«esa voz de Cheever para escribir cantando»
JOHN GARDNER
1.- Introducción
En estas breves páginas me propongo hacer un análisis somero de tres aspectos relevantes del cuento del escritor norteamericano John Cheever (Quincy, Massachusetts, 1912 — Ossining, Nueva York, 1982)
“La radio enorme” (“The Enormous Radio”), publicado en 1947 en The New Yorker y recogido en volumen en The Enormous Radio, and Other Stories (1953). Los tres aspectos que analizaré son el cómo se inicia la historia con la descripción de los protagonistas y las ventajas e inconvenientes de este procedimiento y su pertinencia en el desarrollo de la trama de este relato concreto, el ritmo de la narración y, en tercer lugar, la forma de describir a los personajes. Concluyo destacando la enorme adecuación de todos los recursos narrativos empleados por el autor a la historia que cuenta, sin duda una muestra espléndida de maestría y sabiduría narrativas.
1.- El inicio de la narración
La historia inicia con la descripción de los protagonistas lo que conlleva siempre una serie de ventajas e inconvenientes.
Inconvenientes. Cuando se inicia la historia con la descripción (física/psicologica) del personaje, se postergan la trama y la presentación del “conflicto”, que es lo más relevante en un cuento. Lo que espera el lector –y lo que logra captar su atención– es ver qué le sucede al personaje. Mientras no lo conoce, poco le importa si este es alto o bajo o gordo o calvo. Estos datos se pueden ir suministrando a lo largo de la narración, cuando el personaje lo hayamos visto vivir y hayamos establecido con él un vínculo afectivo, un cierto nivel de empatía. Lo mismo vale decir de los datos biográficos: fecha, lugar de nacimiento, estudios, etc. Esta información puede de igual modo proporcionarse en el momento oportuno para explicar aspectos del carácter y la idiosincrasia del o los personajes.
Las ventajas. “La radio enorme” ocurre en realidad en el interior de dos almas, resulta sumamente acertado, pues, a mi entender, describir a sus propietarios y situarlos en su preciso entorno humano: gente común y corriente, gris, mediocre. El hecho poético y “diferenciador” (amor por el arte–teatro-música, escuchar “música seria” por la radio y su brusca interrupción o pérdida, la radio misma que se impone sutil y grácilmente como un personaje más, vivísimo) es lo que abre la brecha por la que se cuela lo fantástico o lo extraordinario en el cuento. Y esto sólo es entendible y creíble (y “degustable”) en ese preciso y bien logrado marco emocional.
De manera que –insisto– Cheever tomó aquí una acertada decisión al iniciar su relato con la descripción de los personajes. Estos son el tema mismo, lo central de la historia. No lo es (aunque podría parecerlo por el título del cuento) el llamativo acontecimiento –una radio que adopta características singulares que no les son de ningún modo ni propias ni habituales–, lo relevante y trascendente en el cuento, sino lo que este hecho insólito revela y pone dramáticamente al descubierto: cómo son en realidad los otros (los vecinos) y, lo que es peor y más terrible aun, cómo son ellos mismos (la lamentable pareja protagonista), que en última instancia en nada se diferencian de sus vecinos a pesar de su afición al teatro y a la música, único elemento diferencial, marcado como su singularidad, desde el inicio…
Pero además Cheever maneja todo con una soltura, una gracia y una habilidad y sabiduría narrativa tales (“como si cantara”) que parece demostrar que no hay otra forma mejor de iniciar la historia.
2.- El ritmo de la narración
“Una página de buena prosa es aquella donde uno puede oír la lluvia”.
JOHN CHEEVER
Lo sabemos de siempre. El ritmo es esencial en una narración. Cortázar lo expresó con un certero símil: “Un cuento es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad, el equilibrio está asegurado”. Consciente de ello –como narrador de raza– Cheever nos brinda aquí una prosa animada, viva, dinámica, ligera y rápida “en la que se puede oír la lluvia”. En ella predominan las oraciones simples y cortas; el nexo más usado es la conjunción “y”; los signos de puntuación predominantes son la coma y el punto: no hay paréntesis que ralenticen el ritmo –apena dos y bien cortos–. Es igualmente notorio el uso masivo de verbos y perífrasis verbales (alrededor de 43) que generan movimiento y dinamismo y la escasa presencia de adjetivos, así como el sabio y controlado manejo de los detalles: no se dan más que los indispensables.
Es todo lo señalado lo que contribuye a hacer viva y ágil la prosa del relato “La radio enorme”, a la par que contribuye (y esto de forma decisiva y eficacísima) a crear el mágico flujo hipnótico de fascinación y poder encantatorio que atrapa al lector. Y aún apoya y refuerza la verosimilitud.
La mejor comparación que se me ocurre (sin duda de igual modo muy del gusto de Cortázar) es la del swing en el jazz. En ausencia de este esencial elemento rítmico que no todos los interpretes e instrumentistas logran o alcanzan, la estructura musical (melodía, ritmo, armonía) queda alicaída, anclada a tierra, sin que consiga alzar el vuelo, porque es en el swing lo que dota de su magnetismo, de poder de encantamiento y seducción a la pieza jazzística y la hace volar.
3.- La forma de descripción de los personajes
La descripción de los personajes conforma un todo indisoluble con los aspectos anteriormente señalados. Cheever describe a los personajes de su cuento de forma directa. Vemos a estos a través de las palabras del narrador, no a través de sus acciones o interacciones con otros personajes o sus diálogos y reflexiones. Cheever hace un retrato (pensando en los cuatro tipos que conforman la clasificación académica de la descripción de personas: prosopografía, etopeya, caricatura) de Jim e Irene Westcott, es decir, nos muestra la totalidad de aspectos (físicos, morales, psicológicos) que conforman el ser de los mismos. Como nos dice Josep Elias Galvez (s.f.) en un material didáctico sobre el escritor y sus recursos:
“Pero una regla que sirve para todas las descripciones es que hay que describir con exactitud y vivacidad los detalles. Pero no todos los detalles tienen el mismo valor, sólo importan aquellos que son característicos del individuo retratado. Esto quiere decir que la simple acumulación de detalles no constituye un buen retrato; por el contrario, puede hacerlo prolijo y molesto. Hay que seleccionar, pues, los rasgos definidores. La minuciosidad de querer decirlo todo suele producir malos resultados.“
Y en el mismo sentido argumenta Victor Sellés (2014) en Creación de personajes literarios: La descripción:
En mi opinión, la descripción de un personaje ha de ser mínima pero significativa. Debe decirse mucho con muy poco y hay que centrar al lector en lo relevante o en lo insólito. Dos o tres pinceladas han de ser suficientes para ese primer encuentro entre el personaje y el lector.
Cheever elige muy hábil y sabiamente los detalles reveladores de la idiosincrasia y la personalidad de la pareja protagonista y nos la sitúa con absoluta precisión, con apenas algunas leves pinceladas, en un entorno sociocultural/económico/geográfico y temporal específicos. Destaco ese “quiero y no puedo” de la clase media norteamericana reflejado así de penosamente en esta breve frase descriptiva: “cuando hacía frío llevaba un abrigo de piel de mofeta teñida para que pareciera de visón”. Frase que al leerla no puede uno dejar de evocar (además) casi sensorialmente el proverbial mal olor de las mofetas. (Tenía esto ya escrito cuando se me ocurrió releer el cuento en el original inglés, lo que invalidó el comentario que quería ser agudo y sagaz, puesto que allí se lee: “in the cold weather she wore a coat of fitch skins dyed to resemble mink”. Es decir, exactamente turón y no “mofeta”, a veces ocurren errores de interpretación si no nos molestamos en acudir al texto en su idioma original).
4.- Conclusión
Vuelvo al inicio como recapitulación y cierre.
En un modesto libro que recomiendo, Cómo escribir relatos, Silvia Adela Kohan (2000) habla de cómo un cuento puede lograr atrapar al lector si su inicio (de la variada tipología de la que el cuentista puede echar mano en cada caso concreto) se acoge a una serie de requisitos que este de John Cheever –añado yo– cumple a la perfección: El inicio nunca debe ser un anexo o añadido artificial del resto del relato, como ocurre cuando se limita a introducir detalles accesorios y superfluos que ninguna función cumplirán en la estructura total. La descripción de los personajes (si se decide empezar así la narración, lo que en principio no supone problema alguno), nunca debería ser larga y cargada de detalles: lo eficaz es señalar ágilmente algunos pocos relevantes y significativos. De igual modo es recomendable introducir el tono emocional de la historia ya en el inicio, que el inicio logre condensar la totalidad del cuento.
En la ejecución de “La radio enorme” de John Cheever vienen claramente plasmadas estas acertadas recomendaciones que se modelan además con un ritmo vivo y swingueante que envuelve y atrapa al lector. Todo ello hace de ”La radio enorme” una muestra espléndida de maestría y sabiduría narrativas.
