La enseñanza en Cuba: del civismo al mito

PRÓLOGO AL LIBRO CUBA: POLÍTICA Y SOCIEDAD. LA OTRA CARA DE LA ENSEÑANZA


Lecciones de un fracaso ideológico.

El civismo, la ética, la decencia, la cultura como alimento del crecimiento individual del ciudadano son visibles agujeros negros en la sociedad cubana actual. Es el resultado de sucesivas sustracciones, desviaciones y manipulaciones ideológicas de todos y cada uno de los elementos que, dentro del entramado social de la nación que encontró la Revolución Cubana en 1959, habían configurado durante cuatro siglos ese singular comportamiento social y espiritual que colocaba a la pequeña isla de Cuba, y a los cubanos, como una de las naciones y una de las poblaciones más adelantadas de América Latina y el mundo occidental en aspectos tan esenciales como el humanismo en tanto motor de la búsqueda constante de las libertades, la pluralidad de expresiones de esas libertades y la generación de un pensamiento social que se diversificaba en todos los ámbitos de la sociedad adecuándose al movimiento de la historia nacional, regional y universal.

La primera virtud de este libro es, entonces, mostrar muy nítidamente las muchas y múltiples luces de ese desarrollo social, así como del surgimiento y fortalecimiento del espíritu de nacionalidad, poniendo el foco en la responsabilidad que tuvo en esos ascensos continuados el universo vital de la enseñanza: desde la evangelización como herramienta “educacional” para el forzado adoctrinamiento religioso durante la conquista, la creación posterior de instituciones que resultaron hitos de la enseñanza en todo el imperio español, la impronta de la concepción educacional cristiana (básicamente católica, pero no la única) en la consolidación de los valores cívicos, éticos y morales de la población y de la sociedad, hasta ese amplísimo abanico de modalidades educativas que coexistieron en la Cuba plural de las décadas del 40 y el 50, y que fueron eliminadas de raíz después de 1959 para arraigar en toda la isla el monopolio que necesitaba ese otro forzado adoctrinamiento, esta vez ideológico, que implementó la triunfante Revolución.

Otro aspecto a destacar en esta obra es el esclarecimiento, mediante certeros análisis historiográficos y sociológicos, de una de las más dañinas acciones del proyecto social instaurado por Fidel Castro: las estrategias desestructuradoras esgrimidas por la nueva doctrina educacional “revolucionaria” (manipulación, deformación, segmentación y denigración mediante) para minimizar, encauzar en los “nuevos aires” y poder utilizar a conveniencia de la política el sólido aporte de figuras imborrables de la historia nacional a la cultura, la nación y la sociedad cubanas.

Y, reforzando lo anterior a través de lo que podríamos llamar “estudios de casos”, una zambullida reflexiva al daño antropológico que generaron las sucesivas, arbitrarias y monopólicas reformas, leyes, campañas (regidas en lo esencial por lo caprichos o invenciones, absolutamente unipersonales, del Máximo Líder) que pretendían concebir un modelo único (nacional y exportable) para facilitar el trabajo de control de los ciudadanos y condicionar la existencia y los credos de la población a la existencia misma de la Revolución, el Partido  y el Estado, maquiavélica deformación del orden natural de todas las instituciones y estructuras educacionales y/o generadoras del pensamiento social que finalmente, por solo poner un ejemplo importante en los tiempos que corren, consiguió que la inmensa mayoría del pueblo desconozca algo tan elemental como el derecho a tener derechos y el derecho a exigir el respeto a esos derechos.

Desfila por estas páginas el legado que al corpus de la enseñanza entregaron dominicos, franciscanos y jesuitas o el mando eclesiástico, escritores como Silvestre de Balboa (autor de la que se considera la primera obra literaria escrita en suelo cubano: el poema épico-histórico Espejo de paciencia) o Domingo del Monte y José Martí, y pensadores e intelectuales como Félix Varela, José de la Luz y Caballero, Tomás Romay, Felipe Poey e Ignacio Agramonte, entre otros. Y nos sumergimos en las vastas huellas de instituciones que lograron marcar la historia de la educación en lengua castellana, tales como el Seminario de San Carlos y San Ambrosio o la Sociedad Económica de Amigos del País que, si bien no puede ser considerada una institución docente, sí fue piedra angular de la modernización de la enseñanza en la isla.

Y al mismo tiempo (en el capítulo dedicado al Totalitarismo o lo que es igual, al período “revolucionario”, según la historiografía oficial) se propone un recorrido por esa suerte de traspiés continuados en el terreno de la enseñanza, que se fueron tejiendo mediante improvisaciones forzadas del Máximo Líder y sus comisarios políticos, y con un único basamento: la defensa de la ideología elegida por ese líder para el concepto de gobierno personalista y totalitario que le impuso al país, tanto a sus enemigos como a sus amigos y fieles seguidores: el castrismo.

Esa, la imposición del castrismo y las secuelas que provocó en el cuerpo debilitado de una nación y una isla que comenzó a manejar a su antojo quien poco después concentraría todo el poder en un cargo, Comandante en Jefe, sí podría ser considerado el único producto real de esa maquinaria gubernamental ineficaz y absurda que según el artículo 38 de la Constitución de la República de Cuba, de 1976, aprobada tras el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba de 1975, estipulaba que “la política educativa y cultural se atiene a la concepción científica del mundo establecida y desarrollada por el marxismo-leninismo; la enseñanza como función del Estado, dirigida a la formación comunista de las nuevas generaciones”. Insistencia todavía más irracional en tanto ocurría cuando el liderazgo revolucionario se enfrentaba al fracaso de su intento original –y centralizado en los primeros años de la Revolución– de formar al “Hombre Nuevo”, una criatura idílicamente perfecta que, en la práctica, debería catalogarse como anomalía: ese cubano mayoritariamente iletrado o de cultura general superficial, mal hablado, sin ética, carente de la más mínima cuota de civismo, practicante natural de la doble moral y el doble discurso, y acostumbrado al parasitismo personal, ciudadano y social.

La minimización centralizada y estatalizada “revolucionaria” de la amplísima gama de ideas sobre la enseñanza que en épocas precedentes a la Revolución se imbricaron para la configuración del pensamiento social de la nación seleccionó y estableció dos claros paradigmas que, en opinión de los metodólogos fieles al castrismo, interactuaban y serían las vías más expeditas de alcanzar los objetivos de un ciudadano integral revolucionario. Dos modélicos personajes de la historia: José Martí y su ideario político que se constituyó en la voz que llegaba al presente desde un pasado glorioso, y Fidel Castro, el Moisés iluminado que conduciría al pueblo hacia la tierra prometida: el paraíso socialista como antesala del Reino Eterno de la Perfección, el comunismo. El anterior matiz paródico cristiano no está utilizado aquí por azar: la concepción de esa nueva política educacional y cultural de la Revolución apelaba también al espíritu mítico que gravitaba sobre ese hombre imperfecto y genial de carne y hueso que, sin embargo, llegó a tildarse de “Apóstol”, José Martí, y sobre ese Doctor Castro que bajó de la Sierra Maestra y fue recibido por buena parte de los cubanos como un esperado Mesías –paradójica adoración que la inteligencia astuta y retorcida de Fidel Castro aprovecharía inicialmente para concentrar todo el poder en sus manos, y que finalmente asumió hasta en sus comportamientos más íntimos, llegando a creerse un genuino Salvador de Cuba y de los cubanos.

Debería estudiarse el preocupante fenómeno de que, junto a esta simplificación histórica oportunista de la multiplicidad y pluralidad de conceptos e ideas sobre la enseñanza y los mecanismos de implementarla en la sociedad, uno de los objetivos esenciales del monopolio sobre la educación logrado mediante este proceso de utilizar del legado educacional cubano sólo lo conveniente a la lucha ideológica, fue la posibilidad de exportar el modelo, estableciendo para ello una red de proselitismo intelectual que se movía en los territorios de la cultura, la educación y el universo académico, en principio, en América Latina y, por extensión, en países del Tercer Mundo en África y algunas naciones del Medio Oriente y Asia. El flagelo contaminador, es un hecho, se cimentó y corrió sobre los rieles bien aceitados de la propaganda externa de la Revolución, que se deslizó con éxito hasta la caída del campo socialista pues unificaba el supuesto criterio humanista de formación de ciudadanos pensantes con el antimperialismo y antinorteamericanismo –proyecciones típicas de las naciones latinoamericanas–, y la convicción de la izquierda internacional (protagonista en el mundo de la enseñanza) de que el proyecto cubano que Fidel Castro encabezaba era la encarnación máxima de la lucha por un mundo mejor y, más que nada, libre de la voracidad capitalista e imperialista.

El rescate de la memoria histórica cubana en el terreno de la pedagogía es, finalmente, otra de las virtudes de este libro al resumir no solo las contribuciones personales de las más reconocidas figuras del pensamiento en Cuba vinculadas a la enseñanza: José Agustín Caballero, Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Enrique José Varona y José Martí, cuya impronta no ha podido ser negada por la historiografía oficialista –aunque sí ha sido manipulada, descontextualizada y tergiversada a favor de un claro propósito: reforzar la ideología y la concepción educacional y de generación de pensamiento social de los estrategas de la Revolución–, junto a figuras menos conocidas como Antonio Bachiller y Morales, Esteban Borrero, María Luisa Dolz y Arango, Ramiro Guerra, y otros todavía menos analizados en los estudios sobre el tema en Cuba. 

Un libro este, en resumen, necesario. Una mirada unificadora que busca, más que analizar, decodificar las aviesas estrategias de los ideólogos del castrismo, y las adquisiciones y aportaciones que a esa manipulación social han hecho, y todavía hoy hacen, los intelectuales y pedagogos vinculados a la enseñanza en la isla, América Latina y el resto del mundo.   

Amir Valle, Berlín y marzo de 2024


PUEDE DESCARGAR GRATUITAMENTE ESTE LIBRO EN ESTE LINK: Programa Cuba – Universidad Sergio Arboleda – Colombia

Y el pan fue primero (y otros poemas)

DEL POEMARIO Palabras escritas en el pan


ALEJANDRA G. BARBÓN (La Habana, Cuba, 1979) Es escritora e investigadora. Reside en Miami, donde trabaja como profesora y bibliotecaria especializada en colecciones patrimoniales, archivo y libros raros. Su escritura se sitúa entre poesía, narrativa y ensayo, y explora la memoria, el exilio, la herencia afectiva y el cuerpo como archivo vivo. Desde una atención a lo mínimo —gestos, manos y silencios— su poética indaga en lo que persiste más allá del relato lineal. Palabras escritas en el pan se articula como un libro de fragmentos donde voces heredadas y experiencia íntima se entrelazan para pensar la memoria como materia que se amasa y deja migas —como el pan— en el cuerpo y en el tiempo.


Y el pan fue primero
(Los silencios de Amelia)

En el principio,
no hubo verbo,
sino gesto.

El pan fue primero que la palabra.
Y las manos supieron
antes que la boca.

Todo lo que nació,
nació del silencio.
Una foto,
un temblor,
una mujer buscando su nombre
en la harina del tiempo.

Y antes de Alba,
hubo una promesa:
la de sostener la memoria
aunque el mundo se partiera en dos.

Hubo olor.
Hubo tacto.
Hubo un gesto que persistió
cuando ya no quedaban palabras.

Y de esas manos, no siempre recordadas,
nació la historia.
No por lo que dijeron,
sino por lo que sostuvieron.

Porque, a veces,
el pan sabe más que quien lo amasa.


Memoria amasada

La foto en sepia

Cuánto puede caber
en una imagen detenida,
cuando el tiempo no ha deshecho
el gesto ni el temblor.

Están ahí,
plantados frente a lo que fue su pan
y su promesa:
él con la firmeza callada
de quien no baja la mirada,
ella con la ternura tensa
y un futuro entre ceja y ceja
que aún no ha nacido,
pero ya arde.

Nadie podría decir que posan.
Se sostienen,
como quien sabe que de esa imagen
penderá una genealogía,
una historia aún sin contar,
una mujer del porvenir
buscándose en los trazos
de una sonrisa antigua.

No hay polvo que borre
la dignidad de esa escena:
ni el muro carcomido,
ni el cartel torcido,
ni el eco de lo que vendría
a derrumbarlo todo.

Miro la foto
y algo de mí se alinea.
Me encuentro en su gesto
como si esa leve capa del tiempo
fuera una puerta
que sólo se abre desde adentro.


El pan que no salió

Los cuerpos que nos devuelven

Las he encontrado
en cuerpos que me sostuvieron.
Manos que me recogieron
cuando no supe cómo volver.
Miradas que me devolvieron
lo que había dejado caer.

Pero hay una que no cabe en las formas.
La que empieza donde otros terminan.
La que está.
La que sigue estando.

Habita mis días
con la naturalidad
de quien nunca se va.
Me completa sin proponérselo,
me ofrece sitio sin darse cuenta,
me acompaña sin medida.

La busco en cada cosa
que me sabe a casa.

ESTE POEMARIO PUEDE ADQUIRIRSE EN ESTE LINK: Palabras escritas en el pan, poemario, de Alejandra G. Barbón

Patria (y otros poemas)

DEL POEMARIO LOCAL DEL HOMICIDA


JOAQUÍN CABEZAS DE LEÓN (Camajuaní, Cuba, 1957) Graduado por la Universidad Marta Abreu de las Villas, de Licenciatura en Contabilidad y Finanzas. En 1992 obtuvo el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara. La Editorial Capiro de esa provincia cubana publicó en 1993 su poemario Mundos desarmables. Poemas suyos han sido publicados en revistas y sitios literarios impresos y de internet en Cuba y el extranjero. Actualmente reside en Cuba.



Patria

Es una incógnita
donde náufragos se aferran a criar escorpiones;
los cazadores perdieron sus cotos
y solo acarician historias escritas
bajo el influjo de la melancolía;
los felices en sus quimeras adolescentes
parecen mendigos consagrados al desamparo;
las novias y los travestis
consuelan turistas fugados de sus puertos.
En mi país hay repúblicas descubiertas
entre una muchacha y los rostros de la eternidad,
los carniceros esconden los cuchillos
ante los animales que desandan los corrales
y la patria da un traspié en el rostro de los bufones.
Voy a alquilar un país a los mercaderes de los bulevares,
ellos ruedan las húmedas mentiras,
inflan los precios en la inseguridad de los funcionarios
y los decretos desconciertan a los transeúntes
de vocación feminista.
Esto es también mi patria:
un trofeo o el polvo de algunas mentiras.


 
Virutas

Hay un lugar cubierto de hojarasca
donde el tiempo es una viruta disuelta en el lejano país
que entre sospecha y ruidosos desencantos
se fue convirtiendo en la muchedumbre del tabaco y ron;
tan desmemoriado que no recuerda a sus fantasmas
y a sus héroes.
¿Para qué se necesita a los héroes
si las mujeres solo miran el reloj
y las premuras del bodeguero?
Los héroes son como una carga,
una fatiga en los escombros del horizonte.
Hay un lugar cubierto de hojarasca
donde los niños dejaron de jugar,
tampoco sueñan con ser héroes,
perdieron la memoria en las capitales del mundo,
derrocharon la sonrisa en las tormentas.
Los hombres no quieren ser héroes,
es demasiado caro.
Los consumidores necesitan productos asequibles
que nada tengan que ver con los garabatos del futuro
ni con el orgullo de hacer la historia.
La historia es un payaso sereno que al final sonríe
aunque los cuervos se lleven los aplausos.
Albert Camus estornuda en esta temporada feroz,
él tampoco aspira a ser héroe:
quiere vivir en un mundo cubierto de hojarasca
y ser una simple viruta
que el agua se empeña en disolver.


El país que dibujaron de matices grises

La noche consuela a los espantapájaros
en el vórtice de las siempre magras cosechas,
el cielo no sostiene el miedo del niño
y el silencio condena cualquier codicia de hablar
con una estrella,
una mínima estrella de la edad del bronce,
una mínima estrella que no admite la mirada de los héroes
ni la soberbia de quien se cree Dios
cuando es un simple mortal cargado de soledad.

Al país o lo que fue,
lo dibujaron de matices grises,
tristes colores que castigan la pupila de los niños;
después comienza a confundirse
con toda la soledad y la multitud de fanáticos
que sueñan con la lluvia,
que sueñan no tener sueño
y comienzan a dialogar con su sombra,
con la nada y sus vestidos de domingo,
con la despiadada y cruel derrota
y los insectos que devoran flores.

Mi país,
esa geografía tímida que todavía nos pertenece
a pesar de los huecos negros de la historia;
esa pancarta que acariciamos cuando niños
y se convirtió en un bostezo,
una herida,
el dolor común de la gloria inhabitable y fría;
ese país que consuelo cada mañana al despertar
y a veces se  pierde entre mis miedos y las dudas.


ESTE POEMARIO PUEDE ADQUIRIRSE EN ESTE LINK: Local del homicida, poemario, de Joaquín Cabezas de León

Poesía cristiana cubana

DEL POEMARIO PALABRAS QUE ADORAN


«Poesía ésta cargada de la sinceridad y la humildad de quienes reconocen que Dios es quien rige sus vidas, el que ha escrito ya sus destinos, el que los ha sacado enriquecidos de los más desalentadores desiertos, el que pese a todos los retos que como humanos estamos llamados a vencer va a nuestro lado, casi siempre en silencio, sin alardes, sabiéndose vencedor de todas las batallas, y solo basta mirar con fe para saber que está ahí y recibir su abrazo cálido y su paz inexplicable.

Hay en estos poemas, además, esas preguntas que solo pueden lanzar quienes reconocen su insignificancia, quienes han aprendido y están dispuestos a no olvidar los comportamientos humanos que aborrece Dios: “Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6, 17-19), pero además quienes son capaces de entender que los talentos que poseen −en este caso el don de la poesía− se deben única y exclusivamente a la misericordia de Dios y a Su propósito de que “en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor (Filipenses, 2:10-11).

Estoy seguro de que esta andadura literaria, este hermoso proyecto de alabar a Dios desde la poesía, emprendido hace ya un tiempo por Arletty Romero Lafargue y Onel Pérez Izaguirre y que aglutina a otros 15 autores, llegará a muchos corazones que esperan entre las sombras que habitan este mundo. Los aquí reunidos, a través de estos poemas, cumplen su misión de poner delante de los ojos de todos a ese Señor y Salvador que promete que, como leemos en Romanos 10:11-15, “Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (…) porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!”.

AMIR VALLE


Alberto Garrido
Santiago de Cuba (1966)

Narrador, poeta, profesor y ensayista. Tiene más de veinte libros publicados. Entre sus premios internacionales destacan el Casa de las Américas con El muro de las lamentaciones (cuentos) y el Casa de Teatro con El círculo de los infieles (novela), La noche en la pared (cuento) y La hora de despertarnos juntos (poesía). Ganador del concurso La Gaceta de Cuba, el premio más importante que se le otorga a un cuento en Cuba. Premio de novela erótica La llama doble y Premio de la Crítica a los diez mejores libros publicados con La leve gracia de los desnudos. Recientemente publicó su antología personal de cuentos Gritos y susurros y su poesía esencial en el volumen Pan sobre las aguas. Reside en República Dominicana, donde dirige el departamento de Letras en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. En Ilíada Ediciones ha publicado todos sus libros de tema cristiano.


Logos

En soledad con Dios la vida escribo
los oficios del hombre
y sus desiertos
la piedra memorable de los muertos
el corazón de un salmo
y lo que vivo.
De un viernes tan humano
ya cautivo
donde testamentar mis heredades.
Con Dios en soledad
y mis verdades
una mujer
mi justo tiempo humano
y la humilde intemperie de un hermano
y dos hijos
dos patrias
dos ciudades.

En soledad con Dios
por el espejo
oscuro como befa de un escriba
la muerte nos golpea tan arriba
que sorbemos
debajo
su reflejo.

Mas guardo una palabra
y la entretejo como un pastor callado
hasta que encienda.
Una sola palabra     tibia venda
la del único Verbo
que me nombra
así la soledad pierde su sombra
y Dios me da su voz
para que entienda.


Frank Castell
Las Tunas, Cuba (1976)

Licenciado en Español y Literatura. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Tiene publicados los libros El suave ruido de las sombras (Poesía, Editorial Sanlope, 2000), Confesiones a la eternidad (Poesía, Editorial Sanlope, 2002), Corazón de Barco (Poesía, Letras Cubanas, 2006), Final del Día (Poesía, Editorial Sanlope, 2012), Salmos oscuros (Poesía, Editorial Oriente, 2013), Fragmentos de Isla (Poesía, Letras Cubanas, 2015), El solitario oficio de la resistencia (Poesía, Valparaíso Ediciones, España, 2018), Como un país desierto (Poesía, Huerga Fierro Editores, España, 2019), La maquinaria (Novela, Ilíada Ediciones, Alemania, 2020), Redentor (Poesía, Ilíada Ediciones, Alemania, 2023), Paisaje humano (Ediciones Médanos, USA, 2024), El horizonte blanco de la bestia (Novela, Editorial Primigenios, USA, 2025) y Redeemer (Poesía, Ilíada Ediciones, Alemania, 2025).


Redentor

Eres el canto,
la empuñadura de mi espada,
juicio y sostén de mi familia.
De ti brota el aliento,
la luz y la gloria,
las cumbres perfectas,
el pan, el vino, el fuego
en noches que se inclinan.
Estás sobre las aves,
las mentes y los salmos,
sobre la mansedumbre de los redimidos
y las palabras que surcan
los sueños del mar.
Oh, Señor,
eres mi fortaleza
cuando la soledad hiere mi rostro.   
Eres el tiempo inevitable sobre el mundo.


Arletty Romero Lafargue
Guantánamo (1990)

Licenciada en Estudios Socioculturales. Diplomada en Periodismo. Miembro de la AHS. Graduada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, 2013. Coordinadora del Proyecto Literario Grafomanía. Presentadora de Televisión. Poemas suyos aparecen publicados en diferentes antologías poéticas: El Mundo Lleva Alas, Ed. Voces de Hoy, Miami, Florida, Estados Unidos, 2017; Extremo Oriental, poetas guantanameros del Nuevo siglo, Ed. El Mar y la Montana 2018; Poetas cubanos ante la Palma Real, Ed. El Mar y la Montaña 2020; Antología Pequoud, Ediciones Callejas y Reina del Mar 2023; en la revista El Caimán Barbudo, Sección Por primera vez; la Revista digital Calle B; revista digital Alma Mater; revista Umbral, No. 85 ene-mar 2023. Incluida en el Plaquette De vals a rock y viceversa, selección de autores del Proyecto Grafomanía, diciembre, 2015. Incluida en el Audiolibro Fragmentos de Luz, coproducido por CMKC Radio Revolución y CMKS Radio Guantánamo, 2023. 


I.

Sabes de las heridas
que he sufrido sin merecerlo,
sabes de mis pecados
y la necedad de ignorarlos,
como el ciervo sediento en el desierto, 
clamo a ti entre el polvo y el silencio. 
Eres Bálsamo de Galaad 
que fluye sobre mi piel quebrantada, 
Padre que corre hacia el hijo herido, 
mientras yo, frágil,
apenas doy el primer paso. 

II.

No soy la mujer justa que alza manos puras, 
ni el olivo verde junto al templo. 
Soy barro quebrado, 
arena que se escapa entre tus dedos, 
y aun así me levantas. 
Temo el trueno de tu voz, 
la hoz que separa el trigo de la paja, 
y sin embargo, 
—como el hijo que huye y olvida el pan— 
me aparto. 
Y aun así me das la fuerza
para apoyarme en ti,
como el junco que se mece en el río, 
sin romperse,
porque en la corriente 
sostiene tu mano lo que el mundo ve frágil. 

III.

Tú luchas
donde yo ya no tengo fuerzas, 
como David ante Goliat,
pequeño pero tuyo; 
mi enfermedad
es el valle de sombras, 
pero Tú eres el fuego
en la hoguera de Elias,
que no se apaga,
aunque el cuerpo desfallezca. 
Amén.
Porque aunque hoy
sea el surco estrecho, 
la semilla que cae en tierra buena 
—aun entre espinas—
florecerá en tu tiempo. 
Y mi fe,
débil como lágila de mostaza, 
será montaña movida por tu voz. 


Ania Lias González
Nuevitas, Camaguey  (1978)

Licenciada en Biología por la Universidad de Oriente. Licenciada en Estudios Bíblicos por Global University. Cursa la Maestría en Estudios Teológicos por la Universidad Teológica de Texas. Graduada del Centro de Formación literaria Onelio Jorge Cardoso, en Técnicas narrativas y en Literatura de ciencia ficción. Es Premio Internacional de Relato Cristiano 2017. Su relato histórico “El altar de Dionisio” fue publicado en un volumen homónimo por Christian Editing. Obtuvo mención de cuento y poesía en el concurso Oscar Hurtado 2021, obras publicadas en la enzine Korad número 40. Su cuento “Nervadura” forma parte de la antología de narrativa cubana Nos que ficamos en Brasil (Livraria Nobel, 2001). Su novela fantástica Antes de las aguas se encuentra en Amazon. Tiene gran parte de su obra aun inédita (poemarios, libros de cuentos y novelas).


Presencia

Como se mira a un niño dormir
deshojaste misterios sobre mí.

Te avisté algunas veces, en tu huida
si despertaba a medias.
Latigazo de aromas, llovizna
huella fresca.
Fuiste un hilo
dorado en los asombros
en la causalidad de los aconteceres
en la encubierta faz de los propósitos.

Te sentí en esas formas
del tiempo entre mis dedos, como un vórtice.
Yo sorbía el universo con los párpados
como embudo sensible
y acaparé las horas, los anhelos, el miedo
la punzada perpetua de vivir.
Tú latías entonces a ese ritmo
de la misma punzada
tras los astros
los párpados, el tiempo.

Te entreví de soslayo
en la espesura
al filo de una daga de preguntas
como una herida lúcida
anónima.

Y me atrapaste al fin
con esas cuerdas de tus ojos
que llaman de amor.

Ahora Tu Nombre es pronunciable
lo convoco
asciende o se sumerge
a muy bajo volumen
o a toda voz.

Sigues siendo mi asombro
misterio, dador
centinela en la noche del mundo.
Yo te persigo más.
Deseo que me atrapes
otra vez.

Despertar
del todo
es mi sueño.


Onel Pérez Izaguirre
Baire, Santiago de Cuba (1988)

Poeta. Miembro de la Asociación Hermanos Saiz y del Grupo Literario Café Bonaparte. Premio Poesía de Primavera en el 2017 en Ciego de Ávila con el libro Fosa común. Mención en el Hermanos Loynaz. Premio Calendario de Poesía en el año 2023 con el libro Cables de alta tensión.


I

Abro mis ojos. No puedo respirar ente tanta manigua y sal. Escapo de mí.
La cruz seduce, inquieta. El dolor me señala el camino para Aquel que forma todas las cosas. No puedo estar en pie, aun así, veo en el cielo esas preguntas que a veces desconozco.

II

Una alabanza es como un cuchillo en la oscuridad que se esconde detrás del muro.
Un poema, un hacha contra el yo. Un trazo del Ángel para descansar en la Roca que no termina. Una oración para no morir en el tedio y alzar de nuevo el vuelo hacia la estrella infinita.

III

Pienso otra fuga, otro paisaje roto. Pero sigo frente a la Roca en busca de un silencio para respirar.
El Ángel viene y siento como la luz me traspasa. La Roca Antigua sigue firme, me apoyo en ella y cobro aliento.


PUEDE ADQUIRIR ESTE POEMARIO EN ESTE LINK: Palabras que adoran. Poesía cristiana cubana

Última estancia (y otros poemas)

DEL POEMARIO SALÓN DEL REINO


RAFAEL VILCHES PROENZA (Cuba, 1965) Licenciado en Educación Artística en Artes Plásticas. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Premio Nacional de Poesía Manuel Navarro Luna, 2004 y 2010 con los libros El único hombre, poesía, Ediciones Orto,  2005 y País de fondo, poesía, Orto, 2011. Premio Nacional de Poesía De la Ciudad, 2005 con Trazado en el polvo, poesía, Ediciones Holguín, 2006. Premio Nacional de Poesía La Enorme Hoguera, 2006 con A ambos lados la sombra, inédito. Premio Nacional de Poesía, Centenario de Emilio Ballagas, UNEAC, 2008 con Tiro de Gracia, Ediciones Holguín, 2010. Mención Nósside Caribe, Italia, 2005. Mención  Poesía UNEAC Julián del Casal, 2007 con Erial de Dios, inédito. Otros libros publicados: Ángeles Desamparados, novela, Ediciones Bayamo, 2001. Dura silueta, La Luna, poesía, Ediciones Bayamo, 2003. Textos  suyos se han publicado en España, Italia, New Zealand, Alemania, Puerto Rico, México, Honduras, Brasil, Chile, Canadá  y EEUU.


Última estancia

Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Anne Sexton

Padre: ojos y huesos
pudren la espera, las arenas
de bahía de cochinos.

Horas eco, nefasta primavera.
1959
1961
Apostabas por un puñado de sol,
te segaron la utopía de abandonar el túnel
y respirar azul.

Padre, tus días son
arenas de aquella playa confusa,
policromadas banderitas deshechas,
engaño a los cuatro vientos.
Ciénaga en rojo,
seres anónimos, anodinos.
umbrío campo,
teatro de operaciones.

Mar: los difuntos reposan.
de un lado y otro, incertidumbre.
Segadas voces no asumen el suceso;
miedo, ejército amedrentado,
dislexia.

Divagas, entonas
una marcha sin júbilo,
empuñas áridas antorchas.


Su luz
en tus ojos
se extingue.


Máscara (uno)

María, quise amoldarme a ti
y echaron sal en la herida.

Fue Dios.

Mayo o diciembre. Estoy
en el lobby de tu corazón.

Te veo entrar con la mujer-hombre.
Dudo.
(Un escalofrío me atraviesa).

Sonríes. No sabes las máscaras
de la muchacha que observa
con ojos de varón,
(lobo que a su pecho devora).

Hago el tonto en la mesa del café.
Ofrezco mi torpeza. Hablas
de gatos astrológicos, marcas de vida
como quien enumera estrellas
en el cielo de la alcoba.
(Abruma el gardeo de la mujer
con antifaz de hombre).

Asisto al asecho de la chica leopardo.
Angustia el reposo en tu mirada.
El agua serena tu risa cuando se detiene
a especularse en mis ojos.
Celebro tu voz, tu inocencia.
Palpas el vacío, la redondez del desamparo
en las yemas de mis dedos,
el aroma del café
y el patio familiar.

Tu alma entona la ciudad para que mis días
canten un himno en la plaza de la patria.
Redobla tu risa
instantánea al amparo de las campanas
en la catedral de San Salvador.

Tu mano en mi mano es fuego íntimo.
La misa de mañana arropa en mis oídos
alusiones entroncadas.
Eres rosa de mayo que bajo la lluvia aguarda
por el tiempo justo,
Yo, puente
que te resistes
a cruzar.
Allende recuento a flor de agua tus días,
tus pasos por los adoquines
contemplando la ciudad.

Reconstruirse piedra
a piedra.

Canto a la ventana, a Luz Vázquez.
Doy mi pan, mi vino, mi costilla.
Sostengo la mirada de tus labios,
rezo el frágil amanecer
del ensueño en los vitrales.
Hilvanas De profundis,
cárcel de reading.

La herida de poeta en mi pecho
irriga este silencio,
máscara que traviste
tras el dolor, el miedo.
Y yo solo canto para sostener
tu presencia única,
irreal e irreverente.

Contigo no estoy solo.
Mi vida sale del pozo con la remembranza
de quien se reconoce
y asiste a su café.

Te alejo de la mujer con ojos de acero.

Bebamos néctar,
no nos dejemos confundir
por quien trastoca nuestra identidad.


Deja cantar al reloj

Si te vas,
si me quedo,
no digas nada,
nada,
nada.

¿Quién ha de contar las espigas del trigo?
¿Quién te asiste y comulga en tu costilla?
¿Quién, con mis sueños, ve el advenimiento de los hijos?
¿Quién arropa tus pies si el áspero frío muerde tu casa?
¿Quién escribe tu nombre en los muros de la isla
y deshace la soledad?
¿Quién, en tus noches, enciende las velas?
¿Quién te mira el sueño sin el cansancio de las horas vivas?
¿Quién amansa en tu corazón la jauría que acecha?
¿Quién se despierta y te llama patria, muchachita mía?


Máscara (diez)

Inferno.
¿Cómo saco el corazón de las brasas, si te alejas?

Canta como si no pasara nada. Limpiemos la sangre y el agua que flota
en las burbujas del pez.
No dejes que mi llanto acuda
o se fatigue la espléndida risa de tus labios. Recojamos juntos
los frutos de estación para escribir con su pulpa toda el agua del río en la piedra.

Ya pienso en tu ausencia, en estas calles sin ti.
Me remuerde el perfume de la luz solar, los astros, los días…
Duele como nunca, salen de mí hacia la soledad.

Tomemos una última taza de té con secreto aroma. Deja que gaste la
ternura de tus pechos, el polen de tu selva se esparce en el bosque mío.
Lengua mía, no escuches graznar la noche.
Bajo el sol me abochorno, y me hundo en la orilla fangosa del Cauto.


PUEDE ADQUIRIR ESTE POEMARIO EN ESTE LINK: Salón del Reino, de Rafael Vilches Proenza

Frente a frente al sur de París (y otros poemas erróticos)

DEL POEMARIO DESNUDOS – POEMAS ERRÓTICOS-


ISMAEL SAMBRA (autor cubano-canadiense, 1947). DESNUDOS es su quinto libro de poemas. Entre estos cinco libros hay dos premiados uno en un concurso internacional y otro nacional, además de una trilogía poética Los ángulos del silencio (Editorial Verbum, 2001, con tres libros reeditados posteriormente en ediciones bilingües por Edizioni Il Foglio, Italia, y por la Editorial Primigenios, Miami): Orgía del miedo (2021, italiano-español, y español-inglés, para celebrar el 20 aniversario de la primera publicación), Señales de la espiral (2023, inglés-español) y A través de las rejas (2024, español-inglés). Una trilogía que refleja tres momentos históricos en la vida del autor y su adverso medio. Es decir, que Desnudos es una obra creada en la madurez del poeta. Tiene publicado además dos libros con poemas seleccionados: Para no ser leído en recital, Editorial Oriente, 1991, y Seis poemas desesperados y uno de esperanza, (Edición trilingüe-español, inglés, francés), Ilíada ediciones, 2022.


FRENTE A FRENTE AL SUR DE PARÍS (Errótico variante uno)

                                    A la usanza de las aguas milenarias

No habrá ola suficiente que rompa nuestro abrazo.
No habrá nada más sensible y lujurioso
que nuestros cuerpos sumergidos
enfrentados a la ingratitud humana.
Déjalos navegar con sus desnudos entre dos continentes
tan llenos de historias y codicias
de invasiones de imperios.
Estrechamente separados

más bien incompatibles
de traiciones imperiales de conquistas egoístas
creadoramente renegadas
que trataron de saciar la sed del Mediterráneo.
Ayúdalos a romper los cercos fratricidas
en estos paisajes del mar al sur de París
en estas aguas protocolares de Nice: Mi buen pretexto:
Tambores y trompetas para el viaje

que tan lindamente has orquestado.
Conquistemos libertades 

deroguemos opresiones: La traba inexorable del esquema.
Conquistemos más que territorios el necesario tiempo

para que la maldad termine

para que sigas orgullosa de mis genitales

de mi buen paquete —como le llamas—.

Mis buenos cojones —a lo cubano—.

Para luchar también contra el miedo

contra la chusma que aún postula y elige dictadores.
Para declararte redentora diosa rebelde y pacifista de estos mares.
Parce que tu as le goût nouveau de la vie. Porque posees

el nuevo sabor de la vida.

                                                                                   Octubre 2011


SOLAMENTE TÚ Y LAS ESTRELLAS

“Mujeres lo que nos pidan podemos
Lo que no podemos no existe
Y si no existe lo inventamos por ustedes.”
(Canción Ricardo Arjona)

El día de la mujer
es el día de tu nacimiento: Dios te dio todo:
Porque Dios sabe lo que me gusta.
Ahora celebremos:
Finalmente eres tú desde adentro.
Eres árbol fértil con todas sus raíces en mi cuerpo.
Tus hormonas.
Tus deseos.
Las pulsaciones de tus células en la madurez.
Tu nueva edad colgado del agravio
pero siempre bonita: Dulce y bonita: Blanca pureza:
Puti putica: Bien renovada: Muy laboriosa:
En el trabajo: En la cocina: En nuestra cama: En las virtudes:
Dulce y bonita: Tierna y discreta.
Es un cóctel. Una manera nueva de menear la postura
y la quebrada cintura: Una la química.
Una la entrega de las partes más finas de tus atributos.
Una ensalada. Una en mis trincheras de tetas-talle-caderas.
Una en la perversión de mi fórmula: Pinga y comida.
Que siempre funciona: Que te alimenta.
Resplandeciente: Voluminosa: Una en la única.
Ya estás frente al espejo: Entronizada:
Entronizando. Excitada y excitando.
Mujer divina: Divina mía:
Al sur de tu cuerpo hay una isla muy especial.
Ven por favor.
No te bañes.
Tienes el olor del amor en tu piel.

                                               28 de marzo…


FRENTE A LA EXPERIENCIA DEL MEDITERRÁNEO

(Errótico variante dos)

No habrá ola suficiente que rompa nuestro abrazo.
No habrá mujer más sensitiva en la inocente rebeldía
de llameante desnudo chocando con mis tres piernas
en las aguas heladas del Mediterráneo: ¡Abusadora!
Sueltos en el París adorado
para descubrir desde el Sena su torre omnipresente.
Sueltos a la orilla de Nice en la French Riviera
en Eze medieval con su árbol
que en el pórtico nos dejó caer al paso su único higo maduro.
Sueltos en la capilla de la Santa Cruz en la punta de su cerro
desde Monte Carlo a Mónaco minúsculo país dentro del país.
Vamos al viaje concebido con tanta precisión y tanta fantasía
a beber del vino
de tu madre patria: Vino en el agua:
Agua hasta el cuello: Mi francesita.
Empujada a la inyección de mi atrevido erecto
ante el asombro de miradas maliciosas
y cuchicheos de bañistas con tetas liberadas: Poco indulgentes.
Vamos con tus besos graduados en mi escuela
cuando te buscaba y todavía eras la efigie salvadora
de mis caídas: En la agonía.
En la tortura de mi muerte-lenta por el despotismo
de un único partido: Entre las rejas:
Cuando visitabas mi ciudad como turista sin saber que era la mía.
Detrás de rejas: Contra las rejas:
Tan cerca de mis rejas al este de la isla: Perros hambrientos:
Al sur de la loma de Quintero en mi Santiago:

Sin saber nada:

Cuando yo sólo sabía que existías
cuando ya nos conocíamos sin siquiera conocernos.
Vamos con mis restos desechos-desechados
a ignorar las demandas
los decretos que hacen y deshacen
a sentir el estilo parisino con nuestras apetencias descocadas
para que puedas cumplir mi sueño con lo prometido.
Vamos a calentar el océano como habíamos programado.
Vamos a enaltecer la puta vida.

Octubre 2011


MI GRAN DILEMA

Una mujer de tetas firmes y caderas anchas

es la típica mujer de mi raza.
Pero hay una mujer que se queja de mi memoria mientras
calienta su carne con mi temperatura: Defensa «a priori»:
Veneno de mujer que muerde mis tetillas: En lo flexible.
Desnuda mejor que vestida. Habla de su poca suerte
de su mala suerte de su karma
y quiere mucho más que este acto penetrante hasta la total fatiga.
No es una mujer diferente, pero es locura cuando beso
su abismal incertidumbre de mujer casada
cuando beso la dura porción de sus debilidades
la gracia de sus magnos vacíos.
No es diferente pero me dice yes yes yes
cuando quiere
que libere
mi energía
en sus pulcros precipicios.
No sé qué hacer al final de mis días pues dice que me ama.

Perentoriamente me ama
en los oscuros parajes de amores ilegales
cuando todo comenzaba fuego y el sexo fue rutina.
Me dice que me ama además en su francés natal.

Perentoriamente me ama.
Ella ha sufrido su fracaso. Ella estuvo con el hombre
de la droga el alcohol el juego.
Ella sabe que soy el hombre equivocado.
Me da promete: Me da presiona: Me da ternura.
Mi diabla en tentaciones: Virgen penuria: La que bien chupa.
La que está recóndita de todo: Puta ternera:
La que esta-lla para amar y ser amada: La que apuesta su vida
para socorrer la mía.


LA VANIDAD DE MI PREMIO

“ocurrió…
que la lengua descubrió su deleite.”

José Agustín Goitisolo

Más acá de la amante ciudad que me dijo adiós
y en esta otra que me dio refugio
encontré tu lengua: Tu boca-niña:
Creada para los caprichos de mi boca: En su textura.
Boca piadosa que provoca: Lengua sin tregua.
Lengua cetrina sin la mía: ¡Melocotón!
Lengua perdida en mi boca: Boca melosa: Jacarandosa.
No hay dudas que Dios la hizo fibra ligera
para que yo dibuje su contorno con la punta
de mi lengua: Por lo que gana.
Asiduamente me chorreo en el asalto a la guarida
donde escondes ilusiones y pócimas curativas:
reposadas vibraciones: Tus potenciales: Toda mi lengua:
Mi lengua entera: Por lo ganado.
Mi lengua nutrida-nutritiva en cada hueco: Mis favoritos.
Mi lengua recordando-conociendo cada hambre de tu cuerpo:
Cada elipse cada trigo de tu lengua: De caramelo.
Mi lengua que nunca duerme con el deseo reprimido.
Mi lengua coercitiva
insolente
tarambana
desquiciada
que ya no sé si es mía
o solo tuya
mi puta lengua…


CUERPO A CUERPO

Deja que los cuerpos se acostumbren a no estar separados.
Deja que en el apretón descubran pantanos generosos
que liberen los impulsos reprimidos: Que coman sobre

el verbo que creamos juntos: Hirsuto-ríspido.

Deja que en el contacto se fundan y se multipliquen
que sepan que no habrá desidia
que no hay nada oculto

nada que no se pueda.
Déjalos que sean locura que se encharca en la locura
que hace más intenso el germen del amor
Déjalos que inventen su idioma en los sitios

follados por primera vez
para que puedan parir sin recelo a la profana caricia
a la liberación brutal de siderales orgasmos

a los límites
ungidos en los diluvios que se crean para comenzar lo nuevo.

 
Déjalos navegar en los honestos atajos
con sus curvas naturales y su ajuste simétrico.
Déjalos en sus prolongados ríos…
Mientras
me entrego y te entregas en este largo beso.
Mientras
te miro y te cosecho la ternura virginal a toda vela.
Because you are pretty “inside and out”.
Enteramente bella.


PUEDE ADQUIRIR EL POEMARIO EN ESTE LINK: Desnudos – Poemas erróticos-, de Ismael Sambra

Memoria de la bruma

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


CARLOS SÁNCHEZ PINTO (Salvadiós, Ávila, España) Poeta, narrador y ensayista. En 1976 obtuvo el Premio Primavera del Certamen Nacional de Poesía de Granada. En ese género ha publicado Poemas de ayer y de ahora mismo (2020) y Un tiempo color malva (2024), ambos por Caldeadrín Ediciones, España. También ha publicado el ensayo etnográfico Los jubilosos juegos jubilados (ADRIMO, España, 2006), el libro de relatos Estampas color sepia (Caldeadrín Ediciones, 2017) y las novelas Nonato, música de rabel (Edival Ediciones, Premio Ateneo Ciudad de Valladolid, 1978); Un sombrero lleno de sol (Editorial Hijos de F. Armengot, Premio Armengot, Castellón, 1981); Tiempo de ausencia (Editorial Prometeo, Premio Ateneo Marítimo de Valencia, 1981), El mundo por un agujero (Ediciones Algaida, Premio Ciudad de Salamanca, 1999) y Maderas de Oriente (Ediciones Algaida, Premio Ciudad de Badajoz, 2005). Por su reconocida trayectoria como cuentista, relatos suyos han sido incluidos en numerosas antologías del género. La Asociación Cultural de Novelistas otorgó el Premio La Sombra del ciprés 2018 al conjunto de su obra.


Donde se ve que el mundo es un pañuelo

Con frecuencia recuerdo vagamente el pueblo, la familia de Francisco. Como en sueños se me representa a veces la casa, que se alzaba en un ángulo del cruce de la carretera con el río, su estructura rectangular de adobe y erosionada tierra de tapial, el rostro de su padre; aquel hombre que casi siempre sonreía si no estaba bebido, su perfil de arcilla bajo la visera de charol. Ahora me doy cuenta de que el vino confería a su rostro un rictus de perplejidad animal, y en la mirada torva se vislumbraba entonces una recóndita, amedrentadora y oscura presencia de rencor concentrado en el iris, como si reprochase al mundo entero haber sido empujado una vez más a un estado que él mismo consideraba reprobable.

Muchas veces me vuelve ahora a la memoria la imagen de Francisco sentado frente a mí, al otro lado de la mesa, durante nuestra primera entrevista en el locutorio de la cárcel. Hay noches en que esa estampa preside mi tiempo de vigilia sin que pueda evitarlo. Y es una imagen en color, nítida sobre un fondo oscuro que es la nada; ingrávida; una calcomanía pegada al pensamiento. A veces es un seco salivazo sobre la memoria, sobre la estampa de aquel muchacho que recuerdo lanzando la peonza con inigualable maestría en las tardes de nuestra niñez; tardes de otoño y pan y queso a la salida de la escuela. Y me asalta una vez más el griterío de las chovas en torno al campanario, la luz de un sol convaleciente alimonando las casas y las cosas.

Ahora mismo me parece estarle viendo, apesadumbrado y tembloroso, desvalido frente a mí en la inhóspita desnudez de la estancia carcelaria; y como él permanecía con la cabeza humillada, yo podía contemplar la bóveda de su cráneo prematuramente calvo.

Hubo un momento en que yo mismo me sentí agobiado, incapaz de llevar adelante el trabajo que sin duda iba a suponerme la defensa de aquel hombre que tenía delante y del que en aquella primera entrevista lo desconocía todo. Y esa sensación, que tampoco fui capaz de controlar, se tradujo ineluctablemente en un sentimiento de lástima, al considerar que el hecho de que me hubiese sido encomendado a mí el caso era una cuestión de mala suerte para él, fuera cual fuese su grado de culpabilidad; de modo que durante buen rato únicamente pensaba yo en la forma de compensarle tan mala fortuna. No sé si fue eso lo que hizo que surgiera una corriente de afecto hacia mi cliente; o quizás el ánima guarda secretos que en un principio desconoce el propio corazón, pero el caso es que enseguida me puse a considerar la posibilidad de que fuera culpable de los cargos que se le imputaban, llegando pronto a la conclusión de que no, de que aquel hombre pusilánime, cuya actitud me recordaba la de un animalejo acorralado, era incapaz de hacer daño a nadie a sabiendas, conclusión que, por otra parte, me llevó al desagradable convencimiento de que era yo un abogado inexperto, absolutamente incapaz de ejercer con garantía una profesión para cuya práctica, me parecía, era importante cierta facilidad para conocer a las personas y calar en su entraña sin dejarse influir por las apariencias, al cual, desde luego, nadie contrataría por propia voluntad y por cuyos servicios ningún avisado pagaría un duro si podía evitarlo. Entonces me arrepentí de haberme metido en semejante berenjenal al colegiarme, asumiendo tan a la ligera una responsabilidad para la que ni mucho menos me sentía preparado. Por vez primera añoré la posibilidad, tan irreflexivamente desestimada en su momento, de vivir en el pueblo de mis padres, con todo el tiempo del mundo para disfrutar de la música y la lectura, para compartir tertulias y juegos, para viajar o salir de caza.

En el transcurso de aquella primera entrevista, la inusitada situación nos había sumido a ambos en un mutismo que se me iba haciendo insufrible y que consideré necesario superar cuanto antes. La postración de aquel hombre, verle allí con la cabeza inclinada en un signo de sumisa desesperanza, los antebrazos apoyados en las rodillas y los dedos nerviosamente entrelazados, hundido en quién sabe qué negros presentimientos, cazado como un animal de paso al que no estaba destinado el señuelo, pero que al final acepta sin resistencia la fatalidad de haber caído en la trampa, me animó a confortarle, a tratar de superar la situación, a esforzarme por infundirle confianza haciéndole ver que lo suyo no era el fin del mundo, a fingir que para mí su caso era un caso sin demasiada importancia y pronto estaría todo resuelto para bien.

―Háblame de ti ―le dije, más bien por decir algo―. Cuéntame cosas de tu vida.

Me di cuenta enseguida de que había dado a mis palabras un tono excesivamente festivo, como si le estuviese animando a contar algo divertido con el único fin de pasar un buen rato; como si, en lugar de estar en el locutorio de la cárcel, nos hubiéramos encontrado, después de mucho tiempo y casualmente, en la sala de espera de una estación y tuviéramos que matar el tiempo mientras llegaba el tren.

Él me miró con aire de sorpresa, desconfiando quizá de un letrado principiante que le hablaba en semejantes términos y con tono tan extemporáneo. Acto seguido percibí en su mirada una cierta sensación de superioridad, sin embargo, no exenta de lástima que llegó a intimidarme: algo que quizá suscita en un acusado el primerizo defensor de oficio; y seguramente en ese instante perdió toda esperanza en que yo fuera capaz de hacer nada por devolverle cuanto antes la libertad, que en aquellos momentos era sin duda lo que él más valoraba en la vida. Por un instante me sentí cohibido.

Después de morir mi padre, yo me había colegiado sin convicción alguna de que la de abogado fuera a ser para mí una profesión definitiva; seguramente con el único fin de aparentar que era capaz de subsistir al margen de una herencia que mis progenitores no solo nunca habían necesitado, sino que habían ido acrecentando durante su matrimonio con la compra de extensas tierras de labor linderas a las que ya poseían mis abuelos.

Mi padre se había doctorado en Deusto, y desde el principio había practicado la medicina rural por vocación inquebrantable, sin considerar jamás la posibilidad de ocio que le brindaban las propiedades heredadas, a las que se añadirían las no menos extensas de mi madre. Ejerció su profesión hasta la edad de jubilación con dedicación admirable.

Una vez licenciado yo y jubilado mi padre, sobre todo durante los últimos años, los dos fuimos conscientes de que era un tiempo que había que compartir estrechamente porque se nos estaba yendo entre las manos sin remedio; sensación que se acentuó cuando conocimos cuál era su enfermedad y el proceso irreversible que seguiría. Viajamos mientras a él le fue posible, y repartimos después el tiempo entre nuestra casona de Almazán, al abrigo de sierra Bermeja, y el piso de Bilbao; sobre todo cuando ya llegó a necesitar asistencia médica diaria; porque durante un tiempo se había sentido especialmente complacido con las soledades de nuestra casa en el pueblo, y en los inviernos gustaba de pasar los días sentado junto a la chimenea, contemplando el campo a través de los vidrios emplomados, cuya rusticidad deformaba un paisaje señoreado por el pico de San Cristóbal con su copete blanco. Después yo fui consciente de que algo tenía que hacer, además de cobrar las rentas y gastarme el dinero, si es que quería justificar de alguna forma mi existencia, cosa que por entonces me inquietaba; de modo que busqué el apoyo de un colaborador más enterado, abrí bufete y puse placa a la puerta.

Mercedes aceptó el contrato, convencida de que aquello no duraría mucho. Se había doctorado en derecho y, recién terminada la carrera, había trabajado ya en un despacho de abogados, de modo que conocía el oficio; por eso consideré que, de entre los candidatos que respondieron al anuncio, era sin duda la que podía aportar una experiencia con la que yo, desde luego, no contaba; de modo que no dudé en la elección.

Creo que desde el primer momento Mercedes fue consciente de mi bisoñez y de que lo que a ella correspondía era afrontar los asuntos del bufete como si fuera suyo propio y tratarme a mí como una madre. El error de su vida, me contó sin reservas, había sido creer que el amor es eterno cuando el matrimonio lo encapsula y lo protege de cualquier peligro de contaminación. Terminados sus estudios, aquel primer trabajo en el despacho de abogados dio a la mujer tranquilidad y perspectivas. Había cursado la carrera con cierto desahogo, y durante aquel tiempo tuvo tenacidad suficiente para doctorarse y acumular conocimientos. Pero un día se enamoró y lo dejó todo para dedicarse en alma y vida a su marido y a dos hijos que habían llegado demasiado pronto. No, nunca renegaría de aquel tiempo ni se arrepentiría de las decisiones que tomó pensando en ellos. “Pero todo se acaba, querido”, me decía en tono sosegado, y echaba la cabeza atrás para impulsar hacia el techo el humo azul de su cigarrillo, que nadie es perfecto y Mercedes fumaba, “de modo que un día llegamos a la conclusión de que ya habíamos hecho todo lo importante que juntos podíamos hacer en la vida. Nos dimos cuenta de que no nos complementábamos, no éramos imprescindibles para procurarnos el uno al otro la posibilidad de ser felices. Nos dio miedo de que nuestra convivencia fuera deteriorándose y, en evitación de males mayores, decidimos partir peras amistosamente y salir cada uno por su lado”. Me explicó sosegadamente que al principio se veían de vez en cuando, sobre todo si tenían algo que decidir sobre los hijos, pero poco a poco fueron amoldándose a la propia circunstancia; hasta que, con el tiempo, habían llegado a verse el uno al otro desde una perspectiva de aquiescencia donde no había lugar para el reproche. “Cómo es la vida”, se lamentaba, con una triste sonrisa de resignación. “Nunca hubiéramos pensado que llegaría ese momento; pero sí. Con los años, también los hijos eligen su propio destino, y de pronto un día te levantas y te ves sola en la casa y en la vida; y lo piensas mucho, das mil vueltas al asunto, lo consultas con las amigas y con la almohada y decides que aún puedes hacer algo de provecho, que no es bueno quedarse en casa esperando nada, creando adicciones estúpidas, sometida a la alienante pantalla de las aberraciones. Por eso contesté al anuncio. Espero ganarme el sueldo haciendo algo eficiente”, concluyó.

La verdad es que el caso de Francisco me interesó desde el principio más allá de lo estrictamente profesional; quizás porque, ya desde la primera entrevista, incluso antes de saber quién era realmente, detectaba en aquel recluso el pálpito que nos produce el reencuentro con personas o cosas conocidas. Él estaba implicado en un delito contra la salud pública, que es como en el lenguaje jurídico y policial se enmascara al caso de andar metido en asuntos de drogas, y parece que se esperaba que, más tarde o más temprano, fuera el hilo que llevase al ovillo. Pero la policía fue atando cabos y, después de algunos interrogatorios y varias pesquisas, se añadió a la primera acusación la de colaboración con banda armada, nada menos.

Yo le consideré un incauto desde el primer momento, un pobre ingenuo utilizado. Ahora sé que, aún antes de reconocerle, me recordaba a su padre, aunque no tanto por el rostro como por las manos, cuyos dedos largos y nudosos se ensanchaban en las puntas de uñas aplanadas y me hacían concebir la idea de una profesión artesanal en cuya práctica fueran principal elemento. Era a comienzos de abril, y una glauca luz, tamizada entre las hojas de las acacias, penetraba por el alto ventanal enrejado y se posaba silenciosa y viva sobre la superficie desnuda de la mesa, sobre el agrietado piso de cemento y sobre la espalda de aquel hombre para quien el aire de la calle constituía sin duda una tentación de fuga mientras, sentado en el borde de la silla, trataba probablemente de olvidar la realidad entreteniéndose en encarar las yemas de los dedos de ambas manos, presionando nervioso los pulpejos hasta que la sangre huía y blanqueaba el extremo de las uñas.

Tampoco él me reconoció. Entre otras razones porque, además del tiempo transcurrido, creo que en ningún momento me miró para ver algo en mí, sino más bien para que yo interpretase su mirada.

Fue a la vuelta de aquella primera entrevista cuando repasé más detenidamente los papeles. Me había servido un dedo de whisky, que luego me olvidé de beber ante la sorpresa de ver escrito en el informe policial el nombre de un pueblo que era el mío. Entonces hice memoria de aquel tiempo, porque calculé que la edad del encausado, algún año mayor que yo, le situaba entre mis compañeros de infancia. Pero sus apellidos no me decían nada, seguramente porque esa mínima diferencia de edad entre ambos nos había distanciado más en aquellos años infantiles. Sin embargo, eso fue definitivo para suscitar en mí un interés extraordinario por el caso.

Yo había salido del pueblo cuando apenas contaba ocho o nueve años, y entre las brumas de la memoria recordaba a veces situaciones y personas si disponía de claves apropiadas. A pesar de ello, ni un solo instante dudé de que era preferible no darme a conocer, pues manteniendo el anonimato confiaba en que con el tiempo conseguiría vencer aquella cerrazón inicial de Francisco y ganarme su confianza. Y es que enseguida fui consciente de que nada le amedrentaba más que la idea de que el asunto en que se veía metido llegase a saberse en el pueblo. Había alzado un muro entre todo cuanto se relacionase con el pasado y su circunstancia actual. Para él, el pueblo en que habían transcurrido su infancia y juventud se le antojaba en otro mundo; aquella había sido otra vida que en modo alguno quería mancillar con el presente. Él mismo, pude advertirlo, se consideraba una persona distinta según se situase en el pueblo o en Bilbao. “Esa es otra cuestión”, aseguraba. Y se le notaba incómodo, hostigado. “Aquello no tiene nada que ver con esto. Aquello dejémoslo estar. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa; no mezclemos. Deje, deje en paz el pueblo”.

―Háblame de ti ―le insistí de nuevo en la segunda entrevista―. Cuanto mejor te conozca, más fácil me resultará tu defensa.

Volvió a mirarme con la misma extrañeza del primer día.

―¿Y qué quiere que le diga de mí? ―me respondió en tono levemente agresivo, al tiempo que se encogía de hombros.

―Cualquier cosa ―repuse―, lo que tú quieras contarme; qué hacías en Cañiclosa cuando eras chico, cómo viniste a parar aquí; lo que se te ocurra. Tengo que sacar conclusiones en que apoyarme para tu defensa, conocer tu circunstancia, ya sabes; necesito argumentos.

Al oír el nombre del pueblo tuvo un sobresalto, como si el convencimiento de que yo lo conociera le dejase desnudo frente a mí, sin la posibilidad de una mentira, convencido de que, el solo hecho de que hubiera descubierto su origen, me revelara de golpe un pasado que deseaba ocultar a toda costa. Y entonces me di cuenta de la importancia que para él seguía teniendo todo lo relacionado con el entorno en que habían transcurrido sus primeros años, y descubrí el temor que le causaba enfrentar la circunstancia del presente a todo lo que había pretendido dejar definitivamente atrás.

―Prefiero que tú me lo cuentes bueno a bueno a tener que averiguarlo por medio de terceros. Si tú me pones al corriente, excuso pedir informes al ayuntamiento de Cañiclosa ―dije. Y me reproché a mí mismo atacarle por el flanco más débil, utilizar contra él el arma que sin duda más temía y que ingenuamente acababa de descubrirme. De modo que añadí―: No tengas ningún miedo, hombre. Me gustaría que fuéramos amigos. Es mejor para los dos, porque a mí me interesa sacar adelante este asunto tanto como a ti; puedes estar seguro.

Percibí su duda, pero no quise atosigarle. Y ni siquiera yo mismo estaba seguro de que mi táctica fuera la apropiada para el caso, dada mi inexperiencia. De una cosa sí fui consciente: él había descubierto que la distancia no iba a ser suficiente obstáculo para evitar que la noticia de su desgraciada peripecia llegase hasta el pueblo. Eso lo amedrentaba y le llenaba de congoja. Podía soportar cualquier humillación menos ser en Cañiclosa comentario de taberna y de solana. “Con una cosa así”, me confiaría después en cierta ocasión, “entierro yo a mi madre”. Y en el tono de su voz detecté la carga de súplica y de angustia que encerraba tal revelación.

―Yo necesito que se me vaya conociendo como abogado ―agregué, intentando ponerme a su altura―; pero es importante que tú me eches una mano.

―Lo he dicho ya mil veces ―habló, dando a sus palabras un tono mitad resignación mitad hastío―: yo no sabía lo que estaba llevando y trayendo. Ni me importaba. Entregaba el paquete y recogía el sobre. No sé nada más. A mí se me decía una hora y un sitio; yo lo aprendía de memoria, porque no se me dejaba escribirlo. Nunca se me dejó escribir nada: ni sitios, ni nombres, ni horas, ni nada. Iba allá, hacía el encargo y a casa; porque siempre se me dijo que no apareciera por allí hasta dos o tres días después; a veces más. En la mayoría de las ocasiones no cruzaba ni una palabra con quien acudía a recoger o entregar lo que fuera. ¿Qué tengo yo que ver?

―¿Quién te decía todas esas cosas? ―le corté.

―Eso no lo puedo decir ―respondió, bajando el tono de la voz y humillando la cabeza―. Di mi palabra.

―Y cuando estuviste yendo cada dos días al taller mecánico, ¿tampoco sabías lo que llevabas?

―¡Yo no iba a ningún taller! ―protestó en tono airado―. Yo me encontraba con el hombre cada vez en un sitio distinto. Ni siquiera hablábamos, ya digo. Yo le entregaba un paquete y él me daba otro. Lo único que puedo decir es que siempre pesaba más el que yo le daba que el que recogía.

―La policía sabe perfectamente lo que llevabas y traías ―le informé―. ¿Quién te daba el paquete?, ¿de dónde lo llevabas?

Negó con la cabeza, resuelto, empecinado en seguir ocultando a quien le había utilizado.

―Pues si la policía lo sabe ―objetó malhumorado―, ya sabe más que yo. La policía acabará por volverme tarumba, con tanto enredo. Ya lo sé, ya sé que dicen que distribuía droga. Hasta que colaboraba con la ETA llevando la comida para uno que tenían en un zulo de esos, han llegado a decirme. Me vuelven loco. No sé a santo de qué tantas preguntas. Otra cosa no puedo decir.

―¿Por qué? ―insistí― ¿De quién tienes miedo? ¿De qué?

―No es porque tenga miedo, que lo tengo ―admitió―, pero yo soy un hombre de palabra.

―Bueno ―acepté, intentando quitar importancia al asunto―. Ya habrá tiempo de hablar de eso. Lo que yo quiero ahora es que me cuentes cosas de antes, saber quién eres y cómo te enredaste en este lío. Si me hablas de ti yo iré sacando detalles para argumentar tu defensa ante el juez. Cuanto mejor te conozca más fácil me resultará sacarte de aquí.

Yo me daba cuenta de que, en mi fuero interno, la curiosidad se imponía al oficio; quería que me ayudase a disipar las brumas que celaban la memoria de aquel tiempo, que sus palabras sobre el pasado sirviesen de lazarillo a mi recuerdo desvaído; de manera que sentía un poco de vergüenza, y me prometí sacarle de aquel atolladero, aun a costa de recurrir a otro abogado más experto si llegara el caso.

Estuvo asintiendo repetidamente con la cabeza, y en aquel momento me parecía vencido por una insoslayable pesadumbre. Sin duda estaba comparando aquella situación con lo que hubiera sido su vida en Cañiclosa, considerando la desgracia a que le había llevado su mala cabeza, aquella desgracia fácilmente evitable. “Estas cosas me pasan a mí por mi mala cabeza”, se repetía una y otra vez, como si estuviera convencido de que solo su cabeza era culpable y el resto del cuerpo fuera del todo ajeno y se hubiera visto forzosamente involucrado en el asunto. Quién le mandaría a él meterse en camisa de once varas, pensaría quizás; a qué santo tuvo que marcharse y dejar el pueblo, siendo que allí era todo más fácil.

Me despedí con una palmada en el hombro.

―Tranquilo, Francisco ―traté de infundirle ánimo―, ya iremos cambiando impresiones; pero no olvides que yo estoy aquí para ayudarte. Mañana volveré.

Sin embargo, al día siguiente había recuperado el aire desconfiado y escéptico de la anterior entrevista. Mantenía ante mis preguntas un silencio desesperante, tan solo alterado con chasquidos de la lengua y violentos ademanes que denotaban su disgusto; por eso no tuve más remedio que ponerle de nuevo entre la espada y la pared.

―Bien ―le hablé con pretendida resignación―, si no me das otra salida tendré que pedir antecedentes a tu pueblo.

Entonces claudicó. Se removió incómodo en la silla sin encontrar postura, liberó con un gemido la angustia acumulada y con la cabeza hundida entre los hombros me mostró las palmas de las manos en un gesto de plena disposición.

―Pregunte lo que quiera ―dijo resuelto.

―No se trata de preguntar nada, Paco ―me sorprendí enseguida de haber utilizado el nombre familiar con que le distinguía en otros tiempos―. No es cuestión de rellenar ningún formulario, sino de establecer una cierta relación entre tú y yo; algo que me permita conocerte mejor.

Mientras le daba un respiro volví a contemplar aquellas manos de anchas uñas, cuya blancura destacaba sobre el tono avellanado de la piel, tal que si la sangre hubiera huido de ellas como cuando hacemos presión sobre las yemas de los dedos.

Fue él quien interrumpió el silencio.

―Entonces ―dijo con marcado escepticismo―, cree usted que si le cuento mi vida podrá sacarme de aquí.


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Viaje de invierno con mariposas

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


ROBERTO MÉNDEZ MARTÍNEZ (Camagüey, Cuba, 1958) Poeta, ensayista y novelista. Doctor en Ciencias sobre Arte del Instituto Superior de Arte de La Habana. Ha recibido, entre otros reconocimientos el Premio de Poesía “Nicolás Guillén”, en 2001 y 2024; los Premios de Ensayo “Alejo Carpentier”, en 2007 y 2017; el Premio de Novela “Alejo Carpentier”, 2011 y Premio de Novela “Italo Calvino”, 2014. También los Premios Internacionales de Ensayo: José María Heredia (México, 2004), Mariano Picón Salas (Venezuela, 2011) y el de Ensayo Cervantino (México, 2014). Tiene publicado medio centenar de volúmenes, entre ellos sus novelas: Variaciones de Jeremías Sullivan (Letras Cubanas, 1999), Callejón del infierno (Letras Cubanas, 2010), Ritual del necio (Premio Alejo Carpentier 2011, Letras Cubanas, 2011), Música nocturna para un hereje (Premio Ítalo Calvino 2014, Ediciones Unión, 2015), El fuego de Ruán llueve sobre La Habana (Editorial Letras Cubanas, 2016), Y después de este destierro (Ediciones Universal, 2023) y Martina querida (Ediciones Sequoia, 2025). Actualmente reside en Extremadura, España.


1

Vinieron a detenerme esta mañana. Dos hombres entraron en el recibidor y otro permaneció afuera ante el timón del carro. Tenían un aire gris. Apestaban a sudor y a inquietud. Tropezaron con la primera vitrina de mariposas, entonces descubrí que se sentían fuera de lugar. Uno se disculpó con una frase ininteligible. Los invité a sentarse mientras me preparaba para partir, pero no quisieron. Nada terrible había en esa irrupción. La esperaba.

No crean que imito a Kafka. Es un escritor que respeto, pero no me resulta cercano.

Lo que no podré perdonarles es que me interrumpieran mientras escuchaba, por enésima vez, el Viaje de invierno de Schubert, específicamente “El tilo”. Quizá estaba a punto de descubrir el secreto de ese lied, si es que hay alguno en él. El viejo disco giraba y el día era nublado y fresco. Antes había disfrutado mi café en paz. Sabía que un día ellos vendrían por mí a esta casa. Alguien como yo, que rara vez se deja ver en sitios públicos, tiene una enorme colección de mariposas y se complace en escuchar discos cuyos intérpretes desaparecieron hace más de treinta años, se supone que es muy peligroso. En especial porque una persona así encerrada seguro que está escribiendo algún texto provocador.

No hubo violencia alguna. Los enviados sencillamente me dijeron que debía acompañarlos y aguardaron después a que estuviera listo para conducirme hacia aquel vehículo color verde deslucido que tenía aspecto de ambulancia de la Guerra Europea. Ni ataduras, ni empellones. Sencillamente abrieron la puerta trasera y hasta me indicaron el pequeño escalón para que pudiera subir y acomodarme en el banco. No todos los días se detiene a un hombre silencioso, de edad indefinida, que vive en una de esas casas siempre cerradas que desde el mínimo jardín delantero, el portal y hasta el patio del fondo conservan el aroma del antiguo régimen.

Monna apareció en la sala a punto de irme. Se secaba una y otra vez las manos en el delantal. Ese que tiene impresa la imagen de Betty Boop con gorro de chef, rodeada por una orla de encaje sintético. Nada dijo, solo abría mucho los ojos con una expresión semejante al susto o a la tristeza. Antes de descender el par de escalones de la entrada los enviados se detuvieron. Pensaron que nos abrazaríamos. Seguro han visto muchas películas o quizá presencian escenas más o menos conmovedoras cuando visitan otras casas. Ella y yo apenas nos contemplamos un momento. A lo mejor pensó en darme un beso, pero solo me acarició las mejillas. Fui yo el que retuvo su mano y la besé. Todo es hasta un día. Las cosas más hermosas, aun las discretas y pacíficas, esas que se hacen cotidianas y creemos que no podremos vivir sin ellas, se acaban. Pero no me gustan las escenas dramáticas, siempre hay que estar dos pasos más allá de la tragedia. En este país todo se convierte en un escándalo y no hay que dar el gusto a los mirones.

Resulta extraño ir sentado en la parte trasera de un coche de policía y contemplar a través del cristal trasero, grueso y embarrado, cómo se aleja la casa donde te refugiabas; el barrio que ya era familiar para ti y hasta divisar gente conocida con la que te topabas en la calle y a la que alguna vez saludaste, aunque fuera por distracción. Es como si vivieras dos tiempos diferentes: afuera, la desaparición de un pasado inmediato, dentro, un tiempo detenido, una especie de puente ríspido que te conduce a algo potencial, enigmático, aun si alguna vez pensaste que todo esto podría ocurrir. Te están quitando algo que tenías, una especie de juguete del que te cuesta separarte y te preparan para otra edad, otra estación.

Es tu propio viaje de invierno, cruzas un bosque tan helado como el que imaginaba Schubert a través de los lentes gruesos que procuraban aliviar su miopía. Te acompañan, quieras o no, las angustias que resultan al final cada vez más insistentes e infranqueables, como un paisaje con lobos.

Después de seguir varias avenidas y torcer por calles indiferentes entraron en una especie de callejón cuyo horizonte venía a cerrarse con lo que quizá fuera antes la portada de una vieja quinta. El custodio, semioculto en una caseta a un lado del arco principal, alzó la barrera de franjas rojas y blancas y abrió la verja sin sonido alguno. Ni contraseñas, ni saludos. Era la rutina perfecta.

El vehículo siguió una avenida escoltada por palmas hasta que se detuvo ante otra construcción que no lograba precisar. Por el ruido de las portezuelas delanteras al abrirse y cerrarse supe que el conductor y los agentes habían salido del carro, pero no escuché voces, tal vez entraran en el edificio para reportar su llegada. Permanecí unos minutos en mi puesto. Los suficientes para ver cómo una enorme mariposa nocturna golpeaba desde afuera en el cristal trasero. Quizá el viento la aturdía y la hacía chocar una y otra vez con la superficie turbia. Tal vez era sencillamente ciega a la luz del día o estaba a punto de morir y le daba lo mismo estrellarse contra lo primero que encontrara en su camino. Insistió seis o siete veces en tropezar con aquella superficie, como si pudiera lograr el milagro de atravesarla y por fin cayó. Cuando me hicieron descender pude ver su cuerpo medio deshecho en el suelo.


2

El oficial de la carpeta sostenía con dos dedos la cadena de mi reloj de bolsillo. Lo dejaba balancearse como un péndulo. Yo, de pie frente a él, veía por un instante las manecillas presas tras el cristal y luego el reverso esmaltado que reproducía la escena final de La Traviata.

—¿Quién tiene en estos días un reloj así?

No respondí. Entonces lo dejó caer casi con asco sobre el mostrador y levantó el encendedor de plata.

—¿Fuma?

—No. Es para incendiar los recuerdos.

El cuarto de interrogatorios era exactamente como lo imaginaba: caluroso y lleno de esa mugre que se acumula en los sitios donde la gente suda porque siente ira o miedo.

—¿Por qué no sale jamás de su casa?

—No es cierto. Cada tarde voy al parque de la esquina y doy cuatro vueltas en torno a la fuente. Trato de descifrar un poco más de la inscripción del monumento que está casi borrada. Evito a los patinadores y regreso a casa. Son exactamente veinte minutos.

—¿Y no habla con los vecinos?

—Casi todos los vecinos del barrio se han marchado. Antes hablaba con un judío relojero que era lector de Hofmannsthal y con la viuda de un periodista que asistió a una cena en 1917 con la divina Anna Pavlova. Pero ya no están. No conozco a los vecinos nuevos. Parece que tienen otras aficiones.

—¿Y a qué se dedica realmente usted?

—En los días impares pongo en limpio mis memorias, mejor dicho, separo lo que creo recordar de lo que imagino. Desecho lo primero y pongo en el papel lo segundo, que es lo único que vale la pena.

—¿Y en los pares?

—Doy cuerda al reloj; escucho el ciclo Viaje de invierno en una grabación de Peter Anders. Es un disco muy viejo. A veces su voz naufraga en una tempestad de crujidos, como si los huesos del pobre Schubert, mordidos por la sífilis, estallaran sin remedio.

—¿Solo eso?

—Una vez al mes saco la colección de cucharillas de las vitrinas y las pulo a conciencia. Después le hago el amor a Monna Vanna y preparo café, si tengo…Alguien me ha recomendado que adopte un perro, pero creo que ambos, frente a frente, nos moriríamos de tedio.

Sobre la mesa había una grabadora con sus carretes de cinta. Al parecer no funcionaba porque los dos interrogadores, el flaco del ceño fruncido y el enano que parecía un grumete escribían afanosamente en blocs de páginas amarillas. El primero formulaba las preguntas, el segundo, además de tomar notas bostezaba, se secaba el sudor con un pañuelo verde y hacía gestos afirmativos que tal vez eran auténticas negaciones.

—Son demasiadas irregularidades.

—Yo diría que llevo una vida muy regular.

Para dejar claro que le molestaba mi réplica el flaco dio un manotazo en la mesa y además de levantar polvo logró que los carretes del magnetófono echaran a andar, al menos por cinco segundos.

—Ya veremos qué se hace con usted.

—¿De qué me acusan?

—No hay acusación todavía. Investigamos…

—¿Cómo si fuera una mariposa bajo una lupa?

—Hasta ahora ninguno de sus actos es totalmente ilegal. Pero la suma de ellos lo vuelven sospechoso. Usted se ha situado en una especie de frontera. Está más cerca del pasado que del día de hoy. Y eso es muy peligroso, si no ahora, en un probable futuro.

—Por favor, devuélvanme el reloj…

—A su debido tiempo. Lo estamos analizando. Al parecer ha sido manipulado para que no marque la hora verdadera.


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Historia de dos vizcachas

FRAGMENTO DE LA NOVELA HOMÓNIMA


ALEJANDRO MARIQUE. Es escritor, sociólogo y diplomático. Actualmente trabaja en la Embajada del Perú en Alemania. Ha publicado las novelas La nieve roja de Moscú, El laberinto del Zar, Una cabaña frente al Kremlin, Un asesino emocional y Prometeo Ruso. Algunos de sus relatos han sido incluidos en las revistas literarias La Rompedora y Fábula (España) y Temporales (Estados Unidos). Cuenta con una maestría en narrativa y escritura creativa de la Escuela de Escritores de Madrid.


Capítulo I

Se vio a sí mismo de pie en medio de la sala, abstraído. Las paredes pintadas de blanco ostra no le decían nada. Dio un paso, casi sin notarlo, y se tropezó con una silla antigua de caoba tapizada con terciopelo azul. Un adorno curioso, aunque poco funcional, que había venido con el departamento amoblado. El zumbido de una mosca le hizo girar la cabeza hacia la derecha. Vio la mesa del comedor, que utilizaba como escritorio, y se acercó. Tomó asiento y miró por la ventana. No sabía por dónde empezar la novela que tenía en mente. Necesitaba un estímulo, una idea, algo concreto que lo atornillara al asiento hasta que las palabras obtuviesen forma y sentido. Tan sólo deseaba eso: una chispa que lo encendiera todo.

La lluvia lo adormecía durante ese domingo; aunque los sonidos de repiqueteo contra los tejados, el asfalto y las ventanas provocaban una sensación agradable. Pensó en aquella chica de ojos verdes con la que se había cruzado en varias oportunidades, en las últimas semanas, desde que se mudó a Londres. Ella misma era como una señal que le daba la bienvenida a la capital británica. Guapa, sí, dependiendo de los gustos, pero había algo más que eso: una apabullante energía que dejaba una estela sobre las veredas, un rastro que lo envolvía en un íntimo deseo de escuchar su voz y tocarla.

Harrods, King´s Road, la salida del metro de Knightsbridge, la calle en su sentido amplio, el café de una esquina. Se la había cruzado por todas partes. Incluso en la embajada. La vio salir mientras él se acercaba y no le dio tiempo de improvisar, saludarla, ¿seguirla y decirle alguna tontería?, «te vi salir, hola, yo trabajo aquí desde hace un mes, me llamo Javier. ¿Te puedo ayudar en algo?», ¡una sandez! Además, no importaba porque simplemente se había quedado sin reacción. Dentro preguntó, con disimulo, quién era esa chica que había salido. No hubo mayor respuesta: ni siquiera había dicho su nombre, tan sólo había preguntado, de manera rápida, si había algún evento cultural próximo que organizara la embajada.

Javier no había indagado más, para no llamar la atención, sobre todo porque era un hombre casado y su esposa e hijo, allá en Lima, se mudarían a Londres en los próximos meses. Aun así, como encargado del área cultural, se animó a decir: «Si regresa pídanle sus datos, así la ponemos en nuestra base de contactos para invitarla cuando haya alguna actividad».

¿Podría escribir sobre esa chica sin conocerla?, ¿algún microrrelato o cuento?, ¿un personaje de novela? No, la imaginación no le daba para tanto. Todo lo contrario: quería conocerla en la realidad, no en la ficción, por lo que se decidió a hablarle la próxima vez que se la cruzara. Animado por esa determinación, volvió a mirar por la ventana: la lluvia arreciaba. Sus pensamientos retornaron a la historia que quería empezar a escribir.

Tolstói. El escritor ruso vino a su mente junto con uno de sus libros favoritos: la saga autobiográfica originalmente compuesta por tres novelas, pero reagrupada bajo un solo título: Infancia, Adolescencia y Juventud. Poco explorado por la academia, quizá Tolstói habría sido el primero en escribir autoficción; lo cual, para Javier, acrecentaba su aura de escritor genial. No eran «memorias» como creían algunos, sino la vida de Tolstói como él mismo la vio y la quiso ver a través de la ficción. ¿Para qué cambiar los nombres de los personajes si no? Una frase de la saga volvía a la mente de Javier: “Había cumplido la mejor y más noble finalidad de esta vida: morir sin lamentarlo y sin miedo”.

Qué frase tan potente, pensó Javier mientras la lluvia caía con más fuerza y él continuaba adormeciéndose sentado frente a la ventana. Una frase dura del siglo XIX, en términos morales y religiosos que él no compartía, pero que igual lo hacía reflexionar: ¿quién podía vivir y morir sin arrepentimientos? Todo lo contrario, estaba convencido de que el ser humano era un amasijo de contradicciones; un ser débil y adolorido que batallaba a diario para sufrir menos. Los conceptos del «bien» y del «mal» no tenían mayor cabida para él en un mundo donde la escala de grises era la regla general por excelencia. Arbitrario y relativo, sí, pero más real que los latidos mediocres de un corazón sin sueños.

Y exactamente aquello era lo que buscaba plasmar en la novela que quería escribir. Un personaje histórico que muy bien podría haberse visto como un paradigma de virtud y grandeza; pero que, en realidad, habría vivido lleno de remordimientos por cada uno de los errores cometidos. Al mundo se venía a errar y a intentar, al menos intentar, construir a partir de los errores: desde una silla rústica donde sentarse, a un fusil, un trasatlántico o la idea de una nación. O construir algo tan sublime e ilusorio como la llamada «libertad».

La lluvia cayó con más fuerza y Javier, decidido, saliendo de su letargo, se paró de un brinco. Había algo que debía hacer para sacudirse de esa modorra que enturbiaba su mente: ir al bar de la esquina (seguramente desierto), beberse un trago de cerveza o sidra y leer un buen libro. Tan sólo una decisión simple, y que la vida hiciera el resto.

*

Aquel domingo en la tarde no había nadie dentro del pub. La lluvia torrencial había espantado a todas las almas londinenses, al menos las que solían moverse en el corazón de Chelsea. En la esquina de King´s Road y Radnor Walk se encontraba uno de los locales favoritos de Javier. No sólo la cercanía a su departamento, sino ese placentero ambiente cultural británico de ocio y sidra de bayas silvestres. Apenas se mojó la punta de las zapatillas Converse bajo su paraguas y tras los tres minutos que le tomó llegar. Al lado de un vaso con abundante hielo, del que bebía pequeños sorbos pausados, sentado en la mesa esquinada de siempre, disfrutó de una grata soledad mientras leía las primeras páginas de una nueva novela.

Ella entró. Ni tan alta de estatura, sin muchos kilos de más, no demasiado guapa; aunque con cejas bien negras y abundantes, naturalmente delineadas, que imprimían un sello de elegancia y finura. Una chica normal que sobresalía. Se sacó la casaca turquesa y la colgó en el perchero junto con una bufanda de motivos tribales de distintas tonalidades naranja y marrón. El paraguas, en el estante de metal debajo. Tras aproximarse a la barra echó un rápido vistazo, inmutable, a Javier. Se desplazaba con aplomo y su piel dorada, como la de un camote recién salido del horno, resplandecía en el ambiente opaco del pub. A pesar de la distancia, Javier también pudo notar el brillo de sus ojos verdes. Faros, en medio de una noche de viento intenso y mar violento, que alumbraron la sidra frente a ella. Al vaciar su botella en un vaso con poco hielo, giró y ambos cruzaron miradas.

Con esa leve sonrisa desde la barra, apenas perceptible, pero viva y penetrante, Javier creyó que ya estaba enamorado al sesenta por ciento. Al setenta cuando, al pasar al lado de su mesa y frente a él, notó que el color de sus ojos era verde helecho. Y pensó que si formaba un rectángulo con los dedos índice y pulgar de ambas manos y lo colocaba en dirección al rostro de ella, haciendo un tipo de plano de cámara donde sólo aparecieran las cejas y los ojos, el resultado sería abrumador: esa chica, a pesar de su rostro ordinario, era hermosa. Un helecho trigueño de tallos gruesos y delineados. Enamorado al ochenta por ciento. El veinte restante, lo sabía, lo conseguirían las palabras.

Por fin la volvía a ver. Por fin, a solas. Le hablaría como se lo había prometido; quería pararse y dirigirse a ella, pero algo lo inmovilizó. «¿Qué me ocurre? No puedo dejarla ir de nuevo», pensó Javier. Como si sus palabras resonaran en medio del bar grisáceo y como si ella las entendiera y acudiera a un llamado, se acercó hacia él.

—¿Será la cuarta o quinta vez que nos cruzamos? —preguntó ella, parada al lado de la mesa, mostrando una sonrisa imperceptible para el mundo, aunque dirigida a Javier.

—La sexta, en realidad —dijo él. Tragó saliva y carraspeó para aclarar la garganta—. Las cuatro primeras veces intercambiamos miradas. La quinta vez compraste una ensalada, para llevar, en la zona de comida de Harrods y te fuiste. Fue el lunes pasado. Y la sexta, este viernes. Te vi salir de la embajada del Perú. En esas dos ocasiones no me viste.

—Y resulta que también bebemos lo mismo. Vi tu botella desde la barra. ¿Algo más en común además de encontrarnos en la calle durante las últimas semanas, beber la misma marca de sidra y toparnos aquí con esta lluvia que espanta hasta a las hormigas? —Esta vez hubo un gesto de coquetería. Sin preguntar, con esa elegancia que emanaba con naturalidad, movió una de las sillas y se sentó junto a Javier. Éste, evidenciando primero sorpresa y luego un gesto como «perdona que no te haya invitado a sentarte», pasó a una sonrisa cómplice.

—¿Qué me dices de la literatura?, ¿te gusta leer novelas? —preguntó él sin saber si ese tema resultaría táctico para iniciar la conversación.

—Me encanta, sí. Desde la barra noté también que leías; pero antes de decir que es un tema en común, me gustaría saber qué lees ahora —respondió y dio un trago a su sidra.

Javier, que había cerrado el libro desde que ella se aproximó a él, como un acto reflejo, se percató que ocultaba la portada con sus brazos apoyados sobre la mesa. Lo alzó y mostró. «Pues esto. ¿Qué me dices?, ¿te suena a algo?». Ella agrandó sus ojos y soltó una inesperada carcajada, y negó con la cabeza como si algún tipo de coincidencia acabase de ocurrir. Javier, observándola, sintió que aquellos gestos lo apaciguaban como si lo mecieran en su silla. Se hizo con la imagen de que la conocía de años.

—Así es que Aves sin nido de Clorinda Matto. Vaya sorpresa —dijo ella.

—¿Conoces el libro?, ¿lo has leído? Perdona, no quiero sonar brusco. Me sorprende que sepas de él cuando sucede lo opuesto con la gente de mi país, a pesar de que compartimos con Matto la misma patria.

—Sí lo he leído. Conozco muy bien el libro. Tu país también. Mira tú, ya se nos abrieron varios temas de conversación. Iremos poco a poco, pero primero déjame preguntarte por qué lees exactamente ese libro. ¿Sabes que Clorinda Matto fue la primera indigenista y una de las primeras voces feministas de Sudamérica? —preguntó ella mientras daba un nuevo sorbo a su sidra y mantenía una sonrisa que, esta vez, entremezclaba la curiosidad y la sorpresa. Sus ojos brillaron con un tono verde lima.

—No lo sabía. Me enteré cuando, no hace mucho, investigué algo de ella en internet. Recuerdo haber escuchado sobre la novela en el colegio, pero se me pasó la vida y recién he podido adquirir una copia. Irónico, hablo mal de mis compatriotas por desconocerla y yo recién la estoy leyendo.

—Ya veo. Sin embargo, aún no me has respondido. ¿Por qué la lees? Y, ya de paso, ¿te está gustando?

Javier miró alrededor. Nadie. El lugar era exclusivamente para ellos dos. Y esa chica sentada frente a él no solo había captado su interés con dos o tres frases, sino que también había demostrado ser muy inteligente. Una situación que lo hipnotizaba y que no dejaría escapar.

—Recién había empezado con las primeras páginas cuando entraste al pub. Verte por séptima vez me distrajo —soltó una risa; pero ella, inalterable, seguía atenta a sus palabras—. Compré el libro porque quería leer novelas peruanas escritas en el siglo XIX. Me fascina ese siglo.

—¿Por qué te fascina? —replicó sin alterar gesto alguno.

—Por… —dijo él y se rascó la cabeza—. Me interesa el proceso de independencia de los países americanos, así como la aparición de los distintos problemas de las nuevas repúblicas. Y saber ahora que Clorinda fue la primera indigenista y feminista es un valor agregado que enriquecerá mi perspectiva.  Además, me lo recomendó un amigo porque…

«¿Habré hablado de más?», pensó Javier con preocupación. ¿La asustaría con su rollo medio académico? No quería sonar como alguien soberbio.

—Vamos, termina —le pidió ella cuando él dudó y desvió la mirada—, no te cortes ahora después de ese discurso.

—Deseo incursionar en la creación literaria y quiero escribir una novela sobre un personaje histórico. Mi amigo me dijo que leyendo a Clorinda podría ambientarme en la época y el contexto social —respondió sintiendo que empezaba a traspirar.

—Ya veo, ¿y quién es el personaje histórico? —dijo ella con un nuevo brillo en los ojos que hizo cambiar la tonalidad de verde. ¿Sería posible?

—Andrés Avelino Cáceres Dorregaray —sentenció Javier con una sonrisa orgullosa.

—Vaya, me sigues sorprendiendo. Y perdona que te haga tantas preguntas, pero como habrás notado has captado mi interés.

—Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

—Te lo diré, pero primero dime tú el tuyo —dijo ella. Torció los labios y levantó las cejas—. Yo me acerqué a tu mesa y te hablé primero, así es que compláceme con ese pequeño detalle —agregó con una sonrisa—. Y luego, me comentas por qué elegiste a Cáceres.

—Mira tú, venimos conversando desde hace rato y no sabemos nuestros nombres. Curioso, ¿no crees? Y no me sorprende lo más mínimo. Como si…

—Como si no importara, cierto. Eso significaba que lo estamos pasando bien —dijo y guiñó un ojo. Verde por todas partes, iluminando el bar, los vasos de sidra, la lluvia allá en la calle.

—Javier Perea. Ya entendiste que soy peruano, ¿cierto? Trabajo en la embajada. Por eso te vi el viernes. Quise acercarme a saludarte, pero me ganó la duda.

—Todo sucede por algo —dijo ella y se llevó la sidra a los labios. Dio un trago, hizo una pausa y agregó—: Es más divertido habernos encontrado aquí, conocernos hoy. ¿Qué más sobre ti?

—Siempre he querido escribir —dijo complacido—, y sin embargo se me pasó la vida con los estudios y después trabajando. En la oficina, aquí cerca en Sloane Street, coincidí un par de semanas con un colega, Arturo Cáceres, antes de que volviera al Perú. Desarrollamos rápida empatía porque él también estaba interesado en la literatura y ya había empezado a escribir su primera novela: un tema que ocurrió en Moscú, donde trabajó antes de venir a Londres. Un amigo suyo murió de una manera extraña. Te puedo contar esa historia otro día, si gustas.

—Tal vez. Sigue, que te escucho. —Javier notó que ella había tratado de poner paños fríos a ese desvío deliberado que buscaba ver su reacción sobre otro posible encuentro. Un tanteo como decían los peruanos. A esas alturas, pensó él, ambos ya se habían dado cuenta de que se gustaban.

—Arturo me dijo que, se supone, por lo que le contaron a él, es pariente directo de Andrés Cáceres y tenía deseos de escribir una novela relacionada con él. Como se empezó a ocupar en su novela moscovita y yo le caí bien, me cedió el tema, por decirlo así, ya que yo también tenía interés.

Elevó el vaso, simulando un brindis y bebió un trago sin esperar que ella chocara el suyo. Continuó:

—Y es lo que quiero hacer. Me llama la atención el rol militar y político de Cáceres. Fue héroe de guerra y presidente del país. Debe ser uno de los personajes más importantes en la historia del Perú. Aves sin nido, como te comentaba, me ayudará a comprender algunas cosas desde el punto de vista histórico y literario. Además, la  autora fue cacerista e incluso expulsada del país por sus preferencias políticas.

—Conozco la historia de Clorinda Matto —dijo ella. Esos ojos ¿esmeralda, olivo? tan brillantes embobaban a Javier—. Migró a Argentina y fundó la revista femenina Búcaro Americano, y desde el periodismo procuró luchar en favor de la emancipación e igualdad de la mujer. Todo un suceso, ¿no crees?

Ambos sonrieron con un gesto cómplice. Javier levantó su vaso de sidra una vez más, dijo salud, lo chocó contra el de ella, sin esperar que lo terminase de levantar, y le dijo: «¿Me contarás algo sobre ti? Mira que ya me generaste intriga desde que conoces todas estas cosas. Vamos, es tu turno». Ella se puso de pie, apuró lo que quedaba en su vaso y le dijo sin darle mayor importancia: «Será otro día». Ante la mirada sorprendida y ruborizada de Javier, agregó sin reprimir una risa: «Mentira. Voy al baño. Piensa en qué me vas a preguntar y, mientras tanto, pídeme otra sidra. La misma marca».

Pasada la sorpresa, Javier terminó su sidra, fue a la barra por dos más y, al regresar, trató de asimilar de manera rápida lo que venía ocurriendo. ¿Destino o casualidad? La chica que había robado su mirada y curiosidad, desde que se mudó a Londres pocas semanas atrás, se había convertido ya en una referencia entrañable de la ciudad. No tan guapa, pero hermosa; y más aún cuando la oía expresarse con tanta naturalidad, interrogar con sensualidad, mirar con aplomo. Se rio: era un encuentro histórico fuera de registro, una magia del tiempo. Mutuo interés literario, académico y parecía que hasta erótico; ¿se podía pedir más?

Su pensamiento se desvió. Miró alrededor de nuevo: el bar vacío, la bartender ensimismada, el ambiente grisáceo, la lluvia que no cesaba y su corazón latiendo. Por ella y por el Perú. Había sido sincero: tenía gran interés por el siglo XIX. Una pasión, acaso una obsesión, por un país al igual que por una chica de ojos verdes que uno ve seis veces en la calle.

Agachó la mirada y se concentró en el suelo: sólo entendiendo cómo había empezado todo, uno podría tratar de comprender a un Perú actual aún dolido y que arrastraba los traumas de sus procesos históricos. Un país que intentaba encontrar un camino que, a puertas del bicentenario de la independencia, pudiera consolidar una idea en común, un imaginario colectivo y orgulloso que permitiera enfrentar el futuro con un mayor sentido de identidad. Algo le decía que aprendería mucho más con ella a su lado.

Un ligero y cariñoso golpe en la cabeza lo sacó de su trance. Una mirada íntima y risueña lo devolvió a esa realidad tan inusual. «¿Tan concentrado estabas en las preguntas que me vas a hacer? Vaya que te lo tomaste en serio. ¡A ver, suéltalas!». El tono ¿helecho? de sus ojos brilló. Por un momento, Javier pensó que el color trasmutaba a uno lima. ¿Sería el reflejo de un estado emocional? Se la veía expectante debajo de esas cejas tan cautivadoras y el brillo dorado de sus brazos, su cuello, su rostro.

—¿Cómo te llamas?

—¡Tanto misterio para eso! —soltó una carcajada mientras sus dedos coquetos jugaban con su cabello. Tomó asiento.

—En serio. Es lo primero que quisiera saber de ti. Luego, abrazaré todo.

—Qué lindo. —Esta vez fue ella quien se ruborizó—. ¿Quieres adivinarlo? Mi nombre es igual al de otra mujer que, de una u otra forma, está aquí.

De manera automática, Javier miró alrededor. Nadie excepto por la chica de la barra. Aburrida, miraba su teléfono y se llevaba a la boca algunos frutos secos de un pequeño recipiente. Negó con la cabeza y luego, con incredulidad, como diciendo «de quién diablos estás hablando», miró a su acompañante. Ella, moviendo la nariz y sonriendo con picardía, señaló el libro en medio de ambos.

—¿Me estás tomando el pelo?, ¿en serio me vas a decir que te llamas como la escritora?

Clorinda abrió las manos y las elevó como diciendo así es la vida, no es mi culpa, qué sorpresa, ¿cierto?

—Creo en el destino, Javier. Que la vida es circular. Que todo está dicho y hecho, como en la literatura y la filosofía, como en la historia de la humanidad, y que el resto son ecos repetitivos en diferentes magnitudes y composiciones. Incluso para algo tan insignificante como los nombres.

—¿Y ahora me vas a decir que eres filósofa? No me sorprendería.

—No, soy historiadora —dijo ella, acomodándose sobre la silla y enderezando la espalda—. Trabajo en la Biblioteca Británica; pero bueno, por lo visto ambos somos capaces de mantener una conversación interesante y no creo que mi discurso te sorprenda mucho, ¿a que no? Los rollos académicos que me has soltado son para espantar a cualquiera, pero a mí me han encantado.

—Tal cual. Sólo te diré que me parece extraño que una británica se llame «Clorinda». Porque eres británica, ¿cierto? Y ahora que lo pienso, en realidad eres la primera mujer que conozco, en mi vida, con ese nombre.

—Británica, sí. Mi padre me llamó así. Él es un viejo admirador de Clorinda Matto. Me puso el nombre por ella. Estoy segura de que esta vez no me crees.

—Si me dices que es verdad te creeré, pero es cierto que esto me parece muy extraño. Demasiada coincidencia.

—¿O destino? —Clorinda guiñó un ojo.

—No sé qué decirte. Soy un poco más descreído y cínico en la vida —dijo Javier.

—Pues es verdad lo de mi nombre. Es más, ¿te digo otra cosa para que te rías de esta situación?

—Ya estamos aquí y sospecho que no será la última vez que te vea. Así es que, sí, cuéntamelo todo —dijo con entusiasmo.

—También voy a empezar a escribir mi primera novela. Y al igual que en tu caso, es sobre un personaje histórico, aunque británico. ¿Qué me dices de eso?

Javier arqueó una ceja, la miró con sorpresa y exhaló con un soplido. Se rascó la cabeza y carraspeó un par de veces.

—Siento que la lluvia torrencial de allá afuera fue el inicio del fin del mundo —dijo él—. Que ya estamos muertos; y esto que está sucediendo, aquí entre ambos, es una especie de limbo existencial o el sueño de una tercera persona. De esas cosas raras que seguro te gustan.

Clorinda cogió Aves sin nido con la mano derecha, miró la portada, se la enseñó a Javier y le preguntó: «En serio, ¿qué piensas de todo esto?».

—Te creo. Es tu nombre y ambos hemos coincidido en un momento curioso en el que queremos escribir ficción sobre personajes históricos de nuestros países. Sí, tal vez me vas a hacer creer en el destino. ¿Sobre quién quieres escribir?

—Ahora sí, te prometo, te vas a caer de espaldas. —No cabía más sonrisa cómplice y coqueta en el rostro de Clorinda. Se le veía animada. Todo ella era un sol esmeralda, oliva, lima, en un universo paralelo.

—Ya nada me sorprende. Aunque algo me hace creer que me caeré de la silla. —Javier le guiñó el ojo.

—¿Te suena el nombre Lord Thomas Cochrane?

—¿Estás hablando en serio?, pero ¿qué diablos está sucediendo hoy? Seguro la lluvia es ácida, ha matado a todos y esto se ha convertido en una distopía entre dos tipos raros y una bartender aburrida —respondió con más asombro.

—Es muy en serio. Mira, tú aquí, un peruano interesado en el siglo XIX, conversando conmigo y yo que quiero escribir sobre un oficial naval que contribuyó con la independencia sudamericana.

—¿Te gustan los mismos temas del siglo XIX que a mí? —preguntó Javier entrecerrando los ojos.

—Pues sí. El nacimiento de nuevos estados, la lucha por consolidar proyectos en medio de diferentes problemas sociales, culturales, económicos. Todo eso que dijiste. Y me atraen también, igual que a mi padre, el indigenismo y el feminismo. Créeme, por ese motivo llevo con orgullo mi nombre. ¡Hasta algunas veces me siento más peruana que británica! Y cuando sucede busco por todo Londres un buen ceviche, un jugoso lomo saltado, una causa de cangrejo, un arroz chaufa, ¡hasta un helado de lúcuma! Te parecerá una locura, pero incluso me pongo a escuchar a Daniel F y a Leusemia. Adoro sus canciones.

Clorinda dio un nuevo trago de su cidra. No podía dejar de sonreír y Javier vio, con placidez, que la bebida se le escapaba por la comisura, humedeciendo ese bello rostro al que ya quería acariciar.

—Estoy gratamente sorprendido. Tenemos muchas cosas que conversar. Tantos temas en común. Pero, déjame preguntarte, yo te respondí el motivo por el que escogí a Cáceres, ¿tú por qué a Cochrane? Podría equivocarme, pero no creo que haya sido una figura tan gravitacional en tu país. Sé que como oficial de la Marina Británica hizo grandes cosas, aunque tampoco fue un Nelson contra Napoleón ni mucho menos vital y decisivo como Cáceres para el Perú.

—La respuesta es más simple —dijo Clorinda con elegancia y seguridad—. Es mi ancestro. Mi interés es el siguiente, escúchame: toda persona es complicada y contradictoria, no entraré a distinciones moralistas sobre el bien y el mal, ni en cuestionamientos atemporales, pero lo cierto es que fue un hombre bien intencionado. Sus acciones contribuyeron, de todas maneras, a una causa noble en Sudamérica; y cuenta la leyenda que una niña llamada Clorinda Matto lo conoció en Londres, pocos años antes de morir, en un viaje del que no quedó registro histórico. —Terminó hablando rápido y esbozó una sonrisa tan grande que se le cerraron los párpados. Unos sutiles hoyuelos aparecieron en sus mejillas. Al abrirlos, Javier detectó un tono de verde esmeralda, como si fuese el color del orgullo.

—Mira, Clorinda; si no me caigo del asiento como temías antes, es porque quiero evitar pasar vergüenza contigo. Dicho eso, estoy impactado, impresionado. Es un domingo de locos.

—¿Quieres escuchar más?

—Dios mío, ya no sé en qué parte de mi cabeza podría entrar tanta información. ¿Hay más? El mundo debe haber acabado hoy, como creí, y estamos viviendo un sueño distópico.

—Qué imaginación tienes, Javier —dijo ella, complacida—. La realidad, como se sabe, siempre la supera. Cochrane tuvo un hijo bastardo. Desconocido e ignorado por la historia. Alfred. Yo soy su descendencia. Vivió en el Perú y fue amigo de Clorinda. Parece, incluso, que tuvieron un romance.

—¡Será posible!, ¿me dirás que también eres descendencia de Clorinda Matto?

—Ahora estás siendo irreal y exagerado, Javier. ¿Cómo se te ocurre? Eso sí sería de locos.

Ambos rieron. Le dijo a Clorinda que iba al baño, que por favor no se fuera y que le siguiera contado más historias alucinantes a su retorno. Ella, cerca de terminar de beber la sidra de su vaso, le pidió que, a su retorno, fuese tan amable de traerle un vaso con agua de la barra.

Hizo todo en cinco segundos. Al regresar con sendos vasos, Clorinda bebió un trago con esa desenvoltura que seguía intacta y que, ahora, con mayor fuerza, acrecentaba su belleza. A Javier le pareció notar que sus ojos, esta vez, tenían un brillo de color oliva, dando la apariencia de que ella gozaba de cierta calma placentera. Una locura que el color de sus ojos cambiara de tonalidad según el estado de humor o emocional. Un atractivo mayúsculo que terminó enamorándolo más a pesar de que ya había llegado al cien por ciento.

—¿Entonces quieres escuchar algo más, Javier?

—Siempre. Sólo dices cosas que me interesan. Tal vez no exista un mañana y será mejor si hoy se me revelan los misterios del universo. Parece que tú los conoces.

—Has regresado más gracioso del baño. ¿Sabes quién fue admiradora de Clorinda, amiga de ella y futura escritora?

Javier se recostó sobre su asiento y desvió la mirada por un instante, a pesar de que no quería dejar de mirar a Clorinda ni un segundo. La lluvia allá afuera arremetía. El bar seguía vacío y la chica de la barra había desaparecido también. La opacidad del ambiente se mantenía, pero Clorinda… ¿sus ojos podían brillar aún más?

—¿Quién? No tengo ni idea.

—La hija de tu Andrés Cáceres. Zoila Aurora Cáceres Moreno. Se presentaba como Aurora, o con su seudónimo Evangelina, y fue una de las primeras mujeres escritoras modernistas y feministas del siglo XX. Estoy segura de que eso no lo sabías, ¿cierto? En realidad, se dice que con ella empezó el feminismo en el Perú.

—¡Impresionante! —dijo Javier a punto de beber del vaso con agua, pero lo dejó a medio subir, suspendiendo el brazo en el aire—. No tenía ni idea… Ahora ya estoy al nivel de mis compatriotas a quienes criticaba por no conocer Aves sin nido. En el fondo, veo que conozco pocas cosas. Qué privilegio ser tú y tener acceso a toda esta información por el lado de tu familia y, supongo, gracias a la Biblioteca Británica.

—Sí y no. Existió mucha información sobre Aurora debido a su activismo político y, además, porque escribió muchos libros; pero todo esto fue olvidándose poco a poco. Increíble, ¿no crees?, que la hija del histórico machote militar, tan importante o incluso más que su padre, haya sido olvidada porque, en simple, no fue un hombre que participó en la guerra, se convirtió en héroe y llegó a presidente. ¿No te parece injusto? Felizmente hay intentos por retomar su figura. Estamos en el 2014 y una novela suya, La rosa muerta, cumple un siglo desde su primera publicación. Y fue reeditada hace poco para evitar que desapareciera del todo.

De pronto, la lluvia se detuvo y la chica de la barra, como reavivada, volvió a aparecer. Levantó la voz y preguntó si querían beber algo más. Ante el silencio dudoso de Javier, Clorinda respondió que no, gracias, que ya se iba. Javier lamentó oírla porque ese extraño y mágico momento llegaba a su fin. Aun así, trató de mantener el ánimo.

—Tienes razón en todo. Da para pensar muchísimo. Me impresionas, Clorinda. Estoy contento de que, por fin, nos hayamos sentado a conversar. Cuéntame un poco más antes de que te vayas, ¿sí? No creo que Aurora haya tenido también un romance con Alfred Cochrane, ¿verdad? ¿O que tú misma, entonces, seas descendiente de Cáceres?

—Veo que tienes una gran imaginación, Javier, aunque nada de eso —respondió con una renovada sonrisa—. Me gustaría contarte más cosas, desde luego, pero tengo que partir. He quedado con una amiga por aquí cerca y ya se me hizo tarde. Te dejo para que sigas con Aves sin nido. Al menos hemos conversado bastante y te he deslumbrado con todas estas coincidencias y conexiones, ¡a que sí!

—¡Espera! Una idea excéntrica —dijo él de manera apurada—: ¿Y si inventamos un romance ficcional entre Alfred y Aurora y lo incorporamos a nuestros libros sobre Cáceres y Cochrane? Podríamos unir las historias de esos dos grandes personajes, así sea sólo en la ficción. Nuestros libros quedarían también enlazados. ¿Qué piensas?

—Que desde que entré al pub y te vi, tras haber cruzado miradas contigo en la calle tres, cinco, diez veces, ya perdí la cuenta, supe que terminaríamos construyendo algo juntos. Conversaremos sobre tu idea en nuestra segunda cita. ¿De acuerdo?

—¿Entonces esta fue una primera cita? —preguntó Javier con todo el entusiasmo y astucia que había guardado para un momento final como ese—. Si me dices que sí, entonces ya sabes cómo terminará este encuentro. No te podrás ir sin darme un beso. Bueno, tampoco me mires así, porque por lo menos me darás un abrazo, ¿cierto?

Ambos se miraron con intensidad y se rozaron, con timidez, una mano sobre la mesa. Sus emociones coincidían: nada como la primera vez en que dos personas, que intuyen que estarán juntas, se conocen, conversan, se interesan el uno por el otro, se escuchan con pasión e imaginan acariciándose no sólo la piel sino también las palabras y hasta los pensamientos. Javier miró sus ojos con intensidad y notó el brillo de un nuevo tono de verde: uno trébol que lo invitó a ponerse de pie, acercarse y abrazarla.


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Todos los días un día

FRAGMENTO DE NOVELA HOMÓNIMA


MANUEL GARCÍA VERDECIA (Holguín, Cuba, 1953) Profesor, escritor, traductor y editor. Ha publicado una veintena de libros entre ensayo, poesía, cuento y novela, entre los que destacan Meditación de Odiseo a su regreso (poesía, 2001), Hombre de la honda y de la piedra (poesía, 2007); El día de La Cruz (novela, 2007); Antífona de las islas (poesía, 2014); Del tránsito de las almas (poesía, 2018); Ramas de álamo y otros poemas (poesía, 2022) y A veces suceden cosas (cuentos, 2023). Ha obtenido el Premio Nacional José Soler Puig 2007, en novela, y el Premio Adelaida del Mármol 2001; Julián del Casal de la UNEAC 2007 y La Gaceta de Cuba 2018, en poesía. Además cuenta con más de veinte libros traducidos, lo que le valiera el Premio Nacional de Traducción José Rodríguez Feo en 2012.


1

Este es el día, piensan milagrosamente a la misma hora doce de las cuatrocientas mil cabezas que cada día rompían sueño y ansia contra los arrecifes del destino en La Cruz. Son las ocho de la mañana. La ciudad se despereza desde su lecho a los pies de unos cerros calvos, entre dos riachuelos fatigados. Semeja el absorto esqueleto de un descomunal cetáceo que, inexplicablemente, hubiera decidido suicidarse lejos de su hábitat de gélidas honduras, en este llano arenoso entre palmas, ceibas y yagrumas. Estas, en su abundancia de volubles penachos que muestran al aire ora el verde profundo de su faz, ora su plateado envés, daban nombre al país. El sol de Isla Yagruma blanquea y pulveriza la osamenta del leviatán con la eficacia de un boticario que prepara sus ungüentos en el mortero. Las barriadas se estiran hacia los cuatro vientos, vértebras que se desprendieron del espinazo fósil. Los muros, los tejados, el asfalto, los laureles, almendros, álamos, palmas, mangos y ficus comienzan a cederle al sol el húmedo aliento de la noche. La Costurera Alemana, como todas las mañanas de Dios y de los hombres, abre los postigos del cuarto de costura, pero en su pecho revolotea un ave rara. Cree que hoy conseguirá su mejor confección y espía su sueño. La Lavandera Jamaiquina se apresura con la demolición de la pirámide de ropa que sus puños deben adecentar. Tendrá visita temprana y deberá atenderla pronto para luego descifrar su ansia, así que canta. El Negro Estibador ya puja y suda a raudales acarreando sacas de azúcar. Pero su mente está en otro escenario glorioso, así que se afana en revisar punto por punto la decisiva acción que liderará. La que llaman la Triple Ve busca la oportunidad para escapar un momento al trajín de la tienda y verse con Eulalio el Espiritista, que le ayude con sus dudas, pero este a esa misma hora piensa que precisamente hoy, por ser el día que es, no atenderá a nadie. La Mocita Gallega se despabila por el escándalo de la luz y los ruidos del ir-y-venir público y pide su desayuno. Siente que es un día como para dar gusto al cuerpo. El Muchacho de la Zarzuela está nerviosísimo con lo del estreno de esta noche. Se mira al espejo sin dejar de hacer gárgaras. El Vicario, tras la sesión coral con que se ha loado al Creador, se encamina, el estómago en brazas por la falta de alimento y por el empeño que lo desgasta, a anular el ayuno. El Agente Secreto, tras haberse aseado concienzudamente y desayunado, llega a su despacho con una carpeta de informes bajo el brazo, aséptico como las gasas de un cirujano, eufórico por el buen augurio de sus planes. El Morito Poeta entra a la tienda, da un beso a cada una de las Muchachitas, las dos mujeres que trabajaban con él. Celebra la flor que trae la Mantis, les pregunta si hay alguna novedad e inmediatamente alista su buró para trabajar un rato en la oda que quería terminar hoy. La Mantis, Victoria en el asiento civil, había salido de la casa cantando su bolero preferido, Dos gardenias. Sentía unos deseos inmensos de hacer algo que no sabía qué era, así que al pasar por el primer jardín que halló cortó unas mariposas, se las puso en el pelo y, en vez de tomar la guagua, decidió irse a pie hasta la tienda, a ver si por el camino adivinaba qué quería hacer. El Chinito Verdulero, una vez que ha descendido de su diaria migración por el sutil sendero del Tao, arregla verduras y frutas en tentación visual y abre su venduta al jolgorio de la Plaza. Todo y todos se disponen a cumplir su día, una jornada donde las dos cuchillas del reloj entablaban un duelo entre la realidad y el deseo. Por el azar que huracanado sopla sobre las voluntades, cada cual ha decidido que este será un día definitivo, su día


2

La luz irrumpe en la habitación que sirve de atelier a la Costurera. Al centro duerme dócil la vieja Singer con la que cada día deja constancia de sus afanes a su paso por este mundo. En la esquina sureste hay un gavetero que guarda botones, broches, zípers, cintas, ligas. Por el piso, cestos diversos, dejados en un descuido ordenado, que ornamentan la pieza y almacenan hilos, dedales, agujas, alfileres, tijeras, cintas de medir, lápices de marcar. En la esquina noroeste un gran armario de puertas con lunas que iluminan los cuerpos que viste la Alemana. Allí esperan, fantasmas que duplican a sus dueñas, blusas, vestidos, refajos, engañadoras –piezas que llevan las mujeres bajo el vestido para “engañar” con la exuberancia que gusta en el trópico–, batas, pantalones, shorts. En un estante, en el ángulo suroeste, abundan perchas y patrones, los moldes de cartón para diversas prendas. Rodeando la máquina, esos bustos de un escultor expresionista, los maniquíes, cuerpos mutilados de cabezas y extremidades, para que nos fijemos en la estructura no en los detalles, sobre los que se van armando las piezas, hasta adquirir la forma de los cuerpos que vendrán. En una esquina, ancla un alto aparador, un galeón cargado de linos y organdíes, satenes y driles, percales y sedas, mezclillas y gabardinas, popelines –poplín al decir criollo– y piqués, terciopelos y rasos, hasta el cansancio barroco. En esas telas, entre estos objetos e instrumentos, vuelca la Alemana su vehemencia por ejercer la ternura y la fantasía que, en otras formas, se le niegan. Aquí se olvida del mundo, se siente crecida y fuerte. A veces sonríe. Otras, suelta la aguja o el pedal y se queda como flotando en una órbita de ensueño. En aquella estancia próxima a la calle llena de ruidos, figuras y movimiento, pertrechada de sus herramientas y sus indefectibles bifocales que le permiten la alternancia del aquí de las puntadas con el allá del grasiento trajinar de los estibadores en el almacén enfrente, compone su universo, mientras cose un día con el otro. Una vez abiertos los postigos, respira hondo la brisa que se apresura adentro, con olores de azúcar, músculos resudados, bostas aún calientes y el amargo resabio de un viejo cedro que sombrea la esquina. Otea su horizonte, con persistente y repetido detenimiento, hacia donde los fornidos hombres descargan un camión. Saluda, Buenos días, con una sonrisa que inaugura continentes. Negrro, cuando tenga tiempo necesito de usted un favorr, con su arrastre de pétreas erres solicita a un negrazo de esos que parecen el genio de la lámpara, a la vez que se acomoda los cabellos. Ya en sus cuarenta, preserva su figura. Ha conocido la preñez solo una vez y liquidó sus rezagos con una dieta austera, reforzada por sus constantes estreñimientos, lo que añadido a su indetenible abejeo en el hogar mantiene sus carnes ceñidas. Aún suscita callados elogios: el estómago liso, el pelo pajizo que esconde bien las primeras canas. Un rostro de nariz recta, labios delgados, ojos azules y límpidos, índices de una sensualidad agazapada. Únicamente la proximidad de un close-up dejaría ver las primeras grietas del paso de las estaciones, acentuadas por ciertos gestos para evadir el sol o para concentrarse en su labor. Tras la fatiga diaria de decirse y contradecirse en sus antojos, hoy había decidido que No espero más. Este no sería un día como los otros sino el día, su día. Miles de puntadas habría dado mientras observaba aquel cuerpo de dura ácana, brillando al sol con matices violáceos, sudoroso, en vigorosos movimientos, como una maquinaria perfectamente lubricada. Con cada puntada fijaba un ardor que la dominaba en su intimidad.

Aquel no era el cuerpo que día a día pasaba a su lado, como un amanecer neblinoso, fofo, que poco a poco se distanciaba más, a pesar de los mismos escasos pasos que separaban a un cuarto del otro. El señor de ese cuerpo había decidido, cuando les nació el hijo, cederle su espacio cerca de ella. Luego, cuando el pequeño ya pudo estar en su propia habitación, razonó que él tenía un horario indefinido y para no causar molestias era mejor así. En aquella soledad acompañada la Costurera vio el tiempo escurrirse como la lluvia por las hojas del añoso almendro del patio. La desidia había cavado un espacio a la duda, la duda lo había ampliado a la curiosidad, la curiosidad lo cedió al ansia y el ansia lo acomodó para el deseo. Este crecía en sus adentros, como otro cuerpo que necesitaba hacer estallar aquel que lo contenía y refrenaba, para poder realizarse. Recurrentemente, tras haber visto un insidioso filme donde Lawrence Fishburne inflamaba la pantalla con su libido agresiva, se soñaba Desdémona asediada por un Otello que no le daba tregua, corriendo tras ella con su oscuro cuerno de rinoceronte. La perseguía sin dejarla respirar, hasta que, ya sin resuello, caía frente al cuerno nervudo, aterrorizada, y él la encentraba con saña, absorta, la perforaba, gozosa, la izaba como una bandera de victoria en su asta, satisfecha. La representación grotowskiana pero no grotesca se enseñoreaba en su cuerpo y lo hacía arder como una bengala. Aquella violencia, al parecer dolorosa, producía un estado de encandilamiento en su ser que la empujaba a solicitar un encore, y otro y otro, ¡Bravo! Que la aplaudiera el público a ella corita, una moderna Isadora, fogosa y temeraria, realizando su vocación artístico-erótica sublimada. Lo angustioso es que ciertas noches ansiaba la reiteración de aquel sueño, la posesión violenta, e intentaba convocarlo visualizándolo, pero su imaginación insuficiente de experiencias nunca se aproximaba a las poderosas visiones del inconsciente. Cuando estas se desataban, era como si todo el calor del mundo se adueñara de su cuarto, de las sábanas, de su piel. Un fogaje abrasivo la poseía desde dentro, le despertaba un odio cruel por cuanto la rodeaba, corría en cueros a ducharse y rezar y rezar, para alejar al demonio que venía a cocinarla en las pailas de la lujuria. Tras la convulsa experiencia la sacudía la luz del día cerca de un Yago blando y abúlico que, por educación, de vez en vez, como una peregrinación, venía hasta su cama a vaciar sus fluidos en ella, hendida como un surco árido.

En la ecuanimidad de su recogimiento espiritual, leyendo los Evangelios, se asombraba de que su mente, luterana y abstracta, musical y filosófica, se hubiera iniciado en aquella creciente lubricidad. Esto la angustiaba, Perdóname Señor, y la abochornaba ante esa otra que sabía de lo razonable y lo moral. Sin embargo lo que la mente expurgaba, el cuerpo lo solicitaba. En los momentos de recogimiento, la mente gobernaba y a empujones de vergüenza echaba los sentimientos morbosos, pero la carne tenía sus potencias. De modo que los sueños la sorprendían y Otello la acometía, corría tras ella, un campeón de torneo, su hombría desenvainada, ella con las piernas en V, Churchill que saluda la victoria inminente, sin poderse mover y como buscando el brutal topetazo. De día solía visitarla el deseo con visiones engañosas. Al recorrer la casa se sentía Grethel perdida en un bosque de penes, violáceos troncos de venas inflamadas que anunciaban un vigor irreductible. Una invasión córnea de su espacio venía desde la tentación a apoderarse de su lucidez y ecuanimidad. Íncubos se agazapaban en las cosas que la rodeaban: la negra piedra de río para machacar carnes, los plátanos erectos en el viandero, el suave e hinchado tubo de dentífrico, las chorreantes velas en los candelabros. Los palpaba para verificar su ensueño y solo lograba una desfalleciente lubricidad, ya no podía dejar de acariciarlos largamente, hasta que un sofoco, una creciente palpitación, una dilatación de su pozo, la obligaban a correr de aquella belicosa penetración en sus dominios. Escapaba al baño y se ocultaba bajo la ducha, adelantando la pelvis para que el frescor sosegante cayera allí, directamente en el centro de su agonía. Permanecía largo rato bajo la fina llovizna hasta que su mente ganaba claridad y el dentífrico era un dentífrico, la vela, una vela y ella una mujer que cosía y aguardaba su momento, a la luz de un postigo abierto al sueño.


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