Mientras escribo esta crónica, en Madrid tiene lugar una de las llamadas “cumbres del clima”. Una más de las tantas que se han celebrado para tratar de contener el calentamiento global en el planeta. Está muy bien que los jefes del mundo se reúnan por enésima vez, y que traten de paliar los efectos de un fenómeno que ya ha empezado a influir en la vida del hombre en la Tierra. Desgraciadamente, las previsiones en este sentido no son nada halagüeñas. Habría mucho que hablar al respecto; pero el objetivo de este artículo no es analizar las causas o consecuencias de un drama cuya solución real se encuentra lejos de las manos de quien escribe estas líneas. Contribuyo, como la mayoría de mis contemporáneos, con mi granito de arena, que es infinitamente pequeño en comparación con la magnitud de la hecatombe que se nos echa encima. Pese a ello, hago lo que de mí depende, lo que me toca y lo que puedo hacer desde mi sitio en el barco en el que navegamos todos, y en el que nuestra descendencia deberá seguir bogando.
Leer un poco sobre el particular debería resultarle interesante al común de los mortales. Así, al menos, todos sabríamos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Conoceríamos mejor los peligros reales a los que nos exponemos como especie en la Tierra. He dicho “leer”, sí. Pero ¿cuántas personas leen sobre este apasionante tema? Es más, ¿cuántas personas leen algo que no sean los subtítulos de las series y películas de televisión que ocupan hoy en día casi todo el tiempo libre del hombre contemporáneo. Digo “casi” porque sé muy bien que en los países desarrollados el resto de ese tiempo se gasta leyendo mensajes de Facebook, enviando comentarios y colgando todo tipo de contenidos vacuos en las redes sociales que pueblan Internet. ¿Y de los libros qué? ¿Quiénes leen libros en la actualidad? ¿Quién se preocupa por conocer algo de lo que se publica en su país?
A juzgar por el nivel de ramplonería que reina entre buena parte de la población en los países más modernos del planeta, no parece ser demasiado alto el número de personas que consumen productos de contenido verdaderamente cultural. ¿Cuántas de ellas van al teatro o visitan las exposiciones de arte? Muchas, diría cualquiera, a juzgar por las colas que de vez en cuando se forman a la entrada de algún gran museo. Sí, pero ¿quiénes y qué porciento de la población en general son esos que se alinean en las filas? Teniendo en cuenta el costo de los boletos para cualquier teatro u otro espectáculo artístico y su relación con el salario medio de la población, podría afirmarse que la cultura se ha convertido en patrimonio de unos pocos, en un privilegio accesible sólo a las élites de la sociedad. Por otra parte, ¿qué ocurre con el mundo de los libros? Yo me atrevería a decir, de acuerdo a lo que observo en derredor, que el hombre moderno se mantiene alejado de la buena literatura. Imagino que en el llamado “tercer mundo”, con su baja renta per cápita y su alto porcentaje de analfabetos, la cantidad de lectores activos puede ser aún menor. Pero aun dentro del grupo de quienes leen “de vez en cuando” algún libro, ¿qué clase de literatura se consume? ¿Cuántas personas leen poesía, novelas de calidad, libros de arte? ¿Cuántas conocen la historia universal, o tan siquiera la historia de su propio país? ¿Qué saben del mundo griego o latino, de las grandes civilizaciones de Oriente o de los tiempos antiguos en general? Digámoslo sin tapujos: poco, muy poco o puede que nada.
Todo está en los libros; pero el hombre moderno, superficial y casi ignaro, apenas se interesa por ellos. Y cuando lo hace, evita los temas “complicados”, los temas que pueden obligarlo a pensar en los problemas sociales de hoy en día. Con una novela policiaca o un thriller ya tiene de sobra para pasar sus días de verano en la playa. Lee para entretenerse, sólo para entretenerse, y mientras menos trabajo le cueste alcanzar ese estado de suspensión mental, más feliz será. Para el hombre moderno supone un esfuerzo descomunal e innecesario sumergirse en las páginas de un volumen que lo obligue a pensar un poco más allá del “enigma” acerca del autor de un “horrendo” crimen en el libro que se ha propuesto leer.
Pero, más que inclinarse sobre un texto, el hombre de nuestro tiempo prefiere sentarse frente a una pantalla y seguir obedientemente las secuencias de una película sobre las hazañas de un superhéroe que salva al mundo en el último minuto. En ocasiones se trata de series cuyo protagonista es un agente inmortal y guapo que vence a una bandada de extraterrestres de alargadas orejas verdes o, cómo no, a un malo remalo procedente de un exótico país enemigo que quiere acabar con lo mejor y más granado de la humanidad.
Si ese hombre moderno de quien hablo leyera un poco y se interesara por la cultura del mundo, tal vez le habría caído en las manos un libro titulado Sapiens. De animales a dioses, de un tal Yuval Noah Harari, y tuviera una idea de que el hombre actual llegó a ser lo que es porque en el transcurso de los millones de años de su andadura por la faz de la Tierra y su conversión de simio en sapiens, su cerebro creció de manera considerable. Y que creció para que ese protohombre pudiera resolver los problemas que su endeble cuerpo debió enfrentar una y otra vez en el largo camino de su desarrollo.
Y cuando digo “cerebro”, hablo de un cerebro activo, de un conjunto de células vivas que tenían que movilizarse constantemente para alcanzar metas cada vez más difíciles. Aquel ente en vías de transformación no podía sentarse a contemplar pasivamente las fieras que lo amenazaban, ni los animales que podían servirle de alimento. Debía pensar y actuar. El hombre moderno, en cambio, se ha entregado al consumismo y a la más absoluta abulia intelectual. Se sienta delate de una pantalla y se deja hipnotizar por ella, recibiendo con absoluta tranquilidad casi cualquier cosa que le inoculen en el cerebro. O, lo que es peor, emplea su tiempo en juegos de consolas cada vez más caras y sofisticadas. Hasta hace unos años, el juego era asunto de niños o ludópatas. Hoy la industria que produce juegos electrónicos factura millones, gradúa ingenieros y otorga másteres en prestigiosas universidades. Y todo ello para “enganchar” a jóvenes o personas adultas, a quienes priva de emplear ese tiempo en el desarrollo de su intelecto y su acervo cultural.
Así las cosas, ¿será capaz el hombre moderno de comprender cabalmente hasta qué punto nuestro planeta y nuestra civilización se balancean en la cuerda floja de su desaparición total? Tanta historia vivida, tanto muerto dejado en el camino y tanto esfuerzo realizado por miles y miles de personas dedicadas a crear el enorme patrimonio material, artístico y cultural de la humanidad, a construir pirámides y jardines colgantes, a embellecer con su arte el techo de capillas, desarrollar industrias, fertilizar desiertos y volar al espacio extraterrestre… Tanto trabajo invertido, tanto sacrificio humano para que el sujeto que habita actualmente la Tierra se abandone a la ignorancia y el relativismo, sin preocuparse siquiera en saber a quiénes le debemos lo que somos hoy. ¿Valió acaso la pena el largo y azaroso viaje “de animales a dioses”? Yo, francamente, no lo sé.
