"No soy un profeta en ninguna tierra, soy un discípulo"

Conversación con el escritor cubano Sergio García Zamora

Por Amir Valle

 

A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Sergio García Zamora? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Sergio García Zamora, el ser humano y Sergio García Zamora, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Lo que me propones es un juego literario y, como todo juego, me encanta. Si accedemos a dividir lo que es indisoluble, surgen poemas tan memorables como «Borges y yo». O en este caso la pobre respuesta que te puede dar este servidor. Entre el Sergio humano y el Sergio escritor hay un pacto silencioso como un pacto entre enemigos que se odian y se admiran al mismo tiempo. El primero brinda lecciones al segundo. No existe crecimiento artístico sin crecimiento humano. Humildad: las personas que más aman al Sergio humano no logran decodificar uno de sus textos, entonces, ¿de qué sirve la gloria literaria? La gloria literaria es una broma que tomamos en serio. El Sergio humano lleva las niñas al jardín de infantes, al parque y a las clases de danza; hace las compras y saca la basura; besa a su esposa y muerde a su esposa; bebe café y cerveza indiscriminadamente; conversa y conversa con amigos, conversa de política, de sexo, de literatura.

El Sergio escritor hace lo mismo, pero mientras lleva a sus hijas se pregunta si de mayores serán como las hijas de Papá Goriot o las del Rey Lear o las Rodrigo Díaz de Vivar; cuando hace la compra piensa en cuántos poetas han escrito sobre el dinero y recuerda el verso de Quevedo: «Madre, yo al oro me humillo», y recuerda un poema estupendo y alegórico de Gonzalo Rojas que de seguro releerá al llegar a casa; el Sergio escritor se interroga al sacar la basura por su destino literario. El Sergio humano es común, disfruta tener a su madre en casa y andar por la casa desnudo. El Sergio escritor aspira a lo extraordinario, necesita temporadas de aislamiento para soltar su demonio. El primero es noble y alegre; el segundo, ingenioso y astuto. El primero le fascina comer en compañía; el segundo es un monstruo que devora en soledad. Como Borges, no sé cuál de los dos responde esta entrevista.

 

La tradición es lo primero. Escribir poesía en un país como Cuba es siempre un reto. ¿Qué retos te han significado entonces escribir poesía en la tierra y cultura de Heredia, Martí, Eliseo Diego, Lezama, Dulce María Loynaz o Gastón Baquero?

Si hubiese nacido en Chile, en México, en España, en Inglaterra, en Francia, en Alemania, ¿sería distinto? ¿Qué reto sería escribir en cualquier sitio? Todo reto en verdad es una ventaja. Una tradición fuerte engendra continuadores fuertes, renovadores fuertes. Constituye una ventaja poseer un pasado literario tan rico, tan excelso y vital. Qué suerte todo lo descubierto y cimentado. La tradición hará más débil al débil y más fuerte al fuerte. George Santayana dice: «Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo». Aquellos que ignoran la tradición están condenados a morir antes de nacer. Pero nuestra tradición también es el orbe. El espíritu habla todas y por todas las lenguas. Estamos en la punta de la espada que va a clavarse en el sol. Solo si mi talento y obra se muestran dignos de ese abolengo, entonces tal vez tendrá sentido algún día la pregunta a otro poeta: ¿Qué reto te ha significado escribir poesía en el país de Sergio García Zamora? Si es un fuerte, de seguro esbozará una sonrisa antes de responder.

 

Personalmente pienso que, por desgracia, ciertas “escuelas poéticas”, ciertas capillas nacionales y ciertas imposiciones extraliterarias han convertido buena parte de la poesía cubana en un concierto monótono de muchas voces que suenan igual. Tu poesía, como ya se reconoce bastante fuera de la isla (y no tanto allá en Cuba), posee un registro bastante particular, distinto, una especie de sello propio que te ha ido definiendo libro a libro. Cuando se lee tu obra se descubre un empeño en “escribir a lo Sergio García Zamora” y eso parece una estrategia consciente de búsqueda de diferenciación. ¿Me equivoco? Y si estoy en lo cierto, ¿cuál es o cuáles son esas estrategias creativas?

Nunca me he preocupado por ser diferente, sino por ser. Tal vez eso implique esencialmente serlo en el fondo. Todo arte verdadero deviene crítico del arte anterior. En Cuba, y supongo que de alguna forma en el resto del mundo, cada poeta fuerte funda consciente o no consciente una escuela a la que se suman aprendices e imitadores, tal como en el Medioevo iban los bisoños pintores al taller de algún maestro. Pocos poetas, muchos versificadores.

He visto que nuestra tradición, como cualquier tradición, posee temas y motivos que la singularizan. Cada joven poeta tributa a esos temas y motivos cual una asignatura que deben aprobar. Pero después se enquistan en esos temas y motivos, como se enquistan en la realidad social del momento. Sufren de miopía y autofagia. El desarrollo natural y orgánico de un autor muchas veces termina en aberración.

Desde hace algún tiempo, a los poderes extraliterarios les dejó de importar la cuestión estética. Ahora rigen las poéticas de éxito, se plagia lo que se premia. Y la gran censura nacional es el premio. Paradójicamente libros que enjuician el devenir social y político son premiados. Pero los lectores, como en el mundo, han sido secuestrados. Pocos leen, y la literatura, oh Rimbaud, no cambia la vida, al menos no esta vida. Yo pasé de ese juego en que hacía el tonto a buscar al hombre, en su doble libertad individual y social, como quería el surrealismo sin ser yo propiamente un surrealista.

 

Siempre, en la vida de un escritor hay un inicio: ese momento en que descubre que puede escribir. Allí suele haber rostros de personas, instantes definitorios, vivencias enriquecedoras e incluso traumas… ¿Cómo fueron tus inicios entonces?

Es una pregunta que abunda en las entrevistas. Típica, no tonta. Como la mayoría de los interrogados no sabe o no cree digno lo que sabe, miente, corre a fabular y a hacer más literatura. Pero estoy cansado. Mis inicios recién están acabando. Esto resultará humildad para unos y soberbia para otros, pero el que debe estar en armonía con esa verdad soy yo. No sé de donde viene mi amor por la literatura. No sé cuando me convertí a ese sacerdocio. El primer libro que me regaló mi padre era un muestrario de los caracoles de Cuba. Era precioso. Era poesía sin versos ni estrofas. Poesía ágrafa. Tuve maestras y asesoras que siempre vieron en mí un don para las letras. Mi abuelo padecía de esquizofrenia; mi madre buena temía que con tanto libro yo enloqueciera (el mucho leer y el poco dormir de otro Quijano). Fui precoz, según el resto. Pero en literatura lo precoz y lo tardío no existe. Descubrí mi vocación a los catorce años, a los diecisiete publiqué un cuaderno llamado Autorretrato sin abejas. Un viejo poeta me hizo el peor elogio: escribes bien para la edad que tienes. Pensé como el maestro Hokusai que solo a los cien alcanzaría un nivel excepcional.

 

Junto a su amigo, el escritor Arístides Vega Chapú.

¿Y las influencias más notables? Si es posible dividir algo así, ¿cuáles serían tus maestros/influencias literarias nacionales?, ¿cuáles las extranjeras?

Me agrada distinguir como hacía Lezama entre lo que llamamos influencias y lo que llamamos fuentes. Las influencias generan semejanza y las fuentes diferencia. Para Enrique González Martínez que ordena: «Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje», está claro que Rubén Darío es una fuente, por lo tanto resulta su mejor lector, lo comprende en su esencia, más allá de los imitadores epidérmicos del gran nicaragüense, cuya influencia siempre los vuelve una caricatura del modelo. Los poetas en ciernes suelen permearse de influencias, mientras que los poetas plenos suelen nutrirse de fuentes. Influencias o fuentes son muchas en mí, nunca demasiadas; un atisbo de esa genealogía literaria pudieran ser los siguientes nombres: José Martí y Julián del Casal; Eliseo Diego, Fina García-Marruz y Gastón Baquero; José Lezama Lima y Virgilio Piñera; Roberto Fernández Retamar; Rubén Darío; Huidobro, Neruda, Vallejo y Borges; Oliverio Girondo; Luis Vidales; Gonzalo Rojas y Nicanor Parra; Octavio Paz y José Emilio Pacheco; Carlos Drummond de Andrade; Pessoa (Alberto Caeiro y Álvaro de Campos, no los otros); Derek Walcott; Walt Whitman; Bukowski y Ginsberg; Robert Frost, Ted Hughes y John Kinsella; Ezra Pound y T.S.Eliot; John Keats y William Blake; San Juan de la Cruz; don Francisco de Quevedo; Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Miguel de Unamuno; Lorca y Aleixandre; Miguel Hernández; Dámaso Alonso; el Baudelaire de los Pequeños poemas en prosa y el Rimbaud de Una temporada en el infierno; Jacques Prévert y Paul Eluard; Antonin Artaud; Saint-John Perse; Montale y Pavese; Lucian Blaga; Czesław Miłosz, Wisława Szymborska y Zbigniew Herbert; Maiacovski y Mandelshtam; Bertold Brecht y Günter Grass; Rilke; Paul Celan; Tu Fu más que Li Po; Issa más que Bashō. Los padres eternos: Homero, Dante, Shakespeare, Goethe. Y los hijos recientes: Roberto Manzano; Óscar Han, Jorge Boccanera, Juan Manuel Roca y Rafael Courtoisie; Piedad Bonett y Cristina Peri Rossi; José Watanabe y Eduardo Chirinos; Eduardo Langagne y Jorge Esquinca; Juan Carlos Mestre; Adam Zagajewski… Estos son los que recuerdo. Me he limitado a los poetas, porque un recuento que incluya a ensayistas, novelistas y dramaturgos parecería exagerado; lo mismo si hablo del cine, la pintura y la música, como de la ciencia y la filosofía que me ha transformado en el autor que soy.

 

Además de los importantes premios literarios que has obtenido en Cuba, eres el único poeta cubano que puede decir que posee premios internacionales tan reconocidos como el Rubén Darío, el Loewe a la Creación Joven, el Gabriel Celaya, el Blas de Otero y, muy recientemente, el Jorge Manrique. Lamentablemente al mandar a premios se entra en un terreno muy controvertido con muchos detractores y muchos defensores, tal vez debido a las históricas manipulaciones, escándalos y concesiones por razones extraliterarias que manchan una forma, sin dudas, necesaria, de promoción. ¿Qué piensas de este dilema? ¿Por qué Sergio García Zamora ha mandado a tantos premios en su todavía corta pero ya fructífera carrera?

Yo creo en la justicia literaria. Un premio, como toda obra humana, se encuentra tan lleno de virtud como de corrupción. No es mi tarea dirimir eso. Yo solo acompaño al viajero hasta la entrada del túnel, si adentro lo espera un ladrón, un asaltante, una moneda caída o el amor de su vida, eso es destino del viajero, fortuna y desgracia del viajero. Alguien dijo que los grandes autores son campos de batalla. Ojalá que esas batallas sean de índole estética y no ética para bien de todos. Envío a los premios porque un libro tiene un valor intrínseco que nada tiene que ver con lo entraña el premio; el premio entraña objetivamente dinero, publicación, promoción, pero subjetivamente le pone un coto a ese valor intrínseco del que te hablaba. Entonces el tiempo y los lectores comprueban si le queda grande o pequeña la corona. Un poeta que envía a los premios es un hombre que se somete a dos juicios por un mismo crimen. Y, por supuesto, quiere ser absuelto en ambos. Los premios son un gran juego, pero entiendo ese juego como entiende Johan Huizinga el concepto de juego. Lo asombroso no es que haya enviado a tantos, sino los tantísimos a los que voy a mandar.

 

Tu obra muestra a un poeta en un observatorio; alguien que mira su compleja y mutante realidad desde una atalaya en la que es, al mismo tiempo, juez, testigo y víctima. ¿Qué sonoridades tienen términos como Cuba, realidad social, Revolución, o, como diría Piñera “la maldita circunstancia del agua por todas partes” para el poeta que eres?

Tienen la sonoridad de machetes en la noche. Una música terrible y nuestra, con la cual nos dormimos y nos despertamos, estemos donde estemos.

 

¿Y qué son esos términos para el Sergio García Zamora, simple y ordinario ciudadano, animal civil?

Creo que son la herida primera, la marca primera. Te duele y te hace fuerte. Te da vergüenza mostrarla y te da orgullo mostrarla. Todos esos términos apuntan a tu identidad como sujeto histórico. Te pertenecen lo mismo por aceptación que por negación. Ahora, la poesía nos enseña que no son lo único. Y Martí dice: «Patria es humanidad».

 

Otro término complicado: “la otra orilla”. ¿Existe? ¿Qué crees de esas divisiones impuestas por nuestros avatares históricos que, curiosamente, cobran mucha fuerza (y en ocasiones casi la misma fuerza y la misma rabia marginadora de la otredad) en cualquiera de “nuestras orillas”?

¿Y la tercera orilla? ¿Qué tal si nos mudamos todos para la tercera orilla? En la tercera orilla no hay víctimas ni verdugos; no hay el cinismo de los gobernados ni el cinismo de los gobernantes porque no hay gobernados ni gobernantes; no hay dentro ni fuera, ni arriba ni abajo; no hay margen ni centro. ¿Le pido peras al olmo? ¿Me subo como el barón rampante a vivir en su copa o traigo un hacha? ¿Siembro un árbol de peras y otro de manzanas? ¿Acepto que las preguntas difíciles tienen fáciles respuestas? ¿Mi obra y mi vida son fáciles? ¿Mi obra y mi vida son mi respuesta? En la tercera orilla el agua siempre se puede beber.

 

Nilda Zamora, madre del poeta.

Aquí va una confesión: en El frío de vivir, ese libro que te valió el prestigioso premio Loewe, hay un poema que me estremeció más que ningún otro: “Poema a la soledad de mi madre”, y aunque tal vez ese impacto se deba a que lo leí apenas días después de la muerte de mi madre, sentí que es uno de esos poemas que tienen un valor especialísimo para el poeta. ¿Es así? ¿Qué otros poemas tuyos “te han marcado”?

Ese poema tiene un valor especial para mí. He escrito muy poco sobre mi madre, pero ese texto me complace como obsequio a la relación tan entrañable que tenemos. Todo poeta es patético. No me dio miedo ser patético, porque fui honesto. En ese mismo libro se encuentra «Santo y seña», inspirado en la vida pobre y campestre de mi abuelo, así como en Diario del buen recluso, está «Poema a mi padre», una suerte de elegía anticipada. Son poemas familiares, personalísimos, que solo suelo leer entre amigos, semejante a los escasos poemas que he escrito a mis hijas. Para la trascendencia literaria prefiero otros; para la humana de hijo y padre y esposo, prefiero estos.

 

¿Cómo lleva Sergio García Zamora, el poeta, aquella cruz cristiana de no ser un profeta en su tierra? ¿Qué piensa el Sergio García Zamora, animal civil, cubano de a pie, sobre eso que nosotros solemos llamar “ninguneo” en la isla pese al reconocimiento internacional que ya tienes?

Durante la presentación en Madrid de su Premio Loewe. Habla el reconocido poeta español Luis Antonio de Villena.

No hay mayor premio que ser Nadie para el Poder. Yo solo quiero ser Alguien para la Poesía, que me diga su nombre como pedía en su lucha Jacob al ángel. Yo soy un rey ungido en secreto como lo fue David. Yo soy el invisible que ven los limpios de espíritu. No soy un profeta en ninguna tierra, soy un discípulo. Estoy aquí y estoy en el mundo. Nadie me busque entre los muertos, sino entre los Poetas.

 

Cierto humorista cubano, en uno de sus sketchs más conocidos, habla de que a los cubanos nos han quitado tantas cosas que lo único que nos va quedando es “el cariño que nos tenemos”, en referencia a esas pasiones que muchos defendemos con uñas y dientes: la familia, los verdaderos amigos, el amor… ¿Qué cariños, si es que tienen nombres y apellidos, defenderías ahora mismo con uñas y dientes… o con tus poemas?

Teniendo todo o teniendo nada, igual defendería a Alba Sofía y Alma Isabel, mis hijas de cinco y tres años apenas. Y nombro a mis hijas para que la inocencia sea nombrada. Teniendo todo o teniendo nada, igual defendería a mi esposa; a mis padres; a mis hermanos; a mi familia viva y a mi familia difunta; al puñado de amigos que me queda en esta tierra y al puñado de amigos diseminados por el mundo: en Ecuador, en Chile, en México, en Estados Unidos, en España, en Eslovenia, en Polonia, en Islandia. Teniendo todo o teniendo nada, igual defendería la poesía, sobre todo de aquellos que dicen que la poesía se defiende sola. Nunca por lo que tengo o no tengo, sino por lo que soy.