SELECCIÓN FOTOGRÁFICA



















En Donde empieza el hombre, Marino Berigüete emprende una exploración profundamente humana en torno al origen de nuestra conciencia, nuestra identidad y nuestra relación con los otros. El libro se mueve en ese territorio fronterizo donde el individuo deja de ser únicamente criatura biológica para convertirse en ser consciente, capaz de amar, sufrir, recordar, crear y preguntarse por el sentido de su existencia. Berigüete combina poesía, reflexión y una mirada casi filosófica para indagar dónde comienza verdaderamente lo humano: si en la memoria, en la palabra, en el dolor, en la capacidad de reconocernos en los demás o en esa permanente necesidad de buscar respuestas. El resultado es una obra que convierte la experiencia individual en una pregunta universal sobre aquello que, en definitiva, nos hace hombres.
***
XIII
Quod est superius est sicut quod inferius.
Tabla Esmeraldina
HERMES TRISMEGISTO
1
el hombre es sólo un frágil aliento
un instante de un vuelo corto
un viajero de todos los tiempos
abrir y cerrar de ojos en la noche
sombra en el firmamento breve
ala de un pájaro en vuelo
gota de agua en la penumbra que se consume
un viento que palpita plantado entre los árboles
una respiración apenas en el cuerpo sentida una voz
que se pierde en los pasillos del momento
nota efímera en la sinfonía cósmica
resquicio entre la cuna y la tumba que aguarda
chispa en la oscuridad infinita
un destelle de luz en el vacío que se apaga
el hombre es sólo eso
nada
y todo
un eco solitario en el abismo del ser
un breve caminar sobre la tierra
trazando en su arco fugaz la luz
reflejada en el espejo de la noche
un sueño que se disuelve con el alba
que se recuesta en el aire
el hombre es sólo un frágil aliento
2
el tiempo permanece quieto
somos sombras errantes
pasado de pasos lentos
aves de paso a la distancia
el tiempo inmutable nos observa
nuestros sueños quietos se desvanecen
como huellas en la arena tenue
y ahora poco a poco nos marchamos
ecos de risa en el viento que corre
silencios olvidados en la bruma citadina
hojas caídas de árboles moribundos
que corren sobre el asfalto y se pierden en las calles
el tiempo no nos espera
seguimos un sendero hacia el olvido
nuestros pasos se desvanecen lentos
y ahora que nos miramos
en la memoria quedan
los reflejos de instantes de una vida que se apaga
señales de voces errando en la noche
aves depaso sombras del tiempo cansado lento y quieto
y nosotros un punto en el tramo final
con poco aliento bajo las alas
la mirada fija en el horizonte
que abre sus brazos nos rendimos
al final del camino
cuando el tiempo permanece quieto
3
eres un presente
tiempo eres un espejismo
te deslizas entre los dedos
como los ruedos entre la arena
el pasado tiñe de sombras
memorias que se disuelven
ecos de risa y agua queda
que en la mente se envuelve
el futuro sueño incierto
promesas que se evaporan
como estrellas en el alba
cosas que se pierden y vuelven
y ahí en el presente buscamos
un punto fijo en la marea
una pausa en el murmullo
del reloj que cesa su aleteo
el tiempo sigue su curso
un juego de luces y sombras
un reflejo en el azogue
que en rondas ya no tocamos
vivimos en el ahora
entre lo que fue y lo que no será
caminando en el borde del tiempo
en el presente
En Tres poetas en Nueva York, Marino Berigüete se acerca a la ciudad desde la mirada de tres poetas que encuentran en Nueva York no solo un escenario, sino un espacio de confrontación con la modernidad, la soledad y la condición humana. La ciudad aparece como territorio de contrastes: multitud y aislamiento, vértigo y silencio, belleza y desarraigo. A través de estas tres voces poéticas, Berigüete construye una reflexión sobre el exilio, la identidad y la experiencia del individuo frente a una urbe que parece devorarlo todo, pero que también puede convertirse en lugar de descubrimiento y revelación. El libro propone, en definitiva, un diálogo entre poesía y ciudad, entre la mirada del poeta y ese Nueva York que, desde siempre, ha sido símbolo de ruptura, libertad y extrañamiento.
***
Torres Gemelas
Un largo suspiro, un resplandor quebrado,
heridas abiertas en mitad del cielo,
dos torres de acero que caen como sueños,
llamas alzadas como manos perdidas,
dos relámpagos cruzados en pleno vuelo,
dos cuerpos sin red, suspendidos en el viento,
espejos rotos en medio de la nada.
Eso fuimos:
dos reflejos enfrentados
que se miraban desde la altura,
torres gemelas tocando el horizonte,
cimientos de humo, promesas de vidrio,
estructuras que creyeron ser eternas
y se desplomaron bajo su propio peso.
No hubo adiós, solo impacto,
un crujido en el aire,
una grieta en la historia que nunca cierra,
escombros cayendo como cuerpos sin nombre,
como sueños que no tocaron suelo.
Fuimos esa altura ciega,
esas voces en la cornisa del vacío,
una carrera hacia la cima
que no sabía detenerse.
El amor era vértigo:
volar sin alas, subir sin fin,
hasta que el fuego llegó como palabra última
y todo ardió en un solo grito,
una sola caída.
Después, solo ruinas.
Nada quedó donde estuvimos,
solo polvo flotando en la memoria,
un terreno baldío que respira ausencia.
Lo que una vez fue altura
hoy es sombra en el viento,
un hueco en el corazón de la ciudad,
un eco que insiste en no irse.
Mi generación lleva ese hueco en la piel,
como una cicatriz que no se borra,
como un silencio adherido a cada rincón.
Cada rascacielos refleja lo que falta,
cada calle es una herida abierta.
El aire aún guarda la sombra de esas torres,
una marca que solo ven los que no olvidan.
Intentamos reconstruir,
pero lo perdido no vuelve igual.
No hay monumentos para lo que cayó, s
olo un vacío que late bajo los pies,
una grieta invisible en la memoria del mundo.
El amor era un atentado,
un vuelo sin regreso,
y nosotros, dos torres gemelas,
unidas por la certeza de la caída.
Nos lanzamos al vacío sabiendo que no habría red,
sabiendo que el impacto era inevitable.
Hoy, ni estatuas ni placas de bronce:
solo polvo que flota,
solo ruinas dispersas,
solo un terreno que nunca deja de hablar.
Cada año vuelve la brisa del otoño,
trayendo el polvo de lo que fuimos.
Cada aniversario es una grieta más honda,
una nube suspendida en el aire del recuerdo,
un intento de atrapar lo inasible.
Pero lo caído no se levanta igual,
las torres no vuelven,
y el vacío no se llena.
A veces pienso que seguimos cayendo,
como si el suelo nunca hubiera llegado.
Seguimos allí,
desplomándonos en la memoria,
como vigas torcidas que se niegan a ceder,
como cuerpos que flotan sin tocar el suelo.
El vacío es más que ausencia,
es la prueba de que alguna vez estuvimos,
una sombra viva en el corazón de la ciudad,
un eco que persiste, aunque todo avance.
Nos buscamos en cada esquina,
en cada sombra, en cada silencio,
en cada edificio que refleja lo que ya no está.
El espacio vacío es un espejo:
lo que fue aún respira allí,
en ese hueco que nunca termina.
Las torres cayeron, pero no se fueron.
Flotan en el aire,
suspendidas en el polvo del tiempo,
como un suspiro que no termina de exhalarse,
como una herida que no sabe cerrarse.
Dos torres gemelas,
dos ausencias que no dejan de caer,
una sombra viva en la piel de la ciudad.
Siempre habrá un terreno baldío,
una nube de polvo suspendida,
una memoria que se niega a soltarnos.
Porque lo que se derrumba no desaparece,
lo que amamos no muere del todo.
Sigue ahí, entre las ruinas invisibles,
en el viento que arrastra el polvo,
en el hueco donde habitaron las torres,
en la sombra que nunca deja de caer.
En Tras la puerta, Marino Berigüete parece situar la poesía en ese territorio íntimo donde lo visible y lo secreto se encuentran: la puerta funciona como frontera entre el mundo exterior y la conciencia, entre lo que mostramos y aquello que guardamos en silencio. El poemario explora así la memoria, la soledad, el deseo, el paso del tiempo y las heridas de la experiencia, pero sin convertirlas en simple confesión; Berigüete las transforma en una búsqueda de sentido. Detrás de esa puerta no hay solamente un espacio físico, sino una dimensión interior desde la cual el poeta observa al ser humano, sus pérdidas y sus esperanzas, intentando descubrir qué permanece cuando se cierran las puertas del mundo.
Poema I
La puerta no se abre, pero tampoco está cerrada.
Entre sus grietas, asoma una claridad que no ilumina.
Es una luz detenida, suspendida en su propia caída,
como si estuviera a punto de tocar el suelo,
pero nunca lo hiciera.
Al otro lado de la puerta, imagino el paisaje.
No sési existe, o si es apenas una invención
que mi mente dibuja para no sucumbir al vacío.
Veo un árbol sin hojas,
un cielo sin pájaros,
y una piedra que, como yo,
espera algo que no llega.
El tiempo es una cuerda floja que atravieso con pasos de humo,
sin saber si avanzo o retrocedo.
Cada paso es una pregunta que se desploma
sin encontrar respuesta,
como si las preguntas fueran lo único sólido
en este mundo de nieblas.
El silencio tiene raíces,
crece hacia abajo, hacia el centro de algo que no comprendo,
como si en el fondo del silencio hubiera una verdad,
pero, ¿cuál?
Los ecos de esa verdad se disuelven
antes de llegar a mis oídos
dejando solo una vibración sorda,
un temblor que me atraviesa sin decirme nada.
Hay una mesa en la que no me siento.
En ella, el mantel es una noche estirada,
y sobre la noche, algunos objetos que nunca todo:
un vaso vacío,
un cuenco de sombras,
y una flor que no es flor,
sino el recuerdo de lo que pudo florecer.
Los muros de este cuarto respiran.
No los veo moverse, pero sé que lo hacen.
Quizáss se están acercando,
quizás están cansados de sostener este espacio
y buscan cerrarse en sí mismos,
borrar la distancia que les da forma.
O tal vez soyo yo quien se encoge,
quien se reduce hasta desaparecer
entre las grietas que ellos no muestran.
La ventana, cerrada, es un ojo sin párpado.
Mira hacia afuera, pero no ve.
Lo que hay afuera no es un paisaje,
es la sombra de un paisaje,
la posibilidad de algo que tal vez nunca existió.
Sin embargo, la ventana insiste,
como si esperara que algo la atravesara:
un pájaro inexistente,
un viento que no sopla,
o la mirada de alguien que, al otro lado,
busca lo mismo que yo.
El reloj en la pared ha detenido nu marcha.
Pero el tiempo no ha dejado de correr.
Se escurre entre las grietas del suelo,
se cuela entre los objetos,
y en cada rincón se acumula
como polvo que nadie limpia.
No hay palabras suficientes para este instante,
y, sin embargo, sigo buscándolas,
como si al encontrarlas pudiera detener el desvanecimiento.
Las palabras son dedos ciegos
que intentan tocar algo invisible,
algo que se mueve en la sombra
y que, cuando parece cerca,
se disuelve en un nuevo silencio.
La lámpara parpadea en un rincón,
pero su luz no es luz,
es apenas una vibración entre la penumbra,
un intento fallido de revelación.
Y entonces, entiendo:
tal vez no se trata de nombrar lo que veo,
sino de aceptar que lo que veo
no necesira ser nombrado.
Quizás el silencio no sea el vacío
sino una forma de plenitud
que no puedo aún comprender.
Quizás este cuarto oscuro
no sea una prisión,
sino una puerta abierta
hacia lo que nunca podré alcanzar,
pero que siempre estará ahí,
esperando mi intento.
El intento de ser,
sin necesidad de decir.
Fragmento de la novela homónima
Uno
Salí de la ciudad una mañana que parecía idéntica a todas. El calor ya estaba instalado desde temprano, pegajoso, como si la noche no hubiera traído alivio. La terminal de autobuses era un edificio sin gracia, de techos bajos y bancos de cemento maltratados por el tiempo. El aire olía a sudor, a grasa de frituras y a humo de cigarrillos. Me senté en un rincón con mi maleta ligera, una carga mínima para alguien que ya no esperaba demasiado de la vida. Había decidido volver al sur, al pueblo donde nací, después de tantos años en la capital. No era un regreso triunfal ni tampoco una huida dramática: era más bien un cansancio que me arrastraba, como si el cuerpo hubiese elegido por mí.
El autobús estaba medio lleno. Subieron mujeres con niños pequeños, vendedores ambulantes que ofrecían botellas de agua y galletas, estudiantes con mochilas pesadas. Yo observaba en silencio, sin necesidad de conversar. Cuando el chofer arrancó, un traqueteo metálico recorrió la estructura y una nube de humo negro salió del escape, cubriendo momentáneamente la calle.
Los primeros minutos fueron lentos. El tráfico nos retenía entre semáforos, motores y guaguas que se cruzaban sin orden. Vendedores corrían entre los vehículos ofreciendo frutas, cargadores de celular, loterías. Una mujer se asomó por la ventanilla para comprar un racimo de guineos, otro pasajero adquirió un periódico arrugado. Yo me limité a mirar el caos que había habitado durante décadas, la ciudad que me había desgastado la piel. Pensé que ya no volvería a caminar esas avenidas, que los ruidos y las luces quedarían atrás para siempre. Y no sentí alivio ni tristeza, solo una indiferencia tibia, como si alguien hubiera cerrado una puerta que ya no me concernía.
Al salir de la ciudad, los barrios se extendieron a los lados de la carretera. Casas de bloques sin pintar, talleres mecánicos, colmados con letreros desteñidos. Las paredes estaban cubiertas de grafitis y anuncios de políticos que prometían lo mismo de siempre. Un grupo de niños jugaba descalzo sobre un charco, mientras un perro famélico husmeaba en la basura. Reconocí esas imágenes, porque yo también había crecido en calles parecidas antes de marcharme a estudiar. Pero ahora no eran recuerdos, sino una repetición inmóvil de lo que nunca cambia.
El autobús tomó velocidad. La carretera se abrió ante nosotros, recta, interminable, bajo un sol que parecía no tener compasión. Los pasajeros se acomodaron en sus asientos. Algunos dormían, otros conversaban en voz baja. Yo me quedé mirando por la ventanilla, con el rostro casi pegado al vidrio caliente. La luz me obligaba a entornar los ojos. Los cañaverales se sucedían sin pausa, una monotonía verde que se extendía hasta el horizonte.
Recordé entonces la primera vez que había hecho ese trayecto, siendo apenas un joven lleno de expectativas. Tenía una carpeta bajo el brazo, un cuaderno nuevo y un hambre de futuro que me empujaba hacia la universidad. En la fila de inscripción conocí a la mujer que después fue mi esposa. Una conversación mínima, un comentario sobre la lentitud de los empleados, y todo cambió. Pasaron los años como pasan siempre: rápidos y sin aviso. Nos casamos, trabajamos, sobrevivimos a la ciudad. Después llegó la enfermedad, lenta, inevitable, y su muerte me dejó vacío.
Ahora viajaba solo, con una pensión modesta y la certeza de que lo mejor había quedado en un tiempo inaccesible. Regresaba al pueblo porque allí estaban enterradas mi madre y mi abuela, porque aún quedaban algunos amigos, porque la ciudad ya no me ofrecía nada. No esperaba grandes cosas del regreso. Solo un espacio donde sentarme a mirar los días hasta que también yo desapareciera.
El autobús se detuvo en un pequeño pueblo a la orilla de la carretera. El chofer anunció diez minutos de descanso. Bajamos casi todos, buscando estirar las piernas. El calor era más fuerte fuera, un golpe seco en la cara. Un colmado servía café en vasos de plástico. Lo pedí amargo y lo bebí sin prisa. Alrededor, los demás pasajeros compraban empanadas, refrescos, pan con huevo. El humo de la fritura se mezclaba con el polvo del camino. Un niño descalzo se acercó para ofrecerme naranjas. Compré una por costumbre, más que por hambre, y la guardé en la maleta. El niño se alejó sin mirarme, como si supiera que no habría conversación.
Cuando subimos de nuevo, el autobús retomó la carretera. El sol seguía en lo alto, inmóvil. El paisaje cambiaba lentamente: montañas lejanas, ríos secos, árboles solitarios que parecían resistir de pie por pura obstinación. A mi lado, una mujer dormía con la cabeza descolgada hacia el lado del pasillo. El ronquido suave acompañaba el motor. Otro pasajero, un campesino de manos ásperas, conversaba con el chofer sobre la cosecha, el precio del plátano, la falta de lluvias. Yo escuchaba sin intervenir, como si esas palabras pertenecieran a un idioma ajeno.
El tiempo en el autobús tenía otra medida. Las horas se deshacían en el calor, en la vibración del motor, en la repetición de las mismas curvas y rectas. Me sorprendí mirando el reloj, aunque no tenía prisa. La verdad era que tampoco me esperaba nada concreto al final del trayecto. No había familia aguardando, ni un festejo, ni siquiera un saludo seguro. El pueblo estaba ahí, pero el vínculo era solo memoria, no presente.
En otra parada subió un estudiante. Llevaba libros en las manos y los ojos llenos de cansancio. Se sentó en el asiento delantero y abrió un cuaderno que imaginé con apuntes de derecho. Lo miré unos segundos, recordando mis propios años en la universidad, las noches de estudio, las discusiones en los pasillos. Todo parecía ahora tan lejano, como si le hubiera ocurrido a otro. El estudiante se inclinó sobre las páginas y, por su postura, intuí que había comenzado a leer: logré escuchar su voz, baja, e incluso puedo jurar que lo vi moviendo los labios. Aquellos eran gestos conocidos, aunque para mí ya lejanos y con una convicción que yo ya no tenía.
La carretera siguió estirándose hacia el sur. Atravesamos pueblos donde el parque era el centro, con la iglesia y el ayuntamiento enfrentados como rivales silenciosos. El tiempo parecía detenido en esas calles: hombres en sillas plásticas, mujeres barriendo la acera, bicicletas apoyadas en las paredes. El autobús pasaba como un visitante extraño, levantando polvo y desapareciendo tan rápido como había llegado.
El sol empezó a inclinarse hacia la tarde. La luz se volvió más espesa, anaranjada, y las sombras crecieron en los bordes de la carretera. El aire dentro del autobús estaba cargado de calor y cansancio. Abrí la ventanilla y sentí el golpe seco del viento caliente en el rostro. No era alivio, pero al menos era movimiento.
Mientras avanzábamos, los recuerdos se amontonaban sin orden. Mi esposa en la cama del hospital, con los ojos hundidos. Mi madre preparando café en la cocina del pueblo, hace tantos años. Mi abuela rezando en voz baja al caer la tarde. Escenas cortas, fragmentos sin continuidad. Pensé que tal vez la vida no era otra cosa que eso: una serie de imágenes sueltas, que uno carga sin saber por qué, hasta que llega el momento de soltarlas todas de una vez.
El autobús hizo su última parada antes del pueblo. Algunos pasajeros bajaron. Compraron pan, carne frita, refrescos. Yo permanecí en mi asiento, sin hambre ni sed. Miré las luces encenderse en las casas cercanas. El olor de la fritura entró por la ventanilla. Pensé en cuántas veces había comido lo mismo, en la ciudad y en el campo, y en cómo ese sabor era idéntico en todas partes. Lo banal, lo repetido, parecía ser lo único que realmente permanecía.
Finalmente, el autobús tomó el desvío hacia mi pueblo. Lo reconocí desde lejos: el arco del triunfo, el parque con sus árboles torcidos, las calles polvorientas. El motor se fue frenando hasta detenerse frente a una de las calles principales. Bajé con mi maleta. El sol ya terminaba de esconderse detrás de las montañas, pero el calor permanecía en el aire, pegajoso, inmóvil.
Nadie me esperaba. Nadie sabía que regresaba. Miré alrededor: los hombres seguían jugando dominó en el colmado, los niños corrían tras un balón, una mujer cerraba la ventana de su casa. Todo estaba en su sitio, como si el tiempo no hubiera pasado. Pero para mí era diferente. Yo había cambiado, y al mismo tiempo, seguía siendo el mismo que partió tantos años atrás.
Respiré hondo. El polvo me llenó la garganta. Caminé hacia la casa de mi madre. El portón se abrió con un chirrido largo. Dentro, el aire olía a encierro y a cosa vieja. Me senté en la galería, con la maleta a un lado. El silencio del pueblo era más fuerte que cualquier ruido de la ciudad. Me quedé quieto, esperando. No sabía qué, pero esperaba.

Hay poetas que escriben para nombrar el mundo y otros que escriben porque el mundo, aun cuando ha sido nombrado miles de veces, continúa siendo un misterio. La poesía de Marino Berigüete pertenece, fundamentalmente, a esta segunda estirpe. En ella, el poema no aparece como un territorio destinado a ofrecer respuestas, sino como el lugar donde las preguntas adquieren una dimensión nueva. ¿Quiénes somos? ¿Dónde comienza el hombre? ¿Qué queda de nosotros cuando el tiempo, la distancia y la memoria han borrado las certezas? ¿Qué relación existe entre el hombre que fuimos y aquel que todavía estamos intentando ser? Son preguntas que atraviesan una obra poética desarrollada durante varias décadas y que encuentran en sus libros más recientes una formulación particularmente intensa.
Nacido en Barahona, República Dominicana, en 1962, Berigüete ha desarrollado una trayectoria que desborda los límites de la poesía: escritor, diplomático, ensayista y narrador, ha construido una obra en la que los diferentes géneros parecen dialogar entre sí. Entre sus primeros libros de poesía figuran Mujeres y Odas a Barahona, mientras que en los últimos años su escritura lírica ha encontrado una nueva zona de exploración en Tras la puerta y, especialmente, en Donde empieza el hombre, publicado por Círculo de Poesía en 2024.
Lo interesante de esta trayectoria es que no estamos ante una poesía que haya abandonado sus primeros territorios, sino ante una escritura que los ha ido profundizando. El muchacho que en Mujeres intentaba fijar en el poema las emociones, las incertidumbres y los descubrimientos de la juventud es reconocible, muchos años después, en el poeta que interroga la identidad, la memoria y el sentido de la existencia. El tiempo no ha borrado al primer poeta: lo ha obligado a conversar con él.
Mujeres, primer compendio poético de Berigüete, posee precisamente el valor de permitirnos asistir al nacimiento de esa sensibilidad. Los poemas fueron escritos en distintas etapas, algunos desde la adolescencia, y el libro recoge una experiencia íntima marcada por la familia, el amor, la nostalgia y el descubrimiento de sí mismo. En ellos puede percibirse todavía la respiración de un poeta en formación, pero también la semilla de preocupaciones que después adquirirán una dimensión más filosófica: la identidad, la soledad, la memoria y el paso del tiempo.
Hay, sin embargo, un espacio que ocupa un lugar particular en la poesía de Berigüete: Barahona. No se trata únicamente de una ciudad natal convertida en objeto de evocación. En Odas a Barahona, el territorio se transforma en una dimensión emocional. La ciudad deja de ser paisaje para convertirse en memoria, origen y destino. El poeta mira su tierra desde la distancia y descubre que la distancia modifica aquello que recordamos: el lugar real comienza a convivir con el lugar imaginado.
Esta transformación resulta esencial para comprender su poesía. Barahona no es solamente el escenario donde comienza una biografía; es el espacio interior al que el poeta regresa una y otra vez. El paisaje dominicano —el mar, las calles, la infancia, las personas, las voces— funciona como una especie de archivo de la existencia. En Odas a Barahona, la memoria individual se mezcla con una memoria colectiva: detrás de la ciudad concreta aparece la historia de una comunidad, sus carencias, sus heridas, sus esperanzas y sus formas de resistencia. La propia presentación del libro insiste en esa tensión entre la belleza del paisaje y una realidad marcada por el sufrimiento y la lucha.
Pero si en Odas a Barahona el poeta regresa al territorio de origen, en Tras la puerta el movimiento parece invertirse. Allí el espacio adquiere una dimensión más íntima y cerrada. Los poemas fueron escritos durante los años en que Berigüete ejercía como embajador de República Dominicana en Paraguay, entre 2010 y 2017, en un contexto de distancia, soledad y nostalgia. Círculo de Poesía publicó una selección de doce poemas del libro dentro de su panorama de poesía dominicana contemporánea.
La puerta del título puede leerse, entonces, como una de esas imágenes que funcionan simultáneamente en varios niveles. Es una puerta física, pero también es el límite entre el mundo exterior y el interior, entre la presencia y la ausencia, entre aquello que se recuerda y aquello que se ha perdido. El poeta observa los objetos cotidianos y descubre en ellos una capacidad inesperada para conservar las huellas de quienes ya no están. La casa se transforma así en un espacio de resonancias: las paredes, el silencio, la luz, las sombras y los objetos parecen participar de una conversación secreta con el hombre que los contempla.
En esa poesía de la ausencia aparece uno de los rasgos más característicos de Berigüete: la voluntad de convertir lo cotidiano en interrogación metafísica. Una puerta no es únicamente una puerta; puede convertirse en frontera. Un espejo no refleja simplemente un rostro; puede plantear la pregunta acerca de quién está mirando. Un río no es solamente agua en movimiento; puede convertirse en una imagen del tiempo y de la identidad.
Ese procedimiento alcanza una expresión especialmente madura en Donde empieza el hombre. El título contiene ya el programa esencial del libro. Berigüete no pregunta simplemente qué es el hombre, sino dónde comienza. La diferencia es decisiva. Preguntar qué somos parece exigir una definición; preguntar dónde comenzamos obliga a emprender una búsqueda. El poeta no busca una respuesta definitiva: construye un itinerario alrededor de la duda.
El poema inicial lo expresa mediante una sucesión de preguntas acerca de las manos, el cuerpo, el pensamiento, el vientre, la memoria, el silencio y el tiempo. El nacimiento del hombre deja de ser un acontecimiento biológico para convertirse en una interrogación sobre el origen de la conciencia.
Aquí aparece una de las mayores virtudes de Berigüete: su poesía piensa sin dejar de ser poesía. No se trata de convertir el poema en un tratado filosófico ni de utilizar el verso como simple vehículo de ideas. El pensamiento nace de las imágenes. La reflexión se produce dentro del lenguaje poético. El río, la sombra, la luz, el espejo, la piel, el silencio y la memoria son elementos concretos que permiten al poeta aproximarse a cuestiones abstractas sin desprenderse completamente de la experiencia sensible.
La crítica ha señalado precisamente esta dimensión filosófica de Donde empieza el hombre. Basilio Belliard ha definido el libro como una obra de carácter lírico y metafísico, vinculada con la tradición de la poesía del pensamiento, pero alimentada por la experiencia sensorial y por la memoria cotidiana. Adalberto García López, por su parte, ha destacado el carácter reflexivo del poemario y la exploración del desdoblamiento del sujeto.
Ese desdoblamiento constituye otro de los centros de la escritura de Berigüete. El yo de sus poemas no es necesariamente una identidad compacta. Es un yo que se observa, se interroga y, en ocasiones, se descubre convertido en otro. La experiencia de vivir contiene una fractura: somos simultáneamente quien recuerda y quien es recordado, quien observa y quien es observado, quien habla y quien escucha.
En este sentido, la poesía de Berigüete participa de una preocupación profundamente contemporánea: la imposibilidad de reducir al individuo a una identidad única y definitiva. El sujeto aparece como una suma de capas, de tiempos y de voces. De ahí la importancia de la memoria. Recordar no significa simplemente regresar al pasado, sino reconstruirlo desde el presente. Cada regreso modifica aquello que creíamos recordar.
Y aquí vuelve a aparecer Barahona. El poeta que abandona su lugar de origen descubre que la distancia no destruye el vínculo con ese lugar; lo transforma en una presencia interior. La ciudad, la infancia y los muertos comienzan a existir dentro de la conciencia. El regreso deja entonces de ser exclusivamente geográfico. Es un regreso hacia uno mismo.
No resulta casual que esta preocupación por el regreso aparezca también en la narrativa reciente de Berigüete. El hombre que vuelve, publicado por Ilíada Ediciones en 2026, nació a partir de un poema titulado El hombre que regresa. El propio autor ha explicado que la idea de la novela se relaciona con su deseo de regresar a Barahona y con la memoria del lugar que había dejado atrás.
Poesía y narrativa terminan así encontrándose en un mismo territorio: el regreso como forma de conocimiento. Regresar no significa recuperar intacto aquello que se perdió. Significa descubrir que el pasado ha sido transformado por nuestra propia existencia. El hombre que regresa ya no es el mismo hombre que partió. Y el lugar al que vuelve tampoco es exactamente el mismo lugar que abandonó.
Esta concepción del regreso permite comprender mejor la importancia del tiempo en la poesía de Berigüete. El tiempo no aparece únicamente como una fuerza que destruye o envejece. Es también una sustancia de la memoria. Los años sedimentan las experiencias y convierten los acontecimientos en símbolos. La infancia deja de ser simplemente una etapa biográfica para convertirse en una especie de territorio mítico. Los muertos continúan hablando. Los objetos conservan voces. Los lugares se convierten en espejos.
Hay, por tanto, una poesía de la memoria, pero no una poesía complaciente de la nostalgia. Berigüete no parece interesado en embellecer el pasado para hacerlo soportable. Su nostalgia está atravesada por la conciencia de la pérdida. El recuerdo contiene al mismo tiempo belleza y dolor. Lo que se recuerda precisamente porque ya no está es aquello que adquiere mayor intensidad.
También por eso su poesía concede tanta importancia al silencio. En un mundo dominado por la velocidad, la sobreabundancia de imágenes y la circulación permanente de palabras, Berigüete apuesta por una poesía que exige pausa. El propio autor ha formulado la escritura poética como una forma de resistencia frente a un mundo que privilegia la velocidad, el olvido y la superficie.
Su escritura busca, en consecuencia, una palabra capaz de detener el tiempo. De ahí el predominio de poemas en los que la imagen no se agota en su primera lectura. La brevedad de muchos de sus versos no significa simplicidad. Por el contrario, el verso corto funciona con frecuencia como una forma de concentración: elimina el exceso y deja al lector frente a una imagen o una pregunta que continúa trabajando después de la lectura.
En este aspecto, Berigüete parece confiar más en la sugerencia que en la explicación. La poesía no necesita decirlo todo. A veces basta con una sombra, un rostro reflejado en el agua, una casa silenciosa, una puerta, una ciudad lejana o una voz que regresa desde la infancia. El poema completa su sentido en la conciencia del lector.
Existe además una dimensión social en esta poesía que conviene no pasar por alto. Donde empieza el hombre no se limita a una exploración abstracta del yo. La reflexión sobre el individuo se abre hacia los conflictos del mundo contemporáneo: la violencia, las guerras, el sufrimiento y la pérdida de vidas. La pregunta por el hombre termina siendo también una pregunta por aquello que los seres humanos hacemos con otros seres humanos.
En esa perspectiva, la poesía de Berigüete no necesita convertirse en discurso político para adquirir una dimensión ética. Su preocupación por el hombre implica preguntarse por su fragilidad, por su capacidad de destruir y por su necesidad de encontrar un sentido. La poesía se convierte entonces en una forma de resistencia frente a la deshumanización.
Quizás esa sea la característica que mejor permite reunir las diferentes etapas de su obra: el poeta escribe siempre desde una búsqueda. Primero busca nombrar los afectos y las figuras que han construido su mundo; después busca recuperar el territorio de origen; más tarde explora la soledad, la ausencia y la memoria; finalmente, interroga el origen mismo del ser humano.
Por eso puede leerse la trayectoria poética de Marino Berigüete como un largo movimiento de regreso. Del individuo hacia la memoria; de la memoria hacia el lugar natal; del lugar natal hacia la infancia; de la infancia hacia la identidad; y de la identidad hacia la pregunta esencial: ¿dónde empieza el hombre?
La respuesta, naturalmente, no aparece. Y quizá ahí radique precisamente la fuerza de esta poesía. Berigüete entiende que algunas preguntas pierden su poder cuando son respondidas demasiado pronto. El poema conserva su intensidad mientras mantiene abierta la incertidumbre.
En tiempos en que buena parte de la literatura parece sometida a la urgencia de explicar, clasificar y concluir, la poesía de Marino Berigüete reivindica una función más antigua y, al mismo tiempo, más necesaria: recordarnos que la palabra puede ser un lugar para detenernos ante el misterio. Su poesía nace de la memoria, pero no permanece en ella; nace de Barahona, pero viaja mucho más allá de sus fronteras; nace del yo, pero termina interrogando al otro; nace de la experiencia personal, pero aspira a tocar una experiencia universal.
Ese desplazamiento constituye probablemente la clave de su escritura. Berigüete no escribe solamente para recordar lo que fue. Escribe para descubrir qué significa haber sido, qué significa estar siendo y, sobre todo, qué significa todavía no saber quiénes somos.
La poesía, en su obra, se convierte así en una forma de regreso al origen. Pero se trata de un origen que nunca termina de aparecer. Cada poema abre una puerta y, detrás de esa puerta, en lugar de una respuesta definitiva, encontramos otra pregunta. Y quizá eso sea, finalmente, lo que define a un verdadero poeta: no aquel que posee las respuestas, sino aquel que sabe convertir sus preguntas en una experiencia de lenguaje compartida con los demás.
Terrestre
Cristina Rivera Garza
Random House, 2025
POR EZEQUIEL VELÁZQUEZ MEDINA
Las páginas de Terrestre, de Cristina Rivera Garza, no llevan al lector de un lugar a otro para mostrarle paisajes, ciudades o carreteras: lo llevan de una edad a otra, de un cuerpo a otro, de la memoria a la invención, de aquello que ocurrió a aquello que pudo haber ocurrido. Y en ese desplazamiento permanente está buena parte de su fuerza.
Terrestre reúne siete relatos que se resisten a ser clasificados. Son relatos de viaje, sí, pero también crónicas, recuerdos, ejercicios de imaginación y piezas de una autobiografía que nunca termina de confesarse. La propia estructura del libro parece decirnos que las etiquetas literarias sirven poco cuando una escritora decide moverse con libertad entre ellas.
Rivera Garza no escribe aquí desde la comodidad del recuerdo. Escribe contra él. O, mejor dicho, utiliza la memoria como quien entra en una habitación a oscuras: tocando las paredes, buscando una salida, aceptando que cada objeto puede conducir a otra historia. Los viajes que aparecen en el libro pertenecen en buena medida a la juventud de la autora, pero la juventud que regresa a estas páginas no es una postal sentimental. Es una edad peligrosa, insolente, físicamente expuesta al mundo. Una edad en la que todavía parece posible escapar.
Y precisamente ahí está una de las claves de Terrestre: escapar es también una forma de resistencia.
Sus protagonistas —jóvenes, fundamentalmente mujeres— se desplazan por carreteras, autobuses y trenes, atraviesan territorios y fronteras, ocupan espacios que no necesariamente les pertenecen y convierten el movimiento en una declaración de existencia. No viajan para llegar. Viajan porque quedarse quietas sería aceptar las reglas de un mundo que ya ha decidido cómo deben comportarse. La autora ha explicado que los textos nacieron de recuerdos de sus propios viajes juveniles y que, con el tiempo, descubrió que todos compartían hilos como la juventud, la amistad, el recorrido terrestre y la experiencia de cuerpos femeninos enfrentados a un mundo hostil.
Eso hace que el libro tenga una energía particularmente física. Aquí se camina, se corre, se espera, se cruza, se duerme, se observa. El cuerpo no es un accesorio de la narración: es el lugar desde donde se experimenta el mundo. Y es también el territorio que el mundo intenta controlar.
Pero Terrestre no es un libro sobre mujeres víctimas. Esa diferencia resulta fundamental. Después de El invencible verano de Liliana, donde Rivera Garza reconstruyó la vida y el feminicidio de su hermana y ganó el Premio Pulitzer de Biografía en 2024, habría sido fácil esperar otra exploración de la violencia contra las mujeres. Sin embargo, aquí la autora desplaza el foco. Le interesa imaginar a las jóvenes que siguen adelante, las que viajan, se equivocan, desean, se rebelan, se ríen, hacen amistad y ocupan el mundo antes de que el mundo pueda convertirlas en una estadística.
Por eso el libro tiene algo de celebración, aunque nunca sea una celebración ingenua. Hay alegría, pero debajo de ella permanece la conciencia del peligro. Hay libertad, pero una libertad que sabe cuánto cuesta. Hay amistad, pero una amistad que aparece como refugio frente a un exterior imprevisible.
La gran virtud de Rivera Garza está en que no necesita explicar demasiado. La forma piensa por ella.
Las narraciones se desplazan, cambian de perspectiva, mezclan tiempos y voces, introducen documentos, referencias literarias y zonas de incertidumbre. El lector no recibe siempre un camino perfectamente señalizado. A veces se encuentra en una carretera sin saber exactamente quién conduce. Y esa incertidumbre no constituye un defecto: es parte del proyecto. Terrestre ha sido leído precisamente como un libro que desarma las fronteras entre cuento, crónica de viajes y relato confesional.
Rivera Garza escribe además con una sintaxis que parece negarse a detenerse. Sus frases avanzan como los propios viajes del libro: se ramifican, cambian de dirección, acumulan imágenes y continúan cuando uno cree que deberían haber terminado. Es una prosa que exige atención, pero que también recompensa esa atención con momentos de verdadera intensidad.
El resultado es extraño en el mejor sentido de la palabra: un libro sobre el movimiento que consigue hablar de la permanencia; un libro sobre la juventud escrito desde la distancia de los años; un libro sobre el viaje que, en realidad, habla de la memoria.
Porque todo viaje termina siendo un viaje hacia atrás.
Uno puede atravesar México, cruzar una frontera, subir a un autobús o mirar por la ventana de un tren, pero tarde o temprano el trayecto desemboca en aquello que uno lleva consigo. La carretera no elimina la memoria: la despierta. Cada paisaje puede convertirse en un detonador. Cada ciudad puede devolver una voz. Cada estación puede abrir una puerta hacia una versión anterior de nosotros mismos.
Ahí Terrestre deja de ser solamente un libro sobre la juventud de unas mujeres y se convierte en algo más amplio: un libro sobre la imposibilidad de regresar exactamente al lugar del que partimos.
La tierra del título importa. No es una palabra ornamental. La propia Rivera Garza ha explicado la relación entre los pies y la tierra: necesitamos tocarla para avanzar, necesitamos arraigo para poder desplazarnos. Y esa paradoja recorre todo el libro. Para irnos necesitamos un lugar del que partir. Para transformarnos necesitamos una memoria. Para ser libres necesitamos reconocer aquello que intenta sujetarnos.
Quizás por eso la palabra «terrestre» termina adquiriendo un significado más profundo. Somos terrestres porque tenemos cuerpo, porque caminamos sobre una superficie, porque estamos sometidos al tiempo, porque envejecemos y porque todo viaje tiene un final. Pero somos también terrestres porque pertenecemos a los otros: a las amistades, a los lugares, a las historias que nos precedieron y a las que dejamos atrás.
Rivera Garza consigue que esa condición terrestre no resulte una condena, sino una posibilidad.
Su literatura no pretende elevarnos por encima del mundo. Hace exactamente lo contrario: nos devuelve al suelo. A los cuerpos. A las carreteras. A los miedos. A las amistades. A la juventud que ya no volverá. A los lugares que creíamos olvidados.
Y acaso esa sea la verdadera radicalidad de este libro: no escapar de la tierra, sino aprender a moverse dentgro de ella.
Terrestre es, en definitiva, un libro de viajes que no confía demasiado en los destinos. Lo importante no es llegar. Lo importante es haber estado en movimiento. Haber compartido el camino. Haber mirado por la ventana. Haber tenido miedo y haber continuado. Haber descubierto, mientras avanzábamos, que la memoria también es una carretera y que cada persona que fuimos sigue viajando dentro de nosotros.
Cristina Rivera Garza escribe desde ese lugar incómodo donde el pasado no desaparece y el presente todavía no sabe qué hacer con él. Su apuesta consiste en convertir esa incomodidad en literatura.
Y lo consigue.
Porque después de leer Terrestre queda una certeza difícil de sacudir: viajar no siempre significa alejarnos de un lugar. A veces significa acercarnos, por fin, a la persona que fuimos.
POR FABRICIO SERPA-WILLEN
Los fantasmas de Otto Müller
Miguel Ángel Latouche
Ilíada Ediciones, 2026
Los fantasmas de Otto Müller, del escritor y académico venezolano Miguel Ángel Latouche, tiene un punto de partida que puede parecer el de una novela de intriga histórica: después de la muerte de su abuelo, un joven venezolano descubre que el hombre que lo crio no era el partisano austríaco que decía ser, sino un antiguo oficial nazi que consiguió reinventarse en la Venezuela de mediados del siglo XX. Pero detrás de esa revelación hay una pregunta mucho más incómoda: ¿hasta dónde puede una persona escapar de su pasado y hasta dónde puede una familia vivir sobre una mentira?
La novela despliega su trama a través de varios espacios y momentos históricos: el Vancouver contemporáneo, la Sudáfrica del apartheid, la Gran Canaria de la posguerra y distintas etapas de Caracas, desde los años cincuenta hasta comienzos del siglo XXI. Esa geografía múltiple no parece responder únicamente a una voluntad de cosmopolitismo narrativo. El desplazamiento geográfico funciona, sobre todo, como una manera de representar el desplazamiento de una identidad: Otto Müller puede cambiar de país, de nombre, de historia y de apariencia, pero no puede desprenderse completamente de aquello que fue. Y ahí se encuentra uno de los mayores atractivos conceptuales de la novela.
El título es particularmente significativo. Los fantasmas de Otto Müller no son necesariamente apariciones sobrenaturales. Son, antes que nada, las huellas de una vida anterior que continúa proyectándose sobre los vivos. El fantasma es la memoria, el secreto familiar, la identidad inventada, la culpa, pero también es la historia. El personaje que durante años ha sido considerado un partisano austríaco termina revelándose como alguien radicalmente distinto. Esa inversión convierte la investigación familiar en una excavación arqueológica de la identidad. El protagonista no está simplemente intentando averiguar quién fue su abuelo: está intentando averiguar quién fue realmente el hombre que contribuyó a construir su propia identidad.
La pregunta deja entonces de ser exclusivamente histórica para convertirse en una pregunta moral: ¿qué hacemos con la verdad cuando descubrimos que las personas que amamos están vinculadas a hechos que no podemos aceptar? Una de sus premisas más poderosas es que el descubrimiento de la monstruosidad de una persona no necesariamente elimina los recuerdos de la ternura que esa misma persona pudo haber ofrecido. La Venezuela de mediados del siglo XX aparece entonces como algo más que un escenario: es el lugar donde una identidad puede ser reconstruida. Y hay que recordar que después de la Segunda Guerra Mundial, América Latina recibió a numerosos europeos desplazados por la guerra y por sus consecuencias políticas. La novela utiliza ese contexto histórico para construir una ficción alrededor de una posibilidad perturbadora: que alguien pueda abandonar Europa, inventarse una nueva biografía y comenzar otra vida mientras deja atrás —al menos aparentemente— los crímenes de su pasado. Pero una identidad falsa no significa necesariamente una vida falsa. Otto Müller puede construir una familia verdadera, querer, ser querido, puede ejercer de abuelo, formar parte de los recuerdos felices de un niño. Y precisamente por eso el descubrimiento resulta devastador.
El problema no consiste simplemente en descubrir que un hombre mintió. Consiste en descubrir que una parte de nuestra propia memoria estaba construida sobre esa mentira. La investigación que emprende el protagonista parece recorrer precisamente ese camino: reconstruir el pasado para poder comprender el presente. De ahí que la estructura de la novela resulte especialmente apropiada. La verdad no está localizada en un único lugar: está dispersa en diferentes geografías y épocas. La memoria familiar se convierte así en una especie de mapa.
Otro elemento particularmente atractivo es el encuentro entre la historia europea y la latinoamericana. El nazismo constituye uno de los grandes traumas de la historia europea del siglo XX. Pero la novela no lo mantiene encerrado en Europa. Lo transporta hacia América Latina y lo coloca dentro de otra historia: la de una Venezuela que recibe inmigrantes, construye nuevas identidades y experimenta sus propias transformaciones políticas y sociales. Ese desplazamiento permite plantear una cuestión histórica de enorme interés: ¿qué ocurre cuando los grandes traumas europeos llegan a sociedades latinoamericanas y quedan incorporados a familias que ya tienen su propia historia?
Pero quizá el aspecto moralmente más complejo de la novela sea la relación entre crimen y redención. Una literatura verdaderamente interesada en el mal no necesita fabricar monstruos sin humanidad. De hecho, puede ser mucho más perturbador descubrir que el mal puede coexistir con la capacidad de amar. Ahí reside probablemente una de las ideas más inquietantes que propone Latouche: la humanidad de una persona no cancela sus crímenes, del mismo modo que sus crímenes no necesariamente cancelan su humanidad. La contradicción es insoportable precisamente porque es humana.
Ahí reside la fuerza de esta novela de Miguel Ángel Latouche: en recordarnos que la memoria no es solamente aquello que recordamos, sino también aquello que, durante años, alguien decidió que no debíamos saber.
DEL POEMARIO ABUNDANTIA CORDIS
MANUEL NETO DOS SANTOS (Alcantarilha, Silves-Algarve, Portugal, 1959). Poeta, actor, declamador, traductor. Es una figura ineludible en la poesía portuguesa moderna. Autor de una importante y polifacética obra poética integrada por treinta y seis libros, es también colaborador habitual de importantes revistas de poesía, tanto en Portugal como en España. En reconocimiento a su vasta actividad literaria, tanto en lo que se refiere a su obra como a la difusión de poetas portugueses y españoles, Arandis Editora le honra con la creación del Premio Literario de Poesía “Manuel Neto Dos Santos”, que se encuentra en su cuarta edición anual. Está traducido al español, francés, inglés, árabe y rumano. Ilíada Ediciones ha publicado sus poemarios Abundantia Cordis (2022) y Piedra de Canto / Pedra de Canto (edición bilingüe español/portugués, 2024).
Anunciación
El lugar de la Madre está siempre en el trono del alma y de la memoria. Aun cuando el cuerpo se ausenta de nosotros, el azul verdoso de sus ojos rumorea en el lago más plácido que podamos imaginar.
El lugar de la Madre está siempre en la muralla centenaria que nos vislumbra el futuro, en la alfombra de los valles y de las laderas hasta donde se diluyen en la placidez de la acuarela de un cielo, en el letárgico momento del adormecimiento de la tarde.
El lugar de la Madre … Está, siempre, en mis versos, en la esperanza –quién sabe– de un día poder con ella, del trono de la muralla, la eternidad contemplar.
Y si viviéramos sin alma ni palabras. En el corazón del sonido, la sangre que lo serpentea y la melodía del golpe de la lluvia sobre los tejados, y la ventanilla se une a ellos, a la melodía, y al silencio; y despierta el poema, de un sueño letárgico y suspendido, y la memoria de ti me dice, vacilante; estamos cansados.
A pesar de eso
Escudriño el antiquísimo misterio del origen y del sentido de la vida y de la muerte, para encontrar el don visionario y subversivo, tal como hablo del tiempo que me ofrece la conciencia de la frágil mortalidad. Busco el antiquísimo misterio, pues todo lo que hay de inferior, en nosotros, regresa para que se revele en el impulso, que me lanza hacia lo alto, porque la ironía fingida de amargura habla por etéreos poemas, como fugaces son los sueños a pesar del día de la hora y de los minutos en que se revelaron sobre la hoja. Escudriño, entre los cardos y los espárragos, entre la hoja mugrienta de un país aturdido de hipocresía, el antiquísimo misterio del origen y descubro el silencio como ojos llanos de paisajes, y un anhelo de escribir irrumpe, al sonido de mis pasos, recordando el silencio, en su más fecunda melodía.
Por saber que
El interior de la existencia de un hombre es el planeta más desconocido que podamos imaginar, un poder tan firme y silencioso, como si los pensamientos se hermanaran con las piedras y las piedras, a su vez, fuesen el diálogo más puro entre el cielo y la tierra.
El interior de la existencia de un hombre es el océano más profundo que podamos navegar; por dentro de un constante rumor bajo la maestría de la luna para que la melancolía nos llegue como quien vive a través de los libros, por los poemas, por las profesías que lee….
Todo de tal modo, desconocido, que sólo un instante en cada primavera florece sin que nadie se de cuenta de ello… Y una secreta eternidad arde, despacio, como arden los reflejos del sol sobre el erizo de las mieses.
El interior de la existencia de un hombre sugiere ventanas por abrir, para que los paisajes habiten los ojos, por entero, como si una voz buscando refugio y el alma se delinease a sí misma con la forma de una copa de piedra, para servir la esencia rubia; como son rubros la sangre y el vino.
El interior de la existencia de un hombre es una semilla inventada, de que germina el peso íntimo de la alegría y una historia infinita, para la convulsión del deseo …
Y todo de tal modo sabido por la esencia … Que los ritmos, sobresaltados y antiguos, se adormecen en el vagido inicial del poema, para que las arpas de sombra se punteen en mis ojos.
Para pediros prestado
Dejadme regresar a la fuente de la frase, de donde el sentido desemboca hacia el mundo. Sobre nuestras almas, una tiniebla celeste se pega al letárgico torpor de la monotonía y un manantial mientras nada pasa por aquí. Y leo. Leo poetas “endiosados” por la verborrea compulsiva e inconexa, como rostros de niños lanzando las manos a las tintas y lamiéndose de incoherencia de colores.
No me decores, que yo no soy más que esterilidad fosilizada en la desesperación del poeta “enjaulado”.
Mi alma tiene el camino como una vereda ritualmente recorrida;
Vereda de pasos repetidos por el mapa único y discontinuo de la desesperación …
Dejadme regresar al nacimiento salvaje que despierta, dentro de los ojos, la forma abarrotada de seguir las huellas de la visión ante las flores llameantes de las laderas, y la noche se desbordará en la claridad de las estrellas para que los únicos poetas celebrados sean los candelabros de esperanza … Alumbrados en los sentidos.
Reconocidamente, os agradezco
Vengo a devolver la corona de agonía con que la mezquindad y la envidia de las amigas, que no lo eran, me pusieron sobre la frente.
Atesto el repudio de vuestros aullidos de hienas mortíferas, por la calada de vuestro silencio sobre mí. Vengo a devolver la corona de agonía, a vosotras, unas escasas tres, que me desconocéis … Que vuestra putrefacción de alma os harte y empuje a la esencia de cloaca máxima, de la que vuestras vidas son eructos
Quién diría…
PUEDE ADQUIRIR ESTE POEMARIO EN ESTE LINK: Abundantia Cordis – Poemario – Manuel Neto Dos Santos
DEL POEMARIO CEREZAS EN EL CIELO
MANUEL GONZÁLEZ BUSTO (Sancti Spíritus, Cuba, 1957). Poeta y crítico. Ha publicado los libros Caramba, Manuel (1994), Testamento del loco (1998), Adán, evidencia de los límites (2007) y El reino de los dilemas (2013), todos por Letras Cubanas. En Ediciones Luminaria, de su provincia natal, han visto la luz Magio, la rotura de mis flautas (1991), Confesiones de un loco descreído (1993), Ebriedad de los credos (2005), Delirios del aprendiz que quiso ser rey (2006), Nueces para una añoranza (2008), Cartas a Giselle (2010), Mítico segundo (2012) y El invierno de la novia (2015, publicada también en España por Ediciones Samarcanda, en 2016). En otros sellos editoriales cubanos han aparecido Último incendio en la memoria (Casa Editora Abril, 1993), La noche del visionario (Editorial Capiro, 2002), Poemas de cuando el hombre pudo razonar (Editorial Oriente, 2005) y Parábola del triste (Ediciones Unión, 2007). Su poesía y su obra crítica ha sido incluida en numerosas publicaciones y antologías cubanas y extranjeras.
I
La lejanía, Inocencio, es un barco que parte, un sábado apenas, una página en el desasosiego de una ciudad ensortijada y melancólica. La lejanía solo se tiene a sí misma: cifrada va en un mar de páginas que aún esperan por Virgilio. La lejanía degusta el amor como si fuese un verso náufrago, una epístola cómplice, un rumor añejado. ¿Serán sus destellos los monarcas del sol? ¿Serán sus predicciones una isla —dígase: el boleto que todos añoramos? ¿Será el tranvía que aguarda en cada esquina? Ideas no esperan. Ideas insisten: imposible la postergación. Entonces, escribes. De un modo tristemente absurdo, pero escribes:
Es como si hubiesen quitado un país y puesto otro. Ni deseos de salir te dan: gente, mucha gente, y colas, infinitas colas cuyo nacimiento ya no encuentras. ¿A qué se juega? ¿A qué se está jugando? Por favor, con un país no se juega. Con la esquizofrenia de los olvidados tampoco. Es como si los reinos del país ya no tuviesen nombre: esa estatua irreverente. Es como si la docilidad tuviese iris: miradas que rasgan y profundizan. El país tiene almendras que no aceptan la postergación. El país tiene labios donde la noche ancla su redondez extasiada y fugitiva. Amemos la noche, amémosla: tiene lunas que reescriben la cadencia de los relojes y el tibio recinto de la espera. Un país necesita la febrilidad del ritmo, su prontitud en los acordes. Al país, como al amor, le urge un nuevo nacimiento: los sueños siguen despeñándose como copla enamorada: ola transgresora. Hay reclamos, silbatos en el óleo de la tarde. Oh, Dios, ya la nulidez tiene nombre: comensales que buscan y no encuentran, actores que transgreden. ¿Tendrán trono, los ordenamientos? ¿Reinará, airoso, El Pequeño Príncipe? Sabedlo de una vez: hay rituales como estrellas: rituales martes, rituales números: directivos rituales y una hoguera en el mismísimo centro del cónclave donde el inquisidor se sienta y ordena… Ah, no esperes nunca de la realidad lo que la realidad nunca podrá darte: certezas que se fugan: las tardes son iguales salvo el modo en que las miras. Con las voces del país sucede igual: siempre reclaman: el dólar es una góndola huidiza y trasnochada. Lejanísima. Es cierto: Es como si hubiesen quitado un país y puesto otro. Ni deseos de salir te dan…
II
Te sientes ahora más calmado: nada hay como escribir. Es una magia que no logras detallar y nunca cesa. Es como un sortilegio de nieve que echas a rodar y se despeña en infinitas aguas que son como cristales de una febrilidad taciturna y recurrente. Es como si escribieras nuevas historias hasta conformar una historia real y convincente. Ah, Inocencio, la vida es el pliego que todos escribimos antes de partir y nunca estamos conformes. Te sientes como el payaso que no puede. Entonces, y solo entonces, estacionas tus inviernos en el iris de la emperatriz como si fuese la más divina reencarnación. Y huyes de las despedidas. Y te deslizas por la nieve como en una secuencia fílmica donde sigue nevando a pesar de las voces y los reclamos del país. ¿Será madre, la balada suprema? ¿Dónde está el país? ¿Dónde la ciudad? ¿Dónde el ademán imantado, el iris cómplice, la voz de madre como un concierto en las noches invernales? Antes la ciudad te esperaba en cada esquina, en cada rostro, en cada casa que ofrecíase como un happybirthday y en cada pulsación que aún nombran los misterios de una isla bendecida. ¿Dónde está mi ciudad?, repites, y nadie responde. Tal vez debiste preguntar: ¿dónde está mi país?, ¿dónde las promesas y los sueños y las esperanzas y los acuerdos y los por cuanto y las utopías que aún siguen derramándose mar adentro, isla afuera, hasta ser un concierto en las noches invernales? Dónde, dónde, dónde…
III
El farolero, el único farolero lúcido del reino, quebró con su voz la cuerda más doliente:
—Yo tenía un país pero un cóndor pasó demasiado cerca y del país aún ruedan lágrimas que nombran los mares más lejanos. Yo necesito creer en mi país. Por favor, dejadme creer en mi país…
Los moradores, asombrados de tanta geometría, así preguntaron:
—¿Por qué miente el fabulador? ¿Por qué vientre en popa el orador si un país no lo hacen los historiadores ni las ciudades ni los oradores ni las casualidades ni las puras verdades ni la suerte ni la geografía ni los rezos carnales, ay, ni las urgibles necesidades?… ¿Por qué?
Sabrá Dios, Inocencio, quiénes hacen un país. ¿Se habrá fugado? ¿Acaso airoso el que no encuentras en las colas que de tan largas no logras precisar? ¿Será el país esa aparición que se derrama en los caminos y en los tronos y en las aldabas y en las almas que desempolvan la desmemoria? ¿Qué melancolía habrá cenado su quietud de ciervo triste? Hoy lo sabes: hay que evadir la densidad para comprender las esencias. Evadir la densidad es el secreto. Onírico vas hacia una originalidad que cuestiona y propicia el equilibrio: escribir es la gravedad, fuerza que nos salva de toda densidad. Hoy lo sabes: la vida es una sucesión de sonidos, imágenes y gestualidades. La vida es sonreír, sonreír siempre. Ya lo dijo el polvo cansado de ser el huésped eterno:
—Fácil olvida la historia lo que descifra el misterio. Fácil borda la palabra cuando sin ventura nace. Fácil, muy fácil, derrama el corazón sus miserias: rumores que sobrevuelan la inquietante quietud: luna en los temblores fugitivos de la alcoba: sueños de siempre…
IV
Procurando sigues, Inocencio, un vaso de agua desvergonzado y mínimo como si El reino del agua fuese tangible y promisorio. ¿Será el fin? ¿Será el agua la procesión definitoria? ¿Habrá olvidado Dios su isla país que es como decir su casa himno, su vaso de agua desvergonzado y mínimo? Ah, si el dolor pudiera cortarse, dárselo de comer a las palomas. Pero nadie merece este dolor que de tan vasto se ha vuelto universal. Ah, si pudiésemos enrejarlo. Si pudiésemos…
No lo piensas más y escribes:
Yo quiero una patria. Yo siempre quise una patria, una esperanza, un beso cósmico, un cuerpo mar. Hay una tristeza múltiple, un corazón sepultado. Hay también unos caballos que quieren decir, irse de caballos a pastar las delicias vedadas de la patria pero hay quienes dan órdenes como si fuesen soldados prestos al disparo, al galope ensordecedor, a la sangre fluidora de los que hunden bayonetas y se van. El que va delante increpa a los caballos: —No miren, no giren, no respiren, simplemente corran y cáiganse y vuélvanse a caer y pórtense como caballos, simplemente caballos que deleitan…
¿Habrá olvidado Dios su isla país que es como decir su casa himno, su vaso de agua desvergonzado y mínimo para un éxtasis crepuscular?
Es cierto, Inocencio, la lejanía es un barco que parte, un sábado apenas, una página en el desasosiego de una ciudad ensortijada y melancólica. La lejanía solo se tiene a sí misma: cifrada va en un mar de páginas que aún esperan por nosotros.
PUEDE ADQUIRIR ESTE POEMARIO EN ESTE LINK: Cerezas en el cielo – Poemario – Manuel González Busto
NÉSTOR PONCE (La Plata, Argentina, 1955). Aunque ya en 1975 obtuvo premio en su país con la novela La impostura, su producción literaria es la de un escritor exiliado, que tuvo que huir de la dictadura militar. Radicado en Francia desde 1979, ha publicado, entre otros títulos, las novelas El intérprete (1998), La bestia de las diagonales (1999), Hijos nuestros y Perdidos por ahí (2001), Una vaca ya pronto serás (2005), y Toda la ceguera del mundo (2013), con una segunda parte (que se puede leer de manera independiente) publicada en 2016 y titulada El lado bestia de la vida (El asesinato de Néstor K.). Gran parte de su obra ha sido traducida al francés y a otros idiomas, galardonada por varios premios, y objeto de interés de la crítica.
Soy un perro abandonado
un pobre dogo perdido
de blanca piel
manchada de tránsito
sucia y deletérea
muerto de hambre
lengua colgante
en el tráfico de la urbe
Un dogo argentino
siempre muy hambriento
de patas torcidas
olfato oblicuo
y ojos sin destino
Nadie me quiere
raras son las caricias
o las frases cariñosas
soy un perro solitario
un bicho maloliente
ave callejera
nadie me ve no existo
atravieso plazas y calles
invisible y transparente
un hielo cristalino
en la tormenta
No soy nadie
no soy ninguno
soy nunca y jamás
quizás tal vez
nada más
que un pobrecito
perro de juguete
un peluche
made in taiwan
Un dogo de fauces babeantes
que erra por las calles
solito
gambeteando desprecios
un miserable perro de la calle
sin domicilio fijo
uno más
uno de tantos
ausente en la penumbra
prisionero de la lumbre
sujeto de la calle
Solo solito
hasta que llegaste vos
piojoso mendigo
perrito lindo
murmuraste
animal abandonado
tirado como yo
Y la caricia fue cierta
una espuma en el túnel
un fulgor en el hueco
Me hiciste amor perro
un dogo acompañado
nunca más me sentí solo
nunca más olvidado
en la fábrica
de tus sueños tránsfugas
en el tránsito
de tus noches con arrugas
Fui tu guardián
tu respiración del alba
un caimán
errando en el Amazonas
barrilete en el cielo
escarcha del amanecer
un yeti
perdido en la nieve
un bagre
naufragando
en el barro leve
del río amarillo
Nací
para ser tu dogo
tu perro amigo
dejé la ingratitud
(qué voy a hacer
me habían hecho así
así me habían armado
mi modo de ser)
Me construyeron
entre pedradas y escupidas
siempre me esperaban a la salida
con los colmillos más largos
que los míos
y carajo
me pegaban abajo
Órbitas del desamparo
Cénit del rechazo
Gloria del fracaso
Intermitencia del faro
Palidez del sol avaro
Pero crecí / luché / entendí
Y ahora
Soy que lo soy
Soy lo que fui
Soy lo puedo ser
Soy lo que seré
A tu lado linyera
conocí la sed
compartir la humedad de la noche
beber las estrellas
cantarle a la luna
bailar descalzos en el asfalto
A tu lado jefe linyera
conocí el hambre
como nunca
escarbando el estómago
la dura pelambre que rasca
la noche del dolor
Compartir los cantos de las aves
oler el humo ajeno
el trino oblicuo de los teros
reír a carcajadas
Somos un coro
un foro
de condenados de la tierra
bajo nuestros pescuezos
vibra la tierra civilizada
la motosierra
de los de traje y antifaz
Compartimos la comida
tus caricias en mi hocico
mis gruñidos amistosos
tu risa desdentada
mis colmillos largos
Soy tu dentadura
soy tu defensa
en el abismo del mundo
mis dientes son la miel
protectora
que cobija tu sueño
Siempre alerta
en la intemperie vacía
aguzando las orejas
husmeando el horizonte
de las sospechas nocturnas
Gruño en sueños
sueño gruñidos
La calle está dura
me decías con tu voz ronca
acariciándome el lomo
perseguimos sombras
sonidos desvelados
Yo apoyaba mi cabeza
en tus rodillas
a tu lado
siempre alerta
los ataques podían venir
-como las balas perdidas-de cualquier parte
Aquí no hay fronteras
no existen límites
es un vasto desierto ciego
que bulle en el perfume
turbio de la madrugada
en los púlpitos
de las financieras
en las burlas
de los que esperan
Una noche
de maullidos y ladridos
desesperados y perdidos
siempre al acecho
dogo contrahecho
pasos en la noche
sigilos de ataque
dientes afilados
Yo dormía
plácidamente
oído alerta
hocico atento
colmillos contentos
y los olí sentí viví
un ojo cerrado
el otro despierto
La pandilla de muchachos
se acercaba cautamente
los dejé venir
se acercaban
jadeantes
botín iluso
botín grandioso
En mi piel en la bolsa
las uñas sucias
angurrientas
aliento satisfecho
Los dejé venir
Estaban en pleno regocijo
babeantes y sedientos
susurros de pasos
y me erguí triunfal
colmillos al viento
aullido de dogo bestial
ladrido crujiente
que sopla las vertientes
Corrieron corrieron corrieron
Huyeron huyeron huyeron
Se despertó mi linyera
“Los oí también
los oí como vos
perrito bueno
esqueleto de la bruma”
Y tu risa desdentada
fue una avalancha
de buenas noticias
una catarata
llena de lunas llenas
Cómo te reías
cómo
contagiabas perros
bestias nocturnas
gatos ciegos
Éramos tan buenos
PUEDE ADQUIRIR ESTE LIBRO EN ESTE LINK: El grito del perro y otros poemas sueltos – Poemario – Néstor Ponce
ISMAEL SAMBRA (autor cubano-canadiense, 1947). DESNUDOS es su quinto libro de poemas. Entre estos cinco libros hay dos premiados uno en un concurso internacional y otro nacional, además de una trilogía poética Los ángulos del silencio (Editorial Verbum, 2001, con tres libros reeditados posteriormente en ediciones bilingües por Edizioni Il Foglio, Italia, y por la Editorial Primigenios, Miami): Orgía del miedo (2021, italiano-español, y español-inglés, para celebrar el 20 aniversario de la primera publicación), Señales de la espiral (2023, inglés-español) y A través de las rejas (2024, español-inglés). Una trilogía que refleja tres momentos históricos en la vida del autor y su adverso medio. Es decir, que Desnudos es una obra creada en la madurez del poeta. Tiene publicado además dos libros con poemas seleccionados: Para no ser leído en recital, Editorial Oriente, 1991, y Seis poemas desesperados y uno de esperanza, (Edición trilingüe-español, inglés, francés), Ilíada ediciones, 2022.
CONFESIONES RUTINARIAS
“Ya su sexo había probado el rocío.
Tú supiste que sus nalgas habían sido tocadas por Cristo
y por eso jamás morirían”.
Félix Luis Viera
Es un pecado estar contigo
y no amarte.
Perdido en la maraña de la entrepierna
se me hace imposible ignorar tu apremio
por llegar primero al orgasmo: Me tomo el tiempo:
Y te dejo cabalgar al infinito.
Te dejo plena en los instintos: Por mis instintos:
Pájaro hambriento
plácidamente hambriento de tus semillas
para que no emigre en invierno
y retorne con su canto al comedero: Cada mañana.
Es un pecado también
los diseños que grabo al chupar
las termas suplicantes de tus senos
que me ponen tierno por arriba y duro por abajo: Así lo acepto.
Hacerme esclavo de tus olores
y sabores: Besos per-versos:
Son sin duda
estos que me incitan al vital poema: Tema que quema.
Es un pecado y no me niego
a ser condenado al fuego eterno
aunque esto fuera únicamente mi único pecado.
IMPRONTA DEL EBRIO O DEL LOCO
Así va todo:
¿Guerra perenne entre el bien y el mal?
¿Entre los indiferentes y los comprometidos?
¿Entre el sexo y la apatía sexual?
Esta es la pregunta: Este el dilema.
¿Todo fuera de control?
¿Para qué tanto control?
No más:
¿Hay algo más?
Saturado de la otra poesía
me levanté y tuve que continuar:
Los versos agresivos no me dejan dormir…
VARIANTES DEL SILENCIO INAGOTABLE
“…Para el amigo sincero
que me da su mano franca.”
José Martí.
A mis amigos Manuel Gayol y Félix Luis Viera.
A mi editor y amigo Amir Valle, siempre optimista.
Todavía hacemos del sexo-carnal el centro de la vida
aunque “nos lleve de la bondad al crimen”:
Trofeo que merecemos para que sea interminable cada
contrato en los circuitos amatorios.
Todavía nos alienamos en la droga ilícita o en la lícita
en las laceraciones amigas o la traición
en los cultivos del rencor o en la venganza
en la brasa del fogón o de la cama
en el tráfico de mujeres o de menores
en las violaciones sexuales o de derechos
en el robo de los bancos solitarios.
(Me refiero a los parques).
O en el robo de los bancos que guardan el dinero.
Estos son los verdaderos delincuentes.
(Me refiero a los banqueros).
Todavía se adopta el «silencio competitivo»: ¡Super carajo!
Para no reconocer el valor de los demás
para no hablar de las virtudes
del colega o del amigo: ¡Casos flagrantes!
Nos enfrascamos en competencias ilusas-ilusorias
que podrían argumentar la ignorancia de los ignorantes
cuando se olvida que “honrar honra”
cuando tratan-hacen difícil lo que aparenta ser complicado
estridente lo que es evidente
veracidad lo que es vaguedad.
Todavía elegimos candidatos que a los ricos vuelven pobres
y a los pobres miserables
a pesar de sus campañas populistas que prometen
lo contrario: ¡Casos infames!
Autócratas que se auto-llaman demócratas: Nacionalistas:
Que invaden pueblos: Que colonizan:
Basura bio-degradable con energías antiguas
no renovables: El oro negro.
¿Por qué someternos a los «desgobiernos»
para no decir claramente «dictaduras» y que
me acusen de extremista escudados tras el cliché de:
«yo-no-me-meto-en-política»
cuando todo se envuelve con papel-política?
(Me refiero a los cobardes que justifican así su cobardía).
Todavía esos pendejos celebran aniversarios
del discurso represivo
“Palabras a los intelectuales” con pistola comandante
sobre una mesa de libros en la biblioteca nacional:
Un homenaje a la censura: A la ignominia:
Esos seudo intelectos predilectos de poca monta:
¡Caso de ultraje!
¿Por qué rendirnos a dictadores
a los dictámenes de esos que
se creen sabios empoderados o esos que
quieren globalizarnos para explotarnos como un globo?
Mezclando izquierda con derecha capitalismo con comunismo
en el llamado Nuevo Orden Mundial: Meta-histerismo.
Feliz-ticistas: El reseteo: Tota-litario: Los globalistas.
«No tendrás nada y serás feliz»: Puro chantaje:
Puro ataque atómico-nuclear a la naturaleza humana:
Compuesta-descompuesta-repuesta: La meta-física:
Tecnología: Post-realidad:
Unión de la realdad física con la virtual-digital: El meta-verso:
Criptomoneda: Mono-Clonar:
Inteligencia Artificial
que pinta, que escribe, que compone o descompone
que hace poemas cuasi poesía
aunque sin alma sin espíritu sin poeta sin músico de orquesta.
¿Habrá arte o superficie en lo artificial-superficial?
(Me preocupa la pérdida de la inteligencia natural)
¿Habrá empleos suficientes para evitar la rebelión?
¿Habrá márgenes para parar la guerra?: ¿La disuasión?
¿Para qué camuflarnos la cara como soldados guerreros
bajo un misil supersónico-nuclear?:
¿Será para que la muerte nos ignore
o para alejarnos de una muerte pálida sin nada de color?
¿O para disfrazarse de muerte antes de la muerte?
Nos hacen polvo: Nos hacen mierda: La meta-mierda.
¿Qué número ocupará el humano en la contienda futurista?
Todavía visitamos los pozos virulentos sin pareja adecuada
cuando apenas tenemos buen elemento orgánico
para el pugilato y el culto a la erección
como para imponer récord en horas-placer no solo
en calidad y/o raras posiciones: ¡Detonaciones!
Qué nadie diga si va a decir «pornografía»
en lugar de «errotismo» articulado: Comunicante.
Mezclar lo erótico con el entorno
para que pasen mejor los espinosos asuntos
de plano en lo per-verso
al ritmo del penta-verso: En-la-ca-den-cia:
Del pentasílabo:
Del pensamiento: Del verso errótico:
Del multiverso.
Para que quepa ancha: Ca-si-com-ple-ta:
Para que el gancho entronque bien con o sin vaselina:
Porque hay quien la tiene muy pequeña
y otros que la tienen demasiado grande y sufren más.
(Me refiero a la imaginación).
Más que infinito el multi-verso: Te excita inmerso:
Lo natural de la conquista espacial: Más que expedito:
Se vuelve rito: ¡Buen apetito!
Humanamente vencidos a corto o a largo plazo
esos que lanzaron falacias para la integral asfixia
(Me refiero a las prisiones de la mente y de la lengua)
tendrán bumerán en la pocilga de sus rejas…
Garfio pirata: ¡Al abordaje!:
Potro al potrero: Potro salvaje: Potro cerrero: Caballo fiero…
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