Las multitudes

Ofelia Huamanchumo de la Cuba

«À côté des fourmis, les populations»
Alfred de Vigny

 

Contemplar la ciudad de Lima desde el mirador ubicado en la cima del Cerro San Cristóbal es una experiencia que empapa nuestros cinco sentidos de impresiones únicas e inenarrables. La vista ofrece un color arena, secundado de un celestial gris, como si toda la capital estuviera cubierta de un fina capa de polvo. Un ligero e imperceptible olor a basural incinerándose contribuye también a esa invasión que sufren hasta los olfatos menos refinados. Si uno va comentando algo mientras observa la metrópoli anónima, la lengua parece llenarse de un fino talco que suele no ser otra cosa que tierra muerta levantada por una ligera brisa. Las uñas de las manos pueden llegar a negrearse sin haber tocado carbón alguno, tal vez a raíz del smog que, sumado a la humedad, se pegotea por todos lados. Lo menos perceptible resulta ser, sin embargo, eso que le da el toque de urbe inconmensurable e inasible a tamaña región cosmopolita como es Lima: su ruido. Es un ruido sordo que se oye allá arriba, si uno cierra los ojos y se percata. Llega como de muy lejos y, no obstante, se siente cerca. Es una bulla urbana que uno se imagina posible en aglomeraciones de millones de gentes en su cotidiano quehacer. Es un rumor salido de multitudes interactuando y que comprende bocinazos, motores, silbatos de policía de tránsito, campanillas de camión de la basura, ajetreo comercial, muchedumbres haciendo ruido con el choque de sus zapatos contra las aceras, o con su simple conversación callejera; en pocas palabras, es el ruido de un hormiguear de gentes. Sobre todo es aquel runrún de hormigas humanas lo que produce un estremecimiento que colinda con el vértigo.

Y es que las dimensiones pantagruélicas de ciertas ciudades les otorgan a sus ciudadanos un toque de automatismo entre tanta multitud, llegando a despersonalizarlos y dando lugar a que nazcan las incuestionables rutinas que permiten que las cosas funcionen, como en una comunidad de hormigas. De ese modo lo ve también un personaje de la novela de Amir Valle Las raíces del odio. Se trata de una de las figuras principales de esa historia, un inmigrante cubano, quien presenta la capital española así: «Madrid es una ciudad de hormigas. Hormigas que viajan todo el tiempo: a pie, en autos, en ómnibus, en metro, de un lado a otro, alocadas, armadas siempre con celulares y un aura de ‘no me importa el mundo, sólo me importo yo’, que flota sobre cada una de esas hormiguchas de todas las especies, igual que los aritos flotan sobre las cabezas de los ángeles. Hormigas de traje y corbata leyendo las económicas en el periódico del día. O peinadas a lo punk. O con grandes turbantes, al estilo de las películas sobre el Medio Oriente. O el ancestral colorido dragónico de los asiáticos en esos miles de rostros ovalados y de ojos achinados que se confunden con los demás insectos. Hormigas jóvenes con grandes mochilas y las patas encerradas en zapatos sucios, desteñidos…», para terminar distinguiendo entre diferentes tipos de ciudadanos-hormiga en su cotidianidad: «Hormigas rubias y morenas y negras y amarillas. Casi todas con sus celulares prestos a detonar».

Lo cierto es que las rutinas citadinas confieren también anonimato a sus habitantes, es decir, matan sus nombres, y los convierten en ciudadanos muertos de ciudades muertas, como en los versos de Wáshington Delgado: «En la ciudad muerta y anónima, entre los muertos sin nombre, yo camino como un muerto más»; y, al contrario, cobran vida y son dignos de aprecio si, como en un cuento de Ray Loriga, de su selección El hombre que inventó Manhattan, tienen nombre y apellido: «En cuanto a la gente, ¿no es todo el mundo encantador en Manhattan? Todo el que tiene un nombre al menos. Siempre hay algún bastardo o some bitch entre los camareros, los taxistas e incluso entre algunas dependientas de Park Avenue. Pero entre nosotros, entre los que nos conocemos por el nombre y apellido y entre los amigos de nuestros amigos e incluso entre los conocidos de nuestros conocidos. ¿Acaso no somos todos encantadores?».

Multitud, anonimato, rutina, automatismo, hormiguismo, forman la impronta invisible y el oculto tatuaje de los citadinos.

Del Autor

ofelia-huamanchumo

Ofelia Huamanchumo de la Cuba
(Lima, Perú, 1971). Hispanista y escritora. Vive desde el 2001 en Múnich, Alemania, dedicada a la docencia universitaria, a la investigación académica y a la creación literaria. Estudió Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Es Magíster y Doctora en Filología Románica, Literatura Comparada y Literatura Alemana Contemporánea por la Ludwig- Maximilians- Universität München (LMU). Ha publicado los libros Magia y fantasía en la obra de Manuel Scorza (2008; 2015); Encomiendas y cristianización (2011; 2013); la novela Por el Arte de los Quipus (2013; 2015); además de cuentos, poesía, teatro y traducciones literarias en revistas impresas y electrónicas; así como estudios en publicaciones académicas.