Marcharse

Jorge Chavarro

Hace unos días Javier Marías escribió en el diario español El País, en su columna “La zona fantasma” (17 Nov 2018) sobre una conversación que sostuvo con Arturo Pérez-Reverte, en la que el novelista murciano habría dicho “Es hora de irse”; algo similar apareció presuntamente escrito por Robin Williams en los papeles con sus últimos mensajes: “Es hora de marcharse”.  Los dos coinciden con la idea central de todas las migraciones humanas desde hace, se calcula, unos 125.000 años cuando comenzaron en el África Subsahariana, sin el propósito explícito pero con el resultado de poblar la tierra.

Pero Pérez-Reverte y Robin Williams no estaban refiriéndose a migrar, hablaban de morirse; Williams por estar “harto de todo”, y Pérez-Reverte para no “ver más deterioro”, el causado por una larga lista de inescrupulosos, encabezada por Putin, Trump, Salvini y Bolsonaro, pero que no olvida a Le Pen, Maduro y otros gobernantes manipuladores de “votantes suicidas”. Por fortuna el novelista sigue vivo.

Argumenta Marías, en contra de la idea de su colega, que no es buena idea abandonar el mundo por irracional y convulso que parezca, y aunque insistamos en los mejores tiempos que nos habitan los recuerdos, habremos de perdernos mucho de lo nuestro para armar la vida y sumar a la nostalgia hasta cuando de verdad nos llegue el tiempo. De terminarla, la novela del mundo seguirá sin nosotros y la nuestra quedará inacabada, de persistir, a lo mejor ayudamos en construir algo bueno.

Esa búsqueda de algo bueno y mejor para nosotros comenzó de mamera visible con la aparición de los primeros imperios; poder y riqueza van juntos, seducen e ilusionan. De la Mesopotamia y Roma a Estados Unidos de América y la Comunidad Europea nada hay diferente; hambre, desempleo y guerra son el perpetuo denominador común que empuja a migrar; irse a donde sea que se pueda estar mejor, no necesariamente al imperio, en ese caso la migración Sur-Norte, ahora es también la migración Sur-Sur que al menos iguala en cifras a la primera, y en ambos casos produce refugiados, que no son capital humano sino intrusos; el recién llegado siempre será un advenedizo, a la racionalización de la diferencia con ese otro se le ha llamado racismo, el discurso común de Putin y Trump, y ahora también, el de los pueblos del mundo no desarrollado (¿en vías de desarrollo?) que se están llenando de expatriados migrantes.

Como Pérez-Reverte y Williams, los exiliados, nosotros, en algún momento dijimos “es hora de marcharse”, irnos pero no de este mundo sino a buscar algo mejor. Esa búsqueda nos expuso a vivir los señalamientos por la diferencia, somos la otredad que se marca con múltiples estigmas: raza, etnia, religión, folclor, idioma, dialecto, estética, educación y dinero. El resultado es variado, con buen número de expatriados exitosos en la academia, las profesiones, el arte y demás. Pero hay algo más lacerante en la otredad y es la que se da desde adentro de la comunidad migrante misma, que con frecuencia se inscribe entre connacionales que rechazan de palabra el mestizaje (no les es posible más), con ínfulas de europeos y aristócratas frente a sus paisanos indígenas y obreros.

La lectura de Marías me permitió encontrar algo que aportará a nuestro escenario. Hay que continuar el camino para que nuestra novela no quede inacabada, aunque no tendremos la oportunidad de saber cómo terminará la de la humanidad, y como no soy apocalíptico disiento del valor absoluto de la afirmación acerca de lo preferible del pasado. Por eso da pena desertar del presente sin hacer esfuerzos por hacer más llevadero el mundo por encima de los intereses de quienes nos gobiernen.

Del Autor

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Jorge Chavarro
Medico colombiano residente en Houston, Texas. En diciembre de 2014 se graduó en la maestría de español y literatura hispanoamerica en la Universidad de Sam Houston de Huntsville, Texas. En la actualidad es estudiante del programa de doctorado en literatura del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Texas A&M en College Station, también en Texas.