Bien ves, Calisto, que la tarde va declinando como nosotros, igual que tú y que yo. La existencia va ligada a un tiempo incierto, la decadencia es el camino natural de la vida. La sociedad opresiva, la historia hostil, el poder destructor de los años, el placer y el dolor, los achaques, todo nos ha ido modelando, corrigiendo, dándonos experiencia y sabiduría. El mundo está muy hermoso con este viento suave y estas luces tan limpias. Mira los encinares, con su resistencia y su verde constante, fieles al hombre, al toro y al caballo. Contempla la suavidad de los tesos, esta redondez de campana que nos lleva a la intimidad sonora. Y si vuelves la mirada a tu alrededor, ¿qué ves? Regalos de la naturaleza, explosiones de color en la vega, esmaltes dorados y ocres, luces y formas que nos rejuvenecen los ojos y nos descansan el alma. Han pasado muchas nubes sobre nuestras cabezas, la rueda de la fortuna ha dado mil vueltas con nosotros, nos hemos visto al borde del abismo más de una vez, pero remando, venciendo peligros y adversidades, hemos salido a buen puerto, con la frente muy alta, sin persecución ni deshonra. Y así vivimos, rodeados de la dorada medianía y buen pasar de quienes no ponen la meta de su vida en los brillos del éxito ni en los poderes del dinero, sino en la moderada felicidad de mirar juntos en la misma dirección. ¡Cuántas veces te he recordado que más vale ser buena amiga que malcasada! Pues en mi lucha de mujer rebelde, quiero sentirte siempre muy cerca, mi dulce Calisto. Quiero disfrutar del aire seguro que tu fuerza me transmite mientras recorremos lo que es nuestro, cuanto ha germinado con nuestro sudor, lo que ha crecido y se ha hecho fuerte con nuestro tra-bajo. No sabemos cuántas tardes más pasearemos juntos a las orillas de este río, pero lo real y verdadero, mi Calisto melancólico, es que nuestras necesidades de pareja no han variado, son hoy las mismas de ayer: buscar en la carne y en la sangre nuevos impulsos, descubrir esas fuerzas que en nuestra interioridad pueden generar ilusión, vida. Como en el mundo que nos rodea. Mira hacia la curva del río, fíjate en la raya azul que aparece entre esa nube algodonosa y la mancha del bosque. Mira bien y dime qué ves. ¿Algo parecido a una pelea? Los grajos y las urracas vuelan como rivales unidos por el furor de nuevas rapiñas. ¡La batalla de la vida, Calisto! ¡Como la nuestra! Anda, ven conmigo hasta la aceña. No me hurtes la alegría de borrar con mis labios los signos dudosos que veo en tu cara, esas luces cambiantes que hay en tu semblante. ¿En qué piensas mi fiel Calisto, qué te aflige? Para remontar el vuelo vamos a hacer lo que hemos hecho siempre: poner en armonía mente y cuerpo, realidad y deseo; prestar atención a las voces de la carne y de la sangre, que siempre dicen la verdad; dejarnos conducir por el soplo de los antiguos, seguir el camino abierto por los que inventaron el Jardín de Atenas. Los clásicos no engañan, no te fallan nunca. Vamos a reavivar el ejemplo de quienes supieron gozar del ámbito natural y amar las cosas sencillas, por encima de la edad, de las flaquezas, de la presión del tiempo. Siguiendo sus pasos, vamos a disfrutar de la vida que nos queda. Es preciso aceptar la realidad. ¿A qué realidad me refiero? A la crueldad del tiempo, a la huida irreparable de todo. A la aceptación recia y serena del trabajo destructor que los segundos y minutos realizan en nosotros de modo implacable, indestructible, imparable, constantemente. A esto me refiero, mi Calisto guapo, en quien yo tengo toda mi esperanza. En este río que nos lleva, atados a su ritmo irregular, solo nos salvaremos si nos agarramos con todas nuestras fuerzas a lo único realmente bueno y hermoso que tenemos: esta tierra que amamos, la piel que tocamos, nuestras sensaciones y experiencias: el amor no admite sino solo amor por paga. No nos cansaremos nunca de preguntar qué es amor, este misterio que mantiene nuestro corazón eternamente inquieto. Y no entenderemos nunca, por más que lo preguntemos, por mucho que nos lo expliquen, nunca entenderemos qué es eso que desde la más remota antigüedad le ha robado el sueño a poetas y a filósofos, en Oriente y en Occidente, sin hallar a la postre una explicación convincente a pesar de crear para ello cientos de símbolos y cientos de metáforas: un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una deleitable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte. Todas las ciencias y todas las artes han consumido esfuerzos tan gloriosos como inútiles en aportar explicaciones para entender los secretos del corazón humano, sus ansias voraces, sus anhelos más íntimos, su eterno desasosiego. No hay nada que tenga la fuerza de este cuerpo que tú abrazas, ni los poderes de esta piel que yo acaricio. Lo real para nosotros, nuestra realidad única, la tuya y la mía, no es más que este conjunto de sensaciones que nos unen en la misma llama, que alimentan el mismo fuego y han de consumirse en la misma ceniza. Alegra esa cara, Calisto, mi suave y dulce alegría. Qué felicidad me dan esas luces risueñas que aparecen ahora en tus ojos y en tus labios. Siempre que veo tus hermosas mejillas iluminadas con esta dulce sonrisa, se me figura que traducen la memoria feliz de los días mejores de nuestra vida. Yo misma siento en toda la geografía de mi cuerpo la dulzura alegre de los temblores que ahora me arrastran. Solo el amor es capaz de redimirnos a nosotros mismos de las flaquezas propias y de las miserias del mundo, solo la fusión amorosa de nuestros sentidos y de nuestra carnalidad completa puede hacernos ver a nosotros mismos la profundidad y la riqueza de nuestra vida. Solo una cosa es verdaderamente importante, solo hay una realidad que da sentido a nuestra vida: estar unidos durante tantos años. Lo que a los dos nos ha importado siempre, lo que nos sigue importando, pese a nuestras debilidades, ante todo y sobre todo, es la satisfacción mutua, recíprocamente correspondida. La eternidad que inventan dos cuerpos amándose. Todo placer regido por el buen gusto siempre nos ha parecido ennoblecedor. Siendo como somos tan diferentes en tantas formas y maneras de sentir y hacer, hay que ver con qué fuerza y constancia hemos sido iguales en alimentar el deseo que desemboca limpiamente en el placer. No le des más vueltas, Calisto, mi felicidad y mi gloria, no busques explicaciones que no existen ni pueden existir. Solo hay una razón, sencilla y suprema: el deseo es un dios, lo único mortal y a la vez eterno que hay en nosotros. Solo es infinito este cuerpo, esta pequeña y bien delimitada geografía de poros y venas. Solo es infinito lo que amamos. Veo que las acuarelas del crepúsculo ponen un velo de serenidad en tu semblante al mismo tiempo que en tus labios renace la sonrisa. Siento que las preocupaciones se remansan en tu frente. Oigo que la pasión bulle por dentro, atenta al frenesí del amor maduro. Alza la vista, sigue el curso del río y mira a lo lejos, mi vehemente Calisto. ¿Qué ves? Las torres de la ciudad. Hacia allá vamos, corremos hacia esa gloria. Descansa conmigo en el viejo sillón de mimbre. Reposa tus ardores en mi pecho tembloroso. Aspira el olor de mi cuerpo. Besa el calor de mis mejillas, el fuego de mis labios. Yo te hablo, te cuento, te canto.
Monólogo de Melibea, la buena amiga
José Manuel Costas Goberna
