La novela Larga vida, de Manuel Matos Moquete (Tamayo, 6 de abril de 1944)*, está organizada en 18 capítulos cuyo contenido se va desplegando a lo largo de 184 páginas. Como en toda novela en Larga vida se narran unos hechos que transcurren en un espacio y un tiempo determinados, protagonizados por un conjunto –aquí bastante amplio– de personajes (principales y secundarios), entre los que debe incluirse, cómo no, el propio narrador. La historia que se cuenta en Larga vida es (en principio) muy simple. En la superficie no es más que la relación de dos sucesos sencillos: la puesta en marcha del Censo Agropecuario y de Población (Felito Naveo), promovido por Eljefe; y la venta de pólizas de seguro a la población por parte de la compañía aseguradora norteamericana Larga Vida (Vinicio Sandobal).
A estos dos sucesos de claro carácter social se suma otro de carácter más íntimo y personal: el amor que Felito Naveo siente por Hiraida Ponciano, su novia ahora lejana con la que anhela contraer matrimonio. En verdad el joven no piensa en otra cosa. Solo vive para eso: “lo único que daba sentido a su vida” (p. 149). De modo que cuando este sueño se ve frustrado, Felito experimentará un dolor inmenso que lo traspasará de parte a parte. Una historia de amor contrariado, pues, que recorre la totalidad de la novela como uno de sus ejes constructivos.
Hay entonces tres ejes en la estructura narrativa de Larga Vida en torno a los cuales se construye la historia: el censo y sus peripecias, la promoción y venta de seguros con las suyas propias y, en tercer lugar, el amor de un joven veinteañero por una muchacha (Hiraida Ponciano) y sus complejos meandros e incidencias de engaño, usurpación, frustración y dolor –el anhelado matrimonio que jamás se ve realizado.
Pero esta estructura narrativa conforma un entramado bastante más abigarrado y complejo en la realidad ficcional de la novela. En efecto, a poco que leamos con atención estas páginas comprendemos que en Larga vida coexisten diferentes planos (imbricados, entrelazados, haz y envés de una misma realidad), en permanente tensión y pugna dialéctica. Estará así presente lo histórico y lo mítico; lo racional y lo irracional, lo natural y lo sobrenatural y animista. Estos planos estarán ligados a un espacio igualmente dual y confrontado: lo rural y lo urbano, la ciudad y el campo. Larga Vida transcurre en Vuelta Grande, pequeña ciudad del Sur de la República Dominicana y, de forma específica, en su sección El Palmar: campo de “poblados raquíticos y desiertos”, (p. 56). Todo en el precario espacio rural estará dirigido desde la ciudad, centro operativo del poder omnímodo de la dictadura de Eljefe. La oposición de contrarios Gobierno dictatorial/pueblo, tan rotunda y determinante en la novela, se pone así claramente de manifiesto con otras que iremos analizando en el transcurso de estas notas.
El tiempo histórico
Los hechos narrados en Larga vida ocurren en un tiempo histórico concreto, fácilmente reconocible: la era de Trujillo (1930-1961). De este período nefasto la novela ocupa desde los años cincuenta (más específicamente 1955, momento en que José Altagracia Ponciano –así arranca la novela– recibe el telegrama en el que se le comunica que Eljefe aprueba la “venta grado a grado gallera de Vuelta Grande”, p. 7) a 1960, año en que tiene inicio, por orden de Eljefe, el Censo Poblacional y Agropecuario que habría de dar cuenta de todas las riquezas y de toda la gran prosperidad y bienestar generados durante la Era.
Este tiempo histórico se desarrolla de forma diáfana, produciendo en su devenir una serie de hechos que se encuentran consignados en documentos de la época y de los que de un modo u otro los lectores nacionales hemos tenido alguna vez noticia: El Censo Agropecuario y Poblacional y la Repartición de Tierras baldías. A estos dos hechos históricos se suma un tercero de capital relevancia: la venta del Seguro de vida que promueve y comercializa la compañía norteamericana Larga Vida. Estos tres eventos se desarrollan durante los años 1955 a 1960. Otras acciones que se manifiestan en la novela se remontan a un tiempo más lejano. Así el Ahorro escolar, el desayuno escolar, con el reparto del chocolate Trópico, etcétera. Todo en definitiva un voluntarioso accionar supuestamente racionalizador, civilizatorio, de carácter social, de “Eljefe” y sus correligionarios en un momento histórico reconocible. Lo racional y lo histórico queda representado en Larga vida por estas acciones de “Eljefe”, mente que todo lo rige y controla en el país, y las actividades de la compañía norteamericana de seguros Larga Vida.
El censo dura exactamente cinco días del año 1960.Y entre las actividades del seguro y las del censo se pone igualmente de manifiesto una dramática (incluso terrible) tensión dialéctica. Participar en la venta de seguros excluye el poder participar en el censo; y todo el que rehúye participar “altruistamente” en esa acción gloriosa del Superior Gobierno cae de inmediato bajo sospecha, se inscribe en el acto entre los desafectos del régimen y se hace sujeto de excomunión fulminante. Así es la historia del momento regida por Eljefe, y así las confrontaciones dialécticas que va estableciendo página a página la novela conforme avanza con su ritmo hipnótico.
El tiempo mítico
Larga vida se adentra asimismo en un nebuloso y vago tiempo mítico, mágico y animista, dominado por lo irracional e inaprehensible, tiempo en el que todo será posible. Este tiempo mítico se desarrolla en su propio espacio, el espacio rural (la sección El Palmar), y genera un conjunto de hechos (sucesos, acciones, discursos, actitudes y comportamientos…) que vendrán a complicar sobre manera la vida y el trabajo de los dos personajes principales de la novela en sus diferentes papeles de asegurador (Vinicio Sandobal) y empadronador (Felito Naveo).
De suerte que las dos actividades que lideran Felito y Vinicio, pensada, promovida y organizada la primera (el censo) desde el espacio civilizado y racional del poder político trujillista (y desde la ciudad), y la otra (el seguro) desde el espacio aún más civilizatorio y modernizador de la nación más poderoso del planeta (Estados Unidos de Norteamérica), que hubieran podido ser dos actividades o empresas, si no fáciles y sencillas, sí perfectamente manejables y realizables, se ven complicadas hasta límites de auténtica pesadilla, se verán literalmente estalladas desde dentro por las singularidades de El Palmar y sus habitantes.
Las motivaciones del empadronador y del asegurador
El joven Felito Naveo es el personaje más destacado encargado del censo –son veinticinco los muchachos que han sido reclutados por el Presidente del Partido Dominicano (PD), Humberto Encarnación, para esta noble tarea–. El más destacado encargado de la venta de seguros es el jornalero cuarentón Vinicio Sandoval (y también como es lógico los aseguradores son muchos). Los dos personajes (coprotagonistas de la novela), emprenden cada uno su actividad con decidida voluntad de triunfo, cada uno con su particular motivación: uno por ganar dinero y buscando huir del censo para no depender del Gobierno (Vinicio Sandobal); el otro (Felito Naveo) por cumplir con una empresa que entiende gloriosa –y a la que su propio padre le aconseja que acuda, “no sabía si por convicción o por miedo”, (p. 181). Curiosamente, también a Vinicio su propio padre le aconsejó que acudiera al Seguro (v. p. 15)– y que además le puede proporcionar una ocasión de experimentar o vivir grandes aventuras.
Las dificultades y penurias que deben enfrentar los dos personajes
Las dificultades y escollos que deberán enfrentar Felito y Vinicio (pero sobre todo el primero) en su desempeño como empadronador y asegurador serán numerosas y de muy diversa naturaleza. Sus actividades profesionales (en apariencia simples y para nada difíciles en principio) se convierten en auténticas tareas épicas que nos recuerdan la pesadilla del agrimensor K en el Castillo de Franz Kafka o las demoledoras frustraciones de Larsen “Junta Cadáveres” en el Astillero de Onetti. Y es que estamos aquí ya de lleno en el espacio de lo mítico y sobrenatural que se manifiesta en Larga vida con fuerza complicándolo todo.
Ciertamente lo geográfico y topográfico, lo inaccesible del terreno y lo alejadas de las casas entre sí, se convierten en sí mismos en una seria dificultad: “Estos sitios son un enredo de viviendas agrupadas o aisladas en el valle y en las lomas, cuya localización es casi imposible sin puntos de referencia discernibles, confiables.” (p. 65).
Pero asimismo, y sobre todo, está lo sobrenatural, lo “cabalístico” (como lo califica Vinicio) ligado a ese espacio:
“Felito no había tomado en cuenta que estos lugares eran cabalísticos, embrujados, que hasta para salir al camino y llegar a buen destino los caminantes tenían que fijarse en las señales del tiempo y los misteriosos anuncios del presentimiento.” (p. 55).
“A poco de ausentarse de la novia había deambulado a campo traviesa, había dado vueltas y vueltas sin ver el fin del camino. Se extravió antes de dar con El Palmar. El lugar que debía censar no se encontraba por ningún lado.” (p. 54).
El Palmar tiene asimismo su doble, se halla duplicado y difumina y confunde su identidad, como todo en la novela: “Cerca de El Palmar había otro poblado separado por un río. Eran dos sitios como gemelos, sembrados de palmas. Había tantas en uno como en el otro. Solo el río los dividía.” (pp. 65-6)
A las dificultades de orden estrictamente físico (las que derivan de la topografía del terreno y de la localización de las viviendas) se suman las que imponen las condiciones medioambientales del lugar. En El Palmar se vive inmerso en un clima reseco y desértico (estamos en el Sur de la República Dominicana) en el que reina un sol de justicia y un calor implacable. Veremos más adelante como el calor es un leimotiv recurrente en Larga vida que alcanza, bien a las claras, una dimensión mítica, simbólica.
Pero también están (entre las dificultades que debemos consignar) la imposibilidad que encuentra Felito Naveo (a quien los que lo iban a acoger y amparar, el Alcalde y la Alcaldesa de El Palmar, lo dejan tirado y no le dan ni comida ni cobijo, ver p. 111-12) para hacerse con los recursos más elementales para su diario sustento (agua y alimentos), a pesar de contar con un dieta para este fin, dado que los ventorrillos y pulperías del lugar (extremadamente pobre y miserable) simplemente no tienen de nada:
“Aquí no hay de nada, busque más adelante. Hay una venta al subir la cuesta.”, (p. 57), le dice un campesino al joven Felito, quien más adelante se dirá a sí mismo: “quién le iba a decir que por esas juruneras no aparecía un sucio vaso de agua o una podrida galleta para matar la agonía.”, (p. 57).
De modo que el joven empadronador se pasa nada más y nada menos que “Dos días censando sin comer ni dormir, con ojeras más drásticas que una estampa hecha a hierro caliente en la piel de un becerro.”(pp. 57-8).
A las grandes penurias que padece Felito Naveo en sus andanzas por los agrestes campos del sur se suma (agravando su estado físico y emocional) el dolor que de forma permanente lacera su alma: la ausencia de la amada y los temores de perderla.
Actitud de los sitieros de El Palmar. Las revelaciones de Vinicio Sandobal
Pero nada hace más dificultoso y estresante el trabajo de empadronador de Felito Naveo que la actitud de los “sitieros” de El Palmar. Estos no quieren colaborar con el censo. No lo entienden ni le ven utilidad alguna. Ni sentido. Y lo que es peor: le temen. Lo ven como un gancho… [Felito]“Sentía la renuencia radical de los campesinos a recibirlo” ( p. 56). De modo que a pesar de que “durante cinco días se decretó el toque de queda” (p. 45) y “los habitantes debían inmovilizarse por ese tiempo en sus hogares, so pena de exponerse a consecuencias de incivilidad y desafección al Gobierno” (p. 45), todos huyen del lugar y se esconden en los montes y bosques, de tal suerte que lo que sobre todo encuentra el empadronador “son voces y murmullos.”
La actitud de los campesinos de El Palmar ante el Censo Agropecuario y Poblacional promovido por Eljefe tiene una explicación lógico–racional, enraizada en la nefasta historia política del país, que la novela se encarga de explicar con claridad: Los campesinos ni confían ni se fían del Gobierno, del que entienden que solo les puede venir daño y maldad y persistente engaño, como ha sido siempre en el pasado. “Sospechaban que [el censo] no era algo bueno.” (p.56), “Creen que los van a vender al demonio o lo van a fichar para lo que le parezca al Gobierno.” (p.40); las gentes se escondían detrás de los setos “con un mohín de desengaño clavado en los flacos rostros.” (p. 90)
Vinicio Sandobal (por completo “alérgico al Gobierno”, p 124) lo va explicando con detalle, prolijamente a lo largo de la novela, buscando abrirle los ojos a Felito y hacerle ver al ingenuo y crédulo muchacho la realidad de las cosas en el país: “Tuve que contarle algunos episodios del pasado de Vuelta Grande que, a mí en lo personal, me han enseñado a desconfiar.”(p. 88). Así, Vinicio le habla a Felito del Ahorro Escolar (p. 88) un verdadero timo del Gobierno y los suyos. Explica:
“Con esos pensamientos en contra era difícil que cayera de nuevo en trampas cívicas y causas bienhechoras como el censo. Los embustes me habían curado. Habían vuelto a la gente incrédula, cuando creer era lo mejor que habían tenido. Pero fueron demasiados engañados. Mucha rectitud y mucha moralidad, pero, para jodernos.” (89-90).
Cuenta Vinicio además cómo con el censo, y como incentivo de este, trajeron el “reparto de tierras baldías” que resultó, cómo no, otro enormísimo engaño (ver p. 91) “La historia formaba parte de los anales de los desfalcos.” (p. 92). En boca del asegurador se suceden expresiones y calificativos de dura y negativa valoración del régimen y sus empresas. Siempre era lo mismo: “Espías y timadores, que era a lo que nos tenían acostumbrados.” (p. 18). “Los del partido solo usan a la gente”, (p. 125); “yo era alérgico a los asuntos del Gobierno. No iba a meterme en la boca del lobo. Era así que sonsacaban y comprometían, dizque de buena manera.” (p. 124)
Lo mágico y lo sobrenatural se manifiestan
Además de la historia política del país condicionando la actitud de los habitantes de El Palmar ante el censo, en el comportamiento de estos ante el novedoso fenómeno que viene de fuera se pone de manifiesto el fuerte componente mágico sobrenatural de la novela. En efecto. Los campesinos que deben ser censados aparecen ante los ojos del joven empadronador como entidades ectoplasmáticas que se volatilizan, una legión de muertos y aparecidos de los que solo se perciben murmullos. Así lo revelan los hechos que se suceden ante Felito durante los cinco días de andanzas por aquellos campos:
“Jamás pensó estar en estos campos persiguiendo gentes que son como fantasmas. Cuando las buscas para censarlas, como se dispuso una tarde en la penumbra, al anochecer a la hora de la oración, sucede que las escuchas, que están ahí y de repente desaparecen, como cuando escuchó que gente jugaba dominó debajo de una mata de jabilla.”
“Cuando se les acercó con los formularios preparados para censarlos no encontró nada. Pero estaban ahí alumbrándose con cuatro velas, sonando las fichas de dominó, diciendo “paso”, “doble seis.”
“No había nadie debajo de la mata de jabilla, salvo la población de fantasmas que de noche y de día se congrega, y que los pasantes dicen y repiten, en un rumor que todo el mundo conoce, que ahí hay aparecidos, cosa común en la comarca.”(pp. 126-27)
En muchas ocasiones resulta imposible a los empadronadores contactar con los sitieros, sorprenderlos (“Cuando los empadronadores llegaban encontraban los lugares vacíos. (p.56), ya que estos huían hacia los montes: “sitieros escurridizos en los montes vírgenes.” (p. 71), “se iban corriendo por esos montes como guineas tuertas.” (p. 56).
Otras veces se escondían –con extraña y singular habilidad– en el interior de las viviendas o bohíos: “Simulaban no estar en los bohíos. Los escuchaba cuchichear: “ahí está el hombre del censo.” (p. 56).
O ya rizando el rizo de lo sobrenatural conseguían desaparecer a pleno sol ante los ojos atónitos del empadronador Felito:… “al dirigirse a ellos desaparecieron de su vista como por arte de magia.” (p. 153)
En tales condiciones el censo –a pesar de los esfuerzos del joven empadronador–, resulta un auténtico fracaso. Porque además de cuanto llevamos señalado ocurría que cuando los empadronadores conseguían contactar a los sitieros de El Palmar, estos mentían de forma sistemática y deliberada, falseaban la realidad, de manera que los datos incorporados a los formularios del censo eran absolutamente contradictorios, nada confiables, por completo falsos y mentirosos:
No dicen lo que piensan, no piensan lo que dicen, temerosos de los espías de Eljefe, que observan por todas partes. Los sitieros trastruecan todo, lo cambian de sitio y lugar, cuando no se llenan de silencio. Los datos se vuelven movedizos, cambiantes.” (p. 153)
“La fragilidad de los datos que poseía era una enorme tara del Censo Agropecuario y de Población, cuyo crédito se llenaba de agua y viento. No lograba congeniar las informaciones de unos y otros.” (p. 51)
La venta de pólizas del seguro Larga Vida
Por fortuna para Vinicio Sandoval la venta de pólizas de seguro Larga Vida será otra cosa. En vez de ocultarse, los sitieros de El Palmar le salen al paso por los caminos para hacerse con una de sus pólizas. Porque el seguro da a los campesinos algo, algo concreto, no como el censo que es solo palabras:
“–Ando ofreciendo pólizas, seguros de vida, de salud, de vejez, de accidentes. Todo tipo de seguros que garantizan una larga y feliz vejez, con beneficios que cubren cuidados médicos, jubilación, entierro y herencia a toda la familia hasta la quinta generación. Con seis pesos usted puede reservar su póliza, el resto, los noventa y cuatro, lo paga en un año. Si compra más de una, se le rebaja, y si las compra todas, le damos gratis la de accidente o salud. La de vejez sin envejecer es la más cara. Garantiza morirse de viejo, tan viejo como usted lo desee.” (p. 39)
(…)
…“mejor oferta no se podía querer. Por eso la aseguradora se llamaba Vida eterna.“ (p. 39)
Es por tanto mucho más relajada y bastante menos frustrante la actividad de Vinicio Sandoval en El Palmar que la del empadronador Felito Naveo. Pero con todo, (no podemos dejar de destacarlo) hay un tema que aunará las respectivas tareas de ambos hombres en lo adverso, algo que les impedirá culminar con el deseado éxito su labor. Este algo (podríamos llamarlo huecos, fisuras o fallas tectónicas, auténticos agujeros negros) es la manifestación de unas no presencias que de forma sistemática le escamotean su realidad física, material, haciéndoles imposible sensarlo (Don Cheché a Felito) y asegurarlo (José Fortunato a Vinicio).
La búsqueda infructuosa de Don Cheché y José Fortunato
La búsqueda de estos dos personajes llena -con el calor y sus inclemencias– toda la novela y ocupa gran parte de la actividad física y verbal de los dos protagonistas que, como se verá, a través del sufrimiento, el autorreconocimiento y la comprensión y, sobre todo, el dialogo franco, terminan siendo grandes amigos.
La búsqueda en Larga vida de Don Cheché Fortunato y don José Fortunato es inequívocamente la búsqueda del padre, un componente esencial del relato mítico, que conecta de forma clara la novela de Matos Moquete (al igual que otros muchos componentes de la obra, como el difuminar de forma permanente las fronteras entre la vida y la muerte o lo real y lo imaginario) con novelas como Pedro Páramo del mexicano Juan Rulfo, inscrita dentro del realismo mágico latinoamericano de mediados del siglo XX.
Pero, ¿quiénes son estos dos personajes y qué papel juegan en la novela, qué representan en la misma? Don Cheché y José Fortunato encarnan el mito en Larga vida. Son sin duda alguna uno de los centros rectores de la trama narrativa, auténticos polos magnéticos que cautivan las expectativas del lector. Estos dos personajes participan por completo de los atributos de lo mítico. Están en posesión de un extremo vigor físico y sexual, poseen una gran voracidad y apetito (“nueve platos componían su almuerzo”, p. 146), no tienen edad o están fuera del tiempo: acumulan una ristra incalculable de años. Dado su gran apetito sexual tienen ambos una nutrida nómina de mujeres y una prolija descendencia. A la par, son completamente ubicuos: se les ve por todas partes a la vez, pero en realidad nadie sabe su paradero cierto, como tampoco nadie conoce su real identidad.
Don Cheché es el Alcalde de El Palmar y también claro está es el dueño de todo y de todos allí (v. pp. 112, 135. La Divinidad, p. 85) y el primero del lugar (p. 136) y su fundador: “El viejo es un héroe. Luchó por este lugar y lo fundó”, (p. 135). “Nadie le sabía la edad. El sí, les sabía la edad a todos. A todos los vio nacer y crecer. Él fue el primero del lugar.” (p. 136). Asimismo “Era el mejor amigo de Eljefe, desde los inicios de la Era, aunque hubo rivalidades entre ellos, sobre todo a causa del hermano José, quien fue excomulgado del Gobierno.” (p. 168).
Petronila, una de las hijas de don Cheché, dice de él: “Sí don Cheché era el dueño del pueblo, era el padre de la mayoría de los hijos y el marido de la mayoría de las mujeres. Su apellido Fortunato, que era el suyo, era el más conocido. “(p. 141) Y se enfatiza su carácter sobrenatural señalando: “Don Cheché era un hombre árbol. Tenía raíces subterráneas…. (p. 139). Por otra parte, Petronila nos da de su padre una versión muy distinta de la que se nos había ofrecido con anterioridad, al presentarlo como un consumado hedonista, dedicado en cuerpo y alma a los placeres de la vida por encima de todo, trabajo, alcaldía, compromiso con su amigo (¿doble?) Eljefe (p.p. 141 y ss.)
Al igual que don Cheché, José Fortunato no aparece, no hay forma de dar con él, no hay manera de contactarlo, nadie sabe quién es, no hay posibilidad alguna de venderle una póliza de seguro (p. 79 y ss.), para la completa y total frustración de Vinicio Sandobal, que al final de la novela termina declarándolo “Desaparecido” (p. 184). Son muchos José Fortunatos en El Palmar (ver pp. 164-5-6). Gran amigo y colaborador de Eljefe, cayó en desgracia con este a cuenta de una mujer (v. p. 166 y ss.). “La gente lo había oído mencionar. Era un señor de renombre. Pero no precisaban el tiempo ni el lugar en que pudo haber morado, si alguna vez existió.” (p. 85)
Las dos figuras confunden su identidad
La novela Larga Vida juega todo el tiempo con la identidad de estos dos hombres, que ya son distintos, corporeidades diferenciadas, ya se funden en un solo ser en absoluta identidad, ya son hermanos gemelos (como se afirma en la p. 166), ya son un anciano chocho y loco (p. 165) o incluso una presencia fantasmal como todos los demás pobladores del lugar:
“De igual talante fantasmal podría ser la existencia del señor que yo buscaba para entregarle una póliza. José Fortunato no aparecía por ningún lado, aunque continuamente estaba siguiéndole los pasos, tocándole los talones. Oyéndome hablar de ese hombre, cuya aparición en múltiples lugares a la vez era sospechosamente extraña, ambos nos dábamos cuenta de que nuestras calamidades eran idénticas.” (pp. 126-27).
Don Cheché Fortunato y don José Fortunato llegan incluso a diluir su identidad con la del mismo tirano, como lo sugiere una de las muchas hijas de don Cheché, la vieja Trementina: “Si lo ve, parece un muchachito. Es lo que más se parece al Eljefe, de quien es como su doble.” (p. 154)
Es continua en la novela la insistencia en la identidad de los dos personajes. He aquí un pasaje altamente significativo que introduce de forma hábil un nuevo, interesante y sin duda inquietante matiz. La reflexión es de Vinicio Sandoval ante Felito en el Cruce de las Palmas”:
“Suceden cosas extrañas. El Superior Gobierno todo lo penetra. Un güiro puede encarnar a una persona, no digo yo una persona a otra persona. A lo mejor es la misma persona don Cheché y don José, si es la voluntad de Eljefe.” (p. 119)
Esta interpretación resulta bastante plausible. Los tres individuos son variantes o componentes de la misma entidad, aspectos complementarios y aun contradictorios de la figura histórica de Eljefe, parecen conformar una triada mítica que en alguna medida evoca a la Divina Trinidad. Es esto lo que lo hará estallar desde dentro el espacio ficcional de la novela: las duplicidades, la dilución de los límites y de las identidades, la persistente confrontación dialéctica entre lo racional y lo irracional, lo real y lo imaginario, el ámbito urbano y el rural, el boato y el lujo del régimen dictatorial frente a la extrema pobreza del pueblo descreído y sufriente, el país subdesarrollado (República Dominicana) y el desarrollado (EE. UU), representado por la compañía aseguradora Larga Vida, etcétera.
El perspectivismo narrativo de Larga vida
Para construir los personajes, esta auténtica diada o ¿triada? mítica, Matos Moquete se sirve de un hábil recurso narrativo. El punto de vista plural, variado y flexible del perspectivismo narrativo. Es así como Larga vida se configura como una novela coral y polifónica. La construcción desconstrucción de los dos personajes (Don Cheché Fortunato y don José Fortunato) se encomienda a un nutrido grupo de voces, cada una con su particular tesitura y perspectiva, su personal punto de vista.
Así, don Nicasio, hijo de don Cheché, habla de los orígenes, de lo fundacional y, claro, de su padre (pp. 131 y ss.); Trementina, anciana hija de don Cheché, da, como ya vimos, una semblanza diferente del viejo: hedonista empedernido, etc. (pp. 154 y ss.); Petronila o la Petro, nieta de don Cheché, habla largamente de su abuelo (pp. 140 y ss.) y lo hace con gran ternura: “pero es como si fuera su hija. Más querida que una hija.” (p 141) Y todavía debemos señalar a doña Fella (única mujer legítima de don Cheché, p. 159 y ss.) y a la Alcaldesa, mujer actual de Don Cheché.
Hay pues en Larga vida varios narradores. Un narrador omnisciente, un narrador en primera persona protagonista (el vendedor de seguros Vinicio Sandobal y junto a este, si bien con menor carga narrativa, el joven empadronador Felito Naveo), y luego un conjunto de personajes (censados y asegurados, pobladores del lugar, hijos y nietos de don Cheché, etcétera) que desde su particular visión, unas veces coincidente, otras claramente divergente, van construyendo con sus voces la historia, sus hechos y sus personajes.
Pero también los formularios del censo y las fichas del asegurador se convierten en la novela, son la novela y, por tanto, el empadronador y el asegurador “son ambos los novelistas”, pues los formularios del censo y las fichas del asegurador devienen esenciales en la construcción de la historia que se narra y en la caracterización de los dos personajes, ubicuos y sin edad, Don Cheché Fortunato y José Fortunato. Todos los empadronadores intervienen en esto, no sólo Felito, y no solo el asegurador Vinicio. (ver pág. 165). Pero como para terminar de enmarañarlo todo, dándole otra vuelta de tuerca a la trama, empadronador y asegurador intercambian sus datos, los del censo y los de las fichas de las pólizas (v. pág. 166-168; luego 168 y ss.)
Felito y Vinicio. Los contrarios se funden
Como tales personajes de la novela Felito Naveo y Vinicio Sandobal se encuentran en una clara interrelación dialéctica. Se pone así aquí de nuevo de manifiesto la contraposición de los contrarios en conflicto que de forma tan intensa se hace patente tantas veces a lo largo de Larga vida. Estos dos personajes evocan fuertemente a dos figuras emblemáticas de la literatura universal: Don Quijote (idealista y aventurero) y Sancho Panza (realista y conservador). Y esto es así no solo por las características idiosincrásica de ambos personajes, sino además por su permanente encuentro en el diálogo y la palabra. El uno muy joven (20 años), Felito; el otro de más edad (40), Vinicio, prematuramente envejecido como él mismo afirma; uno instruido (Felito: octavo curso, casi bachiller) y de familia acomodada (su padre es el boticario del pueblo); el otro jornalero, pobre y sin instrucción, que ha llevado una vida de desengaños y derrotas hasta el momento en que se enrola en Larga Vida, y que incluso ha estado preso en las cárceles del régimen donde fue salvajemente golpeado. (p.p. 75-6)
Felito es creído, el otro descreído; uno es jovial y conversador, el otro esquivo y reservado. Andan cada uno en lo suyo por El Palmar, el uno censando, el otro vendiendo seguros. Pero un buen día confluyen en el “Cruce de las Palmas” (así bautiza Vinicio el lugar) y tras la reticencia de Vinicio y la natural espontaneidad del joven Felito, con el tiempo las difíciles circunstancias que rodean a ambos en Vuelta Grande los aproximan.
Felito es la parte más débil del dueto. Está dolido por la lejanía de su amada a la que se vio obligado a abandonar durante cinco días para hacer frente a sus responsabilidades cívicas y luego termina herido de muerte por la noticia que le llega del casamiento de aquella con otro: el ingeniero agrónomo y cantante afecto al régimen Olegario Valdez, responsable del reparto de tierras baldías que resulta ser un enorme timo más del Superior Gobierno trujillista (p. 47). Si bien, como ya señalamos más arriba, Felito es el que tiene que enfrentar más dificultades con el censo, y Vinicio lo tiene bastante más fácil con los seguros, ambos confrontan la frustrante dificultad de no dar con un personaje esencial para la finalización de sus respectivas empresas: Don Chechén (Felito) y José Fortunato (Vinicio). La búsqueda de los dos personajes (cada uno el suyo) les sustrae a Vinicio y Felito muchísimas energías, tiempo y entusiasmo, los mantiene permanentemente perdidos por lugares difíciles, entre paisanos todavía más difíciles y bajo los rigores del calor más extremo y agobiante.
El calor (El Infierno)
El calor es un tópico de capital relevancia en la novela. Obsesivo, recurrente, pertinaz, no es un calor estrictamente físico, ligado al tiempo natural (por más que se explique por la desertización y por el “Gran incendio” que promovieron o provocaron en su día los “gringos” y por hallarnos en el sur del país), sino que es un fenómeno definitivamente metafísico, que condensa la totalidad de los males de aquel tiempo y de aquella geografía y los expresa emblemática, simbólicamente, obligándonos a no dar como casual la expresión que utiliza Vinicio Sandobal cuando se refiere al mismo: “Los cuerpos ardían. El sofocante calor no era una pasajera canícula, sino la austral calamidad de una sitiería colocada en el centro del infierno.” (p. 34)
Sin la menor duda de eso se trata justamente: de un calor infernal. Un calor dinámico (“no estático”, se dice en la novela) que parece cobrar vida (“Era un calor de siempre. Robusto, quieto, altanero.” p. 171), que lo calcina y lo achicharra todo, hace del aire una lámina espesa que se “tienta con los dedos” (p. 121), y que para colmo de males aumenta de forma significativa su implacable intensidad conforme avanza la novela, como se señala en estos –y muchos otros– pasajes:
“…estábamos expuestos a la insolación que cubría todo el poblado y que achicharraba las personas y las cosas. (…) el calor progresaba a una velocidad que iba calcinando los árboles e incendiándolos.” (p. 172)
“Había un aire espeso e inmóvil que se podía tentar con los dedos. La sequía de las palmeras y los árboles cercanos y lejanos había aumentado, chamuscándoles y cambiándoles el color de amarillento a negruzco.” (p. 121)
Los sitieros de El Palmar son cadáveres vivientes o muertos en vida o vivos muertos –que no se sabe ni se llega a saber nunca con certeza en la novela, como lo refiere don Nicasio: Los muertos son los vivos; los vivos, los muertos. No hay manera de distinguir. (p. 132). Estos ocupan un espacio –inhóspito, hostil, reseco, desértico, calcinado por las “llamaradas del sol y el calor” (p. 34)–, que no es otro que el infierno: Su centro.
El árbol (El paraíso)
Ante la crudísima realidad de El Palmar Felito y Vinicio se refugian en el paraíso, o en el único paraíso que encuentran a mano. Paraíso bien escueto, pobre y precario, irrisorio, menoscabado, que no da para mucho –y que como parece insinuarse, tampoco durará eternamente–; paraíso en el que los dos hombres tienen que compartir un único árbol, que no es un manzano como en el relato bíblico, sino una ceiba añosa, que mal que bien les atenúa algo los rigores del extenuante y persistente calor que los agobia y deshidrata…
Están ambos en un parador, en una placita al que Vinicio termina denominando el “Cruce de las Palmas”, el que convierten ambos en su residencia (p. 107) “nos encontramos en esta especie de placita hecha de palenques resecos, calcinados, varias leguas antes de un caserío. Yo había llegado primero y ya era habitual en el sitio.” (p.32)
Vinicio cuenta cómo rechazó en un primer momento a Felito, al joven pretender usurparle su árbol y su sombra en el parador (p. 33), esto a pesar del talante y de la ayuda que le presta el empadronador refrescando el aire con sus brazos (p. 35). Así cuenta Vinicio el crucial momento cuando Felito le pide que le deje un poco de su sombra:
“Sentí esa voz como una agresión. Era mi sombra. El árbol era el único lugar sombreado en la placita. No me sentía en disposición de compartirlo. Pero me dio pena” (p.35)
(…)
“no le hablé. No estaba de humor con alguien que venía a aumentar la incomodidad que sentía por el terrible calor.” (p. 35). Y a pesar de que “El árbol se hacía poco para dos. Eran cada vez menos las ramas que atenuaban la intensidad del caluroso tiempo.” (pp.37-8), los dos hombres terminan aproximándose y forjando una sólida amistad.
“En el parador, bajo el árbol que nos abrigaba todo se apaciguaba. El cansancio, la sed y el hambre encontraban reposo.” (p. 71)
El árbol que acoge y apoya y protege y sustenta, el Yggdrasill o árbol de la vida de la mitología nórdica, que une cielo y tierra, signo y símbolo de regeneración, da cobijo bajo su sombra benéfica a los dos protagonistas de la novela. Pero todavía se insinúa, como adelantamos más arriba, que tal vez no sea así por siempre, dado que el resguardo del árbol es como todo en la humana existencia, precarísimo:
“La sombrita del árbol no daba para nada, disminuida. No daba para tanto, para tantos días y sucesos prolongados.” (“¿Y qué haremos cuando se acabe la sombrita?”, pregunta Felito a Vinicio, p 164)
La amistad y sus maravillosos efectos
Tras señalar el descreído y prematuramente envejecido Vinicio Sandobal cómo el calor nunca había sido tan grande en estas tierras de Vuelta Grande, nos habla (en el que es sin duda el más bello pasaje de toda la novela, el más humano y emotivo, así como el más esperanzado) de la amistad y de los benéficos efectos de la misma sobre los hombres. Dice:
“Sin embargo, desde que el clima de amistad y confianza se fue anudando entre el empadronador y yo, como que el rigor y la aspereza de los elementos habían amainado. Quizás porque nos entreteníamos conversando de las cosas de uno y de otro. Tal vez porque cuando el clima humano se llenaba de armonía, dulzura y confianza, los demás climas externos y ajenos a nosotros, disminuían sus efectos.” (pp. 121-2)
Y en frases que precisan el papel y la situación real de los dos personajes de la novela en El Palmar añade:
“Éramos dos exiliados morando bajo un árbol. Exiliados en la cercanía de nuestro hábitat; exiliados de la rebatiña de intereses que se movían allá en el pueblo, tanto por el censo, como por la aseguradora, o por motivos personales. Exiliados. De cualquier manera exiliados.” (p. 122)
La relación entre Felito y Vinicio se hace íntima y estrecha. Su actividad y las dificultades que enfrentan en la región, uno con el censo, el otro con los seguros, los unen:
“–Qué tanta diferencia podrá haber entre un vendedor de pólizas opuesto al censo que no puede encontrar a quien busca y un empadronador del censo negado, imposibilitado en el cumplimiento de la misión encomendada, porque tampoco ha podido dar con don Cheché, el hombre más importante de la zona.”
Concluimos, nos dimos cuenta que ambos éramos dos seres perdidos para los demás en estos andurriales. Esa semejanza entre los dos dio coraje, brío, al joven Felito.” (p.127)
Y de pronto se insinúa la posibilidad de que Felito y Vinicio sean la misma persona, o ambos partes de un mismo ser (caracteres, expresiones, cualidades…). De nuevo la traslocación, el juego de prestidigitación, el inquietante difuminado barroco de las identidades que ya vimos ponerse en acción con otros personajes de la novela. La posible identidad de Felito y Vinicio se insinúa así en la mente del mismo Vinicio Sandoval:
”Pensando en las realidades que éramos ambos, hasta me dije, tal vez el (sic) no sea real sino una creación mía que necesito para verme a mí mismo. Para que me diga lo que no pudo decir desde el fondo de sí mismo cuando le solicitaron que se enrolara “voluntariamente como empadronador del censo.” (p. 122)
“Él atrapado en esa trampa era mi imagen. No tenía remedio.” (p. 122)
Un auténtico camino de formación
Doble o triple frustración (o doble /o triple/ derrota) las que sin duda sufre el joven idealista y desrealizado, ingenuo “riquito” de Vuelta Grande, Felito Naveo en Larga vida. Primero no culmina con éxito sus tareas de censador –al no dar nunca con don Cheché (v. p. 164, 165) nunca pudo completar el censo–; luego, pierde toda posibilidad de realizar su más anhelado sueño de casarse con su novia Hiridania, al serle arrebatada esta arteramente por los correligionarios de Eljefe (“a las niñas las tenían marcadas, sitiadas”, p. 58) y, por último (¡colmo de los colmos!) terminan declarándolo desertor y conspirador. (p. 178)
Así pues, la incierta aventura del censo culmina para Felito Naveo con grandes daños. Pero también le da todo. Porque las andanzas del joven por Vuelta Grande en los afanes del censo hay que verlas como lo que son: un deambular mítico, un auténtico recorrido iniciático, cinco días de intensa y concentrada formación existencial (lo que une Larga Vida al Bildungsroman o novela de formación o de aprendizaje) en los que el joven abre los ojos a la realidad y a las severas crudezas de la vida.
Vinicio Sandoval es el gran iniciador, el sujeto de la revelación, el gran maestro, el gran chamán que lleva el conocimiento al discípulo. Así culmina la novela en la voz de Vinicio: “En cuanto al resto, todo se había dicho. Lo mismo que por experiencia yo conocía, y que para Felito era una dolorosa novedad que en la marcha del censo fue aprendiendo, en solo cinco días.” (p. 184).
Los contenidos que Felito asimila y aprende no están relacionados solo con la vida social y política del país (la pobreza, los desastres de la dictadura y sus crímenes), están relacionados igualmente con la vida misma y sus durezas y avatares. Pero también gracias al censo Felito conecta con lo mítico, con los arcanos de la naturaleza y de la vida (de los hombres y de las cosas), regida por la magia, el animismo y lo sobrenatural. De nuevo habla Vinicio, el narrador-maestro:
“Escuchándome fue aprendiendo el porqué llegó aquí, a El Palmar, donde al parecer sólo estábamos él y yo. Ni siquiera recordaba si fue aquí que se dio cita con sus colegas del censo. Se fue percatando de que las cosas tenían ánima. Eran como seres vivos. Hablaban, pensaban, sentían. Tenían sus propios derroteros.” (…) “Ambos sabíamos por qué. Él había visto y escuchado cosas que no se conocían. Cosas que no se podían poner en el censo y que él había puesto.” (p. 180).
Es Vinicio el que hace ver claro a Felito, y quien señala como fatal y necesario el que ambos se hubieran encontrado aquí, justo en este lugar, y con un cometido específico, sin duda de gran positividad, bueno humana y existencialmente para ambos a pesar de los muchos padecimientos:
“Hay lugares que de sólo aproximarse llenan a uno de energía especial. Sentía que le temblaba el cuerpo desde que visitó este árbol en medio de la placita incandescente de un paraje desierto.” (p. 179)
“Era como una peregrinación que necesitaba cumplir. Debía rendir culto a algún santo que solicitaba su presencia. Aquí se veía como un peregrino, colocado en un retiro, de donde podía ver las cosas de otra manera, pensar, meditar.”
“Yo le decía que nada sucedía por casualidad. Nadie llega a un lugar por capricho. Nadie se juntaba con otro por error. Nadie entraba en un juego o en un compromiso por simple necesidad o querer.” (pp. 179-80)
Llegamos al final
El voluntarismo, la vanagloria, el boato y los delirios de la dictadura trujillista (orden, progreso, racionalidad, control) y sus seguidores son una espectral realidad sin sustento, puro teatro de sombras proyectadas en la carcomida pared de la realidad del sur, porque ¿a qué un Censo si no hay a quien censar, si las pretendidas riquezas que hay que consignar con detalle en los formularios realmente no existen y sólo hay resequedad estéril, calor extremo y calcinante, miseria y precariedades sin cuento?
Y ¿para qué un seguro de vida en una población de muertos en vida o de vivos muertos, de fantasmas y aparecidos de los que solo percibimos sus cuchicheos y murmullos, para qué prometer larga vida a seres que ya viven la vida eterna y no tienen edad, si la extrema longevidad es ley y norma en El Palmar…?
Solo la amistad de Felito y Vinicio y el crecimiento existencial y humano del joven, con el sabio apoyo de Vinicio, parece (y sin parece) tener vida real y autentica en la novela. Sí, salvo la amistad, todo en Larga vida es pura fantasmagoría espectral –y averno.
Manuel Matos Moquete. Nació el 6 de abril de 1944 en Tamayo, República Dominicana. Doctorado en Literatura, Universidad París VIII. Profesor jubilado de la UASD y de INTEC. Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Lengua y de la Academia de Ciencias. Poeta, novelista, ensayista, crítico literario y educador, entre sus numerosos libros destacan. Poesía: Abismos (1983). Novela: Dile adiós a la época ( 2002); Los amantes de abril ( 2004); La avalancha ( 2006); Larga vida (2010). Ensayo e investigación: La cultura de la lengua (1986); El discurso teórico en la literatura en América hispana (1991); En la espiral de los tiempos (1998); Las teorías literarias en América hispánica (2004); El lenguaje del progreso en los discursos de Leonel Fernández ( 2008); Propuestas, valores e ideologías en el discurso político dominicano ( 2009); Cien años de la enseñanza del español en República Dominicana, Tomo I (2010), y Artículos de temporada (2011). En posesión de numerosos galardones, en 2019 obtuvo el Premio Nacional de Literatura.
