No soy Natalia
Natalia Sosa
Colección Torremozas. Madrid, 2019
Introducción de Blanca Hernández Quintana
Natalia Sosa (Gran Canaria, 1938 – 2000), responde a uno de esos ingratos casos en que sólo el transcurrir del tiempo, ya tardío para ella, hace resurgir una obra que debió ser más conocida y reconocida. Dieciocho años después de su fallecimiento, Torremozas nos ofrece la oportunidad de aproximarnos al ámbito poético y vital de esta autora, de cuya trayectoria da cuenta este libro a través de las tres partes que lo componen: “Mujeres en la isla”, que recoge los poemas publicados en esta revista -de 1957 a 1962-, y sus poemarios Muchacha sin nombre y otros poemas (1980) y Autorretrato (1981).
Late, en el transcurso de esta compilación, un sentir pesimista y desolador, la voz silenciosa y silenciada de una mujer en busca de su íntima filiación, de alguien que alimenta sus versos con el vacío que encuentra en su existencia y la incomprensión a la que es condenada por una sociedad arraigada a estrictos convencionalismos, y que la marginaba de lo socialmente correcto. Su poesía se convierte entonces en su principal soporte para dejar constancia de la desnudez de sus sentimientos, impregnados de una soledad doliente que, a veces, se transforma en un grito de valentía: “No os canséis de mirarme con la mirada abierta/ cual lobos al acecho de mi temor oculto./ Yo soy la hiedra extraña que trepa en su risa/ y llora en la raíz, bajo la tierra roja. Y continúa con su voz rotunda y desafiante: Miradme, conocedme, sabedme de esta forma/ terrible que no oculto”.
No oculta Natalia Sosa el desarraigo que enhebran sus textos, cuyo hilo conductor es un vacío emocional que traspasa lo vivido, hasta encontrar en la lírica su particular manera de enfrentarse a su yo cotidiano. Y también a la ausencia de una personalidad que la reconociera y, sobre todo, en la que reconocerse y aceptarse. Su decir va dejando un marcado rastro de interrogantes, un río de dudas de las que no obtiene respuesta y que va trasladando al lector en forma de versos que claman su atención, desde una perspectiva desesperada y solitaria. El pesimismo y la pesadumbre ante la vida, ante la sociedad, ante ella misma, hacen de este libro un alegato poético contra la incomprensión, pero también es un espejo diáfano donde se mira la propia Natalia Sosa para descubrirse y hacer que la descubramos. Su mirada interior desata en ella, de forma desgarradora, un sentimiento de culpa. Sola ante su desmoronamiento social y personal, no duda en dedicar gran parte de sus escritos a su acercamiento a Dios. En este sentido, su poesía se transforma en ruego y plegaria, dos palabras que, además de conformar el título de dos poemas, dejan constancia de su desamparo. Ella vuelve sus ojos hacia la aceptación divina como baluarte de su propia redención: “Si de verdad me quieres,/ ven conmigo, déjame que te hable,/ déjame ser tu amiga triste y dulce,/ mas no me quites,/ Señor,/ mi corazón de humana”. Pero también ve en Dios la posible voz que la condene y en su intento de resarcirse, escribiría: “Nunca fui para ti la hija que soñaras,/ la hogareña muchacha a tu norma obediente/ y has escrito en el cielo el testamento/ oculto donándome tan sólo tristezas”.
Apenas hay lugar para encontrar un atisbo de optimismo en la lectura de estos textos. Sólo hallaremos a una mujer, a una escritora cuya vida transcurre a contracorriente, que se esforzara, en vano, por descubrir su propia identidad: “Mas yo, yo no soy yo./ No soy Natalia”.