El verdadero negocio no está en la pesca. “Nos sentamos allí, como si estuviéramos pescando, y sólo tenemos que esperar a los que siempre pican, buscando hilo de pescar, anzuelos, carretes y varas”, y todo eso se lo compraban a un socio que trabajaba en uno de los almacenes del puerto y que sacaba la mercancía que “nosotros vendemos aquí y luego compartimos los pesos”.
— Si de paso se pega un buen peje al anzuelo – agrega su socio, un vecino del barrio que le habló de este negocito –, entonces la jugada sale redonda: dinero para el bolsillo y comida para casa.
Le han dicho que comerse un pescado sacado de la bahía es, más que un riesgo, un peligro: las aguas ahí dentro siguen cargadas de petróleo, aunque se han limpiado bastante en relación con toda la contaminación de hace unos años cuando no había empezado ese Plan de Rehabilitación Ecológica de la Bahía de La Habana que anuncian tanto en la televisión, y dicen que hay químicos de ese montón de fábricas que durante casi todo un siglo estuvieron ahí, lanzando a las aguas cuanto residuo crearan.
— No debe ser tan malo cuando ya, por lo menos, hay peces – asegura su socio, clava un gusano de tierra en el anzuelo, lo enreda y lo tira hacia las aguas del centro –. Te lo digo yo, que cuando era un vejigo venía a pescar con mi viejo y donde único podía tirarse el anzuelo era allá, a un kilómetro de la boca de la bahía. Aquí lo único que nadaba era el petróleo.
Perdió la cuenta de la cantidad de pelícanos y gaviotas muertas que vio flotando, enmierdadas de petróleo, sobre las aguas de la bahía. Y tampoco olvida que siempre había un brillo como de aceite sobre las aguas; un brillo que se convertía en una especie de capa, de cobertor como de nylon, cuando el sol salía, y recuerda que unas cuantas veces, junto a un grupo de sus amigos del barrio, bajaba hasta las orillas del puerto a tirar fósforos encendidos sobre las gruesas capas de petróleo “y nos quedábamos embobados viendo las llamas crecer”, hasta que se apagaba o hasta que llegaban los vigilantes del puerto, creyendo que se trataba de un incendio.
— En el noticiero de la televisión dijeron que ya había otra vez oxígeno aquí – y señaló hacia las aguas, donde flotaba el corcho que había atado al hilo de su caña de pescar.
— Y si hay oxígeno, hay peces, bróder – le dijo su socio, dándole una palmada en el hombro –… y si hay peces, hay comida, que parece que hoy eso es lo único que nos vamos a llevar a casa.
Porque esa mañana el muro del malecón en aquel rincón de la bahía estaba lleno de otros que, como ellos, fingían pescar para vender allí la mercancía que, cuando estaban de suerte, compraban esos muchos pescadores improvisados que habían surgido en la ciudad ante la necesidad de buscar algo para comer, teniendo el mar ahí, en sus mismas narices; o por esos muchos otros pescadores de verdad que buscaban precios más baratos para comprar utensilios de pesquería que esas tarifas que ofrecían las tiendas estatales, generalmente en dólares o euros.
— Bueno, y si en un rato aquí no han picado – dice él –, nos movemos para allá, más pegado a la boca, que todo el mundo dice que ahí se pegan buenos pejes.
