué deliberadamente en esas páginas, sino porque la literatura, cuando nace de una experiencia verdadera, suele encontrarse con la filosofía en el mismo lugar donde ambas intentan responder la misma pregunta: qué significa, realmente, volver a empezar.

Pero debo de confesarte que la tumba existe al lado de la de mi abuela en Barahona, y me extrañó un día cuando fui a visitarla que tenía ese pequeño juguete encima.

Otro detalle singular: la casa no es solo decoración escenográfica, no es un espacio muerto; la casa son recuerdos, sensaciones, riquezas perdidas que el protagonista irá reconquistando, al tiempo que es reconquistado él mismo… una casa viva que interactúa con el personaje… y aquí otra vez aparece ese Nietzche que en «La gaya ciencia» y otros de sus libros habla del amor fati («amor al destino»: la invitación no solo a aceptar lo que ocurre, sino a quererlo como parte inseparable de la propia vida). Dicho todo esto, esa casa de «El hombre que vuelve» ¿qué es para Marino Berigüete?

No escribí esta novela pensando en ilustrar ninguna corriente filosófica. Es verdad que he leído a Nietzsche, a Heidegger, a Jung y a muchos otros pensadores, pero cuando uno escribe una novela no está pensando en demostrar una tesis. Si eso ocurriera, dejaría de escribir literatura para escribir filosofía.

La casa nació de un lugar mucho más íntimo. Para mí, una casa nunca es solamente un conjunto de paredes. Es el sitio donde aprendemos a mirar el mundo, donde escuchamos las primeras voces, donde conocemos el amor, el miedo, las pérdidas y también la felicidad más sencilla. Cuando abandonamos esa casa, creemos que la dejamos atrás, pero en realidad ella sigue viviendo dentro de nosotros.

Por eso, en la novela, el protagonista cree que regresa para recuperar una casa, cuando en realidad la casa termina recuperándolo a él. Cada habitación, cada objeto, cada silencio le devuelve una parte de sí mismo que había quedado enterrada bajo los años, el trabajo, la ciudad y la rutina. La casa no habla, pero recuerda. Y al recordar, obliga al protagonista a enfrentarse con la persona que fue y con la que ha llegado a ser.

Si un lector encuentra en ese recorrido una cercanía con el amor fati de Nietzsche, me parece una lectura válida. Pero no fue un punto de partida para escribir la novela. Fue, si acaso, un punto de llegada que otro lector puede descubrir. Yo simplemente intenté contar la historia de un hombre que comprende que no puede cambiar su pasado, pero sí reconciliarse con él.

¿Qué representa esa casa para mí? Representa el origen. Ese lugar al que todos volvemos alguna vez, aunque sea únicamente con la memoria. Porque llega un momento en la vida en que uno descubre que la verdadera patria no es un país ni una ciudad, sino la casa donde comenzó a entender quién era. Y quizá esa sea la única conquista posible: regresar a ese lugar, aceptar todo lo vivido —lo bueno y lo doloroso— y comprender que sin esa historia tampoco seríamos quienes somos.

En esa casa hoy hay un hotel, se llama El Loro Tuerto.

Finalmente, ¿en qué proyectos literarios andas actualmente?

Antes de pensar en los libros publicados, pienso en los que todavía me exigen tiempo. Es una etapa distinta de mi vida. Ya no escribo con la ansiedad de demostrar nada, sino con la paciencia de quien entiende que cada obra necesita su propio ritmo. Hay manuscritos que avanzan con rapidez y otros que permanecen meses esperando una palabra, una lectura o una experiencia que los complete.

En este momento tengo sobre mi mesa dos libros de poesía, cada uno integrado por setenta poemas. Son proyectos diferentes, escritos desde registros distintos, pero ambos nacieron de la misma convicción: la poesía sigue siendo el lugar donde regreso para entender lo que no consigo explicar de otra manera.

También trabajo en dos novelas que aún no he dado por concluidas. Aprendí que una novela no termina cuando el autor cree haber escrito la última página, sino cuando los personajes dejan de reclamarle cambios. Hasta que eso no ocurre, prefiero seguir escuchándolos.

A esos proyectos se suman dos libros de ensayos literarios. Siempre he sentido que leer y escribir forman parte del mismo oficio. Los ensayos son mi manera de conversar con los autores que me han acompañado durante décadas y de reflexionar sobre la literatura desde la experiencia del escritor y del lector.

Pero, si debo decir dónde está hoy concentrada la mayor parte de mi energía, la respuesta es clara: en mi tesis doctoral en Filosofía. Es el trabajo que ocupa mis días y mis noches. Allí convergen muchas de las preguntas que han atravesado mis novelas, mis poemas y mis artículos. No la concibo como un ejercicio académico aislado, sino como otra forma de seguir buscando respuestas.

Al final, todos esos libros, terminados o inconclusos, participan de una misma travesía. No compiten entre sí. Se acompañan. Cada página escrita alimenta a las demás. Y mientras la vida me conceda el privilegio de seguir leyendo, pensando y escribiendo, siempre habrá un manuscrito abierto sobre mi escritorio esperando el comienzo de una nueva jornada.

La enseñanza en Cuba: del civismo al mito

PRÓLOGO AL LIBRO CUBA: POLÍTICA Y SOCIEDAD. LA OTRA CARA DE LA ENSEÑANZA


Lecciones de un fracaso ideológico.

El civismo, la ética, la decencia, la cultura como alimento del crecimiento individual del ciudadano son visibles agujeros negros en la sociedad cubana actual. Es el resultado de sucesivas sustracciones, desviaciones y manipulaciones ideológicas de todos y cada uno de los elementos que, dentro del entramado social de la nación que encontró la Revolución Cubana en 1959, habían configurado durante cuatro siglos ese singular comportamiento social y espiritual que colocaba a la pequeña isla de Cuba, y a los cubanos, como una de las naciones y una de las poblaciones más adelantadas de América Latina y el mundo occidental en aspectos tan esenciales como el humanismo en tanto motor de la búsqueda constante de las libertades, la pluralidad de expresiones de esas libertades y la generación de un pensamiento social que se diversificaba en todos los ámbitos de la sociedad adecuándose al movimiento de la historia nacional, regional y universal.

La primera virtud de este libro es, entonces, mostrar muy nítidamente las muchas y múltiples luces de ese desarrollo social, así como del surgimiento y fortalecimiento del espíritu de nacionalidad, poniendo el foco en la responsabilidad que tuvo en esos ascensos continuados el universo vital de la enseñanza: desde la evangelización como herramienta “educacional” para el forzado adoctrinamiento religioso durante la conquista, la creación posterior de instituciones que resultaron hitos de la enseñanza en todo el imperio español, la impronta de la concepción educacional cristiana (básicamente católica, pero no la única) en la consolidación de los valores cívicos, éticos y morales de la población y de la sociedad, hasta ese amplísimo abanico de modalidades educativas que coexistieron en la Cuba plural de las décadas del 40 y el 50, y que fueron eliminadas de raíz después de 1959 para arraigar en toda la isla el monopolio que necesitaba ese otro forzado adoctrinamiento, esta vez ideológico, que implementó la triunfante Revolución.

Otro aspecto a destacar en esta obra es el esclarecimiento, mediante certeros análisis historiográficos y sociológicos, de una de las más dañinas acciones del proyecto social instaurado por Fidel Castro: las estrategias desestructuradoras esgrimidas por la nueva doctrina educacional “revolucionaria” (manipulación, deformación, segmentación y denigración mediante) para minimizar, encauzar en los “nuevos aires” y poder utilizar a conveniencia de la política el sólido aporte de figuras imborrables de la historia nacional a la cultura, la nación y la sociedad cubanas.

Y, reforzando lo anterior a través de lo que podríamos llamar “estudios de casos”, una zambullida reflexiva al daño antropológico que generaron las sucesivas, arbitrarias y monopólicas reformas, leyes, campañas (regidas en lo esencial por lo caprichos o invenciones, absolutamente unipersonales, del Máximo Líder) que pretendían concebir un modelo único (nacional y exportable) para facilitar el trabajo de control de los ciudadanos y condicionar la existencia y los credos de la población a la existencia misma de la Revolución, el Partido  y el Estado, maquiavélica deformación del orden natural de todas las instituciones y estructuras educacionales y/o generadoras del pensamiento social que finalmente, por solo poner un ejemplo importante en los tiempos que corren, consiguió que la inmensa mayoría del pueblo desconozca algo tan elemental como el derecho a tener derechos y el derecho a exigir el respeto a esos derechos.

Desfila por estas páginas el legado que al corpus de la enseñanza entregaron dominicos, franciscanos y jesuitas o el mando eclesiástico, escritores como Silvestre de Balboa (autor de la que se considera la primera obra literaria escrita en suelo cubano: el poema épico-histórico Espejo de paciencia) o Domingo del Monte y José Martí, y pensadores e intelectuales como Félix Varela, José de la Luz y Caballero, Tomás Romay, Felipe Poey e Ignacio Agramonte, entre otros. Y nos sumergimos en las vastas huellas de instituciones que lograron marcar la historia de la educación en lengua castellana, tales como el Seminario de San Carlos y San Ambrosio o la Sociedad Económica de Amigos del País que, si bien no puede ser considerada una institución docente, sí fue piedra angular de la modernización de la enseñanza en la isla.

Y al mismo tiempo (en el capítulo dedicado al Totalitarismo o lo que es igual, al período “revolucionario”, según la historiografía oficial) se propone un recorrido por esa suerte de traspiés continuados en el terreno de la enseñanza, que se fueron tejiendo mediante improvisaciones forzadas del Máximo Líder y sus comisarios políticos, y con un único basamento: la defensa de la ideología elegida por ese líder para el concepto de gobierno personalista y totalitario que le impuso al país, tanto a sus enemigos como a sus amigos y fieles seguidores: el castrismo.

Esa, la imposición del castrismo y las secuelas que provocó en el cuerpo debilitado de una nación y una isla que comenzó a manejar a su antojo quien poco después concentraría todo el poder en un cargo, Comandante en Jefe, sí podría ser considerado el único producto real de esa maquinaria gubernamental ineficaz y absurda que según el artículo 38 de la Constitución de la República de Cuba, de 1976, aprobada tras el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba de 1975, estipulaba que “la política educativa y cultural se atiene a la concepción científica del mundo establecida y desarrollada por el marxismo-leninismo; la enseñanza como función del Estado, dirigida a la formación comunista de las nuevas generaciones”. Insistencia todavía más irracional en tanto ocurría cuando el liderazgo revolucionario se enfrentaba al fracaso de su intento original –y centralizado en los primeros años de la Revolución– de formar al “Hombre Nuevo”, una criatura idílicamente perfecta que, en la práctica, debería catalogarse como anomalía: ese cubano mayoritariamente iletrado o de cultura general superficial, mal hablado, sin ética, carente de la más mínima cuota de civismo, practicante natural de la doble moral y el doble discurso, y acostumbrado al parasitismo personal, ciudadano y social.

La minimización centralizada y estatalizada “revolucionaria” de la amplísima gama de ideas sobre la enseñanza que en épocas precedentes a la Revolución se imbricaron para la configuración del pensamiento social de la nación seleccionó y estableció dos claros paradigmas que, en opinión de los metodólogos fieles al castrismo, interactuaban y serían las vías más expeditas de alcanzar los objetivos de un ciudadano integral revolucionario. Dos modélicos personajes de la historia: José Martí y su ideario político que se constituyó en la voz que llegaba al presente desde un pasado glorioso, y Fidel Castro, el Moisés iluminado que conduciría al pueblo hacia la tierra prometida: el paraíso socialista como antesala del Reino Eterno de la Perfección, el comunismo. El anterior matiz paródico cristiano no está utilizado aquí por azar: la concepción de esa nueva política educacional y cultural de la Revolución apelaba también al espíritu mítico que gravitaba sobre ese hombre imperfecto y genial de carne y hueso que, sin embargo, llegó a tildarse de “Apóstol”, José Martí, y sobre ese Doctor Castro que bajó de la Sierra Maestra y fue recibido por buena parte de los cubanos como un esperado Mesías –paradójica adoración que la inteligencia astuta y retorcida de Fidel Castro aprovecharía inicialmente para concentrar todo el poder en sus manos, y que finalmente asumió hasta en sus comportamientos más íntimos, llegando a creerse un genuino Salvador de Cuba y de los cubanos.

Debería estudiarse el preocupante fenómeno de que, junto a esta simplificación histórica oportunista de la multiplicidad y pluralidad de conceptos e ideas sobre la enseñanza y los mecanismos de implementarla en la sociedad, uno de los objetivos esenciales del monopolio sobre la educación logrado mediante este proceso de utilizar del legado educacional cubano sólo lo conveniente a la lucha ideológica, fue la posibilidad de exportar el modelo, estableciendo para ello una red de proselitismo intelectual que se movía en los territorios de la cultura, la educación y el universo académico, en principio, en América Latina y, por extensión, en países del Tercer Mundo en África y algunas naciones del Medio Oriente y Asia. El flagelo contaminador, es un hecho, se cimentó y corrió sobre los rieles bien aceitados de la propaganda externa de la Revolución, que se deslizó con éxito hasta la caída del campo socialista pues unificaba el supuesto criterio humanista de formación de ciudadanos pensantes con el antimperialismo y antinorteamericanismo –proyecciones típicas de las naciones latinoamericanas–, y la convicción de la izquierda internacional (protagonista en el mundo de la enseñanza) de que el proyecto cubano que Fidel Castro encabezaba era la encarnación máxima de la lucha por un mundo mejor y, más que nada, libre de la voracidad capitalista e imperialista.

El rescate de la memoria histórica cubana en el terreno de la pedagogía es, finalmente, otra de las virtudes de este libro al resumir no solo las contribuciones personales de las más reconocidas figuras del pensamiento en Cuba vinculadas a la enseñanza: José Agustín Caballero, Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Enrique José Varona y José Martí, cuya impronta no ha podido ser negada por la historiografía oficialista –aunque sí ha sido manipulada, descontextualizada y tergiversada a favor de un claro propósito: reforzar la ideología y la concepción educacional y de generación de pensamiento social de los estrategas de la Revolución–, junto a figuras menos conocidas como Antonio Bachiller y Morales, Esteban Borrero, María Luisa Dolz y Arango, Ramiro Guerra, y otros todavía menos analizados en los estudios sobre el tema en Cuba. 

Un libro este, en resumen, necesario. Una mirada unificadora que busca, más que analizar, decodificar las aviesas estrategias de los ideólogos del castrismo, y las adquisiciones y aportaciones que a esa manipulación social han hecho, y todavía hoy hacen, los intelectuales y pedagogos vinculados a la enseñanza en la isla, América Latina y el resto del mundo.   

Amir Valle, Berlín y marzo de 2024


PUEDE DESCARGAR GRATUITAMENTE ESTE LIBRO EN ESTE LINK: Programa Cuba – Universidad Sergio Arboleda – Colombia

Y el pan fue primero (y otros poemas)

DEL POEMARIO Palabras escritas en el pan


ALEJANDRA G. BARBÓN (La Habana, Cuba, 1979) Es escritora e investigadora. Reside en Miami, donde trabaja como profesora y bibliotecaria especializada en colecciones patrimoniales, archivo y libros raros. Su escritura se sitúa entre poesía, narrativa y ensayo, y explora la memoria, el exilio, la herencia afectiva y el cuerpo como archivo vivo. Desde una atención a lo mínimo —gestos, manos y silencios— su poética indaga en lo que persiste más allá del relato lineal. Palabras escritas en el pan se articula como un libro de fragmentos donde voces heredadas y experiencia íntima se entrelazan para pensar la memoria como materia que se amasa y deja migas —como el pan— en el cuerpo y en el tiempo.


Y el pan fue primero
(Los silencios de Amelia)

En el principio,
no hubo verbo,
sino gesto.

El pan fue primero que la palabra.
Y las manos supieron
antes que la boca.

Todo lo que nació,
nació del silencio.
Una foto,
un temblor,
una mujer buscando su nombre
en la harina del tiempo.

Y antes de Alba,
hubo una promesa:
la de sostener la memoria
aunque el mundo se partiera en dos.

Hubo olor.
Hubo tacto.
Hubo un gesto que persistió
cuando ya no quedaban palabras.

Y de esas manos, no siempre recordadas,
nació la historia.
No por lo que dijeron,
sino por lo que sostuvieron.

Porque, a veces,
el pan sabe más que quien lo amasa.


Memoria amasada

La foto en sepia

Cuánto puede caber
en una imagen detenida,
cuando el tiempo no ha deshecho
el gesto ni el temblor.

Están ahí,
plantados frente a lo que fue su pan
y su promesa:
él con la firmeza callada
de quien no baja la mirada,
ella con la ternura tensa
y un futuro entre ceja y ceja
que aún no ha nacido,
pero ya arde.

Nadie podría decir que posan.
Se sostienen,
como quien sabe que de esa imagen
penderá una genealogía,
una historia aún sin contar,
una mujer del porvenir
buscándose en los trazos
de una sonrisa antigua.

No hay polvo que borre
la dignidad de esa escena:
ni el muro carcomido,
ni el cartel torcido,
ni el eco de lo que vendría
a derrumbarlo todo.

Miro la foto
y algo de mí se alinea.
Me encuentro en su gesto
como si esa leve capa del tiempo
fuera una puerta
que sólo se abre desde adentro.


El pan que no salió

Los cuerpos que nos devuelven

Las he encontrado
en cuerpos que me sostuvieron.
Manos que me recogieron
cuando no supe cómo volver.
Miradas que me devolvieron
lo que había dejado caer.

Pero hay una que no cabe en las formas.
La que empieza donde otros terminan.
La que está.
La que sigue estando.

Habita mis días
con la naturalidad
de quien nunca se va.
Me completa sin proponérselo,
me ofrece sitio sin darse cuenta,
me acompaña sin medida.

La busco en cada cosa
que me sabe a casa.

ESTE POEMARIO PUEDE ADQUIRIRSE EN ESTE LINK: Palabras escritas en el pan, poemario, de Alejandra G. Barbón

Patria (y otros poemas)

DEL POEMARIO LOCAL DEL HOMICIDA


JOAQUÍN CABEZAS DE LEÓN (Camajuaní, Cuba, 1957) Graduado por la Universidad Marta Abreu de las Villas, de Licenciatura en Contabilidad y Finanzas. En 1992 obtuvo el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara. La Editorial Capiro de esa provincia cubana publicó en 1993 su poemario Mundos desarmables. Poemas suyos han sido publicados en revistas y sitios literarios impresos y de internet en Cuba y el extranjero. Actualmente reside en Cuba.



Patria

Es una incógnita
donde náufragos se aferran a criar escorpiones;
los cazadores perdieron sus cotos
y solo acarician historias escritas
bajo el influjo de la melancolía;
los felices en sus quimeras adolescentes
parecen mendigos consagrados al desamparo;
las novias y los travestis
consuelan turistas fugados de sus puertos.
En mi país hay repúblicas descubiertas
entre una muchacha y los rostros de la eternidad,
los carniceros esconden los cuchillos
ante los animales que desandan los corrales
y la patria da un traspié en el rostro de los bufones.
Voy a alquilar un país a los mercaderes de los bulevares,
ellos ruedan las húmedas mentiras,
inflan los precios en la inseguridad de los funcionarios
y los decretos desconciertan a los transeúntes
de vocación feminista.
Esto es también mi patria:
un trofeo o el polvo de algunas mentiras.


 
Virutas

Hay un lugar cubierto de hojarasca
donde el tiempo es una viruta disuelta en el lejano país
que entre sospecha y ruidosos desencantos
se fue convirtiendo en la muchedumbre del tabaco y ron;
tan desmemoriado que no recuerda a sus fantasmas
y a sus héroes.
¿Para qué se necesita a los héroes
si las mujeres solo miran el reloj
y las premuras del bodeguero?
Los héroes son como una carga,
una fatiga en los escombros del horizonte.
Hay un lugar cubierto de hojarasca
donde los niños dejaron de jugar,
tampoco sueñan con ser héroes,
perdieron la memoria en las capitales del mundo,
derrocharon la sonrisa en las tormentas.
Los hombres no quieren ser héroes,
es demasiado caro.
Los consumidores necesitan productos asequibles
que nada tengan que ver con los garabatos del futuro
ni con el orgullo de hacer la historia.
La historia es un payaso sereno que al final sonríe
aunque los cuervos se lleven los aplausos.
Albert Camus estornuda en esta temporada feroz,
él tampoco aspira a ser héroe:
quiere vivir en un mundo cubierto de hojarasca
y ser una simple viruta
que el agua se empeña en disolver.


El país que dibujaron de matices grises

La noche consuela a los espantapájaros
en el vórtice de las siempre magras cosechas,
el cielo no sostiene el miedo del niño
y el silencio condena cualquier codicia de hablar
con una estrella,
una mínima estrella de la edad del bronce,
una mínima estrella que no admite la mirada de los héroes
ni la soberbia de quien se cree Dios
cuando es un simple mortal cargado de soledad.

Al país o lo que fue,
lo dibujaron de matices grises,
tristes colores que castigan la pupila de los niños;
después comienza a confundirse
con toda la soledad y la multitud de fanáticos
que sueñan con la lluvia,
que sueñan no tener sueño
y comienzan a dialogar con su sombra,
con la nada y sus vestidos de domingo,
con la despiadada y cruel derrota
y los insectos que devoran flores.

Mi país,
esa geografía tímida que todavía nos pertenece
a pesar de los huecos negros de la historia;
esa pancarta que acariciamos cuando niños
y se convirtió en un bostezo,
una herida,
el dolor común de la gloria inhabitable y fría;
ese país que consuelo cada mañana al despertar
y a veces se  pierde entre mis miedos y las dudas.


ESTE POEMARIO PUEDE ADQUIRIRSE EN ESTE LINK: Local del homicida, poemario, de Joaquín Cabezas de León

Poesía cristiana cubana

DEL POEMARIO PALABRAS QUE ADORAN


«Poesía ésta cargada de la sinceridad y la humildad de quienes reconocen que Dios es quien rige sus vidas, el que ha escrito ya sus destinos, el que los ha sacado enriquecidos de los más desalentadores desiertos, el que pese a todos los retos que como humanos estamos llamados a vencer va a nuestro lado, casi siempre en silencio, sin alardes, sabiéndose vencedor de todas las batallas, y solo basta mirar con fe para saber que está ahí y recibir su abrazo cálido y su paz inexplicable.

Hay en estos poemas, además, esas preguntas que solo pueden lanzar quienes reconocen su insignificancia, quienes han aprendido y están dispuestos a no olvidar los comportamientos humanos que aborrece Dios: “Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6, 17-19), pero además quienes son capaces de entender que los talentos que poseen −en este caso el don de la poesía− se deben única y exclusivamente a la misericordia de Dios y a Su propósito de que “en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor (Filipenses, 2:10-11).

Estoy seguro de que esta andadura literaria, este hermoso proyecto de alabar a Dios desde la poesía, emprendido hace ya un tiempo por Arletty Romero Lafargue y Onel Pérez Izaguirre y que aglutina a otros 15 autores, llegará a muchos corazones que esperan entre las sombras que habitan este mundo. Los aquí reunidos, a través de estos poemas, cumplen su misión de poner delante de los ojos de todos a ese Señor y Salvador que promete que, como leemos en Romanos 10:11-15, “Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (…) porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!”.

AMIR VALLE


Alberto Garrido
Santiago de Cuba (1966)

Narrador, poeta, profesor y ensayista. Tiene más de veinte libros publicados. Entre sus premios internacionales destacan el Casa de las Américas con El muro de las lamentaciones (cuentos) y el Casa de Teatro con El círculo de los infieles (novela), La noche en la pared (cuento) y La hora de despertarnos juntos (poesía). Ganador del concurso La Gaceta de Cuba, el premio más importante que se le otorga a un cuento en Cuba. Premio de novela erótica La llama doble y Premio de la Crítica a los diez mejores libros publicados con La leve gracia de los desnudos. Recientemente publicó su antología personal de cuentos Gritos y susurros y su poesía esencial en el volumen Pan sobre las aguas. Reside en República Dominicana, donde dirige el departamento de Letras en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. En Ilíada Ediciones ha publicado todos sus libros de tema cristiano.


Logos

En soledad con Dios la vida escribo
los oficios del hombre
y sus desiertos
la piedra memorable de los muertos
el corazón de un salmo
y lo que vivo.
De un viernes tan humano
ya cautivo
donde testamentar mis heredades.
Con Dios en soledad
y mis verdades
una mujer
mi justo tiempo humano
y la humilde intemperie de un hermano
y dos hijos
dos patrias
dos ciudades.

En soledad con Dios
por el espejo
oscuro como befa de un escriba
la muerte nos golpea tan arriba
que sorbemos
debajo
su reflejo.

Mas guardo una palabra
y la entretejo como un pastor callado
hasta que encienda.
Una sola palabra     tibia venda
la del único Verbo
que me nombra
así la soledad pierde su sombra
y Dios me da su voz
para que entienda.


Frank Castell
Las Tunas, Cuba (1976)

Licenciado en Español y Literatura. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Tiene publicados los libros El suave ruido de las sombras (Poesía, Editorial Sanlope, 2000), Confesiones a la eternidad (Poesía, Editorial Sanlope, 2002), Corazón de Barco (Poesía, Letras Cubanas, 2006), Final del Día (Poesía, Editorial Sanlope, 2012), Salmos oscuros (Poesía, Editorial Oriente, 2013), Fragmentos de Isla (Poesía, Letras Cubanas, 2015), El solitario oficio de la resistencia (Poesía, Valparaíso Ediciones, España, 2018), Como un país desierto (Poesía, Huerga Fierro Editores, España, 2019), La maquinaria (Novela, Ilíada Ediciones, Alemania, 2020), Redentor (Poesía, Ilíada Ediciones, Alemania, 2023), Paisaje humano (Ediciones Médanos, USA, 2024), El horizonte blanco de la bestia (Novela, Editorial Primigenios, USA, 2025) y Redeemer (Poesía, Ilíada Ediciones, Alemania, 2025).


Redentor

Eres el canto,
la empuñadura de mi espada,
juicio y sostén de mi familia.
De ti brota el aliento,
la luz y la gloria,
las cumbres perfectas,
el pan, el vino, el fuego
en noches que se inclinan.
Estás sobre las aves,
las mentes y los salmos,
sobre la mansedumbre de los redimidos
y las palabras que surcan
los sueños del mar.
Oh, Señor,
eres mi fortaleza
cuando la soledad hiere mi rostro.   
Eres el tiempo inevitable sobre el mundo.


Arletty Romero Lafargue
Guantánamo (1990)

Licenciada en Estudios Socioculturales. Diplomada en Periodismo. Miembro de la AHS. Graduada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, 2013. Coordinadora del Proyecto Literario Grafomanía. Presentadora de Televisión. Poemas suyos aparecen publicados en diferentes antologías poéticas: El Mundo Lleva Alas, Ed. Voces de Hoy, Miami, Florida, Estados Unidos, 2017; Extremo Oriental, poetas guantanameros del Nuevo siglo, Ed. El Mar y la Montana 2018; Poetas cubanos ante la Palma Real, Ed. El Mar y la Montaña 2020; Antología Pequoud, Ediciones Callejas y Reina del Mar 2023; en la revista El Caimán Barbudo, Sección Por primera vez; la Revista digital Calle B; revista digital Alma Mater; revista Umbral, No. 85 ene-mar 2023. Incluida en el Plaquette De vals a rock y viceversa, selección de autores del Proyecto Grafomanía, diciembre, 2015. Incluida en el Audiolibro Fragmentos de Luz, coproducido por CMKC Radio Revolución y CMKS Radio Guantánamo, 2023. 


I.

Sabes de las heridas
que he sufrido sin merecerlo,
sabes de mis pecados
y la necedad de ignorarlos,
como el ciervo sediento en el desierto, 
clamo a ti entre el polvo y el silencio. 
Eres Bálsamo de Galaad 
que fluye sobre mi piel quebrantada, 
Padre que corre hacia el hijo herido, 
mientras yo, frágil,
apenas doy el primer paso. 

II.

No soy la mujer justa que alza manos puras, 
ni el olivo verde junto al templo. 
Soy barro quebrado, 
arena que se escapa entre tus dedos, 
y aun así me levantas. 
Temo el trueno de tu voz, 
la hoz que separa el trigo de la paja, 
y sin embargo, 
—como el hijo que huye y olvida el pan— 
me aparto. 
Y aun así me das la fuerza
para apoyarme en ti,
como el junco que se mece en el río, 
sin romperse,
porque en la corriente 
sostiene tu mano lo que el mundo ve frágil. 

III.

Tú luchas
donde yo ya no tengo fuerzas, 
como David ante Goliat,
pequeño pero tuyo; 
mi enfermedad
es el valle de sombras, 
pero Tú eres el fuego
en la hoguera de Elias,
que no se apaga,
aunque el cuerpo desfallezca. 
Amén.
Porque aunque hoy
sea el surco estrecho, 
la semilla que cae en tierra buena 
—aun entre espinas—
florecerá en tu tiempo. 
Y mi fe,
débil como lágila de mostaza, 
será montaña movida por tu voz. 


Ania Lias González
Nuevitas, Camaguey  (1978)

Licenciada en Biología por la Universidad de Oriente. Licenciada en Estudios Bíblicos por Global University. Cursa la Maestría en Estudios Teológicos por la Universidad Teológica de Texas. Graduada del Centro de Formación literaria Onelio Jorge Cardoso, en Técnicas narrativas y en Literatura de ciencia ficción. Es Premio Internacional de Relato Cristiano 2017. Su relato histórico “El altar de Dionisio” fue publicado en un volumen homónimo por Christian Editing. Obtuvo mención de cuento y poesía en el concurso Oscar Hurtado 2021, obras publicadas en la enzine Korad número 40. Su cuento “Nervadura” forma parte de la antología de narrativa cubana Nos que ficamos en Brasil (Livraria Nobel, 2001). Su novela fantástica Antes de las aguas se encuentra en Amazon. Tiene gran parte de su obra aun inédita (poemarios, libros de cuentos y novelas).


Presencia

Como se mira a un niño dormir
deshojaste misterios sobre mí.

Te avisté algunas veces, en tu huida
si despertaba a medias.
Latigazo de aromas, llovizna
huella fresca.
Fuiste un hilo
dorado en los asombros
en la causalidad de los aconteceres
en la encubierta faz de los propósitos.

Te sentí en esas formas
del tiempo entre mis dedos, como un vórtice.
Yo sorbía el universo con los párpados
como embudo sensible
y acaparé las horas, los anhelos, el miedo
la punzada perpetua de vivir.
Tú latías entonces a ese ritmo
de la misma punzada
tras los astros
los párpados, el tiempo.

Te entreví de soslayo
en la espesura
al filo de una daga de preguntas
como una herida lúcida
anónima.

Y me atrapaste al fin
con esas cuerdas de tus ojos
que llaman de amor.

Ahora Tu Nombre es pronunciable
lo convoco
asciende o se sumerge
a muy bajo volumen
o a toda voz.

Sigues siendo mi asombro
misterio, dador
centinela en la noche del mundo.
Yo te persigo más.
Deseo que me atrapes
otra vez.

Despertar
del todo
es mi sueño.


Onel Pérez Izaguirre
Baire, Santiago de Cuba (1988)

Poeta. Miembro de la Asociación Hermanos Saiz y del Grupo Literario Café Bonaparte. Premio Poesía de Primavera en el 2017 en Ciego de Ávila con el libro Fosa común. Mención en el Hermanos Loynaz. Premio Calendario de Poesía en el año 2023 con el libro Cables de alta tensión.


I

Abro mis ojos. No puedo respirar ente tanta manigua y sal. Escapo de mí.
La cruz seduce, inquieta. El dolor me señala el camino para Aquel que forma todas las cosas. No puedo estar en pie, aun así, veo en el cielo esas preguntas que a veces desconozco.

II

Una alabanza es como un cuchillo en la oscuridad que se esconde detrás del muro.
Un poema, un hacha contra el yo. Un trazo del Ángel para descansar en la Roca que no termina. Una oración para no morir en el tedio y alzar de nuevo el vuelo hacia la estrella infinita.

III

Pienso otra fuga, otro paisaje roto. Pero sigo frente a la Roca en busca de un silencio para respirar.
El Ángel viene y siento como la luz me traspasa. La Roca Antigua sigue firme, me apoyo en ella y cobro aliento.


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Última estancia (y otros poemas)

DEL POEMARIO SALÓN DEL REINO


RAFAEL VILCHES PROENZA (Cuba, 1965) Licenciado en Educación Artística en Artes Plásticas. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Premio Nacional de Poesía Manuel Navarro Luna, 2004 y 2010 con los libros El único hombre, poesía, Ediciones Orto,  2005 y País de fondo, poesía, Orto, 2011. Premio Nacional de Poesía De la Ciudad, 2005 con Trazado en el polvo, poesía, Ediciones Holguín, 2006. Premio Nacional de Poesía La Enorme Hoguera, 2006 con A ambos lados la sombra, inédito. Premio Nacional de Poesía, Centenario de Emilio Ballagas, UNEAC, 2008 con Tiro de Gracia, Ediciones Holguín, 2010. Mención Nósside Caribe, Italia, 2005. Mención  Poesía UNEAC Julián del Casal, 2007 con Erial de Dios, inédito. Otros libros publicados: Ángeles Desamparados, novela, Ediciones Bayamo, 2001. Dura silueta, La Luna, poesía, Ediciones Bayamo, 2003. Textos  suyos se han publicado en España, Italia, New Zealand, Alemania, Puerto Rico, México, Honduras, Brasil, Chile, Canadá  y EEUU.


Última estancia

Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Anne Sexton

Padre: ojos y huesos
pudren la espera, las arenas
de bahía de cochinos.

Horas eco, nefasta primavera.
1959
1961
Apostabas por un puñado de sol,
te segaron la utopía de abandonar el túnel
y respirar azul.

Padre, tus días son
arenas de aquella playa confusa,
policromadas banderitas deshechas,
engaño a los cuatro vientos.
Ciénaga en rojo,
seres anónimos, anodinos.
umbrío campo,
teatro de operaciones.

Mar: los difuntos reposan.
de un lado y otro, incertidumbre.
Segadas voces no asumen el suceso;
miedo, ejército amedrentado,
dislexia.

Divagas, entonas
una marcha sin júbilo,
empuñas áridas antorchas.


Su luz
en tus ojos
se extingue.


Máscara (uno)

María, quise amoldarme a ti
y echaron sal en la herida.

Fue Dios.

Mayo o diciembre. Estoy
en el lobby de tu corazón.

Te veo entrar con la mujer-hombre.
Dudo.
(Un escalofrío me atraviesa).

Sonríes. No sabes las máscaras
de la muchacha que observa
con ojos de varón,
(lobo que a su pecho devora).

Hago el tonto en la mesa del café.
Ofrezco mi torpeza. Hablas
de gatos astrológicos, marcas de vida
como quien enumera estrellas
en el cielo de la alcoba.
(Abruma el gardeo de la mujer
con antifaz de hombre).

Asisto al asecho de la chica leopardo.
Angustia el reposo en tu mirada.
El agua serena tu risa cuando se detiene
a especularse en mis ojos.
Celebro tu voz, tu inocencia.
Palpas el vacío, la redondez del desamparo
en las yemas de mis dedos,
el aroma del café
y el patio familiar.

Tu alma entona la ciudad para que mis días
canten un himno en la plaza de la patria.
Redobla tu risa
instantánea al amparo de las campanas
en la catedral de San Salvador.

Tu mano en mi mano es fuego íntimo.
La misa de mañana arropa en mis oídos
alusiones entroncadas.
Eres rosa de mayo que bajo la lluvia aguarda
por el tiempo justo,
Yo, puente
que te resistes
a cruzar.
Allende recuento a flor de agua tus días,
tus pasos por los adoquines
contemplando la ciudad.

Reconstruirse piedra
a piedra.

Canto a la ventana, a Luz Vázquez.
Doy mi pan, mi vino, mi costilla.
Sostengo la mirada de tus labios,
rezo el frágil amanecer
del ensueño en los vitrales.
Hilvanas De profundis,
cárcel de reading.

La herida de poeta en mi pecho
irriga este silencio,
máscara que traviste
tras el dolor, el miedo.
Y yo solo canto para sostener
tu presencia única,
irreal e irreverente.

Contigo no estoy solo.
Mi vida sale del pozo con la remembranza
de quien se reconoce
y asiste a su café.

Te alejo de la mujer con ojos de acero.

Bebamos néctar,
no nos dejemos confundir
por quien trastoca nuestra identidad.


Deja cantar al reloj

Si te vas,
si me quedo,
no digas nada,
nada,
nada.

¿Quién ha de contar las espigas del trigo?
¿Quién te asiste y comulga en tu costilla?
¿Quién, con mis sueños, ve el advenimiento de los hijos?
¿Quién arropa tus pies si el áspero frío muerde tu casa?
¿Quién escribe tu nombre en los muros de la isla
y deshace la soledad?
¿Quién, en tus noches, enciende las velas?
¿Quién te mira el sueño sin el cansancio de las horas vivas?
¿Quién amansa en tu corazón la jauría que acecha?
¿Quién se despierta y te llama patria, muchachita mía?


Máscara (diez)

Inferno.
¿Cómo saco el corazón de las brasas, si te alejas?

Canta como si no pasara nada. Limpiemos la sangre y el agua que flota
en las burbujas del pez.
No dejes que mi llanto acuda
o se fatigue la espléndida risa de tus labios. Recojamos juntos
los frutos de estación para escribir con su pulpa toda el agua del río en la piedra.

Ya pienso en tu ausencia, en estas calles sin ti.
Me remuerde el perfume de la luz solar, los astros, los días…
Duele como nunca, salen de mí hacia la soledad.

Tomemos una última taza de té con secreto aroma. Deja que gaste la
ternura de tus pechos, el polen de tu selva se esparce en el bosque mío.
Lengua mía, no escuches graznar la noche.
Bajo el sol me abochorno, y me hundo en la orilla fangosa del Cauto.


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