De refugiados e inmigrantes

Antonio Álvarez Gil

 

Vienen
de allá, del otro lado del fondo sulfuroso,
de las sordas
minas del hambre y de la multitud.
Y ni siquiera saben quiénes son:
desenterrados vivos.

LOS APARECIDOS, Jaime Gil de Biedma

Hace unos días tuve la oportunidad de presentar en la ciudad de Orihuela mi último libro publicado. Hablo de la novela A LAS PUERTAS DE EUROPA que, como se puede colegir del título, trata sobre el problema de la llegada de refugiados e inmigrantes ilegales a este continente. Por desgracia, los cubanos actuales tenemos bastante que decir sobre ese tema. Aun así, no es exactamente de mi pueblo ni de mi libro de lo que quiero hablar en estas líneas. Voy a referirme más bien a la respuesta del público oriolano convocado al acto por Vicente Pina, director de la librería Códex, en la cual se celebró la actividad. Sí, me impresionó la respuesta de ese público, pero también sus preguntas y su postura cívica y moral. Me llamaron la atención las opiniones de los participantes, sus comentarios sobre un tema que, insisto, es sumamente delicado y actual en España y en buena parte de Europa.

Antes de continuar, debo decir que escribí este libro bajo el influjo de la tragedia humanitaria provocada por la guerra en Siria. Ese fue el marco escogido por mí, aunque ello no significa que este país sea el único emisor de personas que buscan desesperadamente refugio en Europa. Por otra parte, mi novela es un texto de ficción, y en virtud de las prerrogativas del género, reflejo en ella el conflicto bélico sirio solo al principio de la trama. ¿Por qué? Porque lo que me interesaba recrear en la historia es el encuentro de dos mundos tan cercanos y diferentes a la vez: la tierra quemada de la otra orilla del Mediterráneo y el mundo de placidez y riqueza que se levanta en la vertiente norte del mismo Mare Nostrum que separa pueblos, civilizaciones y países.

En el texto no analizo las causas de la contienda en Siria. Sean estas las que sean, lo que importa es el hecho mismo de la guerra, sus consecuencias y las víctimas y desplazados en el interminable conflicto armado que se verifica desde hace más de un lustro en ese otrora próspero país de Oriente Próximo. Pero he dicho que no quiero hablar del libro, de manera que me centraré en lo que viví y sentí durante su presentación en Orihuela. Comoquiera que fuese, yo estaba allí, hablando de mi novela ante un público español, en una ciudad de acendrada tradición cultural, y mi presentadora era nada menos que mi esposa. Estábamos, pues, los dos allí, venidos de un lugar que no era siquiera nuestra patria, disfrutando del derecho que ambos tenemos, como ciudadanos de la Unión Europea, a residir en este hermoso país del sur de Europa, el mismo que figura como destino de tantos y tantos inmigrantes ilegales que llegan a sus costas o mueren en las aguas del Mediterráneo. Y todas esas ideas pasaban por mi cabeza en el momento en que Galia abre el libro que presenta y empieza a leer un fragmento de la novela donde se narra la llegada del protagonista a un inhóspito paraje de la costa italiana; y yo escucho a mi esposa leyendo lo que un día escribí, que es lo que le está pasando por la cabeza al personaje central de mi ficción mientras anda por un erial en busca de una nueva tierra y de un futuro mejor que el que dejó en su patria:

De manera que aquello era Europa, se dijo Mourad mientras andaba con paso ligero hacia el incierto destino que lo aguardaba en su nuevo avatar. Aquellas aguas turbias y aquellas tierras bajas y pantanosas, sin apenas vegetación y llenas de gigantescos tanques de combustible, construcciones industriales y carreteras desnudas, eran la tierra prometida. Aquel aire caliente y apestoso era el aire del continente cuyos pueblos se inmiscuían sin permiso en los asuntos de países que consideraban inferiores. Se metían en ellos, dividían los territorios a su conveniencia, ponían y quitaban reyes y presidentes, enviaban ejércitos y bombardeaban aldeas y ciudades a diestra y siniestra. De allí, de aquellas orillas, salían barcos repletos de turistas felices, deseosos de conocer nuevas culturas; pero también buques de guerra cargados de soldados que desembarcaban en las playas del otro lado de aquel mar que él había acabado de atravesar en busca de las migajas que pudieran caer de la mesa de los ricos y arrogantes europeos. Vergüenza, sí, vergüenza. Mientras caminaba en busca de la carretera que lo alejaría de aquel sórdido rincón de Italia, Mourad se sentía presa de una vergüenza aplastante y total.

Mientras Galia leía el fragmento, yo me pregunté preocupado si aquellos europeos que nos escuchaban, aquellos representantes de la riquísima cultura oriolana, no reaccionarían con acritud a lo que mi mujer leía. Como se comprenderá, yo estaba tratando de vender el libro, de conectar con la sensibilidad del público, de interesarlos, en resumen, en la trama de la novela. No quería ofenderlos, no quería que sintieran la menor sensación de despecho por mi parte. Por fortuna, cuando Galia concluyó la presentación, me vi gratamente sorprendido: La sala la premió con un cerrado aplauso. Es más, yo sentí que el balance era muy positivo, que los presentes compartían conmigo las inquietudes y preocupaciones abordadas en la novela, y que, lo mismo que yo, tenían infinidad de preguntas al respecto; infinidad de preguntas y ninguna respuesta. Comprendí que en el mundo hay mucha gente buena, que a todos les resultaba doloroso el drama de Siria, igual que el de las pateras y los países que se desangran en guerras fratricidas o son víctimas del hambre que mata periódicamente a miles y miles de personas alrededor del orbe. Después de escuchar las intervenciones y comentarios de los asistentes a la velada, comprobé satisfecho que la mayoría de los allí reunidos pensaban como yo: los gobiernos de Europa deben hacer algo para resolver de manera satisfactoria el drama de la inmigración. Lo peor de todo, me dije al final, es que, incluso si quisieran, ni ellos allá arriba ni nosotros acá abajo tenemos la menor idea de cómo solucionar de una vez por todas el problema de los refugiados que han llegado, siguen llegando y llegarán a Europa.

Del Autor

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Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros(Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993),Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol y Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009. Sus novelas más recientes son Callejones de Arbat (2012), Annika desnuda (2015), Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver (2016) y A las puertas de Europa(2018).