Escribo este discurso en el autobús que me trae a la ciudad de México proveniente de mi bucólica ciudad de Xalapa y espero terminarlo antes de la llegada. Apenas me va dar tiempo de almorzar, llegar al hotel, bañarme y llegar corriendo ante ustedes, al Palacio de Bellas Artes, donde presentaremos no mi última novela sino la más reciente, Formas de luz, que recibió, precisamente, el Premio Bellas Artes de México.
En esta vida, que no sé si es la única que voy a tener y me gustaría tener por lo menos tres más:
Una para dedicarla al violín, en la que aspiraría a ser un modesto Paganini
Otra para dedicarla a la natación, para llegar a ser un Michel Phels
Otra para no casarme y dedicarme a enamorar a muchas mujeres
Otra para ser absolutamente casto y serle absolutamente fiel a mi esposa Leticia Luna, que afortunadamente no vino a este evento, circunstacia por la cual me siento completamente libre de decir lo que quiera.
Lo que me recuerda que el gobernador de Michoacán no asistió a la entrega del premio ya mencionado, que, insisto, me tocó en suerte recibirlo a mí en octubre del año pasado, circunstancia por la cual pude pronunciar un discurso bien preparado tanto que hasta escrito lo tenía. Esto me permitió, además, hacer mi debut como violinista amateur con un Teatro Ocampo de Morelia lleno hasta las banderas (lleno de burócratas acarreados y de estudiantes) pero lleno.
Lo que me obliga por cuarta vez a agradecer que el gobernador de Michoacán no hubiera cumplido con la cita para entregarme un cartoncito algo perjudicado como constancia del premio (lo del dinero lo dejamos aparte porque es de mala educación hablar de asuntos tan banales en un recinto de tanta alcurnia como el Palacio de Bellas Artes).
Repito, para no repetirme, que en esta vida hay momentos cruciales y que uno debe hacerles los honores correspondientes y tratar de vivirlos a fondo que es lo que estoy tratanado de tratar en este momento en el que se conjuntan una serie de ingredientes que dan realce a esta especie de ombligo o agujero negro o encrucijada de mi vida:
El Palacio de Bellas Artes, epicentro de la cultura de México, que me acoge y me arma caballero de la literatura mexicana –sé que suena pomposa la afirmación pero dejémosla así.
Un presenador como Joaquín DiezCanedo, que fue mi editor cuando incurrí en mi primer Premio Bellas Artes, el de Cuento San Luis Potosí; Joaquín, que fue mi jefe cuando dirigió la editorial de la Universidad Veracuzana y que fue mi cómplice, cuando llegué con dolores de parto a su oficina y le dije: “Gran Jefe, ya no quiero venir a trabajar, no quiero gastar mi trasero en una oficina, lo que quiero es rentar un apartamento lejos de mi familia y lejos de la editorial y encerrarme a escribir mi obra maestra del año…” Y Joaquín me dijo: “Tienes dos meses de libertad, pero si cuando vuelves no me traes una obra maestra estarás despedido”.
Un presentador como Jaime Labastida, quien dirigió la revista Plural en sus años de esplendor, cuando la revista era de todos los escritores latinoamericanos y no sólo de Octavio Paz y sus amigos.
Una moderadora com la maestra Adriana Cerda, que representa a la cultura michoacana.
Un auditorio en el que veo (o espero ver) a muchos de mis amgos, a lectores desconocidos, y, supongo, a algunos enemigos (que he cultivado con cariño a lo largo de los años porque, como dijo Sergio Pitol, el más reciente santo del santoral de la cultura mexicana: hay que conseguir el número adecuado de amigos)
Repito, para no repetirme, que en esta vida hay momentos cruciales y que uno debe hacerles los honores correspondientes y tratar de vivirlos a fondo que es lo que estoy tratanado de tratar en este momento en el que se conjuntan una serie de ingredientes que dan realce a esta especie de ombligo o agujero negro o encrucijada de mi vida:
He hecho mi vida en Mexico:
Primero en Monterrey, a donde llegué en 1977 con cien dólares en travel checks que se me perdieron y que Edmundo Valadés, ese sí un santo, me repuso; primero hice vida en Monterrey, repito, donde me vieron con mala cara en el TEC que me había contratado por correo y hicieron fuchi porque yo traía pelo largo, botas con tacones de diez centímetros y barba de rabino.
Pero a cambio del TEC —universidad de los ricos de Monterrey—me admitieron en la Universidad de Nuevo León, donde di clases de traducción a hordas de hermosas doncellas que me sorbieron el seso.
Por lo que tuve que huir a Xalapa para conservar la cordura porque además, además, la Universidad Veracruzana me otorgó un premio literario que compartí en 1979, adivinen con quién… con Sergio Pitol.
Lo que me lleva a una graciosa presentación de una novelita mía algo gorda que se llama Historia de todas las cosas (obra que reescribí gracias a la ya mentada irresponsabilidad de Joaquín Diez Canedo, quien me dio dos meses para… bueno, ya saben… presentación que fue en la Librería Rosario Castellanos en la CD de México, donde Guillermo Samperio, antes de morirse, claro, se atrevió a decir:
“Quero que se enteren que el más grande escritor que hoy vive en Xalapa no se llama Sergio Pitol, sino …(disculpen la insolvencia: de los pecados ajenos yo no me puedo hacer cargo) quiero que se enteren que el más grande autor que vive en Xalapa no se llama Sergio Pitol, sino… bueno, hay que decir la verdad: MT”.
Bueno, pasemos a otra cosa
México me ha dado todo (le estoy robando esta frase a mi esposa que hace poco me dijo:” Marco Tulio: tú me has dado todo lo bueno y todo lo malo de mi vida”). Repito: México me ha dado todo lo bueno y todo lo malo: mencionaré todo junto, lo malo y lo bueno, porque entre lo bueno y lo malo no hay sino diferencias de interpretación y relatividades temporales: México me ha dado trabajo, esposa, hijos, libertad para escribir, muchos premios (no me avergüenzo de ellos: lo de los concursos y competencias es parte de mi vida… tanto que al borde de los 70 este vejete que ven tan incordiable es campeón nacional de aguas abiertas de México y ha (he) ganado 30 o 40 medallas en los campeonatos nacionales máster de la Federación Mexicana, lo que no es poco mérito, pues compito habitualmente contra ex olímpicos y mundialistas y me honra decir que uno de los que me han ganado y siempre me ganarán ocupa el quinto lugar en el ranking mundial en evento celebrado recientemente en Budapest.
México me ha dado, decía y sigo diciendo, enemigos como un famoso director del diario más importante de Veracruz, quien fuera también Cronista de la Ciudad y rector del la Universidad Veracruzana, quien quiso hacerme expulsar de la ciudad y del país con el peregrino argumento de que yo era un disolvente moral, quien agraviaba a las mujeres locales en sus cuentos haciéndolas practicar actos dehonestos en sus inmorales cuentos. Y en verdad estuvo a punto de lograr que me aplicaran el famoso 33, cuando salió el santo García Márquez a defenderme.
México también me dio su violencia a grados tan extremos como sólo podrán conocer quienes lean la novela que por cierto, estamos presentando. No fui yo precisamente quien padeció a la violencia, sino mi esposa, que afortunadamente no vino (la verdad es que mi santa mujer —tercer santo de este santoral— ya no lee lo que yo escribo, lo que le sirve para conservar su salud mental.
Salud mental que yo obviamente no tengo —quienes me conocen saben que soy un loco controlado— y salud mental que perdí durante varios años en los que estuve hundido en el más profudo infierno… del que se enterarán quienes lean esta ominosa novela que ya presentaran Joaquín, Jaime y Adriana.
Y como lo que estoy haciendo, aunque no lo parezca, en este anacolútico discurso es pronunciar un discurso de agradecimiento, terminaré este discurso de agradecimiento, agradeciedno a la persona que ha soportado —hazaña sin duda digna de Hércules—, me ha padecido, me llevó al abismo, me hizo ver mi suerte y luego me sacó, reluciente, nuevo, como recién nacido, productivo, contento, con un cuerpo de setentón reluciente con unos kilos de más pero con ánimo para seguir viviendo.
Y como coronación este acto llevaré a cabo una ceremonia que ya es tradicional cada vez que presento un libro con ayuda de amigos. Entregaré una medalla de oro a cada uno de los presentadores, ganada en competencias de la Federación Mexicana de Natación.
Anacolútico discurso pronunciado en el Palacio de Bellas Artes
