El (ominoso) camino hacia la no libertad

Jorge Martínez Jorge

“…La esencia del pensamiento no es el conocimiento, sino el que distingue entre el mal y el bien, entre lo bello y lo feo; y lo que yo busco es que el pensar dé fuerza a las personas para que puedan evitar los desastres en aquellos momentos en los que todo parece perdido…” Hannah Arendt

 

Cuando allá por principios de 2013, nuestro amigo y Director Amir Valle nos invitó a escribir una Columna en su “OtroLunes”, tal vez producto de haber participado en una de las tantas cruzadas en favor de uno de los rehenes símbolos de la infamia castrista, el querido Angel Santiesteban, pensamos en nuestra “Paralelo 33 al Sur” como un espacio para dar a conocer algo de los que por estas periféricas tierras pudiera estar haciéndose, en materia literaria y cultural, que pudiera ser de interés de sus lectores en ese mundo tan ancho y ajeno.

Como tal, ha fracasado con total éxito. Si hago un repaso de la veintena de esas columnas, no hay otro hilo conductor que el de una obsesión: el de la libertad, bien siempre amenazado, cuando no cautivo, por lares americanos donde lo provisorio adquiere estatus de permanente. Donde los momentos en los que todo parece perdido –en palabras de Arendt- tienen pretensiones de eternidad.

El título de ésta de hoy, sin el entrecomillado “ominoso”, el “camino hacia la no libertad”, dice razón en el de un magnífico ensayo del historiador Timothy Snyder en donde el autor desvela, con precisión quirúrgica, la realidad política imperante a partir del ascenso y consolidación de la cleptocracia rusa liderada por Vladimir Putin, y la exitosa exportación del neofascismo inspirado en el teórico nazi Carl Schmidt y el rehabilitado pensador ruso Iván Ilyn. Desde la tambaleante Rusia salida de las cenizas de la Unión Soviética en los 90, de la mano de los ingentes recursos en poder de los oligarcas dueños del poder, munidos de un arsenal tecnológico, ideológico y de penetración política heredados de la intocada KGB, nos muestra el largo camino de la creciente influencia rusa, tanto sea anexionándose Crimea como invadiendo y desestabilizando Ucrania –que de la mano de la posverdad convertida en herramienta política, vende una invasión como un acto de legítima defensa- pasando por la desembozada intervención en Siria y su subproducto, que es el control del flujo de inmigrantes a uno de los enemigos dilectos de esa Cleptocracia: la UE, junto con el eterno imperio del mal residente en Washington. Para éste, por descabellado que pudiera parecer, tendrían su ración de subversión, interviniendo de manera tan artera como efectiva, en la elección de Donald Trump como Presidente. Nada distinto de lo que ya habían conseguido hacer con el Brexit en la Gran Bretaña.

El ensayo de Snyder, sin embargo, poco y nada dice de otra dimensión de esa onda expansiva rusa: la que ha llevado adelante en la América al Sur del Río Bravo, y que no es menor. Veamos.

Se cayó la URSS, pero Rusia no dejó de estar presente nunca en su aliado natural, Cuba. Si acaso, durante algún tiempo eso no fue tan notorio, por lo menos hasta que Putin logró consolidar su régimen en lo interno. Para comenzar a mover sus piezas en el patio trasero del Imperio, no tuvo que esperar demasiado. El terreno estaba arado y sembrado. Desde los 90, cuando el Papa de la Iglesia Revolucionaria americana, Fidel I, desde su sillón de La Habana fundara el “Foro de Sao Paulo” y que el paracaidista Hugo Chávez se hiciera con las mayores reservas petroleras del mundo con nombre y estatus de país, Venezuela, la semilla comenzaba a germinar. Entre fines de los 90 y primera década del 2000, la epidemia del Socalismo del Siglo XXI se expandió por toda América Latina como una mancha de petróleo, literalmente.

Por aquellos primeros años de chavismo rampante, encandilados por la manía eleccionaria del Comandante al que le encantaba que las urnas la dieran la razón, la embrionaria alianza tal vez no se hiciera tan evidente.

Sin embargo bastó una breve década para que las piezas se reacomodaran en el tablero, y todo condujera nuevamente hacia Moscú. Los coqueteos del intrascendente Obama con una improbable democratización cubana, no podía hacer olvidar que EEUU sería siempre el enemigo necesario, imprescindible, para todo dictadorzuelo americano que pretendiera disciplinar a su tropa mediante el manido argumento de la amenaza yanqui. La muerte de Chávez primero, la de Fidel luego, el advenimiento del Madurismo como la expresión pura y dura de una narco-mafia dueña del poder en Venezuela, no hizo más que profundizar la penetración de la cleptocracia rusa. Si Venezuela era PDVSA, PDVSA es hoy Rosneft y ésta es Putin. Hoy, las claves en la región se identifican entonces con las tres P: Petróleo, Putin y Poder.

¿Y cómo sigue la historia?

Con el Foro de San Pablo reconvertido en el “Grupo de Puebla”, operación maquillaje, reunido en Caracas con Diodado Cabello, Capo del Cartel de los Soles y en tiempo libre, número 2 del Régimen de Maduro, actualizando planes de desestabilización en los países del Grupo de Lima, representantes de la derecha neoliberal. La vieja receta castrista, aunque ahora, en lugar de guerrilla armada, la estrategia es la desestabilización de regímenes democráticos, o bastante parecidos a ellos, con legitimidad de origen –o lo más parecido posible- y relativa legitimidad de ejercicio, encorsetados en sus propias limitantes institucionales, a los que se atacan desde las calles, con hordas con apariencia anárquica pero muy organizadas y disciplinadas, que enarbolan presuntas reivindicaciones económicas y sociales, y encendida la mecha y con la bomba explotando, van por todo y reclaman la caída de esos gobiernos y la instauración de regímenes populares. Chile es, hoy, el paradigma de ese modus operandi del Cártel de Puebla, financiado por los narco dólares venezolanos. Un 5% de aumento de la tarifa en el boleto del Metro desata protestas que crecen de tono, se multiplican, incrementan reclamos, el poder retrocede y nuevas y más violentas manifestaciones generan anarquía y nuevos retrocesos del poder. Total, que en 60 días, en Presidente electo constitucionalmente hace 2 años, está al borde del quiebre y debilitado hasta el mínimo posible. En tan sólo 60 días, la historia chilena retrocedió hasta 1971 y Allende y Fidel están decidiendo volver al pasado.

Antes pasó algo similar en Ecuador. Por el momento, allí las cosas parecen en una frágil entente, con un Presidente igualmente debilitado. La siguiente estación del raíd subversivo del Cártel, fue Colombia. Con el partido jugándose, el resultado es incierto. La presa, no es menor, y merece que el Cártel juegue allí de locatario con sus socios operativos de las FARC y ELN.

¿Termina allí?

No. Nunca ninguna historia termina. Perú es una incógnita y lo único cierto es que sus Presidentes terminarán presos o suicidados. Brasil todavía vive la luna de miel con el polémico Bolsonaro, que medra en los despropósitos del PT y la caterva de ladrones liderada por Lula, más redituable como presunto preso político que como probable candidato. En Argentina, saqueado por el kirchnerismo, simplemente –como desde hace más de 60 años-, es un eterno retorno al Peronismo.

De cómo Bolivia le dijo “basta” a los sueños imperialistas de Evo Morales, merecería una columna entera. Ese, es otro partido que aún no acaba y el ganador es, por lo menos, incierto.

¿Y por casa, el minúsculo Uruguay, cómo andan las cosas?

Después de un eterno proceso electoral que se llevó todo el año, las elecciones pasaron y la campaña política continúa. Me explico. Es que, tras 15 años de gobierno del foro-paulista Frente Amplio, tres períodos con mayorías parlamentarias propias y una bonanza económica nunca antes conocida –por lo menos hasta 2014, de la mano de los precios de los commodities y la demanda externa- la montaña de la era progresista parió un ratón, escuálido y enfermo.

Un pequeño país, con un grado de integración social bastante mejor que los del barrio, aunque compararse con semejante vecindario sea lastimoso, termine ese período con casi 5% de déficit fiscal y creciendo, con una inflación cercana a los dos dígitos –la segunda mayor de AL-, con un desempleo no menor al 9% y un subempleo que duplica esa cifra, con una deuda externa encima del 60% del PBI, los resultados son, por lo menos, magros. Por no decir preocupantes. Pero siendo ello mucho, no es lo peor.

La peor cara del ratón progresista está en el área social. Con una criminalidad rampante, acercándonos a los 500 homicidios anuales, y un Estado que la gente percibe como ausente, o impotente, o ambas cosas, la inseguridad ha minado las pautas de convivencia pacífica y pone en tela de juicio los propios fundamentos democráticos. En paralelo, y quizás como origen de ello, la desintegración social pautada por zonas donde el Estado se ha replegado, donde policía o asistencia sanitaria de urgencia no entran, la realidad educativa duele como una herida abierta. Es que en los estratos más pobres, donde la pobreza transitoria se ha convertido en marginalidad permanente, los resultados son atroces. Nueve de cada diez jóvenes en ese contexto, no completan enseñanza secundaria. Y los que lo hacen, con graves carencias.

En esa situación, en las elecciones generales de Octubre, el 60% del pueblo uruguayo votó contra el gobierno, y dentro de ese porcentaje, un nada despreciable 11% lo hizo por un Partido fundado 6 meses antes por un ex Comandante del Ejército que, de llegar al Gobierno, había prometido “terminar con el recreo” para los delincuentes. Un mes después, un 51% de los electores, en una segunda vuelta, le dieron el Gobierno al opositor Luis Lacalle Pou, el más joven dirigente en llegar a la Presidencia, encabezando una coalición de 5 partidos de centro, centro-izquierda y centro derecha.

¿Y entonces? ¿Todo bien? Un proceso democrático limpio, una transición ordenada, instituciones democráticas funcionando, una Coalición gobernante que abandona el poder pacíficamente –y con ello, se hace de las definitivas credenciales democráticas- y otra que promete gobernar con el más estricto apego al marco institucional. ¿Todo bien, entonces? Pues no. O, por lo menos, no lo sé a ciencia cierta. Porque una cosa son los hechos, desnudos, carentes de contexto. Y otros, muy distintos, si a ellos se les pone el marco que no siempre forma parte de la foto.

La misma noche del día del festejo, multitudinario y pacífico, donde partidarios de los cinco partidos coaligados, festejaron el triunfo electoral, en esa zona privilegiada de Montevideo como es Pocitos, sobre la Rambla que da al Río de la Plata, en la madrugada, asistimos a imágenes chilenas. Un centenar de vándalos atacando por palos y piedras, rompieron todo a su paso y hasta se enfrentaron a la policía e incendiaron vehículos allí estacionados. Desde hace por lo menos década y media, aquella disgregación social a la que hacíamos referencia, tiene una de sus manifestaciones más evidentes en el ámbito del fútbol, algo que en Uruguay trasciende el ámbito deportivo, y donde nuestros hooligans han llegado a cotas de violencia que harían palidecer a los hinchas del Liverpool. Esa cultura de barrabrava, subrepticiamente, se ha ido permeando a otros ámbitos, y el político no podía estar ajeno. Algo de eso parece haber detrás de tales manifestaciones. Un resentimiento sordo, de los que se sienten marginados o perdidosos, y que son convenientemente aleccionados por un discurso de sectores que medran con la violencia.

Las señales, esas que dan el marco a los hechos, son preocupantes, pareciéndose cada vez más al kirchnerismo derrotado en 2014 en Argentina, dispuesto a incendiar la pradera y socavar cualquier posibilidad de éxito de una alternativa en el poder. Es el lema del movimiento guerrillero tupamaros de los años 60, tributarios del foquismo, que postulaba el “cuanto peor, mejor”, el que subyace en ese discurso soterrado que advertimos en dirigentes del cuadro perdedor.

Se percibe en el aire, se advierte en manifestaciones públicas pretendidamente culturales que terminan siendo el canto a la intolerancia política, se palpa hasta el hartazgo en esa hydra moderna que son las redes sociales que fomentan y prohíjan todo tipo de intolerancias y violencias. Para quienes vivimos los sesenta, casi puede olerse en aire. La izquierda –pero también la derecha hace lo suyo- tanto en Uruguay como en otros países antes, donde en las urnas ha perdido el gobierno, parece sufrir el “Síndrome del Desalojado”, ese que ocupaba un inmueble a título precario, y que, cuando Ley mediante, es expulsado de ella, se siente vejad y humillado, se resiste a irse, trata de soliviantar a sus vecinos para que le apoyen en la resistencia, e in extremis, rompe todo lo que puede antes de irse, aunque más no sea para que, el que venga, la tenga más difícil. Clásico juego perder-perder de final peligroso. Si el paciente lector me ha acompañado hasta acá, le invito a que busque en Youtube una Conferencia titulada “In the air tonight: la factura de la Historia” pronunciada hace 5 años por el Dr. Roberto Ampuero –ex Ministro de Cultura de Chile- que con escalofriante clarividencia, predice lo que sucedería hoy mismo en esa tierra perennemente ensangrentada.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con el título de la nota, con Putin, con la exportación del neofascismo ruso? Nada, y todo.

En libertad hemos elegido cambiar de Gobierno, y hemos elegido mantenernos dentro de un sistema democrático republicano representativo, donde el poder se dirime cada cinco años y gobierno y oposición respetan las reglas de juego ateniéndose a esas instituciones. Sin embargo, las amenazas son muchas, demasiadas como para permanecer ajeno a ellas.

El eje Moscú-La Habana-Caracas, manifestado en el Grupo de Puebla, seguirá fogoneando con conflictos, apelando a la lucha directa, a la violencia como método y a la llamada posverdad, que no es otra cosa que la versión moderna de la máxima de Lenin de que “la mentira es el arma del revolucionario”.

Véase esta cita del propio Vladimir Putin, al asumir el poder por primera vez en 1999, que dice “la Historia ha demostrado que todas las dictaduras, todas las formas autoritarias de gobierno, son efímeras. Los sistemas democráticos son los únicos que no son efímeros”. En boca del Zar Vladimir ello hay que leerlo en clave de absurdo: está diciendo exactamente lo contrario. Y, salvo honrosas excepciones, es lo que han conseguido hacer.

El tiempo dirá si este minúsculo país logra abstraerse de ese sino y salirse del ominoso camino hacia la no libertad.

Del Autor

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Jorge Martínez Jorge
Escritor y periodista uruguayo independiente, radicado en Punta del Este, Maldonado, Uruguay Como periodista ha colaborado con medios de prensa escritos locales y regionales (Revista La Plaza, Semanario Palabra) habiendo sido columnista y editorialista del Diario La Región de Maldonado, publicando además columnas de opinión en su blog El Mirador Independiente. Como escritor ha publicado en diversos medios digitales (El Libro de Arena, Unión Hispanoamericana de Escritores, bajo el seudónimo Lectoradicto), ha colaborado en género Narrativa y Poesía con publicaciones digitales como Molino de Letras. Publica periódicamente relatos y cuentos breves en su blog “El sitio literario de Lectoradicto”.