El estudiante, en cambio, no tiene preparación para la violencia, pues ese no es ni su objetivo ni su hábitat. Hay violentos y capuchos, claro, pero no era el caso de Dilan ni el de la gran mayoría. Tampoco fue el de esa jovencita a la que un agente del Esmad le pegó una patada en la cara, so pretexto de que tenía un improbable cuchillo. Incluso si lo tuviera, un robocop de esos debería tener otras formas de desarmarla. Por eso la violencia no es igual “de lado y lado”. De un lado es un delito y del otro un crimen de Estado.
Lo mismo sucede con el término “polarización”, que ya todos usan como sinónimo de “opinión contraria”, pero sumándole una connotación culposa, como de oscuro cálculo político, ruindad o bajeza. Si alguien está en desacuerdo con Uribe o el sub Duque, “está polarizando al país”. No, señores, no está polarizando. Está expresando una opinión contraria. Si alguien defiende la protesta, ellos responden diciendo: “La polarización está acabando con Colombia”, lo que, en sus mentes, quiere decir: “Las opiniones contrarias están acabando con Colombia”. Ya se imaginan lo que piensa Uribe, con esa nueva voz quejosa, como de pastor evangélico sorprendido in fraganti que tiene desde que la Corte lo indagó, cuando dice: “¡Acabemos con la polarización!”, que en realidad es: “¡Acabemos con los que piensan diferente!”. Con las marchas, el vínculo culposo se extiende a la protesta en general, de modo que si yo invito a la gente a salir a marchar porque creo que es lo correcto (y lo creo), entonces soy un “agente polarizador”, casi un terrorista y, por arte de magia, los excesos de policías y capuchos se transfieren a mi cuenta. Una suma de ignorancia con interés, o de ignorancia a secas. Pero la pregunta sigue siendo válida: ¿a quién le conviene toda esta confusión, en medio de manifestaciones que ya son cotidianas?
