Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
César Vallejo
I
Son muchas las agresiones a las que nos hallamos expuestos en estos tiempos los ciudadanos del mundo. Son variadas y multidericcionales, de hecho nunca sabemos desde que frente o lado o ángulo habrán de alcanzarnos. Y asimismo son variables en intensidad y en poder de daño.
Unas son físicas y otras inmateriales, unas dañan nuestro cuerpo (un golpe, una cuchillada, un certero disparo, un gas contaminante o una sustancia letal ) y otras nuestro intelecto, nuestro espíritu, lo más sensible y vulnerable de nuestra alma; e idénticamente la naturaleza del dardo o estilete que nos hiere y daña se acoge a la condición de material e inmaterial.
Esa inexplicable acción que surge inesperada de un oscuro rincón del alma del otro, un dicho, un gesto, un acto ya sea en público o en privado que impacta en tu alma que se retuerce adolorida y espantada sin entender nada, el por qué de aquella acción injustificada que con terrible contundencia te inflige un daño irreparable.
De idéntica forma es variable el foco emisor o el agente que produce todas estas agresiones. Las mismas nos pueden llegar desde entes colectivos o más o menos abstractos (instituciones, empresas, corporaciones nacionales o transnacionales, el estado y sus diferentes estamentos) como de sujetos individuales que portan nombre propio y una identidad reconocible.
Aquí hay variados sujetos. Las posibilidades son diversas, puesto que el foco emisor de la agresión y del daño, siendo (como hemos establecido en este caso) individual y reconocible, puede ser asimismo de variable condición en base a la característica de la relación establecida entre la víctima y el victimario: un desconocido o el más íntimo próximo y cercano de los amigos, así como el más querido de los miembros de nuestra familia: padre, madre, hermano, primo, sobrino…
Nadie está seguro en estos tiempos difíciles. Todo se desdibuja y se torna endemoniadamente confuso. Los valores estallan hechos añicos por los aires y cada uno de nosotros tan solo mira por sus particulares intereses. En nadie (ni en nada) se puede confiar. La industria pone en el mercado productos de los que como mínimo debemos sospechar la posibilidad de daño a nuestra salud y asimismo la madre naturaleza es seriamente vulnerada por la acción irresponsable del hombre que solo piensa en esquilmarla a toda costa, con lo que se manifiesta esta claramente dislocada y convulsa. Los políticos, por su parte, bárbaros Atilas, saquean de forma inmisericorde el erario público y regulan la sociedad con leyes confeccionadas en el Congreso a su propia conveniencia y la de los suyos. Como cantó León Felipe en su día, espantado: “Aquí no se salva ni Dios: lo asesinaron!”
Y tampoco hay refugio posible, un lugar o hábitat dónde esconderse y sentirse seguro y protegido. Ni las aves del aire ni los peces de los mares y océanos lo están y asimismo el conjunto de los habitantes humanos del planeta. Hoy ya no estamos a resguardo en ningún lugar o espacio ni natural ni artificial: ni en las instituciones públicas o privadas, ni en el ambiente laboral (oficinas y empresas y plantas de producción…), ni en el ambiente religioso (cualquiera sea la iglesia a la que nos acojamos), ni en el ámbito educativo (escuela, colegio, Instituto, universidad) y ni siquiera en el seno mismo del hogar y de la antaño sacrosanta familia. (Ah, la sacrosanta familia! De esta escribió Octavio Paz en un poema memorable: Familia, criadero de alacranes/ como al perro dan con la pitanza vidrio molido y la ambición dudosa de ser alguien.”)
II
Cuanto indefensión, cuanto dolor sin sentido, gratuito se nos inflige, se le inflige a diario y de la mañana a la noche a la pobre gente, en qué dislocada, carrera sin sentido transcurren nuestras vidas de ciudadanos comunes y corrientes, cuánto estrés y cuánta depresión y cuánta angustia se manifiestan estragante y demoledoramente en todos esos seres que avanzan a ciegas, vacíos como muertos por las calles ajenas. ”Veo multitudes de gente, dando vueltas en un círculo” (…) “”Ciudad irreal,/ bajo la niebla parda de un amanecer de invierno,/ una multitud fluía por el puente de Londres, tantos, / no creí que la muerte hubiera deshecho a tantos.” (Eliot, “El entierro de los muertos”, La Tierra baldía)
La pobre gente es agredida hasta que se rompe, hasta que consiguen romperla y quebrar su voluntad y su autoestima, convertirlos en muñecos de trapo quebrados.
Cómo nos agreden, cuánto nos agreden, cómo gozan no reconociendo nuestros méritos, no dándonos la razón aun cuando sea absolutamente evidente que la tenemos, que es nuestro razonamiento y nuestra propuesta la más valiosa, adecuada e inteligente, cómo batallan para hacer que pasemos desapercibidos, que nuestra voz no se escuche y que nuestras obras queden en el más absoluto anonimato y no sean reconocidas.
No nos escuchan, miran para otro lado, o simplemente nos impiden hablar.
Señalan con especial fruición y refocile nuestros errores y fallos.
No reconocen nuestros aciertos, nuestros logros. Nunca. De ninguna manera.
La sola salida que queda es la soledad, el refugio en nuestro interior levantando vayas para que sea cada vez más difícil alcanzarnos, llegar hasta nosotros, ir sembrando todos los caminos que conducen a nuestro corazón de los más variados obstáculos para que se les haga imposible el acceso por escarpado, tortuoso y difícil. Impracticable.
Pero si somos objetivos hay que convenir que uno personalmente está bien en este escenario del mundo maltrecho frente a los que de verdad el vivir le cuesta un esfuerzo sobrehumano, ímprobo.
Señalar los grupos de riesgos, a los más desvalidos y desfavorecidos, a las víctimas por antonomasia, al conjunto de seres del mundo más proclives a convertirse en carne de cañón, en relleno, en objeto predilecto y preferente de las mil y una agresiones consuetudinarias de toda índole y naturaleza es una responsabilidad ética y social.
El colectivo es amplio. Niños, ancianos, mujeres, discapacitados, enfermos, los que no están en posesión de bienes materiales ni pueden echar mano de una cuenta bancaria o de una tarjeta de crédito o de débito, los pobres del mundo, los individuos pertenecientes a etnias o pueblos tales como: judíos, palestinos, saharaui, kurdos, armenios, inuit, hawaianos y todas las tribus que configuran los pueblos autóctonos del continente americano… Sí, creo que fue el doctor Díaz Grey, quien en uno de esos días del él, de puro exterminio, la lucidez en su cenit, reflexionó de esta suerte: “Gracias Dios mío por no haberme hecho ni mujer, ni negro, ni judío.” Hoy el lúcido doctor de la mítica Santa María debería ampliar sustancialmente su lista…
No hay de otra. Hay que estar ojo avizor, atentos, vigilantes. No se puede uno dormir ni por un instante ni distraerse un solo segundo del tiempo (mucho o poco) que tenga a bien concedernos la vida. Hay que vivir como un guerrero, atento y tenso, reconcentrado en el instante, todos los sentidos alertas, la recia cuerda del arco tensa. Es lo que se impone, lo que nos impone el momento actual. Todos los valores de integridad, templanza, estoicismo, solidaridad, bondad, empatía, son ahora más que nunca tremendamente relevantes. Debemos cultivarlos, difundirlos, enseñarlos con el vivo ejemplo, practicarlos. Y junto a estos los valores epistemológicos o de la ciencia: perseverancia y persistencia, veracidad, honradez intelectual, coherencia, precisión, exactitud, cuidado del detalle, pasión por la búsqueda de la verdad, modestia intelectual.
Quizá así no nos lleguen a sorprender los golpes ni a cogernos desprevenidos y quizá incluso algunos (o bastantes) consigamos neutralizar sus perniciosos y dañinos efectos (“Abren zanjas oscuras /en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”.) antes de que impacten de forma irreversible nuestras carnes o nuestras almas. ¡Y las de tantos!
