Desde que pusieron el acceso a Internet en su trabajo, ella, que es consideraba una revolucionaria “confiable”, ha podido conectarse a la red y contactar a mucha gente, casi todos amigos, antiguos colegas de la escuela o la universidad, que ahora viven regados por esos mundo y cuelgan sus fotos en Facebook, o en ese otro montón de lugares donde la gente ahora se desnuda así, poniendo de todo, hasta cosas que antes sólo se comentaban entre los amigos más íntimos.
Así apareció Lorenzo. Y Lorenzo le habló como en aquellos años de inicios de la Revolución, cuando él era un hippie de pelo largo, que escuchaba a los Beatles a escondidas y aprendía inglés también a escondidas porque lo que se exigía a los cubanos era que se aprendiera la lengua de la hermana Rusia y no la lengua del enemigo.
— Sigues siendo una Amazona – le escribió él en un chat.
Y ella sabe que se refiere a la discusión que los separó, aún amándose, apenas dos años después de conocerse y enamorarse: ella, entonces, se había aprendido de memoria El Capital de Carlos Marx, y en los cursos de formación de dirigentes de la Unión de Jóvenes Comunistas le hicieron repetir las ideas de Lenin sobre la nueva sociedad que necesitaba la humanidad y los análisis que otros filósofos marxistas hacían del socialismo, de la dictadura del proletariado y del futuro.
— Eres una Amazona – le había dicho él –. ¿No te das cuenta de que pasas más tiempo intentando adoctrinarme que dándome el amor que dices tenerme?
Y ahora, visto desde la distancia, sabe que él tenía razón: ¿cómo ella podía permitirse andar con un escéptico al proceso tan hermoso que entonces se vivía? Era todo un reto. Y recuerda que su separación, lo reconoce, debido a la presión de sus camaradas revolucionarios, llegó luego de una discusión sobre sus sueños de mujer.
“Cuando todo esto pase”, le dijo ella esa vez, “cuando hayamos llegado a la meta por la que ahora luchamos, tú y yo vamos a vivir en una casita preciosa, con un jardín lleno de rosas blancas y un patio grande para que nuestros hijos corran”.
Él se echó a reír en su cara y le dijo que, al paso de desastre que iba, la única cosa que iban a tener era una caverna.
No quiso verlo más, y sus camaradas aplaudieron su decisión y la promovieron a dirigente, sin saber que ella se desgarraba por dentro, sabiendo que perdía a eso que cursimente se llama “el hombre de su vida”.
— Te mando una foto de mi casa en Asturias – le escribió él en el chat más reciente: una casa preciosa, en un acantilado de un pueblo que se llama Lastres, con vista al mar, y muchas jardineras con flores y techas rojas –. Ahí vivo con mi mujer y mis tres hijos.
Ella, por simple orgullo, le tiró una foto a la entrada de su casa, un cuartucho pequeño, aunque limpio, en un horrible solar.
No ha tenido valor de mandársela.
