(Antes que nada una aclaración: el título de este escrito no es mío sino de Paul Valery). Procedo: Después de una larga vida que se me ha hecho muy corta y que a medida que envejezco parece ganar en velocidad rumbo al sitio inescrutable al que todos estamos destinados, he decidido escribir mis memorias. ¿Para qué? Arriesgaré unas preguntas y unas respuestas. ¿Para glorificarme? No precisamente: si bien aquí allá hablaré de lo que podrían llamarse triunfos, momentos epifánicos o grandes alegrías, también escribiré, de manera detallada, cínica o sincera, aparentemente ingenua, sobre momentos difíciles, terribles, desoladores, que he vivido (recordaré con particular y sufrido deleite la presentación de mi novela Historia de todas las cosas en Barcelona: el número de asistentes civiles a la presentación de mi novela en Europa fue exactamente de tres, tres somnolientos ancianos que posiblemente no tenían otra cosa que hacer con sus vidas; para equilibrar este abismo del recuerdo de mi a veces meteórica y en ocasiones letárgica vida literaria, también rememoraré que por esa misma novela, Breve historia de todas las cosas, recibí mi primer premio grande, aplausos y atenciones de todo un pueblo, San Isidro del General, en Costa Rica; recordaré también los cinco o seis años —mi esposa dice que fueron siete— en los que estuve hundido y al borde del suicidio en una depresión mayor, comparada con la cual el infierno de Dante parecería un hotel de cinco estrellas; y como contrapeso recordaré que sobre esa experiencia de haber habitado ese otro abismo del alma, escribí una novela por la que me fue otrogado el Premio Bellas Artes de Novela en México; recordaré, además, ah extraña fatalidad, que durante mi adolescencia tuve también una caída en una enfermedad del alma que me tuvo encerrado en una oscura habitación, como si fuera el monstruo de la familia, durante más de un año. En mis memorias haré un repaso aéreo por encima de todos los libros que he escrito y narraré las circunstancias en que nacieron: revelaré mis fuentes, mis intenciones, el alcance (en general limitado) de estos emprendimientos, desde el momento en que fui lanzado al mundo editorial por el editor argentino Daniel Divinsky (quien me hizo una publicidad desmesurada, comparando a aquel muchacho que era yo por entonces —fue en 1975 cuando yo tenía 25 años— con el más grande escritor de Colombia y quizás el siglo XX. Recordaré, ay, mis crímenes, reales o imaginarios, eso lo decidirá no el lector sino un arcano demiugro que quizás exista o quizás no. ¿Tengo sentimiento de culpa por mis tres crímenes? No lo dudo: la prueba es que he tratado de razonarlos, explicarlos, tal vez justificarlos. (Anticipo para evitar malentendidos que no maté a nadie, por lo menos literalmente). Rememoraré a mis mujeres: desde la primera hasta la última y me preguntaré qué ha sido de ellas, si las amé (pero qué es eso), si las usé, si me usaron, si me sirvieron o les serví. Lo que es claro es el hecho de que hice con mis mujeres lo que han hecho la mayoría de los escritores: convertirlas en personejes literarios. A medida que uno vive va matando posibilidades y haciendo vivir otras. Leí un par de memorias para documentame: las de García Márquez (Vivir para contarla): me parecieron excesivamente autocelebratorias; las de Günter Grass (Pelando la cebolla) me aburrieron (tantas páginas para revelar que durante su juventud fue parte de las juventudes hitlerianas). Si me interesan las memorias de un autor es porque me quiero enterarme de sus intimidades, sus secretos, sus pecados, aquello que los hace seres humans plenos, seres que han disfrutado y padecido los efectos de “las maquinarias de la alegría”). No sobra decir que quiero escribir mis memorias siendo absolutamente fiel a la verdad: proyecto sin duda contra natura (uno recuerda a veces lo que le conviene, sepulta lo que no le conviene, arregla o remienda lo incómodo, uno miente creyendo decir la verdad, no hay que ser un Freud para saberlo). Quienes me conocen saben que lo que yo he querido ser es un super hombre, es decir, una caricatura. No sé si lo he logrado y a fin de cuentas no sé si importa. Poco a poco me iré borrando, como todos. Y si mis libros y mis actos no alcanzan la gloria de sobrevivir en la mente de mis muy contables amigos (y en el papel, más allá de mi muerte física), por lo menos me han entretenido a lo largo del camino. Por lo pronto a mis cercanos 71 años estoy nadando los cincuenta metros en 39 segundos; los cien en un minuto 33; los doscientos en 3 minutos 34; los cuatrocientos en siete minutos 30; los ochocientos en 16 minutos 45 segundos. Fui campeón mexicano de aguas abiertas 1500 metros en Cancún. Y seguiré nadando (y escribiendo) hasta que me duren el aliento y la lucidez.
Vivir no es suficiente, hay que ser feliz
Marco Tulio Aguilera Garramuño
