Manual  de estrategias frente a  las agresiones del mundo

Carlos Enrique Cabrera

Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

César Vallejo

 

I

Son muchas las agresiones a las que nos hallamos expuestos en estos tiempos los ciudadanos del mundo.  Son variadas y multidericcionales, de hecho nunca sabemos desde que frente o lado o ángulo habrán de alcanzarnos. Y  asimismo son variables en intensidad y en  poder de  daño.

Unas son físicas y otras  inmateriales, unas dañan nuestro cuerpo (un golpe, una cuchillada, un certero disparo, un gas contaminante o una sustancia letal ) y otras nuestro intelecto, nuestro espíritu,  lo más sensible y vulnerable de nuestra  alma;  e idénticamente la naturaleza del dardo o estilete que nos hiere y daña se acoge a la condición de material  e inmaterial.

Esa inexplicable acción que surge inesperada de un oscuro rincón del alma del otro, un dicho, un gesto, un acto ya sea en público o en privado que  impacta en  tu alma que  se retuerce  adolorida y espantada sin entender nada, el por qué de aquella acción injustificada que con terrible contundencia te inflige un daño irreparable.

De idéntica forma es variable el foco emisor o el agente que  produce todas estas agresiones. Las mismas  nos pueden llegar desde entes colectivos o más o menos abstractos (instituciones, empresas, corporaciones nacionales o transnacionales, el  estado y sus diferentes estamentos) como de sujetos individuales que portan nombre propio y una identidad reconocible.

Aquí hay variados sujetos.  Las posibilidades  son diversas, puesto que el foco emisor de la agresión y del daño,  siendo (como hemos establecido en este caso) individual y reconocible, puede ser asimismo de variable  condición en base a la característica  de la relación establecida entre la víctima y el victimario: un  desconocido  o el más íntimo próximo y cercano de los amigos,  así como  el más querido de los miembros de nuestra familia:  padre,  madre,  hermano,  primo,  sobrino…

Nadie está seguro en estos tiempos difíciles. Todo se desdibuja y se torna  endemoniadamente  confuso. Los valores estallan   hechos  añicos por los aires  y   cada uno de nosotros   tan solo mira por sus particulares  intereses. En nadie  (ni en nada) se puede confiar. La industria pone en el mercado productos de los que como mínimo debemos sospechar la posibilidad de daño a nuestra salud y asimismo la madre naturaleza  es seriamente vulnerada   por la acción irresponsable del hombre que solo piensa en esquilmarla a toda costa, con lo que  se manifiesta esta  claramente dislocada y convulsa. Los políticos,  por su parte,   bárbaros Atilas,  saquean de forma inmisericorde  el erario público y regulan la sociedad con leyes confeccionadas en el  Congreso  a su propia conveniencia y la de los suyos. Como cantó León Felipe en su día, espantado: “Aquí no se salva ni Dios: lo asesinaron!

Y tampoco hay refugio posible, un lugar o hábitat  dónde esconderse y sentirse seguro y protegido. Ni las aves del aire ni los peces de los mares y océanos lo están y asimismo el conjunto de los habitantes humanos del planeta. Hoy ya  no estamos  a resguardo   en ningún lugar o espacio ni natural ni artificial: ni en las instituciones públicas o privadas, ni en el ambiente laboral (oficinas y empresas y plantas de producción…), ni en el  ambiente religioso (cualquiera sea la iglesia a la que nos acojamos), ni  en el ámbito educativo (escuela, colegio, Instituto, universidad) y ni siquiera en el seno mismo del hogar y de la antaño sacrosanta  familia. (Ah, la sacrosanta  familia!  De esta escribió  Octavio Paz en un  poema memorable: Familia, criadero de alacranes/ como al perro dan con la pitanza  vidrio molido y la ambición dudosa de ser alguien.”)

 

II

Cuanto indefensión, cuanto dolor sin sentido, gratuito se nos inflige,  se le inflige a diario y de la mañana a la noche a la pobre gente,  en qué dislocada,  carrera sin sentido  transcurren nuestras vidas de ciudadanos comunes y corrientes,  cuánto estrés y cuánta depresión y cuánta angustia se manifiestan  estragante  y demoledoramente en todos esos seres que avanzan a ciegas, vacíos como muertos por las calles ajenas. ”Veo multitudes de gente, dando vueltas en un círculo” (…) “”Ciudad irreal,/ bajo la niebla parda de un amanecer de invierno,/ una multitud fluía por el puente de Londres, tantos, / no creí  que la muerte hubiera deshecho a tantos.” (Eliot, “El entierro de los muertos”, La Tierra baldía)

La pobre gente es agredida hasta que se rompe, hasta que consiguen romperla y quebrar su voluntad y su autoestima, convertirlos en muñecos de trapo quebrados.

Cómo nos agreden, cuánto nos agreden, cómo gozan no reconociendo nuestros méritos, no dándonos la razón aun cuando sea absolutamente evidente que la tenemos,  que es nuestro  razonamiento y nuestra propuesta la más valiosa,  adecuada e inteligente, cómo batallan para hacer  que pasemos desapercibidos, que nuestra voz no se  escuche  y que nuestras obras queden en el más absoluto anonimato y no sean reconocidas.

No nos escuchan, miran para otro lado, o simplemente nos  impiden hablar.

Señalan con especial fruición y refocile nuestros errores y fallos.

No reconocen nuestros aciertos, nuestros logros. Nunca. De ninguna manera.

La sola  salida que  queda es la soledad, el refugio en nuestro interior levantando vayas  para que sea cada vez más difícil alcanzarnos, llegar hasta nosotros, ir sembrando todos los caminos que conducen  a nuestro corazón de los más variados obstáculos para que se les haga imposible el acceso por escarpado,  tortuoso y difícil. Impracticable.

Pero si somos objetivos hay que convenir que uno personalmente está bien en este escenario del mundo maltrecho frente a los que de verdad el vivir le cuesta un esfuerzo sobrehumano, ímprobo.

Señalar los grupos de riesgos, a los más desvalidos y desfavorecidos, a  las víctimas por antonomasia, al conjunto de seres del mundo  más proclives a convertirse en carne de cañón, en relleno,  en objeto predilecto y preferente de las mil y una agresiones consuetudinarias de toda índole y naturaleza  es una responsabilidad ética y social.

El colectivo es amplio. Niños, ancianos, mujeres, discapacitados, enfermos, los que no están en posesión de bienes materiales ni pueden echar mano de una cuenta bancaria o de una tarjeta de crédito o de débito, los pobres del mundo, los individuos pertenecientes a  etnias o pueblos tales como: judíos, palestinos, saharaui, kurdos, armenios, inuit, hawaianos  y todas las tribus que configuran  los  pueblos autóctonos del continente americano…  Sí, creo que fue el doctor Díaz Grey, quien en uno de esos días del él, de puro exterminio, la lucidez en su cenit, reflexionó de esta suerte: “Gracias Dios mío por no haberme hecho ni mujer, ni negro, ni judío.” Hoy el lúcido doctor de la mítica Santa María debería ampliar  sustancialmente su lista…

No hay de otra. Hay que estar ojo avizor, atentos, vigilantes. No se puede uno dormir ni por un instante ni distraerse  un solo segundo del tiempo (mucho o poco) que tenga a bien concedernos la vida. Hay que vivir como un guerrero,  atento y tenso, reconcentrado en el instante, todos los sentidos alertas,  la recia cuerda del  arco tensa. Es lo que se impone, lo que nos impone el momento actual. Todos los valores de integridad,  templanza, estoicismo, solidaridad, bondad, empatía,  son ahora más que nunca tremendamente relevantes. Debemos  cultivarlos, difundirlos, enseñarlos con el vivo ejemplo, practicarlos. Y junto a estos  los valores epistemológicos  o de la ciencia: perseverancia y persistencia, veracidad, honradez intelectual, coherencia, precisión, exactitud,  cuidado del detalle, pasión por la búsqueda de la verdad, modestia intelectual.

Quizá así no nos lleguen a sorprender los golpes ni a cogernos desprevenidos y quizá incluso algunos (o bastantes) consigamos neutralizar sus perniciosos y dañinos efectos  (“Abren zanjas oscuras /en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”.) antes de que impacten de forma irreversible  nuestras carnes o  nuestras almas. ¡Y las de tantos!

Del Autor

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Carlos Enrique Cabrera
(La Vega, República Dominicana). Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid (España) y realizó estudios de Bibliotecología y Documentación en instituciones educativas de esa capital europea. Durante años se desempeñó como funcionario de la Red de Bibliotecas Públicas de la Comunidad Autónoma de Madrid y como colaborador externo de importantes editoriales españolas (Editora Nacional, Plaza y Janés, Alfaguara, Playor). En 2001 fundó la revista de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección dio a la luz, de forma ininterrumpida, 29 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría los libros Reflexiones de bolsillo (2002), Tiempos difíciles (2010) –recopilación de ensayos– y el conjunto de microrrelatos: Conjuros y otros microcuentos (INTEC, 2013). Es también coautor de la obra didáctica Español Universitario (Santillana Universitaria, 2006) y el de información turística Ciudad Colonial Santo Domingo (Tando Editora, 2011). Asimismo, mantiene en la Red varios blogs: Conjuros en “La Comunidad” del diario madrileño El País, y en Blogger el personal Carlos Enrique Cabrera (CEC) y el promocional de la revista Caudal, así como el educativo: Español CEC. Desde 1994 es profesor a tiempo completo del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).