En mi ya lejana niñez, junto a la casa de una tía donde pasaba las tardes mientras mi madre trabajaba, vivía una familia que tenía dos hijos varones, más o menos de mi edad. Lorenzo era el mayor, entre los 8 0 9 años. Felipe llamaré al menor, porque no recuerdo su nombre o porque Quino me dice que es el más adecuado. Felipe tendría 5 o 6 años. En Enero de ese año, por Reyes Magos, Lorenzo, que hasta entonces se entretenía en cavar un túnel entre su dormitorio y la casa de mi tía -un emprendedor el tipo-, recibió como regalo un arco con flechas al estilo indios cherokees. Entusiasmado, Lorenzo se propuso ese mismo día, convertirse en el mejor tirador de flechas del barrio. Para ello eligió el lugar más despejado del fondo de su casa, un trozo de muro donde colocar el “blanco” que no podía ser otro que Felipe. Desde entonces, el desafío y diversión de Lorenzo era acertarle a su hermano cada vez con mayor puntería a una parte de su anatomía, antes elegida. A Felipe no le divertía tal cosa. Más bien, resultaba una tortura que atestiguaba llorando a “moco tendido”. Sin embargo, no recuerdo que nunca Felipe haya huido en busca de sus padres, ni denunciado a su hermano, sino que, a la orden de éste, no sólo soportaba estoicamente sus flechazos sino que además, le alcanzaba las flechas con las que Lorenzo volvería a impactarle. Sin saberlo, había descubierto mi propia versión del Mito de Sísifo.
Inicialmente, los humanos fuimos nómades. Desde su origen, los primeros agrupamientos conformados por la tribu, debían trasladarse de un lugar a otro en busca de comida, de protección, huyendo de otras que les disputaban el territorio. Con las primeras formas de agricultura, se sentaron las bases de lo que serían las ciudades y con ellas la cultura del sedentarismo. Sin embargo, siendo ésta la forma predominante de vida, durante los milenios en los que siguió desarrollándose, nunca dejaron de existir pueblos, con sus culturas y costumbres, que debían emigrar de unas tierras a otras. Las hambrunas, las epidemias, las creencias, la violencia y tantas otras razones hacían necesarios esos más o menos frecuentes éxodos. Las siete plagas de Egipto llevaron a que el pueblo de los antiguos israelitas emigrara, tras los pasos de Moisés, hacia su Tierra Prometida, en la que creían podrían dejar atrás los siglos de penurias vividos. Más allá de lo que en un caso u otro les hubiera motivado, lo seguro es que todos ellos tendrían siempre un alto costo humano para quienes, las más de las veces, debían emprender ese camino.
Lejos de circunscribirse a tiempos tan lejanos, la emigración de los pueblos, en todo o en parte, sigue siendo un fenómeno dolorosamente vigente hasta nuestros tan modernos como hiper-conectados días. Tanto que hoy se viven, como si fuera un “reallity show” más, en tiempo real. Allí está la “caravana de migrantes centroamericanos” -en su mayoría hondureños, guatemaltecos y hondureños- que por miles, más o menos organizados y más o menos financiados –por quién, o quiénes, y para qué es tema de controversia- cruzan México de Sur a Norte con la esperanza de arribar y ser admitidos en territorio estadounidense. A diario vemos en nuestras pantallas las imágenes y testimonios de las penurias que sufren, porque allí donde haya una cámara registrando, serán siempre niños y mujeres los que encabezarán la marcha, y los primeros expuestos a la violencia y penalidades. Por qué, lo sospechamos, pero es parte, también, de la controversia.
Sin tanta publicidad ni alharaca, decenas de miles de venezolanos huyen, por aire los que pudieron antes, por tierra ahora, en camiones, micros, o simplemente a pie, tanto hacia Colombia como hacia Brasil, y desde allí a Perú, Chile, Argentina y Uruguay. Desde hace más de medio siglo, desde la Isla de los Castro, los cubanos desafían a los tiburones para llegar a las costas de la Little Habana en Miami. Desde hace menos tiempo, miles de cubanos llegan por tierra, vía Guyana y Brasil, a tierras uruguayas donde son acogidos bajo el curioso status de “refugiados”. A los que les había costado siglos, si no milenios, convertirse en sedentarios, la realidad les ha puesto otra vez, como antiguos nómades buscando su lugar bajo el sol.
Recorrer hoy la Terminal de Buses de Tres Cruces o la céntrica Avenida 18 de Julio de Montevideo, es darse un paseo por una avenida caraqueña o el Malecón habanero. El “vos” y el “pibe” han sido sustituidos por el “tú” y el “chico” en el voceo callejero, en los comercios, las plazas y los medios de transporte.
Son pueblos, o partes de ellos, en fuga. ¿Y de qué huyen? Pues, de lo de siempre. Del hambre, la violencia, las enfermedades para las que no hay medios de curación, de la falta de esperanzas que encierra todo aquello. Huyen de países donde ya no pueden enterrar a sus muertos. Donde parir a sus hijos. Son el producto -doloroso resultado- de décadas en algún caso, de siglos en otros, de los constantes “experimentos sociales” que han significado los mesianismos llevados adelante por los venales y corruptos dirigentes providenciales de siempre. Vale tanto para migrantes de los países árabes, de África o Centroamérica y el Caribe, musulmanes como católicos, todos huyen de lo mismo: de sociedades pauperizadas donde lo único que hay para repartir es violencia a manos llenas, ignorancia a raudales, corrupción por toneladas, miseria de proporciones colosales, represión para todos los gustos. Vale tanto para las teocracias musulmanas y potencias petroleras, como para los agraciados pueblos que eligieron al “Socialismo del Siglo XXI “, emanado del benemérito Foro de San Pablo, para ir al rescate de los pueblos oprimidos por el neoliberalismo capitalista salvaje, prometiéndoles el “paraíso socialista” producto de las revoluciones nacionales y populares. En lugar de populares, simples y llanos populistas, de los que la sufrida América hispana, conoce y reconoce con siglos de sangre y sufrimientos. Los resultados eximen de pruebas ni comentarios.
¿Y hacia dónde huyen? Paradoja, pues. Lo hacen hacia la Meca del capitalismo salvaje, el odiado “Imperio”, y, cuando no es posible, a algún sucedáneo que subsiste –resiste más bien- las olas populistas, con una economía más o menos de mercado, más o menos abierta, y con sistemas más o menos democráticos, bastante burgueses. Clientes del FMI, vamos.
Hace más de cinco siglos expulsamos a los expoliadores colonizadores españoles y portugueses. Desde entonces, los pueblos iberoamericanos nos abocamos a que nos expoliaran los criollos hijos y nietos de los antiguos encomenderos. Nada cambió. A lo sumo, el socio ocasional de las tropelías, que bien podía ser la vieja Albión, como más tarde el prepotente y soberbio nuevo rico del barrio: el Tío Sam. Desde entonces, los americanos, con las “venas abiertas” nos dedicamos a cambiar de chivo expiatorio: pasamos de los tránsfugas españoles que se llevaban el oro y la plata, a los explotadores gringos sedientos de nuestro petróleo, de nuestras tierras, de todo lo que podría significarles saciar su inacabable sed de capitalistas explotadores.
La maldición de Malinche, en realidad es la maldición del “Mito de Sísifo”. Pueblos que una y otra vez eligen –o colaboran para que se hagan con la Roca con la que han de oprimirles- a sus Lorenzos para que luego les arroje sus flechas, y más tarde les haga ir a buscarlas, para volver a tirarles con ellas. Huyen de quien vino a salvarles. Sólo que vino a ello porque esos mismos pueblos se lo pidieron. Mientras tanto los pequeños Felipes, allá van, hacia el Norte, cargando con la roca una y otra vez. Y no sólo no culparán al hermano más grande que les lanza las flechas, sino que, cuando en el horizonte aparezca otro Lorenzo, que se llamará Hugo o Fidel, Luiz Ignacio o Perón, tanto da, volverán a aferrarse a la maldición de creerse la ilusión de que más de 500 años de desaciertos y apuestas por el atajo, les serán compensadas por la Divina Providencia de un líder que, ahora sí, apuntará sus flechas en otra dirección.
Mientras tanto, tienen al Tío Sam, y a Trump -al fin y al cabo, quizás haya sido el proveedor de las flechas- a quien echarle las culpas de sus desgracias.
