Mis cuatro países

Antonio Álvarez Gil

Parque de Guara, Melena del Sur, Cuba.

Parque de Guara, Melena del Sur, Cuba.

Mucho he cambiado desde que dejé mi pueblo; pero en mi esencia sigo siendo el mismo guajirito cubano que nació un día en Melena del Sur, hijo, nieto y biznieto de hombres que vieron su primera luz junto a una laguna en la zona costera del término municipal. Luego salí al mundo para aprender la vida de otros pueblos y terminé fundando una familia que al cabo del tiempo ha devenido extraordinariamente multicultural. En casa compartimos hábitos y estilos de vida de cuatro regiones del mundo, que son mis cuatro países: Cuba, Rusia, España y Suecia. De las sociedades con las que he convivido y convivo aprendo todo el tiempo. Me es grato consignar aquí el modo en que las tradiciones y costumbres de mis tres segundos países han enriquecido el acervo de mi cultura primigenia. Por todo lo que me han dado, me siento en deuda con ellos. Pero los pueblos de estos países viven hoy de manera un tanto diferente.

De mi patria suelo escribir y hablar con regular frecuencia. Cuba nutre mis historias, y aun cuando no aparezca reflejada directamente en ellas, siempre está presente en la persona o el espíritu de mis héroes, en su modo de actuar o de pensar, en la atmósfera que impregna la trama de mis cuentos y novelas. De Rusia, qué decir. Es un país demasiado grande para una pluma tan pequeña como la mía. Hace poco he regresado a ella y puedo constatar que el pueblo ruso ha cambiado para bien, que ha logrado salir del hueco en que lo sumieron los siglos de poder totalitario y el aislamiento forzoso o voluntario. Diga lo que diga la prensa sobre Rusia, esta gran nación ha vuelto a la palestra mundial. Aun así, su joven democracia deberá perfeccionarse mucho a sí misma. Pero habrá de hacerlo sola, sin “ayudas” ni presiones de nadie.

Suecia, por su parte, es un sitio ideal para vivir. Es un país moderno y próspero, con un pueblo cosmopolita y feliz que durante años ha mostrado al mundo una sociedad ejemplar en muchos aspectos del desarrollo humano. Tiene problemas; pero, comparados con los de mis otros países, parecen problemas de juguete y, por tanto, no pienso referirme a ellos. A Suecia le debo gratitud eterna por su mano tendida en el minuto necesario, por enseñarme los valores de la democracia y por darme la oportunidad de apreciar la verdadera dimensión del mundo.

Dicho esto, hoy quiero hablar de España. En mi opinión, esta antigua nación de Europa no  atraviesa sus mejores tiempos. España es la cuna de nuestra civilización, la fuente donde bebemos —querámoslo o no— todos quienes vivimos o pretendemos vivir del idioma, de nuestra hermosa y rica lengua castellana. Yo soy cubano y siempre me enorgulleceré de serlo. Pero, un poco, también me siento español. Sí, español, en la medida en que mis orígenes estuvieron principalmente aquí. Imagino que en algún momento de las pasadas centurias, mis ancestros abordaron una frágil embarcación y se lanzaron a cruzar el océano y labrarse una vida mejor en tierras de América. Nunca me cansaré de agradecer a esos antiguos e ignotos españoles la valentía de su gesto, su arrojo y su fuerza de carácter para realizar la proeza de embarcarse en el viaje que los llevó a cada uno de ellos a la Isla en que más tarde nací yo.

No sé quién habrá acuñado allí, en nuestros países de América, la frase “madre patria” para referirse a la nación española. Quienquiera que haya sido, tiene mi reconocimiento. Comparto ese concepto, porque, en cualquier caso, el término encierra en sí a la patria del idioma y de muchos valores que compartimos a ambos lados del Atlántico. Nunca olvidaré el momento en que llegué por primera vez a España, hace ya algunos años. Yo cerraba un ciclo natural y lo sentía en los latidos de mi sangre, en la alegría que me asaltó en aquellos instantes, en el fondo sonoro que me rodeaba en los salones y pasillos del aeropuerto de Barajas. Era mi idioma, la lengua en que mi madre me había cantado las canciones de cuna, en la que yo había expresado mis alegrías y tristezas, en la que escribía mis ficciones.

Desde entonces he mantenido una relación de amistad y amor con esta tierra. Me he alegrado por sus éxitos y dolido de sus fracasos. Siempre he pensado que no hay pueblos perfectos. Y que entre las virtudes y los defectos de la gente española sobresalen las primeras por encima de los segundos. He defendido que, pese a las injusticias cometidas y la sangre derramada con el arribo de los europeos a América, el descubrimiento y conquista de un continente tan vasto fue una proeza difícil de igualar. La historia de España, como la de tantos otros países, está llena de aciertos y errores. A algunos les place destacar los errores, como si ellos mismos estuvieran libres de mácula. Yo, por mi parte, prefiero recordar los aciertos, por ejemplo, el surgimiento de un mundo nuevo y la extensión planetaria de nuestro ámbito lingüístico. Por último, casi nunca se habla de que en los territorios colonizados por los españoles nació una estirpe de pueblos con sangre mezclada, cosa que apenas ocurrió en las posesiones regentadas por otros países europeos.

Pero, dejando a un lado la Historia, de lo quiero hablar aquí es del momento actual que vive España. Desgraciadamente, el país se encuentra —una vez más— en una etapa delicada de su historia. Sin haber salido del todo de la crisis económica, no termina de resolver sus problemas de identidad como nación. Las recientes elecciones parlamentarias arrojan, como vemos, tanta luz como sombras en el panorama político del país. Esperemos que las luces se impongan a las sombras. Terminaré esta reflexión con una interrogación, la misma que le hago una y otra vez a mis amigos españoles cuando hablamos del asunto: ¿Cuándo España dejará de escarbar en los territorios oscuros de su historia reciente y comenzará a buscar su reconciliación consigo misma, es decir, a mirar al futuro? He ahí la pregunta cuya respuesta determinará el punto de inflexión en el despegue definitivo de esta vieja, grande y adorable tierra de mis ancestros.

Post scríptum: Había puesto el punto final a este artículo un día antes de que el fenómeno climático conocido como “gota fría” se ensañara de mala manera con el Levante español. He visto de cerca algunos de los efectos del desastre y seguido por la prensa las pérdidas materiales y humanas sufridas por las gentes de estas comarcas, y no puedo dejar de expresar aquí mis condolencias a los familiares de los fallecidos y mi apoyo moral a quienes deberán levantarse y rehacer el camino.

Del Autor

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Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros(Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993),Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol y Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009. Sus obras más recientes son Callejones de Arbat (2012), Annika desnuda (2015), Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver (2016), A las puertas de Europa(2018) y El pianista y la noche (Cuentos, 2019).