En este mediodía luminoso y caliente del otoño romano, encuentro a Ítalo Calvino en la Plaza Navona, delante de la Fuente de los Cuatro Ríos. Contemplo cómo va escalando con los ojos la fachada cóncava que Borromini levantó en la iglesia de Santa Inés. Quizá busca algo tan melancólico como antiguo el gran amante de los clásicos. Sonríe al verme y alza los brazos. Después de abrazarnos, me mira fijamente y me pregunta qué pinto yo aquí. Hombre, le digo, como pintar, pintar, lo que se dice pintar, realmente no pinto nada. Tan solo persigo pasos, huellas y suspiros que el pintor español más genial de todos los tiempos dejó escondidos por estos andurriales cuando disfrutaba de su romance más encendido con una pintora llamada Flaminia, exactamente la joven que aparece retratada en La Venus del espejo y con la que tuvo un hijo llamado Antonio. Velázquez, claro, exclama Calvino. ¿Y qué pretendes hacer con él? Pues mira, le digo, muy sencillo: quiero retratar no al pintor, que ya es bien conocido, sino al hombre que fue y nadie conoce; es decir, contar a las claras por qué le gustaba tanto la vida libre de Roma. Calvino me habla mientras me tira del brazo, me dice: ya veo que sigues buscando en tus personajes la verdad escondida dentro del hombre. Primero lo hiciste con Anna Freud y con Simenon, luego te atreviste hasta con Kafka, nada menos, y ahora quieres tirarte el moco con Velázquez. Te felicito por ello y te digo que yo hago lo mismo con mis clásicos. Incluso ando persiguiendo alguna propuesta para los tiempos nuevos, tan revueltos y desasosegantes como se nos presentan.
Le propongo sentarnos a tomar algo en una terraza y charlar un rato con tranquilidad. No hay ninguna mesa disponible en el antiguo Ai Tre Tartufi, que sigue luciendo si hiedra agarrada al marco de la puerta. Menos mal que enseguida queda una mesita en el vecino Tre Scalini. Me dice Calvino que le gusta la cerveza, claro que sí. Saborea con calma sus dos primeros tragos, y enseguida se engancha a su italiano tan melodioso para decir: cuando los productos basura lo copan todo y cuando el mero estar al día pasa por cultura, cómo vamos a hablar de leer a los clásicos, a ver, dime, hermano. Frente a esas lecturas de usar y tirar, los clásicos son los autores y los libros que uno puede volver a leer siempre, porque tienen una enorme capacidad para suscitar el diálogo, porque pueden decirnos algo nuevo en cada lectura. Los clásicos se caracterizan por ser inagotables.
Como no puedo seguir callado, le digo que primero hay que volver a las humanidades en los colegios, en los centros de formación general, bien de Secundaria, bien de Universidad. No se puede conquistar la Modernidad abandonando la Tradición. ¿Qué piensan estos profesores de ahora? ¿Que basta con poner delante de cada alumno una pequeña computadora escolar? Primero hay que enseñar a estudiar, a leer, a pensar. Sin ello, las nuevas tecnologías solo servirán para convertir a las nuevas generaciones en seres más explotados por el Sistema, más esclavizados.
Mira, me dice Calvino, cada uno elige a sus clásicos, que no se pueden leer por deber ni por respeto, sino solo por amor. Estoy tan de acuerdo con todo eso, le digo, que, antes de cambiar de conversación, quiero recordar a su lado algunas de las ideas o principios generales que sustentan la vuelta a los clásicos que en esta columna vamos a defender como algo necesario y esencial para la defensa y renovación de nuestra cultura.
Los clásicos son esos libros de los cuales se suele decir: “estoy releyendo”… y nunca “estoy leyendo”…
Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, y que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones de saborearlos. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular tanto cuando se imponen por inolvidables como cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que ella se sacude continuamente de encima.
Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.
Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y, quizá, en contraste con él.
Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
De pronto, con el último trago, le digo si todo esto sirve para algo cuando te has muerto. Y Calvino se echa a reír, limpiándose con la mano la última espumilla de los labios, y me cuenta algo que le ha oído contar a Cioran: Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. Le preguntaron para qué le iba a servir. Y Sócrates contestó: Para saberla antes de morir.
Amigo Calvino, me has camelado una vez más.
