Lumbres
Gema Palacios
El Levitador. Polibea. Madrid, 2019
Dentro de la moderna tradición de poesía de corte esencial, y que en su día restauró José Ángel Valente y en el cambio de siglo restauró Ada Salas, llega la voz nueva, propia, acendrada e íntima de Gema Palacios. Lo hace con talento, pues es ya poseedora de recursos, lecturas y lenguaje. Con ellos se aventura en este libro donde todo se hace tanteo sutil, pleno de tropología inédita, verosímil, en definitiva. Y así, con la demora silabeada del que ha adentrado mucho, avanza en tres movimientos (Madriguera, Invernadero y Nido), para elaborar una vía hacia el entendimiento de sí desde esa luz, lumbre o lumbres de la palabra y la escritura, donde se revela el laberinto del yo en su precariedad, en su posibilidad. Dentro de ese intersticio entre palabra, cuerpo y deseo, silencios, en ese “hurgar aquí” o desvelarse en esta última ignorancia que es ser, genera un camino a través de los versos como rutas. Lumbres momentáneas donde dejar asentamientos, deseos y certidumbres provisionales. Lumbres o versos donde construye una identidad ante la nada desde un mundo simbólico y metafórico hecho contracción y sentencia, autognosis íntima, para ir destilando una traducción de cuanto era oscuro y solo en el poema puede expresarse así, con este demorado deletreo.
Ese es el buceo hermenéutico donde perplejidad y fragilidad se abrazan en estos pequeños fogonazos o alumbramientos, donde la escritura es igualmente objeto del poema. O reconocimiento de su valor hacia el abrazo entre verso y pensamiento poético, espacios donde la palabra gravita con peso mientras avanza. Y en esa albufera de la página en blanco se inscribe con ese sentido último y donde “he dispuesto el amor/ sobre un lienzo trasparente”, como no podría ser menos en una escritora que ha hecho de la sugerencia otra de sus virtudes sin zonas de sombra o de silencio en sentido estricto.