El fracaso neoliberal como esperanza

Antonio Cienfuegos

Conocí a Samuel Sjöblom hace diez años en El Salvador. Él es un sueco que está casado con mi prima Irene. Me decía que había vivido en casi todos los países de Latinoamérica y que les amaba profundamente pero que, en ninguno, encontró el acuerdo social que veía en su país donde, en sus propias palabras: “todos sabían cuál era su rol en la sociedad”, por ello volvió a ese país para reproducirse y ‒probablemente‒ morir ahí. Desde entonces no nos hemos vuelto a ver, ni él ha venido a Latinoamérica ni yo he ido a Suecia. Me imagino que para muchos europeos o anglosajones, las revoluciones latinoamericanas debieron ser de mucho interés, sobre todo cuando en sus propios países el fascismo estructural nunca ha cedido. Me imagino, de igual manera, que la revolución cubana, las guerrillas centroamericanas, los levantamientos contra las dictaduras sudamericanas o, incluso, el reciente conflicto zapatista en México, es una miga de esperanza en la concepción del mundo que tenemos los llamados (o mal llamados) occidentales.

Supongo que Samuel tenía razón, nosotros no sabemos aún a ciencia cierta cuál es nuestro rol en la sociedad qué vivimos: ¿El carabinero debe torturar y violar a su pueblo?, ¿El milico debe matarnos si nos ve en toque de queda en las calles?, ¿Debemos soportar un toque de queda impuesto por las élites políticas?, ¿El político debe cambiar la constitución o simplemente ser un tecnócrata?, ¿El ciudadano debe hacer la constitución, debe hacer política?, ¿El médico debe atender sin importarle tanto el dinero que recibirá a cambio?, ¿El profesor debe enseñar, aunque gane una miseria?, ¿Los poetas deben escribir poemas o estar alfabetizando en las poblaciones?, ¿Los desclasados deben darse lujos burgueses o mantenerse en la austeridad?,  ¿Alguien o todos debemos marchar y protestar pacíficamente, aunque tengamos el chorro del guanaco sobre nuestros rostros?, ¿El encapuchado de primera línea debe lanzar piedras a armatostes blindados que sabe que nunca mermará o debe tomar las armas?, ¿El anarquista debe organizarse? Todo parece confuso, ciertamente. Una masa de información y de personas que no sabemos cuál es nuestro rol, desde el presidente hasta la persona vive en situación de calle, no terminamos de entender cuál es nuestro rol en esta sociedad. No obstante, no estamos lejos.

Bajo este escenario creo que no bastan las teorías para explicarnos todo esto, no basta Marx, no bastan las de Benjamin, ni las de Foucault o Žižek. No. No basta. No basta saber que el neoliberalismo ha fracasado, no basta saber que los sistemas democráticos en Latinoamérica han fracasado. No. No basta. No basta conocer las brechas de desigualdad, de postcolonialismo, de racismo, de patriarcado que se viven. La violencia objetiva del narcotraficante y del militar que es la misma. Hoy día y ante el escenario distópico que significaría la caída del modelo neoliberal, no bastan los teóricos. No nos sirven las conjeturas en un poema o novela. No nos sirve ni la memoria, creo que nunca nos ha servido porque siempre repetimos los mismos errores.

Todo pensamiento nace de la ira queridxs, de la ira que provocan las miles de mutilaciones (de todo tipo, simbólicas, concretas, emocionales, espirituales, etc.) provocadas por el capitalismo, por el modelo más siniestro del capitalismo que es el neoliberalismo. Pero cada mutilación, cada segmento humano que se nos amputó tanto como individuos como sociedad, ha provocado un grito aislado, un grito que ha ido resonando día tras  día, año tras año, década tras década, como el eco de la rabia y el horror de los tiempos que nos tocó vivir. Donde las personas con trastornos psicopáticos son condecoradas con honores, son hechos congresistas o presidentes, donde la defensa del capital privado, de “lo propio” vale más, muchísimo más que una vida, donde la defensa de un supermercado de Wallmart o de una cadena de Retail vale más que un brazo, donde a una sociedad le duele muchísimo más que le quemen el metro, la iglesia o el banco, a que le saquen los ojos a sus estudiantes y manifestantes, donde la indignación de no poder ir a trabajar supera la indignación de personas torturadas o violadas. Y gran cantidad de la población chilena defiende primero a los militares (sí a esos mismos que durante 17 años los desaparecieron y torturaron) y a los pacos (carabineros de Chile), antes que a los niños que se mueren de hambre en las calles o en el SENAME (Servicio Nacional de Menores), o de los mismos ancianos que se mueren de hambre o de enfermedades totalmente tratables, simplemente porque viven con 120 mil pesos mensuales (algo así como 150 dólares) en un país donde ni siquiera con el salario mínimo (280 mil pesos chilenos) se puede sobrevivir, ciento cincuenta dólares en un país donde el arriendo más barato cuesta 200 dólares, en un país donde la medicina cuesta 4 mil por ciento más respecto a México o Argentina. La gente se indigna.

Parece que en esta versión de Chile ya no basta hablar de teorías sociales para entender lo que está sucediendo, porque simplemente ninguna teoría social es capaz de explicar lo que está pasando. No es nuevo que el modelo económico neoliberal fracasó, es algo dicho ampliamente, tampoco es nuevo que los economistas e incluso los dueños de los grandes capitales acepten que el capitalismo como la promesa de bienestar para “el esforzado”, para el “luchador”, para el “estudioso”, en suma para “el-que-lo-merece”, ha fracasado. No puede proveer bienestar a nadie, más que a unos pocos. Ese fracaso del capitalismo a treinta años del fracaso del socialismo burocrático (representado por la caída del muro de Berlín y la Perestroika), nos pone en un punto de incertidumbre. Y quizás sea ese punto de incertidumbre el que nos confunda más respecto a nuestro rol en esta sociedad. Pero sí nuestro rol no es ser “los esforzados”, “los luchadores”, entonces debemos aceptar que, precisamente, nuestro rol es el fracaso.

Sin embargo, es fácil explicar lo que pasa en Chile desde lo empírico. Llegué hace seis años de México, tengo seis años viendo cómo este punto de no retorno llegaba a su clímax. Este clímax no terminará con una nueva constitución, no terminará con un cambio de presidente, incluso. No, así no terminarán las revueltas sociales de Chile. Qué pasa cuando tienes un país donde la “clase” media se cohesiona con la “clase” baja, donde se alienan y actúan como un mecanismo autónomo e independiente, inevitablemente buscarán un bien común. Ese bien común es imposible que sea provisto por un Estado-Nación como lo conocemos en la actualidad, es imposible que se lo provea la “democracia” como existe actualmente, ni la burocracia, ni la institucionalidad, nada de eso le dará al pueblo chileno la dignidad que reclaman, porque todos esos modelos son los instrumentos del capitalismo, y bajo esa lógica, y cuando tienes un país con más del 50% de su población bajo la línea de pobreza, simplemente es imposible.

Me permito plantear un mundo más (sí más) distópico. Imaginemos que los bienes de las 200 personas más ricas del mundo suman más que el ingreso total del 41 por ciento de la población mundial (constituida por 2.500 millones de personas), bien eso no es imaginación, es un dato duro del año de 1998, veinte años después esa brecha se ha agrandado enormemente (según el Banco Mundial, actualmente 3400 millones de personas viven con 5 dólares diarios sin poder cubrir sus necesidades básicas). Bien, imaginemos esos casi 3,4 mil millones de personas de la noche a la mañana deciden que no quieren seguir siendo pobres, que no quieren seguir subyugados a esas 200 personas (entre las que hay varias familias chilenas, incluida la del presidente Sebastián Piñera) que tienen, efectivamente todo el capital económico concentrado para repartir bienestar a esos 3,4 mil millones de personas. Cómo funcionaría el Estado, cómo se resguardarían esas 200 personas de que les “saqueen” toda su riqueza “legítimamente” obtenida, ningún Estado-Nación podría contenerlo. La única forma sería un genocidio, tirar bombas atómicas a esos miles de millones de pobres (que probablemente sean más). No, tampoco harán eso. Si en Chile se entra en una espiral de anarquía alienada e incontenible, si se desborda la anarquía no política, no pensada, no ideologizada, sin un proyecto a futuro, probablemente ese futuro distópico se haga realidad. Habrá años de caos y destrucción, que derrocarán el sistema democrático y social que constituye este país. Pero luego, luego qué. Quizá después existan organizaciones locales autogestionadas y autosustentables, algo similar a una sociedad realmente democrática, sería el curso natural de las cosas. Porque si pasa en Chile, pasará en todo el mundo tarde o temprano. Quizá ahí, al fin, entendamos nuestro rol en esta sociedad y a Samuel Sjöblom le gustaría vivir de nuevo en Latinoamérica.

Finalmente, creo que si este mundo distópico no llega ahora, no cabe la menor duda de que pronto vendrá, quizá no como lo imaginamos, quizá de una forma inesperada y sorpresiva, pero el ejemplo chileno del fracaso neoliberal es muy prometedor, porque no habrá vuelta atrás, dudo mucho que el sistema actual de gobierno se mantenga, así como las instituciones que son herencia de la dictadura para perpetuar a unos pocos en el poder y a otros tantos en la riqueza. Veo con mucha esperanza la destrucción de las migajas que el neoliberalismo nos tiró como si fuéramos animales de carga o animales domésticos que se contentan con huesos de animales putrefactos mientras el dueño disfruta de todo, absolutamente todo. Y mientras ese dueño esté arriba, siempre seguirá sonriendo mientras nos observa como animales imposibilitados para rebelarse.

Del Autor

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Antonio Cienfuegos
San Salvador, 1981. Escritor salvadoreño-mexicano, de niño vivió en San Salvador una breve temporada y luego fue a radicar a México debido a la diáspora causada por la guerrilla. Magister en Sociología por la Universidad Alberto Hurtado de la Ciudad de Santiago de Chile, donde reside hace más de 6 años. Ha publicado Otra versión de vos (Public Pervert, Chiapas, 2013/subVersiva, Honduras, 2014), la plaquette Talegario (Proyecto Editorial La Chifurnia, San Salvador, 2016), Guanaco (Ed. Carajo, Chile, 2017), también escribió el prólogo de la Muestra de Poesía Árabe, El Canto de los Moros (Taberna editores, México, 2015). Es colaborador de varias revistas y suplementos de México, Chile y España. Asimismo, ha sido editor y asesor literario en varias editoriales chilenas (Ed. Carajo, Ed. Rumbos, Ed. Los Perros Románticos, etc.).