La diáspora centroamericana

Francisco Alejandro Méndez

Con su paso, estos miles de hermanos hondureños van dejando olor a Comayagua; sabor a baleadas y aroma de Yuscarán; el sentir de Morazán los acompaña y un verso de Roberto Sosa los alienta. En las miradas de estos niños hay un dejo de peces lloviendo, los tambores caribeños los alientan. La esperanza los llama mientras Guillermo Andeson les canta desde una nube. Aunque la malignidad los aleja de sus hogares. Su decisión es: si avanzo, sígueme. 

 

Admirables

Sin lugar a dudas, América Central atraviesa por un momento de crisis en varios de sus principales temas. Entre ellos, por supuesto, el tema de la migración. Por supuesto, las crisis institucionales, como la provocada por el gobierno de Daniel Ortega, que se ha convertido en represivo, dictatorial y ha cometido asesinatos contra cientos de sus opositores. Ortega ha convertido a Nicaragua en un campo en el que el blanco han sido estudiantes, amas de casa y en su mayoría, víctimas inocentes.

La diáspora que han emprendido miles de hondureños, en varias caravanas que tienen como destino final Estados Unidos. Estos hermanos están huyendo de su país, en una gran mayoría, porque carecen de oportunidades laborales y ven un futuro negro para sus familias. Otros, prefieren alejarse de la violencia, entendida como la social (las cifras de muertos diarios en países como Guatemala, El Salvador y Honduras son las más altas y superan la veintena diaria), provocada por la pobreza y por las pandillas, conocidas como maras.

Estas caravanas han atravesado desde hace más de un mes, tres países, hasta llegar algunos, por estos días, mediados de noviembre, están llegando a Tijuana, México y están a punto de comenzar a cruzar, aunque Donald Trump ya ha enviado soldados a la frontera, lo que pareciera el anuncio contra muchos de estos centroamericanos que caminan con hijos pequeños, ancianos y hasta con sus mascotas.

Por donde se vea, para estos centroamericanos (porque conforme ha avanzado la caravana, se han unido guatemaltecos, salvadoreños, nicaragüenses, además de otros países) el futuro es incierto. Si se quedan en su patria, estarán a merced de que sus hisos sean tomados por las maras o que pierdan la vida en una de las calles; que las únicas oportunidades laborales sea la economía informal o para los más extremos, delinquir. La travesía de miles de kilómetros, a pie, ayudados por algún tráiler o autobús (durante la travesía por Guatemala, hubo un consenso social de la población —no del Gobierno— para darles comida, agua, jalón en las carreteras, hubo familias que llevaron hasta la frontera a hondureños con sus hijos o con capacidades físicas diferentes) conlleva enfermedades, desnutrición, serios problemas físicos en general y enfrentarse a miembros de la policía de Guatemala y México, que han actuado duramente contra ellos, especialmente en áreas fronterizas.

Las fotografías aéreas de los miles de migrantes queriendo ingresar a México (se puede pasar por un puente, entre Guatemala y México para cruzar la frontera, pero muchos lo hacen atravesando el río Suchiate o cruzando en balsas, por medio de un “servicio” que prestan los pobladores) muestran, por un lado, una especie de hormiguero con cada uno de los puntos de las cabezas de estos migrantes. Algunos de ellos, ante la desesperación se han lanzado del puente para el río, incluso sin saber nadar.

 

Atrapados entre dos fuegos

Donald Trump ha amenazado con cortar la ayuda a los mandatario de estos tres países que conforman el conocido como Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras). Abiertamente no han mostrado una reacción al respecto, pero, tampoco han echado a andar acciones directas para evitar esas diásporas atacando los problemas de raíz como la pobreza, educación, seguridad o las posibilidades laborales. La travesía ha provocado que muchos tiren la toalla y se devuelvan para su país. Existe una política de los gobiernos para ofrecer transporte a quienes deseen regresar a su tierra. Más de alguno ha preferido quedarse en alguno de los países, para probar suerte.

El panorama es bastante oscuro. Aunque la mayoría tiene una muy fuerte convicción de que saltarán el bordo para ingresar a la tierra del Tío Sam, les espera un peor muro, que es el ejército estadounidense que los recibirá no precisamente con flores.

Los medios de comunicación han entrevistado a madres que caminan con tres hijos y uno de brazos; a niños que viajan sin sus padres y hasta discapacitados que avanzan lentamente con sus sillas de ruedas. Trump ha querido judicializarlos acusándolos de ser parte de pandillas o hasta terroristas, lo cierto es que en sus rostros se refleja la necesidad de dejar las tierras donde nacieron, sorteando todo lo que se les atraviese en camino.

Del Autor

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Francisco Alejandro Méndez
(Ciudad de Guatemala, 1964). Escritor y crítico literario. Nieto del famoso escritor guatemalteco Francisco Méndez (1907-1962). Se graduó de periodista por la Universidad de San Carlos de Guatemala y obtuvo el título de Doctor en Letras por la Universidad Nacional de Costa Rica. Trabajó de periodista de medios escritos y televisivos guatemaltecos. Ha publicado los libros Graga y otros cuentos. (Editorial Serviprensa Centroamericana, Guatemala, 1991), Manual para desaparecer (Arco Iris, El Salvador, 1997),Sobrevivir para contarlo (Ed. Praxis, México, 1999), Crónicas suburbanas (Editorial X, Guatemala, 2001), Ruleta rusa (Fondo de Cultura Económica, México-Guatemala, 2001), Completamente Inmaculada (Perro Azul, San José de Costa Rica, 2002), Reinventario de Ficciones. Católogo marginal de bestias, crímenes y peatones (La Tatuana, Guatemala, 2006) y Les ombres du Jaguar et autres nouvelles (Éditions equi-librio, París, 2009). También la publicado los libros de ensayos: América Central en el ojo de sus críticos (Universidad Rafael Landívar, Guatemala, 2005), Hacia un nuevo canon de la vanguardia en América Central (Ed. Cultura, Guatemala, 2006) y Diccionario de Autores y Críticos de Guatemala (La Tatuana, Guatemala, 2010).