Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.
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Las cuitas de un escritor inédito que pierde a su amante, a su pez amado y las esperanzas
Ventura, el maestro del amor, pasa la tarde entera abrazado a su violín convaleciente y con sus ojos clavados en el ojo inmóvil de su pez Gervasio II. Si por lo menos perteneciera a una asociación de caridad, a un grupo protector de borrachos o regenerador de drogadictos, si creyera de verdad en la revolución o en un Dios, si amara a una mujer, si tuviera en proceso una auténtica obra de arte y no esa sarta de insensateces: seis libros listos, tres en proceso, cinco manuscritos flotando en las alcantarillas, de editorial en editorial. Qué inmensa chabacanería, que ganas de comer mierda. Recordó con nostalgia caballuna los tiempos que pasaba abstraído tocando su violín mientras su gata Atenea se sentaba a sus pies. Consideró su vida, aprisionada por unas cuantas relaciones —las mismas, las mismas— como si temiera al resto del mundo. Estoy en este pueblo como Gervasio en su pecera. Mi libertad es la suya. Pasará este instante, se dice Ventura, como todo pasa, y quedará como escena principal La Dama de Rodillas, una escena tan poco poética, tan distante de la que Proust habría llamado De Las Magdalenas Mojadas en Té, que quizá no sea más que un invento literario, una aplicación de las teorías de Bergson sobre la memoria. Acaso el hombre no sea tan poético como quiere pintarlo la literatura. O tal vez yo sea el prosaico, el vulgarote, el perverso —un perverso de segunda, un perversoide, un seudoperverso, nunca comparable con el maldito Marqués, que azotó a mendigas, fue trinchado por por el culo por el fiel La Jeunesse, introdujo hostias consagradas en las rajitas de niñas de doce años, acuchilló a doncellas impúberes para que su semen saliera con más fuerza y que terminó escribiendo al final de su vida un Tratado sobre la Virtud para la Revolución Francesa— o quizás yo sea el inocente que trata de convencer a sus mujeres de que cumplan con la obligación de entregarse casi solamente de manera sexual en funciones sabatinas, como si no tuviese tiempo o espíritu para otra cosa, como si cualquier otra labor fuese más importante que dilapidar mi vida con hembras prescindibles. Eres, dijo Bárbara Blaskowitz, biznieta del único general alemán que se atrevió a oponerse a Hitler, uno de esos hombres que nunca suben las escaleras escalón por escalón, sino que ascienden de dos en dos, de tres en tres, a toda prisa.
—¿Las llaves? —le preguntó frontalmente, sin alevosía. (Las llaves de tu corazón y tu entrepierna, pensó, ay, ya no serán mías).
Bárbara respondió con idéntica autenticidad («Nunca le he ocultado nada a nadie y nunca lo haré», tal era su lema, que incumplía puntualmente cada vez que se enamoraba a morir):
—Ya sabes dónde están.
Ventura las tomó, miró de reojo a Trilce, la hija (violinista, para colmar la próxima tragedia) que quiso devolverle el optimismo con un guiño. Salió, montó en su VW de nombre Galileo, quien lanzó un relincho de energía. (Por lo menos él no me traiciona). Una cuadra más adelante se detuvo y fue necesario llamar a un mecánico.
Al regresar a su casa, después de la llamada cruel, había encontrado varias novedades. La buganvilla perdió todas sus flores y apenas conserva unas cuantas hojas. La nochebuena comienza a languidecer, la cícada continúa impávida. Solamente volverá a ofrecer su flor a fin de año. La gata Atenea desapareció. Por la noche, Ventura creyó escuchar su maullido. Tal vez al ver la casa cerrada y al amo ausente, se lanzó a vagar. Ahora debe ser una hembra de la calle. O tal vez encontró otro hogar. Si se entregó a la calle, debe tener sangre fresca de sus amantes en las fauces, las uñas más afiladas que nunca y una aventura cada noche. Debe dormir en pórticos y comer en los basureros o robando furtivamente. Atenea-Bárbara. Al sentirse abandonado por su gata amada, Ventura salió como enloquecido a buscar compañía. Compró el primer pez que encontró sufriendo tras el vidrio de una pecera de miseria. Lo llamó Gervasio II en honor a otro Gervasio que había quedado flotando panza arriba en el primer volumen del Libro de la Vida.
Miró a la señora Soledad —que había imaginado a veces esbelta y seductora como una odalisca, dueña de los grandes arcanos y de las cifras del mundo—. La vio gorda, cansada, inútil, suspirante, como si soportara en sus espaldas el peso del Universo. Le sonrió comprensivo.
De todos modos está el asuntillo de la literatura. ¿Qué tal una novela como el mundo, una novela que sea el mundo? Buena idea, pero de buenas ideas está tapizado el paraíso de los impotentes. La señora Soledad seguía posesionada del lecho y su presencia llenaba de sopor el ambiente.
Luego tuvo una noche de perros. Dolor de cabeza y falta de sueño. En los cortos intervalos de duermevela padeció pesadillas de las cuales no recuerda nada. No descolgó el violín ni escribió una sola línea. Se limitó a revolcarse en la cama, envuelto en tres camisetas, un piyama, el suéter de lana de Perote y cuatro cobijas. Una grieta entre la urdimbre de ropas le permitía respirar. La nariz, las manos, los pies eran losas de hielo. ¡Voglio una donna!, una mujer cualquiera, una bicicleta con dos llantas y un hueco, manque sea más lisa que una muñeca y tenga menos sesos que un infusorio, una hembra de sangre caliente, juro que soportaré que cada cinco minutos que me pida palabras de amor y me obligue a lavar los platos.
—Quiero conocer hasta el último rincón de tu nueva empresa amorosa —dijo Ventura.
Bárbara colocó los anteojos oscuros que velaban unas ojeras dignas de toda sospecha, comentó que en el aeropuerto de Barajas había sentido que una mano cálida y nervuda se posaba sobre la suya y solicitaba permiso para ayudarle con la maleta. Que esa mano, casualmente estaba unida a un bello macho que la invitó a tomar un martini, y sin saber cómo, pronto le estuvo trasegando el rostro y musitando palabras de ternura sin límite que terminaron en el primer hotel del rumbo. Dijo que en su vida entera jamás había conocido contienda de amor como aquélla.
Ventura hizo memoria de la historia épico-amorosa de la señora Blaskowitz: Uno, el padre de las niñas; dos, el interfecto; tres, el boliviano que cuando la persigue, la alcanza; y de ahí hacia atrás una fila de personajes que se perdían en la oscuridad de los tiempos. De todos enamorada hasta la inanición y el límite del suicidio. Bárbara seguía siendo el ama de la saga erótica xalapeña y el sueño de los solitarios en los parques y La Parroquia.
—De todos modos no quiero perderte de vista.
—Si eso es lo que deseas, liebchen, jugaré a ser tu consultor sentimental, tu Doctor Amóribus, y fornicaremos cada vez que se acabe la cuerda de tus nuevas hazañas amorosas.
—Tú fuiste el de la teoría.
—Sí —respondió Ventura—. Yo soy culpable de los caprichos de tu corazón y de tus partes nobles.
—Ya sabes que te sigo queriendo —dijo al tiempo de despedirlo. (Sigues queriendo a todos, madrecita).
—Y no me importa que pienses que sigo queriendo a todos porque es verdad. Soy como tú: no le puedo ser fiel sino a mi insaciabilidad.
—Tienes razón —respondió el abandonado, pellizcándole ligeramente una mejilla.
Luego lanzó su habitual dosis de Filosofía de la Cuasitrascendencia.
—Contigo aprendí a ser libre y espero que conmigo hayas descubierto que para amar hay que saber perder algo de libertad. Cuando te conocí eras un castrado espiritual, un egoísta, un insolente irredimible.
Luego le devolvió los manuscritos, diciendo que no había tenido tiempo de leer nada, pero que se dedicó a cuidarlos como a las joyas de la reina.
En realidad, de la filosofía nunca he entendido más que frases aisladas. Acaso porque no me interesa la filosofía como sistema, sino como fuente de ideas sugerentes. Escribe Paul Valery quien se apresura ha comprendido y con ello quiere decir que no es conveniente detenerse en cada palabra o idea porque ellas nos llevarían hasta el infinito. Lo que se puede hacer es captar ciertos planos accesibles, pescar en aguas superficiales, en vez de asfixiarse por tratar de atrapar peces más valiosos en la profundidad. ¿Qué hacer? ¡Vacío, vacío, vacío! Ventura siente que cojea de la pierna más sensible. Como en los tiempos de Amadís, una dama le daría sentido a sus proezas y miserias, sería una presencia invisible que lo salvaría de sí mismo y de los dragones. Ventura siente que divaga por el mundo envuelto en un pellejo deshabitado. Se enjugó la lágrima de rutina y a otra cosa. Las mujeres de su pasado eran simplemente literatura y en literatura iban a terminar. )Para qué complicarse la vida? Lo único era el presente, la novela que iba a ser como el mundo y que llamaría Gente, el libro a punto de aparecer, el frío de locos.
Una semana después Bárbara fue a visitarlo a la oficina. Grandota, saludable, vestía una especie de túnica pakistana que le ceñía el cuerpo como la piel a una cebolla. Anunció un posible viaje a Europa con Rasputín.
—Aunque no lo creas, te he extrañado —dijo.
Ventura le prestó a Galileo toda la mañana. A las dos pasó a recogerlo. Almorzaron en casa de la alemana. Ella se probó la ropa que usará o usaría en Madrid y París. Antes de salir hacia el Canal dudó si ponerse gafas o no. Se había maquillado con minuciosidad.
Mientras la conducía rumbo al Canal, Ventura estuvo acariciándole una mano. Ella estaba con la cabeza echada hacia atrás y lucía el gesto de las mujeres que están a punto de saltar al otro lado del abismo de su vida. Ventura tomó la mano de ella y la colocó sobre su paloma.
—¿Sientes cómo palpita mi corazón?
Ella sonrió.
—Siempre tan poético —suspiró—. Nunca hicimos el amor por última vez.
—Nunca se hace por última vez, a menos que uno de los amantes muera.
—La angustia del viaje me tiene con taquicardia —y con razón, se dijo Ventura, si va a abandonar a sus hijas y su mundo para lanzarse a las cruzadas con un hombre que apenas conoce.
Al atardecer fue al campo. Detrás de una especie de academia de danza en Coapexpan hay un camino que desciende. Allí termina la ciudad. El campo se abre con generosidad, caricaturesco de tan hermoso. Un pequeño valle, rodeado de montañas cubiertas por coníferas. Un arroyo en el fondo. Vacas pastando. Un par de perros corriendo. Un cuadrito digno del Gran Artista, se dijo.
Se sentó al lado del agua que discurría humildemente. Leyó su Libro de la Guarda. Aspiró el aire a fondo. Placer. Abrió los ojos. A un metro vio un caballo que lo miraba, diríase con cariño.
—¿Qué haces? —La bestia no se inmutó. Ventura se colocó a su lado. Parecía haber alcanzado la serenidad final. Estaba rodeado de moscas, abandonado a una bienaventurada senectud. Ventura habló con él extensamente. Le hizo preguntas sobre su vida y le contó su propia historia. Habló sobre el pasto, las garzas garrapaticidas y las vacas. El caballo no quiso responder a sus preguntas pero sí lo escuchó con paciencia. A veces bajaba la cabeza y apartaba con los belfos el pasto viejo para buscar los retoños. Luego regresaba a mirarlo. En los ojos del caballo vio su propio reflejo y el del valle. Después de una hora, sin decir una sola palabra, se alejó. Al salir de la hondonada, Ventura se asomó a los ventanales de la academia de danza. Vio a unas criaturas de sueños hacer ejercicios en la barra, entre espejos, y se dijo que allí había algo digno de un golpe de dados. Tocó a la puerta. Vio salir a una hembra grandota y paradójicamente delicada, que lucía ademanes de institutriz francesa: Mademoiselle, ¿cree usted que un hombre de mi edad podría tomar clases de danza?
