Recordar que olvidamos

Pedro Crenes Castro

Le devolví la visita un reciente amigo ⸺viejo lector⸺, que me saca el doble de vida y de lecturas. La coincidencia de gustos y de recomendaciones mutuas a pesar de las distancias en tiempo y espacio ha conseguido que la recién llegada amistad crezca y se consolide. Pero mi amigo me decía: “poco me queda en la cabeza de todo lo leído, ¡qué lástima!, pero recuerdo lo que pasaba alrededor de la lectura”.

Entonces le hable de mi cómplice Pierre Bayard y su teoría de la no-lectura y aquello que dice el francés (“por mucho que seamos devoradores de libros, el número de lecturas pendientes es infinitamente mayor”) y que se intuye de las palabras del viejo Salomón en el Eclesiastés: “no hay fin de hacer muchos libros” ⸺ni de leerlos, agrego⸺, y él me contesta sereno, desde sus más de ochenta años: “recuerda que olvidamos”.

Esta no-lectura de mi amigo y mía, de todos, nos llevó, como decía él, al “hecho lector”, a lo que ocurre en torno a la lectura de los libros olvidados. “Porque eso no se olvida”, me decía él mientras me ponía ejemplos de novelas y poemarios de los que no recordaba ni un verso pero sí la belleza, una cierta intuición de que algo le había ocurrido, que en una segunda lectura podría encontrarse con aquello que le hizo sentir, “pero me da miedo que ya no brille ⸺me decía⸺, por eso releo lo que recuerdo más o menos, voy a lo seguro”.

“Y como garabateo mis libros sé que pasé por ellos”, me hacía hincapié, y pensamos que subrayar (“garabatear es más humano, subrayar es más divino, quizás más jurídico”) es encerrar a lápiz o a tinta los instantes en los que nos hemos encontrado belleza en todas sus posibilidades lectoras. El garabato que acota la belleza y que hace levantar la vista de ella y retratar dónde estábamos cuando ocurrió. Entonces los libros son hitos y la no-lectura una suerte de memora biográfica que rescatamos por puro azar en nuestra biblioteca.

Hablar con viejos lectores tiene estos riesgos gozosos: terminar levantando una memoria sin querer. Miramos nuestras bibliotecas con afán de recordar aunque no podamos confesar de tal o cuál libro dónde lo leímos, “o con quién ⸺me dice guiñando el ojo⸺, porque hay algún título que he regalado a más de una novia”, y se ríe señalando con la cabeza a su señora, lectora de las buenas también, que no parece conocer ese “hecho lector”. Le guardo el secreto aunque sabe (lo conté en otro artículo), que lo voy a escribir.

Le prometí a mi amigo que dejaría de subrayar para garabatear ⸺soy un viejo prematuro⸺, y su mirada azul tras las gafas y su cara redonda de lector constante contra el olvido se me antoja un espejo. Contra el olvido, no me voy a olvidar, el garabateo festivo captura la belleza. Recordar que olvidamos es prevenir que la belleza se nos pierda por las páginas de la lectura.

Del Autor

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Pedro Crenes Castro
(Panamá, 1972). Desde 1990 vive en Madrid donde publica críticas y reseñas literarias en la revista digital Papel en blanco además de colaborar con el diario digital El Librepensador. Forma parte del equipo docente de los Talleres Literarios en Panamá.  Ha sido incluido en la antología “Los recién llegados” (2013) en Panamá y en Francia, en la antología “Lectures du Panama” de la Universidad de Poitiers (2014). Ha publicado la colección de cuentos “El boxeador catequista” (2013) en la Editorial Foro/taller Sagitario de Panamá. Mantiene una columna semanal, “Desde Madrid”, en el suplemento literario “Día D” del periódico Panamá América. Acaba de publicar el libro de microrrelatos “Microndo” en la editorial Casa de Cartón de Madrid.