En los años noventa del siglo pasado, ejercí como librero en una librería en Río Cauto. Para cumplir el plan del mes, me iba a los montes vestido de campesino con una caja y una jaba repletas de libros.
Por extraño que parezca, en aquellos insólitos lugares de la geografía cubana, vendía todo un arsenal de novelas, poesía, historia, ensayos, cosa rara, pero los guajiros, por inverosímil que parezca, necesitan alimentar el alma y el cuerpo.
Hace poco sacaba cuentas de que mis lecturas comenzaron en el Cero de Las Mil Nueve, en el sitio donde nací un 10 de diciembre, allá por 1965, de donde mis padres me sacaron antes de cumplir el primer año.
Allá en aquellos parajes quedó mi familia, en mis prolongados regresos infantiles los fines de semana o en vacaciones; mi tía Hermila, hermana de mi madre, me leía cuentos y fragmentos de novelas.
O sea, en casa de mis abuelos, en el campo, muy en el campo, existían libros.
Hago esta breve introducción, no para hablar de mis inicios como lector, menos como escritor, es para hablarles del libro de Jorge Labañino Legrá, escritor baracoense, nació en Baracoa un 6 de octubre de 1970. Licenciado en Educación musical en Santiago de Cuba, hace años se desempeña como librero en la república independiente de Baire (Contramaestre, Cuba), tierra del poeta Eduard Encina, donde reside.
Ha publicado en 2017, su libro de poesía, Un cadáver ideal, Premio Oriente, ese año. La crítica y los que tienen que ver con la promoción y circulación de los libros en Cuba, han deseado que pase sin penas ni glorias, inadvertido.
Un libro que desde su título tiene un significado histórico “Un cadáver ideal”.
Anselmo y Failde, son un leitmotiv, símbolos, el cadáver de su padre, un amigo, un vecino, bien pudiera ser el escritor Luis Felipe Rojas, como era su propósito en el cuaderno original, también Rafael Alcides, Amir Valle o Ángel Santiesteban, cualquier ser vilipendiado en la Isla, acusando al tirano incrustado, por castigo divino, en una piedra, donde es custodiado por los poetas, intelectuales y patriotas, Céspedes y José Martí, para que no escape de la maldición, porque tiene que cumplir su condena.
Como reza la nota de contracubierta escrita por su editora Asela Suárez: Suceda lo que suceda, Anselmo, golpeado, siempre será ese cadáver crítico que mira a una sociedad a ratos agresiva, a ratos doliente. Por eso nada puede salvarlo a él ni a los suyos.
En estos versos sangra el cubano de a pie, no el que como mansa oveja recibe los golpes de su pastor y avanza dócil, sin levantar los ojos, en un terreno sin pasto, sin agua, no, este poeta es David, que con honda o sin ella, no hace mutis ante el atropello de los esbirros contra él y su gente.
En el libro aparecen breves alusiones a epístolas escritas por Anselmo, páginas enrarecidas por un gris que sirve de trampa a las palabras, que opaca la vista, para que el lector las obvie y siga de largo, ciego, en su lectura.
No sea ingenuo, hay en estas breves cartas del padre al hijo, claves, descífrelas, no se vaya con la de trapo:
¿Por qué agredes tu voluntad con otra más lúcida, enrarecedora? Mi diálogo no se piensa. Es un diálogo. Se escucha.
(Epístola de Anselmo. Abril-23-1978)
Si no me crees importas menos. Puedes poner tu oído desde fuera y decir luego que no te incumbe arrogante de esa libertad o más bien lujurioso cuando fatalizas otras formas de pureza. Huir no libera. Mientras escapas agredes más tu libertad. Si no me crees te perfeccionas. Escucha, escribo en la acústica que ignoras y me domina con rudeza. Ten fe en oír y el oír vendrá por la palabra lejana, distinta. Escucha, no habrá sonido sin superar la crueldad de la gramática, el cemento que junta palabra con palabra y forma su dominio.
(Epístola de Anselmo. Octubre-15-1988)
El cambio se detiene si glorifica su propia mirada, exhausta de recorrer la misma distancia. Hay un pulso de consigna, de a degüello en el ojo que se anhela en lo conocido. Aunque tus ojos se expongan al peligro no cedas la palabra ni el cuerpo. La mano estéril se repite, cae en la zanja. Es decir, recorre los dos caminos: el de permanecer, y el curso que se retarda.
(Epístola de Anselmo. Mayo-5- 1995)
Poeta martiano, patriota de verdad, vive el día a día con su gente sin bajar la cabeza, canta para que sus dolores y los ajenos, las humillaciones personales y colectivas, no caigan en saco roto.
Es posible que el libro no lo encuentre en librería que, si pregunte, le digan que ya se agotaron todos los ejemplares, que la tirada solo fue de 2000, (que le vayan con ese cuento a otro, hemos sido, ante todo, libreros), dirá la librera de turno: Es un lujo, en un país “bloqueado” por los Yankees, que a un libro así, le hagan una tirada de 600 copias, otra mentira.
2000 ejemplares, es solo un número puesto, una marca en el libro, quizás solo se imprimieron 100, a lo sumo 50, los que compró el autor para en una presentación fantasma, regalárselos a los amigos allí reunidos.
Jorge Labañino Legrá “El Puro”, es un librero con agallas, que sale con su jolongo a vender libros por las comarcas del país repartiendo el balido de los carneros en prisión, pero el poeta carga junto con sus ojos y el corazón, su lápiz, su papel para dar testimonio del día infernal del cubano.
(Otro manifiesto)
Si bajas el brazo no lo vuelvas a subir
la calle está al rojo vivo y te oscurecen de un pestañazo.
Y si te dicen grita
Grita
Si te dicen calla
Calla
no juegues con la jama de tus hijos, no juegues con el
salario ideológico, esos teléfonos no te pierden voz ni
pisada.
Por tu madre deja que sean piedras y porrazos quienes
hablen
Mira a Failde
mira cómo lo dejaron.
Te lo digo
si bajas el brazo no lo vuelvas a subir
la calle está de plomo y te oscurecen de un pestañazo.
Un texto muy actual. Muy cubano.
Es este un poeta de la generación estrangulada por los avatares de un país donde se encuentran Luis Felipe Rojas, Alexander Besú, Ronel González, Carlos Esquivel, Ana Rosa Díaz Naranjo, Nuvia Estévez, Ray Faxa, José Alberto Velázquez, Frank Castell y Eduard Encina.
