Reflexiones de un pesimista

Jorge Martínez Jorge

Habrás de disculpar, querido lector, el tono y tema de esta columna, escrita en 11 de Septiembre, a 18 años del asombrado horror que significó el ataque terrorista a las Torres Gemelas en Nueva York.

El simbólico y verdadero inicio del posmoderno Siglo XXI y el esperado nuevo milenio, es un hecho que cada uno recuerda a su manera. Tú estarías desayunando, aquél otro en su oficina o a bordo de otro avión volando en sentido contrario, alguna mujer pariendo un hijo y algún anciano expirando. El escriba, uruguayo él, en su automóvil en viaje de Salto a Montevideo, a lo largo de 500 kilómetros más que suficientes para asimilar el estupor, intentar aquilatar el horror y reflexionar sobre que, en ese momento, junto con las toneladas de cemento, hierro y vidrio que sepultaron miles de imprevistos cadáveres, lo que allí, en el centro mismo del Imperio, del Capitalismo y del Poder, había caído, de una vez y para siempre, eran las certezas. O la certeza, en singular. La certeza como construcción intelectual para designar a “un conocimiento seguro y claro de algo”, reservada en adelante, exclusivamente a aquello que está fuera del alcance humano. Como la muerte que nos espera, o la órbita de la Luna que no depende de nosotros. Y nada más.

En ese entonces, había transcurrido poco más de medio siglo del fin de la Segunda Gran Guerra e Hiroshima y Auschwitz, con sus hongos nucleares y sus hornos crematorios, perennemente adheridos a las retinas del mundo entero, había significado, paradójicamente, la construcción de una nueva certeza: la de que, en materia de destrucción, el hombre había llegado a un punto de perfección nunca antes alcanzado y desde el cual difícilmente podría volverse atrás. El fin de esa guerra, en realidad, como siempre ha sucedido, no fue otra cosa que un punto preciso donde fijar la Historia, mientras ésta seguía su discurrir ignorante de los hombres que la escriben pero supeditada a quienes a diario la construyen. La Guerra, en realidad, siguió, solamente que con cambio de temperatura. De caliente a fría, no por ello menos guerra y, en todo caso, librada lejos de los dos centros de poder en pugna desde entonces.

En este siglo recién nacido, hacía poco más de una década de la caída del Muro de Berlín y con ello, la implosión del Imperio Soviético, uno de los dos colosos en pugna. El derrumbe del Socialismo, prohijó una oleada de optimismos tan apresurados como absurdos, en la definitiva primacía de la libertad en todos los campos, desde el político, al económico, como al religioso. Tanto como para que el Profesor Fukuyama proclamara, urbi et orbi, el “fin de la Historia”. Berlín nos hizo olvidar Tiananmen y el régimen de Partido único en China. Nos hizo olvidar el régimen teocrático iraní, tan pródigo en petróleo y dinero como de mesianismo con pretensiones hemisféricas. Por olvidar, hasta nos hizo olvidar a Oriente Medio y el eterno conflicto con Israel. Nos hizo olvidar también, a nosotros que no somos nada, pero le hizo olvidar al propio Estados Unidos con pretensiones de serlo todo, que tenía de aliado – un cuasi hermano carnal árabe- al régimen Saudí, cuna del wahabismo, de donde años después la Yihad pondría en vuelo los aviones convertidos en misiles. Demasiados olvidos para no tener consecuencias.

Lo que siguió fue de mal muy mal, en peor mucho peor. La paranoia como estado social permanente. Y el terrorismo supranacional como arma de destrucción a escala mundial. Desde Asia a América, pasando por la vieja Europa hasta la misérrima África, cada una ha tenido su ración.

Desde que supimos que la Historia no sólo no había conocido su fin, como pretendía Fukuyama, sino que apenas había recomenzado, ha corrido ríos de tinta tratando de explicarse, y explicarnos a los humanos de a pie, el nuevo mundo que de nuevo nada tiene. Nos dijo Samuel Hunttinton que se trataba de un “choque de civilizaciones”. Y eso, como suele suceder con las grandes ideas que pretenden reducir lo complejo en sencillo, tampoco explicó lo que vino después.
Y hubo nuevas guerras. Al terror, se respondió con terror, y con manipulación de medios y gentes, que no es otra cosa que una forma más sutil del terror. Y hubo tiranos colgados y descuartizados, solamente para que en su lugar reinara otro u otros tiranos. Y hubo primaveras árabes que, en lugar de presagiar democracias, fueron meros preámbulos a nuevos autoritarismos y represiones. Y se volvieron a reeditar guerras frías al calor de enfrentamientos internos.
Lo que no hubo, eso sí, durante todo esta nueva orgía de violencia, cada una con sus buenas razones divinas o terrestres para anular al otro, fue la manida “comunidad internacional” con su parafernalia de buenas intenciones. La monstruosa burocracia planetaria, ha vivido –y vive- hurgándose el ombligo a costa de los contribuyentes, distraída en agendas marcadas por el neomarxismo cultural, heredero de la fracasada lucha de clases, mientras el horror campa a sus anchas. La cuestión se reduce a guardar las formas, promover cumbres, asegurar fondos y despachos, y que mientras tanto, las cosas discurran.

Mientras tanto, hay gobiernos millonarios con pueblos paupérrimos, dedicados a sus propios juegos de poder. El pato de la boda, como a lo largo de la Historia, lo siguen pagando los de siempre.

Aquél 11 de Septiembre de hace 18 años donde no había teléfonos inteligentes, el escriba reflexionaba, pensando que quizá un horror como el que todavía no terminaba de entender -igual a como les cuesta asimilar la verdadera naturaleza de una tragedia a quienes la viven de cerca-, en última instancia podría servir para aprender la lección y empezar a cambiar las cosas de una buena vez, para comenzar por darle de baja de una vez y para siempre a los buenos y malos heredados de la bendita guerra fría. Un nuevo comienzo donde pudiéramos entender que un muerto víctima de violencia, lo es más allá de dónde haya nacido, qué religión profese o qué idioma hable.

Sin embargo, en esa misma jornada hube de desengañarme. En la muy fiel y reconquistadora Montevideo, no faltaron quienes no sólo no lamentaron o repudiaron el acto de barbarie, sino que –más o menos explícitamente- se alegraron, lo festejaron, y no menos horripilante, lo justificaron argumentando que los muertos eran muertos del Imperio y que las guerras de Busch y Rumsfeld bien se merecían una condigna represalia. Uruguayos como yo, algunos ciudadanos comunes, otros con responsabilidades, nacidos en mi misma tierra y gentes que fueron educados en la misma escuela que yo, comportándose como verdaderas alimañas. Peor que eso, fue comprobar luego que no era casualidad, ni producto del impacto, sino que a lo largo de los años, frente a eventos igualmente horribles y degradantes para la condición humana, siguieron actuando de igual forma, según quiénes en cada caso fueran víctimas o victimarios. El horror vestido con camiseta de fútbol.

Desde hace un tiempo, intento leer y de hecho leo, dejo y vuelvo a empezar a leer, el magnífico Ensayo de Steven Pinker “En defensa de la Ilustración”, y es que está magníficamente escrito y documentado en la sustentación de la tesis que anuncia el título. Que es posible volver al Jardín del Edén de las ideas, que significó ese paréntesis de iluminación. ¿Es posible? Lo abandono, no del todo, cuando me parece advertir una voluntad que se parece demasiado al voluntarismo, y cuando la sagacidad intelectual del autor no logra disimular su ingenuidad.

En mi larga carrera como lector voraz, pocos autores me han influido tanto como Don José Saramago, ese portugués serio y seco, Nobel tardío, capaz de ser, luego de rascar la superficie, profundamente entrañable. Aún sin abdicar de su fe comunista, tan alejada de mi irrenunciable liberalismo. La cita de Saramago inserta en el acápite, en defensa del pesimismo como actitud ética, en realidad está renga.

La cita entera debiera ser ésta: “El hombre es condenadamente ingenuo, absurdamente ingenuo. No hay ninguna razón, ni actual ni histórica, para que seamos optimistas. Además, los únicos que pueden tener interés en cambiar el mundo son los pesimistas, los que ven que las cosas no van bien. Así que es indispensable que conservemos el sentido común”.

Todo el largo circunloquio que va de ese acápite hasta la cita precedente, que abarca los grandes hitos del mundo del que he tenido el triste privilegio de ser testigo por el mero hecho de la contemporaneidad, no es otra cosa que una excusa para decir que el mundo en el que vivo, en el que era padre y ahora abuelo, en el que pasé de ser sólo lector a uno que escribe, del que soy irredento espectador, me duele y mortifica. Y que por tanto, querría cambiarlo. O por lo menos, saber cómo contribuir a ello. Si doy por bueno el párrafo de Saramago, un pesimista que ve que las cosas no van bien, lo primero que debería hacer es perder esa absurda ingenuidad que nos lleve al peligroso preámbulo del conformismo que es el optimismo. Para ello, precisaríamos una alta dosis de sentido común, entonces. Precisamente lo que, a lo largo y ancho del mundo, viene faltando. Tal vez por ello, una y otra vez me vienen a la memoria algunos versos de Discépolo, una suerte de Orwell y Huxley del tango, cuando dice:

“que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé,
en el quinientos seis y en el dos mil también;
que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos,
contentos y amargaos, valores y dublé.
Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente
ya no hay quien lo niegue,
vivimos revolcaos en un merengue
y en un mismo lodo todos manoseaos”.

Del siglo XX del que se condolía el poeta, al XXI que sufre quien esto escribe, poco y nada ha cambiado. Así estamos.

Del Autor

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Jorge Martínez Jorge
Escritor y periodista uruguayo independiente, radicado en Punta del Este, Maldonado, Uruguay Como periodista ha colaborado con medios de prensa escritos locales y regionales (Revista La Plaza, Semanario Palabra) habiendo sido columnista y editorialista del Diario La Región de Maldonado, publicando además columnas de opinión en su blog El Mirador Independiente. Como escritor ha publicado en diversos medios digitales (El Libro de Arena, Unión Hispanoamericana de Escritores, bajo el seudónimo Lectoradicto), ha colaborado en género Narrativa y Poesía con publicaciones digitales como Molino de Letras. Publica periódicamente relatos y cuentos breves en su blog “El sitio literario de Lectoradicto”.